Henri barbusse



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VII


"EN NICARAGUA, SEÑORES, LE PEGA EL RATÓN AL GATO"


Desde hace mucho tiempo, tenemos una especie de complejo divino acerca de la América latina. No obstante, sólo hemos puesto en evidencia, generalmente, nuestro afán de obtener resultados de carácter monetario en vez de hacer valer los atributos espirituales inherentes a nuestra divinidad. Nos hemos preocupado menos del arte, de la literatura, de la justicia social y de la libertad de esos pueblos que de las máquinas de coser Singer, por ejemplo... Nuestros cónsules y oficiales de marina, quienes se han dignado descender sobre el suelo latinoamericano impulsados solamente por motivos tan honrados como el cobro de deudas, para obligar a los Estados a que ratificaran determinadas concesiones y al pago de sus reclamaciones, y en general para distribuir quinina, han sido siempre ardientes defensores de la democracia... Muy a menudo nuestros apreciables cónsules que se hallaban empeñados en una intervención armada solían decirme que estaban salvando al país al enseñar a las hordas incultas para que votaran honradamente, y al minuto siguiente expresaron que la única solución para encarrilar a esos pueblos era una dictadura firme.

Sin embargo, la más sólida justificación para éstas y otras actividades de nuestra parte en la América latina, en esos tiempos, fue el pretexto de la salubridad, que se convirtió por un largo lapso en la 18ª enmienda de la Doctrina Monroe. No importaba nada cuántos marinos norteamericanos o ciudadanos nicaragüenses, haitianos o cubanos morían en combates; no importaba nada todo cuanto hacíamos nosotros allí; lo positivo era que debíamos lograr a toda costa que se redujera el porcentaje de mortalidad para el resto de los habitantes


de esos países. El divino Tío Sam se imaginaba a sí mismo, durante esa época de los préstamos fabulosos y de las invasiones de nuestros marinos, como un glorioso basurero de los trópicos. 1

CARLETON BEALS


Cuando se comparan las cifras de los efectivos máximos con que llegaron a contar las fuerzas sandinistas y las invasoras —

3.000 y 12.000 respectivamente—, no puede menos que admirarse de que la lucha durara los siete años que duró. Esa voluntad de resistencia no estaba en modo alguno respaldada por convicciones políticas o sociales definidas. Tampoco existió una férrea identidad de miras entre los componentes del ejército sandinista, al cual arribaron tanto aventureros como contrabandistas, comunistas como sindicalistas o anarquistas o socialistas, latinoamericanos como europeos y asiáticos.

Porque el núcleo de cohesión lo constituía la simple decisión de arrojar a los norteamericanos de Nicaragua. Toda otra explicación es falsa, y para certificarlo bastarán los centenares de documentos y declaraciones públicas formuladas por Sandino como por quienes estuvieron a su lado total o temporalmente. Y si a nuestra objetividad de argentinos nos parece incomprensible, o una esquematización antojadiza, bástenos recordar que no podemos aprehender un estado de ánimo semejante a aquél desde que por lo menos han pasado muchas generaciones sin que nuestros suelos hayan soportado una imposición militar extranjera.

La otra ingerencia, la pacífica, sinuosa y persistente penetración económica de los grandes imperios mundiales está tan sobreentendida, aceptada y hasta solicitada, que ha conformado en algunas decenas de años la típica mentalidad colonial que constituye el principal lastre en la lucha de nuestros pueblos por su liberación. La educación de las masas en un sentido de mediatización tiene sus puntales en el aparato psicológico montado por las grandes empresas periodísticas y difusoras de noticias, que en cada uno de nuestros países tiene su mastodonte defensor de la "libertad", siempre que esta palabra no trasponga los límites abstractos a que ha sido confinada por sus más preclaros defensores.


1 Beals, Carleton. La próxima lucha por Latinoamérica (The Corning Strugglefor Latín America), págs. 239/240. Edit. Zig-Zag, Santiago de Chile, 1942.

Sandino no sólo tuvo que luchar contra los invasores militares de su patria. En todo el mundo, las noticias difundidas por United Press y Associated Press deformaban los hechos, descubrían crímenes horrendos cometidos por aquél en tanto silenciaban los de la intervención; atribuían al héroe intenciones que no tenía y jamás apeaban la referencia a los "bandidos", a las "hordas" o a las "bandas sediciosas" según el molde sutil de los estupendos cerebros de la propaganda. Y en tanto se prodigaban en fotografías de los altos jefes norteamericanos o del mundo oficial de los quislings nicaragüenses, eran escasas por no decir nulas las que se publicaban del bando sandinista.

