Ideología política de la Bascongada y el Despotismo Ilustrado



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Ideología política

de la Bascongada

y el Despotismo Ilustrado

P


JUAN BAUTISTA OLAECHEA

or evidentes razones se suele designar al siglo XVIII como el Siglo de las Luces, pero eso no implica para que en dicho período hubiese también sombras. Luz y sombra, esplendor y mezquindad, sabiduría e ignorancia; en resumen, la con­tradicción propia de la contingencia, inserta en la naturale­za y en el desarrollo general del proceso humano tanto individual como colectivo, sin exceptuar la centuria del Despotismo Ilus­trado.




«El carácter contradictorio del Siglo de las Luces se manifiesta en el forcejeo que se va produciendo en la segunda parte del mismo entre dos corrientes de la teoría política.»
A pesar del optimismo descollante de la época, Sarrailh en su magnífico estudio escribe que el XVIII es un siglo en el que tanto abundan las con­tradicciones, en el que se enfrentan es espíritu académico y el espíritu revolucionario, la afición al reglamento y el amor a la libertad. Más por menudo, las contradicciones se podrían extender a la dialéctica del racionalismo y del romanticismo, al equilibrio inestable de la tradición y de la renovación y, con más neto acento político, a la contradicción intestina entre el despotismo y el populismo como preludio descarnado de un nuevo orden de relaciones de poder que conducirá al enfrentamiento de dos talantes dictatoriales, doctrinal el uno, con la teoría del absolutismo de origen divino, y táctico o metódico el otro, con la imposición revoluciona­ria al dictado de la razón natural.

Ubicación histórica de la Sociedad La vida de la Real

Sociedad Bascongada de los Amigos del País se desen­vuelve fundamentalmente en la segunda parte del siglo de las Luces que corresponde al período histórico de la máxi­ma exaltación del Despotismo Ilustrado. Prescindiendo de lo que, en honor a las inclinaciones musicales del Conde



«No cabe dudar de que tanto la

Real Sociedad Bascongada

como las demás Sociedades de

Amigos del País que se fundan

en adelante son hijas de la

Ilustración, no fruto del

Despotismo.»

de Peñaflorida y de sus contertulios vespertinos de Azcoi-tia, podríamos llamar preludios, la Real Sociedad Bascon-gada de Amigos del País fue fundada en el año de 1764. Esa es la fecha de fundación que se considera oficial y se anota en la «Historia de la sociedad», inserta al comienzo del Ensayo que la Sociedad publicó en 1766. La mencio­nada fecha de fundación corresponde al compromiso con­traído por un grupo de notables vascongados reunidos en Vergara con motivo de la bula relativa al mártir guipuzco-ano San Martín en la que se tomaba partido de un hecho de carácter histórico discutido en favor de la naturaleza vergaresa del santo, y en consecuencia en favor de su ape-



llido de Aguirre, en contra de quienes lo hacen nacido en Beasain y de apellido Loinaz. Para celebrar el acontecimiento, la villa organizó importantes festejos que lograron congregar gran número de personas de todas clases y entre ellas a muchos caballeros venidos de las tres pro­vincias vascas. Los Extractos de la Sociedad reflejan conmovidos estos acontecimientos y dejan constancia de la primera representación de la ópera cómica «El borracho burlado», compuesta por el Conde de Peña-florida, y de otra ópera también cómica, traducida del francés por el mismo Javier María de Munibe y puesta en escena por él mismo, quien tuvo que competir con una gran corrida de toros, «dejando patente que la dulce y armoniosa del teatro parece la diversión más natural, a lo menos en el hombre civilizado». Aproximadamente esa misma fecha podría ser considerada como la del arranque de la curva ascendente de la consolidación del Despotismo Ilustrado, cuyo núcleo de mayor densi­dad en España se desarrolla en el reinado de Carlos III (1759-1788), cul­minando la labor reformista realizada por sus predecesores en el trono Felipe V y Fernando VI.

