Humanismo y Reforma en la corte renacentista de Isabel de Vilamarí: Escipión Capece y sus lectoras Isabel Segarra Añón Universidad de Barcelona Resumen



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Quaderns d’Italià 6, 2001 123-135
Humanismo y Reforma en la corte renacentista

de Isabel de Vilamarí: Escipión Capece y sus lectoras

Isabel Segarra Añón

Universidad de Barcelona


Resumen

Durante la primera mitad del siglo XVI y en la corte salernitana del último príncipe de la

casa Sanseverino y de su esposa, Isabel de Vilamarí (noble señora de origen catalán) se desarrolló un intenso clima intelectual. Allí se congregaron artistas y humanistas italianos

y españoles. En este ambiente de intercambio cultural, atento en participar en las ideas de la Reforma que se difundió en Nápoles gracias a B. Ochino y a Valdés, nace el poema De principiis rerum del último académico pontaniano: Escipión Capece. En esta obra no sólo se rastrean motivos lucrecianos y virgilianos sino también el influjo de los tratados cosmológicos de Pontano. En este estudio, la autora propone el análisis de la figura y de la obra de Capece a través de sus lectoras: Isabel de Vilamarí y las mujeres cultas de su

corte.

Palabras clave: Humanismo, literatura humanística, Reforma, Reino de Nápoles, mujeres

cultas.


Abstract

During the first half of sixteenth century and in the Salernitan court of the last prince Sanseverino and his wife Isabel de Vilamarí (a lady coming from a noble Catalan family) an intense intellectual climate developed. Italian and Spanish artists and humanists met there.

In this environment of cultural exchange, that shared in the Reform ideas divulged in

Naples by B. Ochino and Valdés, Scipione Capece (the last member of the Pontanian

Academy) writes his poem De principiis rerum. In his book Capece uses Latin literature

(Vergil and Lucretius mainly) and Pontano’s treatises on cosmology. The author of this

paper studies Scipione Capece through his female readership: Isabel de Vilamarí and the

learned women from her court.



Key words: Humanism, humanist literature, Reform, the Kingdom of Naples, learned

women.


La figura del último miembro de la academia pontaniana, Escipión Capece

(Nápoles, 1480 aprox.-1551), difícilmente puede ser analizada en profundidad

sin atender a la gran influencia vital y espiritual que en la obra de este

humanista ejercieron ciertas presencias femeninas; presencias condicionadas por las inquietudes ideológicas y religiosas del momento. En particular, es preciso

estudiar la importancia de Isabel de Vilamarí —de noble familia catalana

establecida en Nápoles— princesa de Salerno, conocida en Italia como

Isabella Villamarina, Isabel Breseño (o Isabella Bresegna), también de origen hispánico,

la valdesiana Giulia Gonzaga o la célebre poetisa Vittoria Colonna. Es

precisamente a ésta última a quien Escipión Capece dedica un elegante poema

compuesto en hexámetros latinos titulado Inarime, ad illustrissimam Victoriam



Columniam (editado en 1532). El título Inarime recuerda el relato mitológico

que explica el origen de la isla de Ischia y evoca, sin duda, el cenáculo intelectual

que allí se desarrolló durante el siglo XVI, en cuyas filas se encontraban

algunas escritoras e intelectuales como Vittoria Colonna.1

El poema De principiis rerum constituye un claro ejemplo de las complejas

relaciones que se establecen en la primera mitad del siglo XVI entre

filosofía, religión y literatura. Parece innegable el lazo que une el poema del

último pontaniano con los aires reformistas que se difundieron en la corte

de Ferrante Sanseverino y de su esposa Isabel de Vilamarí, príncipes de Salerno,

y en general, en el ambiente cultural napolitano de la época. La estimulante

relación intelectual de Capece con Isabel de Vilamarí marcó, sin lugar

a dudas, la redacción de la obra. Es hasta cierto punto sorprendente que

pocos estudios sobre la poesía humanística de Capece hayan fijado su atención

en ello. La princesa de Salerno jugó un papel decisivo en la producción

literaria de Capece. Fue promotora de la cultura en su corte salernitana e

introdujo en ella aires ideológicos renovadores. Los principales estudiosos

del Humanismo napolitano, entre los cuales despunta el prolífico y clásico

Antonio Altamura,2 citan rápidamente la dedicatoria a Isabel de Vilamarí

del De principiis rerum, identifican al personaje, pero no le dedican mayor

atención. No hablan de su carácter inspirador, de su completa formación

cultural, de su acogida para con los humanistas, artistas, músicos italianos y

españoles, en fin, de su mecenazgo. Al investigar en las principales bibliotecas

napolitanas sobre la corte renacentista de los príncipes de Salerno y recopilar

noticias concernientes a Isabel de Vilamarí, tuve la fortuna de rescatar

de la Biblioteca Universitaria un trabajo monográfico sobre el personaje,

escrito por la estudiosa Laura Cosentini y editado en 1896: Una dama napoletana



del XVI secolo: Isabella Villamarina.3 El libro fue prologado por Benedetto

Croce y contiene un interesante apéndice de documentos, en el cual

Cosentini edita una colección de cartas —hasta el momento inéditas— escritas

por Isabel, que forman parte de la correspondencia del cardenal Jerónimo

Seripando, conservada en la Biblioteca Nazionale de Nápoles. Escritas en

italiano, se caracterizan por la búsqueda de la elegancia y la redondez del

período. En ellas podemos percibir la huella del conocimiento de la gramática

latina que tenía su autora. Las cartas no sólo son relevantes desde un

punto de vista filológico por diversos aspectos, también constituyen una fresca

e íntima aproximación al contexto social y político del «Nápoles hispánico

». En la correspondencia con el cardenal, Isabel de Vilamarí se muestra

angustiada por la rebelión y huida de su marido, Ferrante Sanseverino; comenta

la manifiesta hostilidad del virrey de Carlos I, Don Pedro de Toledo, hacia

su persona y su corte. En repetidas ocasiones Isabel teme verse considerada

sospechosa de traición a ojos del rey. Tras la confiscación de parte de sus bienes,

