Henri barbusse



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CONCLUSIÓN




BLASÓN Y PREZ DE SANDINO
¡Oh frenos los tascados por el pueblo!

Un día prendió el pueblo su fósforo cautivo, oró de cólera y soberanamente pleno, circular,

cerró su natalicio con manos electivas; arrastraban candado ya los déspotas

y en el candado sus bacterias muertas...

¿Batallas? ¡No! ¡Pasiones! Y pasiones precedidas de dolores de pueblo con esperanzas de hombres.

¡Muerte y pasión de paz, las populares!

¡Muerte y pasión guerreras entre olivos, entendámonos!

CÉSAR VALLEJO


Cuando el día hubo llegado fue el tiempo de no morir.

El Sol apareció a tambor batiente, y el hombre postrado escuchó la voz, que era su propia secreta voz, aunque él entonces no lo supo.

Cuando el día hubo llegado, el hombre postrado se irguió (pequeño como era, los gigantes envidiaron su altura), sacudió sus vestiduras y marchó sonriendo (su rostro era un niño contento) por el destino adelante.

Cuando el día distinto de la rebelión hubo llegado y hasta el mismo Job dejó de maldecir su primer vagido, el hombre postrado, hecho héroe, descubrió que su voz, que él creyó ermitaña, era el eco magnificado de claras y lejanas voces que entonaban idéntico credo.

No de entonces las voces clamorosas, cumbres de una fraternidad montaña. De siempre vibran confundidas preces ancestrales y sueños venideros. Sí. Y hasta sueños no soñados, porque aquello que esperamos es ya la mitad de lo que aún no ha venido. De siempre pugnan esos sueños en no aplastar en el

corazón cuanto hay de bienvenida.

Cuando el día hubo llegado, he aquí que todo lo que en una muerte es sabio y es justo se perpetró en los puños del hombre que ya no se postraba más: su sumisión ante la vida podía ser rescatada con un gesto neto ante la muerte.

El héroe supo sí que el día era bien llegado, que la profecía era cierta, que su misión era ya río caudaloso sobre el cual generaciones de fuego volcaron violencia y escarnio. El héroe dejó de desesperar, y como un viejo dios padre, cauteloso en su júbilo, reclinóse sobre su propio pecho, y alegróse por los hombres.

Ocurrió en América. Como si dijéramos: ocurrió en el mundo. Cierto es que muchas veces había ocurrido, allí como en otras partes; así pues todo parecía repetido, si bien todo era recreado: los signos, los años, la balanza y, por cierto, la batalla.

Era así fácil confundirse y titubear y al señalar los símbolos y las huellas decir, por ejemplo: "Estoy seguro de Harmodio y Aristogitón, de sus nombres y de sus puñales", sin sospechar cuan gravemente podría equivocarse. O pensar en Numancia y desesperar de encumbrar un solo nombre que ciñera en sí mismo la fecunda agonía de su desesperación libertaria.

Por eso, aunque ocurrió en América, pertenecía a la historia del mundo y de sus hombres: era la crónica de la misma batalla, tan vieja como el árbol, siempre renovada y siempre idéntica en sus gracos, en sus espartacos, sus vinatos y sus connumeros, sus babeufs y sus servets, sus johnbrown's y sus tupacamarus y sus pumacahuas y sus sacoyvanzettis.

Cuando la desolación del héroe buscó la mano que le enriqueciera de significados, toda América desplegó a sus hijos en orden de partida; mar, tierra y aire se sorprendieron de ese éxodo que violaba las normas del turismo y perturbaba la tranquilidad de los escribas y los sacerdotes.

Voluntarios de América, les llamaban los orgullosos. Voluntarios de la muerte, decíanles los pesimistas. Voluntarios de la libertad, proclamábanse ellos mismos. ¿Era acaso de admirar que tamaña fraternidad se convirtiera en torrente y arrasara los muros?

Y para que nada faltara, el poeta de allende los mares, aquel mismo que dijera: "Cada uno es demasiado para estar solo", ceñía para siempre sobre la cabeza del héroe mayúsculo el título sin par de general de hombres libres.

Después, lo que fue grito se hizo símbolo, lo que fue pasión

se convirtió en bandera; lo que fue agonía se trocó en historia. Y cuando el día hubo pasado y los vientos se llevaron los gritos, los suspiros y los rugidos (y el barbudo Pirro se citaba con creces a sí mismo), el héroe, muy junto a su profunda muerte recobrada, supo que en tanto existiera alguien que le recordara y amara su memoria, el gesto y la huella de su batalla no estarían perdidos.


Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta. Dadme el silencio, el agua, la esperanza.

Dadme la lucha, el hierro, los volcanes. Apegadme los cuerpos como imanes.

Acudid a mis venas y a mi boca. Hablad por mis palabras y mi sangre.

PABLO NERUDA


Sandino no fue sólo la rebelión individual, desesperada y romántica de un hombre. Sandino está en cada campesino que, al secar sus sudores, piensa con rabia que la tierra no es suya; Sandino está en cada indio que carga sobre sus hombros la larga costumbre de la expoliación blanca; en cada mulato que sufre y se resiente del menosprecio racial; en cada negro que constata que su piel y no su corazón está en la balanza. Sandino está en cada obrero que en su sindicato o en el cubil donde le recluye su verdugo, obra la tarea social de su reivindicación; está, en fin, en cada estudiante que redacta o distribuye el panfleto, siempre los mismos estudiantes y panfletos, aunque los siglos sean distintos.

Sandino existe entre los que se batieron en Venezuela para terminar con los epígonos del "bisonte" Gómez; como también entre los mineros que en Cochabamba y La Paz, sin táctica ni estrategia derrotaron a la táctica y estrategia del ejército boliviano, alzándose así sobre el recuerdo de sus hermanos masacrados en Catavi; también los pueblos irredentos de las Guayanas tienen, a no dudarlo, un Sandino. Y otros tantos sandinos fueros esos héroes anónimos de Guatemala que en 1944 terminaron con el payaso que se creía Napoleón, instauraron el régimen-milagro de América y lo sostuvieron hasta que no pudieron más, hasta que en junio de 1954 fueron traicionados, vendidos, aplastados.

¿Que tuvo defectos? No nos molestan. ¿Que cometió errores? ¡Vaya noticia! Como si su gesta formidable no valiera, por su solo sentido (¡y bien saben los del norte que no se

conformó con intenciones!), todas las fallas que pudieran encontrarle los que juzgan la historia a través de los ojos de las cerraduras. Como si su coraje no fuera suficiente respuesta al torpe agravio que los adoradores de Wall Street le infirieran.

Los años, que son los mejores jueces, van cubriendo lentamente, pero sin cejar, la memoria de aquellos que agraviaron, en Sandino, a Iberoamérica. Por contraste, la epopeya de ayer de Sandino es hoy leyenda como mañana será mito. Por toda Nuestra América están vigentes, los signos de la supervivencia de su mensaje. En tanto perdure, Nuestra América no será la fácil presa de los filibusteros o los mercaderes.

Nuestros pueblos vieron surgir del más absoluto anonimato a un hombre que había sido campesino, obrero manual, empleado y minero, cuya única aspiración era seguir trabajando en cualesquiera de esas tareas una vez cumplido el propósito que hizo resaltar su nombre; sentían suyo ese oscuro anhelo de libertad; se sentían traducidos en la aventura quijotesca contra un enemigo que, superior en hombres y en armas, era vergonzosamente derrotado por un puñado de valiente que a las ametralladoras oponían latas de sardinas convertidas en granadas de mano; a los aviones, los anticuados fusiles de la guerra de Cuba; al poderío abrumador la táctica de guerrillas, y al espíritu mercenario del invasor (cuyos soldados eran enrolados a sueldo), el insobornable espíritu de los que sin paga alguna llegaron desde todos los ámbitos de la tierra a engrosar las filas del General de Hombres Libres.


Nuestra América vio en Sandino cobradas viejas deudas, las de los conquistadores antiguos y las de los modernos. Sintió que su lengua, su raza y su destino injusto tomaban desquite de aquellos que les habían convertido en esclavos en su propia tierra. Nuestra América vio nuevamente abrirse las puertas de un camino que de ser totalmente recorrido, concluirá por reivindicarla, por enaltecerla, por liberarla. Nuestra América tenía fe en Sandino. Sabía que no era el suyo el aislado gesto de un romántico tardío, sino el grito que en todos los pueblos llamará a la rebelión, convocándolos para la batalla común.

Por eso Sandino resultó triunfador. No sólo porque los invasores tuvieron finalmente que retirarse, sino porque indicó cómo nuestros pueblos disponen dentro de sí mismos los elementos de su liberación y se mostró a sí mismo como ejemplo de esa posibilidad, legándonos su divisa y su tarea.