Despotismo ilustrado o Ilustración Despótica: ¿Tanto monta? ei

carácter contradictorio del Siglo de las Luces se manifiesta en el forcejeo que se va produciendo en la segunda parte del mismo entre dos corrien­tes de la teoría política. Por un lado está la doctrina del origen divino del poder real, sin mediación ni intervención previa o posterior del cuerpo social e independiente de cualquier otra instancia como la Iglesia, cuyo protagonismo en este campo se consideraba totalmente superflua, mien­tras que ella sí puede sentirse necesitada del auxilio del poder secular. Esta teoría, con sus notas peculiares, recibe el nombre de Despotismo Ilustrado. Se opone a ella otra teoría, cuyas raíces podrían remontarse a ciertos autores medievales como el sorprendente Marsilio Patavino, pero se fundamenta sobre todo en la razón natural para defender al pueblo como depositario del poder, el cual no cabe ejercer sino por delegación. Esta última teoría no había llegado todavía en aquellas fechas a su punto de madurez para que se realizase en la práctica sin estridencias ni vacilaciones en los viejos países europeos. La inercia ten­dente a perpetuarse de las instituciones políticas y la innegable aureola y





«El significado directo del Despotismo Ilustrado se suele centrar en la segunda parte del reinado de Luix XV (1722-1774), y se le hace terminar de la forma trágica conocida por todos en la Revolución Francesa»
prestigio de la monarquía no invitaban en absoluto a la aventura del cambio. De este modo, la situación de hecho favorecía a los defensores de la primera teoría, cuyos per­sonales beneficiarios habrían de tratar con el máximo empeño en defender las singulares atribuciones y poderes heredados e incluso en fortalecerlos concentrando en sus manos todos los resortes posibles del poder, ejercido tanto personalmente o bien a través de ministros de amplia for­mación humanística y científica que por sus ideas y por su trayectoria personal se hacían acreedores a la confianza de sus monarcas en el objetivo de lograr el progreso polí­tico, económico y social propugnado por los ideales ilus­trados.

En respuesta a la disyuntiva enunciada en el epígrafe habría que señalar la diferencia entre ambos incisos. El despotismo con cualquier calificativo que se le añada es siempre fruto de la imposición forzada y de naturaleza unilateral. La Ilustración, sin embargo, se viste de las galas del voluntarismo en ambos sujetos, agente y paciente, y no admite calificativos de significado impositivo. Por eso no cabe dudar de que tanto la Real Sociedad Bascongada como las demás Sociedades de Amigos del País que se fundan en adelante son hijas de la Ilustración, no fruto del Despotismo.

Panorama político de Europa En el mapa político de Europa predo­minan los sistemas que encarnan la doctrina del Despotismo Ilustrado con el denominador común de pretender fortalecer su poder aprove­chando o ampliando incluso los recursos posibles de control social. En Francia, la cuestión venía de lejos, desde el anterior «Siglo de Luis XIV», por utilizar el título de una de las grandes obras de Voltaire, sin resignación alguna en la pretensión de sus sucesores, pero con menos resplandor personal. Pese a ello, el significado directo del Despotismo Ilustrado se suele centrar en la segunda parte del reinado de Luis XV (1722-1774), y se le hace terminar de la forma trágica conocida por todos en la Revolución Francesa. De modo similar, la inspiración de la doctrina referida marcó de manera decisiva la política absolutista de la emperatriz María Teresa y de su sucesor en el trono imperial vienes, José II. En Rusia, Catalina II asumió sin resquicios todo el poder en sus manos y modernizó el aparato estatal de la autocracia. La gran zarina fue, sin embargo, una de las figuras políticas más cultas y preparadas de su época y, segura de su firme asentamiento en el trono, se dejó llevar de su gran admiración por los filósofos y enciclopedistas franceses e implantó en la corte rusa los gustos y las modas de la Europa occidental. Parecida admiración embargó al rey Federico II el Grande de Prusia, amigo de Voltaire y de otros filósofos, lo cual estuvo lejos de impulsarle a renunciar a sus atribuciones políticas absolutas, si bien las supo com­paginar con importantes reformas en favor del desarrollo socioeconómi­co de sus subditos.

En el vecino Portugal, la política imperante se guiaba por los mismos principios, puestos en práctica por el Marqués de Pombal en nombre de José I. En el reino de la misma familia borbónica de Ñapóles ocurría algo de lo mismo con el protagonismo absorbente del ministro Tanucci. En resumen, la mayor parte de las potencias continentales europeas con las que la Bascongada mantenía algún tipo de conexión y estaban en su punto de mira, incluyendo a Suecia, se regían por un sistema de monar­quía absoluta en la modalidad del Despotismo Ilustrado. No obstante, dentro de las rutas europeas promovidas por los Amigos vascos había algunas excepciones de países que podían presentar ante los ojos la posi­bilidad de otra clase de regímenes.