El jefe de la resistencia no podía contar con la benevolencia de los diarios a menos que él mismo se propusiera hacerles llegar las noticias que le interesaba se conocieran. Y aun así, únicamente los diarios, periódicos o revistas de izquierda le acogían en sus páginas. Sucedía así que no obstante la natural curiosidad que despertaba su persona, pocos datos proporcionaba Sandino para satisfacerla. Cuando lo hacía, era sin altisonancias, con modestia rayana en la vergüenza de saberse centro de interés para el mundo.

Cuando el escritor Froylán Turcios, su intermediario en Tegucigalpa, le solicita datos sobre su persona para la revista Ariel, Sandino le contesta:


Le envío, de acuerdo con sus deseos, esa fotografía para que haga de ella el uso que quiera. Fue tomada a mi salida de Méjico, el 1º de mayo de 1926. En el caso de que usted la publique y le agregue alguna leyenda, haga constar que no soy político profesional, sino un humilde artesano. Mi oficio es mecánico, y con el martillo en la mano me he ganado el pan de toda mi vida hasta la edad de treinta y tres años que hoy tengo.

Cuando los diarios de la cadena Hearst y los que en Centroamérica responden a las directivas estadounidenses — que son la inmensa mayoría— le endilgan sin piedad motes infamantes o acusaciones denigrantes, él se toma el trabajo de rebatirles:



El hombre que de su patria no exige un palmo de tierra para su sepultura, merece ser oído, y no sólo ser oído, sino también creído. Soy nicaragüense y me siento orgulloso de que en mis venas circule, más que cualquiera, la sangre india americana, que por atavismo encierra el misterio de ser patriota leal y sincero; el vínculo de nacionalidad me da derecho a asumir la


responsabilidad de mis actos en las cuestiones de Nicaragua y, por ende, de la América Central y de todo el continente de nuestra habla, sin importarme que los pesimistas y los cobardes me den el título que a su calidad de eunucos más les acomode. Soy trabajador de la ciudad, artesano cómo se dice en este país, pero mi ideal campea en un amplio horizonte de internacionalismo, en el derecho de ser libre y de exigir justicia, aunque para alcanzar ese estado de perfección sea necesario derramar la propia y la ajena sangre. Que soy plebeyo, dirán los oligarcas o sea las ocas del cenagal. No importa: mi mayor honra es surgir del seno de los oprimidos, que son el alma y el nervio de la raza, los que hemos vivido postergados y a merced de los desvergonzados sicarios que ayudaron a incubar el delito de alta traición: los conservadores de Nicaragua, que hirieron el corazón libre de la Patria y que nos perseguían encarnizadamente, como si no fuéramos hijos de una misma nación.

Hace diecisiete años Adolfo Díaz y Emiliano Chamorro dejaron de ser nicaragüenses, porque la ambición mató el derecho de su nacionalidad, pues ellos arrancaron del asta la bandera que nos cubría a todos los nicaragüenses. Hoy esa bandera ondea perezosa y humillada por la ingratitud e indiferencia de sus hijos, que no hacen un esfuerzo sobrehumano para libertarla de las garras de la monstruosa águila de pico encorvado que se alimenta con la sangre de este pueblo, mientras en el Campo de Marte de Managua flota la bandera que representa el asesinato de pueblos débiles y la enemistad de nuestra raza. ¿Quiénes son los que ataron a mi patria al poste de la ignominia? Díaz y Chamorro y sus secuaces, que aún quieren tener derecho a gobernar a esta desventurada patria, apoyados por las bayonetas y las Springfield del invasor. No; ¡mil veces no! La revolución liberal está en pie. Hay quienes no han traicionado, quienes no claudicaron ni vendieron sus rifles para satisfacer la ambición de Moncada. Está en pie y hoy más que nunca fortalecida, porque sólo quedan en ella elementos de valor y de abnegación.

Moncada el traidor faltó naturalmente a sus deberes de militar y de patriota. No eran analfabetos quienes le seguían y tampoco era él un emperador, para que nos impusiera su desenfrenada ambición. Yo emplazo ante los contemporáneos y ante la historia a ese Moncada desertor, que se pasó al enemigo extranjero con todo y cartuchera. ¡Crimen imperdonable que reclama la vindicta!


