Historia de la filosofíA. Introducción los orígenes de la Filosofía 1



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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA.

INTRODUCCIÓN

Los orígenes de la Filosofía 1



  1. El marco sociocultural

Las civilizaciones clásicas, tanto la griega como la romana, se levantaron sobre una pro­funda desigualdad social. La esclavitud constituyó la fuerza productiva que eximió a los hombres libres de trabajos penosos, permitiendo que las clases sociales dirigentes dispusiesen de ocio, algo necesario para dedicarse de lleno a las actividades públicas.


Las mujeres permanecieron al margen de la vida política y cultural, en una situación de total subordinación a la familia. La fundamental función femenina fue la maternidad. El mundo clásico, incluso en su estética, fue eminentemente masculino. Sólo la litera­tura, especialmente la dramática, y la mitología crearon personajes femeninos con la tre­menda fuerza de los símbolos, como Medea o Antígona, rebeldes contra su destino, agentes de su tragedia.
La ciudadanía, es decir, el derecho de participar en la política, de elegir o desempeñar cargos públicos, fue el disputado privilegio social de un grupo siempre reducido. En las polis helénicas, la ciudadanía fue una condición adquirida por herencia. Esparta basó su organización política en la división de sus habitantes en tres categorías: los ilotas, siervos sin derechos; los periecos, con derechos limitados, sin participación política y obligaciones militares; y los espartanos, ciudadanos de pleno derecho, agrupados en tres tribus, que vivían en comunidades masculinas dedicados al entrenamiento militan Los espartanos constituían la asamblea político militar que elegía al Consejo de ancia­nos o Gerusía y a los cinco éforos o magistrados. Dos reyes con funciones militares y religiosas eran los únicos cargos hereditarios.
En la Atenas del s. V a.C, ya plenamente democrática, sólo los hijos de atenienses re­cibían la ciudadanía por lo que la política fue una actividad muy limitada y valorada. El ostracismo o destierro por diez años, votado por la asamblea de ciudadanos para quien fuese considerado un peligro para la polis, implicaba una suspensión de la ciudadanía, lo que revela la importancia social de la misma. Los atenienses, divididos en cuatro cla­ses, participaban en la asamblea popular o ekklesía, base de la democracia. Elegían a los miembros de los tribunales populares, al Consejo de los 500 y a los magistrados o arcontes. Todos los cargos eran temporales. El sistema democrático instauró la isotemía o igualdad de derechos para todos los ciudadanos.
El Helenismo, con el retorno a la monarquía, supuso la conversión de los ciudadanos en súbditos de un monarca que, al estilo oriental, volvió a tener un carácter sagrado. Se fue perdiendo el privilegio de la soberanía popular, de la participación en el Estado, se cambió la libertad por la obediencia, con todas las repercusiones que esta actitud tuvo para la civilización. Cuando la antigua Hélade fue incorporada al estado romano, con­vertida en provincia, conservó todo su prestigio cultural, pero ya no recuperó la auto­nomía política.
La República romana también reservó el privilegio de la ciudadanía para una élite aris­tocrática, los patricios, descendientes de los fundadores de la urbe. Agrupados en fami­lias, monopolizaron las tierras, el prestigio social y la política. Su organización fue pa­recida a las de las polis, con un consejo de ancianos, el Senado, como representación permanente del Estado, las magistraturas temporales y electivas, y los comicios o asam­bleas del pueblo.
Los plebeyos, establecidos en Roma posterior­mente, sin ningún derecho político, comenzaron una lucha frente a la aristocracia patricia que fue arrancando leyes igualitarias. Finalmente, esta distinción social, en función del origen perdió vi­gencia. La riqueza y la ciudadanía romana, la li­bertad, marcaron la diferencia social. El año 212, el emperador Caracalla concedió la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del Imperio, lográndose así la unidad jurídica. Sin embargo, la transición hacia formas autoritarias que se produ­jo durante la anarquía militar del siglo III acabó convirtiendo a los ciudadanos en súbditos del Do­mine. El Imperio adquirió finalmente las formas de una monarquía absoluta.
La cultura clásica, tanto en la Hélade como en Roma, proporcionó un sentido de unidad del que fueron muy conscientes tanto los helenos como los integrantes del mundo romano. El temprano uso de una lengua común, griego y la­tín, permitió el desarrollo de unos rasgos de identidad cultural que proporcionaron una cohesión social que la dispersión geográfica o política dificultaban. La unidad lingüís­tica permitió una fluida transmisión de ideas, obras, estilos o creencias por todo el ám­bito mediterráneo.
