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Javier Hernández-Pacheco


HEGEL

Introducción e interpretación

Sevilla 2016



INDICE


PREAMBULO 3

INTRODUCCIÓN HISTÓRICA Y BIOGRÁFICA 7

Por fin en 1818 Hegel es llamado a ocupar la cátedra que en Berlín había dejado vacante la temprana muerte de Fichte. Llega a la capital del renacido y políticamente pujante Reino de Prusia ya como un personaje de relieve en la cultura germánica. Y su éxito no deja de aumentar en los siguientes trece años. En primer lugar como docente que había alcanzado el don de la claridad en la exposición de su difícil sistema. Sus clases no sólo se llenaban de estudiantes; también de otros colegas, profesionales burgueses, militares, e incluso príncipes de la Casa Real. Hizo de su cátedra una institución social y con sus Fundamentos de filosofía del derecho, última obra que publicó en vida en 1821, se convirtió en el pilar intelectual del liberalismo conservador y constitucional que caracterizó al nuevo Estado prusiano nacido de las guerras de liberación. De este periodo son también las Lecciones (sobre historia de la filosofía, sobre estética, sobre filosofía de la religión, muy especialmente las dedicadas a la filosofía de la historia universal, también los comentarios a la Enciclopedia) de lo que en la literatura especializada se denomina Realphilosophie. Se trata en ellas de los apuntes de clase que los devotos alumnos tomaban y ponían en común, y que se publicaron después de su muerte. Magistralmente recopiladas, son reconocidas por la crítica como parte esencial de la obra de Hegel, probablemente la más clara y accesible. Su elección en 1829 como Rector de la Universidad, culmina institucionalmente su carrera en la cima de su prestigio filosófico, cultural y social. 14