Los grandes dirán que soy muy pequeño para la obra que tengo emprendida; pero mi insignificancia está sobrepujada por la altivez de mi corazón de patriota, y así juro ante la patria y ante la historia que mi espada defenderá el decoro nacional y que será redención para los oprimidos. Acepto la invitación a la lucha y yo mismo la provoco, y al reto del invasor cobarde y de los traidores a mi patria, contesto con mi grito de combate, y mi pecho y el de mis soldados formarán murallas donde se lleguen a estrellar las legiones de los enemigos de Nicaragua. Podrá morir el último de mis soldados, que son los soldados de la libertad de Nicaragua, pero antes más de un batallón de los vuestros, invasor rubio, habrá mordido el polvo de mis agrestes montañas.

No seré Magdalena que de rodillas implore el perdón de mis enemigos, que son los enemigos de Nicaragua, porque creo que nadie tiene derecho en la tierra a ser semidiós. Quiero convencer a los nicaragüenses fríos, a los centroamericanos indiferentes y a la raza indohispana, que en una estribación de la cordillera andina hay un grupo de patriotas que sabrán luchar y morir como hombres.

Venid, gleba de morfinómanos; venid a asesinarnos en nuestra propia tierra, que yo os espero a pie firme al frente a mis patriotas soldados, sin importarme el número de vosotros; pero tened presente que cuando esto suceda, la destrucción de vuestra grandeza trepidará en el Capitolio de Washington, enrojeciendo con nuestra sangre la esfera blanca que corona vuestra famosa White House, antro donde maquináis vuestros crímenes.

Pueblo hermano: al dejar expuestos mis ardientes deseos por la defensa de nuestra patria, os acojo en mis filas sin distinción de color político, siempre que vuestros componentes vengan bien intencionados, pues tened presente que a todos se puede engañar con el tiempo, pero todo el tiempo no se puede engañar a todos. A. C. Sandino.
A despecho de las ingenuidades contenidas en muchos de los documentos provenientes de Sandino, índice de un alma limpia y despojada de toda malicia, su candor contenía toda la pasión necesaria para la misión que se había impuesto, de liberar a su patria de los invasores. Con todo, no dejó de entrever la premisa de que la verdadera independencia de Nicaragua derivará de su integración espiritual, económica y política en el seno de una confederación de pueblos centroamericanos, para

la búsqueda común de una solución socialista de sus problemas como pueblos.

Sandino, entretanto, señalaba la ruta de la defensa de los pueblos:
El ejército defensor de la soberanía de Nicaragua no tiene compromiso con nadie. No apoya ni defiende caudillos. Su lema está ajustado al más sagrado principio de lealtad y honor y, en sentido político, sólo reconoce la legalidad de la elección recaída en el Dr. Juan B. Sacasa, emanada de la soberana voluntad del pueblo. No claudica por convencionalismo, ni acepta imposición extraña, porque sus actos están definidos con sus hechos. Si el presidente constitucional de mi patria fue arrojado de nuestro suelo por la fuerza de los yanquis y villanamente traicionado por su principal jefe militar, a quien confió el mando de su ejército, el puñado de valientes que defiende, a expensas de su sangre, la legalidad de su elección, aún conserva en una mano el símbolo de la Patria, y en la otra, el rifle, que defiende y defenderá los derechos de la nación, tantas veces escarnecidos y humillados.
La lucha, pues, proseguía sin cuartel.

En aquellos días de octubre de 1927, mientras sus compatriotas se desangraban contra o en favor de los norteamericanos, llegaban a Washington en peregrinación conmovedora los generales Emiliano Chamorro y José María Moncada. Cada cual por su lado, arribaron en pos de la consagración de la Casa Blanca al sacrificio que ofrecían a su patria: aceptación de la candidatura a la presidencia. Ambos entrevistaron, además de banqueros, financistas de alto vuelo y militares, a Coolidge y a Kellogg. Tal como tristemente se acostumbra en nuestra América, las elecciones se realizaban previamente en las oficinas de la Casa Blanca o de Wall Street.

Claro está que ni la Constitución de Nicaragua ni los pactos de Washington de 1923 —a los cuales ya hicimos referencia— permitían a ninguno de ellos ocupar el cargo, pero eso — también como tristemente se acostumbra en nuestra América— era un detalle sin importancia, una minucia leguleya que "quien fuera verdaderamente patriota" no debía tener en cuenta. A un año de las elecciones de noviembre de 1928, Moncada y Chamorro se arrimaban presurosos a la mesa del banquete, invocando sus títulos y merecimientos para el suculento concurro.