Posesionado de la idea fija de expulsar a los invasores de su patria, condicionó toda su actividad a ese único propósito, sin sospechar que esos mismos invasores disponían de medios más sutiles que el empleo de la brutalidad armada, que al fin de cuentas no era sino la expresión circunstancial de una política que ya había logrado, antes de que su rebelión hiciera explosión, el objetivo fundamental: las bases en el Golfo de Fonseca, la concesión para la construcción del canal transoceánico y, sobre todo, los medios para dominar la vida económica de la nación y asegurarla como una colonia dependiente de su vasto imperio económico.

Sandino no quiso, no pudo ver más allá de su objetivo inmediato, al cese de la intervención. Creía que una vez alcanzado, los nicaragüenses —y por reflejo, los iberoamericanos— resolverían sus problemas, los partidos serian honestos, los militares menos ambiciosos, los comerciantes más honrados y los obreros y campesinos menos expoliados. Su ingenuidad política le llevó a cometer gruesos errores, uno de los cuales le costó la vida. Pocas veces se ha dado en la historia un caso análogo de desinterés material ligado a una fama guerrera; de una modestia que al referirse al destino de su patria se convirtiera en tanto orgullo; de una ingenuidad política que no le impidiera descubrir quién era el responsable de la ejecución de su pueblo; de una timidez que no obstara al coraje; de un sentimiento humano, fraternal, que no fuera obstáculo para que su fusil abatiera al enemigo, de una altivez que antes que de grandezas personales se jactara de la posesión de un oficio manual. Hombres como Sandino reconcilian a los esclavos con la esperanza, a los oprimidos con el destino. Hombres así señalan los derroteros, inclinan en su favor las batallas más arduas y acorazan físicamente hasta al más endeble. El Héroe tiene su significado más cabal cuando está referido a hombres como Sandino.

Con su muerte, su batalla particular se hizo patrimonio de toda América. No esperemos encontrarle en los libros donde los relatos oficiales enarbolan la hojarasca patriotera para ocultar la realidad siniestra de la traición, la venta y la sumisión. Ni tampoco en aquella que inscribe los nombres en las calles, plazas y ciudades del Continente, pero que se guarda de revelar las páginas inéditas de sus figurones consagrados; como omite también referirse a las cárceles, a las torturas, a los pelotones de fusilamiento, a los empréstitos, a las concesiones, a las bases extranjeras en suelo nacional, a las intervenciones


militares, a la lucha de mercados, a la división imperialista de los territorios, o a la criminal desunión en que se debaten nuestros pueblos, desunión fomentada, acuciada y mantenida por conservarnos en la debilidad y en la inercia.

Que es la historia americana de la infamia.

Esa historia americana de la infamia, cuyos personajes principales, por orden de aparición, España, Inglaterra y Estados Unidos de Norteamérica, convirtieron a nuestros países en colonias dependientes, a nuestros gobiernos en títeres de opereta, a nuestros hombres en entes asociales, a nuestra cultura y civilización en una rara mescolanza sin guía ni cohesión, a nuestro futuro en una pavorosa interrogante.

La historia americana de la infamia.

Sandino se alzó contra ella nada más que con sus puños y su rabia de sentirse esclavo. Triunfó, sí, en el limitado plan que se había propuesto, pero no liquidó la esclavitud de sus hermanos. A lo sumo, los esclavizadores cambiaron de táctica, y la opresión secular prosiguió, constante, oprobiosa, insultante. Y además Sandino pagó con la vida sus rebeldías. Esa su vida magnífica que llenó siete años de gloria de un Continente escarnecido que no le volvió la espalda, reconociendo en él al hijo dilecto que le reivindicaba, justificaba y orientaba hacia un futuro libre de opresión y amargura.



Y porque ningún esfuerzo se pierde y ningún gesto es estéril; porque detrás de cada afirmación está la voluntad de resistir, porque en cada rebelión está presente el espíritu de justicia, porque en tiempos de opresión la facultad de rebelarse es la única libertad que no se pierde, Sandino no ha pasado en vano por su Nicaragua ni muerto inútilmente por su Iberoamérica.


ÍNDICE





  1. El águila sobre la presa

  2. El filibusterismo de guante blanco

  3. Los Estados Unidos inventan a Quisling

  4. El "imperialismo benévolo de corta duración"

  5. Sandino, héroe de las Segovias

  6. La hormiga enfrenta al elefante

VIL "En Nicaragua, señores, le pega el ratón al gato"

  1. Intervenciones para asegurar inversiones

  2. Patria y libertad

  3. El general de hombres libres

  4. ¡Se van los yanquis!

  5. ¡Yo quiero patria libre o morir!

  6. El asesino y su festín Conclusión. Blasón y prez de Sandino





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