Henri barbusse



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VI


LA HORMIGA ENFRENTA AL ELEFANTE


Durante casi siete años, prácticamente sin ayuda ninguna, luchando con rifles capturados al enemigo y granadas de mano hechas con latas de sardinas llenas de piedras, resistió a la aviación y al equipo moderno de la marina norteamericana y de la Guardia Nacional de Nicaragua. Sus enemigos más encarnizados han rendido tributo a su fantásticamente bien organizado espionaje, una señal segura de que gozaba de las simpatías de la población. En Managua, León y Granada tenía menos probabilidades de partidarios, porque la presencia de los generosos marinos había causado un auge en el comercio. Antiguos residentes [norte] americanos en Nicaragua aseguran que los marinos nunca estuvieron ansiosos de acabar con Sandino: ofrecía un pretexto demasiado bueno para utilizar al país como campo de entrenamiento. Pero nada parecía artificio... A través de toda Latinoamérica Sandino se convirtió en un David legendario, que aunque no tenía la menor esperanza de decapitar al grande y rubio Goliath, sí le suministraba un buen tirón de orejas. Para la prensa [norte] americana, con excepción de la liberal era un bandido vulgar. Nunca antes o después las dos Américas habían estado tan discordes. Sandino, más que ningún otro hombre, dramatizó la desavenencia a que había llevado al Nuevo Mundo la diplomacia del dólar, inventada y manejada por Washington. Y al obrar así, preparó el escenario para la Era del Buen Vecino. 1

WILLIAM KREHM


1 Krehm, William, Democracia y tiranía en el Caribe, págs. 158/159. Edit. Unión Democrática Centroamericana, México 1951.
Volvamos por un momento a los comienzos de la gesta de Sandino. Estamos en los últimos meses de 1926. El ex- mecánico de la Huasteca y ahora ex-minero de San Albino ejercita a sus escasamente ciento cincuenta hombres en el manejo de las armas y en la táctica de las guerrillas. Les enseña a apreciar el valor de la posición del sol, de la velocidad y dirección de los vientos, del arte de camuflar una posición así como la habilidad de aprovechar cada árbol, cada hondonada, cada pliegue de terreno en una trinchera, cada pantano en una trampa.

Son conocimientos que Sandino no tuvo ocasión de adquirir en escuela militar alguna. Nacían de su profundo conocimiento de la tierra que le vio nacer, de los juegos de su infancia, de su contacto con las modalidades de los indios niquiranos, poseedores de particulares medios de comunicación entre las anfractuosidades serranas, que largos siglos de ejercicio tornan perfectos. Aunque existen comunicaciones telegráficas entre las poblaciones importantes de Las Segovias, en las montañas funciona el telégrafo indígena: señales con humo, con espejos, postas pedestres, agrupamiento aparentemente caprichoso de rocas en el camino o posición curiosa de un árbol, silbos o gritos que parecen escapar de las gargantas de aves o animales selváticos. Todo muy simple, pero no menos eficiente.

Aunque los hombres son pocos, las armas son menos todavía. El ingenio debe reemplazar a la técnica, la táctica primitiva a la estrategia militar. La honda puede no matar, pero sí vaciar un ojo, y una rama flexible de árbol es una honda gigante, capaz de causar estragos, perturbar la marcha de soldados o sembrar la necesaria confusión a cuyo amparo los ocultos tiradores puedan apuntar cuidadosamente. Un colchón de hojas de árboles caídas puede perfectamente ocultar un pozo, de la misma manera en que mediante diques de troncos y rocas se pueden modificar los cursos de agua señalados en los mapas de la región y desviar a los soldados enemigos hasta donde las guerrillas esperan su presa.

No era pues una casualidad que Sandino eligiera como cuartel general uno de los lugares más inaccesibles de Las Segovias, el cerro del Chipote, o El Chipotón, que junto con el nombre de Sandino figuraría al poco tiempo en la primera página de todos los diarios del mundo, y lo repetirían con


entusiasmo y veneración todos los hispanoamericanos.

Entretanto, la tarea no era nada fácil. En el Chipote le fue alcanzada la primera notificación extranjera que llegara a sus manos: era una proclama del almirante Sellers informándole acerca de la ocupación del país por tropas norteamericanas, donde se le instaba a deponer las armas como contribución a la paz. Con la costumbre adquirida en sindicatos obreros mexicanos, Sandino hizo leer una nota a sus soldados y requirió democráticamente su opinión, haciéndoles notar los peligros a que se exponían en el caso de seguir a su lado. Sucedió así que "en vista de no hallar muchos hombres dispuestos a dejar el cuero" invitó a dar un paso al frente a quienes quisieran permanecer con él.

Veintinueve hombres dieron ese paso. Con él, sumaban treinta... ¡Buen ejército para luchar contra la intervención yanqui!, observa Belausteguigoitía. Y sin embargo, esos treinta hombres fueron el núcleo del ejército libertador de Nicaragua. Con ellos se dio la primera batalla en Jícaro, el 2 de noviembre de 1926. Treinta hombres mal armados enfrentaron allí a una columna de doscientos soldados de Chamorro; lo hicieron malamente, reemplazando con coraje lo que faltaba en armamento y preparación. Fue para Sandino una derrota afortunada, pues aunque debió retirarse no tuvo pérdidas entre sus hombres y en cambio las infligió a sus adversarios.

Siguió luego su aventura en Puerto Cabezas y en Prinzapolka, de la que ya hemos dado cuenta, y finalmente las acciones realizadas como subordinado de Moncada. Cuando éste consumó la traición de Tipitapa, obteniendo de Stimson —amén del espaldarazo presidencial— la restitución en sus cargos de los destituidos miembros de la Corte Suprema y la concesión al partido Liberal de las jefaturas políticas de cinco departamentos, reunió a sus jefes y oficiales para darles cuenta de su gestión de paz, y para comunicarles que el partido Liberal recobraría sus antiguos privilegios, de los cuales todos ellos participarían. Todos los generales aceptaron: Beltrán Sandoval, Escamilla, Parajón, López Irías, Pasos, Téllez, Caldera, Plata, Heberto Correa, Daniel Mena y Castro Wasmer.

