Icaro / fantasíA



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EL REY QUE SALVO SU CABEZA

Tercer volumen de
EL REY RELUCTANTE


ICARO / FANTASÍA


Título del original inglés: THE UNBEHEADED KING

Traducido por: FRANCISCO ARELLANO

Asesor literario de la colección: ALBERTO SANTOS CASTILLO

© 1983, L. Sprague de Camp

© 1991, de la traducción, Editorial EDAF, S.A.

© 1991, Editorial EDAF, S.A. Jorge Juan, 30. 28001 Madrid.

Para la edición en español por acuerdo con SPECTRUM LITERARY AGENCY.

N. YORK. USA.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.

Deposito legal: M-20779-WI I.S.B.N.: X4-~7640-49V-9

PRINTED IN SPAIN IMPRESO EN ESPAÑA

Imprime COFAS, S.A.

Polígono Callfersa - Nave 8 - Fuenlabrada (Madrid)

ÍNDICE



I
EL PALACIO DE XYLAR 6

II
EL PARQUE DEL GRAN DUQUE 16

III
EL ALBERGUE DEL DRAGÓN DE PLATA 28

IV
EL DEMONIO RUAKH 37

V
LAS NIEVES DE ARAVIA 52

VI
EL REY Y LA SIRENA 64

VII
LA TORRE DEL SOPHI 74

VIII
LOS PANTANOS DE MORU 85

IX
EL DELEGADO 97

X
EL CASTILLO ENCANTADO 107


Lyon Sprague de Camp nació el 27 de noviembre de 1907 en la, ciudad de Nueva York. Sus primeras décadas las aprovechó siendo un buen estudiante e interesado por la Ciencia. Se diplomó en el Instituto Tecnológico de California (1930) y en el Stevens de Nueva Yersey (1933). Sus primeras labores las desarrolló como ingeniero, instructor y director de la Escuela de Invención y Patentes. El siguiente trabajo como editor y periodista (1937-38) le hace irse aproximando al campo de las letras. El primer relato que vende profesionalmente es «The Isolin-guals», en septiembre de 1937, para «Astounding Stories». Su vida se encamina a ser escritor «free-lance» para las revistas de la época, hasta que la Guerra Mundial trunca sus planes, donde desempeña una labor de experto para la Marina de los Estados Unidos. Licenciado con el grado de comandante, vuelve por sus fueros como escritor, realizando, también, una labor de periodista y colaborador de una agencia publicitaria en Filadelphia (1956).

L. Sprague de Camp es fundamentalmente conocido en España por sus colaboraciones con R. E. Howard y Lin Cárter en la saga de «Conan», al igual que como especialista americano en la «Heroic Fantasy». Pero su faceta fundamental versa en torno a un «Space Opera» picaresco y a una «Fantasía» de

clara tendencia humorística. La «serie de Krishna» o «serie de Viagens Interplanetarias» es una mezcla de aventura a lo Edgar Rice Burroughs y de intrigas maquiavélicas, destacando unos personajes «simpáticos» para el lector, antihéroes que les mueve el interés práctico. Dentro de este ciclo sobresalen las siguientes novelas: «La torre de Zanid» (1958), «The Search for Zei» (1962) y «The Hand of Zei» (1963).

«El Rey Reluctante» se trata de una trilogía donde persisten los grandes temas del autor: una «imaginería» de tipo humorístico, con referencias medievales y haciendo hincapié en la aventura; un carácter «urbano» y sociológico, cuestionando el lugar que uno ocupa en una sociedad cuando algo lo perturba, y la utilización del esfuerzo del héroe para construir un nuevo estado de cosas. También el uso de la tecnología mágica, aplicada a los fines de una razón práctica. La obra está compuesta por las siguientes novelas: «La torre encantada» (1968), «Los relojes de haz» (1971) y «El rey que salvó su cabeza» (1983). En base al éxito de estas narraciones, De Camp escribió una nueva secuela: «The Honorable Barbarían» (1989).

Alberto Santos Castillo Junio 1990



NO SE DEBE CONFIAR EN UN DEMONIO

Tres años atrás, Jorian fue coronado Rey de Xylar. Pero las leyes de Xylar decretaban que cada uno de sus monarcas aleatoriamente elegidos debía ser decapitado al final de un reinado de cinco años. Jorian tenía ciertos prejuicios acerca de perder su propia cabeza. Con la ayuda del anciano mago Karadur, consiguió escapar.

Desgraciadamente, no fue capaz de llevarse consigo a su amada, la Reina Estrildis, ni pudo desde su huida encontrar un modo de liberarla del palacio de la ciudad de Xylar.

Pero Jorian tiene la impresión de que su suerte ha cambiado. El y el anciano mago Karadur son transportados a través del aire de la noche en una gran bañera de cobre movida por un demonio controlado por Karadur. Bajo ellos se encuentra ya la ciudad de Xylar. Mientras el demonio mantiene la bañera flotando sobre el palacio, Jorian debe descolgarse por una cuerda y rescatar a Estrildis.

El plan parecía infalible, pero...

L. SPRAGUE DE CAMP



I
EL PALACIO DE XYLAR


UNA gran bañera de cobre, cuya brillante superficie reflejaba los rayos del sol poniente, sobrevolaba las nieves de los Lograms. Se deslizaba entre los picachos, a pocos codos por encima de los glaciares.