Una de esas excepciones era Suiza, donde convivían en una unión políti­ca bastante sutil una serie de cantones, algunos de ellos con una organi­zación casi democrática y otros más bien aristocrática, en los cuales ostentaban la representación del cuerpo social un grupo minoritario de patricios. La situación política de la colectividad suiza en cuanto tal era un hecho cuando menos curioso, pues los débiles vínculos federales de los diversos cantones se mantenían a pesar de las notables diferencias de todo tipo existentes entre ellos. En contra de lo que pueda pensarse, las diferencias más conflictivas no eran de carácter étnico, sino religioso, pues la vieja rivalidad entre los cantones católicos y protestantes no se había aplacado del todo, y también de carácter social a causa de violen­tos conflictos en algunas regiones, en especial en Ginebra, entre ricos y pobres, entre campesinos y urbanícelas e incluso entre comerciantes y artesanos.


«Dentro de las rutas europeas

promovidas por los Amigos

vascos había algunas

excepciones de países que

podían presentar ante los ojos

la posibilidad de otra clase de


regímenes.»
En los Países Bajos el siglo XVIII produjo también numerosas alternati­vas. Aquellas tierras ganadas en su mayor parte al mar y no siempre de nivel superior a éste, recibían asimismo el nombre significativo de Pro­vincias Unidas. En la primera mitad de dicha centuria imperó en ellas el régimen republicano hasta que en 1747 las tropas francesas de Luis XV pusieron en el trono a Guillermo IV como estatúder. Diez años después adviene su hijo Guillermo V, quien es destronado en 1786 por el llama­do Partido Patriótico.

Era éste un partido minoritario, pero de gente inquieta y muy decidida, compuesta de nobles y burgueses admira­dores de Rousseau y de la revolución americana, a la que las Provincias Unidas no dejaban de prestar importante ayuda no sólo por la rivalidad hacia la potencia naval bri­tánica, sino también porque entonces las más notables familias de Nueva York conservaban el orgullo de su ori­gen neerlandés. Estaba igualmente el grupo o partido de los «orangistas», partidarios del régimen monárquico o del estatúder de dicha dinastía y favorables al reforza­miento del poder ejecutivo con cierta aproximación al régimen del Despotismo Ilustrado en versión más bien calvinista y opuestos a las nuevas ideas filosóficas. Apoya­ban este partido la nobleza tradicional y el influyente grupo de judíos, además de los proletarios de las provincias marítimas por hostilidad a los «regentes». Estos últimos componían el tercer partido, llamado de ese modo por la




«Las familias de la alta nobleza y otras simplemente de buena posición enviaban a sus hijos a la salida de la pubertad a recorrer, acompañados de un preceptor o ayo, los centros europeos de mayor interés.»

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participación numerosa de administradores de entidades locales. Se trataba de burgueses de tendencia liberal «sui generis», pero no demócratas, pues querían gobernar ellos con exclusión de las demás gentes y reducir los poderes del Estatúder a sólo funciones ejecutivas y el mando de las fuerzas armadas.

La situación política en Gran Bretaña con la división entre los whigs y los tories es más conocida y, además, resulta de menor empeño en nuestro caso porque las islas venían a ser menos accesibles, no por dificultades de orden físico, sino político, pues, aparte de las alianzas borbónicas de los Pactos de Familia, se daban otros motivos de rivalidad endémica y choques de intereses nacionales.



El ufan de Viajar y Conocer La somera descripción del panorama político del continente europeo no es pretenciosa erudición o simple dato enciclopédico, sino que viene al caso si se tiene en cuenta las expe­riencias de los periplos de tantos jóvenes que recorren los referidos paí­ses con el fin de completar su formación y aprender de otros pueblos los adelantos de la técnica y de las ciencias. Las familias de la alta nobleza y otras simplemente de buena posición enviaban a sus hijos a la salida de la pubertad a recorrer, acompañados de un preceptor o ayo, los centros europeos de mayor interés. José de Viera y Clavijo fue uno de los afor­tunados ayos elegido para acompañar al hijo del marqués de Santa Cruz en su recorrido por Francia y Flandes. El botánico Cavanilles recibió el encargo de educar a los hijos del Duque del Infantado mientras éste desempeñaba la embajada de París. Uno y otro sabio supieron sacar buen partido de los encargos recibidos, tanto para adquirir ellos mismos nuevos conocimientos en las ciencias físicas y naturales y comunicarlos luego en sus escritos, como en cumplir sus funciones pedagógicas con unos alumnos que resultaron aprovechados. No tuvo igual suerte el con­de de Peñaflorida con el abate Cluvier, el disipado ayo que contrató para acompañar a su hijo Ramón por su aventura europea.