No debe olvidarse que para enero de 1928 había sido convocada la VI Conferencia Internacional Americana, a celebrarse en Cuba, donde a la sazón gobernaba otro buen diente, el tirano Machado. La cercanía de la fecha, el hedor nauseabundo que su política había provocado en el continente y la creciente reacción operada dentro y fuera de su patria, indujeron a Coolidge a dar un suave golpe de timón. A ese pensamiento había obedecido la designación de Stimson y la subsiguiente paz de Tipitapa.

Como lo veremos luego, la Conferencia fracasó ruidosamente y ello gracias a la lucha de Sandino y a su repercusión en América.

Ínterin, Stimson declaraba con toda solemnidad: "Por informes de otras procedencias y por los que me suministró Moncada, he llegado a la conclusión de que Augusto César Sandino es un hombre que siempre vivió del pillaje."

El hombre que "siempre vivió del pillaje", apenas cinco meses antes, cuando le hubo alcanzado la nota del almirante Sellers, había declarado a sus soldados:
Estamos solos. La causa de Nicaragua ha sido abandonada. Nuestros enemigos no serán de hoy en adelante las fuerzas del tirano Díaz, sino los marinos del imperio más poderoso que la historia ha conocido. Es contra ellos con quienes vamos a combatir. Seremos asesinados villanamente por las bombas que desde el aire nos envíen truculentos aviones; acuchillados con bayonetas extranjeras; tiroteados por ametralladoras modernísimas. Los casados o con otros deberes de familia que vuelvan a sus hogares.
Y de ese primitivo ejército de veintinueve hombres, que no se sabía si eran o no "casados o con otros deberes de familia" había surgido una fuerza poderosa que preocupaba a los dirigentes del país más poderoso de la tierra hasta el extremo de hacerles perder no sólo el estilo diplomático —que fue siempre su talón de Aquiles— sino las más elementales normas de cordura y ponderación.

Ese extraño "ejército fantasma" se componía de hondureños como el general Porfirio Sánchez; de guatemaltecos como el general María Manuel Girón Ruano; de mexicanos, como el general Manuel Chávarri; de venezolanos, como uno de los dos médicos; de Mr. Hodson, inglés oriundo de Belice, que había reacondicionado a "La Chula", cañón de campaña de Moncada,


como cañón antiaéreo que manejaba el hondureño José de la Rosa Tejada; alemanes como aquel que desafió a su compañero, el coronel Padilla, a un duelo con ametralladoras de mano y que al ver caído a su contrincante pidió a Sandino le fusilara para poder descansar "enterrado al lado de mi amigo Padilla". Otros, como el coronel Francisco Estrada, el mayor Carlos Barahona, el coronel Raudales, y los generales Colindres, Gómez, Umanzor y Pedro Altamirano —el temible "Pedrón", que jamás perdonaba a los colaboracionistas—, eran segovianos.

Sandino había dicho: "Nicaragua no debe ser patrimonio de imperialistas y traidores, y por ello lucharé mientras palpite mi corazón... Y si por azar del destino perdiera todo mi ejército, en mi arsenal de municiones conservo cien kilos de dinamita, que encenderé con mi propia mano. Sandino morirá sin permitir que manos criminales de traidores e invasores profanen sus despojos. Y sólo Dios omnipotente y los patriotas de corazón sabrán juzgar mi obra".

¡Y cuánto le era necesario para poder seguir luchando!

Un barco había naufragado cerca de la desembocadura del río Coco. Tenía por nombre Concón y llevaba algunos cientos de fusiles usados en 1899 (¡casi treinta años antes!), cuando la guerra de Cuba. Sandino se hizo de esas anticuadas armas desde entonces denominadas "concones", 2 que unidas a las que atrapara con la ayuda de las mujeres públicas de Puerto Cabezas, constituían todo su arsenal: eran fusiles Springfield. Los rifles Browning, arrebatados a los invasores muertos o heridos, eran contados. Luego estaban las famosas bombas de Sandino, granadas de mano hechas con latas vacías de sardinas rellenadas con dinamita y piedras, cuyo uso había provocado víctimas entre los propios sandinistas. Luego, algunas ametralladoras Thompson, también arrebatadas al enemigo. El cañón La Chula se obtuvo mucho después.