llega a implorar ayuda a Carlos I por mediación de terceros. Sus enemigos

la instan a abandonar Nápoles e instalarse en Barcelona, donde reconoce

que conserva parientes, aunque lejanos. Sin embargo no cesa de repetir al

cardenal que apenas los conoce y que sería una desgracia presentarse en la

patria de sus antepasados como una exiliada sin fortuna. Así, en una extensa

carta escrita el 26 de agosto de 1553 desde el Castelnuovo de Nápoles,

Isabel se expresa en estos términos:

[…] però che l’animo mio ne pensa ne sa piegarsi mai ad andarmi in Barcellona

e rimover e scancellar in tutto da le lor menti questa falsa oppenion’ prima

et più se li formi in testa e prima che mi destinassero a questo essilio procuratomi

da Antico senza mia saputa e fuori d’ogni mia spettativa. […] conciosiache

a fatica miseramente mi sostengo qua dove ho fatto tutti gli anni di mia

vita, come vorei sostentarmi in Barcellona dove sarei nova et se mi dicessero

che vi ho parenti assai, ne ho ancor qua, ma insumma misero colui che non

ha del propio, oltra che tanto maggior vergogna mi risultarebbe riducendomi

alla patria dei miei antecessori fedelissimi sempre a Sua Maestà et a li lor Re,

hora io ci annassi come poco confidente et quasi come rubella che di questo

potriano gli maligni calunniarmi senza che io habbia ne col pensiero colpato,

ne mancato al debbito mio fedelisssima vassalla […].4

De sus palabras se deduce el temor por viajar casi como exiliada y de llegar

a la tierra de sus antepasados como tal; el deshonor de verse reducida a una

súbdita «poco confidente et quasi come rubella», es decir, una dama poco de

fiar y casi una rebelde, cuando en realidad se define a sí misma como vasalla fidelísima

(«fedelissima vassalla»). Pero cuando finalmente logró recuperar el favor

de Carlos V, a quien había agasajado en la corte durante su estancia en Nápoles

y de quien había disfrutado alguna que otra galantería, decidió trasladarse

a España para incorporarse con todos los honores a la corte de la Princesa de

Portugal. En Barcelona, el 10 de agosto de 1555, Isabel escribe al cardenal para

explicarle los pormenores del viaje y hacerle partícipe de la alegría que la embarga,

ya que a su llegada a Barcelona todo fue «amorevolezza (que podemos traducir

por «cariño») e cortesia»:

Però saprà V. S. R.ma che al primo di questo mese io arrivai con prospera navigatione

in Barzelona et sana senza aver sentito incommodo veruno nella mia

persona, et son stata accarezzata et accolta da i Cavalieri e Signori di questa

Città con tanta amorevolezza e cortesia che s’ella l’havesse visto, avrebbe preso

contento non mediocre […].5

Durante el viaje de regreso a Nápoles, hacia el 1559, después de intentar

defender sus intereses ante el emperador con menos éxito del que esperaba,

Isabel de Vilamarí moría sin dejar descendencia. Por su parte, Ferrante Sanseverino,

que había participado en la campaña de Flandes de Carlos V en 1544,

se refugia en Francia después de convertirse al calvinismo, se declara enemigo

del virrey español y muere en Aviñón en 1568.

I

Después de su repentina destitución del cargo de consejero del «Sacro Regio

Consiglio» de Nápoles por mandato del virrey Pedro de Toledo, Escipión Capece

se refugia en la corte de Isabel de Vilamarí. Su caída en desgracia coincide

con los últimos días de la Academia pontaniana que, desde la muerte de Jacopo

Sannazaro, había trasladado su sede a la casa de Capece. Durante las largas

ausencias de Ferrante Sanseverino, enemistado, como ya hemos señalado, con

el virrey y con el mismo Carlos I, Isabel mantenía viva la corte y, junto a Capece,

organizaba la administración de sus posesiones y velaba por los intereses

políticos y sociales del príncipe. Al mismo tiempo, el humanista cumplía la

función de poeta amparado por la corte. La estancia al lado de la princesa seña-

la la época más fructífera de su carrera literaria. Durante ese tiempo consigue

editar un pequeño tratado de derecho comparado, Magistratuum Regni Neapolis

qualiter cum antiquis Romanorum conveniant compendiolum, publicado

en Nápoles en 1540 por Giovanni Sultzbach y reeditado en Salerno en 1544.

La relación de Capece con los estudios de derecho era una de las herencias

familiares. Su padre, Antonio, había sido un jurista destacado. Instruyó a su

hijo en la materia y le animó a ocupar la plaza de lector de Instituta en el Studio

de Nápoles6 entre 1518 y 1519.