—¡Gorax! —gritó uno de los dos pasajeros de la bañera—. ¡Te dije que no pasaras tan cerca de las montañas! ¿Quieres paralizar de terror mi viejo corazón? ¡A partir de ahora, por favor, evítalas!

— ¿Qué dice? —preguntó su compañero.

El primero en hablar inclinó la cabeza como para escuchar y, luego, respondió:

—Dice que quiere que este viaje termine de una vez. Me suplica que le deje aterrizar en cualquier pico para descansar, pero no lo haré. Si accedo a su petición, este demonio se consideraría libre de su misión y volvería a su dimensión natal, abandonándonos en algún glaciar perdido.

El que acababa de hablar era un hombre seco y de piel morena, ataviado con una túnica marrón cortada en burda tela. El viento hacía ondear sus largos cabellos blancos que se derramaban por debajo de un amplio turbante del mismo

color y agitaba su larga barba igualmente blanca. Era Karadur, vidente y brujo de Mulvan.

El otro ocupante de la bañera era un hombre alto y fuerte, todavía joven, de floreciente aspecto avivado por el aire de la montaña y con unos ojos negros profundamente hundidos en las órbitas; sus cabellos y barba eran igualmente negros; una cicatriz le cruzaba el rostro y la nariz, ligeramente curvada. Se trataba de Jorian de Ardamai, en Kortoli, ex rey de Xylar, y, desde entonces, poeta, mercenario, narrador profesional, contable, relojero y geómetra.

Prosiguiendo una discusión entablada desde antes que estuvieran a punto de chocar con aquel picacho de los Lograms, Karadur le espetó:

—Hijo mío, lanzarse de cabeza en tal aventura era correr hacia el desastre. Tendríamos que ordenarle a Gorax que nos llevase a un territorio seguro, donde tuviéramos amigos y pudiéramos reflexionar en nuestra siguiente acción.

—Y cuando hubiéramos terminado de reflexionar —replicó Jorian—, los xylarianos ya se habrían enterado de nuestra marcha de Penembei. Lo sé porque, cuando fui rey, mis servicios secretos siempre estaban al corriente de todo. Me tendieron montones de trampas, esperando que intentara rescatar a mi querida Estrildis y...

Se golpeó en la nuca con el canto de la mano, aludiendo con aquel gesto a la sangrienta costumbre xylariana que exigía que al rey se le cortase la cabeza cada cinco años y fuese arrojada a la multitud para que aquel que se hiciese con ella se convirtiese en el nuevo monarca. La magia de Karadur le había permitido escapar a Jorian de su propia decapitación y, desde aquel día, Xylar sólo pensaba en recuperar a su fugitivo soberano para devolverle al reino y reanudar la ceremonia interrumpida para que su sucesor pudiera ser designado según las ancestrales leyes.

—Además —siguió Jorian—, mientras Gorax siga siendo vuestro esclavo, disponemos de este vehículo para acercarnos al palacio por vía aérea. Vos mismo habéis dicho que

dejarle aterrizar sería como liberarle de sus obligaciones. Cualquier tentativa por vía terrestre sería más que delicada. ¿Por qué suponéis que me he traído esto? —Señaló un rollo de cuerda atado en uno de los extremos de la bañera del rey Ishbahar—. ¿Podéis embrujar esta cuerda como lo hicisteis con aquella otra en Xylar?

El brujo sacudió la cabeza.

— ¡Ay, no! Eso exige la captura de un espíritu de la segunda esfera, asunto para el que no estoy actualmente equipado.

Cambió de táctica y, con voz alta y nasal, apuntó:

—Mi querido Jorian, el mundo está lleno de mujeres hermosas. ¿Por qué te obstinas con ésa? Es una chica muy agradable, lo reconozco, pero has conocido a muchas mujeres, tanto antes como después de tu reinado. No podemos decir que sea la única compañera posible...

—Os repito —bramó Jorian— que es ella a quien he elegido. Mis otras cuatro esposas me fueron impuestas por el Consejo de Regencia. No tengo nada contra ellas, pero se trataba tan sólo de un arreglo político. Y, además, ¿qué puede saber del amor un viejo asceta como vos?

—Olvidas que también yo fui joven un día; aunque te parezca difícil de creer.

—Bien, si el rey Fusinian de Kortoli arriesgó su vida por su bienamada Thanuda para arrancarla de las garras de Vuum el troll, yo sería un cobarde si, por lo menos, no lo intentase.

—Pero con eso no borrarás a las mujeres a quienes has conocido carnalmente desde tu evasión.

—No me podéis echar en cara a la gran sacerdotisa. No tenía otra elección en aquellas circunstancias.

—Cierto, pero en cuanto a las otras...

—He procurado mantenerme fiel a Estrildis —le cortó Jorian un poco irónico—. Pero no puedo, sobre todo después de una larga abstinencia, despedir sin tocar siquiera a una hermosa chica que se me mete en la cama y me pide que la satisfaga. Cuando alcance vuestra edad, quizá mi fuerza esté a la altura de tales desafíos.