Todos, menos Sandino. Sandino también había sido invitado a la Junta, pero cuando se hizo presente, a la hora convenida, todo había sido ya decidido. Al protestar del adelanto de la reunión o del horario posterior que se le había fijado, Moncada le manifestó que debía aceptar el desarme decidido, como subordinado suyo en grado militar y en jerarquía ministerial. Es


famosa en ese sentido la respuesta de Sandino a la irónica pregunta de Moncada ("¿Y a usted, quién le ha hecho General?"): —"Mis compañeros de lucha, señor; mi título no lo debo ni a traidores ni a invasores"—. Finalmente declaró que su actitud final en la emergencia sería resuelta en conjunto con sus guerrilleros y solicitó un plazo prudencial para su respuesta, que le fue acordado. Pudo así abandonar el campo sin tropiezos y preparar la resistencia, decisión que él mismo relata así:



Así entregó las armas Moncada. Comprendí que éste traicionaba los intereses de la revolución, pues así lo declaró el Dr. Sacasa, y comprendí también con amargura que eran defraudados los ideales del pueblo nicaragüense. No era posible que yo fuera indiferente a la actitud asumida por un traidor. Recordé en esos momentos las frases hirientes con que nos calificaban a los nicaragüenses en el exterior. Así pasé tres días en el cerro del Común, abatido, triste, sin saber qué actitud tomar, si entregar las armas o defender el país, que reclamaba conmiseración a sus hijos. No quise que mis soldados me vieran llorar y busqué la soledad. Allí, solo, reflexioné mucho, sentí que una voz extraña me decía: "¡Vendepatria!" Rompí la cadena de reflexiones y me decidí a luchar comprendiendo que yo era el llamado para protestar por la traición a la patria y a los ideales nicaragüenses, y que las balas serían las únicas que deberían defender la soberanía de Nicaragua, pues no había razón para que los Estados Unidos intervinieran en nuestros asuntos de familia. Fue entonces cuando publiqué mi primer manifiesto.

En ese primer manifiesto expresaría: "Viendo que los Estados Unidos de Norteamérica, con el único derecho que les da la fuerza bruta, pretenden privarnos de nuestra Patria y de nuestra Libertad, he aceptado su reto injustificado, que tiende a dar en tierra con nuestra soberanía, echando sobre mis actos la responsabilidad ante la Historia. Permanecer inactivo o indiferente, como la mayoría de mis conciudadanos, sería sumarse a la grosera muchedumbre de mercaderes parricidas."2 Luego toda la historia de Sandino comienza a conocerse a través de las fuentes periodísticas interesadas en denigrarlo y


2 Ghiraldo, Alberto. Yanquilandia Bárbara, Madrid, 1929.

en burlarse de su causa o empequeñecerla. 3

Hasta que el hondureño Froylán Turcios resuelve constituirse en su portavoz y propagandista fuera de Nicaragua, nada se conoce acerca de sus pasos. Después, sus propias declaraciones en México o los relatos hechos a periodistas y escritores que se atrevieron a entrevistarlo 4 permitirían reconstruir una parte de su pasado, la única de la que se enorgullecía en hacer pública: la de los comienzos de su lucha contra la intervención, porque consideraba que ningún valor tenía de índole biográfica. "Mi vida tiene valor público desde mi regreso a México", diría alguna vez.

En uno de sus manifiestos iniciales explicaría:


Se nos han robado nuestros derechos sobre el canal. Teóricamente se nos pagaron 3 millones de dólares. Nicaragua, o más bien los bandidos que controlaban el Gobierno por esa época, con ayuda de Washington, recibieron unos cuantos miles de pesos, que, repartidos entre los ciudadanos nicaragüenses, no habrían bastado para comprar una galleta y una sardina para cada uno. Por medio de ese contrato que firmaron cuatro traidores, perdimos nuestros derechos sobre el canal. Las discusiones acerca de esta venta se llevaron a cabo dentro de un Congreso espurio, a puertas cerradas, que guardaban soldados conservadores, ayudados por las bayonetas yanquis.
Sobre lo sucedido en su entrevista última con Moncada, Sandino reveló más tarde detalles que permitirían comprobar cómo aquél había aprendido muy bien las lecciones impartidas por el sobornador Dennis:
3 Hasta una historia pretendidamente doctoral, como la de Samuel Flagg Bemis, profesor de la Universidad de Yale, no puede menos que sumarse a la corriente (Op. Cit., pág. 221): "Todo esto (la Paz del Espino) se realizó con la general satisfacción de Nicaragua, si se exceptúan los partidarios de un insurrecto subalterno (el subrayado es de Bemis) que se negó a deponer las armas en la tregua de 1927: el 'general' Sandino (las comillas son de Bemis) continuó luchando incluso después que su jefe, el general Moncada, había sido elegido presidente al triunfar los liberales en 1928. Denunciado por los dirigentes de ambos bandos, este guerrillero se refugió en las selvas para seguir resistiendo y fue muerto finalmente, a traición, por la policía nicaragüense en 1934, mientras negociaba con el presidente cerca de Managua, con el fin de completar los acuerdos para una rendición. Sandino, que para los nicaragüenses había sido un azote, se convirtió en un héroe mitológico para los polemistas antiyanquis de la América latina y de Europa, e incluso para algunos escritores antiimperialistas de Estados Unidos."
4 Entre ellos el español Ramón de Belausateguigoitía, el norteamericano Carleton Beals, el peruano César Falcón y el mexicano Emigdio Maraboto.