El interés de Capece por la filosofía y la cosmología se plasmó en la edición

veneciana de 1546 del poema didáctico que centra nuestro estudio, el De



principiis rerum. El editor de la obra, Paulus Manutius, incluyó en nombre de

Capece una elegante epístola dedicada a Isabel de Vilamarí. La carta contiene

fragmentos interesantes donde se destacan algunas características de la personalidad

de la princesa y ciertos aspectos de su formación, que pueden explicar

mejor las relaciones culturales de su círculo y la posibilidad que dio a Capece

de terminar, desde el exilio de los ambientes doctos napolitanos, la obra por

la que pasó a ser celebrado como poeta y humanista, versado en argumentos

científicos y filosóficos antimaterialistas.

El encabezamiento de la carta escrita por Paolo Manuzio, hijo de Aldo,

dedicada a la «Ilustrísima esposa del Príncipe de Salerno, Isabel de Vilamarí»,

es el siguiente:

Iudicium Pauli Manutii Aldi filius de hoc poemate Capyciano, ex illius

epistola quadam ad Illustrissimam Salernitani Principis coniugem Isabellam

Villamarinam.

A continuación reproducimos uno de los fragmentos más significativos:

Tua haec est Isabella praestantissima, tua, inquam, haec maxime laus est. Cum

enim tibi aut ad opes, aut ad dignitatem nihil fere possit accedere; quarum

rerum cupiditate adducti magnarum artium in studiis plerique vigilarunt; ipsa

nihil huiusmodi spectans, virtutis amore capta, cuius pulchritudinem animo

cerneres, effecisti, studio tu quidem, sed ingenio magis, ut cum esses omnium

nobilissima, omniumque pulcherrima, quorum alterum maiorum tuorum,

maximeque Viri tui, Principis omni laude cumulati, magnis rebus testata virtus,

alterum tibi indulgentissima Natura dedit, eadem et sis et habearis omnium

doctissima. Hinc illa ad te colendam singularis omnium propensio: hinc multorum

poetarum, quibus gravissima Regum bella magni operis argumentum

suppeditare poterant, ad te canenda traducta ingenia: hinc Capicius ille tuus

tuarum laudum laudatissimus praeco qui te admiratur unam, qui observat,

qui cum de te multa et vera praedicavit, nihil umquam ut ardentius optarim,

quam ex tuis unum esse quod quo facilius impetrarem, feci, ipso permittente

atque libente Capicio, ut eius libros, de Principiis rerum duos, de Vate Maximo

tres, meae in te summae observantiae testes emitterem.7

Paolo Manuzio nos ofrece un documento en que, si dejamos en segundo término

los elementos retóricos al uso en este tipo de presentaciones y dedicatorias,

aparecen algunos de los rasgos que confieren a Isabel de Vilamarí el carácter

de una auténtica mecenas del Renacimiento italiano, aunque bastante menos

conocida y celebrada, por ejemplo, que Isabella d’Este.

En el fragmento de la carta que hemos reproducido el editor veneciano

insiste en la disposición natural de Isabel al practicar la virtud gracias a su talento

y a la cultura que ha adquirido. La naturaleza, según Manuzio, ha concedido

a la princesa de Salerno ser la más docta de su círculo y obtener fama y

consideración por sus propios méritos. Exagerando un poco, añade a modo

de alabanza que muchos poetas de su corte han preferido cantarla antes que

ponerse al servicio de otros reyes y príncipes con el objeto de loar sus gestas

militares. Entre dichos intelectuales, Manuzio cita a Escipión Capece, máximo

admirador y cantor de Isabel. Impresionado por la devoción mostrada por

Capece a la princesa, el editor publica la obra del humanista —el De principiis

rerum y el De Vate Maximo— y la dedica en su nombre a Isabel de Vilamarí.

En su corte poetas, poetisas, humanistas, le dedican sus obras y, a un tiempo,

incitan en la misma un paulatino proceso de introducción de las inquietudes

reformistas. La espléndida formación cultural de Ferrante Sanseverino, su interés

por la literatura, la música y el teatro, parece que contribuyeron a dejar en

segundo plano las aptitudes de su esposa, pero, tal como constata Laura Cosentini

en su libro dedicado a Isabel de Vilamarí, esta noble dama conocía bien

las lenguas clásicas, era buena lectora, estudiaba música y canto. Presumía, además,

de tener un espíritu agudo y refinado, cualidades que la convertían, según

la estudiosa italiana, en una mujer «graziosamente colta»,8 capaz de brillar por

su ingenio en veladas literarias y filosóficas. Un humanista contemporáneo,

Ortensio Lando, refiere con admiración que la escuchó recitar versos latinos

y declamar prosa en casa de otra dama de origen catalán, María de Cardona.9

Una particularidad de Isabel parece fascinar a los humanistas que la rodean.

En ella todo es gracia y dulzura, no perciben el «animo virile» de otras mujeres

cultas y humanistas de la época, que a menudo solían recibir el calificativo

de virago por parte de los intelectuales que las loaban o las reprendían.10 Isabel

de Vilamarí no sólo recibe repetidos elogios de los intelectuales con los que

se relaciona. También fue cantada por poetisas contemporáneas. Maria Edvidge

Pittarella, que formaba parte de la «Accademia degli Incogniti» con el pseudónimo

literario de Pandora Milonia, le dedica poemas. De esta escritora

sabemos que declamó para Carlos I en la corte de los príncipes de Salerno, si

bien no nos ha llegado nada de su obra.11 Más fortuna tuvo la poetisa napolitana

Laura Terracina, conocida en la misma Academia con el apodo de Febea.

En su obra Quinte rime della signora Laura Terracina editada en Venecia en

1552 dedica un soneto a su íntima amiga Isabel de Vilamarí. Utiliza como

argumento poético el apellido «Villamarina» y canta a la princesa creando un

bonito juego de metáforas marineras con el fin de evocar el carácter tranquilo

y sereno de Isabel. He aquí el soneto de Laura Terracina:12

L’alto mar di virtù qual bramo e voglio

Che nel mondo d’Alerno sì lieta e bella

Ognor m’imprime al cor l’alma Isabella

Cagion farmi cantar più che non soglio.