Pero entretanto, y siempre, contó con el arma más eficiente en la lucha de guerrillas: un servicio perfecto de información y


2 Stimson, Henry L. Op. cit., (pág. 38), sostiene que el Concón no era un buque naufragado sino que juntamente con el Foam, el Tropical y el Superior constituían un grupo que entre agosto y diciembre de 1926 condujo especialmente armas y municiones desde México a Nicaragua. Téngase en cuenta que ése era el tiempo en que en los Estados Unidos se trataba de azuzar la guerra contra México, para comprender el motivo de esta aseveración. Por otra parte, cuando Coolidge hizo referencia a esos embarques, se guardó muy bien de mencionar si las pruebas que había obtenido sobre el particular demostraban que esas municiones formaban parte de las que el gobierno de los Estados Unidos había vendido poco tiempo antes al gobierno de Obregón, "para permitirle que sofocara una revolución".

espionaje, montado dentro de las mismas filas de la incipiente Constabularia Nacional, en combinación con el sistema de comunicaciones primitivo, que funcionaba en cuanto el más leve movimiento de tropas se insinuaba en dirección a Las Segovias. Ya hemos hecho mención sucinta de su mecanismo, que funcionaba valido de los elementos que la naturaleza prodigaba en la montaña, plenos de significaciones esotéricas para las tropas patriotas.



Las pequeñas poblaciones registraban todo paso sospechoso, que antes de una hora estaba en conocimiento del cuartel general establecido en El Chipote. Todo indio que labrara el campo o llevara sus mercancías de un pueblo a otro, era potencialmente un espía de Sandino, que se valía no sólo de su dialecto, sino que hasta disponía de un argot particular y hasta de signos convencionales de origen ancestral, patrimonio de su raza, cuyo uso estaba restringido a la región segoviana. Belausteguigoitía que tuvo ocasión de visitar el campamento de Sandino durante algunas semanas, describe así a sus tropas:
Formaban un abigarrado conjunto de tipos, en los que se veía que el refinamiento y el cuidado de su indumentaria no era, desde luego, el rasgo más saliente. Había gentes de todas las edades; muchos muchachos. Aunque algunos estaban con sus ropas bastante completas, en general dominaban los pantalones hechos jirones, de mata, es decir, tela de algodón blanca. El aire de todos ellos era duro, y se adivinaba la fiereza de los hombres obligados a vivir en la selva durante años enteros. El rasgo común era el lazo rojo y negro que adornaba su sombrero. Muchos llevaban una gran mascada del mismo color sujeta al cuello. Las armas eran un rifle y el machete que llevaban colgado al cinto. Algunos llevaban dos pistolas, y bastantes bombas de mano… (Vi) el típico sello de Sandino, en el que se ve un círculo con el lema Patria y Libertad, y en el centro, un guerrillero sandinista empuñando un machete para cortar la cabeza a un soldado [norte] americano, mientras lo pisa en el vientre, sujetándolo en tierra.
Espectador de la llegada del coronel Raudales luego de cumplida una misión que se le encomendara, describe así el retorno de esas fuerzas bajo su mando:
Podrían ser alrededor de 200 hombres, de la más variada catadura, secos y endurecidos por la intemperie y las


privaciones; unos, los menos, de tez blanca y hasta rubios; otros, con el tono moreno claro del mestizo de la región, y bastantes, indios de la montaña, con su aire reconcentrado, y hasta algún negro corpulento de cabellera encrespada. Las ropas de muchos de ellos eran verdaderos harapos, y asomaba el bronce de la piel en una buena parte a través de los jirones de la camisa o del pantalón. Los sombreros, de fieltro algunos y de palma los más, llevaban como distintivo el clásico lazo rojinegro. Unos, menos de la mitad portaban rifles Springfield, de los ejércitos [norte] americanos, y el resto, pistola y machete, o únicamente machete. En cuanto al calzado, diré que las botas escaseaban, que una gran parte llevaba el clásico huarache, a base de una tira de cuero sujeta por correas, que es el calzado típico en el campesino de una gran parte de Sudamérica. Delante iban los hombres montados, que serían aproximadamente una tercera parte, sobre las mulas pequeñas y resistentes de la región y unos matalotes escuálidos que parecían seguir a duras penas el paso de la columna... Había viejos de cabellera bastante cana y el aire encorvado y muchachitos verdaderamente infantiles, de doce a catorce años, que portaban su fusil y seguían con paso aguerrido la marcha de la columna.