Moncada me ofreció la Jefatura Política de Jinotega y me dijo que el gobierno de Díaz pagaría todo; que las mulas que hubiere tomado eran legalmente mías, y que por todo el tiempo que había estado en la revolución, tendría un sueldo de diez dólares diarios, que se me pagarían en el acto. Pedí tiempo para resolver, y entretanto me dirigí a Jinotega, en donde fui recibido cordialmente, con flores y música. Hablé de mis propósitos de luchar contra los yanquis, preparé a mi gente, licencié a los tímidos y con trescientos hombres me dirigí a San Rafael del Norte, en plena montaña de Las Segovias. En Jinotega dejé organizado el gobierno de la ciudad, para evitar abusos, y en previsión de posteriores acontecimientos, envié cuarenta ametralladoras y gran cantidad de elementos a los montañeses, en donde los oculté, para disponer de eso en el momento preciso.
Ante la evidencia de la rebelión de Sandino, Moncada se había puesto en campaña para liquidar a sus fuerzas. El 21 de mayo, con la colaboración de tropas norteamericanas, ocupaba la poco defendida Jinotega e instaba telegráficamente al jefe patriota a rendirse. Sandino contestó negativamente y con sus hombres se internó en las montañas donde, en un punto llamado Yalí, fue alcanzado por su padre, quien desempeñaba una comisión pacificadora por cuenta de Moncada. Sobre esa entrevista, tan curiosa por sus características como penosa para padre e hijo y que se realizó en presencia de los soldados, anotaría Belausteguigoitía:
Me decía don Gregorio que él, convencido de la locura de la rebelión, le decía las palabras que Moncada le transmitía: que en este mundo los redentores salen sacrificados, y que el pueblo nunca agradece nada. Era en pleno campo y discutían los dos junto a un puñado de soldados que tenía Sandino. Al ver éstos que el caudillo persistía en sus razones y que decía que su vida estaba ya lanzada, se pusieron a dar vivas estrepitosamente a su jefe. Entonces don Gregorio tuvo un gesto notable y escribió al otro hijo, Sócrates, para que se uniera a la causa de su hermano.
Días después, el 28 de mayo de 1927 y teniendo como repique de campanas de boda descargas de ametralladoras, Sandino se casaba con Blanquita Aráuz, la telegrafista de San Rafael, gracias a la cual sus hombres habían aprendido la forma

de comunicarse con señales Morse, utilizando la percusión o silbatos.

Mayo, junio y principios de julio fueron meses de reclutamiento, proselitismo y entrenamiento. Las noticias sobre sus propósitos eran conocidas ya en todo el país gracias a sus manifiestos y desde allí, cruzando las fronteras, habían galvanizado a Hispanoamérica, la que ofrecía a sus hijos la posibilidad de luchar contra el odiado invasor de sus pueblos. Jóvenes y viejos acudían de mil maneras a engrosar el ejército de la liberación de Nicaragua, que en realidad representaba la voluntad de la liberación de toda América, que creaba comisiones locales de ayuda al guerrillero, promovía manifestaciones de protesta ante las embajadas y levantaba tribunas donde fustigaba a los imperialistas.

El 12 de julio de 1927 iba a comenzar el enfrentamiento de los patriotas y los invasores. Ese día, un oficial del ejército norteamericano enviaba a Sandino la siguiente nota:


General A. C. Sandino, San Fernando, Nicaragua.

Parece imposible que Ud. permanezca aún sordo a propuestas razonables, y aun a pesar de sus respuestas insolentes a mis pasadas insinuaciones, vengo de nuevo a darle una oportunidad más para rendirse con honor.

Como Ud. ha de saber, sin duda alguna, nosotros estamos preparados para atacarlo en sus posiciones y terminar de una vez por todas con sus fuerzas y su persona, si Ud. insiste en sostenerse. Más aun, si Ud. logra escaparse para Honduras o cualquier otra parte, a su cabeza se le pondrá precio y nunca más podrá volver Ud. en paz a su patria sino como un bandido que ahuyentaría a sus mismos connacionales. Si Ud. viene a Ocotal con toda o parte de sus fuerzas y entrega sus armas pacíficamente, tendrá con sus soldados garantías que yo le ofrezco, como representante de una gran nación poderosa que no gana batallas con traición. Así tendrá Ud. la posibilidad de vivir una vida útil y honorable en su misma patria, y podrá ayudar a sus connacionales mañana, sentando para el futuro un ejemplo de rectitud y de caudillo.

De otro modo, Ud. será proscripto y puesto fuera de la ley, perseguido dondequiera y repudiado en todas partes, en espera de una muerte infamante: no la del soldado que cae en la batalla, sino la del criminal que merece ser baleado por la espalda por sus propios seguidores. Ninguno, fuera de la ley, ha prosperado o muerto contento; y como ejemplo de uno que


estaba en el mismo caso hace 25 años y que volvió sobre sus pasos a tiempo, me permito recordarle a Aguinaldo, de las Filipinas, quien llegó, después de ser el más grande de los caudillos, a ser un espléndido amigo de los Estados Unidos.

Para terminar deseo informarle que Nicaragua ha tenido su última revolución, y que los soldados de fortuna no tendrán ya más oportunidades de emplear sus talentos en el futuro. Ud. tiene dos días para darme una contestación que salvará la vida de muchos de sus seguidores, y si Ud. es el patriota que pretende ser, lo esperaré en El Ocotal, a las 8 de la mañana del día 14 de julio de 1927. Haga el favor de decirme de su resolución sí o no y yo deseo sinceramente, para bien de sus soldados y de Ud. mismo que sea sí.

G. D. Hatfield, U. S. Marine Corps. Commanding Officer, Ocotal, Las Segovias.
A las ofertas de Moncada había seguido una tentativa de soborno por cien mil dólares. Ahora, las "razonables propuestas" se apoyaban en la mención de quien traicionó a su patria, Filipinas, a cambio de la paga norteamericana.

La respuesta de Sandino fue la siguiente:


Campamento del Chipote, Vía San Fernando. Al Capitán G.

D. Hatfield, Ocotal.

Recibí su comunicación ayer y estoy entendido de ella. No me rendiré y aquí los espero. Yo quiero patria libre o morir. No les tengo miedo; cuento con el ardor del patriotismo de los que me acompañan. A. C. Sandino.
De inmediato convocó Sandino a los campesinos de la vecindad y les invitó a sumarse a sus filas: "El 16 del propio mes —relata Sandino— dos días después de recibida la nota insolente del capitancillo yankee, ochocientos hombres estaban listos para el asalto al Ocotal. En esa plaza había cuatrocientos piratas y doscientos renegados nicaragüenses al servicio de aquéllos". Decidió pues adelantarse a la embestida de los invasores y atacar él el Ocotal.

