Ilustración introducción a la segunda edicióN 2



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La Revolución en la provincia
Soberanía estatal y caudillismo serrano
en Oaxaca, 1910-1920

Ilustración

INTRODUCCIÓN A LA SEGUNDA EDICIÓN

2



1. LA ECONOMÍA Y LA SOCIEDAD
EN OAXACA EN VÍSPERAS DE LA REVOLUCIÓN
UNA DE LAS OBRAS TRASCENDENTALES 13

42



II. LA REVOLUCIÓN DE MADERO, 1910-1911
42


III. REVUELTA Y REBELIÓN
EN LA SIERRA DE JUÁREZ, 1912-1914

67



IV. LAS RELACIONES CON CARRANZA
Y LA DECLARACIÓN DE LA SOBERANÍA, 1914-19 15

88



EL GOLPE DE ESTADO CARRANCISTA DE NOVIEMBRE DE 1914
94

EL ENEMIGO: EL CARRANCISMO Y EL GOBIERNC PRECONSTITUCIONAL EN OAXACA, 1915-1920


133


LA ECONOMIA LOCAL
161


. LA SUPERVIVENCIA DEL MOVIMIENTO DE LA SOBERANÍA: RESISTENCIA MILITAR

184



EPÍLOGO

220



APÉNDICE II
233



INTRODUCCIÓN A LA SEGUNDA EDICIÓN


El transcurso de los últimos 15 años nos permite una reseña breve pero muy necesaria de la reciente historiografía tanto revolucionaria como oaxaqueña. También nos permite reevaluar las afirmaciones realizadas en la primera edición del libro.
En cuanto a la historiografía revolucionaria en general, en los últimos 15 años se ha visto, por un lado, la continuación de polémicas antiguas y, por otro, la elaboración de nuevas interpretaciones. Ha seguido, hasta con aspereza, la lucha entre la interpretación “ortodoxa” o “popular”, y la “revisionista”. Según la corriente ortodoxa, el ingrediente clave fue la movilización popular de campesinos, obreros y la pequeña pero influyente clase media urbana contra las condiciones económicas y políticas desfavorables, sobre todo después de 1907, que acentuaron el monopolio de poder y recursos en manos del grupo privilegiado de hacendados, mineros, industrialistas, élites metropolitanas y extranjeros. Para algunos historiadores, la revolución popular rio fue solamente agraria y radical sino que reflejó también fuertes corrientes nacionalistas y hasta xenófobas como una guerra de liberación del dominio extranjero (sobre todo estadunidense) que supuestamente había sostenido al régimen de Porfirio Díaz.’ Para otros, la base de la movilización popular fue más amplia y compleja, y correspondió a la disparidad de las estructuras sociales rurales a través de la República, y a las experiencias rurales durante el Porfiriato. Las movilizaciones populares reflejaron, en otras palabras, lealtades e identidades más complejas que no se relacionaron exclusivamente con la clase, sino también con la etnicidad, la ideología, el clientelismo, y con afiliaciones regionales y de facción.2
Las interpretaciones ortodoxas predominaron en la época pos revolucionaria , pero la generación de historiadores tanto mexicanos como extranjeros las han puesto en tela de juicio, sobre todo después de 1968, al buscar las raíces de su propio desencanto con la traición de los ideales de la Revolución en los orígenes mismos del movimiento armado

ción institucionalizada propuesta por el i’iu dirigente, había traicionado las aspiraciones de los campesinos y de los obreros, era lógico concluir que la misma Revolución desde sus orígenes había cometido la misma traición. La corriente “revisionista”, que ha prevalecido en las últimas décadas, ha mostrado la tendencia de interpretar las luchas internas dentro de la Revolución como reflejo de la manipulación de los líderes políticos y caudillos revolucionarios que articularon la retórica revolucionaria, pero movilizaron al campesinado y a los obreros para sus propios fines, y construyeron el Estado posrevolucionario para proteger sus propios intereses.3


