Informe final


Victoria Napky – Instituto Interamericano de Derechos Humanos



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Victoria Napky – Instituto Interamericano de Derechos Humanos




PERSONAS MIGRANTES:

UNA MIRADA REGIONAL CON ENFOQUE DE DERECHOS HUMANOS

DESDE EL IIDH

Planteamiento del fenómeno de las migraciones
El fenómeno de las personas migrantes, en todas sus manifestaciones probables (refugiados, desplazados, indocumentados, asilados, etc), no es una manifestación reciente ni exclusiva de nuestros tiempos y, mucho menos, de fácil solución a corto o mediano plazo. Al contrario, si las proyecciones a futuro hechas por los expertos suceden en la forma prevista, no hay duda de que será el desafío mayor a enfrentar por todas las naciones del mundo, junto con otros problemas como el de la contaminación del medio ambiente, la marginación y la pobreza.
Como nos lo recuerda el Informe presentado en el V Congreso de la FIO por la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Población y Desarrollo (El Cairo, Egipto, 1994) y la Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Asentamientos Humanos (Estambul, Turquía, 1996), fueron importantes oportunidades en las cuales la comunidad internacional abordó este tema, aún cuando fuera en forma tangencial. En ambos foros se reconoció el valor de la inmigración al tiempo que se reconoció el derecho de los Estados a formular e instrumentar sus propias políticas migratorias.
En el ámbito de la OEA, el tema no ha estado ausente, tal y como lo resalta la resolución de la Asamblea General AG/RES 2130 (XXXV-O/05), aprobada en la cuarta sesión plenaria del 7 de junio de 2005 (“Los Derechos Humanos de todos los Trabajadores Migratorios y sus Familias”), y un trabajo sostenido desde el “Programa Interamericano para la Promoción y Protección de los Derechos Humanos de los Migrantes, incluyendo los Trabajadores Migrantes y sus Familias”. Opiniones consultivas de la Corte Interamericana también han reforzado el enfoque de protección15, además del trabajo realizado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos desde su relatoría especial sobre el tema.
El tema reviste un interés prioritario debido a que el proceso de globalización ha desnudado esa realidad que ya conocíamos, pero que quizás, convenientemente, muchos países la enfocaban como un problema de una vía: la supuesta desventaja de los países receptores de migrantes (en adelante, “países receptores”), a partir de premisas no necesariamente ciertas o atribuibles a ese fenómeno: desplazamiento de mano de obra local, congestionamiento y deterioro de los servicios sociales, aumento de la delincuencia e inseguridad ciudadana, desmejoramiento de la educación y pérdida de valores, empeoramiento de la situación económica, saturación de la administración de justicia; solo para citar algunos ejemplos.
Ya el laureado novelista norteamericano Richard Steinbeck, desde los años treinta del siglo anterior, en su obra “Las Uvas de la Ira”, retrataba el problema de los migrantes, pero desde la otra visión: la de la vida de los migrantes mexicanos en los campos agrícolas en los Estados Unidos de América. A setenta años de ello, la situación no ha variado para mejorar, sino para empeorar. Ahora no es exclusiva de mexicanos ni de latinoamericanos.
El estigma del fenómeno migrante debe cambiar. Ya nadie puede negar que el flujo migratorio es una opción necesaria, tanto para países originarios como receptores. Muchos países desarrollados centroeuropeos, así como Canadá, Estados Unidos de Norteamérica y el país-continente Australia, pero especialmente estos dos últimos, se perfilan como las regiones de mayor captación de población migrante, porque también la requieren. El proceso de envejecimiento de la población de esos países ha activado la alarma de la sostenibilidad generacional, de modo que el déficit de población joven laboralmente activa que pueda mantener los regímenes jubilatorios, así como los requerimientos de mano de obra para mantener los niveles productivos en aumento constante, no es autosuficiente. Se requiere, entonces, del flujo migratorio para satisfacer ese faltante. El problema será, para estos países, cómo obtener el migrante que ellos requieren y qué perfil y grado de educación y especialización necesitan. Porque el fenómeno de los migrantes ha estado siempre acompañado de componentes de intolerancia, racismo y xenofobia. Por lo demás, la demanda por el migrante de baja escolaridad para la realización de trabajos de poca especialización para tareas de construcción, recolección de cosechas, oficios domésticos, etc., se mantendrá como una constante.