Después de una estancia preparatoria en el colegio de los jesuitas de Toulouse, que a su padre le pareció demasiado breve, Ramón y su ayo emprenden su largo viaje para «instruirse en las ciencias útiles», según recomendación epistolar paterna, y hacer como de embajador científico de la Bascongada, pero con gastos a cargo de su padre. En Burdeos, «el Bilbao de Francia», se hace notar por un incidente teatral. En París toma contacto con el español Pedro F. Dávila, dedicado con afán a crear un gabinete de Historia Natural; con el científico Adanson, célebre por las observaciones hechas en el Senegal, Canarias y Azores y con su esposa de dieciocho años, «la mejor y la más linda pieza del gabinete de su marido», según el abate Cluvier, la cual le lleva consigo al teatro. Nopor eso dejó de asistir atento a los cursos del científico, a quien hace otorgar la patente de miembro de la Bascongada. El mismo honor reca­ba para el químico Rouelle, cuyas lecciones recibe igualmente. A princi­pios de 1771, escribe al secretario perpetuo Olaso exponiendo la conve­niencia de crear una biblioteca y un gabinete de ciencias naturales. En abril emprende otro viaje para recorrer durante un mes las minas de la región de Namur y de Lieja y visitar Holanda. Desde Amsterdam envía a la Sociedad un «cajón de minas y curiosidades de naturaleza». Vuelve a París y en breve se dirige a Estocolmo donde permanece varios meses para asistir a cursos de mineralogía y visitar minas. Es recibido en Upsa-la por Linneo y, protegido por el conde de Lacy, ministro de España, es admitido como miembro de la Academia de Ciencias de Estocolmo. Existe un posible viaje a Inglaterra y uno seguro a Alemania y Austria, donde visita más minas y frecuenta cenáculos del saber. En Viena tiene




«No tuvo igual suerte el conde de Peñaflorida con el abate Cluvier, el disipado ayo que

contrató para acompañar a su

hijo Ramón por su aventura


europea.»
el honor de ser presentado a Mana Teresa y a José, dechado del Despotismo Ilustrado imperial. En esta mis­ma ciudad recibe una misteriosa herida que no le impide visitar Turín, Venecia y Roma, pero a resultas de la misma fallece poco después de su regreso a casa. El periplo del joven Munibe sirve de ejemplo de otros viajes que realizan el Marqués de Narros por su propio cuenta y Fausto de Elhuyar por la de la Sociedad por los mismos países y por otros más como Hungría, Bohemia, Polonia, etc.

La mirada al exterior de la Bascongada Los anhelos y afanes de la Ilustración por los conocimientos científicos y culturales estaban ordenados en general hacia fines utilitarios de progreso y de aplicación mediata o inmediata para el aumento de la riqueza. En función de esta visión práctica, la corona y otros orga­nismos de carácter público o privado buscan el fomento de la ciencia como nuevo mito salvador de la humanidad. A ese efecto, se pretende echar mano de todos los recursos posibles y entre ellos aprovechar las experiencias realizadas en los países más progresistas de nuestro conti­nente. Un medio para adquirir este conocimiento era enviar a los referi­dos países a gente capacitada para asumir dichos conocimientos, espe­cialmente de jóvenes, para quienes se crean numerosas becas de estudio o bolsas de viaje con finalidades generalmente concretas. La Real Socie­dad Bascongada tenía que participar, dada su razón de ser, como el que más en esta clase de iniciativas y llegó a fundar un buen número de becas con la preocupación especial por las ciencias aplicadas. En los Extractos de 1776 figuran, por ejemplo, Antonio María de Munibe y José de Eguía enviados a París a estudiar química. Otro becario de la Sociedad estudió con Lavoisier y fue profesor en el seminario de Verga-ra y luego pasó al Instituto que fundó Jovellanos en Gijón. En una junta de la Sociedad Bascongada se dice que el camino más breve para llegar al perfecto conocimiento de la economía del hierro, fuera enviar un paisano hábil a dar una vuelta por los países extranjeros y singularmente a los del norte, donde abundan oficinas de este metal, un viaje igual que a expensas de la Real Compañía de Caracas hizo a Amsterdam Juan Fer­mín de Guilisasti, que permitió establecer la fábrica de áncoras que ha hecho tanto bien al país y aun a todo el reino. Otro ejemplo de la preo­cupación que embargaba a los socios por estar al tanto de las novedades de fuera podría ser el acuerdo que figura en los Extractos de 1886 con fecha de doce de mayo de dar a Roque Prada, vecino de Durango, tres mil reales por una vez para que pudiera viajar a Ginebra a perfeccionar­se en el oficio de relojero, a quien se imponía la obligación de enseñar a la vuelta a un aprendiz que eligiera la Sociedad. Los elevados principios de la ciencia como sus aplicaciones tecnológicas más sencillas entraban en el ámbito de actuación de la Real Sociedad.