— ¿Cómo puedes saber que los xylarianos no le han entregado Estrildis a otro? —preguntó Karadur.

—No era así cuando mi hermano Kerin estuvo allí para reparar los relojes. Sospecho que la emplean como rehén. Por mediación de Kerin, le dije que aguantase.

— ¿Supones que sus sentimientos son menos perdurables que los tuyos? ¿Y si ella misma ha encontrado la compañía de un miembro del sexo opuesto?

— ¡Impensable! —Exclamó el ex rey—. Siempre me afirmó que yo era su único amor y confío en ella como en ningún otro mortal.

—Cierto, pero, a veces, Astis, la diosa a la que en Mulvan llamamos Laxari, hace nacer en los más equilibrados mortales pasiones que ignoran las más firmes resoluciones y los más poderosos razonamientos. No desprecies las destrucciones que el destino y los caprichos de la naturaleza humana pueden infligir a nuestros planes mejor concebidos. Como decía el sabio Cidam, «Feliz aquel que espera lo peor, pues, en verdad, nunca se verá decepcionado».

Jorian se rió.

— ¿Queréis decir que quizá ella se ha dejado montar por cualquier patán durante mi ausencia? Bien, supongo que habrá podido pasar así. Pero, como yo mismo era la mejor espada de Xylar, a excepción de Tartonio, el maestro que me enseñó, me resultaría bastante fácil librarme de él. Podría añadir que debería hacer lo mismo con la infiel, pero reconozco que tengo el corazón demasiado bondadoso para llegar a eso.

—Afirmas que la amas, ¿verdad?

—Hasta la locura.

— ¿Así que nunca la harías desgraciada sin razón?

— ¡Claro que no!

— ¿Y si amase a ese hombre de verdad? En ese caso, le habrías roto el corazón inútilmente. Si luego, por fuerza o por suerte, la obligases a vivir a tu lado, créeme si te digo que tu existencia doméstica estaría lejos de ser paradisíaca.

— ¡Maldito viejo! —gritó Jorian, encolerizado—. ¡Sólo veis las situaciones más oscuras! Proponga lo que proponga, siempre encontráis abundantes razones para demostrarme que todo es tontería, burda o infame trampa. Quizá no os equivoquéis, pero si prestase oído a todas vuestras argucias, me quedaría plantado donde estoy sin moverme, como si tuviese raíces. Me parece que hay que esperar a que pasen las cosas y actuar en consecuencia.

Karadur suspiró.

—Es difícil para un ser tan joven saber que, a largo plazo, eso sería lo mejor para todos.

Jorian alzó la vista. Las estrellas empezaban a aparecer.

—Por favor, pedidle al demonio que vaya más despacio —dijo—. No querría que nos estrellásemos contra el monte Aravia durante la noche.

— ¿El monte Aravia? Me parece que allí reside uno de mis colegas, un tal Shenderu. Es un divino eremita. ¿Podríamos hacerle una pequeña visita?

Ante la expresión de su compañero, el brujo suspiró de nuevo y añadió:

—Bueno, será la próxima vez.

En la aurora de púrpura y oro la bañera volante navegaba todavía por encima de los Lograms, pero los contrafuertes se empezaban ya a perfilar según los viajeros se desplazaban hacia el norte. Las montañas no tardaron en alejarse y, durante horas, sobrevolaron los inmensos pantanos de Moru. Aquellas tierras no pertenecían en principio al reino de Xylar, pero, de hecho, era una zona mal definida, poblada solamente por algunos desesperados cocodrilos enanos que, decían, descendientes de los dragones que los paaluanos caníbales llevaron en otros tiempos a Novaría. Muchas generaciones antes, aquellos antropófagos evolucionados lanzaron una expedición de merodeadores contra Ir, en la costa oeste de la larga península novariana.

Con la misma curiosidad de siempre, Jorian se asomó

por el borde de la bañera. Buscaba en vano un dragón paaluano en medio de los negros estanques y las masas de hierba grisácea de aquel pantano del que habían desaparecido casi todos los colores al acercarse el invierno. Karadur le advirtió:

— ¡No te inclines así, hijo mío! Gorax pretende que desequilibres la bañera y que nos demos la vuelta, quedando con la quilla al aire.

—Esta bañera no tiene quilla —replicó Jorian, sonriendo ampliamente—, pero entiendo lo que queréis decir.



Dos caballeros huyendo

De la condenada Penembei

Tiraron su carruaje

Y fertilizaron el pantano

Donde sus huesos se pudren desde entonces.

—No estás en tu mejor momento, hijo mío —comentó el viejo brujo—. No sabemos si Penembei está condenada. Si ese Chuivir, al nombrarse rey, reivindica sus derechos con todas sus fuerzas, quizá resulte un monarca aceptable. Me parece, además, que la proposición del último verso no es muy acertada.

—Era por la métrica —replicó Jorian—. El primer pie debe ser un verso yámbico, según el doctor Gwiderius.

— ¿Quién?

—El profesor que me enseñó prosodia en la Academia de Othomae. ¿Qué os parece este otro?:

Dos colegas en la real bañera

Por los pantanos de Moru se mueven

Pero por asomarse mucho

De golpe se cayeron

Y su presunción yace por el suelo.

Karadur sacudió la cabeza.