El hecho de que en este foro de la OEA se trate esta temática, nos llena de una gran satisfacción, especialmente, porque el tema debe ser incorporado con marcado interés en todas las agendas nacionales como política de Estado y no como política de Gobierno. Solo desde su sostenibilidad dependerá una solución verdaderamente integral.
En el Instituto Interamericano de Derechos Humanos, tratamos el tema de las personas migrantes desde una perspectiva de derechos humanos y, con ello, la claridad de que, si hay un grupo vulnerable, ajeno incluso al derecho humano fundamental de petición o acceso a la justicia - pilar necesario para reclamar violaciones de otros de sus derechos humanos-, ese es el de los migrantes, especialmente, el de las personas indocumentadas. Si a ello le agregamos a ese colectivo condiciones de género y de etnia, no hay duda de son las mujeres indígenas migrantes las personas más afectadas con el fenómeno migrante. De ahí que en el IIDH también hemos trabajado en tema desde la sociedad civil con especial énfasis en mujeres y personas indígenas.
El reto es grande, máxime cuando tomamos conciencia de que el fenómeno migrante ha sido aprovechado económicamente, tanto por los países originarios que ven una incidencia directa en el aumento de sus balanzas comerciales por efectos de remesas del exterior, como por los países receptores que se benefician de mano de obra barata y especializada sin haber hecho inversión social previa para obtenerla; aumento de liquidez como consecuencia de más consumidores con capacidad de compra y, por ende, ampliación de los mercados de producción interna, mejores precios de productos de exportación por la mano de obra barata al margen de cargas sociales legales, etc.
Lo anterior demuestra que este no es un fenómeno a resolver solo por los países originarios o solo por los países receptores. Como todo, dependerá de ese imponderable llamado voluntad política de la que todos los Estados se valen para cumplir o no con esos retos que trascienden los simples actos de gobierno.
Mientras sigan existiendo diferencias de mercado en razón de “ventajas” comparativas en los factores de producción entre los países –situación que no tiende a variar- tendremos a la par siempre, como fenómeno económico, social y cultural, la migración. Eso se mantendrá con globalización o sin ella, con tratados de libre comercio o sin ellos. Por lo tanto, no queda otra salida que generar propuestas eficaces de promoción y protección de los derechos humanos de ese sector poblacional, tanto desde el ámbito interno como del internacional. En lo que respecta a los refugiados y desplazados, las variables del conflicto armado interno se han trasferido de unas regiones a otras dentro del Continente, lo que hace que el problema se mantenga con connotaciones y especificidades preocupantes.
Como quiera que se vea, corresponde hacer frente al desafío de la población pobre de nuestra región que abandona o debe abandonar su país para, desafortunadamente, seguir siendo más pobre en otro. Y no solo es más pobre, sino desarraigada de su familia, cultura y costumbre, discriminada racialmente y víctima del flagelo de la xenofobia y la intolerancia. Como si fuera poco, están siempre en riesgo de deportaciones forzadas con violación a sus derechos humanos y no participan de políticas de reinserción social en su país de origen, donde vuelven a ser marginados por sus propios nacionales.
Una consideración tipológica necesaria
Es prudente realizar algunas delimitaciones conceptuales sobre el tema migratorio, para poder comprender integralmente el fenómeno.
Así, REFUGIADO se refiere a “cualquier persona que debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social y/u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país; o que careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera regresar a él.” (Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de la ONU de 1951). La anterior definición se amplía durante el Coloquio de Cartagena (1984), cuya Declaración ampliada trata de caracterizar el refugio centroamericano de ese entonces, incluyendo en la categoría de refugiado a “toda persona o personas que han huido de sus países porque su vida, seguridad o libertad han sido amenazadas por la violencia generalizada, la agresión extranjera, los conflictos internos, la violación masiva de los derechos humanos u otras circunstancias que hayan perturbado el orden público.” (Declaración de Cartagena de 1984).

