Informe y entrevistas del viaje realizado en Noviembre del 2000 por Alfons Bech en nombre de la Comisión de ayuda a la reconstrucción de los sindicatos de los Balcanes, constituída por Pau I Solidaridat-cooo, Josep Comaposada-ugt



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La prueba de las guerras


Los peores momentos los pasaron durante las guerras, a las que siempre se opusieron públicamente. Hay anécdotas que me explican de situaciones muy delicadas, como cuando firmaron en Zagreb un manifiesto con los sindicatos croatas diciendo que Croacia tenía derecho a defenderse cuando Milosevic intentaba arrebatarle la región Krajina, mayoritaria de serbios. Cuando volvieron a Serbia lo pasaron mal. O cuando llamaron a boicotear el referéndum sobre Kosova en la primavera del 98 con el que Milosevic quería justificar su posterior guerra de limpieza étnica. El lema era aproximadamente: “Serbia es una prisión. Queremos derechos y trabajo para los obreros y no un referéndum sobre Kosovo”. En la manifestación que convocaron eran unos trescientos y había unos mil policías rodeándolos, “como en la prisión”, me comentaba Aleksandar.

En una entrevista Milan Nikolic cuenta cómo su oposición a las guerras no fue meramente propagandística. Antes de que estallara la guerra con Eslovenia trataron de organizar un encuentro con obreros eslovenos y para ello organizaron varios autobuses para desplazarse allí, pero la policía lo impidió. Tener una posición beligerante contra las guerras no fue fácil. El régimen había creado un clima de persecución en el que todo quien se manifestaba crítico a las guerras era considerado como un traidor al país, o como un “agente de la OTAN”. Todas las organizaciones que han llevado esta batalla han tenido represaliados: desde las organizaciones de derechos humanos, las ONG o los movimientos de juventud por la objeción de conciencia. No es de extrañar pues que el líder del fascista Partido Radical, Vojilav Seselj, atacara en sus discursos particularmente a Milan Nikolic y lo señalara como un objetivo para sus huestes. Milan sufrió un atentado al sabotearle los frenos de su vehículo que le costó un accidente. Al final de una bajada se empotró contra un autobús pero por suerte salió con sólo heridas. En otras dos ocasiones también le intentaron secuestrar bandas parapoliciales o la propia policía.


Los obreros y la oposición política


La relación entre la clase obrera y la oposición política ha sido muy diferente según las situaciones. En general la mayoría de los líderes de oposición, y en particular los más conocidos, como Drasgovic y Djindic, no han tenido casi nunca una gran aceptación entre la clase trabajadora ni la juventud estudiantil.

Varios de estos líderes, como los mencionados, aparecieron ya en las primeras movilizaciones estudiantiles y populares del 91. Y constantemente han reaparecido en las siguientes movilizaciones. Pero las marchas diarias que se hicieron en el otoño-invierno del 96/97 mostraron a los trabajadores y estudiantes que no se podía contar con tales dirigentes. En efecto, tras un fraude electoral de Milosevic, los estudiantes se echaron a la calle en pacíficas manifestaciones, pero masivas y diarias, que iban ganando en amplitud y arrastraban a los trabajadores. En ese momento los líderes de la oposición no sólo no animaron a sumarse al pueblo a las manifestaciones, sino que dejaron de participar en ellas. En los hechos dejaron que el movimiento estudiantil se consumiera en meses de manifestaciones y el movimiento fuera decayendo, sin luchar por los resultados que habían conseguido.

La mayoría de observadores sindicales y políticos coincide en que tal comportamiento de la oposición fue en realidad un reparto más o menos tácito del poder: la oposición se quedó con el poder de algunas de las principales ciudades del país, en tanto que Milosevic mantenía el poder central de la República.

Como consecuencia de esta situación y de la decepción creada por la oposición a partir del movimiento estudiantil del 96/97 se crea el movimiento OTPOR (Resistencia). Los líderes de este movimiento luchan por el cambio de régimen “y del sistema”, dicen algunos de ellos, pero no lo quieren hacer como partido político, sino como movimiento, como sociedad civil. Es un movimiento joven, que pone su fuerza e ímpetu, a la vez que se mantiene independiente de la oposición, a la que trata de “controlar” o de vigilar, a la que le exige que se una frente a Milosevic, y con la que mantiene una relación de colaboración / desconfianza.

El sindicato Nezavisnost ha mantenido una excelente relación con OTPOR desde su inicio, prestándole su ayuda para su constitución y formalmente sus miembros forman parte de este movimiento.

El 23 de diciembre de 1996 se produjo un cambio importante. Hubo ese día la confluencia de tres manifestaciones en el centro de Belgrado. De un lado los partidarios del Partido Socialista de Milosevic, venidos desde los cuatro puntos cardinales de Serbia, organizados y llevados en autobuses, para defender la permanencia en el poder de Milosevic. Del otro la manifestación del sindicato independiente Nezavisnost convocada para exigir las reivindicaciones mínimas obreras en contra de un gobierno que mantenía en una situación miserable a la clase obrera con sus guerras y aislamiento. Y por último la manifestación de los partidos de la oposición a la que se sumaron los manifestantes de Nezavisnost.

