Homenaje a San Lucas. Médico de Dios. Medico de cuerpos y almas. Trabajo realizado por Nancy Durand de Colmenares. 28/10/2003. Imagen de



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Homenaje a San Lucas.
Médico de Dios. Medico de cuerpos y almas.

Trabajo realizado por Nancy Durand de Colmenares. 28/10/2003.
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Lucano, o Lucas, el Evangelista. Fue el único Evangelista que no era judío. Nunca viò a Cristo.
Todo lo que está escrito en su elocuente y mesurado evangelio lo supo de oídas, por testigos de Cristo, de su Madre, la Santísima Virgen, de los discípulos y de los apóstoles. Su primera visita a Jerusalén tuvo lugar un año después de la crucifixión.
Y sin embargo fuè uno de los seguidores de Cristo más importantes. Al igual que Saulo de Tarso, conocido más tarde por Pablo, el apóstol de los gentiles; porque creyó que nuestro Señor no había venido solo para los judíos, sino también para los gentiles.
Al igual que Pablo, no había visto nunca a Cristo. Cada uno de ellos recibió una revelación individual. Estos dos hombres tuvieron grandes problemas con los otros apóstoles; porque los primeros apóstoles pensaban que Cristo encarnó y murió solo para salvar a los judíos; y se mantuvieron en esta creencia incluso después de Pentecostés.
San Lucas, fuè el “primer trovador de Nuestra Señora”. Únicamente a San Lucas, reveló María el Magnificat, que contiene las más nobles palabras escritas en cualquier literatura. El amó a María más que a ningún otro amor en su vida.
Fueron sus padres Iris y Eneas. Su padre era muy respetuoso de Dios. Ofrecía diariamente gratitud y alabanzas al “Dios desconocido”. El que está en todas partes. Lucano entonces desde pequeño comenzó a venerarle, y amar a ese Dios.
Eneas había sido esclavo en su juventud, y liberado por Dios, por lo que él estaba muy agradecido, de su libertad y de su buen trabajo, de su casa y sus propiedades. Pero el momento más grato para Lucano era cuando su padre ofrecía el vino “Al Dios Desconocido”.
Eneas era griego y mantenía los ritos del saludo místico, un rito universal. Una antigua costumbre de los griegos. Lucano amaba a su padre, admiraba en él el amor a Dios. Fuè educado por su padre en los dioses griegos, conociendo a cada uno de ellos. Pero para Lucano eran figuras groseras como algunos hombres llenos de avaricia y lujuria.
Pero el Dios Desconocido, el sin nombre; no era como los hombres, pues no poseía ni sus vicios ni sus virtudes. Su padre le decía que El no puede ser comprendido por los hombres, pero que era todopoderoso, omnisciente y omnipresente. Con autoridad en todo lo que tiene ser.
Lucano era rubio, inteligente, lleno de paz inmensa, de grandes ojos azules, y de un noble y bondadoso corazón. Amaba a su madre Iris; físicamente era como ella.
Eneas era el contable administrador de Diodoro el tribuno romano. Un hombre rudo que sentía cierta aspereza por los intelectuales. El padre de Diodoro Cirino, un hombre de recta moral y nobles sentimientos, había comprado al joven Eneas, a un conocido famoso, por su extrema crueldad con los esclavos; era un hombre rudo, endurecido y cínico
A pesar de las leyes no se privaba de sus ansias de matar. Era tanta su crueldad que se dice que hasta el propio Cesar le temía.
Solo un hombre en toda Roma se atrevía a despreciarlo públicamente. Ese hombre era el virtuoso tribuno Prisco, padre de Diodoro. Querido por las multitudes romanas por sus virtudes militares y su honradez. Se le admiraba incluso por su amabilidad y justicia en el trato con sus esclavos.
Eneas era joven y analfabeto, inteligente y educado, respetuoso y con deseos de aprender. Pronto alcanzó buena educación y estudió con Diodoro, aprendió rápido por su memoria asombrosa, y por orden de Prisco se sentó a la mesa de Diodoro y su tutor y tomó lecciones con él.
A la edad de 25 años; Eneas dirigía ya las posesiones de su dueño Prisco. Y se enamora de Iris, otra esclava de la casa, que había sido educada directamente por Antonia la esposa de Prisco, y les hicieron hermosos regalos en su matrimonio; pero lo más importante fuè el don de la libertad.
Diodoro se hizo militar y fuè nombrado gobernador de Antioquia en Siria; allí se llevó a Eneas y a Iris. Eneas sobresale económicamente con su trabajo y su talento, compra su casa y jardines y puede educar a su hijo junto con la niña de Diodoro la pequeña Rubria.
Lucano era estudioso y amable. Aprendió el uso de las hierbas medicinales desde pequeño; apenas de 10 años, con el médico personal de Diodoro. Lucano le pedía al Dios Desconocido que lo ayudara a estudiar medicina. El sabía que el Dios Desconocido estaba en todas partes, y que podía oírlo y verlo, que era muy poderoso y que podía ayudarlo. Que estaba en todas las cosas.
Lucano jugaba con las piedras porque sabía que el Dios Desconocido estaba en las piedras y en todo lo que existía. Lucano era griego, no judío; los griegos oían hablar del Dios de los judíos y como no le conocían su nombre; le llamaban el Dios Desconocido.
Lucano decía que el Dios Desconocido era el Dios de todos los hombres. Lo sabía en su corazón de niño inocente. Le rogaba por sus necesidades y las de su familia; y le llamaba Padre. Era un muchacho extraordinario, sin temores, con aspiraciones y confianza en Dios.
Su aspiración era encontrar al Dios Desconocido. Encontrarlo y servirle, servir en su nombre a los hombres; y que mejor que ser médico. Rogaba a ese Dios poder ayudar a los hombres, pues los había visto morir, sabía de las taras físicas y mentales. Aprendió egipcio y arameo para poder hablar a los enfermos en su propia lengua. Su amor por el enfermo era inmenso y se preocupaba mucho del alma.
Rogaba al Dios Desconocido por las finanzas para sus estudios, sabía que EL se los podía dar. Sabía que tenía que pagarle los intereses a ese Dios banquero. Toda su vida y toda su devoción. Sabía que El amaba a todos los hombres. Todas estas cosas las comentaba Lucano. Decía que lo sentía en su corazón.
Keptah era el nombre del médico de Diodoro, el cual declaró ser privilegiado al transmitir sus conocimientos al joven Lucano. En las enfermedades de la pequeña Rubria que era solo dos años menos que Lucano, se ocupaba de ir al campo para escoger las hierbas que le curarían y aliviaban el dolor. Interrogado por Keptah afirmó que un sentimiento le ordenaba escoger aquellas ramas, para la salud de la niña, y que sentía que eran buenas. El médico al ver las hierbas quedó extrañado, pues él las buscaba desde hacía años y no las encontraba.
A los 13 años, era alto con un aro de luz dorada en la cabeza, el perfecto perfil de nariz alargada y fina. Las enseñanzas de Keptah se acentuaron y tenía lecciones diarias y mucho que estudiar, practicaba con los enfermos como ayudante de su profesor, y éste le explicaba sobre las enfermedades.
A los 16 años, actuaba ya bajo la supervisión de su tutor. Se conmovía muchísimo por los sollozos de los enfermos y entonces se ocupaba de sus almas. Ayudaba a las parturientas y las animaba, al mismo tiempo que rezaba para que todo saliera bien.
Contaba con 16 años, cuando tiene el dolor de afrontar la muerte de su padre Eneas. En un crecimiento grande del río que pasaba por detrás de la casa, y por salvar los libros, Eneas es arratrado por la corriente; varios soldados trataron de ayudarle y fueron en su búsqueda; pero nada se pudo lograr.
La nobleza y el sentido del deber de su Padre, fuè siempre una perdurable lección para Lucano. Quién en adelante se dedica más a los enfermos, y con el médico fundan un pequeño hospital de esclavos con 5 camas.
Cuando por el dolor, los enfermos le pedían la muerte; Lucano contestaba…….”El hombre no puede dar la vida, por lo tanto no tiene autoridad para dar la muerte. Solo EL, que es desconocido para nuestra naturaleza y que se mueve en misterio, tiene derecho sobre ella.”
Dirigía toda la fuerza de su mente para infundir a los enfermos seguridad. Antes de una cirugía les hablaba suavemente a los músculos y estos quedaban flácidos. Su don de curación lo ejercía mentalmente.
Lucano hablaba amablemente a los enfermos, con solo poner su mano en la frente del enfermo, era suficiente para que esta desapareciera. Y diese lugar para que el enfermo se durmiese. Sus ojos azules habían adquirido una profunda y penetrante suavidad y una apasionada ternura. Ayudaba a Keptah en los partos y sostenía al recién nacido en sus brazos como un Padre, cerca de su pecho, protegiéndolo. Los esclavos olvidaron que era el hijo de un anterior esclavo y lo miraban con cariño y respeto.
Sus ojos daban descanso, sus manos tenían un especial consuelo. Su voz alejaba el terror y la conciencia de la culpa.. Cuando alguien moría, los familiares le pedían que les consolase con sus manos, él les ofrecía sus lágrimas misericordiosas. Tenía un aro de suave luz dorada en su cabeza, el cual desaparecía cuando Lucano estaba fuera del hospital.
A sus 17 años, muere de parto la esposa del tribuno Diodoro, quedando viva la criatura, un niño, que pasa al cuidado de Iris, la madre de Lucano, cuando este niño llamado Prisco tiene un año, la madre de Lucano se casa con Diodoro.