ASILO: institución jurídica en virtud de la cual se protege a individuos cuya vida y libertad se encuentran amenazadas o en peligro, por actos de persecución o violencia derivados de acciones u omisiones de un Estado.


El fenómeno migrante vis a vis globalización
El factor generador del fenómeno migrante se ha visto afectado sensiblemente como consecuencia de la globalización. En los últimos años se han desencadenado muchas discusiones y propuestas sobre las condiciones que generan el problema, así como las soluciones posibles a implementar.
El debate actual sobre el problema migratorio debe enmarcarse necesariamente en el análisis del creciente proceso de globalización que experimenta la economía mundial. Este proceso ha derivado en una profundización de los desequilibrios mundiales, con diferencias entre los países cada vez más abismales.
Para decirlo en palabras del anterior Presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Juez Antonio Cancado Trindade, el fenómeno contemporáneo del desarraigo es efecto de “un mundo globalizado... [en el que] se abren las fronteras a los capitales, inversiones, bienes y servicios, pero no necesariamente a los seres humanos. Se concentran las riquezas cada vez más en manos de pocos, al mismo tiempo en que lamentablemente aumentan, de forma creciente (y estadísticamente comprobada), los marginados y excluidos. Las lecciones del pasado parecen olvidadas, los sufrimientos de generaciones anteriores parecen haber sido en vano”.16
La globalización, que bien la deberíamos entender como una suerte de “mundialización” de la economía, ha desencadenado discursos y protestas de amplia oposición en todo el mundo. Lo cierto es que al margen de ese debate, en lo que al problema migratorio respecta, se ha dado una polarización de riqueza que incide directamente e influye en la decisión de las personas para abandonar su país en cualquier forma posible para buscar una supuesta mejor calidad de vida, aún cuando el desarraigo y el desmembramiento familiar son constantes generadores de problemas sociales de consecuencias irreversibles.
La globalización, se dice, permitirá la movilidad de los factores de producción y especialización internacional, lo que acarrearía el despunte hacia el crecimiento, lo cual no podrá ser si no se eliminan barreras arancelarias y no arancelarias que permitan el libre flujo de bienes y servicios. Es aquí donde la propuesta se vuelve inconsistente, puesto que no hay voluntad para liberar también el factor trabajo y más bien se rechaza la movilidad de trabajadores mediante la instauración de medidas anti-inmigratorias de corto plazo.
Hay algunas propuestas que tratan de atender ese fenómeno, dentro de la cuales sobresale la realizada por la Comisión para el Estudio de la Migración Internacional y el Desarrollo Económico Cooperativo compuesta por miembros de los partidos demócrata y republicano de los Estados Unidos de Norteamérica para examinar los factores que impulsaban la inmigración, especialmente la indocumentada, hacia ese país desde otros países del hemisferio occidental. Esa Comisión, tomando en consideración muchas consultas en el exterior y valiosas investigaciones académicas, llegó a dos conclusiones fundamentales: una –nada novedosa por cierto- que la razón principal de ese tipo de inmigración es la búsqueda de mejores oportunidades económicas, y la otra, que el desarrollo y el acceso a nuevos y mejores empleos en los lugares de origen es la única forma de reducir gradualmente las presiones migratorias.
Para ello recomendó ciertas medidas con alcance a mediano y largo plazo, y aún cuando muchas de ellas son cuestionables, lo cierto es que tienden a buscar cierto balance frente a una globalización rampante que siempre va a beneficiar a los países más desarrollados económica y tecnológicamente.
Algunas de las medidas de esa Comisión se plasmaron en la suscripción del Tratado de Libre Comercio entre Canadá, Estados Unidos y México (NAFTA) y su aplicación y posibles efectos, se supone, incidirían directamente en la disminución de presiones migratorias,17 especialmente por la emigración de mexicanos de zonas rurales a centros industriales más populosos.
Sin embargo, la puesta en marcha del NAFTA no ha conducido necesariamente a esos resultados, ya que la brecha salarial entre los dos países no se podrá cerrar del todo a pesar de ese tratado. Pero quizás el punto más complejo es la vinculación de las normas laborales con el comercio, especialmente por la no completa instrumentación de controles para asegurar su cumplimiento efectivo. Mientras ello no ocurra, no se podrá equiparar esas normas laborales entre los países para permitir una disminución de los factores que promuevan la migración ilegal a partir de la explotación de mano de obra inmigrante. En otras palabras, esa explotación laboral seguirá sirviendo como acicate para la expulsión de migrantes en el país expulsor y para el recibimiento de ilegales en el país receptor.
La situación migratoria en la región americana y los patrones migratorios
Dentro del mapa migratorio mundial, el continente americano, especialmente Latinoamérica, ha tenido un papel importante a destacar. El ser parte de una región en desarrollo, con la salvedad de Estados Unidos y Canadá, ha implicado que haya flujos migratorios entre los países de una subregión a otra, variando el destino de los países receptores según se vayan modificando circunstancias coyunturales relacionadas con conflictos armados internos o por condiciones de marginación y pobreza, lo que ha provocado también, un fenómeno de desplazados internos dentro de los mismos países.
La situación de que una persona tenga que verse obligada a abandonar su lugar de residencia, así como su trabajo, ya sea para trasladarse fuera de las fronteras o internamente, desencadena una serie de violaciones de derechos humanos independientemente de que se ubique al migrante dentro de cualquiera de las categorías de refugiado, asilado o desplazado. Además de ese desarraigo, si le agregamos la estigmatización de que son objeto por prácticas racistas y xenófobas en el país receptor, el cuadro de proyecto de vida –si es que se puede hablar de eso- es verdaderamente patético. La exacerbación de hostilidad contra ese sector de la población, ya sea por sentimientos nacionalistas o por simple percepción de que ese tipo de migrante resulta problemático, aumentan el panorama negativo y lo convierten en prácticamente apátrida.
En ese contexto, los principales focos del fenómeno migrante en América podríamos clasificarlos de la siguiente manera:


  1. Desplazados internos en cada uno de los países.

  2. Inmigración de todos los países latinoamericanos hacia Canadá y Estados Unidos.

  3. Inmigración de centroamericanos y sudamericanos hacia Estados Unidos utilizando México como puente o quedándose en éste.

  4. Inmigración dentro de los países centroamericanos.

  5. Inmigración entre países suramericanos.

  6. Inmigración de personas latinoamericanas hacia países europeos, especialmente a España.

A partir de los años cincuenta del siglo XX, fue generalizado el fenómeno de la migración interna de las zonas rurales hacia las ciudades con miras a obtener una mejor situación económica, lo cual tuvo un impacto económico y social de magnitudes ya conocidas por todos. Ese tipo de migración, que podríamos decir, voluntaria en unos casos o impulsada por las circunstancias en otros, debemos diferenciarla del fenómeno de desplazamiento interior, donde un gran número de personas se ven desarraigadas forzosamente de su propio medio, aún cuando se encuentren dentro de las mismas fronteras nacionales.


Ello como consecuencia de que estos grupos de personas se encuentran, de un momento a otro, en la línea de fuego entre las fuerzas de la guerrilla y de las fuerzas gubernamentales que se enfrentan por razones ideológicas, por posesión de tierras y recursos naturales o por problemas sumamente complejos donde convergen, además, guerrilla, militares, paramilitares y grupos económicos vinculados con el narcotráfico.
Al ser estas personas desplazadas por el mismo tipo de violencia que califica a las personas refugiadas, es que debería de considerárseles como tales por motivos de carácter humanitario en los términos de la Convención de 1951.
El fenómeno intrarregional
La heterogeneidad económica y social de los países latinoamericanos y del Caribe, así como la vecindad geográfica y la proximidad cultural, hacen que las corrientes migratorias dentro de la región busquen, preferentemente, aquellos países cuyas estructuras productivas sean más favorables en términos de empleo. A ello hay que agregar la galopante crisis económica y las contingencias sociopolíticas.18
Los orígenes y destinos durante 1990 indicaban que casi dos tercios de los latinoamericanos que residían en países de la región, distintos al de nacimiento, se concentraban en Argentina y Venezuela. Argentina ha sido el destino tradicional de numerosos contingentes de paraguayos, chilenos, bolivianos y uruguayos, mientras que la bonanza petrolera venezolana atrajo, desde 1970, a colombianos y otros nacionales de otros países del cono sur.19 Ese flujo migratorio disminuyó en la década de los ochenta, pero aumentó el número de personas procedentes de otros países latinoamericanos, mientras que se apreciaba un factor novedoso de retorno de paraguayos a su país y Chile se convirtió en un importante país receptor de migrantes de otros países latinoamericanos.20
Mientras tanto, la subregión centroamericana presentaba un panorama muy particular debido a las consecuencias socio-políticas agravadas por los conflictos armados internos, lo que generó una inmigración importante de salvadoreños y nicaragüenses hacia Costa Rica entre los años setenta y ochenta; mismo periodo en que México se convertía en receptor fundamental de inmigrantes de todo el istmo, pero especialmente, de guatemaltecos y salvadoreños.