Mientras las corrientes ortodoxas y revisionistas han dominado la historiografía reciente, a últimas fechas el enfoque ha pasado lejos de las explicaciones globales a centrarse en la historia cultural, regional o local, o en la “microhistoria”. Un número creciente de historiadores de la cultura, tanto en México como en el extranjero, se han puesto a examinar las manifestaciones no institucionales de la cultura popular y de la élite —los ritos religiosos populares, la moda, el ocio, la cultura laboral, la construcción de monumentos y ritos patrióticos, los discursos públicos sobre el crimen, la justicia, la moralidad pública, la salud pública—. Aquí la historia cultural se ha fusionado con la corriente revisionista en el cuestionamiento de la periodización histórica tradicional, y la separación artificial del Porfiriato y la Revolución. En su lugar, interpreta las tensiones y los conflictos que brotaron en México durante el siglo XIX y principios del xx como manifestaciones de un choque cultural cada vez más visible entre una sociedad tradicional y las fuerzas de la “modernidad”.4
Una de las corrientes historiográficas más influyentes en las décadas de 1970 y 1980 era el regionalismo. Los estudios regionales y microhistóricos, de los que formó parte el presente estudio, subrayaron de manera muy transparente que la Revolución no fue un proceso homogéneo, y que las lealtades locales al pueblo, a la comunidad, o sea, a la patria chica, fueron a menudo tan significantes en las movilizaciones populares como los conflictos de clase, de etnicidad o de ideología.5 La proliferación de estudios regionales de la Revolución ha tenido un impacto marcado en el estudio del Porfiriato, puesto que muchos de los historiadores que investigaron el regionalismo revolucionario se
R. Ruiz, The GreatRebellion, Mexico 1905-1 924, Nueva York, 1980.
4 W. Beezley, Judas at the Jockey Club, and Other Episodes of Porfirian Mexico, Nebraska, 1986; W. Beezley, C. Martin y W. French (eds.), Rituals of Rule, Rituals of Resistance: Public C’elebrations and Popular Culture in Mexico, Wilmington, 1994.
T. Benjamin y M. Wasserman (eds.), Provinces of the Revolution: Essays on Regional Mexican History 1910-1929, Albuquerque, Nuevo México, 1990.

dieron cuenta de la importancia de entender primero el desarrollo regional de la época porfinsta para comprender mejor su exégesis revolucionaria. Aunque la historiografía regional porfiriana no ha alcanzado todavía la complejidad de su contrapartida revolucionaria, ha modificado de manera importante nuestro entendimiento de la complejidad y la diversidad del desarrollo socioeconómico porfirista y de sus implicaciones políticas.6


Uno de los resultados más significativos de la investigación regional es el hecho de que la disparidad en el ritmo del desarrollo regional se intensificó durante el Porfiriato. Esto nos ha ayudado a entender las grietas y las fisuras que aparecieron dentro de la sociedad porfiriana, y por qué se vieron más abiertas en ciertas regiones y en otras casi no se manifestaron. También ha identificado el carácter local y regional de las movilizaciones populares. Existe, por ende, una correlación obvia e importante entre los niveles de transformación socioeconómicos durante el Porfiriato y los conflictos políticos en los últimos años del régimen y durante la Revolución.
A riesgo de simplificar un panorama muy complejo, se entiende que el norte del país, sobre todo las regiones que colindaron con la frontera con los Estados Unidos, destaca como la zona más dinámica en el Porfiriato en cuanto al desarrollo demográfico, económico y de infraestructura. Por consiguiente, no por casualidad las fuerzas que llegaron a dominar durante la lucha armada entre 1910 y 1920 surgieron en los estados norteños. En otras regiones del país, por ejemplo en las zonas densamente pobladas del centro-sur, el impacto de la modernización porfirista tendió a desestabilizar el frágil equilibrio de las relaciones sociales rurales, que se manifestó en conflictos agrarios y brotes de violencia de estirpe e intensidad muy variables.
Sin embargo, sería imprudente y hasta erróneo postular una relación determinista entre transformación socioeconómica y conflicto político, ya fuera durante los últimos años del régimen porfirista o durante la Revolución. En muchas de las regiones norteñas y del centro del país la actividad revolucionaria fue amortiguada, tanto en las más transformadas como en las menos afectadas. A la inversa, brotes de actividad revolucionaria se manifestaron en el sur del país también en regiones al margen de las corrientes transformadoras. A pesar de los cambios en la tenencia y el uso de la tierra, y la disminución en la seguridad y equilibrio social en los pueblos

proceso de “compresión agraria”), la revuelta agraria no fue inevitable. 7 En breve, el panorama se ve cada vez más variado, y la investigación regionalista reciente del Porfiriato sigue revisando de manera constante las interpretaciones anteriores.8