Otro factor de cohesión entre los griegos fue la religión. Los dioses, los héroes, los mi­tos que explicaban el mundo, eran aceptados en toda la Hélade. Las divinidades del panteón griego sorprenden por su antropomorfismo: no sólo presentaban forma hu­mana, inmortales e inmutables en su edad más representativa (Cronos es siempre an­ciano, Hermes es siempre joven), sino que se comportaban con pasiones, caprichos y apetencias nada ejemplares y muy humanos, interviniendo en los asuntos de los hom­bres con arbitrariedad. No establecían pautas de conducta, ni existía sentido del peca­do. Los ritos y ceremonias mediante los que se les rendía culto eran oficiados por fun­cionarios públicos que adoptaban temporalmente la función sacerdotal, sin que ésta revistiera un carácter sagrado. Cada polis tenía su dios protector. Las obras de Home­ro y Hesíodo eran conocidas por todos los griegos, aceptadas como parte de su tradi­ción y de su pasado común. El santuario de Apolo en Delfos era famoso incluso más allá de las fronteras helénicas; su oráculo permitía plantear preguntas al dios, que res­pondía a través de la Pitonisa.
Desde el siglo VIII a.C. se celebraron los juegos panhelénicos, con su peculiar mezcla de competición deportiva, certamen poético, manifestación artística y celebración reli­giosa. Los principales festivales fueron los de Olimpla  de ahí viene el nombre Juegos Olímpicos  en honor de Zeus, los píticos de Delfos, dedicados a Apolo, y los ístmicos de Corinto, dedicados a Poseidón. Aunque durante su celebración se establecía una tre­gua militar en todos los territorios de la Hélade, no sirvieron para evitar las luchas en­tre las polis griegas.
El arte y la literatura fueron también elementos de cohesión en el ámbito helénico. Los griegos establecieron estilos, pautas, géneros, temas, con una fuerza y equilibrio crea­tivos que marcaron el inicio de la tradición artística occidental. El arte clásico tuvo un carácter netamente urbano: surgió en las ciudades y en función de las necesidades y há­bitos de sus ciudadanos. En este sentido, tuvo un signo claramente funcional, muy vin­culado a la finalidad de las obras. En las polis se construían edificios públicos o tem­plos para su uso cotidiano, no para la simple contemplación. El coleccionismo privado de arte no existió en Grecia. Las viviendas eran extremadamente sencillas, sin los lujos y refinamientos que posteriormente se desarrollaron en las villas romanas.
Desde el siglo VI a.C., los artistas comenzaron a firmar sus obras. Sus nombres fueron conocidos y abundaron las referencias literarias a obras y autores, aunque los origina­les se hayan perdido. La admiración hacia el autor singular, que se apartó de la consi­deración de artesano cualificado y anónimo que había tenido en otras civilizaciones, queda de manifiesto en la costumbre de realizar reproducciones de estatuas famosas. Los artistas creaban ajustándose a los cánones estrictamente fijados dentro de una es­tética establecida que fue evolucionando con el tiempo. Las creaciones artísticas helé­nicas tuvieron una finalidad pública y sobre todo religiosa. Los dioses y héroes fueron los principales protagonistas de esculturas y edificios. Al igual que los rasgos divinos estaban fuertemente humanizados, el arte griego adquirió unas proporciones, una ar­monía y una estética marcadas por la búsqueda del ideal de perfección del hombre. La evolución del Arte griego se ha sintetizado mediante la periodización de las etapas arcaica, clásica y helenística, que en cierta medida se han convertido en el esquema de análisis aplicable a posteriores estilos artísticos.
El arcaísmo supuso el periodo en que se fueron fijando las características originales de la arquitectura y de la escultura helénica; durante esta etapa formativa aún son percep­tibles las influencias orientales. Se conservan obras desde el siglo VII a.C., cuando se abandonó la madera y el adobe como materiales, usándose la piedra y el bronce.
El templo fue el edificio que concentró los caracteres definitorios de la Arquitectura griega; respondía a unas concepciones totalmente nuevas del espacio arquitectónico, que quedaron fijadas en la edad arcaica y llegaron a la perfección durante el Clasicis­mo. Construido por la comunidad, a la mayor gloria de la polis que lo dedicaba al dios protector, mantuvo el sentido de edificio público, ajustado al uso específico de morada de la imagen divina. No fue un edificio de culto, de ahí su reducido tamaño. El templo fue concebido como un volumen exento, que permitía la contemplación desde todos los puntos de vista. El emplazamiento contribuye a destacar la armonía de las formas geo­métricas, en las que cada elemento guarda una exacta proporción según el orden único, dórico, jónico o corintio, elegido en la construcción del templo. En toda la historia de la arquitectura no hay un edificio cuyo diseño se aproxime más a un concepto.