[...] Desfiló la fuerza de Sandino en fila india, con su bandera al frente, rústica bandera cuya asta estaba formada por un palo del bosque, aún sin descortezar.

[...] Desfilaban los hombres con aire sombrío y cansado, mientras sus pies chapoteaban en el barro, rompiéndose de pronto la monotonía de la marcha con algún viva estentóreo, que era coreado por todos: "¡Viva el general Sandino! ¡Viva el ejército de la independencia!"
Otro periodista que estuvo con Sandino, el norteamericano Carleton Beals, se expediría con respeto sobre el hombre que enfrentaba "con una honda" a sus compatriotas. En Banana Gold relataría así un episodio habido en una entrevista con el general Feland, el héroe condecorado del Ocotal: "Entonces,

¿cree Vd. que Sandino es un bandido? —No —contestó el general con sorna—; desde luego que no. Es un hombre correcto. Pero damos la palabra bandido en un sentido técnico, en el de jefe de una banda. ¡Ah, según eso —reflexionó ante Feland mientras escuchamos un concierto— el director de esta orquesta es también un bandido! Dirige su banda. ¡Perfecto!"

Un visitante famoso, por algún tiempo combatiente junto a

Sandino en calidad de secretario, fue el líder comunista salvadoreño Agustín Farabundo Martí, que luego perdería la vida con ocasión de la revolución popular contra el dictador Maximiliano Hernández Martínez. Martí tuvo diferencias con el caudillo nicaragüense, de cuyas resultas se produjo su alejamiento. Sandino aludiría a la cuestión en los siguientes términos:


Este movimiento es nacional y antiimperialista. Mantenemos la bandera de libertad para Nicaragua y para toda Hispanoamérica. Por lo demás, en el terreno social, este movimiento es popular y preconizamos un sentido de avance en las aspiraciones sociales. Aquí han tratado de vernos, para influenciarnos, representantes de la Federación Internacional del Trabajo, de la Liga Antiimperialista, de los Cuáqueros... Siempre hemos opuesto nuestro criterio decisivo de que ésta era esencialmente una lucha nacional.
En reiteradas ocasiones volvería a remarcar el sentido nacionalista y puramente patriótico que guiaba su lucha. La prensa norteamericana y la iberoamericana prointervencionista, ora le tildaban de "bandido", ora de "agente bolchevique". Sandino no obstante su escasa preparación política, comprendía perfectamente la identidad existente entre los problemas sociológicos y los políticos, y de qué manera éstos obraban en la vida de los pueblos. Pero sólo oscuramente llegó a intuir la relación entre esos factores y el imperialismo norteamericano que retardaba su solución. Para él, como no se cansaba de repetirlo, la solución para los problemas de Nicaragua llegaría una vez que los invasores se retiraran. Los hechos, a su muerte, se encargarían de demostrar cuan equivocado estaba.

Cuando desde México se sostenía que su movimiento era fundamentalmente agrarista, vinculándoselo con el de Emiliano Zapata, él se apresuraba a negarlo, basado sobre la evidencia de la pequeña dimensión de los latifundios nicaragüenses y en la profusión de pequeñas propiedades, a diferencia de lo que ocurría en México:


El agrarismo, pues, no tiene un gran campo de acción, sostendría. Los pocos que no tienen tierras no se mueren de hambre... Hay cerca de Granada un hermoso paseo de mangos que llega hasta el Lago. Mientras una especie de Cancerbero que tiene la contrata de la fruta la recoge como puede, dos o


tres desharrapados esperaban la caída accidental de algún fruto para hacer su comida diaria. No les tenía cuenta trabajar en los cafetales porque sólo les daban quince centavos, y preferirían esta modesta holganza.
Este criterio simplista de un problema tan complejo, no le impediría por otra parte ver claro cuando, más adelante, al proponérsele la colonización de las tierras incultas de la zona segoviana, optara por soluciones socialistas:
...—¡Ah, creen por ahí que me voy a convertir en un latifundista! No, nada de eso; yo no tendré nunca propiedades. No tengo nada. Esta casa donde vivo es de mi mujer. Algunos dicen que eso es ser necio, pero no tengo por qué hacer otra cosa... Yo soy partidario más bien de que la tierra sea del Estado. En este caso particular de nuestra colonización en el Coco, me inclino por un régimen de cooperativas...
No obstante, Sandino estaba siempre abierto para la llegada de nuevas ideas y conocimientos. No alardeaba de tener luces extraordinarias ni doctrinas reveladas, ni tampoco creía que vería rendido a sus pies al "águila con pico de rapiña", como designaba a los Estados Unidos. Creía, y eso sí sinceramente, en que él era el llamado por el destino a lograr que los norteamericanos abandonaran su patria. Y ese sentido mesiánico de su misión lo conservó hasta la muerte, que, cuando sobrevino, ni le sorprendió ni le aterró.