En el caso de Oaxaca se ve que la relación entre transformación económica y agitación política durante el Porfiriato y la Revolución no es tan clara como antes se suponía. En muchos estudios sobre Oaxaca durante la Revolución, reflejados en la primera edición de este libro, se ha postulado de manera determinista una fuerte correlación entre el supuesto aislamiento de Oaxaca en el Porfiriato y la falta de entusiasmo y hasta resistencia a las corrientes revolucionarias, sobre todo al carrancismo entre 1915 a 1920. Pero los adelantos historiográficos recientes han mostrado claramente que la interpretación de Oaxaca como una región atrasada materialmente y a la vez ajena a las corrientes socioeconómicas y políticas durante el Porfiriato ya no se puede sostener.
Hay que subrayar que la tesis tenía sus atracciones obvias. Se fundaba, en primer lugar, en las fuentes secundarias engañosas y en las dificultades de acceso a las fuentes primarias. En segundo lugar, fue una proyección errónea del pauperismo posrevolucionario de Oaxaca hacia el pasado decimonónico. Dado que las investigaciones recientes han demostrado la aceleración de la inversión y de la actividad económica, sobre todo entre 1890 y 1907, ya no se puede declarar que el estado de Oaxaca se mantuvo aislado de las transformaciones profundas de la época.
De hecho, las estadísticas brutas que tenemos ahora sugieren que Oaxaca estuvo en la vanguardia del desarrollo regional durante el Porfiñato. El crecimiento demográfico fue constante durante la época —una población total estimada en 655 000 habitantes en 1875 pasa a 920000 en 1900, y a más de un millón de habitantes en vísperas de la Revolución— al grado que se convirtió en el quinto estado más poblado de la República. Las inversiones en la minería y la agricultura comercial fueron tan importantes que el cónsul estadunidense Andrew Barlow
J. Tutino, From Insurrection to Revolution in Mexico: Social Bases of Agrarian Violence, Princeton, Nueva Jersey, 1986.
8 Ejemplos recientes que destacan son M. Cerruti, Burguesía, capitales e industria en el norte de México: Monterrey y su ámbito regional (1850-1910), Alianza, Nuevo León, 1992; R. Rendón, El Prosperato: Tlaxcala de 1885 a 1911, Siglo XXI, México, 1993; W. Meyers, Forge of Progress, Crucible of Revolt: The Origins of ¡he Mexican Revolution in La Comarca Lagunera, 1880-1911, Albuquerque, Nuevo México, 1994; G. Joseph y A. Wells, SumFner of Discontent, Season of Upheaval: Elite Politics and Rural Insurgency in Yuca- tan 1876-1915, Stanford, California, 1996; M. Tinker Salas, In the Shadow of the Eagle:
Sonora and the Transformation of the Border During the Porfiriato,
Berkeley, California, 1997.

calculó en 1902 que Oaxaca había logrado el quinto lugar en la lista de inversiones estadunidenses regionales en México. En cuanto al desarrollo de la minería, las inversiones estadunidenses en Oaxaca sumaron 10 millones de dólares, en segundo lugar únicamente por deba,jo de las inversiones en la minería en el estado de Guanajuato.9 Junto a la plata, un creciente número y diversidad de productos agrícolas se cultivaron en tierras oaxaqueñas para el mercado de exportación —entre otros, el café, el tabaco, la caña de azúcar, el algodón, el hule—. Fi estímulo y el corolario del desarrollo exportador fue la creciente red de ferrocarriles que, en un periodo corto de 16 años, entre 1892 y 1908, enlazó las plantaciones cafetaleras y tabacaleras de Tuxtepec con Veracruz (Ferrocarril Veracruz al Pacífico), la capital del estado con Puebla y la ciudad de México (Ferrocarril Mexicano del Sur), y los puertos del Golfo y del Pacífico en el Istmo de Tehuantepec con el mercado nacional e internacional (Ferrocarril Nacional de Tehuantepec y Ferrocarril Panamericano).10