El equilibrio de todos los elementos se mantuvo al incorporar la decoración escultóri­ca, tanto en los espacios triangulares de los fron­tones como en los relieves de los frisos, con es­cenas mitológicas que adquieren rasgos épicos. La adecuación entre arquitectura y escultura ad­quiere una perfección insólita.
El teatro griego fue otra creación original, tanto el género literario como el edificio en el que se desarrollaban las representaciones. Con origen en las fiestas dionisiacas, las representaciones dramáticas fueron consideradas como una acti­vidad pública, que la polis fomentaba por su im­portancia cultural y educativa convocando con­cursos de obras. La tragedia constituyó el géne­ro mayor; en ella los protagonistas se enfrentaban a un destino terrible del que no po­dían escapar, adquiriendo la grandeza de símbo­los. Las representaciones buscaban una identifi­cación en el público, la catarsis purificadora. El edificio del teatro griego, al aire libre, con el he­miciclo que permitía una perfecta acústica, la or­questa circular para el coro y la escena, es otro ejemplo de una perfecta adecuación entre el uso público y la arquitectura. El sentido educativo y religioso del teatro griego fue perdiéndose entre los romanos hasta convertirse en un espectáculo profano, con predominio de elementos cómicos y satíricos, sin el prestigio social del que gozó entre los griegos.
La escultura aportó en la Hélade, al igual que las demás artes plásticas, un vínculo en­tre el arte, la religión y la vida pública. Los artistas trabajaban al servicio de las polis, dentro de unos cánones comunes a todo el mundo helénico. Las representaciones de dioses, héroes y atletas que constituyen el tema de la escultura, al igual que las odas de los poetas, fueron una forma de agradecimiento de la comunidad hacia los dioses y tam­bién una forma de prestigiar la belleza de la ciudad.
En la escultura se observa claramente la evolución del estilo en los tres periodos ante­riormente mencionados, aunque se mantuvieron unos elementos comunes. El tema casi único fue el cuerpo humano: el desnudo, especialmente masculino, sirvió de motivo para una búsqueda del ideal de perfección. Lo mismo que en la arquitectura, en la es­cultura griega se representó al hombre como una idealización, en la que se buscó la belleza perfecta a través de la proporción casi matemática y la armonía de sus miem­bros. Las actitudes y la expresión de los rostros reflejaron el ideal de armonía, ausentes toda tensión, todo extremo que pueda alterar la symmetría. Los atletas desnudos, o Ku­roi, y las muchachas vestidas de la época arcaica, con su rigidez y hieratismo, iniciaron un camino que culminó en los magníficos frontones del santuario de Olimpia.
Durante el siglo V a.C., se alcanzó la plenitud del clasicismo, con la obra de artistas como Fidias y Polícieto, que establecieron el canon clásico de perfección ideal. Sus obras adquirieron tal fama que otorgaron al artista un carácter casi sagrado. En el siglo IV a.C., la escultura evolucionó hacia una mayor humanización. La expresividad, lo in­dividual, la estilización aumentó en la obra de Praxiteles y Scopas, que supusieron nue­vas búsquedas estilísticas.
El Helenismo introdujo cambios importantes en las concepciones estéticas. La universalización de la ci­vilización griega y su extensión por áreas que tenían otras tradiciones artísticas produjeron una síntesis con elementos orientales que dio lugar a un periodo en el que se tendió a lo excesivo, a lo colosal, a la desme­sura en las proporciones. Los más variados temas pe­netraron en la escultura: la deformidad, la agonía, la infancia y la vejez como edades extremas, fueron re­presentadas en las distintas escuelas que dieron va­riedad a lo que había sido un estilo único durante la época clásica. Las grandes ciudades helenísticas, es­cenarios de la nueva época, se llenaron de enormes edificios que, aunque seguían utilizando los órdenes arquitectónicos clásicos, rompían el ideal de sereni­dad clásica. El dramatismo, los efectos a veces dis­torsionados de luces y sombras, el colosalismo mar­caron los rasgos de los nuevos edificios que se ade­cuaron a los de una sociedad abierta a otros valores.
La herencia del Helenismo fue transmitida al mundo romano que recibió y continuó la tradición clásica, mezclada con elementos que fueron creando e incor­porando en un original eclecticismo que definió el nuevo marco estético de la civilización en tomo al Mediterráneo.