—Lo que implica que también yo me estoy asomando aunque, como puedes comprobar, procuro mantenerme en el centro.

— ¡Decididamente, os tomáis todo al pie de la letra! ¡Muy bien, veamos de lo que sois capaz?

— ¡Ay, Jorian! Ni yo soy poeta, ni el novariano es mi lengua materna. Componer una estrofa en mulvaniano que exprese los pensamientos propios y obedezca las sesenta y tres leyes de la versificación mulvaniana sería una tarea que exigiría más tiempo y paciencia del que los dioses parecen dispuestos a concedernos de momento.

Al mediodía habían abandonado los pantanos de Moru y sobrevolaban los bosques del sur de Xylar. Por la noche, los bosques dieron paso progresivamente a campos cultivados.

—Informadle a Gorax —dijo Jorian— que no deseamos llegar a la ciudad de Xylar antes de la medianoche.

—Quiere hacerme creer que tendremos suerte si llegamos antes del alba —contestó Karadur. Gimió, mentalmente, claro está, de fatiga.

—Pues pedidle que vaya más deprisa. En cualquier caso, no queremos que el sol se alce cuando yo me esté deslizando por la cuerda.

—Exactamente, ¿qué pretendes hacer?

—Muy sencillo. Kerim me dijo que los xylarianos habían instalado a Estrildis en las alcobas de la terraza. Imaginan que así me sería más difícil acercarme a ella, suponiendo, naturalmente, que emplease el camino terrestre. —Jorian se rió—. Así que, cuando estemos sobre el tejado, ataré la cuerda al grifo de la bañera, lanzaré el otro extremo por la borda, me dejaré caer y me habré llevado a Estrildis antes de que se den cuenta de mi presencia. Lamento que no dispongamos de una de esas cuerdas hechizadas.

—Si tuviéramos tiempo para practicar las operaciones mágicas necesarias, intentaría prepararte una.

—Ese grito era la alegría y el orgullo del rey Ishbahar

—observó Jorian—. Lo concibió un ingeniero de la Casa de la Sabiduría. El único problema era que los criados del rey debían mezclar el agua caliente y la fría en un depósito instalado en el techo del palacio y nunca conseguían ajustar las proporciones adecuadas. El pobre Ishbahar se encontraba siempre o congelado o cocido. Le sugerí que instalase dos grifos, uno para el agua caliente y otro para la fría para que pudiera regular la temperatura del agua a su antojo, pero con el asedio de Iraz y la rebelión de las facciones, no tuvo ocasión para llevar mi idea a la práctica.

Karadur sacudió la cabeza tristemente.

—Con todas esas nuevas invenciones salidas de la Casa de la Sabiduría, de aquí a algunos siglos nuestra esfera se parecerá al mundo futuro donde todo son máquinas zumbantes y traqueteantes y donde la magia no tiene cabida. Rezo cada día para no encarnarme en un mundo así.

—Yo procuro hacer lo mejor que puedo, ya sea con la magia o con la mecánica —dijo Jorian encogiéndose de hombros—. Al menos, debemos dar gracias a la monstruosa obesidad de Ishbahar, pues ella nos permite gozar de esta enorme bañera en la que los dos podemos dormir cómodamente. ¿Sabéis cómo la hizo construir?

—No, hijo mío. Por favor, cuéntamelo.

—Cuando Ishbahar accedió al trono, ya era bastante gordo pues, desde su infancia, su pasatiempo favorito fue comer. Así que, en la noche siguiente a su coronación, estaba agotado tras toda una jornada de pie, cumpliendo con todos los gestos exigidos por el ceremonial y respondiendo adecuadamente a los sacerdotes de los cultos principales. Ordenó, en consecuencia, a sus lacayos que le preparasen un baño y le pidió a su esposa favorita que le esperase en la alcoba real.

»La bañera real, sin embargo, había sido concebida para su predecesor, Shashtai VIII, que era bajo y delgado. Ishbahar metió un dedo en el agua y la encontró a su gusto. Con un suspiro de anticipado placer, subió a la escalerilla plegable preparada por los lacayos y se metió en el baño. Pero, ¡ay!, mientras se hundía, se encontró estrechamente estrujado entre los bordes de la bañera. Llamó a un criado: "¡Esto no nos vale! ¡Somos picadillo real! ¡Ayudadnos a salir, por favor!" El servidor tomó el brazo del soberano y tiró de él con todas sus fuerzas, pero en vano. La conjunción del enorme peso del monarca y de las paredes inclinadas de la bañera mantenían a Ishbahar totalmente inmovilizado.

«Llamaron a otros criados al rescate quienes, todos juntos, tiraron de los brazos del rey, pero sin resultado. Llamaron a un guardia para que metiese el extremo de la lanza bajo el real trasero y usar el arma como palanca. Ishbahar soportó valientemente el dolor, sin dejar escapar más que unos pocos gemidos, pero no por ello se desprendió. Dos lacayos se apresuraron a apretar la alabarda junto con el guardia, pero no consiguieron otra cosa que romper el mango.