De esta unión nacen Aurelia y Cayo Octavio; la familia se queda residenciada en Roma; mientras Lucano se dirige a Alejandría por 4 años, para estudiar medicina. Su padrastro Diodoro le envía con un matrimonio de esclavos para que lo atiendan y le coloca en una casa cerca de la universidad.
La gran universidad de Alejandría ocupaba 18 acres de terreno; era cuadrada con amplios jardines tropicales.
A los 18 años se devoraba los libros de medicina. Estudió la orina de los enfermos y por allí los recetaba. Tenía un don de curación. Sabía de antemano lo que en la orina había y realmente curaba a sus enfermos. Rezaba con fervor y recibía milagros para sus enfermos. Fuè realmente respetado en su oficio por eficiente y humanitario. Se pensaba que había sido tocado por la divinidad.
Se graduó de médico en Alejandría, después de estudiar cuatro largos años. Se cree que a la edad de 23 años aproximadamente. La universidad tenía facultades de democracia, filosofía, medicina, matemáticas, arte, arquitectura, drama, ciencia, poesía didáctica, leyes, astronomía, arquitectura y literatura. Estudió en la biblioteca más famosa del mundo; la gran biblioteca de Alejandría.
Su profesor José ben Gamliel, quien era judío le enseñó a interesarse por las cosas espirituales, para transmitir a sus pacientes la paz del alma. Lo buscaba siempre en los jardines para conversar con él. Se conservó casto, ocupándose solamente de la medicina. Permanecía sentado durante horas entre sus libros o con las manos entrelazadas y en silencio, y no aceptaba interrupciones.
Lucano no poseía un alma alegre; ni cuando era más joven. Era reservado y tranquilo. Un muchacho

Demasiado contemplativo; y sus enfados a pesar de ser pocos frecuentes, eran fríos y glaciales como el hielo.


Era joven de unos 20 años, cuando tuvo el dolor de ver morir a Rubria, la hija de Diodoro, su compañera de juegos en su infancia y su tierna amiga, desde entonces esa pérdida marcó en Lucano el dolor y el deseo de ayudar a los enfermos que sufren y que tienen pocas esperanzas de vida.
Pero no por Rubria era triste, su carácter era de oración y meditación, de sus estudios y sus enfermos, por eso no se le conoció nunca novia ni mujer alguna.
En verdad Lucano era un verdadero santo, entregado al Dios desconocido y a los que sufren. Todo en él era bondad infinita. Fuè en toda su intachable vida un auténtico hijo de Dios, en las bondades de su alma como en sus sacrificios.
Sabía que la poderosa mano de Dios estaba en él; para curar a los enfermos, pero sufría mucho por ellos, entregaba a Dios su pena y su ansiedad por sus enfermos, ya que estas siempre lo devoraban.
Mientras estudiaba medicina en la universidad, vivía con un matrimonio de esclavos a su servicio, que habían sido esclavos de Diodoro, y que al casarse el buen Diodoro les dìò la libertad; eran Cusa y su esposa Callìope, ellos tenían una niña; y nuestro querido Lucano vivía en un verdadero hogar, en las afueras de la ciudad y cerca de la universidad.
La casa no era grande ni pequeña; construida de piedra blanca, con un agradable pórtico exterior, y una sencilla línea de blancas columnas, a través de la cual podía verse el mar. Detrás de la casa se extendía la calurosa y vehemente ciudad de Alejandría. Sus gastadas calles hervían con caravanas de camellos, caballos y asnos.
Había demasiada delincuencia, todas las casas de los nobles, tenían su propia seguridad en las puertas, y a pesar de esto los robos eran comunes.
En comparación Antioquia era un limPìsimo sanatorio. El olor de ajo parecía ser un perfume tan popular. La casa de Lucano, estaba en un lugar más o menos aislado, no lejos de la universidad. Estaba rodeada por altos jardines y una protectora pared rematada con picos de hierro.
Cusa había hecho correr la voz de que Lucano no poseía dinero, y que en la casa no había plata ni oro, ni nada que pudiera ser robado; lo cual era la pura verdad pues nuestro héroe era sencillo y austero, sin embargo sufrió más de una docena de intentos de robo. En aquellos cuatro años.
Lucano fuè reconocido en la universidad como muy bueno en el arte; tanto que sus cuadros de pintura al óleo gustaban en demasía. Su maestro de arte el profesor Rusturmjee, declaraba constantemente que era una pena que Lucano se decidiera a ser medico, porque era un artista de méritos formidables.
Era tanto su insistencia que cuando se lo decía, nuestro querido Lucano le contestaba _Señor, soy médico desde mi nacimiento. No puedo concebir otra cosa para mí que la medicina. Sus retratos eran rostros que había pintado en la enfermería de colores extraordinariamente apasionados. Demasiado vivos e impresionantes, que parecían mirar desde la madera. El sudor de las frentes y las mejillas, poseen una humedad, que uno espera casi que las gotas de sudor salgan rodando. Los ojos tan expresivos rogando alivio. Eran rostros vivos los que pintaba Lucano, dejaban ver su pasión por la vida y su gran habilidad de pintar. A la interrogante ¿estás seguro de que no sientes la vocación de artista más que de médico? No Señor; soy médico.
Para Lucano la medicina era el arte divino; por encima de todas las demás artes.
Aprendió la vacuna contra la viruela, se dejó vacunar una y otra vez y vacunó a sus pacientes. Luchó siempre contra la muerte. Se resistía a la idea de la especialización, decía que el médico era de todo el cuerpo y no una región nada más.
Siempre consciente de la relación cuerpo alma; decía que una enfermedad del cuerpo es a causa de una enfermedad del alma. No solo trataba la carne y su enfermedad sino también la mente. Sabía que todas las enfermedades, incluso las epidémicas se originan en alguna secreta habitación del alma.
Tratar a un hombre con una enfermedad del corazón, era sentir los estremecimientos de dolor en su propio corazón. La artritis que retorcía las articulaciones de un paciente, con frecuencia retorcía sus propios miembros. Sentía en realidad el cáncer devorador en su propia carne sana cuando trataba a un paciente canceroso. Un tumor de cerebro le producía profundos dolores de cabeza. Era como si la enfermedad enviase hacia él desde el paciente, invisibles filamentos, que le ataban con sus síntomas y agonías.
Creía en totalidad alma, cuerpo, mente por lo que cuando ponía tiernamente sus manos en los pacientes, se interesaba por tranquilizar su alma y así se mejoraban. Ayudaba a sus pacientes a resolver los problemas de angustia que se reflejaban luego en tumores o dolores. Son muchos los casos en que se involucraba personalmente para que el enfermo fuera perdonado o consiguiese trabajo, y así abandonarse de la enfermedad, una vez resuelto su problema.
En oportunidades resuelto el problema, el dolor abandonó instantáneamente al enfermo, y todos le querían y le agradecían. Así en casos prácticamente agonizantes, sin dolor volvieron a la vida, y pudieron dormir placidamente, con sonrisa en su rostro. Así eran sus pacientes cuando sufrían una enfermedad del alma eran curados.
Jamás se interesaba por curar a los ricos, iba directamente donde no pedían pagar a un médico. Era médico de servicio verdadero y no de la oportunidad. Consolaba a los familiares de sus pacientes. Les decía el Señor da y quita. Bendito sea el Nombre del Señor. Observaba los enemigos del hombre, como el hombre mismo, la avaricia, el odio, la dureza de corazón, y los crímenes cometidos contra el prójimo.
Era tanto su deseo ce curar el alma de los hombres, que se daba cuenta rápidamente por la enfermedad de los malos hábitos en la conducta recomendaba la salud del alma, la paz en sí mismo y para los demás.
En una oportunidad sin saberlo nunca, hizo un gran milagro al curar a un leproso, que era perseguido por los soldados para matarlo. Desesperado por el dolor de aquél hombre a quién perseguían le impone sus manos sobre sus hombros, invocando a Dios y diciendo Sé misericordioso. Sé misericordioso. Lo abrazó contra su pecho y lo mantuvo de pié con firmeza y sus lagrimas corrían por la frente de aquél hombre. El hombre al sentirse sanado apoyó su frente contra los pies de Lucano. Entonces Lucano sintió que una tremenda virtud le había abandonado, como sangre que hubiese escapado de sus venas y una misteriosa debilidad hizo temblar todo su cuerpo. Y amablemente con manos temblorosas lo apartó de su cuerpo y le donó sus vestiduras, su capa y sandalias, y así el leproso, que era un médico de nombre Sira, regresó sano a su hogar.
Al graduarse y hacer el juramento de Hipócrates, se entregó a los pobres, oprimidos y abandonados, los moribundos y desesperados, para quienes no hay ningún cuidado, y no les cobraba nada. Recordaba que la medicina iba asociada al sacerdocio, pues no solo cuidaba de sus cuerpos, sino que trataba las almas de sus pacientes; y sabía que todo dependía del medico Divino. Conocía las escrituras judías y la profecía del Mecías.
Su maestro judío José Ben Gamliel, le contó como perdió un hijo asesinado por el rey Herodes, cuando la matanza de los niños inocentes, por temor a que entre ellos se encontrara ese nuevo rey del que tanto se hablaba. Le contó de un muchacho que se perdió y estaba en el templo mientras su familia lo buscaba. Le decía que estaban todos sorprendidos de la inteligencia de ese joven campesino, que tenía el aire de un rey y que su hijo de estar vivo tendría más o menos su edad. Ese joven se sentó entre nosotros, decía José y hablaba con autoridad, y pronto nos sorprendió con sus preguntas y respuestas., porque a pesar de su acento galileo campesino tenía un profundo conocimiento. Las preguntas más difíciles y oscuras las contestó con sencillez. Todas estas inquietudes José las dejó en nuestro amado Lucano y él no comprendía porque su maestro le contaba estas cosas.