  1. El marco filosófico

Se suele decir que el comienzo de la Filosofia  y de la Ciencia  consiste en el paso del mito al logos. Analicemos esta afirmación:


¿Qué se entiende por mito? Esta palabra sugiere inmediatamente en todos nosotros la imagen de los héroes y los dioses olímpicos con sus fabulosas aventuras y lances amo­rosos... Mito, etimológicamente, significa "cuento" y ciertamente el papel desempeña­do por los mitos en el mundo clásico es semejante al que ejercieron los cuentos de ha­das en la Edad Moderna, es decir, cumplían una función socializadora. Con la lectura y aprendizaje de los mitos se pretendía que el ciudadano asimilara y aceptara incons­cientemente los valores de su cultura. La sociedad griega se componía de una aristo­cracia guerrera dominante, por un lado, y de una población dedicada esencialmente a la agricultura y el pastoreo, por el otro. Los mitos reflejan fielmente esta estructura so­cial: los dioses son arbitrarios y caprichosos como los nobles, mientras que los morta­les son sumisos y abnegados como los campesinos, y, de no ser así, son cruelmente cas­tigados por los primeros.
Por otra parte, los mitos no sólo pretendían justificar, o reflejar, la jerarquización de la sociedad en nobles y plebeyos, sino que extendían dicho ordenamiento al conjunto del Universo, explicando los orígenes del mismo como sí se tratara de un árbol genealógi­co: en el principio fue el Caos, luego la diosa Tierra (Gea), luego el Amor (Eros), etc., hasta llegar a los dioses del panteón olímpico. Esta función educadora estuvo en manos de poetas como Homero o Hesíodo. Si el primero se ocupó de las disputas entre los dio­ses, el segundo se ocupó ante todo del origen de los mismos y del mundo, es decir, de la Cosmología.




Podríamos considerar que las características principales de los mitos y su influencia en la filosofía son las siguientes: 2


  • Son relatos memorables, basados en la tradición oral y depositados en la memoria del pueblo o tribu, que se rememoran en las fiestas y ceremonias públicas. Son creencias heredadas, en las que se está inmerso inconscientemente.

  • Sirven como explicación del orden social; a través de ellos se da una versión del origen del mundo, de la sociedad, del sentido de la vida.

  • Su carácter extraordinario se refuerza en las sucesivas rememoraciones...

  • La mitología va unida a la religión son dioses y héroes, las figuras del culto tradicional, aunque sienten y actúan al modo de los humanos.

  • Se puede distinguir entre grandes mitos, como los narrados en la Teogonía de Hesíodo y las leyendas heroicas, como las narradas en la Odisea.

  • Los mitos griegos tienen una triple influencia: Los mitos indoeuropeos, los mitos anteriores de la cultura mediterránea y los mitos orientales (Egipto).

  • Una religión politeísta y sin sacerdotes, como la griega, goza de notable flexibilidad para acoger dioses de variada procedencia.

  • Cada uno de los dioses tiene su dominio (el amor, la agricultura, la inteligencia, la guerra...) pero se observa cierta oposición entre ellos (Apolo y Dionisio, Afrodita y Artemisa) que será el origen de la teoría de los opuestos de los pitagóricos y otros presocráticos.

  • Zeus sería el representante máximo de los dioses que sustituyeron a la diosa madre tierra y las divinidades femeninas cuando el matriarcado anterior fue sustituido por el patriarcado, según Robert Graves.

  • Hay tres circunstancias que influyeron notablemente en la mitología griega. En primer lugar que fueron los poetas, y no los sacerdotes los encargados de velar y trasmitir esta tradición mitológica; en segundo lugar la aparición de la escritura, unida a una cultura alfabética; y en tercer lugar la aparición del racionalismo y el escepticismo. Los poetas y la aparición de la escritura volvieron más flexible la mitología porque buscaban la originalidad en sus narraciones, alejándose de la rigidez de la mitología egipcia, por ejemplo, sustentada en la casta sacerdotal. Esta libertad hizo que pudiera florecer una mentalidad crítica y racionalista (filosófica); ahora para explicar la realidad se recurre a la experiencia, la investigación, el cálculo y la razón.

  • Los poetas fueron el puente entre la mentalidad mitológica y la racionalista; la flexibilidad de sus explicaciones permitió que apareciera una nueva explicación, ellos mismos crearon algunos de los conceptos básicos de la filosofía; conceptos que fueron fijados por la escritura.