Mientras los aspirantes a la presidencia presentaban su lista de merecimientos en Washington, Sandino mantenía en alto el pendón de Nicaragua libre.

Nuevos encuentros jalonaban su gesta: en noviembre de 1927, en Las Cruces, confluencia de caminos que conduce al Chipote, Sandino libra el primero de los cinco combates habidos entre ese mes y enero de 1928: "... avisado oportunamente del avance norteamericano... nos emboscamos y atrincheramos en lugares convenientes y allí colocamos nuestras ametralladoras. Llegó el enemigo y abrimos el fuego. Fue una carnicería espantosa. Los piratas caían como hojas de árboles y nosotros, bien protegidos, apenas si teníamos alguna baja. Y luego del primer encuentro, les tendimos emboscadas a las columnas que iban a reforzarlas".

Para la descripción de esos combates no existe mejor cronista que el propio jefe patriota:




En Trincheras, lugar así llamado por los españoles cuando la conquista; en Varillal, donde se peleó cruelmente; en Plan Grande; tres veces más en Las Cruces, en donde duró el último combate cuatro días, hasta que nos reconcentramos al Chipote. Muchos hombres perdió el enemigo. Nosotros apenas unos treinta. Allí capturamos, peleando, una bandera norteamericana. También allí murió el capitán Livingstone, jefe de la columna de ataque, a quien se quitaron órdenes del día, documentos y mapas. El jefe pirata fue muerto de un balazo de pistola por el mayor Fernando Madariaga.

En Las Cruces murió también el capitán pirata Bruce. Este joven oficial del ejército norteamericano, el 24 de diciembre envió un cablegrama a su madre, a Estados Unidos, anunciándole la proximidad del fin de la campaña, porque creía que para el 1º de enero estaría concluida la existencia de Sandino. "El 1º de enero de 1928 le habremos cortado la cabeza al bandido de Sandino", decía el mensaje. Bien, justamente el 1º de enero de 1928, Bruce tenía la cabeza sumida en el estómago, muerto en uno de los combates de Las Cruces. Sus anteojos de campaña yo los uso. Son magníficos, reglamentarios del ejército norteamericano, con su estuche y con una pequeña brújula.

Después de esas batallas, las más cruentas de las que se han librado en la lucha de Nicaragua, nos reconcentramos al Chipote, que era el objetivo de los piratas. Pero la posición era difícil. Nos fueron cercando para evitar que nos aprovisionáramos, y el cerco se estrechaba cada vez más. No nos faltaban armas ni parque, porque en los últimos encuentros habíamos quitado al enemigo enormes cantidades de cartuchos y armas espléndidas, nuevas y flamantes. Durante dieciséis días que estuvimos sitiados, diariamente nos visitaron las escuadrillas aéreas de los piratas. A las seis de la mañana aparecía la primera escuadrilla de cuatro aparatos, que se dedicaban a bombardear. Por supuesto que nosotros les echábamos bala también, y varios pájaros de acero fueron heridos de muerte. Después de cuatro horas de bombardeo, nueva escuadrilla sustituía a la primera y continuaba el fuego, hasta que pasadas cuatro horas volvía otra. Y así sucesivamente, hasta que llegaba la noche.

Pocos daños personales nos hacía el bombardeo, porque estábamos bien protegidos, pero perdimos como doscientas cabezas de ganado de la caballada de nuestro ejército, y ganado vacuno para alimentarnos. La situación iba siendo grave, porque


la mortandad de animales había hecho la estancia insoportable por la descomposición de los cadáveres. Los zopilotes tuvieron el espacio por varios días, y si bien nos hicieron un servicio, porque llegaban a impedir la visibilidad a los aviadores muchas veces confundimos a éstos con los zopilotes—, nuestra vida iba haciéndose más difícil por esas circunstancias, y resolvimos retirarnos.