Decide entonces Lucano ser medico de los pobres y se embarca, desde Alejandría hacia Roma a visitar su familia, y para ejercer como medico de los pobres; con tal suerte de que en el barco se enfermaron los remeros y le toca ser medico de los esclavos de los remos. Atiende entonces a los enfermos de las galeras, siendo ciudadano romano, y el capitán del barco no lo dejaba por temor a que se contagiase y tuviera luego problemas con su padrastro el tribuno de Roma. Tuvo Lucano que burlar la vigilancia para atender a aquellos hombres que se morían con la peste. Y tuvieron que cumplirse las ordenes de Lucano en los alimentos, la limpieza, la fumigación y todas las medicinas que llevaba a bordo para salvarse todos, incluyendo la tripulación y todos los demás.
Lucano en su camarote destilaba el desinfectante que les hacía tomar como medicamento, y algo increíble ocurrió pues hasta los moribundos y los enfermos graves, se sanaron y al cabo de tres días estaban todos bien cumpliendo sus obligaciones. El capitán del barco nada supo de la intervención de Lucano, y tan solo le narró que no era la peste, pues de haberlo sido no se hubieran sanado todos. Lamentablemente cuando aparece Lucano ya habían ocurrido algunas muertes. Pero lo increíble es que todos los enfermos y moribundos habían recobrado la vida. Y lo milagroso es que el desinfectante podía haber contribuido a evitar nuevas infecciones de la peste, pero incluso aquello era poco eficaz ante una virulencia como la que existió. Lucano estaba anonadado. Hora tras hora, los que aparentemente estaban enfermos y moribundos se levantaron del suelo y vivieron y estuvieron bien. Se notaba a leguas que la mano de Dios estaba sobre él. Era evidente que poseía el don de la sanaciòn, por regalo del Altísimo.
Lucano llega a Roma y no tiene la suerte de ver a su padrastro Diodoro, pues murió cuando Lucano estaba regresando a casa. Consoló a su madre Iris y recibió el anillo de oro que Diodoro le mandó a hacer por su grado de medico. Apenas estuvo pocos meses con su familia, recibió del César el nombramiento de médico principal de Roma; cargo que no tomó por querer ser médico de los pobres, aludiendo que la ciudad no lo necesitaba por tener muchos galenos buenos. Guardó de recuerdo el anillo que el emperador Tiberio le regalara por amistad con él y su padre adoptivo. Su amorosa madre comprendió que había dado un hijo para el mundo y no para ella, y se consoló viendo la gran responsabilidad de su hijo y su amor por los enfermos, lo que lo llevó a ser médico de almas y cuerpos.
Después de arreglar sus cosas con el emperador y su familia se embarcó para Atenas donde ejerció durante años como médico de los pobres, de los más necesitados y marginados. Todavía desconocía su gran poder de curación que Dios ejercía a través de él e hizo grandes milagros cuando oraba por sus enfermos, cuando condolido de sus enfermedades y tantos sufrimientos los acariciaba y les abrazaba, en ocasiones sintiéndose impotente como médico ante las tragedias de sus enfermos lloraba junto con ellos e invocaba al Dios desconocido, que sabía que era Padre y lo llamaba y le suplicaba misericordia para sus enfermos graves, así ocurrió en el caso del negro Ramus, quien había quedado completamente ciego de una golpiza que le propinaron y le desfiguraron la frente. Lucano lo asistió en los primeros auxilios; y le vendó la frente y los ojos, le curaba siempre y le daba de tomar las hiervas con el vino más las medicinas que Lucano destilaba, pero viendo a su amigo grave y casi muerto, lo abrazó y le oró imponiendo sus manos en su cabeza y en su frente; llamando a Dios y suplicando su misericordia, los dedos de Lucano temblaron sobre el rostro de Ramus y a medida que se movía una fuerza salía de Lucano que lo debilitaba por momentos y lo dejó muy cansado, así le ocurría cuando lo hacia con otros enfermos, y luego al tiempo, al quitar las vendas después de muchos días el negro Ramus estaba bien y veía perfectamente, sin su frente partida, quedó como si nada le hubiese sucedido. Por estas cosas Lucano era acusado de usar magia por algunos médicos que no entendían y desconocían totalmente de sus dones. Sin embargo era tan humilde que siempre creía que se había equivocado y le pidió disculpas a su amigo por los sufrimientos que le había causado al decirle que estaba ciego, y le decía te ruego amigo Ramus que me perdones.
Para Lucano era sorprendente que los médicos de Grecia dieran crédito a supersticiones. Le acusaban de brujo pues un hombre con cáncer que apenas le quedaba un mes de vida, por Lucano fuè curado, había curado cáncer terminal; pero aludía en su defensa que no era cáncer, pues de serlo no se habría curado.
El enfermo curado era un rico mercader de nombre Calìas. Lucano tan solo le dìò unas medicinas para controlar el dolor y lo creía muerto, hasta que le aseguraron que estaba vivo; Lucano se asustó mucho y no lo podía creer, pues tan solo había suplicado al Dios desconocido misericordia para el enfermo y como siempre lo consoló con sus manos, mientras en silencio intercedía.
Pensaba entonces que el diagnostico era errado. Pensaba que no era un buen médico y se preocupaba y avergonzaba.
Tenía Lucano 8 años ejerciendo en Atenas, cuando a la edad de 31 años, conoció a un griego de nombre Antonio, que le dijo haber visto al Dios desconocido. El griego le explicaba;………… no es un médico, sus seguidores le dicen Rabbì; es decir Maestro………….. He conocido a muchos de estos Rabbìs, hombres devotos que pueden curar por medio de la oración y que han pasado sus vidas enseñando al pueblo y consolándole.
Antonio emocionado le comentó: Es el Dios desconocido de los griegos, de los egipcios, antes que ellos, de los babilonios y los càldeos, antes que los egipcios; es el Mesías.

Apenas oí hablar de El lo supe. ¿Cómo lo supistes preguntó Lucano? Lo supe en lo íntimo de mi corazón. Porque un hombre conoce la verdad en cuanto la vè. Yo testifico que curó a un hombre instantáneamente. -¡Imposible!-Exclamó Lucano.


Imposible para el hombre, Lucano, pero no imposible para Dios. Crético fuè curado en un instante y se levantó de la cama, sus mejillas llenas de vida y salud lo comprobaban, me dijo “El me tocó las manos durante el sueño y me dijo que me levantase y dejase la cama”. Era el Dios desconocido, que un día fuè a capernaum. Tres de mis amigos estaban conmigo para consolarme porque Crético estaba muriendo, Pedí a mis amigos que fueran a EL y que curara a mi amado Crético; por lo tanto rodeado por sus seguidores y gente del pueblo se enrumbó hacia mi casa. Yo soy un simple soldado y no soy elocuente, pero mí testimonio de centurión te servirá. Cuando le sentí llegar por saberme indigno me alejé de la casa; vì su aro de luz alrededor de su cabeza y vì sus ojos azules como el cielo, vì su sonrisa y estuve seguro que El era Dios. Mis piernas temblaron, me parecía que los cielos y la tierra ardían alrededor de El. Incliné mis brazos para impedir que se acercara más, pues soy un indigno en su presencia; incliné la cabeza porque era un sacrílego que yo le mirase; luego le dije:
“Señor; soy un hombre que tiene autoridad, romano, y tengo soldados bajo mis órdenes y si digo a uno de ellos “vete”, va y si ordeno a otro que venga, viene. Todo cuanto yo mando se hace al instante. Por lo tanto, Señor, dì la palabra y mi criado será curado”.
Lucano empezó a temblar –El centurión prosiguió. Su voz parecía descender del cielo y subir a la tierra a la vez. Y dijo al pueblo que lo rodeaba: “No he encontrado tanta fe ni siquiera en Israel”. Se fuè inmediatamente y cuando entré en la casa mi amigo estaba curado.
Este testimonio real y verdadero causó un gran impacto en nuestro querido Lucano y jamás pudo olvidarlo, pues permaneció siempre una inquietud en su alma y un deseo grande por ese Dios desconocido, que por fìn se había acercado a los hombres. Tan gratamente impresionado quedó el negro Ramus de esta historia que abandonó todo para dirigirse a Israel en busca del Dios desconocido. Lucano pensaba que había ido a una muerte segura pero el centurión le dijo: Lo he enviado a la vida.
Una terrible intranquilidad se adueñaba de Lucano, sentía que tenía que ir a Judea. ¿Cómo podía el Dios desconocido venir en un hombre campesino pobre?; seguramente sería un gran rey; un poderoso hombre sabio, noble y patricio. Por lo que apartó esa idea.
Posteriormente Lucano recibió una carta de Ramus, no lo podía creer ¡estaba vivo! Que maravilla su fiel amigo estaba vivo. Le contaba que tenía paz y felicidad pues había encontrado al Dios desconocido y le había devuelto el habla y ya no era mudo. Era un gran milagro y le narraba que al llegar a Israel para buscarlo lo encontró en Naim.