La filosofía buscó la naturaleza oculta (phisys) de las cosas de una forma racional; buscaban una causa física del origen del cosmos (arché)

  • Así la filosofía no fue un cambio brusco respecto a los mitos porque ya habían aparecido otras críticas al pensamiento mítico anteriormente (Eurípides critica a los dioses por su actuación mítica); aparece la historia, que también es un modo de pensamiento crítico.

  • De la misma manera los mitos pervivieron durante largo tiempo (Platón); la victoria de la razón no fue definitiva...

La filosofía griega surgirá como una reacción ante los mitos, ante las ideas preconcebi­das y aceptadas sin crítica por una sociedad profundamente conservadora. Tal contes­tación tendrá lugar lejos de la madre patria, en las colonias del Egeo, en las costas de la actual Turquía. Allí, el contacto, fundamentalmente comercial, con civilizaciones dis­tintas  y, en su mayor parte, más avanzadas que la griega  provocará el replanteamien­to de muchas concepciones de tipo religioso, social y político. A ello contribuyó tam­bién la inexistencia de una clase sacerdotal que pudiera haber reprimido cualquier pen­samiento independiente.


Sin embargo, del contacto con otras culturas surgieron dos tendencias  distintas aunque a veces entremezcladas  en la filosofía griega. Por una parte, la liberación de las inter­pretaciones tradicionales produjo una corriente de pensamiento libre, basado en la ob­servación sin prejuicios de la Naturaleza y del hombre. (Dentro de dicha tradición es­tarán, por ejemplo, los fisicos jónicos, la escuela de Elea, los atomistas, Anaxágoras, gran parte de los sofistas y Aristóteles). Por otra parte, sin embargo, el descubrimiento de determinados cultos de tipo oriental, orientó una gran parte de la espiritualidad grie­ga hacia la religión de los misterios: dionisíacos, órficos y eleusinos. Se trataba de reuniones en las que, tras determinados ritos y la posible ingestión de sustancias aluci­nógenas, los fieles eran iniciados en ciertas “verdades” a las que sólo ellos tenían acce­so: la muerte y resurrección del dios, la transmigración de las almas, la naturaleza pe­caminosa de la materia y del cuerpo humano, la posibilidad de salvación, etc. Esta ten­dencia mística está presente en muchos filósofos, desde Pitágoras a San Agustín, pasando por Platón y los neoplatónicos. De haber triunfado sobre la tendencia raciona­lista, la filosofía griega se hubiera ahogado en un puro dogmatismo religioso. En cual­quier caso, su influencia sobre muchos pensadores fue muy importante.
La filosofía clásica puede clasificarse en cuatro periodos:

  • Filosofia Preática (es decir, anterior a su implantación en Atenas, capital de la región denominada Ática).

  • Ilustración griega o Periodo Sofistico.

  • Periodo clásico.

  • Periodo helenístico.

En muchos textos se juntan los dos primeros periodos bajo el epígrafe de "Filósofos Pre­socráticos". Las enormes diferencias entre las situaciones históricas de ambas épocas nos han aconsejado, sin embargo, mantener la distinción.


2.1 La filosofía preática (siglo VI y comienzos de V a.C.)
Este primer periodo de la filosofía ha sido denominado también Periodo Cosmológi­co, ya que los pensadores de esta etapa se ocuparon ante todo del problema de la Natu­raleza, por lo que se les conoce como los "físicos". En ellos, la filosofía natural y la ciencia natural estaban aún sin separar. Poco a poco, comenzarán a inde­pendizarse algunas ramas de la investigación científica, como la Geografía, la Meteo­rología, la Matemática o la Astronomía. Sin embargo, así como en esta época ya había científicos puros, no existirá ningún filósofo que no se ocupe también de la ciencia.
La Filosofía y la Ciencia tuvieron su origen en Mileto, la más importante de las ciuda­des del Asia Menor, a comienzos del siglo VI a.C. La navegación y el comercio lleva­ron a esta ciudad a hombres procedentes de múltiples civilizaciones: egipcios, babilo­nios, escitas, tracios, etc., que, con sus nuevos conocimientos, excitaron la curiosidad y la imaginación de los milesios. Muchos de estos últimos habían viajado también a países extranjeros, de donde recopilaron parte de su saber.
Tales de Mileto fue el primer filósofo conocido, seguido por sus discípulos Anaxi­mandro y Anaxímenes. Todos ellos se ocuparon fundamentalmente del problema del origen y naturaleza de las cosas. Desde la muerte de Anaxímenes, en 525 a.C., hasta la destrucción de Mileto por los persas en el 494 a.C, no hubo ningún otro pensador mi­lesio de importancia. La llamada Escuela de Mileto perdurará, sin embargo, durante al­gún tiempo, y uno de sus miembros, Leucipo, dará origen, lejos de allí, en la colonia tracia de Abdera, a una de las escuelas más importantes de la Antigüedad, la de los atomistas. Otro filósofo famoso, Anaxágoras, estudió durante un tiempo en dicha es­cuela, y exportará sus conocimientos a Atenas (462 a.C.).