Pero los campesinos no tenían instrucción militar alguna. Apenas sesenta hombres del total de ochocientos sabían manejar armas. El resto sólo aportaba su presencia y su buena voluntad. No obstante, el amanecer del día 16 comenzó el ataque. Las ocho ametralladoras de Sandino abrieron el paso hasta las alturas de la plaza, que por la mañana había sido


tomada. El capitán Colindres, luego general, constató entonces que los caídos en las filas enemigas eran todos compatriotas, y que las fuerzas norteamericanas se habían replegado, manteniéndose en una posición abrigada dentro del perímetro de la ciudad, en una manzana que fue prontamente sitiada.

Y en tanto esto ocurría, los campesinos, con el largo rencor acumulado en una vida de miserias y privaciones, se lanzaron al saqueo de la ciudad, devastando las tiendas de comestibles y ropas y haciéndose justicia por sus propias manos en la persona de las autoridades y expectables; los cuarteles y las casas de los adversarios fueron dinamitados. Luego Colindres sugirió a Sandino el incendio total de la plaza, como medio de lograr que los sitiados abandonaran su guardia. El caudillo se opuso, movido por las súplicas de los pobladores. Luego, al comprobar que sería inútil el asalto de la fortaleza enemiga, ordenó el repliegue.

Los que componían su pequeño ejército le obedecieron. No así el resto de los campesinos, que entregados al pillaje fueron sorprendidos por la salida de los invasores de su reducto: cuando intentaron huir, siete aviones, requeridos telegráficamente, sembraron entre ellos la muerte y en el pueblo la destrucción. Sin encontrar oposición descargaron su provisión de bombas y, cuando lo hubieron hecho, volaron a baja altura y sin riesgos ametrallaron cómodamente a los que huían a campo traviesa. De esa manera, el primer resultado de la orden del brigadier general Logan Feland ("ametrallar sin misericordia a los bandidos donde se les encuentre") se tradujo en lo que se conoció con el nombre de Batalla del Ocotal, donde sólo pereció un soldado norteamericano, en tanto hubo entre los nicaragüenses trescientos muertos —entre hombres, mujeres y niños— y más de cien heridos.



Esta "heroica acción de guerra", como fue denominada por Coolidge, indujo al jefe quisling a solicitarle la condecoración para los aviadores participantes en la matanza; no satisfecho aún, les agasajó con un banquete al cual asistió, entre otros altos jefes, el general Moncada. La reacción en los Estados Unidos fue mucho más violenta que en Iberoamérica. El gobernador de Illinois, Edward Dunne, en una carta abierta dirigida a Coolidge, después de negar que se hubiera tratado de una batalla y afirmar que había sido una simple matanza de características atroces, expresó:
En toda la historia norteamericana no se ha visto jamás un


acto de indecencia como el que ahora está exhibiéndose en Nicaragua. Según mensajes que han aparecido en la prensa, durante un combate librado entre dos facciones nicaragüenses, un destacamento de infantería de marina se unió a uno de los bandos combatientes e hizo fuego bajo la bandera de los Estados Unidos. Ordenó también que un escuadrón de aeroplanos saliese a bombardear al supuesto enemigo, y eso en un país con el cual estamos en paz y donde sabemos que no hay aeroplanos ni cañones antiaéreos. La matanza de 300 nicaragüenses, hecha por los norteamericanos, constituye una mancha para los Estados Unidos, y por tal motivo pido la degradación y el castigo del general Feland, que fue quien ordenó el bombardeo.
H. H. Knowles, ex ministro en Nicaragua y en la República Dominicana, agregó a su vez, en un discurso pronunciado en Williamston:
No sé de actos de inhumanidad y de atentados más grandes que los cometidos por los Estados Unidos con los indefensos pueblos de Latinoamérica mediante sus agentes y representantes legalmente autorizados. Las brutalidades de la infantería de marina dieron lugar a que se investigase la ocupación de la República Dominicana ante una comisión senatorial en 1924 y se presentaron las pruebas. La comisión iba a celebrar sesión durante 10 días, pero a los 3 se habían presentado tan atroces evidencias contra la infantería de marina que los comisionados decidieron suspender la investigación sine die. Hemos impuesto nuestra fuerza a los países débiles, indefensos y sin poder alguno, asesinando a millares de sus súbditos, y los hemos atacado cuando esperaban que los defendiéramos. Hemos usado de la doctrina de Monroe para impedir que las naciones europeas que simpatizaban con esas repúblicas americanas acudieran en su auxilio. En vez de enviarles maestros, instructores y elementos de civilización, les enviamos cazadores de concesiones bancarias usurarias, capitalistas avariciosos, sobornadores, soldados para matarlos a tiros y degenerados para transmitirles todas las enfermedades.
F. L. Hopkins, por su parte, declaró:
Un norteamericano murió y, al parecer, 300 nicaragüenses perdieron la vida. Es este otro capítulo sangriento de la


desgraciada historia de esa república, que no ha presentado sino tragedias y conflictos desde que Díaz dio su cuartelazo el año pasado. No hay duda que al leer la lista de bajas ocurridas en este combate, que es casi unilateral, nuestros críticos en la América latina la considerarán como una prueba palmaria de la brutalidad con que los Estados Unidos están listos para imponer su voluntad a las pequeñas naciones del Nuevo Mundo.
El senador William Borah, según su costumbre, se expidió en términos de violenta condenación. Casualmente, el mismo día en que Hatfield enviaba su nota a Sandino, el 14 de julio, La Prensa de Buenos Aires publicaba un artículo suyo donde parecía augurar los acontecimientos. 5 Otro norteamericano prominente, Thomas Moffat, expresó por su parte:
Algunas de las razones por las cuales fueron enviadas fuerzas estadounidenses a Nicaragua podrían ser calificadas de pifias. Las vidas y propiedades de los Norteamericanos en ningún tiempo estuvieron en peligro... Las referencias a protección de nuestros derechos al canal fueron ridículas, pues ese proyecto sólo existe en el papel. Su construcción, si alguna vez se emprende, será bien acogida por cualquier facción que se halle en el poder... Estoy persuadido de que nos hemos ensuciado las manos al hundirlas en las aguas contaminadas de la diplomacia capitalista. La mayor parte de los nicaragüenses sanos nos tienen en un miserable y triste concepto.
5 Allí expresaba Borah: "Díaz llegó a ser presidente de Nicaragua a fuerza de intrigas, y retiene la presidencia merced a la complacencia de los Estados Unidos. No sólo no podría continuar ni por una hora en la presidencia, si la marinería de los Estados Unidos no podría sofocar la rebelión del pueblo contra su forzada autoridad. El pueblo de Nicaragua estaba y está en abrumadora mayoría contra Díaz y su régimen. Ello se ha puesto más de una vez de manifiesto en Nicaragua. Su reconocimiento, a mi parecer, fue el pábulo de la revolución en América Central y un desafío a los más fundamentales principios de independencia y gobierno libre. Nicaragua era débil y nosotros éramos fuertes, y cuando un poder débil se aproxima a uno fuerte, la fascinación de predominio parece irresistible.