Ramus le narraba que se acercó a las puertas de Naim al mismo tiempo que la multitud lo seguía y él no se le podía acercar, pero al verlo de lejos; sabía que era Dios. Había mucha gente y al mismo tiempo llevaban un cadáver para enterrar; era el único hijo de una viuda; y el Señor al verla, tuvo compasión de ella, porque lloraba desconsoladamente y tras una larga y amante mirada fuè hasta el féretro y miró a los portadores que se quedaron muy quietos. Alzó la mano y dijo al hijo muerto: “Joven, a tì te digo; levántate”
El muerto se sentó y empezó a hablar con una voz confusa, como quien despierta repentinamente de un sueño profundo y dulce. Pero el Señor tomó su mano con amabilidad y le levantó de la camilla y lo devolvió a su madre, y ella cayó sobre su hijo y le abrazó; después se arrojó a los pies de aquél que le había devuelto a su hijo. La gente se retiró aterrorizada y luego algunos de ellos glorificaron a Dios diciendo………”Un gran profeta se ha levantado de entre nosotros y Dios ha visitado a su pueblo”.
Posteriormente me arrastré tras El, pues deseaba verlo de cerca, y mientras hablaba con sus seguidores, de pronto me miró fijamente y sentí un estremecimiento en mi garganta, un temblor en mi lengua y de pronto mi voz salió de mis labios y exclamó: “Dichoso yo, que he visto al Señor Nuestro Dios”.
Lucano se estremeció aún más, quería saber de Dios, pero se sintió deprimido pues pensó que Ramus había sido liberado de la histeria que le impedía hablar debido a la emoción tan grande de haber visto lo que él quería ver.
Sin embargo había resucitado a un muerto. Eso lo ponía a pensar.
A los 40 años Lucano propone matrimonio a Sara Bas Eleazar, una bella judía; pero ella le dice que no pues él pertenece a Dios y lo tiene que buscar y encontrar para cumplir con ese afán que no le deja vida. Pues Sara pensaba que Lucano se entregaría más a Dios que a una vida hogareña; por lo que lo deja en libertad para que él se dedique a su Dios desconocido; pues ya estaba cerca de su vida y Sara lo presentía. El padre de Sara años antes de morir, le pide a Lucano que busque y encuentre a su hijo que le fuè raptado cuando era apenas un niño de dos años. Y le enseña el distintivo familiar, el dedo meñique torcido hacia los dedos de la mano. Así era su hijo como él y le mostró a Lucano su propia mano.
Lucano ejercía en Atenas; se encontraba en la ciudad cuando en una oportunidad, la cruz que de niño le había regalado el medico Keptah, desprendía un brillo cegador, como si hubiese quedado encendida por el sol y notó que quemaba su carne. De pronto todo se puso oscuro; no había luz por ninguna parte de la casa, salió al jardín y continuaba la oscuridad. Toda luz se había extinguido. Lucano creía que se trataba de una tormenta. El cielo estaba oscuro y tenebroso. Había un gran silencio. La ciudad estaba llena de pánico e incertidumbre. El ganado estaba tumbado sobre la hierba como si durmiese. El aire claro y fresco por lo que no era una tormenta; Lucano sintió una frialdad mortal que recorría su cuerpo. Prendió varias antorchas, y no sabía nada de aquél raro misterio. Entonces la tierra se elevó como una ola del mar, tembló y se abrió bajo sus pies. Un viento huracanado comenzó a soplar, luego disminuyó y comenzó de nuevo. Lucano temblaba de miedo.
A las tres horas de pronto una luz grisácea apareció como si estuviese amaneciendo; la tierra ya no temblaba ni se estremecía o gemía; estaba firme; el cielo se cubrió de un tono rosado, como si la puesta de sol se extendiese. La tierra perdió su aspecto espectral, la luz y el color volvían, el sol apareció en el cielo. Lucano pensaba que se trataba de un eclipse; pero……… ¿y el temblor? ¿Qué tiene que ver un eclipse con el temblor? Todos eran interrogantes. Solo Dios tendría la respuesta de todo aquello. Solo EL Dios desconocido.
Visitando a un paciente Lucano encontró a un joven médico que lo atendía, pero que era un esclavo, pues lo habían comprado como tal. Lucano compra este esclavo y le dá la libertad al mismo tiempo que le opera y le desaparece una cicatriz en la frente, pues estaba marcado como propiedad de su amo. Cuando Lucano miró su mano pudo observar el dedo meñique torcido y supo enseguida que era el hermano de Sara. Dios es bueno dijo; por fìn te he encontrado, yo te he buscado por muchos años y el Dios desconocido te trajo hacia mí. Lucano le narró como fuè secuestrado y le habló de su origen y su familia, de sus padres y de su hermana; le contó que no era esclavo, que era judío y había nacido libre. Le dijo que su nombre era Arieh Ben Eleazar, y que era el heredero de una gran fortuna familiar. Comprendía que Dios Era bueno, que gobernaba su vida, que en todo Dios estaba. Sabía que Dios era uno solo y que era Padre y amaba a todas sus criaturas. Todo esto era la madurez espiritual de Lucano, no creía en los dioses paganos de los griegos ni de los romanos. Sabía en su alma que Dios estaba con él y le amaba, que era su única compañía y eso lo confortaba.
Lucano escribió a los abogados de Sara Bas Eleazar y les mandó a Arieh por barco; pero éste no quiso abandonar a Lucano y se quedó como su ayudante en las galeras de los barcos. Viajando así en una oportunidad encuentran un barco de un judío muy rico que se encontraba bastante enfermo y muy delicado de salud; al punto de que su capitán y toda la tripulación temían por su vida. Se trataba de un hombre que permanecía por más de dos meses como si le hubiese atacado una enfermedad mortal. Venía de Jerusalén, su médico estaba perplejo, se metió a la cama llorando y no quería saber ni de su esposa ni de los hijos, ni de su madre ni padre. Lucano se dìò cuenta de que se trataba de alguna enfermedad del espíritu. El capitán del barco reconoció al médico joven, viendo que era el hijo de Eleazar Ben Salomón. Se alegró de saber que había sido encontrado. El enfermo era Hilel Ben Hamram, no se movía había llorado mucho en dos meses y casi no comía, estaba débil y ya casi ni lloraba. Los dos médicos le atienden de inmediato, preparan medicinas con vino y le hacen tomar para estimularle. Poco a poco el enfermo va contando su historia……. Contaba como había conocido al maestro de Galilea, ese judío que caminaba por todo Jerusalén y les contaba acerca del reino de Dios. Les contaba como era amado, creído y seguido por tantas gentes de todas partes. Les contaba de sus milagros y hazañas increíbles. Lucano y Arieh le dijeron que lo buscaban, pero Hilel les dijo que ya era tarde, pues ese judío ya había muerto.
Estaba muerto y nada podía hacerse lo habían asesinado en una cruz. Le decían Rabbì; defendía a las viudas, acariciaba a los niños; les decía que se detuvo ante El, lo bastante para tocar su hombro, que le había dicho Maestro bueno, y el galileo le dijo ¿Porqué me llamas bueno? Hilel le preguntó, ¿que podía hacer para tener la vida eterna?, y el Galileo le explicaba como guardar todos los mandamientos, al replicarle que todo eso lo había hecho desde pequeño; el Maestro le dijo……..”Una cosa te falta, vende todo lo que tienes porque eres muy rico y dáselo a los pobres, entonces tendrás tu recompensa en los cielos”.
Hilel miró a Lucano; médico ¿puedes comprender lo que aquello fuè? ¿Porqué me pediría que me transformase en un mendigo? Me pidió que le siguiese, que me hiciese uno de sus seguidores sin hogar. Yo Hilel Ben Hamram, me dije que era una locura. Entonces volviéndose hacia sus seguidores les dijo…….”Qué difícil será para aquellos que tienen riquezas entrar en el reino de los cielos”. Lucano confortó a su paciente diciendo que se animara, que no había muerto, que le buscarían y le encontrarían, que era Dios y que Dios era bueno, muy bueno, pues Arieh era esclavo y ahora estaba libre y él lo había buscado durante más de veinte años y EL se lo había entregado en sus manos. Sin titubear, sin disimulos, con entrega total reconoce Lucano, que aquél judío campesino era Dios.
Lucano escuchaba con verdadera atención los relatos de Hilel y cuando a última hora de la noche quedaba solo; empezó a escribir aquellos relatos. Escribía con la precisión, la brillantez, la fuerza y exactitud de un erudito griego aunque también con la calma de un filósofo, pero a la vez con apasionada elocuencia. Le parecía haber presenciado con sus propios ojos, todos aquellos acontecimientos. A medida que escribía veía las escenas, oía las voces de la gente. Y así empezó su Gran Evangelio, un relato universal, destinado a todos los hombres, porque tenía la perfecta clarividencia, ausente en Hilel, de que Dios se había vestido en carne mortal; no solo para los judíos sino también para los gentiles.
Hilel le comentaba que su Madre había recibido la visita de Gabriel; y que el ángel le anunció el nacimiento del Mesías prometido; por lo que Lucano decidió comprobar todas estas cosas apenas llegara a Israel. Las profecías hablaban de que el Mesías descendería de la casa de David y se aseguraba que Jesús desciende del tronco del gran rey. Por lo que Lucano enfoca ahora toda su vida a aclarar este misterio y a escribir toda la historia de Jesús. Esto cambia totalmente la vida de Lucano; ahora el Dios desconocido, tenía rostro, tenía nombre y tenía una madre a la cual Lucano sentía deseos de conocer para escribir toda la verdad de Dios Hombre en la tierra. Pensaba que ELLA le contaría todo lo que había que saber. Ansiaba conocer de sus propios labios, la historia del nacimiento de su hijo; pero……….. ¿Porqué ella? ¿Quién era esa mujer, para ser escogida? Sin saber porqué empezó a amarla, ella lo había llevado en su vientre; lo había amamantado, enseñado sus primeros pasos, tejidos sus vestido, cosido y lavado. Ella le había cuidado y velado en sus noches; ella conocía sus más profundos pensamientos. Ella era ahora su gran misterio, quería saber de ella y oír su voz y conocer su sonrisa.