Colombia merece un trato diferenciado, puesto que durante los noventa, los censos de otros países latinoamericanos mostraron que, más de seiscientos mil colombianos estaban empadronados en esos territorios; la mayoría en Venezuela.21
Por su parte, los países del Caribe mantienen un flujo constante de migrantes entre ellos mismos producto del dinamismo del sector turístico, siendo la población migrante predominantemente de Granada, Guyana y San Vicente y las Granadinas y, los países receptores, Trinidad y Tobago, Islas Vírgenes y Barbados.22
La migración extrarregional
A pesar de opciones alternas como Australia, algunos países europeos y asiáticos, el destino mayoritario de inmigrantes latinoamericanos y del Caribe sigue siendo Estados Unidos de América y, en menor medida, Canadá. Por ello se habla de migración sur-norte. Esta situación, que no es novedosa, sí refleja un punto de preocupación en cuanto a la cantidad de ese flujo migratorio: alrededor del 43% del total de la población extranjera censada en Estados Unidos en 1990, correspondiente más de la mitad a personas procedentes de México; una cuarta parte al Caribe (Cuba, Jamaica y Republica Dominicana, principalmente) y la otra cuarta parte se divide entre centroamericanos y sudamericanos por partes iguales.23
Según Villa y Martínez, citando información de la Encuesta Continua de Población de los Estados Unidos, el número de inmigrantes de origen latinoamericano y caribeño ascendió a 13.1 millones de personas en 1997; es decir, más de la mitad del total de inmigrantes, lo que refleja que la región es expulsora neta de población, especialmente en los casos de El Salvador, Guatemala y Nicaragua.24
Otros datos emanados de la Encuesta Mundial Económica y Social 2004 de la División de Población del Departamento de Asuntos Económicos de las Naciones Unidas, a la que se hace referencia en el Centro de Noticias ONU (noviembre, 2004), hacen referencia a la situación migratoria mundial que no es ajena a la situación latinoamericana o bien, a la que esta región esa parte importante como zona originaria:
-Uno de cada 35 habitantes del mundo vive fuera de su país de origen, lo que está generando importantes cambios en la economía, las finanzas y en la configuración demográfica.La citada Encuesta destaca también que la emigración de las últimas décadas se ha dirigido a países desarrollados. Asimismo señala que desde los años 60 se ha más que duplicado el número de inmigrantes. Ha pasado de unos 70 millones a unos 175 millones en el año 2000.

El informe revela que uno de cada cuatro emigrantes internacionales ha escogido como país de destino Estados Unidos. En algunas naciones los inmigrantes representan el 10 por ciento o más de la población.


Según los autores, las migraciones no contribuyen “de manera apreciable” a deprimir los salarios ni a crear una competencia desleal con los trabajadores de los países receptores, pero hay tanto temor que ha aumentado el número de países que ha adoptado políticas restrictivas del 7 por ciento en 1976 al 34 por ciento en 2003.


El estudio destaca que, por el contrario, los inmigrantes aumentan la demanda de bienes y servicios y contribuyen al producto nacional bruto. Por otra parte, a través de las remesas a sus países de origen, producen un nuevo fenómeno, la creación de capital, muy claramente descrito para el continente latinoamericano.