»El rey ordenó entonces que despertaran al ingeniero en jefe de la Escuela de la Materia, uno de los departamentos de la Casa de la Sabiduría. Este, tras reflexionar un momento, dijo:

»—Majestad, puedo sacaros de ahí. Nos bastará con practicar un agujero en el techo e instalar una polea de doble cuerda. Luego, atando las cuerdas bajo las axilas y los muslos de Su Majestad, os sacaremos de tan molesta situación en un momento.

»— ¿Cuánto tiempo llevará eso? —preguntó el rey Ishbahar.

»El ingeniero reflexionó unos momentos en la pregunta y contestó:

»—Si Su Majestad está de acuerdo, considerando el tiempo necesario para dibujar los planos y reunir el material, estoy convencido de que os podremos sacar de ahí dentro de quince días.

»—Y, mientras tanto, ¿nos quedamos aquí macerándonos? —Preguntó Ishbahar—. ¡Vamos, vamos, amigo mío! Llamad al director de la Casa de la Mente.

«Trajeron al brujo en jefe de la Casa de la Mente, un implacable rival del ingeniero en jefe de la Casa de la Materia. El encantador declaró:

»—¡Su Majestad, tengo exactamente lo que necesitáis! Se trata de un encantamiento de levitación que acabo de poner a punto y que puede levantar hasta tres talentos de peso fácilmente. Permitidme ir a buscar mi material y todo irá bien.

»Así, pasada la medianoche, el mago ordenó que todos saliesen del baño real para que empezase sus encantamientos. Quemó unos misteriosos polvos en un caldero de donde escapaban volutas de humo multicolor que se retorcían y ondulaban como serpientes fantasmagóricas. Salmodió unas palabras místicas y de las paredes salieron sombras que no podían ser proyectadas por ningún cuerpo sólido. Las colgaduras se alzaron y las llamas de las velas vacilaron sin que soplase ningún viento.

»Al fin, el brujo pronunció las tres palabras mágicas y el rey Ishbahar se levantó; pero la bañera se levantó con él, anclada aún firmemente a las anchas caderas reales. El director de la Escuela de la Mente, agotado, tuvo que dejar que bañera y rey volvieran al suelo. Hay que observar que aquella bañera no tenía ni grifos ni cañerías, por lo que podía moverse fácilmente.

«Entonces, la esposa favorita del rey, una tal Haziran, acudió a ver lo que retenía tanto tiempo a su señor. Encontró al monarca hincado en la bañera, rodeado por el ingeniero en jefe, el brujo en jefe y todos los criados, lamentándose en grupo de su incapacidad para sacar al rey de tan penosa situación. Se limitaban a proponer experiencias desesperadas, como dejarle sin comer hasta que hubiera adelgazado lo suficiente como para salir de allí como un corcho de una botella.

«Haziran reflexionó unos instantes y luego gritó:

»— ¡Sois una pandilla de imbéciles! Esa bañera es de cerámica, ¿no? Criados, sacad el agua. Y vos, doctor Akraba —el ingeniero en jefe—, id a buscar a toda prisa un martillo pesado.

»—Haced lo que os pide —dijo Ishbahar—. Esta maldita bañera nos está cortando la circulación.

«Cuando llevaron el martillo, los criados, con ayuda de cazos, tazones y esponjas, habían vaciado toda el agua. Haziran golpeó la pared de la bañera en el lugar en que ésta apretaba las reales caderas y, con un enorme crujido, se rompió en varios pedazos. Ishbahar lanzó un grito de dolor por el impacto, pero recoció después que una pequeña moradura era un precio muy barato por su liberación. Se secó, abrazó a Haziran y la condujo hacia la alcoba real. Era una mujer equilibrada, y si no hubiera muerto de viruela unos años más tarde, habría librado al pueblo de muchos tormentos aconsejando a Ishbahar prudentemente.

»Ishbahar encargó una nueva bañera. Y, aquella vez, veló porque fuera lo suficientemente grande como para que, por mucho que engordase, no volviera a correr el riesgo de quedar encajado en ella. En los años siguientes, cuando los funcionarios de la Casa de la Sabiduría acudían a lamentarse de que el monarca les hubiera suspendido las asignaciones, éste no dejaba nunca de responderles:

»— ¡Ah! ¡Con toda vuestra pretendida sabiduría, vuestros genios fueron incapaces de sacarnos de una bañera!»

—Un cuento muy edificante —declaró Karadur—. Pero, ¿por qué la hizo fabricar de cobre? Debió costarle carísima.

—Se trataba de una decisión política. Sus agentes estaban en una postura de fuerza con el Gremio de Alfareros sobre los impuestos y le encargaron la bañera al Gremio de Caldereros, para que Ishbahar les enseñase a los alfareros quién era el que mandaba.

—Bien, y ahora volvamos a nuestros propios planes —dijo Karadur—. ¿Cómo subirás a la reina a la bajera? Por fuerte que seas, dudo que puedas trepar por la cuerda con una mano sujetando a tu bienamada con la otra.

Jorian frunció el ceño.

— ¡Caramba, no lo había pensado! Creo que la mejor solución sería que ella me agarrase por el cuello para que así yo tuviera las manos libres.

— ¿Te imaginas que vas a levantar los dos pesos conjugados?

—Si no es así, tendremos que ir colgados de la cuerda hasta que deis con un lugar donde posarnos.