El griego escribió todo lo que Hilel le contaba, lo del centurión Antonio y su criado. La historia de Ramus que había visto al Mesías resucitar a un joven de entre los muertos y devolverle a su madre. Pero la primera parte de su evangelio la dejó en blanco para cuando pudiese conocer a la madre del Mesías. Lucano no entendía porque sus seguidores, si lo querían tanto, le habían dejado morir; y morir de esa manera. Sin embargo Lucano sabía en el fondo de su alma que había resucitado, así se lo hizo saber a Hilel. Lucano cambió su vida; era ahora un hombre alegre, feliz, dedicado a escribir su evangelio. Sonreía a sus pacientes y llevaba siempre colgada del cuello la cruz. Su hermano Prisco había sido el militar que recibió la oren de ejecutar a los tres criminales en la cruz. Le contaba que había visto el rostro sangrante del judío, con una nobleza única, poseía la compostura de un rey, majestuosa y santa, libre de todo miedo. Prisco sintió un frío miedo y comprendió que aquél hombre era de la más alta sangre. Prisco sintió un gran miedo porque aquél hombre era en verdad un gran emperador. Prisco contó a su hermano Lucano toda la pasión, crucifixión y muerte del Rabbì, todo lo que sintió y dijo, y como se encontró con las mujeres, con su madre, con aquella que le limpió el rostro, como le ayudaron a cargar con la pesada cruz. Todo en detalles fuè narrado por su hermano Prisco, el cual lloraba continuamente, pues el pánico le invadía permanentemente por haber ejecutado al Mesías. Prisco oyó su voz en arameo como la voz de un rey. Narraba como conoció a su madre; y a sus amigos. Le contó como aquella mujer se entristecía por él, por Prisco el verdugo romano de su hijo. Contó a su hermano como quería terminar de una vez con el asunto y le dìò de su propia mano una esponja mojada en vino y opio para calmarle el dolor. Como los ojos del condenado judío le miraron fijamente y Prisco le dijo, bebe te ayudará. Prisco narraba lo agradecido del condenado al rehusar calmar su dolor; y como su mirada era de una ternura indescriptible, que no pudiese ser imaginada jamás, más gloriosa y más increíblemente gentil. Prisco retrocedió asustado anta aquellos ojos. El condenado no gritaba con los clavos bajo su carne, sino que habló en voz alta “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
De esta manera entre llanto y angustia conoce Lucano de labios de su hermano y ejecutor de la muerte del condenado la verdadera pasión y muerte de Jesús. Prisco abundó en los detalles y comentarios. Nada se escapó de la pluma del buen Lucano. Le contó como su voz llena de gozo se alzó firme para decir……”Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Narró como se hizo totalmente de noche y era la hora sexta, como la única luz, era la figura central de la cruz, y como esa luz se elevaba hasta el mismo cielo cerca del monte. Como tembló la tierra hasta calmarse. Comprendía que le habían ordenado la muerte de un justo. Prisco entonces temeroso, confundido y arrepentido se bajó de su caballo y se arrodilló junto con sus soldados. Miró a su madre y amigos y se compadeció, se apoyó de la cruz y lloró.
Narró también todo lo que decían de la resurrección al tercer día. Le dijo a su hermano Lucano como entonces desde hacían 8 meses de la muerte del Mesías; había padecido de depresión y dolor de estómago, de agotamiento; pensaba que el Mesías le castigaba por haber participado en la ejecución. Lucano ayudó a su hermano, le explicó como Dios lo amaba inmensamente y que recordara la ternura de sus ojos, le dijo que realmente había resucitado porque era Dios, infinitamente misericordioso y que descansara en el Señor. Así lo hizo Prisco con confianza y sintió el perdón de Dios. Prisco se encontraba casi moribundo, por un cáncer de estómago; por lo que Lucano lo abrazó y oró y le suplicó al Mesías por la salud de su hermano Prisco; que si había de morir por lo menos le quitara el dolor y tuviera piedad de él; de su esposa y sus tres hijos.
Posteriormente, Lucano cuando todos los demás descansaban, escribió el evangelio de la crucifixión. Mientras Lucano escribía, podía contemplar aquellas horas de terror en el Gólgota, como si estuviese presente. Fuè él quien tocó la cruz, había mirado a Maria y se había sentido desgarrado a causa de su dolor, había escuchado los llantos del pueblo. Mientras Lucano escribía sus ojos se llenaban de lágrimas y su corazón se inflamaba de adoración. Sabía que su hermano Prisco había sido bendecido, pues Dios estaba con él.
Al día siguiente para sorpresa de todos, Prisco se despierta sin dolor y hambriento; su piel de gris era ahora de color rosa y sus ojos brillaban juveniles y contento saludaba a su hermano Lucano. Pudo levantarse delante de todos y la salud recorría su cuerpo fuerte, que gran milagro; el día antes estaba moribundo. Los médicos hicieron reverencia a Lucano. Le besaron la mano con los ojos llenos de lágrimas. Pero el humilde Lucano aclaró que no hizo nada; tan solo rogar por él mientras le abrazaba. Lucano lo examinó y comprobó que los tumores habían desaparecido totalmente; mientras Prisco contaba que en sus sueños las voces le decían que se aliviaría cuando llegara su hermano. Prisco lloró y comprendió el milagro que le obsequió el Mesías por intercesión de su hermano Lucano.
Fuè alabado el nombre de Dios, sabían que lo había hecho por el ruego y la imposición de manos de Lucano. Este milagro lo vieron todos los médicos y amigos de Lucano pues estaban presentes como médicos de su hermano. Prisco le agradeció, pues sabía que estaba enfermo y era mortal. Lucano lloró y estaba confuso. Amaron a Cristo le alabaron, le agradecieron y le divulgaron. Así Lucano continuó escribiendo con más fervor cada día la historia de Dios. Ahora Dios era conocido y sabían su nombre JESÙS. Conocían el símbolo del pez que significa CRISTO.
Lucano dijo a los médicos y a todo el mundo que le preguntaba: -No fuì yo quien curó a mi hermano, sino sólo Dios. No soy yo quien tengo mérito, sino sólo Dios. Alabadle a él porque es bueno y misericordioso; escucha a sus hijos y no aflige a los hombres sin razón- Ahora Dios llenaba toda su vida, vivía la plenitud en el Señor.
Poncio Pilatos estaba enfermo y Lucano con gusto lo atendió. Pilatos comentaba que no podía jamás olvidar su rostro; el rostro de aquél judío; que había escandalizado al pueblo. Le comentaba a Lucano que los cristianos eran obstinados y se habían convertido en un peligro para Roma; por lo tanto había dado la orden de perseguirlos, apresarlos y destruirlos. Lucano le dijo que retirara inmediatamente esa orden, se quitó el anillo que le obsequiara el emperador Romano Tiberio; y le dijo que lo enviara al emperador suplicándole en su nombre la libertad de los cristianos. Pilatos se atemorizo, pues entonces no habría paz en toda Judea. No comprendía Pilatos como Lucano siendo griego se interesaba por los cristianos. Lucano le sanó de la depresión y la gran melancolía, sin embargo soñaba con Jesús, y sabía que no debía perseguir a su pueblo. Le contó a Lucano del rey Herodes y Juan el bautista, un judío que llegó de Jerusalén, y lo bueno que había sido destruirlo; comentó el gran disgusto de Herodes y su desilusión por Jesús. Estando Lucano con Pilatos recibió carta de Hilel Ben Hamram; que había encontrado a María la Madre de Jesús; y que Arieh había heredado el patrimonio de su padre. Sin embargo Lucano permaneció en la casa de Pilatos hasta estar completamente seguro de la buena salud de su hermano Prisco. Su hermano consumía alimentos en mucha proporción, le volvió la alegría y la fuerza, descansó un tiempo y recobró el peso, practicó nuevamente el esgrima y los deportes.
Pilatos decide viajar a Jerusalén por lo que invita a Lucano para viajar juntos; éste acepta la invitación pero para quedarse en la casa de Hilel Ben Hamram. Camino a Jerusalén encuentran un entierro judío pobre, Pilatos pide a Plotio parar la carroza para contemplarlo; por lo que Pilatos se sorprende. Se trataba de una joven casada de 15 años. Lloraba su esposo y su padre. Lucano descendió de la carroza y se conmovió hasta las entrañas al ver llorar a aquel padre y se decía en sus adentros ¡Oh! Si tan solo EL estuviera aquí. EL que resucitó a los muertos. El podría levantarle de entre los muertos. Lucano se les acercó y les saludó en arameo y les dice ella no está muerta sino que vive. Les hizo regresar a la tumba y que le mostraran a la difunta. Al ver a la muchacha una voz imperiosa sonó dentro de él. “Toma a esa mujer por la mano y levántala”. –Sí Señor- dijo en voz alta. Tomó la helada mano de la muchacha y sintió la sensación familiar de que una fuerza salió dentro de sí. Y dijo: “Despierta Rebeca, porque tú no estás muerta, únicamente dormida”. Su mano se caldeó rápidamente, sus narices empezaron a dilatarse y los labios a estremecerse. El pecho se alzó en un profundo suspiro. Los ojos se abrieron mirando a Lucano. El la levantó y la sentó. Inmediatamente alabaron el nombre del Señor y dando gracias lloraron y rieron. Lucano regresó a la carroza y dijo a Pilatos y a Plotio; la muchacha no estaba muerta, tan solo dormía. Pilatos no comprendía porque los judíos enterraban vivos a sus muertos y Plotio miraba a Lucano reverente. Lucano comprendió ahora que Jesús el Cristo no solo era Dios sino que seguía actuando después de su muerte y resurrección; que los hombres nunca estarían solos, que los milagros siempre se sucederían en su Nombre Santo; que solo era necesario fe en Dios y amor al prójimo. Y observó que en todos los milagros había impuesto las manos al enfermo, y había orado a Dios suplicando su Divina Misericordia; por lo que ahora Lucano más que nunca era un verdadero soldado fiel de Cristo. Así le seguiría siempre durante toda su vida. Tenía nuestro héroe apenas 47 años.