Varias ciudades de Jonia, próximas a Mileto, serán la patria de otros pensadores famo­sos. En Éfeso nacerá Heráclito; en Samos, Pitágoras; y Jenófanes, en Colofón. Herá­clito permanecerá en su ciudad hasta su muerte, ya que su tendencia aristocrática le ha­cía simpatizar con los invasores persas. Pitágoras y Jenófanes, sin embargo, emigrarán a la denominada Magna Grecia, en lo que es hoy el sur de Italia, y allí fundarán, en Cro­tona (532 a.C.) y Elea (540 a.C.), respectivamente, dos escuelas filosóficas de enorme transcendencia.


Pitágoras creará una especie de secta esotérica que mezclará el misticismo órfico con la matemática y con un ideal político marcadamente aristocrático. Dicha comunidad será perseguida por parte de la democracia floreciente en Italia meridional, y muchos de sus miembros asesinados. Los pocos que consiguieron salvarse huyeron a Grecia, transmitiendo allí sus enseñanzas. Su influencia sobre el pensamiento de Platón fue muy considerable.
Más controvertida es, sin embargo, la fundación de la escuela de Elea por parte de Je­nófanes. En cualquier caso, dicha escuela, encabezada por Parménides, ejercerá tam­bién un gran influjo sobre el pensamiento griego. Uno de sus miembros, Zenón, visitó Atenas en el 450 a.C. y causó profunda impresión en los círculos intelectuales de la ciu­dad. Una personalidad singular de este periodo será Empédocles, nacido en Agrigento (Sicilia) en el 495 a.C. Físico y místico, se vio también arrastrado a la lucha política, alineándose al lado de los demócratas en contra de los tiranos y oligarcas.
Vemos pues como la Filosofia y la Ciencia nacen en Jonia, se desplazan después a las colonias de la Magna Grecia y terminan por recalar en la Atenas de Pericles, donde da­rán origen al periodo siguiente.
2.2 La Ilustración griega. (siglo V a.C.)
Se suele denominar este periodo la “Ilustración” por analogía con el movimiento del mis­mo nombre surgido en Europa en el siglo XVIII. Aunque las circunstancias históricas son distintas, ambas épocas se caracterizaron por el rechazo de las opiniones y costumbres heredadas de los mayores, especialmente en el dominio religioso y en una emancipación y defensa de la razón. Ya en el siglo VI a.C., los pensadores jónicos habían rechazado la interpretación mítica de la Naturaleza. Ahora, en el siglo V a.C., las críticas se dirigirán hacia la concepción tradicional del hombre, de la Sociedad y del Estado.
Se puede decir que la patria de la Ilustración griega, lo mismo que de la ciencia, fue Jo­nia. Jenófanes y Heráclito, con sus críticas de la religión olímpica y de las costumbres, son los precursores de la misma. A comienzos del siglo V surgirá, también, una inter­pretación alegórica de las leyendas sobre dioses y héroes. Será, asimismo, un filósofo jónico, Anaxágoras, quien lleve la Ilustración a la conservadora Atenas, en el año 462. Tras vivir y enseñar allí durante treinta años, fue perseguido por impiedad y tuvo que exiliarse. Las puertas quedaron abiertas, sin embargo, a otros muchos pensadores que, desde el extranjero, acudieron periódicamente a Atenas para enseñar sus doctrinas. Di­chos educadores a sueldo fueron conocidos como los sofistas.
La palabra sofista no señala sino al conocedor de alguna ciencia, arte o técnica. Inicial­mente, sofista y filósofo fueron sinónimos. La palabra adquirió carácter peyorativo en­tre los círculos más conservadores de Atenas y, especialmente, en Platón. Se les califi­có de comerciantes de la sabiduría por el hecho de cobrar las lecciones que daban a los hijos de los ricos y poderosos, cuando se suponía que un filósofo honesto debía impartir su saber gratuitamente. Se trataba, sin embargo, de personas generalmente de enorme erudición, dispuestas a satisfacer las necesidades educativas de una juventud presta a lan­zarse al foro político de la democracia recién inaugurada. Aquél que quisiera tener éxi­to en la lucha por el poder y el dominio económico debía, ante todo, saber imponerse en las asambleas y reuniones mediante su capacidad oratoria y amplia cultura general.