En otras palabras, parecían favorables las condiciones objetivas para una transformación profunda de la economía local. Abundaba el entusiasmo tanto entre las élites regionales como entre ios inversionistas extranjeros para la explotación de los copiosos recursos oaxaqueños. Además, Oaxaca tenía la ventaja de contar con el apoyo de dos de sus hijos nativos más poderosos e influyentes: el mismo presidente Díaz, y Matías Romero, representante (y el primer embajador) del gobierno mexicano en Washington, y defensor infatigable del desarrollo de las relaciones económicas, políticas y culturales entre México y los Estados Unidos, y del desarrollo de su querido estado de Oaxaca. En 1886, de hecho, Romero publicó un análisis muy detallado de los recursos materiales y minerales de Oaxaca con el fin de estimular la inversión extranjera.’1
Romero identificó el café como la nueva fuente de la prosperidad regional, y pensó que éste replicaría el éxito del cultivo de grana en Oaxaca a finales del siglo xviii. Invirtió su propio dinero en una finca cafetalera en la costa del Pacífico, en el distrito de Pochutia. Pero las expectativas de Romero y las de varios especuladores nacionales y extranjeros que invirtieron en la agricultura comercial en Oaxaca en la

época porfirista se quedaron en gran parte sin cumplir. Aunque la producción oaxaqueña de café aumentó después de 1886, fue restringida por varios factores: la resistencia de las comunidades indígenas ante la privatización de la tierra y la escasez de mano de obra, capital, transporte e infraestructura. La producción de café en Oaxaca, por ejemplo, nunca alcanzó los niveles de los estados vecinos de Chiapas o Veracruz.’2


La paradoja del Porfinato en Oaxaca reside en que, a pesar de los mejores esfuerzos de la élite regional —con el apoyo del gobierno central y el interés personal del presidente—, las ganancias que sacaron los empresarios, tanto mexicanos como extranjeros, de sus inversiones fueron decepcionantes. En resumen, los numerosos pronósticos de un aumento considerable de las exportaciones minerales y agrícolas nunca se cumplieron, y en vísperas de la Revolución tanto los gobiernos estatal y nacional como los especuladores e inversionistas seguían hablando de posibilidades y potenciales en vez de logros y hechos tangibles.
Las repersecusiones políticas del proceso lento, irregular y tardío del desarrollo socioeconómico de Oaxaca en el Porfiriato todavía no quedan muy claras.’3 Es obvio que el estado de Oaxaca no se mantuvo aislado de los debates y los conflictos políticos de la última etapa de la época porfirista, a pesar del alto grado de deferencia hacia el presidente que manifestaron los grupos políticos locales.’4 Pero esto no implica la unanimidad de la élite política local antes de la Revolución, o la falta de movilización popular a través del estado después de 1911. Como demuestra el texto que sigue, la movilización política en Oaxaca en la década revolucionaria fue extensa y tuvo consecuencias tanto locales como nacionales.

Dos grandes tendencias han surgido en años recientes para predominar en la historiografía de la Revolución mexicana: el regionalismo y el El regionalismo es difícilmente un concepto nuevo en el desarrollo de las ciencias sociales;2 pero su particular significado con respecto a México lo demuestra la aseveración de Harry Bernstein de que “la historia de México es tanto un movimiento de progreso hacia la asimilación de las legítimas demandas y culturas de las diversas regiones en una armonía equilibrada, como la historia de la Revolución y de los problemas laborales, agrarios, constitucionales y de la tierra”.3 También pueden ver los observadores del México contemporáneo que el desequilibrio regional persiste hasta en la actualidad en la planeación económica, en la representación política y en la inversión nacional.4 Como resultado, en la última década una nueva generación de microhistoriadores, inspirada por el estudio de Luis González sobre su pueblo nativo de San José de Gracia, ha intentado revisar las anteriores suposiciones acerca de la naturaleza del desarrollo histórico de México desde una perspectiva regional o provincial.