En casa de Hilel, recibió Lucano la invitación de Pilatos de ir a cenar a su casa pues el rey Herodes se encontraba allí algo molesto con Lucano y quería hablarle a causa de su defensa hacia los cristianos. Desde la casa de Pilatos se observaba la gran vista de la ciudad de Jerusalén, y pudo también observar un bello bosque de negros y altos cipreses, esparcidos en un gran jardín verde. -Getsemaní- Pilatos estaba preocupado y le comentó que era imposible que el judío resucitara, que seguramente sus seguidores lo habían robado y estaba vivo; pues seguramente lo bajaron vivo de la cruz. Lucano no hizo comentarios. Pilatos acusaba a José de Arimatea culpable del asunto; por haberle pedido el cuerpo para ponerlo en su tumba. Pilatos se sintió engañado. Pensó que siendo José un hombre rico y de influencias hubiera pagado para llevarse el cuerpo de Jesús a su casa y sanarlo. Pilatos quería conocer la opinión del médico griego. Y pudo observar una cruz roja en su cuello, por lo que Pilatos estaba asombrado. Lucano le dijo con certeza que sí creía en su resurrección, pues estaba profetizado en las escrituras de los judíos. Antìpas interrogó a Lucano, sobre los comentarios que se hacían de él, acerca de sus poderes para hacer milagros. Lucano estremecido explicó que él no tenía poderes; que sólo Dios hacía eso. Antìpas disgustado le dijo que esperara que no estuviera allí para alzar al pueblo, mientras Lucano con ira le contestó: “Estoy aquí para encontrar la verdad y escribirla”. Herodes Antìpas preguntó ¿Acaso eres Cristiano? –Soy cristiano desde el nacimiento de Cristo- Lucano explicó a Herodes Antìpas y a Poncio Pilatos, quienes se estremecieron de susto; les habló de los caldeos y babilonios, de los egipcios y de los griegos; de sus antiguas profecías. Les contó de los tres reyes magos, de la estrella de Belén que él mismo había visto cuando era niño, en su movimiento hacia el este. Los esclavos que oían llenaron sus ojos de lágrimas. Les contó que estaba en Atenas cuando la crucifixión, de cómo desapareció el sol y la tierra toda tembló, y como todo coincidía con las profecías. Antìpas le decía que ese judío era un impostor que por eso había muerto por engañar al pueblo con presuntas majestades; que de ser realmente Dios hubiese hecho un milagro ante el Tetrarca de Jerusalén. En cambio el judío se quedó callado ante él y no se defendió; por lo que era un pobre campesino ignorante. Antìpas estaba lleno de odio mientras Pilatos se burlaba. Ante el reclamo de Herodes por levantar Pilatos la persecución a los cristianos; Pilatos se excusó diciendo: “Obedezco al César”. Tiberio tiene gran consideración por Lucano y le dìò este anillo; por lo que no puedo más que complacerlo.
Herodes Antìpas se encontraba indignado, le decía a Lucano que eso eran sueños de niños. Que cuando él era niño había soñado con ver al Mesías; y Lucano le enfatizó que así había sido.; le había visto y conocido. Herodes no pudo obligar a Pilatos; pues la ley de Roma bien claro establece que el propietario del anillo podía utilizarlo para actuar como si el mismo César en persona estuviese hablando. Cuando Herodes Antìpas trata de persuadir a Lucano de que se persigan a los cristianos, para que no entre en violencia el imperio; Lucano afirma que eso no es verdad puesto que Jesús es un Dios de paz y amor y sus seguidores también. Pilatos anuncia a Herodes la decisión del César de que desaparezca secretamente; y ante esta humillación Herodes acusa a nuestro Héroe de ser él el culpable de su destitución; por estar favoreciendo a los cristianos con el uso del anillo del César, y todo para proteger a sus haraposos amigos, los seguidores del campesino de Galilea. Pilatos sugirió a Antìpas que ningún daño ocurriera a Lucano pues se encontraba bajo la protección del César, y se había vuelto sangriento últimamente. De esta manera nuestro querido Lucano sale victorioso de la enfrenta que le habían tendido, y dìò a conocer lo más alto y hermoso de él que era un verdadero Cristiano, seguidor del Señor Jesús, el Mesías y que le llamaba Padre, pues era bueno con todas sus criaturas. Los judíos alabaron a Dios por la destitución de Heredes Antìpas. Los cristianos todos agradecieron al Señor la liberación.
De regreso a la casa de Hilel, luego de alabar y agradecer a Dios; Hilel informó a Lucano que Maria, la Madre de Jesús había regresado junto a sus familiares en Nazareth, pues alguien de sus familiares había muerto. Por lo que nuestro héroe emprende el viaje, pasando por Galilea; conoció Tiberias, la ciudad hecha por Herodes en honor del César, era una abominación para los judíos, dicha ciudad nunca la pisó Cristo.
Lucano; primero quiere conversar con Jaime y Juan, para lo que se desplazó a la mañana siguiente en una litera, fuera de las murallas. Hilel había enviado a los hermanos un mensaje para que recibieran a Lucano, estos estaban conformes. Hilel les había escrito que si no fuese por Lucano la proscripción contra ellos hubiese permanecido. Fuera de las murallas de Jerusalén, tras el monte de Siòn se encontraba la casa de Juan y Jaime los hijos de Zebedeo de Cafarnum. Fuè Juan quien comenzó a hablar en frases cortas y cortantes. Pero luego se sintió transportado por una incontrolable pasión y su voz se hizo elocuente. Juan habló de los milagros de Cristo, sus enseñanzas de Juan el Bautista, cuando hablaba del Silvestre y vehemente Bautista, su voz adquiría un tono lírico y enfático. Contó todas las palabras del Bautista. De los castigos de Dios, de sus consejos, de sus avisos. Contó de sus alimentos de langosta y miel, de su andar semidesnudo y barbudo. De sus revelaciones el día del juicio, de las terribles cosas que tendrán lugar, de los humeantes pozos del infierno en los cuales las almas de los malos caerán como copos de nieve. De los buenos y los malos que quedarán divididos para siempre. Juan prometió a Lucano que todas estas cosas se las entregaría por escrito. Lucano dominaba perfectamente el arameo, egipcio, romano, griego y latín por lo cual su versatilidad le ayudó a cruzar el mundo antiguo para conversar con tantos testigos de Jesús. Juan hablaba con exaltación creciente, algunas veces no podía frenarse así mismo, era realmente un apasionado y gran amor por el Señor Jesús. Juan verdaderamente amó a Jesús y le recordaba como si lo estuviera viendo. Juan se levantaba y ascendía las manos fervorosas al cielo alabando a su Maestro Lucano se sintió fascinado, por las historias que le contaba. Algunas veces Santiago intervenía, cuando Juan cansado se detenía. Durante las pausas Lucano escribía con su estilo de manera que todo quedase perfectamente registrado. Juan era convincente en sus relatos, tenía la fuerza del desafío a la incredulidad. Contó la crucifixión sin el miedo de Prisco, pero con ira y agonía en su rostro.
Comieron los hermanos Juan y Santiago con Lucano, descansaron. Tenían miedo de evangelizar el mundo, era una difícil tarea, los podían matar, sin embargo tenían que obedecerla. Lucano pudo ver donde Jesús había nacido, recordó la gran estrella, conoció los montes cercanos, pensó en los pastores que habían oído la voz del ángel, trayéndoles el mensaje de los siglos. Hilel tenía amigos en Jerusalén y en Damasco y temían por los cristianos pues Saulo de Tarso era temible y gran perseguidor de ellos. Saulo de tarso en Damasco se propuso a acabar con los cristianos, con la insurrección y el desorden de la ciudad; toma sus deberes romanos muy seriamente, además es oficial romano. Saulo era un hombre de gran poder y de carácter rígido. Hilel comentaba que sentía gran angustia por los cristianos en Damasco, y Lucano consideró esto con gran ansiedad, repentinamente se sintió misteriosamente consolado y decía que todo iría bien. Entonces Hilel y los otros cristianos sentían que hablaba con el lenguaje de los ángeles y todos se tranquilizaron.
Lucano prepara el viaje a la casa de la madre de Jesús, va solo en un caballo, sin guardia ni esclavos; aparentaba ser humilde, pero solo quería desplazarse con facilidad y conocer el país. Llevaba su cartera de médico una manta y los bártulos de pintura, pues nuestro amigo era un verdadero artista, de hecho su casa en Atenas estaba adornada con sus pinturas, eran rostros, manos, paisajes que pintaba con frecuencia. Pasaría por Galilea, Betania y Jericó., entró por el desierto. Viajó con el gran calor del lugar, conoció las montañas, el río Jordán de intenso color verde rodeado de sauces y altos arboles. Su perfecto arameo le ayudaba mucho, pero aún así era notoria la hostilidad. Viajó tres días y tres noches, durmiendo en posadas buenas y confortables, aseadas y con buena comida. No pasó trabajo; soñaba con conocer a la Madre del Cristo. Estaba en el país de Jesús y cuando se echaba su manta por la noche y miraba a su alrededor aquel lugar pobre y polvoriento sentía la sensación de haber regresado a casa.