— ¡No podrás ir balanceándote en el vacío hasta que salgamos de Xylar! ¡El trayecto llevará horas! Y si aterrizamos antes de salir de este reino, Gorax nos abandonará y tendremos que huir a pie.

—Hmmm —dijo Jorian.

Tras unos instantes de silencio, continuó:

— ¡Lo he encontrado! Hay un castillo en ruinas, supuestamente embrujado, a diez leguas al sur de la ciudad de Xylar. Fue construido en la época feudal por un tal barón Lorc. La muralla que lo rodea aún está en pie. Gorax podría dejarnos allí, a Estrildis y a mí, y luego poner la bañera a nuestra altura para que pudiéramos abordarla. Si le vigiláis y no toca el muro, no podrá pretender estar libre de sus obligaciones.

—No me gusta —rezongó Karadur—. Los demonios son seres muy astutos, particularmente aquellos a los que no podemos ver. ¿Qué es esa historia del castillo encantado?

—Un simple rumor, una vaga leyenda. Probablemente, no habrá nada de verdad en todo ello. Y si algún espíritu malévolo acechara en aquellos lugares, confío en vos para protegernos mediante vuestra magia.

El brujo se acarició la barba, pensativo.

— ¿Por qué no llevar la bañera al techo del palacio, lo mismo que propones hacer en el castillo del barón Lorc? —preguntó.

—Porque el techo está en pendiente y cubre casi toda la terraza. Además, no tiene asidero alguno. Solo, quizá me arriesgaría a deslizarme por las tejas para saltar a la bañera, pero no puedo exigirle lo mismo a Estrildis.

— ¡Maldición! Dime, muchacho, ¿no podrías dejarme al

otro lado de la frontera, en Othomae, donde te esperaría? Le daré instrucciones a Gorax para que te obedezca.

— ¡Ni hablar! —replicó el ex rey de Xylar—. Os necesito para dirigir esta nave aérea mientras bajo a buscar a mi amada. ¡Vamos, valor, viejo amigo! Hemos salido de situaciones más peligrosas.

—Habla por ti, mi joven amigo —se quejó Karadur—. Tú estás hecho de muelles de acero y barbas de ballena, pero yo soy viejo y débil. No sé cuántas más hazañas podré soportar.

—En todo caso, no os quejaréis de que la vida a mi lado resulta monótona.

—No. Pero a veces sueño con una existencia feliz, tranquila y mortalmente monótona.

Era más de medianoche y una media luna plateada se empezaba a alzar cuando Jorian vio las luces que resplandecían a lo lejos y a su izquierda.

—Me parece que la ciudad de Xylar está allí abajo —declaró—. ¡Ordenadle al demonio que vire a babor ahora mismo! Ha fallado sus cálculos en más de una milla.

La bañera, obedeciendo a las órdenes mentales del mulvaniano, cambió de rumbo. Las luces no tardaron en acercarse y multiplicarse. Algunas provenían de las ventanas de las casas, otras de las lamparillas de aceite que Jorian, durante su reinado, hizo erigir sobre postes en las calles principales. Aquella fue la primera tentativa de iluminación pública, y antes de ello, los habitantes, al menos los que no eran lo suficientemente ricos como para pagar guardias personales y portaestandartes, acostumbraban a quedarse en casa durante la noche al abrigo de sus puertas acerrojadas.

—Debemos bajar la voz —murmuró Jorian.

Luego, susurrando sus instrucciones a Karadur, que se las transmitía mentalmente a Gorax, empezó a guiar la bañera hacia el palacio real, acercándose primero a la torre antes de dirigirse a la alcoba de la terraza.

—No hay guardias en el techo —siseó—. Perfecto.

Llevó el extraño navio a seis codos por encima de la pequeña terraza situada en el extremo de la alcoba y, mientras Karadur situaba la bañera exactamente en el lugar que Jorian deseaba, éste ató un extremo de la cuerda alrededor del grifo y lanzó el resto por la borda. Luego, se dispuso a descender.

— ¿Sin espada? —murmuró el viejo brujo.

—No. Podría hacer ruido, o golpear en los muebles, y traicionarme. Si se da la alarma y los guardias empiezan a perseguirme, la espada no me serviría contra muchos.

—Sin embargo, en las epopeyas —dijo Karadur, soñador—, los héroes siempre abaten a centenares de feroces enemigos con una sola mano.

—Esos relatos, como saben todos los que luchan con la espada, son puras mentiras. Tomad a cualquier héroe legendario, por ejemplo Dauric, y... No hago más que hablar y ha llegado el momento de pasar a la acción.

—Ese es tu principal defecto, hijo mío. La lengua será tu perdición.

—Quizá, pero hay peores defectos que el exceso de locuacidad. La razón por la que hablo tanto es...

—Jorian! —exclamó Karadur con una vehemencia desacostumbrada—. ¡Cierra, la boca!

Reducido al fin al silencio, el ex soberano de Xylar se dejó deslizar por la cuerda. Las suelas de sus botas tocaron sin ruido el pavimento de la terraza.

