Innovaciones democráticas y reproducción del sistema sexo- género de dominación masculina



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Poder para, innovaciones democráticas y reproducción del sistema sexo- género de dominación masculina

Relational Power, Democratic Innovations And The Reproduction Of The Male Domination Sex Gender System

Jone Martínez Palacios

Universidad del País Vasco- Euskal Herriko Unibertsitatea. Departamento de Ciencia Política y de la Administración | Bank of Montreal Visiting Scholar in Women’s Studies- Institute of Feminist and Gender Studies- U. Ottawa



Resumen

El planteamiento teórico presentado en este artículo, llama la atención sobre la posibilidad de que las manifestaciones del poder relacional reproduzcan el sistema sexo-género de dominación masculina (SSGDM). En éste se identifican tres tensiones sociales a través de las que tal reproducción tiene lugar: lo público frente a lo privado, la razón frente a la emoción y la tensión de lo dominante con vocación universalizante frente a lo subalterno. Tras introducir la problemática de que los planteamientos del poder relacional no están exentos de reproducir el SSGDM, en una primera parte del artículo se ofrece una conceptualización de los dispositivos de innovación democrática como manifestaciones del poder para democratizar las sociedades. En una segunda parte se explican las tres tensiones a través de las que el SSGDM puede reproducirse en contextos democratizantes. Para ello, por una parte, se emplean los discursos de 48 biografías de la participación realizadas a 6 hombres y 42 mujeres participantes en quince procesos de innovación democrática de la Comunidad Autónoma del País Vasco. Por otra, se revisan las principales aportaciones de la teoría feminista a cada una de las tres tensiones. El artículo concluye arrojando pistas sobre la forma en la que la teoría feminista puede ayudar en la tarea de desactivar la inercia patriarcal de los planteamientos del poder relacional.



Palabras clave

Género, Poder relacional, Democratización, Público, Privado, Razón, Emoción.



Abstrac

The theoretical approach presented in this article, stress the possibility that the manifestations of the relational power reproduce male dominance sex gender system (MDSGS). We identify three social tensions through which such reproduction takes place: the public against private espace, reason against emotion and dominant against subaltern tension. After entering the problematic that relational power approaches are not exempt from playing the SSGDM, the first part of the article provide a conceptualization of the democratic innovation as manifestations of relational power to democratize societies. In a second part, the three tensions of the reproduction are explained. For that, in ona part, an analysis of 48 biographies of participation made to 6 men and 42 women participating in fifteen processes of democratic innovation of the Autonomous Community of the Basque Country is provide. In other part, a revisión of feminist theory about one of each tensions is offer. The article concludes yielding clues on how feminist theory can help in the task of disabling the patriarchal inertia in the approaches of the relational power.



Keywords

Gender, Relational Power, Democratization, Public, Private, Reason And Emotion.



Introducción

Las sociedades que caminan hacia el multiculturalismo y la igualdad acogen dos tendencias de carácter democratizante1. Por una parte, se percibe un notable aumento de medidas políticas destinadas a garantizar la presencia y calidad de la participación de las mujeres en espacios de representación política. Hoy hay más mujeres que en décadas anteriores en los gobiernos, parlamentos y órganos de representación política de la mayor parte del planeta. Por otra parte, es posible identificar un incremento de dispositivos y procesos de carácter deliberativo y participativo –a los que nos referiremos ampliamente como innovaciones democráticas– que priorizan una lógica de poder para o relacional frente a otras de poder sobre.

Así, en lo relativo a la participación política de las mujeres, Frank C. Thames y Margaret S. Williams afirmaban que: “jamás se ha conocido un nivel mayor de representación política de las mujeres en el mundo” (2013: 1). En su estudio, Thames y Williams analizan la participación política de las mujeres en los órganos de representación política de 159 Estados considerados democráticos según los criterios de la organización Freedom House. Constatan que desde 1945 hasta 2005 se ha producido un aumento del número de mujeres en los Parlamentos del mundo (pasando de ser el 5% al 15%), así como un incremento de las cuotas que garantizan una mínima presencia de las mujeres en los partidos políticos (del 0% de 1945 al 40% de 2005) (Thames y Williams, 2013: 2). A pesar de todo, no dejan de subrayar que el incremento de la presencia de las mujeres es desigual en los 159 países. Mientras que Suecia contaba con un 47,3% de mujeres en el Parlamento en 2006, o Ruanda con un 56,3% en 2009, hay lugares como Sri Lanka en los que éstas constituyen el 4,9% del Parlamento.