Lucano viajaba solo a caballo, y observaba las montañas y el rió, hacía calor, veía el ganado y las ovejas. Las mujeres a la entrada de las casas amamantando a sus hijos, hilaban y tejían. El paisaje es sumamente hermoso, gran calma reina en el ambiente, el silencio es acogedor. El río Jordán de verde esmeralda rodeado de sauces y arboles, campos de olivos y arboles frutales, que hermosa es la tierra del Señor. Lucano pensaba “Esto es lo que ÊL conoció, aquí anduvo y desde aquí atrajo a los hombres”.
Descendiendo hacia el valle y el mar, Lucano se encontró con Aulo, el centurión que lo esperaba con seis soldados de la fortaleza armados y cubiertos de lanzas. Lo esperaba por orden de Hilel. Lo hospedó en la fortaleza donde gozó de todo honor y comodidad. Fuè tratado como huésped de Roma, pues era bien sabido que estaba bajo de la protección del César. Aulo le narró todo lo que había visto de Jesús, de cómo hablaba y trataba a las gentes y a los niños. De cómo solo su apariencia hacía estremecer a las personas. Y de la oración que les enseñó; dirigida al Padre Nuestro. Contó como se llenaba de inmenso amor y confianza al hablar de Su Padre. Su voz resonaba sobre las montañas como un trueno de verano y de cómo el pueblo oraba con El. Sus ojos eran siempre misericordiosos y sonreían a todas las gentes. Era impresionante el que había dado su propia luz a todas las cosas. Como actuó cuando le trajeron a los leprosos que eran bastantes, y pidiéndole misericordia; el pueblo se alejó con temor. Pero EL les tocó poniendo Sus Manos sobre ellos y fueron curados instantáneamente, todos cayeron a Sus pies y los besaron, le adoraron y le alabaron, pues Dios había visitado a los hombres. Aulo contaba todas estas cosas que él había visto con sus propios ojos. Aquella misma tarde Lucano escribió todo cuanto había oído. Aulo narraba en latín y en latín hablaba con Lucano. Lucano siempre antes de escribir se entregaba en oración al Señor Dios Padre Nuestro y le suplicaba rogaba humildemente.- ¡Hazme digno de escribir de tì, de seguirte y Concèdeme tu gracia, oh, Padre! Conoció la ciudad, visitó la sinagoga, la misma que había contemplado Jesús, la misma luna. Lucano se sentía extraordinariamente agradecido. –Bendito soy yo, a quién Tú has dado vida suficiente para conocerte- decía Lucano en su corazón. –Soy indigno, ten misericordia de mí, pobre pecador-
Conoció el mar de Galilea, siempre cambiante, intensamente azùl y tranquilo. Partió hacia Nazaret buscando a María. Ansiaba ver a la que había llevado en su seno al Rey de la Gloria; le había nutrido y mimado en su regazo; y amándole sobre todas las cosas lo había visto expiar con la muerte horrible de un asesino, siendo inocente.
Contempló Nazareth, las casas de techos planos, clima caluroso, arboles escasos y anchos, la gente le contemplaba con curiosidad, sus rostros cubiertos con telas, le devolvían el saludo, los que quizás un día le conocieron. Caminó la ciudad, y preguntó en el pozo a las mujeres donde quedaba la casa de María, la madre de Jesús. L e señalaron la calle que partía de la plaza. Detuvo su caballo y descendiendo buscó la entrada a la casa, una mujer le abrió y le decía que había hecho un largo viaje para hablar con María, ella le dijo soy yo. Asombrado por su juventud Lucano le calculó unos 48 años, parecía una princesa dulce en su trato, sin arrugas, pero triste, serena y sosegada. Lucano temblaba todo lleno de reverencia y amor. Explicó que era Lucano médico griego, servidor de su hijo, aunque nunca le conoció. Ella hablaba dulcemente y le recibió con infinita ternura. Se sentaron detrás de la casa a la sombra. Lucano le contó todo acerca de su vida, de sus padres de sus maestros de sus estudios, de las profecías que le contaron sus maestros. Al terminar su historia Lucano cayó y recordó a su madre y hermana, sentía en María el amor de su madre pero más profundo; su serenidad y su paz lo asombraban. Olvidó que era una pobre mujer de Galilea viuda de un carpintero y la sintió como a una verdadera reina entre las mujeres que tenía entre sus manos todos los siglos. –“Ahora, quieres saber de mí y de mi hijo, pero debes comer y descansar primero”-
María habló con voz cálida y dulce; de ella, de su prima Isabel y su esposo Zacarías, cuando iba con sus padres a Jerusalén; de su desposado esposo José, un hombre bueno y amable. Del nacimiento de Juan el bautista, de lo que dijo el ángel y el castigo de éste a su padre. Los ojos de Lucano estaban llenos de lágrimas, emocionados, pero sonriente, se gozaba en los relatos de María y la amaba más que a su propia madre. Tenía 14 años y estaba preparada para el matrimonio, sabía hilar, coser, y guisar, cultivaba un jardín en forma discreta y era piadosa y adoradora de Dios, la naturaleza toda le hablaba de Dios y era a quien ella más amaba. Se sabía preparada para ser una buena matrona judía, y la honra de su hogar. Le contó con sencillez de la aparición del ángel y lo que le dijo; de cómo éste la saludó y se asustó. El ángel reclinó sus rodillas ante ella y luego de anunciarle todo desapareció; pero donde había estado quedó una luz circular que muy poco a poco desapareció. Ella comenzó a llorar, con lágrimas de gozo y de temor. Joaquín y Ana dormían, podía oír su respiración, ¿Qué dirían sus padres? Pensó. Quería hablar con Isabel, decírselo a ella. Contó a Lucano todo en detalle de su viaje hasta la casa de su prima. El saludo de ésta, de cómo los ojos de Isabel ardían de fervor y de que ambas enamoradas de Dios le alababan continuamente con verdadero éxtasis. Narró el magnificat. Lucano escuchaba inmóvil, la voz de María se elevaba como el desgrane de dulces campanas mientras recordaba aquellos días; comprendió entonces su vocación mística, a través de sus ojos y de su hablar. El rostro de María se iluminaba cuando miraba al cielo, Lucano anonadado sonreía, sus manos brillaban cuando las levantaba al cielo y alababa a Dios. Su rostro era gracioso y noble, de gran belleza no terrena, Lucano se arrodilló, tomó una de sus manos y la besó –“Dichoso yo Señora, que he oído de tus labios estas historias. No merezco esta felicidad.”- La miró con reverencia y comprendió que esa mujer estaba fuera de todo pecado, que había sufrido por el mal pero nunca había sido tocada por él. Supo cómo María conoció el dolor pero no la culpa. Había llorado por las perversiones de los demás. Amó con un amor puro. Conoció la tristeza sin sombras en su espíritu con el alma siempre limpia. Era bendita entre las mujeres. María comentó a Lucano que él había sufrido mucho buscando a Dios, pero que Dios le había conducido felizmente hacia Sí. Juntos ordeñaron las cabras y comieron, pan, queso, aceitunas y frutas.
María narró el nacimiento del pequeño Juan, y los detalles de su nombre y travesuras de niño, así como las oraciones que hicieron. Explicó su boda con José y el precepto del augusto César, de su viaje para alistarse; del nacimiento de su hijo, de la aparición de los ángeles a los pastores. María se cansaba, Lucano beso su mano y se despidió hasta el día siguiente. En la pensión de la ciudad, conoce a un primo de María, quien le narra la infancia de Jesús, sus travesuras de muchacho y su trabajo de carpintero con su padre El hombre era Isaac el posadero. Isaac mostró a Lucano los muebles hechos por Jesús, todos los de la posada; Lucano los sobaba con amor, pensando que allí puso las manos Dios nuestro Señor. Isaac decía que el niño Jesús era de la casa de David, las profecías del Mesías se cumplían, sabían que el redentor nacería en Belén y moriría como EL murió en Jerusalén. Decía que al cumplirse las profecías la gente las rechazaba, pues ya no creían, excepto los humildes y desesperanzados. Isaac contó la infancia de María, la belleza de su niñez, una niña encantadora, preciosa de belleza eterna; inocencia y sabiduría ultramundana. Conocerla era llenarse de dulzura y miel. Decía a su esposa que había sido concebida y nacido sin pecado; pues su extraordinaria belleza era ultraterrena. Isaac contó a Lucano como fuè el nacimiento de Cristo, de la purificación de María, de la ley de Moisés, de la presentación en el templo. De la pobreza y amabilidad del buen José. Explicó al detalle sobre el viejo Simeón y Ana. De cómo María se transformó en una experta madre y buena ama de casa. José era un concienzudo carpintero, muy responsable y Jesús un hermoso muchacho. La gente no aceptaba que Jesús fuera diferente. María educaba a su hijo para algo grande, lo envío a la escuela de Shamai. Jesús gustaba de los campos y las flores, del silencio y del aislamiento para orar, de no comer mucho ni beber en exceso. Acariciaba a los animales y meditaba bajo el sol. Era diferente, José le enseño las costumbres de su casa, recitaba las oraciones y los salmos en la sinagoga con fervor y lágrimas, era un modelo de muchacho; por eso era diferente. Fuè un buen carpintero, pues no solo cultivaba la mente; sabía usar las manos también. Tenía una risa fuerte y clara, no era como los demás. Era el más hermoso niño para su edad y esto turbaba a los demás. Contó del temperamento impetuoso de Juan el bautista y de cómo sería Jesús al que anunciaba el que bautizaría con agua y el Espíritu. Contaba sus gritos de ¡Generación de víboras! Y de todo árbol que no traiga fruto será cortado y echado al fuego. Los ojos misericordiosos de Jesús lo hacían amado de todos. El contemplaba al pueblo con infinita compasión. Realmente era diferente por su misericordia. Tenía la majestad de un rey y el esplendor de un gran potentado, la gloria de un profeta, la austeridad de un Moisés, mientras vestía con sus ropas de campesino y descalzo.. Estaba revestido de un sobrenatural poder.