Capítulo I 17

EL IDEALISMO ALEMÁN 17

De «Doctrina de la ciencia» a «misión del hombre» 17

1. Punto de inflexión 17

2. Las últimas intenciones de Hegel 18

3. Idealismo y neo-kantismo 19

4. Del «yo pienso» al «yo soy»: filosofía del espíritu 22

Capítulo II 25

LA FENOMENOLOGÍA DEL ESPÍRITU 25

El camino hacia sí mismo 25

1. La obra de Hegel 25

2. La Fenomenología del espíritu: la fluidificación de Spinoza 26

3. La esencial historicidad del Espíritu 29

4. El falso absoluto y la lucha de las autoconciencias 30

5. El señor y el siervo 32

6. Jugando a la guerra 37

7. Glamour, autoconciencia y revistas del corazón 38

8. Trabajo y autoconciencia 40

9. La esencia histórica del Espíritu 44

Capítulo III 46



LA CIENCIA DE LA LÓGICA 46

O el tremendo poder de lo negativo 46

1. El Ideal de la razón 46

2. El origen socrático de la dialéctica 49

3. La dialéctica: de Kant a Spinoza 52

4. ¿El ser es, o no es? 55

5. Materialismo dialéctico 57

6. Sujeto-Objeto 60

7. Sujeto y determinación, substancia y accidentes 62

8. La Trinidad dialéctica 63

Capítulo IV 66

LA ENCICLOPEDIA DE LAS CIENCIAS FILOSÓFICAS 66

El devenir del Espíritu 66

1. De la naturaleza al Espíritu 66

2. Antropología y espíritu 69

3. Dialéctica del dinero 71

4. El espíritu objetivo 73

5. Volksgeist 75

6. La subjetividad como problema social 78

7. Personalidad y derecho 79

8. ¿Somos números, personas, o personas numeradas? 82

9. Sujeto y sistemas sociales: M. Weber y J. Habermas 85

10. Del espíritu objetivo al Estado 89

11. El Estado continental y el anglosajón 96

Capítulo V 101



EL ESPÍRITU ABSOLUTO 101

Apertura o cierre de la reflexión 101

1. El Absoluto se dice de muchas maneras 101

2. Concepto, Esencia, Idea 102

3. La obra de arte: de Kant a Schiller 104

4. Dialéctica del arte 108

5. El necesario fracaso del arte 109

6. Del arte a la religión 112

7. El Dios absoluto 113

8. La filosofía o el fin del Espíritu Absoluto 116

9. Hegel y la absolutización de la dialéctica 119

10. Deconstrucción del Absoluto o filosofía de la reconciliación 124

Capítulo VI 129

REVERTIR A HEGEL 129

De la dialéctica de vuelta a la metafísica, y al revés 129

1. La postrema victoria de Spinoza 129

2. Diferencia de los sistemas de Fichte y Hegel 132

3. Otra vez: el tremendo (ungeheure) poder de lo negativo 134

4. De Fichte, a Aristóteles de vuelta 136

5. Ipsum esse subsistens 139

6. Intelecto agente, pre-comprensión del ser y fenomenología del espíritu 144

7. Illud primum quod cadit in intellectu est ens 149

8. Ontos on, ousía: de dinero y capitales 151

9. Ontología, metafísica y fenomenología del espíritu 154

10. Universal concreto y conversio ad phantasmata 159

11. Teología o filosofía de la religión 166

12. De la «onto-fobia» a la reconciliación 170




PREAMBULO

Es importante que el posible lector de estas páginas conozca la intención con la que fueron escritas. Durante más de treinta años en los que llevo intentando explicar a mis alumnos los arcanos de la filosofía de Hegel, no he confiado mi docencia a ninguna obra introductoria que, más allá de lo que se puede considerar bibliografía general, les sirviese como guía autorizada por mí. Unas me parecían excesivas para alumnos de lo que hoy llamamos «grado», otras confusas, y no pocas directamente desaconsejables, sin más contenido que una ininteligible jerga con vaga música dialéctica. Por otra parte, el acceso directo a los escritos de Hegel, salvo alguna excepción como el Prólogo a la Fenomenología del Espíritu, o la introducción a las Lecciones sobre filosofía de la historia universal, tampoco resulta fácil. Así que me he limitado en lo fundamental a mi propia docencia oral, con resultados que sólo ellos pueden evaluar. Siempre, eso sí, con una cierta mala conciencia, sobre todo allí donde, asumiendo por otra parte mi insuficiencia, les decía: explorad la bibliografía, y de ella, lo que os guste me lo recomendáis vosotros a mí.

Es esta injusticia la que ahora pretendo remediar, con esto que quiere ser una introducción al estudio de la filosofía de Hegel, que debe servir para alumnos y estudiosos de filosofía, pero también para el público culto en general interesado por estas cuestiones. Es cierto que este libro llegará tarde a los escasos años que aún me quedan de seguir enseñando estas cosas. Pero, por otra parte, tiene la ventaja de que detrás de cada una de sus páginas hay treinta años de reflexión. Quizás también de estudio, o «investigación» como nos empeñamos en seguir diciendo en la profesión. Pero eso es lo de menos. Lo que de verdad vale aquí es que esa reflexión no ha sido un solitario rumiar de abstractos pasajes escritos, sino efectivamente reflejo de algo que considero esencial al espíritu de la filosofía: el semblante que ponen aquellos a los que cuentas su discurso. No valen los congresos, ni las conferencias ante prestigiosos colegas, que siempre se verán obligados a poner cara de inteligencia a las más abstrusas disertaciones, con alguna pregunta o comentario al final, más o menos cortés, para mostrar que no sólo se han enterado sino que ellos saben mucho de eso. El día a día de la docencia, por el contrario, no engaña. Todo profesor, si les mira a la cara, sabe perfectamente al salir del aula cuándo sus alumnos no han entendido nada. Y, o se enmienda, o su profesión se convertirá en una fuente de frustraciones, arriba y abajo de la tarima.

La culpa del fracaso docente la tiene siempre el maestro. Y consiste las más de las veces en intentar explicar algo que uno no entiende. Lo que aburre suele ser el discurso obtuso que no lleva tras de sí un sujeto que se exprese en él con cierto compromiso reflexivo. Entonces, por ausencia del interlocutor que debe iniciarlo, el diálogo se hace falso y manido. Y los alumnos, los pocos que en una universidad libre siguen viniendo a clase, o toman compulsiva e ininteligiblemente apuntes, o empiezan a mirar al reloj a ver cuándo termina el tormento. Por eso, la verdadera docencia obliga a pensar… al profesor, en una reflexión que pasa por el rostro trasparente u opaco de los alumnos, dependiendo de si se logra o fracasa. Resulta entonces que, a lo largo de los años, quien verdaderamente aprende; quien profundiza en lo que viene diciendo, es el que enseña. Es así como el maestrillo va forjando su librillo. Y hoy yo he terminado de escribirlo, gracias todos estos años a mis alumnos, que me obligaron a pensar su contenido de modo que otros pudieran acceder a lo que significa; a pensarlo cómo una filosofía viva que se niega a esconder la incomprensión en una supuesta erudición académica.