"Pero lo hecho, hecho está. Ahora el problema es éste: ¿Cómo hemos de sacar el orden del caos, y, al menos en cierta medida, hacer justicia al pueblo de Nicaragua? ¿Cómo hemos de volver su gobierno propio a ese pueblo, con el privilegio de determinar quiénes han de ser y quiénes no sus funcionarios? Es probable que, bajo cualesquiera circunstancias, el plan propuesto por Mr. Stimson sea el mejor. Ahora se está poniendo en ejecución.

"Habría, al parecer, dos caminos que tomar. El uno, retirar el reconocimiento de Díaz, ceder al casi unánime sentimiento del pueblo de Nicaragua y reconocer a Sacasa, quien, a mi juicio, era el presidente legal después de la dimisión de Solórzano; pero este camino no era el más práctico ni el más admisible desde el punto de vista de nuestro gobierno, por razones que se pueden comprender, pero

Finalmente, leamos la opinión del senador Burton K. Wheeler:



Reducida a términos simples, la política de Kellogg y Coolidge ha conducido a una intervención armada en Nicaragua. Ambos han sido títeres de un presidente impuesto a un pueblo contra su propia voluntad, por la sencilla razón de que está listo, cueste lo que costare a Nicaragua, para servir a los banqueros de New York que durante 17 años han estado explotando sin misericordia a ese país, bajo la égida de nuestro Departamento de Estado. Esta política, a menos que sea alterada o abandonada, conducirá a una intervención armada en México, en apoyo de los dudosos títulos de Doheny, Sinclair y Mellon. Esto equivale a decir que al pueblo de los Estados Unidos se le invitará a hacer la guerra, declarada a sobreentendida contra el pueblo de México, en nombre de tres norteamericanos.

no aprobar. El otro camino era establecer la paz, si fuera posible, y dar al pueblo de Nicaragua, por medio de una elección, la oportunidad de que eligiera a su presidente. Este es el procedimiento que se ha adoptado. Este es uno de esos casos en que es necesario hacer mal para obtener algún bien. Pues, dentro del orden normal, nada tendríamos que hacer en Nicaragua en el asunto de las elecciones. Dentro del orden normal, eso sería intolerable para la América Central e indefendible por nuestra parte. Dentro del orden normal, sería esa otra forma de imperialismo, aunque disimulada y sutil. Pero habíamos apoyado a Díaz, y ahora hemos caído en la cuenta de que el pueblo no le reconoce ni le quiere por presidente, y hemos llegado a la conclusión de que se debe consultar al pueblo de Nicaragua, por donde el único camino de volver a su orden las cosas es procurar que el pueblo de Nicaragua tenga una justa oportunidad de expresar su voluntad.

"...A mi entender, alguna compensación ha habido al cabo en esta desdichada cuestión de Nicaragua. El pueblo de Nicaragua ha puesto al descubierto un verdadero espíritu y una real devoción nacionales, y con ello un coraje digno de la más alta causa. Muchos creían sin duda que la oposición a Díaz y a su sistema de gobierno iba muy pronto a extinguirse y desaparecer; que era simplemente una facción en guerra con otra, por codicia de beneficios y prebendas. Pero durante semanas y meses, bajo las circunstancias más adversas y con las probabilidades más desalentadoras, el pueblo de Nicaragua se batió y, sin duda alguna hubiese ganado una señalada victoria, de no haber sido por las fuerzas navales de los Estados Unidos. Este espíritu nacional ha conquistado el reconocimiento y ha determinado a la política de los Estados Unidos en el sentido de que se otorgue al pueblo de Nicaragua la oportunidad de hacerse oír en una elección; y son miles los que por eso hoy sienten respeto por ese pueblo. Será un factor de gran peso en el trance de encauzar en el orden normal los asuntos actuales y futuros.

"Ahora parece evidente que nuestro gobierno estuvo desacertado desde el principio en cuanto a ciertos hechos. Ni las vidas ni las propiedades de los [norte] americanos se hallaron en ningún peligro real por causa del pueblo de Nicaragua. Cualquiera que haya sido a causa de esto la opinión de nuestro gobierno, en realidad de verdad, lo que hicimos fue enviar fuerzas a sostener a un gobierno débil, impopular e ilegal, y no a proteger las vidas y propiedades norteamericanas. Fuera de las perturbaciones e inconvenientes que necesariamente acompañan al estado de guerra, nunca pude hallar evidencia alguna de estar en peligro la vida


Y en tanto el almirante Sellers confirmaba que sus bajas se elevaban a un muerto y un herido grave. El general Feland, contra lo que la santa ira del Gobernador Dunne hubiera podido prever, era condecorado y especialmente felicitado por la heroica acción de guerra en que participó.

Por su parte, el maltrecho ejército de Sandino enderezaba hacia el pueblo de Jícaro, desde donde, a duras penas, pudo alcanzar los cerros del Chipote. Así comenzó la guerra no declarada entre las tropas norteamericanas y las nicaragüenses patriotas.

Once días después del ataque al Ocotal, un escuadrón norteamericano alcanzaba al caudillo en San Fernando y le derrotaba de nuevo: "¡Por poco nos matan! Tuvimos que huir en desbandada", comentaría Sandino. Los invasores perseguían ahora también a los campesinos, en quienes sospechaban simpatizantes tácitos o potenciales del jefe patriota. Esa persecución indiscriminada se convertiría luego en el mejor aliado de la causa sandinista, ya que hasta aquellos que eran indiferentes a su ideal se le unían luego de que sus chozas míseras eran incendiadas por los norteamericanos o cuando sus campos eran arrasados sin que los marines constataran previamente a qué bando pertenecían.