Se deslizó hacia la puerta de la alcoba, buscando las ganzúas en la bolsita. Había aprendido a usar aquellos instrumentos en el año precedente a su evasión de Xylar. Una maga le profetizó que estaba destinado a ser o rey o aventurero. No tenía muchas ganas de ser ni lo uno ni lo otro, pues su única ambición consistía en convertirse en un artesano próspero y respetable, como su padre, Evor el Relojero. Pero las circunstancias quisieron que, de mejor o peor gana, debiera asumir los dos papeles predichos.

Jorian se convirtió en rey de Xylar al atrapar por azar

la cabeza de su predecesor cuando ésta fue arrojada a la multitud desde el cadalso. Y, como era evidente que no podría reinar indefinidamente teniendo en cuenta las leyes xylarianas de sucesión, decidió prepararse para ser el mejor aventurero posible. Se entrenó para aquel fin tan racional y perfectamente que acabó siendo un experto en dominios tales como las ciencias, las artes y el derecho.

Estudió lenguas extranjeras, practicó las artes marciales y contrató los servicios de un buen puñado de malandrines, entre ellos un carterista, un falsificador, un bandido, un líder religioso, un contrabandista, un tenor y dos saltimbanquis para que cada uno de ellos le enseñase su especialidad. Puesto que los dioses no le permitían interpretar el papel de un burgués trabajador y respetuoso de las leyes, cosa a la que aspiraba, al menos procuraría desempeñar competentemente el papel de rey que le habían impuesto.

Sin embargo, en aquella ocasión, no necesitó recurrir a las ganzúas, pues la puerta no estaba cerrada. Movió, sin más, el pomo y la puerta se abrió con el más ínfimo de los chasquidos.

Recordaba muy bien el diseño de la alcoba, pues vivió en ella en el pasado. Cada noche hacía que le llevaran a una de sus cinco esposas. Para evitar los celos, compartían su cama por riguroso turno, pero el sistema dejaba de funcionar cuando alguna, o algunas, de sus mujeres estaba encinta o enferma, por lo que nunca dejaba de haber disputas acerca de quién debía ocupar el puesto de la ausente. Finalmente, Jorian resolvió el problema declarando que le gustaría disfrutar de una o dos noches de descanso.

Penetró en el salón al que daban otras dos habitaciones, un baño y una escalera que permitía bajar al segundo piso del palacio. El tiempo, en otoño, resultaba agradable, y las puertas de las habitaciones se encontraban entreabiertas. En una de ellas, supuso Jorian, descansaría su Estrildis y, en la otra, su dama de honor, fuera quien fuese.

No lucía ninguna luz en aquellas habitaciones y el pálido claro de luna no bastaba para traspasar las tinieblas. Jorian se preguntó cómo determinar en cuál de las dos habitaciones dormiría su bienamada. Era imprescindible que no despertase por error a la dama de honor. Debería avanzar sobre las puntas de los pies hasta el umbral de cada cuarto, echar un vistazo al interior y, si seguía con dudas, acercarse a la cama lo suficiente para zanjar la cuestión. No conocía a la dama de honor, pero esperaba que, al menos, fuese morena, lo que permitiría distinguirla claramente de la rubia Estriláis.

Se dirigió hacia la puerta de la izquierda y tropezó en un obstáculo invisible. Había presumido, sin reflexionar mayormente en el problema, que todos los muebles ocuparían el mismo sitio que ocupaban cuando huyó de Xylar. Había olvidado contar con aquella pasión de las mujeres de arreglar sin cesar los interiores de las casas.

El objeto que golpeó se derrumbó con un fragor apocalíptico. Jorian consiguió no perder el equilibrio y sofocó un juramento al notar que se había herido la tibia.

Antes de que tuviera tiempo de dar otro paso, un terrible concierto de ladridos y gruñidos furiosos estalló en la habitación de la izquierda; distinguió, brillantes en el claro de luna, los ojos ardientes y los desnudos colmillos de una bestia que saltó hacia él.

Al no estar armado, Jorian se apoderó de la silla con la que se había golpeado y la blandió, apuntando con las patas hacia el perro de guardia que se lanzaba contra él. El animal le golpeó con tanta fuerza que ex rey se cayó, volviendo al suelo, intentando rodear el obstáculo que le impedía alcanzar su presa.

De las dos habitaciones salieron voces de mujeres.

— ¿Quién anda ahí? ¡Auxilio! ¿Quién sois?

Jorian percibió el chasquido de un mechero de yesca y una luz se encendió en la habitación de la izquierda.

Una fantasmagórica silueta se alzó en el umbral y una voz femenina que Jorian no conocía empezó a chillar:

— ¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Al asesino!

La mujer se precipitó hacia las escaleras y desapareció.

Estrildis, pequeña, rechoncha y rubia, se encuadró en el quicio de la puerta de la derecha con una vela en la mano.

Procurando mantener al perro a respetuosa distancia, Jorian aulló:

— ¡Querida! ¡Soy yo, Jorian! ¡Llama al perro!

— ¡Oh! —exclamó la pequeña reina—. Aquí, Thóy. Así, buen perro, perrito bueno.

El animal, que a la luz de la vela apareció como un enorme mastín shveniano, retrocedió sin dejar de gruñir. Estrildis le tomó por el collar y preguntó:

— ¿Qué haces aquí, Jorian? No esperaba...

Los aullidos de la dama de honor cubrieron su voz.