Comenzamos a construir peleles de zacate, que vestimos con sombreros de los que usábamos nosotros, y con ellos cubrimos los lugares más visibles del Chipote. Entretanto, en la noche, salimos del lugar. Dos días más estuvieron los aviadores bombardeando aquel sitio, que ya había sido arrasado y en el que nadie quedaba, hasta que se dieron cuenta de que no había enemigo. Cuando llegaron y trataron de perseguirnos, ya íbamos lejos. Les faltaba mucho que aprender de nuestros sistemas. Y la lucha ha seguido, ruda, cada vez más intensa, pero el dinero norteamericano compra y se interpone entre nosotros y el mundo exterior, y se ha hecho el silencio sobre nuestra lucha. 3
Una estratagema parecida a la de los muñecos de zacate fue el origen de la noticia de la muerte de Sandino aparecida en todo el mundo en enero de 1928: con fines estratégicos hizo elaborar la comedia de sus propios funerales, que fue puesta en conocimiento del comandante yanqui del Ocotal con tales visos de verosimilitud que el propio Departamento de Marina, en Washington, describió la muerte y funerales del "bandido" Sandino, "echado de este mundo por las balas de los grandes aviadores..." Después de abandonar El Chipote, Sandino se dirigió a San Rafael del Norte, en el departamento de Jinotega, donde fueron localizados y perseguidos de inmediato.
[...] verdaderamente envueltos por la marinería yankee y sus auxiliares los renegados. La cargada era enorme. Nos perseguían varios miles de hombres, como quienes van a cazar a una fiera, y el círculo se estrechaba cada vez más. Entre vericuetos y senderos ignorados, pude al fin salir, para caer en otro círculo más ancho de los yankees, muy decididos a llevarse la cabeza del bandido. Ante tal situación hube de marchar al pueblo más cercano. Fue una táctica salvadora, porque mientras el enemigo me buscaba en la sierra, con mi gente había logrado
3 Maraboto, Emidgio. Sandino ante el coloso. Edit. Veracruz, México, 1929.


abrirme paso y acercarme al mineral de La Luz.

Esa mina es de norteamericanos y pertenece en parte al ex secretario de Estado Knox, un insolente a quien castigamos en su propiedad. Llegué allí y ordené el saqueo general. La mina fue totalmente destruida y volada con dinamita, y el poblado de los yankees, saqueado casa a casa. Expedí recibos por todo lo que allí se tomó para el ejército, aunque el pueblo fue el beneficiado. Por cincuenta mil dólares fueron los recibos que extendí a cargo del Tesoro de los Estados Unidos. Porque se trataba de demostrar que los yankees no son capaces de dar garantías en Nicaragua.
Fue allí donde Sandino hizo prisionero al gerente de la mina, Mr. Marshall, al que llevó consigo a las montañas. La muerte de este hombre, no imputable a maltrato sino al hecho de sufrir las consecuencias de un clima al cual no estaba habituado, fue explotada por los diarios como demostración de la barbarie sandinista.

Nada se decía, en cambio, de los famosos cortes de chaleco inventados por los norteamericanos y luego imitados por las tropas al mando de Pedro Altamirano, consistentes en el corte hasta la raíz de los brazos de los sandinistas que caían heridos, como castigo por llevar armas. Nada se decía del cumbo, el sistema de cortar el cuello de un sablazo "para que fueran a hacer propaganda al bandido en el otro mundo".

Pero es curioso que los sesenta quintales de dinamita colocados por Juan Romano en la mina tuviera la virtud de desatar la mayor campaña de denuestos e infundios sobre el héroe de Las Segovias, en un grado hasta entonces no conocido. Se aprovechó entonces la oportunidad para destacar que el castigo infligido a los colaboracionistas mediante el fusilamiento del Dr. Juan Carlos Mendieta, de Cayetano Castellón, de Julio Prado y de otros habitantes del caserío de San Marcos no era un acto de guerra sino "un brutal asesinato"; que Mr. Marshall había sido envenenado y muerto luego a machetazos; que los niños eran quemados y las mujeres violadas; que esto y que aquello... y seguía la retahíla de acusaciones sin tasa ni medida para desprestigiarle ante quienes confiaban en él y en su misión. Y también le llenaban de acusaciones para que no brillara su figura en la Conferencia de La Habana.

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