Como lo expresa Sofonías Salvatierra:

Las fuerzas invasoras, dándole aplicación efectiva a la frase convencional de que todos los que no se les sometían sumisos eran "bandidos", adoptaron la táctica del terror, esto es, esparcieron la muerte sobre los moradores de pueblos, valles y caseríos. Mataban sin piedad al pobre e indefenso campesino: una veces ametrallando la vivienda rural; otras, los apresaban y les aplicaban la ley de fuga, o los hacían subir a un árbol, y cuando estaban arriba los tiraban para gozarse con la caída;

o la propiedad de ningún ciudadano de los Estados Unidos. En cuanto al canal, no tenemos sino un mero título sobre el papel, ¿y quién recusa este título? ¿Quién ha intentado siquiera ponerlo en discusión? Cuando consideramos las circunstancias en virtud de las cuales el susodicho título fue adquirido, debemos admitir que el no haber sido recusado es un delicado tributo a la paciencia y amistad del pueblo de Nicaragua para con los Estados Unidos.

"El asunto de Nicaragua ha puesto al descubierto un aspecto bien definido y lamentable de nuestras relaciones con toda la América latina ¿Qué será del futuro? Diariamente recibo cartas de todos los extremos del continente, en las cuales me expresan el profundo disgusto de los pueblos de la América latina y el hondo resentimiento que este asunto ha suscitado en ellos. Pero tengo muchas esperanzas, y me asisten razones para creer que en el futuro las cosas van a ser conducidas de modo diferente y que las relaciones no van a empeorar, sino que van a ser mejores..."


otras, los degollaban, sí, los degollaban, y muchas veces les mataban también sus animales domésticos y les quemaban sus habitaciones. El desprecio por la vida y el dolor y la desesperación del nativo infeliz era completo. Ya lo había dicho el coronel Stimson en un libro que publicó poco después de la pacificación del 4 de mayo, donde manifestó, sustancialmente, según referencias, que uno de los errores de España fue no haber suprimido a todos los indios. 6

Si se agrega a la natural aversión que despertaba en los segovianos la presencia de los odiados "gringos", su política de tierra arrasada, se comprenderá la razón por la cual Sandino pudo mantenerse durante toda su campaña sin mayores apremios en cuanto a la subsistencia de su ejército. Eso, teniendo en cuenta que si bien en algún momento se compuso de treinta hombres, en otros llegó a nuclear a tres mil. Y no sólo de nicaragüenses se componían sus tropas. Iberoamericanos, europeos y aun asiáticos habían arribado vía Honduras a Las Segovias y habían ofrecido sus servicios al caudillo.

Más aun, la reacción popular en todo el mundo le había proporcionado adeptos y simpatías, de las que se hacían eco, entre otros, Romain Rolland, quien públicamente pedía apoyo para las fuerzas del Chipote; Gabriela Mistral, que declaraba que Rubén Darío y Sandino prestigiaban a Nicaragua; Vasconcelos, que en París defendía la gesta heroica; Manuel Ugarte; Alfredo

L. Palacios, 7 etc. Más aun cuando los ejércitos de Chiang Kaishek entraban victoriosos en Pekín, el retrato de Sandino figuraba como estandarte en varios cuerpos del ejército revolucionario chino. El reconocimiento enemigo habría también de alcanzarle, en forma de elogio indirecto, cuando el coronel Fagan, jefe de las fuerzas invasoras en León, invitado por Moncada a hablar en su favor en el balneario de Poneloya,



6 Stimson, Henry L .American Policy in Nicaragua, pág. 115. Nueva York, 1937. Allí el interventor no pudo menos que dejar de reconocer cuáles eran las verdaderas intenciones de su patria, al expresar que "lo único que quería era que reinara la paz y la estabilidad, tanto política como económica, con objeto de que no pudiera representar nunca un peligro para sus comunicaciones navales, presentes o futuras, que eran su interés más vital."

7 Con su firma se enviaría a Sandino, en mayo de 1928, un mensaje, donde expresaría: "Cumpliendo con un mandato de la asamblea general de adherentes de la Unión Latino Americana, llegue hasta vuestro lejano y heroico campamento el fervoroso mensaje de adhesión a vuestra noble causa. Apenas desembarcaron las tropas norteamericanas en Nicaragua, esta institución abrió una intensa campaña contra el nuevo paso imperialista del coloso del norte, campaña que, por cierto, no

expresó ante la sorpresa general: "Yo soy irlandés al servicio de los Estados Unidos. Pues como irlandés digo que el general Sandino es un patriota, pero con poco juicio, porque si exigiera, por ejemplo, que se le construyera una catedral en cualquiera parte de la Segovia, pediría una cosa posible; si exigiera que se le diera diez millones de dólares, también pediría lo posible; pero pensar que va a vencer a los Estados Unidos, ésta es su falta de juicio".

Empero, Sandino no tenía intención alguna de vencer a los Estados Unidos, sino de que las fuerzas extranjeras abandonaran el país. Admitió, con toda cordura, que era "una guerra que estamos destinados a perder", y no se hacía ilusiones acerca del destino que iba a aguardarle en caso de caer en manos yanquis. Pero seguía peleando, sobreponiéndose a todas las derrotas y fracasos.

Porque en un principio todas fueron derrotas. A la de San Fernando siguió el desastre de Las Flores, donde perdió sesenta hombres y un armamento vital. Poco podía hacer la desmaña de sus tropas frente a las tácticas de un ejército regular que contaba con la dirección de veteranos de la Primera Guerra Mundial. Cuando Sandino, llevado de los recuerdos de sus lecturas sobre esa guerra operaba según el sistema de trincheras, poco costaba a los invasores flanquearlo y, con la ayuda de la aviación, desalojarlo.