A tal Villamarina ed a tal scoglio

U Eolo nulla val con sua procella

Hor in quest’una parte et hor in quella

L’ignuda barca mia lego e discioglio.

E temendo d’assai che a caso un giorno

Dagl’invidi e superbi mi sia tolto

Mi struggo, mi consumo, mi sconforto.

Così pensosa rimirando intorno

Odo ch’un dice: Non temer più stolta,

Quest’è la via del tuo tranquillo porto.

Como observamos, Laura Terracina esboza en su soneto una rápida caracterización

de Isabel: dama bella, alegre, tranquila. La poetisa juega con la imagen

de la princesa como el puerto —la Villa marina— en el que resulta seguro

y agradable amarrar la nave. Se convierte, así, en la antítesis del fiero acantilado,

símbolo de la envidia, de la soberbia humanas. Sin duda, Terracina alude

claramente al mecenazgo de la princesa.

II

Escipión Capece es parte activa pero al mismo tiempo espectador y partícipe

de la entrada de las mujeres en el mundo cultural del Reino de Nápoles. El

público real de su poema filosófico es principalmente un público femenino,

capaz de reflexionar, de dialogar, de leer una obra que refuta el materialismo

lucreciano y epicúreo, un grupo de oyentes y de lectoras que se autoincluye

en la cuestionada religiosidad de su época. Todas ellas, comprometidas en

mayor o menor medida en el proyecto de la Reforma, sienten la necesidad de

replantear su visión de la fe, decididamente en crisis. Se encuentran ante un

nuevo contexto ideológico que les permite opinar, ser protagonistas directas o

indirectas, según su grado de implicación. Pueden crear un espacio interior

propio y participar en círculos que tradicionalmente les estaban vedados. En el

seno de los grupos reformados incipientes la acogida de mujeres cultas significó

en un primer momento una plataforma de propaganda y de difusión eficaces.

Más tarde llegaron disuasiones, manipulaciones e incluso persecuciones. Sólo

las mujeres con cierta formación e independencia de criterio lograron realmente

mantenerse fieles a las ideas de la Reforma —y aceptar las consecuencias

de su elección— o renunciar a ella. En el contexto del Reino de Nápoles —y

como ejemplo clarísimo o paradigma de lo expuesto hasta aquí— debemos

analizar la importancia de una de las primeras mujeres partícipes de la Refor

ma, como Isabel de Vilamarí. Se trata de una dama que le es coetánea, también

de origen español, a la que ya hemos aludido al comienzo de estas páginas:

Isabel Breseño.13

Isabel Breseño (conocida en Italia como Isabella Bresegna), hija del noble

español Cristóbal Breseño, nacida en España hacia el 1510 y educada en Nápoles,

contrajo matrimonio en 1527 con el noble García Manrique, de familia

más noble y más rica que los Breseño. Bella y cortés, empieza a distinguirse

por su conversación en los círculos intelectuales napolitanos y traba amistad

con otra dama que pronto abrazaría las ideas de la Reforma: Giulia Gonzaga.

La presencia de Isabella Bresegna en el grupo napolitano abarca el período

comprendido entre 1536 y 1548. Curiosamente la redacción del poema De

principiis rerum de Escipión Capece se sitúa en esta misma época, pues en 1546

veía la luz la editio princeps de la obra.

Isabella Bresegna se introduce en las reuniones donde se escuchaban los discursos

y la predicación de Bernardino Ochino y Juan Valdés. En dichas reuniones

proliferaban muchas nobles entusiasmadas por un nuevo y encendido

fervor religioso, como algunas de las damas de la corte de Isabel de Vilamarí:

María de Aragón, Leonor de Castro y Giulia Orsini.14 En 1548 Isabella Bresegna

marcha al norte de Italia donde contacta con la calvinista ferraresa Renata

d’Este, se convierte definitivamente al calvinismo y, huyendo de una acusación

de carácter político poco clara y de la Inquisición, pasa a Tübingen. Allí es invitada

de Vergerio, con quien había mantenido correspondencia, y más tarde se

queda en Zuric. Poco a poco va cayendo en desgracia. Un dato relevante del

progresivo olvido y soledad de Isabel, respecto al interés y al apoyo que le habían

mostrado intelectuales coetáneos, se produce cuando el humanista Celio

Secondo Curione retira la dedicatoria a Isabella Bresegna de la segunda edición

de las obras de la poetisa Olimpia Morato y la sustituye por otra dirigida a Isabel

I de Inglaterra.15 Desde entonces, dolida y enferma hasta la fecha de su

muerte, el 8 de febrero de 1577, no dejó de luchar por sus creencias, resistiendo

a continuas presiones familiares y a las persecuciones. Documentos de la

época demuestran que la Inquisición quería procesarla por hereje. Desgraciadamente,

de la intensa actividad epistolar que Isabella mantuvo con el humanista

Vergerio no tenemos noticia de la conservación de carta alguna. Aunque no nos

hayan llegado epístolas de su puño y letra, la literatura de la época no escatima

detalles a la hora de señalarla como una de las mujeres intelectualmente más

influyentes del Nápoles del siglo XVI, culta, llena de coraje, dotada de un espíritu

libre e independiente, consecuente con sus ideas hasta el fin. Su nombre

aparece citado en la obra de Giacomo Beldando Specchio delle bellissime donne

napoletane, editada en Nápoles por Giovanni Sultzbach en el año 1536. De ella

se dice que era «cortesissima, d’animo invitto e giudizio intero».16 Asímismo

Bernardino Ochino, el gran divulgador de la Reforma en el Reino de Nápoles

junto a Valdés, le dedicó su obra Disputa intorno al sacramento della Cena.