Dentro de ese panorama, hay factores que deseamos remarcar:


  1. El aumento del número de mujeres migrantes ha afectado el fenómeno de la migración. De manera creciente muchas mujeres han empezado a migrar siguiendo a sus esposos, hijos o por su cuenta, muchas veces huyendo de la falta de oportunidades o por la violencia doméstica o intrafamiliar. Ellas representan hoy en día el 47.5% de los migrantes del mundo.




  1. El desarrollo de comunidades migrantes ejercen un efecto de imán, que por canales informales diseminan la información como las reglas de inmigración, mercado de trabajo y vivienda, entre otros. De esta forma incentivan a que un mayor número de personas migren. En este sentido, merece destacarse el hecho que estas comunidades también desarrollan estrategias de sobrevivencia mezclándose con los habitantes del país de origen y produciendo un intercambio cultural enriquecedor.




  1. Finalmente las catástrofes naturales como terremotos, sequías y huracanes incrementan el número de personas migrantes. El caso del huracán Mitch en 1998 hizo que miles de centroamericanos migraran hacia México, Canadá y Estados Unidos.

En el caso de América Latina, y específicamente en la región centroamericana, (Morales Gamboa, Abelardo25) se ha señalado:


El análisis de los fenómenos vinculados a la migración en todas sus formas, y los demás movimientos de la población, en la región centroamericana, requiere de un tratamiento que los comprenda como una expresión de procesos económicos, sociales y políticos, enmarcados en sociedades cruzadas por desigualdades ancestrales, y regímenes políticos cerrados…En la región, las migraciones no se han producido como un éxodo emancipador, sino que han adquirido los rasgos de una fuga poblacional donde imperan cada vez más condiciones de mayor precariedad.
Esta expulsión de personas de los países hacia fuera de sus fronteras, lamentablemente tampoco ha permitido a esta población beneficiarse de su propio trabajo y de los sacrificios de la migración. Por eso señala el mismo autor:
Al convertirse en habitantes del “no lugar”, los inmigrantes se convierten en “no ciudadanos”, carentes de un territorio; no son suyos los derechos propios de pertenecer a una comunidad legítima y jurídicamente reconocida.
Y continúa diciendo, en la actualidad “proyectos macrorregionales como los Tratados de Libre Comercio o el Plan Pueblos Panamá, generarán nuevos flujos migratorios en función de nuevas y viejas demandas de fuerza de trabajo de los mercados de la región, cada vez más transnacionalizados…Estas son uno de los principales renglones en la transnacionalización del empleo y una de las nuevas fuentes de acumulación de ganancias.”
Precisamente sobre el tema del impacto económico de las migraciones, Manuel Orozco26, señala que: “Las migraciones y las remesas27 se han constituido en símbolos del rostro humano de la globalización. Millones de personas emigran y, al mismo tiempo, continúan con sus obligaciones sociales y familiares en su país de origen. El envío de dinero, conocido como remesas, representa una de esas obligaciones…Latinoamérica recibió US$38 mil millones. Esta tendencia tiene implicaciones significativas, incluyendo cuestiones atinentes a la relación entre desarrollo y la migración.”
Indica el mismo autor que es importante tener en cuenta cuatro premisas sobre las remesas y el desarrollo, a saber: 1) Estos volúmenes financieros tienen amplios efectos económicos; 2) las remesas se dirigen principalmente hacia la gente pobre, sin ser una solución a la misma sino un alivio temporal; 3) Es necesario adoptar políticas concretas para fomentar el desarrollo sostenible; y 4) Debe tenerse en cuenta los agentes involucrados, especialmente, los inmigrantes y sus familias.
Las remesas dan la posibilidad también de visualizar una perspectiva positiva de las migraciones. Así indica Orozco: “La migración beneficia a los países que exportan e importan fuerza de trabajo. Algunos de los cuales se deben al turismo, las telecomunicaciones, las inversiones, el transporte y las remesas, todos los cuales guardan relación con la migración. La cantidad de remesas se ha incrementado dramáticamente durante los últimos diez años; la estimación anual es de unos US$140 mil millones mundialmente…28 Para la mayoría de los países, las remesas superan el volumen de la inversión y la ayuda externa”29.

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