La lección, a poco de reiterarla, fue plenamente comprendida. Percibió que en tanto los invasores contaran con armamento superior, eligieran el terreno y el momento de los combates y se valieran de sus conocimientos militares académicos, poco podría él hacer si les correspondía con el mismo juego. A partir de ese momento decidió Sandino adoptar la táctica de guerrillas, aprovechando sus conocimientos del terreno donde operaba, para tratar de obtener el máximo rendimiento de los escasos hombres y armamento de que disponía. Decidió, sobre el recuerdo de El Ocotal, que el factor

es sino continuación de esa cruzada latinoamericana en que estamos empeñados desde los tiempos de nuestro fundador José ingenieros, al denunciar el peligro de América latina ante la codicia del imperialismo yanqui y la acción negativa o cómplice de los gobiernos.

"Los últimos atropellos, acelerando el proceso histórico, clausuran el período de las protestas o de las acusaciones puramente verbales, para inaugurar una exigente era de acciones continuas y resueltas... Desde esta tierra argentina, que se emociona con vuestras hazañas, os saludamos con fervor, porque repetís en el suelo de Nicaragua, en condiciones históricas distintas, el gesto de nuestro gran gaucho Güemes, cuando en las quebradas salteñas, con sus criollos de bronce, detuvo al invasor."

sorpresa era elemento primordial de ventaja en las luchas del tipo de la suya, que exigían el empleo de la emboscada y la retirada inmediata una vez logrados los objetivos propuestos.

El primer ensayo fue puesto en práctica diez días después del desastre de Las Flores, cuando Sandino, en tanto los invasores se internaban en Las Segovias en dirección al cerro del Chipote, se colocó a su retaguardia y atacó, en 19 de septiembre, la ciudad de Telpaneca. Por la noche la ciudad estaba en sus manos, con excepción del sistema defensivo de trincheras "con alambres de púas y la extensa red de zanjas comunicadas entre sí, como copiando el sistema de atrincheramiento durante la guerra europea..." El caudillo agregará después:
...¡Los muy majaderos! En esa forma, sí, podían circular por gran parte de la ciudad, sin exponer el pellejo. Pero ocupé la ciudad tomando las alturas, en donde emplacé mis ametralladoras y barrí la cabeza a cuanto gringo asomó sobre las zanjas, de manera que mientras los invasores permanecían cubiertos en las zanjas, yo dejé al populacho que tomara en la ciudad todo lo que le diera la gana... La situación duró toda la noche, hasta el día siguiente en la mañana, cuando los aviadores yanquis comenzaron a situar sus bombas sobre las alturas ocupadas por mi ejército, y entonces inicié la retirada a los bosques, ordenadamente.
Para comprender este cambio en las concepciones militares de Sandino, todas instintivas, debe tenerse en cuenta que los cuatro departamentos segovianos forman una superficie de

30.000 km2, extendida desde el centro de Nicaragua, en dirección norte, hasta la frontera de Honduras, cuyos límites cubre completamente. Al oeste, desde el Pacífico, el terreno se eleva gradualmente desde los llanos de León y Chinandega hasta las alturas de Nueva Segovia, donde alcanzan su mayor desarrollo inmensos bosques inexplorados. Al este, la región del Atlántico, aunque baja, es igualmente boscosa. El río Coco, que baja de las alturas de Nueva Segovia hasta el mar, recorre cientos de kilómetros irregularmente aptos para la navegación de poco calado, atravesando toda la zona departamental en lucha.

Los pueblos, naturalmente, estuvieron desde un principio en poder de los invasores. Sus bocacalles y su perímetro exterior estaban constantemente vigilados por puestos de

ametralladoras. Las poblaciones observaban una curiosa como explicable neutralidad aparente; sabían que colaborar con los "gringos" podía costarles la vida cuando los azares de la guerra colocaran victoriosos a los patriotas. Y aun cuando éstos ocuparan los poblados durante poco tiempo, sabían igualmente que ese pequeño lapso bastaba para que la justicia expeditiva de los sandinistas castigara sin vacilación la obsecuencia, la cobardía y el servilismo.

Pero Sandino es el dueño de la selva, de la montaña y del río. Conoce cada palmo de terreno segoviano. Y quienes le acompañan no son menos duchos. Cada árbol, cada matorral, cada roca, es un vital escondite de un tirador o de un espía patriota. Los invasores lo saben, y sólo se atreven a internarse por caminos conocidos o en terreno hollado, con el rifle o el revólver dispuestos a disparar en cualquier momento. Y aun así les domina la inquietud. Porque en cualquier momento, sin que nada previo lo haga anunciar, se escucha el seco estampido que da por tierra con un invasor, al que de inmediato sigue una furiosa descarga desde distintos puntos. Los tiradores han tenido tiempo y puntería suficientes, como para evitar un inútil desperdicio de munición: cuando los norteamericanos reaccionan, dispuestos al contraataque, sólo encuentran la huella reciente de pisadas que se pierden en la espesura, donde es más peligrosa la acechanza de los sandinistas. Estos, una vez descargadas sus armas y cumplida la faena de diezmar a los "gringos", se retiran en orden tan silenciosamente como han llegado.

Claro está que no siempre se es tan afortunado. "Vencimos y nos vencieron —recordaría Sandino—, pero al enemigo le hacía falta conocer nuestra táctica. Además, nuestro espionaje siempre fue y sigue siendo superior al de los mercenarios. Así fuimos adquiriendo armas y parque norteamericanos, porque les capturábamos gente y botín. ¡Lástima que sean de tan grande estatura los piratas, porque sus uniformes no les sirven a nuestra gente!"

El temible ejército fantasma de Sandino es así imbatible. No precisa de grandes efectivos, que, por el contrario, entorpecerían sus acciones. Ni siquiera de costosos preparativos o concentraciones de armamento y tropas. La pequeña partida es escurridiza, de difícil localización, de ardua persecución. 8 Por eso cuando, sobreponiéndose al estrépito de la fusilería y al

8 Un visitante del campamento de Sandino, en las postrimerías de sus campañas, describiría así sus impresiones:

tableteo impotente de las Thompson descargadas nulamente al azar, se oye el grito de "¡Viva Sandino!", o el de "¡Viva el ejército libertador!", o el de "¡Mueran los gringos!", o el de "¡Patria y Libertad!", los invasores mercenarios intuyen oscuramente que algo más que un "bandido" les hace frente y les desafía y les humilla y les enfurece y les diezma. 9