Los sofistas ya no tomarán como objeto de sus especulaciones a la Naturaleza, sino al hombre y su relación con la polis. Ello se deberá, por una parte, a las necesidades prác­ticas de la nueva burguesía democrática y, por otra, a la exagerada diversidad y discre­pancia de opiniones entre los físicos, la cual concluyó en el eclecticismo, el escepticis­mo y la total desilusión ante el estudio de la Naturaleza. Por otra parte, al ser los sofis­tas pedagogos itinerantes, el conocimiento de otros pueblos y culturas les inclinó al relativismo, al subjetivismo y hacia una visión convencionalista de la Sociedad y el Estado.


Se pueden distinguir dos generaciones de sofistas. En la primera, los dos pensadores más famosos fueron Protágoras y Gorgias. En la segunda se distinguieron Trasímaco, Hiplas, Critias, Antifón y Calicles, los cuales defendieron ya propuestas mucho más ra­dicales. (Todos ellos aparecerán como personajes enfrentados a Sócrates en los Diálo­gos de Platón).

Aunque este periodo se caracteriza fundamentalmente por el estudio del hombre y la so­ciedad, en él vivieron también filósofos interesados en la Naturaleza, como son Leucipo y Demócrito, fundadores de la escuela atomista y precursores de la ciencia moderna.