Este enfoque ha demostrado ser particularmente ilustrativo en cuanto a la Revolución de 1910. Los estudios regionales desde Chihuahua hasta Chiapas han suministrado una gran abundancia de detalles sobre la génesis y la exégesis de los conflictos políticos provinciales que brota-
Luis González, Pueblo en vilo: microhistoria de San José de Gracia (1968), y también su Invitación a la microhistoria (1973); para un temprano reconocimiento de la importancia de una perspectiva regional, véase Ernest Gruening, México and its Heritage
(1928).

ron durante la turbulenta década transcurrida de 1910 a 1920.6 Se ha mostrado que los grupos que en toda la República se levantaron en armas para derrocar al régimen de Porfirio Díaz en 1910 lo hicieron por muy diferentes razones y en ambientes socioeconómicos muy diversos: los campesinos despojados en Morelos, los hacendados de Coahuila, los rancheros en Chihuahua y Guerrero.7


La más significativa consecuencia de la caída de Díaz fue por lo tanto la desintegración de la autoridad central. En estas circunstancias, el poder político se alejaba del centro para caer en manos de los hombres fuertes regionales que eran capaces de manipular, movilizar y armar a un gran número de partidarios suyos. Los estudios regionales, en consecuencia, han identificado claramente el regreso del caudillo al centro del escenario político en México durante la Revolución.8
Interpretaciones recientes han visto la guerra civil que siguió al cisma en las filas revolucionarias en 1914 como una lucha por la hegemonía nacional entre dos tipos distintos de caudillismo: entre un modelo “clásico” y un modelo “revolucionario” o “modernista”, de los cuales ambos actuaban dentro de un marco específico regional. El tipo de caudillismo que se desarrolló dentro de una determinada región estaba relacionado directamente con ese marco, y la diversidad regional de México explica las subcategorías de cada tipo. Así es como Pancho Villa
6 Respecto a chihuahua, véase William Beezley, Insurgent Governor: Abraham González and the Mexican Revolution iri Chihuahua (1973); Michael Meyer, Mexican Rebel:
Pascual Orozco and the Mexican Revolution 1910-1915
(1967), y Mark Wasserman, “The Social Origins of the 1910 Revolution in Chihuahua”, Latin American Research Review, vol. xv, núm. 1. 1980, pp. 17-38; respecto de Chiapas, Alicia Hernández Chávez, “La defensa de los finqueros en Chiapas 1914-1920”, Historia Mexicana 28:3, 1979, pp. 335-369; en el caso de Durango, Paul Eiser-Viafora, “Durango and the Mexican Revolution”, New Mexico Historical Review 49:3, 1974, pp. 219-240; acerca de Sonora, Héctor Aguilar Camín, La frontera nómada: Sonora y la Revolución mexicana (1977); en el caso de Yucatán, Gilbert Joseph, Revolution from Without: Yucatán, Mexico and the United States 1880-1 924. Esta tendencia ha sido alentada por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INEHRM), que desde principios de la década de 1960 ha publicado numerosas historias narrativas de los acontecimientos regionales en Durango (1963), San Luis Potosí (1964), Sonora (1964), Michoacán (1964), Veracruz (1971), Tabasco (1972) y Colima (1973).
7 Sobre Morelos, véase John Womak, Zapata and the Mexican Revolution (1970); acerca de Coahuila, Douglas Richmond, “Factional Strife in Coahuila 1910 to 1920”, Hispanic American Historical Review 60:1, 1980, pp. 49-68; respecto de Guerrero, Jan Jacobs, Ranchero Revolt: The Mexican Revolution in Guerrero (1980).
Los estudios regionales recientes más estimulantes se podrán encontrar en D. A. Brading (comp.), Caudillo and Peasant in the Mexican Revolution (1980), en particular las colaboraciones de Héctor Aguilar Camín (Sonora), Dudley Ankerson (San Luis Potosí), Gilbert Joseph (Yucatán), Heather Fowler Salamini (Veracruz), Raymond Buye (Tlaxcala) y Ficdrich Katz (Chihuahua).