— ¡Auxilio! ¡Al ladrón! ¡Al asesino! ¡Salvad a la reina!

— ¡Amor mío! —bramó Jorian—. He venido a buscarte. ¡Ven, antes de que los guardias nos rodeen!

—Pero cómo...

— ¡Poco importa! ¡Deja el candelero y ata al perro!

—Pero quiero saber...

— ¡Basta, mujer! Si no vienes ahora mismo...

Un chasquido procedente de la escalera interrumpió a Jorian. Los hombres invadieron el salón. Sus armaduras proyectaban destellos dorados a la luz de la vela.

— ¡Cogedlo! —ordenó la voz de un soldado.

Jorian distinguió tres espadas desnudas que apuntaban hacia él, luego, muchas más. Se dirigió a la terraza, se impulsó y saltó para agarrar la cuerda que se balanceaba lo más alto que pudiera.

— ¡Karadur! —gritó—. ¡Súbenos! ¡Deprisa!

Empezó a subir a fuerza de muñecas. La bañera se alzó. Pero, antes de que el extremo de la cuerda estuviera lejos de su alcance, uno de los guardias, mordiendo la espada con los dientes, consiguió aferrarse a ella y empezó a trepar.

El ascenso de la bañera se frenó. Otras siluetas armadas aparecieron en la terraza. Una de ellas intentó sujetar la cuerda, pero ésta se le escapó.

Jorian bajó la vista para mirar el rostro del guardia que subía tras él. Creyó reconocer aquel mostacho puntiagudo.

—Eres Duvian, ¿verdad? —preguntó—. Soy Jorian. ¿Te acuerdas?

El hombre, a causa de la espada, sujeta aún entre los dientes, no pudo emitir otra cosa que un vago gruñido.

De abajo, se alzaron nuevas voces:

— ¿Quién tiene una ballesta?

— ¡Ve a buscar una, cretino!

—Lo mejor será que abandones —le aconsejó Jorian al guardia—. Si todavía estás aquí cuando despeguemos, te obligaré a soltarte a patadas o cortaré la cuerda y una caída, desde tan alto, no te causaría otra cosa que la muerte.

El soldado, con la cuerda en la mano izquierda y enrollando las piernas alrededor de la maroma, tomó la espada con la derecha e intentó alcanzar a Jorian, declarando:

— ¡Debo cumplir con mi deber, mi rey, por penoso que sea!

Su rey le dispensó una patada y la espada cayó de la mano del guardia. Golpeó ésta en las tejas, se deslizó a lo largo del tejado y desapareció en el vacío para aterrizar en la calle estrepitosamente.

Jorian se deslizó por la cuerda para lanzar una nueva patada contra el rostro del soldado. Falló, pero el hombre se soltó y cedió unos cuantos codos antes de caer en la terraza. Cayó sobre uno de sus compañeros y ambos rodaron por el suelo entre un chirrido de cota de mallas. Los ecos de una furiosa disputa estallaron entre la soldadesca y la riña continuó mientras la bañera seguía ascendiendo.

El chasquido de una ballesta se dejó oír y un dardo pasó silbando muy cerca de Jorian. Este trepó aún más deprisa y no tardó en llegar al borde de la bañera. Otra saeta golpeó el extraño vehículo aéreo, haciéndolo resonar como una campana. Jorian pasó la mano sobre el metal en el punto del impacto y sintió un bulto allí donde la flecha de hierro alcanzó el cobre.

—Si nos retrasamos —dijo con voz jadeante—, acabarán por traer una catapulta. ¡Decidle a Gorax que nos aleje de aquí con toda su demoníaca velocidad!

— ¿En qué dirección?

—Hacia Othomae. Ordenadle ir hacia el este. Como habéis apuntado, allí tenemos algunos amigos.

Una flecha rozó el fondo de la bañera, pero no tardaron en estar lejos de su alcance. Con la media luna a babor, enfilaron en la noche hacia levante. Jorian se quedó silencioso durante un momento, respirando profundamente, hasta que declaró:

— ¡Que la peste y la viruela acaben con los xylarianos! ¡Por las pelotas de bronce de Imbal, me gustaría prender fuego a esta maldita ciudad! ¿Qué decía ese sabio mulvaniano sobre que siempre hay que esperar lo peor? Tengo toda la mala suerte del mundo. Elidora debió encantarme. Es como una comedia de Physo. Primero, tropiezo en una silla en la oscuridad; luego, Estrildis se las arregla para lanzar contra mí un perro como un león que no me conocía y, además...

—Hijo mío —le interrumpió Karadur con un gemido—, por favor, ahórrame el relato hasta mañana. Tengo que descansar hasta el alba. No puedo estar sin dormir como hacía a tu edad.

El brujo se cubrió con la manta y no tardó en ponerse a roncar. Cuando al fin se calmó, Jorian descubrió que podía sonreír. Compuso mentalmente una ligera cantinela:

Un héroe que quería salvar a, su esposa

Como siempre había soñado,

Tropezó con una silla

Y se armó mucho revuelo

Y hubo de huir para salvar la vida.

Como no había nadie que pudiera escuchar el relato de su abortada tentativa de salvar a Estrildis, Jorian se resignó y se unió en el sueño a su compañero.







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