«Elperiplo del joven Munibe sirve de ejemplo de otros viajes que realizan el Marqués de Narros por su propia cuenta y Fausto de Elhuyarpor la de la Sociedad.»
Con este proyecto la Bascongada se abría al mundo y buscaba orearse proyectando la mirada a las corrientes intelectuales de Europa. Se podría hablar igualmente de la adopción de otras medidas no menos importantes conducentes al mis­mo propósito tales como la contratación de profesores extranjeros, la adquisición de libros y publicaciones de los más renombrados pensadores. Antonio Elorza considera significativo que el único libro que figura en el retrato del Marqués de Narros de Antonio Carnicero es «La riqueza de las Naciones», que por cierto recibió los honores de ser traducido al español en una bella edición. Las imperiosas limitaciones de espacio obligan a soslayar éste y otros aspectos sugerentes, pero no sin ratificar la conclusión de que, como a Terencio, hombre, nada humano le era ajeno, a los miembros de la Bascongada difícilmente se les esca­paban tampoco las doctrinas y teorías circulantes en los países más pro­gresistas de Europa.

Esta observación puede justificar quizás el precedente excurso sobre el que se ha de volver más abajo al mencionar la acusación de afrancesa-miento que se ha solido verter sobre la Bascongada. Ella está en este aspecto lejos de la polarización; existen otros mundos; existe Europa.



Lü política de Cuños III Las inquietudes de reforma social de Carlos III en España, dentro de la corriente general europea, encontraron el apoyo decidido e incondicional en la gestión de sus ministros, el mar­qués de Grimaldi, el marqués de Esquilache, el conde de Aranda, el de Floridablanca y, sobre todo, el de Campomanes, autor del «Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomento», quien intuyó la importancia que podía adquirir la fundación realizada por el Conde de Peñaflorida en la periferia vasca y pensó en la conveniencia de repe­tir la iniciativa en Madrid y en otros lugares. En los planes de este políti­co, las Sociedades Económicas del País deberían servir precisamente como instrumentos inapreciables (y nada onerosos) para incorporar en las tareas de progreso y reforma en favor del bien común a los estamen

«El vocablo "despotismo" no

llegó a aplicarse en la misma

época contemporánea a la

forma peculiar de gobernar de

los monarcas dieciochescos,

sino que es de introducción

posterior.»

tos de las clases más privilegiadas, cuya contribución a la mencionada finalidad no solía ser, en general, excesiva­mente positiva y dinámica, ya que todavía les embargaba a menudo una serie de prejuicios que ponían freno a su actividad productiva.

Sobra decir que la utilización de los servicios de las Socie­dades Económicas para los referidos fines no convertía a éstas en meros instrumentos del poder central; al contra­rio, se realizaba una reciprocidad en aras de proyectos de interés común que propiciaba el apoyo a las mismas por parte de la corona. El ejemplo más significativo podía ser el Seminario de Versara, cuyo nombre hay que entender