Esta triple manifestación fue, según Milan Nikolic, el principio del fin de Milosevic. Tras meses de manifestaciones estudiantiles, fue la expresión pública de que la clase obrera pasaba a manifestarse políticamente contra el régimen. Un video del sindicato muestra las caras de asombro de los obreros partidarios de Milosevic al ver cómo los obreros de Belgrado se oponían a su dios. La manifestación y los enfrentamientos que hubo ese día causaron más efecto que meses de programas de televisión y periódicos con información manipulada por Milosevic. Muchos de los que asistían venían de Kosovo, de ciudades como Pec, y se encontraron con que obreros y estudiantes, serbios como ellos, estaban contra lo que se estaba haciendo en Kosovo, contra las guerras, que defendían los derechos obreros contra la política de Milosevic en su conjunto. No eran ni espías, ni agentes, ni mafias, sino gente como ellos. Resultó un shock para los obreros del régimen venidos desde las provincias.

Las últimas elecciones del 24 de febrero del 2000, en contra de lo que podría parecer a partir del resultado electoral, no fueron un camino de rosas para la oposición. Hubo como mínimo dos hechos que contribuyeron a la victoria de Kostunica. De entrada la clase obrera tenía grandes reticencias a votar los mismos líderes que ya habían cosechado varios fracasos y que jamás se mostraban dispuestos a unir sus fuerzas para hacer frente al enemigo común. Este hecho obligó a buscar a Kostunica, un líder menos conocido, menos comprometido en anteriores tentativas. Sin duda era un nacionalista serbio pero no desprestigiado por la corrupción y los dieciocho partidos que abarcan el abanico que va desde la izquierda hasta la derecha, aceptaron presentar Kostunica como signo de unidad. El otro hecho fue que Nezavisnost y la gran mayoría de organizaciones civiles se decidieron a utilizar las elecciones para deshacerse de Milosevic. No tanto porque consideraran a Kostunica como un buen líder sino como la alternativa más realista al más que posible horizonte de una nueva guerra con Montenegro, y a la guerra civil en la misma Serbia. La victoria de la oposición en las elecciones era la posible vía pacífica que quedaba para desalojar a Milosevic del poder. La oposición firmó un protocolo con las organizaciones sociales respetando principios democráticos y hubo una plataforma que impulsó la participación.

Una vez se produjo la campaña a favor de la participación y el pueblo se orientó finalmente a ir a votar masivamente, las cosas cambiaron. Inmediatamente Milosevic y todos los dirigentes del régimen se pusieron a la defensiva, en la propia campaña y tras la votación. A final del día 24 de septiembre alargaba el recuento y no daba datos. Luego aparecieron datos a todas luces fraudulentos; las organizaciones sociales y la oposición habían organizado un sistema de recuento paralelo que daba datos muy fiables y rápidos. Las manifestaciones salieron a la calle desde esa misma noche y empezaron a mostrar que el clima era esta vez diferente al invierno del 97: esta vez salían a la calle no sólo los estudiantes y jóvenes, sino también los obreros, las madres de familia y mujeres, los ciudadanos en general.

La clase obrera, que había estado más dividida en anteriores elecciones, esta vez se decantaba masivamente por el cambio de régimen. La huelga de los mineros de Kolubara fue la señal de ese cambio. Y tras ellos fueron yendo las demás capas de la clase trabajadora: los obreros de fábricas, los periodistas, los maestros junto a los estudiantes, los trabajadores municipales. Todo ello confluyó con la juventud y con las organizaciones sociales, OTPOR, Nezavisnost, los jóvenes estudiantes, los objetores, los ciudadanos, en la concentración del 5 de octubre ante el Parlamento y su toma. Si las propias organizaciones sociales estaban desbordadas, la oposición política iba a remolque de los acontecimientos e incluso temerosa de que aquella revuelta popular se convirtiera en una verdadera revolución sin control. Milosevic cayó, tuvo que reconocer su derrota finalmente, después que le fallaron las unidades de policía y el ejército, que no quisieron el derramamiento de sangre que le pedía su jefe.

La situación desde ese cinco de octubre está estacionaria. La oposición sigue más o menos unida para tratar de presentar un frente común contra los restos de los partidos del viejo régimen. El pronóstico general es que la antigua oposición va a ganar ampliamente. Los partidos régimen caído, muy debilitados y divididos interiormente, se debaten entre su reciclaje o su desaparición. De ellos el que tiene más posibilidades es precisamente el Partido Socialista de Milosevic ya que era el más numeroso, el que más obreros tenía y de donde surgen ahora más voces de gente presta al cambio. Quieren cambiar el traje de un nacionalismo gran-serbio, disfrazado con un lenguaje “socialista”, por un traje socialdemócrata de corte occidental. Como ya se ha dicho, las elecciones del 23 de diciembre clarificarán el panorama y tanto la clase obrera como las capas medias empezarán a definir el abanico político más nítidamente.

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