en Chihuahua, Emiliano Zapata en Morelos y Saturnino Cedillo en San Luis Potosí son representativos, cada uno a su manera, de los caudillos “clásicos”. Álvaro Obregón en Sonora es un obvio ejemplo de caudillo “revolucionario”. Cualquiera que fuese su antecedente, ambos grupos de caudillos manipulaban las formas de autoridad que existían o que se desarrollaban en sus respectivas regiones.9


De acuerdo con la tipología de Weber, de la que Alan Knight es partidario, la diferencia esencial entre los caudillos rivales no era de clase sino de visión política y, consecuentemente, de movilización política. Lo tradicional, carismático e informal de la autoridad de los caudillos clásicos perdió la batalla militar ante la autoridad burocrática, reformista y legalista de los caudillos revolucionarios, que vieron que su tarea era la reconstrucción del Estado nacional después de la pacificación. El caudillismo revolucionario se transformó en el moderno sistema de gobierno presidencial, que lleva aparejada la integración corporativa de los sectores campesino y laboral en el partido oficial del Estado. La autonomía regional, a la que se había dejado que floreciera en ausencia de una autoridad política central, se erosionó gradualmente por la creciente centralización durante las décadas que siguieron al brote de violencia de 1910. En este sentido la Revolución continuó el proceso de centralización iniciado en el Porfiriato.’° Tal como pretendo demostrarlo, estos temas tienen un significado particular en la historia de la Revolución en Oaxaca.
Resulta notable, no obstante, que el reciente entusiasmo por el regionalismo y el revisionismo haya dejado a Oaxaca relativamente incólume. Algunos estudios se han concentrado en la época colonial y principios del periodo nacional, pero el siglo xx ha quedado casi exclusivamente bajo el domino de los historiadores locales, sobre todo de Jorge Fernando Iturribarría, Francisco Alfonso Ramírez y Jorge Tamayo.1’

Las excepciones son la biografta de Félix Díaz, de Peter V. N. Henderson, y la comparación que hace Ronald Waterbury de la participación revolucionaria de las comunidades campesinas en Oaxaca y Morelos.12 El reconocimiento que hace Waterbury de que es ante todo un antropólogo y en segundo lugar un historiador, proporciona una clara indicación de la propensión a la antropología en los estudios de la Oaxaca contemporánea. El artículo de Waterbury indica igualmente la posible razón de la falta de atención histórica en Oaxaca en esa época: la ausencia de una rebelión campesina coordinada, dinámica (exótica, y por lo tanto de moda). Las particulares condiciones socioeconómicas que estimularon al zapatismo en Morelos en su mayoría estaban ausentes en Oaxaca. La continuidad general en los sistemas de tenencia de la tierra, en el modo de producción agrícola y la supervivencia del pueblo libre como unidad demográfica y económica predominante aseguraban que no se desarrollara una revolución agrarista en Oaxaca. No obstante, hubo ahí un movimiento popular con abierta participación campesina durante la Revolución: el Movimiento de la Soberanía