2.3 La época clásica (siglo IV a.C.)
Sócrates puede ser encuadrado dentro de los sofistas y, sin embargo, marca el fin del periodo sofistico y el comienzo de otra época, donde se abandonará el escepticismo y el relativismo en pro de la búsqueda de verdades absolutas. Se distinguen así, fre­cuentemente, los filósofos presocráticos de los postsocráticos.
En el siglo XIX, el filósofo alemán Nietzsche considerará esta transición como un mo­mento decisivo y desafortunado en la historia del pensamiento humano: el paso del es­píritu dionisíaco  el de la tragedia, el dolor, los misterios, la experiencia vital de la Na­turaleza , al espíritu apolíneo  lo racional, lo armonioso, lo sereno . Hemos visto, sin embargo, que racionalidad y misticismo estaban presentes desde el principio e iban a seguir estándolo con posterioridad a Sócrates.
Sócrates no escribió libro alguno, pero fue un educador extraordinariamente eficaz. Su postura de duda sistemática, la "ironía", ante las ideas preconcebidas hizo que fuera considerado por los conservadores tan peligroso como los otros sofistas. Esta actitud suya y las circunstancias políticas del momento determinaron su condena a muerte (y su valerosa aceptación de la misma). Tras la guerra del Peloponeso, Esparta, victorio­sa, impuso a Atenas un gobierno formado por oligarcas, los `Ireinta tiranos", que ate­morizaron a la ciudad durante un tiempo con sus desmanes y arbitrariedades. Varios de estos oligarcas eran discípulos y amigos de Sócrates, debido a lo cual, al retornar la de­mocracia, el filósofo quedó bajo sospecha y ésta fue, posiblemente, una de las causas determinantes de su condena a muerte (399 a.C.), acusado de impiedad para con los dioses y de corromper con sus teorías a la juventud ateniense.
Se denomina Socráticos menores a un conjunto de filósofos que, basándose en un as­pecto parcial del pensamiento socrático y uniéndolo a otras concepciones de tipo sofistico, fundaron diversas escuelas, las más conocidas de las cuales son la cínica y la cirenai­ca. El principal discípulo de Sócrates es, sin embargo, Platón, cuyas doctrinas se con­funden en muchos casos con las de su maestro.
Platón mezcló en su filosofía el racionalismo socrático con ideas místicas procedentes de los pitagóricos. Estos últimos tuvieron también mucha influencia en su pensamien­to ético y político, de carácter marcadamente aristocrático. En realidad, aunque en su obra fundamental, los Diálogos, se ocupa de muchos aspectos de la Filosofía, su vida se vio marcada por un interés fundamental en la Política. Conocidos son sus desafortu­nados intentos por implantar sus ideales políticos en la ciudad siciliana de Siracusa. To­dos ellos acabaron en el fracaso y hubo de terminar sus días en Atenas, desengañado, soportando la detestada democracia. La escuela fundada por él, la Academia, pervivió con diversas orientaciones filosóficas durante muchos siglos.
Aristóteles, a pesar de ser discípulo de Platón durante muchos años, rechazó los presu­puestos místicos de éste y dio a su filosofía un enfoque racionalista, orientado funda­mentalmente a la investigación científica de la Naturaleza. Este interés científico fue también el de los miembros que pertenecieron a su escuela, el Liceo. No debemos ol­vidar, con todo, las grandes aportaciones de Aristóteles a la Ética y la Política.
La época de Aristóteles abarca los últimos años de supervivencia de la polis griega, an­tes de que se disolviera dentro del imperio macedónico. El mismo Aristóteles fue fiel colaborador de los reyes de Macedonia, llegando a ser incluso maestro de Alejandro Magno. Ello le convirtió en sospechoso ante la agonizante democracia ateniense y hubo de exiliarse prudentemente, hasta el fin de sus días, en la isla de Eubea (321 a.c).
2.4 La época helenística y romana (siglo III a.C. a siglo V d.C.)
La implantación del imperio de Alejandro Magno supuso una fuerte convulsión en la vida espiritual, en la sociedad y en la actitud ante la Política de la nación griega. La pos­terior evolución de la Filosofía quedó marcada profundamente por este cambio.
Al comienzo de sus conquistas, Aristóteles aconsejó a su discípulo Alejandro que tra­tase a los griegos como amigos y parientes, como un jefe, pero a los bárbaros debía tra­tarlos como animales domésticos, es decir, como un amo. Alejandro rechazó, sin em­bargo, esta división entre hombres libres y esclavos natos, y no siguió el consejo de su maestro. Con ello cambió profundamente la relación de los griegos con otros pueblos, los "bárbaros", produciéndose así una interrelación de las concepciones *orientales y del pensamiento griego.
Por otra parte, esta época marca la declinación y desaparición de los estados griegos, de la polis. Los nuevos y grandes estados surgidos de la desintegración del imperio de Alejandro ya no necesitan ni desean la intervención política de los ciudadanos ni, por supuesto, el consejo de los filósofos para las labores de gobierno. Desaparecen por tanto las discusiones político filosóficas y la intervención de los ciudadanos en los asuntos públicos. Al filósofo no le quedará más posibilidad que centrarse en su pro­pio yo, en su propia felicidad, en su libertad interior, olvidando así cuestiones como el bienestar general y la libertad política y social. La Filosofía se orientará hacia la moral, en búsqueda de aquellos principios que puedan orientar la vida, hacerla más feliz y plena (búsqueda de la "eudaimonia", de la "vida correcta"). Esta postura fi­losófica dará lugar a tres corrientes fundamentales: el epicureísmo, el estoicismo y el escepticismo.
En este periodo se produce también la separación entre la Ciencia y la Filosofía. A la primera le interesa el mundo exterior, mientras que la segunda se ha refugiado en la in­terioridad del hombre. Esta separación entre Ciencia y Filosofía se traducirá incluso en una separación geográfica. Atenas seguirá siendo el centro de las especulaciones filosóficas y Alejandría se convertirá en la capital de la investigación científica y tecnológica.
Posteriormente, en el apogeo del Imperio Romano, se producirá una clara orientación religiosa en algunas escuelas como la estoica. Dicho interés por la religión, los miste­rios y el misticismo será acompañado por la difusión, a lo largo y ancho del imperio, de infinidad de cultos, muchos de ellos de origen oriental. Desde el punto filosófico, dicha tendencia tendrá su apogeo en la escuela neopiatónica, surgida a finales del siglo 11 d.C. Su principal exponente será Plotino, cuyas concepciones influyeron poderosa­mente en el cristianismo medieval.3 / 4

1 Cfr. AGROMAYOR, M. Y otros. Historia de la Filosofía y de la Ciencia. Madrid. 1999

2 basado en Los mitos clásicos de Carlos G. GUAL

3 ACTIVIDAD: Explicar pr qué pueden considerarse los siguientes aspectos como antecedentes de la filosofía:

  • Socioculturales: los poetas, los 7 sabios, la religión (mitos), la ciencia egipcia y babilonia

  • Socioeconómicos: la democracia, el comercio, el crecimiento económico y la aristocracia




4 ACTIVIDAD: Utilizando distintos materiales bibliográficos el alumno enumerará y explicará brevemente las características más importantes de las siguientes escuelas o autores:

  • Escuela jónica

  • Escuela de Elea

  • Pitagóricos

  • Los filósofos pluralistas (Empédocles, Anaxágoras y Demócrito)

  • Los sofistas

  • Sócrates



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