Nadie espere, pues, en estas páginas avances en la «investigación» para fijar lo que Hegel «quiso decir» (¡como si él mismo no lo hubiese escrito!) en contraste con la más reciente literatura secundaria. De hecho, una vez mandé un artículo a los Hegel-Studien, que me fue devuelto rehusando muy descortésmente su publicación, a causa, me decía el corresponsal, de «mangelnder fachwissenschaftlichen Standards» (no traduzco, por pudor). Pero sí me enorgullezco de una cosa: de que detrás de cada una de estas líneas está el esfuerzo de pensar en nombre propio aquello que Hegel enseñó y escribió con la intención de que lo entendiéramos y no para satisfacción de los Rezensenten de los Hegel-Studien. Así, una vez certificada (debo confesar: un poco como timbre de gloria) mi incompetencia académica, puede quedar claro lo fundamental: lo que aquí escribo no es, supuestamente apoyado en abundante aparato crítico (al que he renunciado del todo), reproducción fiel de lo que dijo Hegel. Eso lo escribió él, y ahí está en las fuentes. Tampoco se limita a lo que «quiso decir», que, repito, hemos de suponer que dijo. Expresa más bien lo que yo buenamente he entendido y que espera ser validado en el esfuerzo por hacer accesible un pensamiento que tiene cierta (a mi modo de ver inmerecida) fama de abstruso y que aquí quiero presentar con pretensiones de claridad. Es verdad que esa clarificación tiene siempre, por parte del que aquí escribe y de sus posibles lectores, el límite de nuestro finito entendimiento. Aunque igualmente hay que decir: también del de Hegel, pues leyendo sus escritos no pocas veces le asalta a uno la duda de si, efectivamente, entendió todo lo que dijo.

Pero justo desde esos límites de una reflexión que debe ser tan compartida como es precaria para quienes aspiran a converger en ella, surge lo que más bien debería ser una hermenéutica libre y abierta. El pensamiento filosófico se ve irremisiblemente trasformado por el diálogo que supone su recepción, tanto más cuanto distantes sean los horizontes que contextualizan a ambos. De ahí que el receptor, en este caso yo mismo, ni siquiera debe renunciar a una cierta dosis de arbitrariedad, en la que al final no tienen por qué coincidir, no del todo, lo que un autor dice y lo que el intérprete dice que significa lo que dijo. Se trata además, una vez que se fluidifican los contornos significativos del texto, de una invitación a que los posibles lectores continúen con esa transformación del sentido que les permite asumirlo libremente y no de esa forma mecánica y repetitiva que termina vaciando todo significado en pedantería. A esa fluidez hermenéutica sí puede este libro ser una aportación; y entonces también a eso esencial que es el avance de la reflexión filosófica, tal y como, desde paisajes lejanos en cultura y tiempo, puede ser repensada por cada uno: de Hegel a los actuales lectores, pasando por el humilde docente que aquí aspira a mediar entre ellos. Pues eso, más que experto erudito, es lo que quiero seguir siendo.

Porque se trata de explicar a Hegel para que se entienda, al modo ciertamente de una introducción que no se dirige a especialistas. Y esto impone ciertas limitaciones. Mi exposición no es ni muchos menos exhaustiva, y deja fuera abundantes aspectos «difíciles» de su filosofía y otros que el entendido verá tratados con premura o incluso ligereza. Son cuestiones que quedan abiertas e invitan al lector que «pida más» a ampliar su estudio en una más precisa literatura secundaria y por supuesto en la lectura directa de la compleja obra hegeliana. Además, el afán didáctico que me anima ciertamente asume el riesgo de la simplificación, que siempre algo falsea. Pero efectivamente llega una edad en la que uno puede asumir ciertos riesgos. Mis «fachwissenschaftliche Standards» ya han sido puestos en cuestión. Duele. Pero cuando se pasa, uno se siente curado de ciertos espantos académicos.

Por último, si se trata de repensar la filosofía de Hegel, entiendo que esa hermenéutica sólo es posible si el intérprete se plantea qué es lo que él mismo piensa sobre aquello que está exponiendo, es decir, hasta qué punto puede asumir ese pensamiento como expresión del propio. Ello plantea la cuestión de su verdad. La filosofía no deja de ser un juego especulativo, a la postre vacío, si no nos planteamos en qué medida es para cada uno luz en la que se desvelan las cosas. Esto no va de los mitos celtas o de si la Reforma protestante fue o no razonable en su contexto. Se trata de plantearse la vigencia de un pensamiento que en su día precisamente quiso ser «saber absoluto del Absoluto». Y sería simplemente ofensivo para Hegel aspirar a entender qué significa eso, dejando de lado la cuestión de sí esa pretensión es asumible, si no para todo sujeto posible, sí al menos para el que replica el discurso. Y no precisamente como una película de indios. La filosofía no es eso. En fin, dedico a esta cuestión, que es la de mi propia autenticidad como ese docente e intérprete que quiero ser, el largo último capítulo.

Los usuales agradecimientos tienen, pues, un obvio destino: a mis alumnos, que a lo largo de tantos años me hicieron sentir libre y me ayudaron a pensar lo que aquí he escrito. A los lectores les ruego la misma comprensión y simpatía, no necesariamente asentimiento, que ellos me mostraron.
Sevilla, febrero de 2015

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