Pero sin duda, la mujer que despuntó más en los ambientes reformistas del

sur de Italia fue Giulia Gonzaga.17 Fiel amiga y protectora de Isabel Breseño

tanto en Nápoles y Salerno como en su exilio de Suiza, abrazó las doctrinas

valdesianas y más tarde pasó al calvinismo. La perseverancia en su nueva fe

impidió que se inclinara hacia otras corrientes reformistas. Tampoco retrocedió

para reconciliarse con la Iglesia de Roma. Además, su origen aristocrático

y su holgada posición le permitió socorrer económicamente a otras reformistas

perseguidas, entre ellas, a la ya citada Isabella Bresegna. Alfonso de Valdés

le dedicó su Alfabeto cristiano y fue la propia Giulia quien, a través de humanistas

como Magno, Curione y Vergerio difundió los escritos de Valdés en traducciones

manuscritas clandestinas. Se convertía así en su heredera espiritual.

Giulia Gonzaga coincidió con Isabel de Vilamarí en 1535 en Nápoles, cuando

toda la ciudad celebró la entrada triunfal del emperador Carlos I y los fastos

que le sucedieron. Muy probablemente conoció también al abad Marco Antonio

Villamarina o Vilamarí, pariente de la princesa de Salerno, que se había

convertido al valdesianismo.18 A partir de 1542, año en que se instituyó el Santo

Oficio en Roma, la difusión de la Reforma en el Reino de Nápoles empezó a

entrañar peligro. En 1553 sabemos que el nombre de Giulia Gonzaga consta-

ba en las listas de personas buscadas por los inquisidores romanos. Murió en

1556 sin lograr ser apresada. De Giulia Gonzaga conservamos algunas cartas

en las que confiesa sus cuitas y sus temores a ser perseguida por la Inquisición,

su angustia por tener que abandonar a los suyos y su ciudad. Estas cartas fueron

descubiertas y publicadas por B. Amante en 1896 dentro de su estudio titulado

Giulia Gonzaga, contessa di Fondi e il movimento religioso femminile nel XVI secolo.

19 En 1955 el estudioso Benedetto Nicolini hacía una nueva aportación sobre

Giulia Gonzaga.20 Su artículo adolece de cierto tono misógino, detectado ya

en la primera página. Al referirse a la perseverancia en el valdesianismo como

trayectoria existencial en la pensadora italiana, Nicolini exclama: «Come spiegare

tanta costanza, rara già in un uomo, più rara ancora in una donna?».21

Junto a este tipo de comentarios, se observa que el estudioso dedica mucho

más espacio y esfuerzos a analizar a los valdesianos. Menciona la existencia de

las cartas de Giulia pero no reproduce ningún fragmento significativo de las

mismas. Comenta con acierto la evolución de los discípulos de Valdés frente a

la política de los distintos pontífices del siglo XVI, aunque se echa en falta una

mayor profundidad y nuevos datos sobre la participación de las mujeres instruidas

en los círculos reformados. Estudios posteriores, por fortuna, han roto

tópicos y han dado una visión amplia y más imparcial del fenómeno.22

En Nápoles, las pensadoras valdesianas más destacadas como la misma Giulia

Gonzaga, la poetisa Vittoria Colonna y Catalina Cybo, desarrollan un misticismo

de carácter intelectual, basado en la relectura innovadora de la Biblia

evangélica. Giulia Gonzaga fundamentaba sus creencias en la exégesis del evangelio

de San Mateo. Vittoria Colonna, en cambio, se ceñía al de San Juan. Este

tipo de lectura y de nueva interpretación se estaba difundiendo en los más

importantes cenáculos europeos, como bien apunta el profesor R. de Maio al

referirse al círculo de Margarita de Navarra.23 El replanteamiento de la fe y de

la religión en el cenáculo de Giulia Gonzaga y, por tanto, en los ambientes

cultos de Nápoles y Salerno, pasaba por la crítica del boato eclesiástico y de la

propia organización de la Iglesia. En este mismo orden de cosas, se incidía en

el retorno al cristianismo primero, más puro. A esta línea de pensamiento se

le añadía el poder cuestionarse determinadas prácticas políticas de la época,

tanto referidas al gobierno religioso como al gobierno y al poder del príncipe.

En su contexto, naturalmente, los valdesianos y las valdesianas desaprobaban

aspectos del gobierno del emperador. De aquí que estos círculos, inicialmente

literarios y religiosos, pasaran a ser vistos con muy malos ojos por la Inquisición

y por los virreyes. En el caso de la época que nos ocupa, recordemos las

dificultades de Isabel de Vilamarí ante la no tan velada hostilidad del virrey

Don Pedro de Toledo.

La redacción del poema De principiis rerum no sólo responde a una nueva

lectura e interpretación de los textos bíblicos, sino que debemos relacionar esta

obra didáctica y filosófica con la atracción que ejerció la literatura de carácter

cosmológico en el humanismo napolitano. Baste recordar los tratados de Giovanni

Pontano Urania, Meteorum liber y De rebus coelestibus, que dieron comienzo

a una tradición de poesía científica muy notable. La articulación técnica y

léxica del De principiis rerum está basada en el modelo lucreciano y el embellecimiento

del texto lo proporciona el recurso a imágenes de gusto virgiliano.