Ese algo más, corre ya en boca de los oprimidos de todo el mundo y les reconforta y enaltece, ese algo más se traduce en las músicas y en los poemas que el anónimo pueblo dedica a su gesta o a su persona. Algunos años antes, en todo México se difundían las canciones que brotaban de cada batalla, cuando en lucha análoga Villa, Carranza, Obregón y Emiliano Zapata —el otro gran traicionado— enfrentaban a los ejércitos de la reacción. Eran versos sencillos, que cuando no utilizaban la música del himno de Riego, que los anarquistas de principios de siglo modificaron intencionadamente, recurrían al inagotable venero folklórico mexicano, de donde brotaran corridos y canciones como La Adelita, cuya música, expropiada por los sandinistas, servía a versos como éstos:
"...En el campamento, que estaba instalado en un 'limpio', bajo los árboles copados que hacían impenetrable el sol, y al cual se llega de pronto, sin descubrirlo antes, había dos champas, y una más grande donde estaba Sandino, vestido con un pantalón kaki de montar, camisa blanca y pañuelo también blanco, amarrado al cuello. Llevaba finas botas altas de calf y un sombrero de paño de anchas alas. No portaba pistola ni ninguna otra arma y se mostraba siempre de buen humor. En ese campamento estaban solamente seis hombres y unas mujeres cuyos nombres nunca pude saber, pues sólo se daban al tratamiento de 'hermanos'. No había pues, señales de ejército; sin embargo, cerca de allí se oía tocar victrola, lo mismo que una guitarra y hasta un pistón, por lo cual deduje que el verdadero alojamiento de Sandino no era aquel en el cual se me tenía y se me tuvo hasta el regreso, sino otro. Allí llegaban a verme.

"Esto me hizo deducir también que había más gente, lo cual se confirmó por el hecho de que durante mi permanencia haya visto destazar tres reses cada día de por medio, por lo demás, había abundancia de provisiones como arroz, frijoles, papas y hasta harina. También vacas; es decir, tampoco se carecía de leche. Igualmente muchas bestias."

Y otro, el general Carlos N. Quezada, informaría que "lo primero que manda hacer el general Sandino cuando se instala en un campamento, es un caminito o vereda que le facilite pasearse, lo que hace con las manos hacia atrás. De la meditación en esos breves paseos surgen generalmente sus sorpresivas resoluciones".
9 Beals, Carleton. América Ante América (America South), pág. 427., Edil. Zig- Zag, Santiago de Chile, 1940: "Poco después de la guerra mundial, con la extensión de nuestro imperio de cables y noticias a los dos continentes, con el propósito de fomentar la buena vecindad y el comercio junto con la ganancia inmediata, esas mismas agencias tuvieron que informar ampliamente, y como ironía, sobre la lucha de Sandino contra los marinos norteamericanos en Nicaragua. Y a pesar de que los representantes de la U. P. y de la A. P. allí eran, respectivamente, el cobrador de


¡Compañeros, patriotas hermanos! No desmayen jamás en su valor, Que si morimos en defensa de nuestra patria Quedará en la historia que hemos muerto con honor. Todo aquel que sienta por su patria que venga estas filas a engrosar, Porque mañana más tarde no les pese Que los yankees vengan y nos vayan a pisotear. Nuestro jefe Sandino se ha interpuesto Por querernos venir a libertar; Pero a mucho "vendepatria" se ha enfrentado Por querernos venir a desarmar. Y el plazo se ha vencido Y no han podido desarmar a estos cuatro segovianos Moncadistas por partidas, Y nosotros aún seguimos Encantados de la vida.

Belausteguigoitía relata que después de escuchar cantar a Cabrerita, el guitarrista del batallón de Sandino, los versos de La Internacional, "que sonaban un tanto extrañamente en plena montaña", escuchó de sus labios estos otros.



A cantarles voy, señores, un verso de actualidad, Haciéndole los honores, a un valiente general. Que se derramen las copas, apuremos más el vino, y brindemos porque viva ese valiente Sandino. Sandino se ha defendido

con un puñado de gente, y dicen que él morirá, pero que nunca se vende. Sacasa dijo a Sandino: — " Yo me voy a retirar; a los Estados Unidos no les vamos a ganar". Dijo Sandino una vez, apretándose las manos: "A diez centavos les vendo cabezas de norteamericanos". ¡Viva la patria, señores! Vivan todos los valientes que han derramado su sangre por hacerse independientes Viva el patriota, señores — que lucha siempre gozoso; y con orgullo se ha enfrentado contra el gringo ambicioso.

Son versos donde la emoción y la sinceridad reemplazan con creces a la calidad poética y literaria. Versos sin escuela ni genio creador, pero donde la creación es el patriotismo, el coraje su genio, la muerte su poesía. Una música improvisada servía también para estos otros versos.

los derechos aduaneros, Clifford D. Ham y su ayudante. Charles Lindbergh, a pesar de que la mayoría de los mensajes de allí deformaban la verdad, empequeñecían a Sandino, llamaban "bandidos" a sus partidarios, glorificaban a los marinos estadounidenses, esos mismos representantes o corresponsales no decían nada acerca de los bombardeos aéreos de aldeas indefensas, acerca de los civiles asesinados por los marinos, nada decían sobre los latrocinios y abusos; sin embargo, por toda la América latina se extendió el orgullo por el hombre que peleó casi a mano limpia y tan valientemente en la jungla en contra del poder de la nación más grande de la tierra."




Fueron armas potentes para seguir el destino que Augusto César Sandino nos enseñó a defender. Y debemos proceder como soldados valientes: antes recibir la muerte

que dejarnos humillar. Por los aires, tierra y agua con orgullo ha defendido a su patria Nicaragua. — Y cantando este corrido, hemos pasado un buen rato; en Nicaragua, señores, le pega el ratón al gato.


Esta conciencia de estar castigando a los opresores de su patria es común a toda la literatura nicaragüense sandinista, sentimiento del que participaban sus compatriotas aun cuando no compartieran su ideal. Sucedía tal como diez años más tarde ocurriría en España —cuando las tropas franquistas celebraban como propios los triunfos republicanos sobre los italianos en Guadalajara: conservadores y liberales, no sandinistas, pero sí nicaragüenses, se sentían en lo más íntimo reconfortados con el contenido de esos dos últimos versos:

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