en el sentido de internado con fines educativos. El año 1771, el rey enviaba a dicho seminario un legado de libros, considerado importante por Sarrailh, pero que, aún siendo en sí valioso, quizás no resultaba demasiado útil para el perfil tecnológico del proyecto vergarés. Antes, el año 1769, se había realizado la cesión real, a demanda de la propia Sociedad, para la educación de la juventud, de la casa, iglesia y edificio material del colegio que fue de los jesuitas expulsos de Vergara. Unos días después llegaba otra provisión real por la que se aplicaban a la Real Sociedad Bascongada, para el seminario, los libros de la bibliote­ca y los aposentos del colegio, y poco más tarde se otorgaba el menaje y la batería de cocina y la casa antigua, llamada de los arcos, y sus aulas. Jll año siguiente se recibía otra real orden aplicando a la Sociedad para dotación de maestros cuatro mil seiscientos veinticuatro reales de vellón de renta anual. La mencionada dotación fue aplicada, según el amigo socio Manuel de Aguirre, a las cátedras de chimia (sic.) y de mineralo­gía, las primeras que de estas materias se establecían en España.

Noción del Despotismo dieciochesco El despotismo es el ejercicio del poder político y de gobierno de un déspota. Se invoca este aparente simplismo con el fin de significar que el contenido del término resulta bastante equívoco y cambiante en el transcurso de los tiempos. El térmi­no mantiene el mismo fonema de la raíz griega, en cuya lengua se apli­caba a quienes ostentaban el mando supremo en algunos pueblos anti­guos. Más tarde añade la connotación de ejercer el gobierno de forma opresora, pero en general encierra una significación menos ominosa que el término de tirano, igualmente de raíz griega en las mismas condicio­nes fonéticas, el cual casi siempre implica la condición de usurpador del poder. El vocablo «despotismo» no llegó a aplicarse en la misma época contemporánea a la forma peculiar de gobernar de los monarcas diecio­chescos, sino que es de introducción posterior y siempre en la forma de sustantivo.

Ningún historiador se ha atrevido a calificar de déspota no ya a Carlos III, mas ni siquiera a Luix XV, arquetipo de monarca de esta corriente. De la misma manera, nadie ha considerado oportuno poner en tela de juicio su legitimidad en el trono.



El Despotismo Ilustrado del siglo XVIII mantiene enhiestos los pendo­nes de la estructura sociopolítica del antiguo régimen, acentuado con la inmovilización de los tradicionales instrumentos de gobierno como las Cortes y el menosprecio de los dictámenes de los Consejos de cada uno de los reinos integrantes de la corona. Las instituciones colectivas lan­guidecen por sustitución de sus funciones por otras unipersonales que emanan del poder real y cubren todo el arco administrativo con los ministros en el ámbito central y los intendentes y corregidores en el regional. A este respecto, las Sociedades Económicas del País constitu­yen en cierto grado un contrapunto al sistema del Despotismo, pues no actúan como órganos del centralismo. En otras instancias, la noción del despotismo adquiere una matización peculiar que le distingue del con­cepto histórico tradicional al hacerse más laica en cuanto a su justifica­ción doctrinal. En plena vorágine febril de la filosofía de la razón, se hacía difícil propugnar la razón de la filosofía defensora de la monarquía de derecho divino. Quien la encarna con corona, y junto a él los inevita­bles defensores de la tradición, como el exaltado capuchino Rafael Vélez, luego obispo de Ceuta y arzobispo de Santiago, autor de la obra «Apología del altar y el trono», se resisten tenazmente a despojar al monarca de su poder de derecho divino y a reconocer que es el pueblo quien lo trasmite, como depositario autónomo o acaso como mediador de una instancia divina, teoría que en cualquiera de las dos hipótesis implicaba evidente peligro de un corte letal del cordón umbilical de la pretendida legitimación sucesoria de la monarquía absoluta. Para res­ponder de una manera implícita al desafío de esta concepción del poder político y justificarlo, la teoría del Despotismo pretenderá revestirse con las galas de la Ilustración, pero en la práctica la unión de estos dos com­ponentes producirá a la luz de la historia un ingenio altamente explosivo. Para corroborar este aserto cabe aducir la autoridad de V. Palacio Atard en su Historia Universal, no por ser socio de la Bascongada, sino por su innegable crédito: «En el despotismo ilustrado había una contradicción íntima: se proponía racionalizar la política, partiendo desde la platafor­ma del absolutismo; y no se caía en la cuenta de que esa plataforma no resistía el análisis de la razón y que, por lo tanto, la política del despotis­mo acabaría por volverse contra la base que lo había sustentado».

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