(1915-1920).
La mayor preocupación del Movimiento de la Soberanía fue proteger la soberanía constitucional de ese estado dentro de la federación, que se vio amenazada por la estrategia de Carranza de impulsar la centralización política entre 1915 y 1920. La organización militar estaba basada en la milicia de la entidad (Fuerzas Defensoras del Estado) creadas en noviembre de 1914 para protegerla contra la violación de su soberanía territorial; consecuentemente, la esfera de las operaciones estaba estrictamente restringida a los límites geográficos del estado. Según me propongo demostrar, la resistencia que se manifiesta en el Movimiento de la Soberanía alcanzó el éxito sobre todo al impedir la implantación del carrancismo en Oaxaca con anterioridad a 1920.
La mayoría de los estudios publicados hasta ahora sobre el Movimiento de la Soberanía comparten la opinión de Waterbury de que el movimiento tenía un carácter “reaccionario”.13 Iturribarría califica a la defensa del principio de la soberanía del estado como “burdo sofisma político”.’4 José Valadés afirmó que el Movimiento de la Soberanía
“sólo pretendía el restablecimiento del orden porfirista”.’5 Los jefes del movimiento han sido objeto de críticas particularmente severas:
eran “vampiros hipócritas, corruptos y tonsurados” (Odriozola), “reaccionarios tediosos y débiles” (Richmond), “antirrevolucionarios” (Tamayo) o simplemente ignorantes: “no entendieron la Revolución, en la cual no deseaban participar” (Waterbury).16
Los protagonistas del Movimiento de la Soberanía han contradicho estas acusaciones por medio de dudosos intentos por establecer una legitimidad revolucionaria. Onésimo González, secretario particular de Guillermo Meixueiro, caudillo serrano de Ixtlán y jefe de las Fuerzas Defensoras del Estado en Oaxaca de 1914 a 1919, ha pretendido que el movimiento “buscaba las reivindicaciones sociales a través de la reforma de la ley”, y destaca la alianza entre los soberanistas y Zapata. Gaspar Allende Avellanes, militante en el Partido Liberal de Flores Magón, en 1906, y posteriormente general en las Fuerzas Defensoras del Estado, señala también las simpatías de muchos militantes soberanistas con el agrarismo de Zapata, y declara que “la denominación de felicista [es decir, partidario de Félix Díaz] al nacimiento de la soberanía de Oaxaca E...] fue tan equivocada como llamar bandidaje al movimiento agrarista j efaturado por el señor general Emiliano Zapata”.17 Para numerosos participantes, el hecho de que el pacto con Obregón en 1920 reconociera la legitimidad de los principios de la soberanía es una prueba suficiente y adecuada de que los propósitos del movimiento estaban totalmente de acuerdo con la Revolución.’8
La clasificación faccional o ideológica (ya sea “revolucionaria” o “reaccionaria”) ha sido un perenne obstáculo en la historia de la Revolución, y en muchos casos parece que tan sólo hace confuso el asunto. En el cuerpo de este libro argumentaré que la repuesta de Oaxaca a la invasión del constitucionalismo que se manifiesta en el Movimiento de la Soberanía estaba completamente de acuerdo con el carácter de la relación política entre Oaxaca y la federación desde antes de la Revolución, y aun durante todo el siglo xix. La base ideológica de esa
15 José Valadés, Historia general de la Revolución mexicana, vol. y, p. 270, citado por F. A. Ramírez, op. cit., p. 196.
16 Colección Odriozola (en El Colegio de México), doc. 4; Douglas Richmond, The First Chiefand Revolutionary Mexico: The Presidency of Venustiano C’arranza 1915-1920, tesis doctoral inédita (1976), p. 196; J. Tamayo, op. cit., p. 6; R. Waterbury, op. cit., p. 433.
‘7 González y Allende Avellanes citados por F. A. Ramírez, op. cit., pp. 190-195.
18 Leovigildo Vázquez Cruz, La soberanía de Oaxaca en la Revolución (1959), dice que en 1920 “todo se acabó con el triunfo de la Revolución en la actitud asumida por Oaxaca, y nuestro estado volvió al seno de la Federación”, p. 560; el general Isaac Ibarra, Memonas (1975), declara que el pacto con Obregón reconoció “la justicia de nuestra causa”, p. 268.

El propósito general de esta primera parte es trazar un cuadro de los acontecimientos políticos ocurridos en Oaxaca entre 1910 y 1915, concentrándose en los conflictos cada vez más graves entre la administración estatal y el gobierno central, que culminaron en la determinación de separarse de la federación en junio de 1915. El más amplio contexto nacional del conflicto es la serie de levantamientos políticos de 1911, 1913 y 1914: la revolución de Madero, el golpe militar de Huerta y el triunfo de la coalición antihuertista (a lo cual siguió el cisma entre los convencionistas y los constitucionalistas). Dentro de Oaxaca, se destaca la progresiva debilitación de la autoridad política de la capital del estado en las zonas rurales con posterioridad a 1911, que presagiaba la reaparición del caudillismo regional.


El relato de los acontecimientos políticos contenido en los capítulos u, iii y iv va precedido de un capítulo introductorio acerca de la sociedad provincial y la economía en Oaxaca anterior al brote de la revolución de Madero en noviembre de 1910. Este capítulo procura aprovechar las principales conclusiones de la reciente investigación historiográfica a fin de poner de relieve la disparidad en el desarrollo particular y periférico de Oaxaca, especialmente en el siglo xix.
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