Si la estructura externa, formal por así decirlo, se debe a la herencia del gran

poema de Lucrecio, el contenido de la obra de Escipión Capece no puede ser

más opuesto. Capece rechaza las tesis materialistas. Se aproxima en cierto modo

al pensamiento de los presocráticos, prefiriendo centrar su sistema en el aer

como arché. En este sentido, Capece cuestiona la centralidad del fuego como

elemento primordial, es más bien una modalidad del aer que todo lo mueve.24

La importancia concedida al aire, evocador del Universo y, en cierto modo,

del Cielo cristiano, se corresponde con la espiritualidad que recorre el contexto

social y religioso que vive el autor. Su poema viene a corroborar el misticismo

de los primeros ecos de la Reforma en Nápoles. La lectura del De principiis



rerum posiblemente era acompañada, en la corte de Salerno, de los comentarios

y las exégesis más variadas, tendentes todos ellos a conectar el texto con

la fe renovada del público, de las oyentes reformadas.

Algunos estudiosos, como Franco Bacchelli,25 han visto una particular

conexión del poema con las doctrinas difundidas por los círculos anabaptistas

que frecuentó Capece años antes de la redacción del De principiis rerum y

la influencia ejercida por humanistas contemporáneos como Basilio Sabazio.

Sabazio era gramático,26 humanista, filósofo y estudioso de los cometas. Los

puntos de vista de Sabazio sobre las órbitas de los cuerpos celestes, las formas

y evolución de las mismas se rastrean, como comprueba Bacchelli, de manera

bastante clara en el poema de Escipión Capece.
Aunque estemos frente a una notable muestra de poesía cosmológica, que cabe

incluir en las inquietudes que desembocarán en la revolución científica, el De principiis



rerum es una obra que rebosa espiritualidad. Podemos leerla como un

intento erudito de dotar al público reformado de una lectura complementaria.

Una lectura, en efecto, cargada de símbolos relacionados con la fe renovada. La

descripción del Universo propuesta por Capece pretende aunar ciencia y religión.

Por este motivo, no es de extrañar que la obra también fuera bien acogida

por la Iglesia, prologada y traducida al italiano por miembros pertenecientes

a ella. Asímismo el poema de Capece mereció también los elogios de ilustres

hombres de letras contemporáneos como el cardenal Pietro Bembo.

Desde un punto de vista filológico, es curioso comprobar que del poema

científico del último pontaniano conservamos las ediciones latinas cinquecentine

y una traducción al italiano anotada por el abate F.M. Ricci, publicada en

Venecia en 1754. Para algunos estudiosos de Capece, es esta la edición que

han seguido en sus análisis del De principiis rerum.27 Por el momento no tenemos

noticia de que se haya publicado edición crítica actual y nuevos comentarios

exhaustivos de la obra, sin duda necesarios tanto para el establecimiento

del texto latino como para su interpretación literaria y filosófica.

Nuestra aproximación al poema de Capece ha dado prioridad al contexto

social y cultural en que fue escrito. Por un lado, al acercarnos al autor y a su

tiempo, comprobamos que disponemos de buenos estudios sobre los círculos

reformados napolitanos durante el reinado de Carlos I. Por otro lado, conocemos

la bibliografía especializada en la vida y la obra de Capece. Pero queremos

incidir en una cuestión que juzgamos importante para valorar el poema en

su contexto: se ha hablado poco del De principiis rerum como libro de lectura

o manual complementario de las mujeres cultas y «reformadas», de las poetisas

y humanistas que frecuentaron la corte salernitana de Isabel de Vilamarí. En

estas páginas hemos querido analizar a las más influyentes en cuanto receptoras

de los primeros ecos de la Reforma en Nápoles. Partiendo de la investigación

sobre cada una de ellas, hemos intentado, pues, «recuperar» su aportación

intelectual como público activo, un público que dota de nuevas dimensiones

la obra de Capece con su participación. Se trata de lectoras ilustradas que dejan

de ser casi exclusivamente destinatarias de literatura basada en la dicotomía

amor y virtud (ya en forma de poesía lírica, ya a través de los diálogos renacentistas

sobre el amor) para convertirse en opinantes y pensadoras. El De principiis

rerum se convierte así en un poema filosófico que en pleno Renacimiento

consigue traspasar los límites del género.

1. Para una primera y rápida aproximación a la biografía y a la obra de Vittoria COLONNA

(1490-1547), véase la entrada: Colonna, Vittoria en Dizionario biografico degli italiani, por

Giovanni PATRIZI. Una amplia recopilación de la bibliografía y de las ediciones de la poetisa

se publicó en Italia francescana, XXII (1947), p. 1-2, dedicada al Centenario della più grande



poetessa d’Italia. Sobre el pensamiento religioso de Vittoria Colonna, cabe destacar el

estudio de Benedetto NICOLINI, «Sulla religiosità di Vittoria Colonna», Studi e materiali di



storia della religione, XXII (1949), p. 110-115. Amplió su estudio y lo incluyó en Vittoria

Colonna between Reformation and Counter-Reformation, Bolonia, 1962, p. 25-44. La Inarime

de Escipión Capece dedicada a Vittoria Colonna fue editada y traducida al italiano

por Antonio ALTAMURA en Antologia poetica di umanisti meridionali, Napoli: Società editrice

napoletana, 1975, p. 344-359.