Narró el bautismo de Jesús en el Jordán, de cómo Juan se sorprendió. ¿Quién soy yo, que deba bautizarte a Tì? Después del bautizo Jesús quedó completamente iluminado, una paloma blanca apareció no se sabe de donde y reposó sobre su hombro y una voz profunda desde el cielo dijo: “Este es mi Hijo amado en el cual tengo puestas todas mis complacencias”. Mi nieto Ezequiel afirma que esto sucedió, mi querido Lucano y Ezequiel no ha dicho mentiras nunca. Todas estas cosas sucedieron, y cuando todos llegaron a casa, la gente del pueblo se agolpaba a la casa de Jesús y María; pues José ya había muerto, y él Jesús, salió a saludarles y todos se le arrodillaron y cayeron sobre su rostro, mientras EL les bendecía; sonriéndoles misericordiosamente. Las horas pasaban veloces, Lucano no dormía, Isaac se cansaba, era viejo; una vez solo nuestro amigo escribió su evangelio, pero primero siempre oraba, sentía un esplendor sobre él cada vez que oraba e invocaba al Señor. Lucano se tapaba los ojos; era resplandor celestial.
Lucano quedó tan gratamente impresionado con María que pintó su rostro en un hermosísimo cuadro que dìò a conocer al mundo de su época. Esa representación de María y su Hijo, fuè conocida en vida de María y llevada a varias ciudades, incluso es impresionante su historia y los muchísimos milagros que se conocieron en esta advocación de la Madre de Dios. Todo esto ocurrió en vida de María. Este cuadro es el que se conoce a María Madre como “Nuestra Señor del Perpetuo Socorro”.


En este cuadro Lucano con mucha oración pudo dar a conocer las virtudes de María, su paz espiritual, su hermosísimo candor, su amor misericordioso, el susto de su Hijo ante la cruz y cómo su Madre le sostiene firme para la redención, aquí se vè a Maria Madre como corredentora, pues sabe para que ha nacido su hijo y pacientemente acepta la voluntad del padre. Aquí vemos a María Madre Eterna y Divina. Se vè la gracia de las manos de María y la inocencia del Niño Divino. Lucano nos dejó su evangelio; el más dulce e todos los evangelios, y también nos dejó a María, el rostro de María, la superioridad de María en sus ojos, en su majestad. Realmente Jesús era diferente, también su Madre lo era


Mucha historia se conoce de esta imagen y algunos la dan por autor anónimo, el autor de esta maravillosa imagen es San Lucas, nuestro querido y admirado Lucano. Hay otras versiones más oscuras y de colores diferentes, pero ésta es la que pintó Lucano. El la sabía reina y le puso corona, la sabía santa y le puso aureola. Veànse las manos y los pies. La ternura el rostro, la sonrisa, la dulzura de ambos.
Para Lucano así era María, no importa el color de los ojos ni de la piel; lo importante es transmitir el amor materno infinito y perdurable. Pues Dios nos dìò a su Madre como nuestra; por eso es que no describimos físicamente a María.
Lucano pintó a María, en la posada, en la noche a solas en su habitación. La pintó para las edades venideras. Pensó en sus hermosos y tranquilos rasgos, su majestad, su gracia, su sereno y ultraterreno aspecto. Pensó en sus penetrantes y amables ojos, su heroica sonrisa. Su dulce compostura. Empezó a trabajar pero María se le escapaba. Era a la vez vieja e inmortalmente joven, sencilla y profunda. ¿Cómo podrían los simples pigmentos representarla, a ELLA, la madre de Dios? Lucano oró al Señor y suplicó el poder expresar en el lienzo a la Madre de Dios, por eso lo logró.
A la mañana siguiente el posadero entregó a Lucano un paquete grande que contenía las cartas que recibió de su amigo Hilel. De su madre ya vieja, que le comunicaba que había tenido un sueño, en que ya no le pertenecía pues Díos lo llamaba a seguirle, y que le recordara siempre con amor, en caso de que no volviese.
También una carta de Hilel le decía que Tiberio iba a caer pues el pueblo estaba cansado de sus asesinatos y todo género de maldades. Pero había una carta de Hilel que le contaba que tenía hospedado en su casa a un hombre sumamente importante y se trataba de Saulo de Tarso o Gallo Julio Pablo como es conocido en su ciudadanía romana. Era administrador y abogado, fariseo y estricto cumplidor de la ley, orgulloso y arrogante, de lengua aguda y de opiniones incambiables. Se sintió personalmente insultado cuando supo que Jesús de Nazareth dijo que era hijo de Dios. Pues no aceptaba ninguna desviación del Torah.
Como administrador romano había marchado para Damasco para acabar con la insurrección, lo que Saulo llamaba blasfemia. Cabalgaba con sus abogados y un cortejo de soldados romanos, sedientos de venganza y llenos de furia. Y ahora como huésped en casa de Hilel cuenta su más extraña y apasionada historia. Repentinamente su caballo se encabritó y tuvo que dominar a la bestia. Una luz blanca y radiante cegó a Saulo, y una imagen coronada de espinas y vestida con una túnica de deslumbrante blancura, la figura alzó sus manos heridas y con profunda amabilidad le dijo a Saulo….”Saulo, Saulo, ¿porqué me persigues?”. Saulo contempló la figura medio pretejiendo sus ojos de la luz. Un gran temblor se apoderó de él, un sentimiento de las más devastadoras de las culpas. No sabía que hacer o que responder. Su alma se sintió traspasada y estremecida. ¡Horror! Aquél era el Mesías a quien estaba a punto de perseguir; y a cuyos seguidores estaba a punto de destruir. Miró a la gloriosa faz y su corazón saltó de gozo. La carne humana no podía soportar aquella visión; Saulo dìò un salto y cayó inconsciente del caballo. Otros declararon haber visto la luz cegadora y sentir terror. Saulo volvió a Jerusalén un hombre nuevo, cambiado, lleno de lágrimas, de gozo y angustias mezcladas en un apasionado amor. Había visto al resucitado.
Ahora Saulo se encontraba en casa de Hilel esperando a Lucano para ir a ver a Pedro y bautizarse y decía que el Señor había venido para los judíos y para los gentiles. Saulo de carácter fuerte quería llevar a las almas a la conversión, sentía que tenía el poder para hacerlo. Estaba interesado en Lucano y las historias que había escrito. Le envió una carta diciendo “Querido Lucas espero por tì”. Era la primera vez que lo llamaban por el cariñoso diminutivo. Lucano fuè a ver a María por última vez. Pronto María partiría para Jerusalén con Juan a quien la había encomendado su Hijo. Y como Juan sentía devoción por María Lucano estaba seguro de que la cuidaría muy bien. María había preparado a Lucano una rica comida y mientras comía observó que de María emanaba una luz en tal forma que reinaba a su alrededor un halo de luminosidad.
María comentó que Jesús siempre había sabido quien era. Que desde que nació parecía que ya los conociera, desde que estaba en la cuna que le hizo José. Jamás lloraba y cuando María por las noches encendía una lámpara y la acercaba a la cuna, habría sus grandes ojos azules infundiéndole confianza. Era un muchacho fuerte e inquieto, jugaba con los demás niños con los juguetes que le hacía José y de pronto se apartaba como si meditase. Cuando me viò llorar por lo que yo presentía me decía “No llores Madre mía, porque estaré contigo siempre”. Siempre existió entre nosotros una verdadera comunión, comprensión y amor. Cuando estaba lejos de mí se me aparecía en sueños, lleno de ternura y consuelo. Era un carpintero bueno y siempre tenía numerosos encargos. Lucano se despide de María y la venera llora por su dolor y María lo reconforta diciéndole que es la más afortunada de todas las mujeres, porque EL es su Hijo.
María Madre alzó sus manos hacia Lucano con un gesto maternal de despedida y bendición. Lucano acompañó al apóstol Pablo, llegó a Roma y se encontró con Pedro y Marcos, que predicaban entre los cristianos de Roma. Aparte de los relatos de María Madre; San Lucas contó con escritos que contenían hechos y milagros de Jesús; los cuales también fueron usados por Marcos y Mateo. Lucas comprendió y explicó la misericordia y las palabras que condenan el dinero, factor de división entre los hombres.
Lucano, vive hasta la edad de 84 años, nunca se casó y gastó su vida en amar y hacer amar a Cristo. Fuè el más tierno de los apóstoles en sus escritos, su evangelio y los hechos de los apóstoles. Escribió la infancia de Cristo según se lo narró la propia Madre de Dios.
Este relato continua en la santa Biblia en el Evangelio de San Lucas y los Hechos de los Apóstoles; por lo que te invito a continuarlo.
Trabajo realizado por Nancy Durand de Colmenares. Caracas-Venezuela.
A los 28 días del mes de octubre del año 2003. nancydurand@cantv.net
Bibliografías consultadas:
1.- La santa Biblia Católica
2.- “Médico de cuerpos y almas”. Por Taylor caldwell. Editorial Grijalbo Española. S. L. Barcelona. Titulo en inglés “Dear and glorious physician. Primera edición 1960.
3.- Traducción al español por Ramón Conde Obregón.


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