2. Sobre el humanismo del sur de Italia, recordemos sus obras: L’Umanesimo nel mezzogiorno

d’Italia, storia, bibliografia e testi inediti, Firenze: Bibliopolis Libreria Antiquaria, 1941;

Antologia poetica di umanisti meridionali, Napoli: Società editrice napoletana, 1975. Sobre

Scipione Capece en particular, véase «Per la biografia di Scipione Capece», en Studi in onore



di Riccardo Filangieri, Napoli: L’arte tipografica, 1959, vol. 2, p. 299-315. Extrae parte de

sus informaciones de la obra de Giovanni MAZZUCHELLI, Notizie storiche e critiche intorno



alla vita e agli scritti di Scipione Capece Napolitano, incluido en A. S. Sannazarii Poemata, Padova,

1751, vol. II, p. 65-78. Vida y obra de Capece pueden consultarse en la entrada correspondiente

del Dizionario biografico degli Italiani, por Giovanni PARENTI. Otros estudios

fundamentales sobre el tema son los de Pasquale Alberto DE Lisio, Studi sull’Umanesimo



meridionale, Napoli, 1973; y el clásico de Everardo GOTHEIN, Il Rinascimento nell’Italia

meridionale, Firenze: Sansoni, 1915.

3. Laura COSENTINI, Una dama napoletana del XVI secolo: Isabella Villamarina, Trani: Vecchi,

1896.

4. La carta es reproducida en el apéndice de documentos del ya citado libro de Laura COSENTINI,



op. cit., carta III, p. 144.

5. Laura COSENTINI, op. cit., carta IX, p. 157.

6. Sobre los estudios superiores en Nápoles durante el siglo XVI, véase la obra de Carlo DE

FREDE, «I lettori di umanità nello studio di Napoli durante il Rinascimento», en Studi e



documenti per la storia della Università degli studi di Napoli, Napoli: L’arte tipografica, 1960.

En cuanto al acervo cultural transmitido por la monarquía catalanoaragonesa establecida

en Nápoles, remito al estudio de Giovanni MAZZATINTI, La biblioteca dei re d’Aragona,

Rocca S. Casciano, 1897. También Cesare VASOLI, «Aspetti dei rapporti culturali tra Italia

e Spagna nell’età del Rinascimento», en Annuario dell’Istituto Storico Italiano per l’età moderna

e contemporanea, Roma, 1979, p. 459-481.

7. «Te corresponde a ti, distinguidísima Isabel, a ti —digo— este elogio, puesto que a ti casi

nada puede hacerte sombra en cuestión de riqueza y de nobleza. Muchos velaron por deseo

de ambas cosas, llevados al estudio de las artes magnas. Tú, que no esperas nada a cambio,

seducida sólo por amor a la virtud, cuya belleza has percibido en el ánimo, has conseguido

con afán, pero más aún con ingenio, ser la más noble de todos, la más bella de

todas. De estas dos condiciones, nobleza y belleza, la primera te la dio la virtud probada

por las grandes hazañas de tus antepasados y, sobre todo, por las de tu esposo, príncipe

coronado de elogios. La belleza te la dio la naturaleza, indulgentísima contigo. Has conseguido

ser la más culta y ser considerada como tal. De ahí que todo el mundo quiera loarte.

De ahí que muchos poetas, a quienes las más arduas gestas guerreras de los reyes podían

proporcionar argumento de grandes obras, han preferido aplicar su ingenio en cantarte.

De ahí que tu célebre y elogiadísimo Capece sea quien pregone a los cuatro vientos elogios

de tu persona. Él sólo te admira a ti, es tu servidor. De ti mucho ha explicado, y todo

cierto. Nunca he deseado con tanto fervor convertirme en uno de los tuyos. Y, para lograrlo

con mayor facilidad, con el permiso y el agrado del propio Capece, te remito sus dos

libros De principiis rerum y sus tres libros De Vate Maximo como testigos de mi más absoluta

observancia hacia ti.»

Al final de la carta se lee A. M. D. XLVI quem praefert in fronte Editio Manutiana. La carta

de Paolo Manuzio aparece reproducida en la editio princeps de 1546, en las reediciones sucesivas

y en la edición napolitana de 1594. Para su transcripción he consultado la última edición

citada en el ejemplar conservado en la Biblioteca Nazionale de Nápoles.

8. Testimonio recogido por Laura COSENTINI en la p. 19 de su estudio monográfico sobre

Isabel de Vilamarí.

9. Ibidem, p. 19-20.

10. Con el término latino virago estos intelectuales designaban a las humanistas coetáneas, comparándolas

a menudo a las amazonas antiguas como Camila y Harpálice por su coraje casto

y guerrero al adoptar un oficio, el de escritor, tradicionalmente reservado a los hombres.

Sobre este tipo de símiles dedicados a las mujeres cultas remito al ejemplo de la humanista

veneciana Cassandra FEDELE (1465-1558) y al elogio que le dedicó Angelo Poliziano.

Sobre esta «culta virago», consúltese entre otros Margareth L. KING y Albert. Jr. RABIL, Her

Immaculated Hand. Selected Works by and about the Women Humanists of Quattrocento Italy,

New York: Binghamton, 1983; para un estudio monográfico reciente sobre la vida y la obra

de C. Fedele, véase Isabel SEGARRA AÑÓN, «Cassandra Fedele: memoria de presente y de

pasado», en Fina BIRULÉS (comp.), El género de la memoria, Pamplona: Pamiela, 1995, p. 37-

60.

11. Laura COSENTINI en la p. 79 de su preciado libro incide en la importancia de esta academia



literaria y recoge las pocas noticias que nos han llegado sobre Pandora Milonia.

12. Soneto incluido en las Quinte rime della signora Laura Terracina detta Febea ne l’Accademia



degli Incogniti, Venezia, editado por Andrea Valvasoria detto Guadagnino, 1552. Sobre esta

poetisa del Renacimiento, véase el capítulo que Benedetto CROCE le dedica en su libro Storie



e leggende napoletane, al cuidado de Giuseppe GALASSO, Milano: Adelphi edizioni, 1990,

p. 270-283 (primera edición, 1919).

13. Laura Cosentini cita a Isabel Breseño como una de las damas integrantes del círculo más allegado

a Isabel de Vilamarí. Sobre esta reformada, véase el artículo monográfico de Benedetto

NICOLINI, Una calvinista napoletana. Isabella Bresegna, Napoli, 1953, p. 1-27; y también el

de Alberto CASADEI, «Donne della Riforma: Isabella Bresegna», Religio, XII (1937), p. 6-63.

14. Como se observa en sus nombres, algunas de ellas eran, como la princesa, de origen hispánico.

Alternaban su estancia en la corte de Salerno con el cenáculo literario y filosófico

desarrollado en Ischia. Fueron un público atento a la predicación de Valdés y de Bernardino

Ochino. Para un análisis sobre la nobleza napolitana de la época, remito a Giovanni

CONIGLIO, «Note sulla società napoletana ai tempi di Don Pietro di Toledo», en Studi in onore

di Riccardo Filangieri, Napoli: L’arte tipografica, 1959, vol. 2, p. 345-365; Il Regno di Napoli

al tempo di Carlo V, Napoli, 1951.

15. La primera edición de la obra poética de Olimpia Morato aparece editada en Basilea por

P. Perna en 1558. Está dedicada a Isabella Bresegna. Sin embargo, ediciones posteriores

como las de 1562, 1570 y 1580 están dedicadas a la reina Isabel de Inglaterra.

16. Los versos laudatorios de Beldando dicen:

Ecco la cortesissima Brisegna



D’animo invitto e giudizio intero,

Ecco con lei, sotto reale insegna,

Mille altre donne pur d’habito nero,

Di cui la peregrina fama sdegna

Lingua mortal…

Otros coetáneos elogiadores de Isabel Breseño fueron Alfredo Parente y Luigi Tansillo. Más

testimonios de escritores que loan las principales damas de la época se encuentran en la

obra de Giovanni CECI y Benedetto CROCE, Lodi di dame napoletane, Napoli, 1894.

17. Sobre mujer y Reforma en Italia, véase M. INGUANTI, Le donne della Riforma in Italia,

Roma, 1968. Sobre Giulia GONZAGA en particular, he tenido en cuenta el estudio de B.

NICOLINI, «Giulia Gonzaga e la crisi del valdesianesimo», en Atti dell’Accademia Pontaniana,

1955, p. 187-208.

18. Sobre la difusión de las doctrinas reformistas entre religiosos y seglares en el Reino de Nápoles,

remito a E. BRIZIO, «Bernardino Ochino e la vita religiosa del Cinquecento», en Archivio



storico italiano, CXLVI (1988), p. 665-667; P. LOPEZ, Il movimento valdesiano a Napoli,

Napoli, 1976.

19. Se trata de cuatro cartas. Tres fueron publicadas por B. Amante, como indico. La cuarta la

publicó PALADINO en Opuscoli e lettere di riformatori italiani del Cinquecento, I, Bari, 1913,

p. 79. En las cuatro predomina la preocupación de la autora por la persecución del Santo

Oficio.


20. Véase B. NICOLINI, op. cit.., n. 17.

21. Véase B. NICOLINI, op. cit.., n. 17, p. 187.

22. Como la abundante bibliografía del profesor Romeo de Maio. Las obras analizadas son:

Riforma e miti nella Chiesa del Cinquecento, Napoli, 1973 y Donna e Rinascimento, Milano:

Mondadori, 1987 (trad. esp., Mujer y Renacimiento, Madrid: Mondadori, 1988). De

este libro, véase en especial el capítulo titulado «La Inquisición y la mujer», p. 281-320.

23. R. DE MAIO, op. cit., p. 290.

24. La importancia concedida al aire como elemento primordial animador del Universo no sólo

se rastrea en algunos de los testimonios de los presocráticos. En algunos autores medievales

reaparece este pensamiento. Un ejemplo paradigmático lo constituye el sistema cosmológico

trazado por Hildegarda de Bingen (1098-1179) en su trilogía visionaria, especialmente

en su Liber divinorum operum. En el Libro de las obras divinas los vientos ordenados por el Creador

son el origen del movimiento, de los cambios del Universo, al mismo tiempo que exactos

delimitadores de las distintas zonas en que éste se halla dividido.

25. Véase Franco BACCHELLI, «Sulla cosmologia di Basilio Sabazio e Scipione Capece», Rinascimento,

XXX (1990), p. 107-152.

26. SABAZIO es autor de un Compendium grammaticae, editado en Roma el año 1540 apud

Valerium Doricum.

27. Como F. BACCHELLI, que en su artículo citado reproduce fragmentos del De principiis rerum

siguiendo de cerca la traducción al italiano y las anotaciones de la edición dieciochesca del

abate F. M. RICCI, Il Poema De principiis rerum di Scipione Capece patrizio napoletano colla



traduzione in verso italiano sciolto e le annotazioni di F.M. Ricci, Romano Abate Benedettino

Casinese…, Venezia: 1754. Bacchelli no da noticia alguna de la existencia de edición crítica

del texto de Capece.


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