En cuanto a los dispositivos de innovación democrática, es posible argumentar que ante la cada vez más reconocida “crisis en la democracia representativa” (Gauchet, 2008; Ibarra, 2008), se ha producido un estallido de propuestas que, tanto en el plano teórico como empírico, han buscado solucionar las críticas sobre el distanciamiento entre quienes diseñan los “productos políticos” y quienes los “consumen”. Para ello han sido utilizadas distintas estrategias que van desde la modernización administrativa, hasta la institucionalización de procesos de deliberación y participativos. El análisis de la evolución de los presupuestos participativos es una prueba del auge que viven las innovaciones democráticas. Yves Sintomer concluía, tras haber analizado los presupuestos participativos en cuatro países europeos, que: “las cifras son impresionantes. En 1999, las experiencias se cuentan con los dedos de una mano y Europa parece encontrarse a años luz de Brasil; en 2002, superan ya la veintena; en 2005, hay en marcha 55 presupuestos participativos. Y el movimiento parece imparable: en 2008 se ha puesto punto y final a algunos dispositivos, pero su número total rebasa el centenar, especialmente debido a la multiplicación de experiencias en España, Italia y Portugal, acompañadas del estreno de otras en Suecia” (Sintomer, 2008: 20).

Considerando lo hasta ahora dicho, entendemos que es precisamente en la intersección de ambas tendencias democratizantes donde encontramos un campo de trabajo innovador en la Ciencia Política que permite aproximar los estudios feministas y los estudios sobre la democratización. Conscientes de que caben muy distintas preguntas en esta nueva agenda de investigación, en este artículo nos centramos en responder a si los experimentos de innovación democrática, concebidos con voluntad de ejercer el poder para, permiten establecer relaciones más igualitarias entre hombres y mujeres en término de derechos y oportunidades.

Así, teniendo en cuenta las dos tendencias democratizantes arriba planteadas, la problemática que deseamos abordar en este artículo se centra en: la reproducción del sistema sexo- género de dominación masculina en procesos de democratización. Para ello, tras introducir la idea de que los planteamientos del poder relacional no están exentos de reproducir el sistema sexo género de dominación masculina (SSGDM en adelante)2, en una primera parte del artículo ofrecemos una conceptualización de los dispositivos de innovación democrática como manifestaciones del poder para democratizar las sociedades. En una segunda parte, abordamos las tensiones a través de las que el SSGDM puede reproducirse en contextos de democratización. En esta parte del artículo, y con el fin de ilustrar la propuesta teórica que aportamos, hacemos uso de parte del material empírico proveniente de la investigación “Innovaciones Democráticas Feministas”, cuyo objetivos son: por un lado, identificar los obstáculos que encuentran las mujeres para llevar a cabo sus proyectos de participación en contextos de democratización. Por otro lado, identificar las estrategias que éstas emplean para hacer frente a tales obstáculos3. En concreto, movilizamos los testimonios de 42 mujeres y 6 hombres que participan en quince experimentos de innovación implementados entre 1978 y 2015 en el País Vasco4. Finalmente, el artículo concluye arrojando algunas pistas sobre cómo la teoría feminista puede ayudar en la tarea de desactivar la inercia patriarcal que puede persistir en los planteamientos del poder relacional.



Poder para e innovaciones democráticas

Actualmente existe cierto consenso sobre la crisis que sufre el contrato social de la modernidad y el modelo político mayoritario que regula las relaciones socio- políticas en su seno para la producción de los bienes colectivos (Cobo, 2011; Santos, 1999). Tal y como introducíamos, cada vez es más compartido el diagnóstico de la crisis en la democracia representativa. Igualmente, existe un acuerdo sobre la necesidad de construir “un nuevo contrato fundado en la reconceptualización de los sujetos y las reglas pertinentes que obliguen por igual a todos” (Quesada, 2008: 240), ya que la idea de contrato social que se encuentra en los cimientos de las democracias representativas ha excluido política y socialmente a diversos grupos sociales como: las mujeres, las personas con movilidad reducida, las personas con sexualidades no normativas, los/as inmigrantes o los/as niños/as entre otras/os (Pateman, 1995). Ante esta idea hay quienes apuntan ya a la existencia de un proceso de reactualización del contrato en el que la defensa de la voluntad general es realizada por un “cuarto poder”5 configurado por diversos actores, que han forzado el cambio del cuerpo colectivo del que emana la voluntad general a través de distintas fórmulas, entre las que se encuentran las de corte participativo y deliberativo (Rui y Villechaise- Dupont, 2006: 21-36).

Así, a partir de la década de 1980, coincidiendo con las teorías del fin de la historia y el triunfo de la democracia liberal, se produce un estallido de trabajos académicos y experimentos empíricos que buscan testar prácticas participativas y deliberativas para hacer frente a las “promesas incumplidas de la democracia” (Bobbio, 1985). Aunque inicialmente las/os teóricas/os de la deliberación y la participación tienden a distinguirse entre ellas/os (Sintomer, 2011), más recientemente se han acuñado propuestas que reconocen el interés de conciliar ambas tendencias. Tal es el caso de quienes apuestan por el término al que nos hemos estado refiriendo hasta el momento: innovaciones democráticas (ID en adelante).

Tal y como avanzábamos, en este artículo, la noción innovaciones democráticas es empleada ampliamente para nombrar procesos de democratización de carácter deliberativo o participativo que se dan en el marco de las democracias representativas; bien sea, a través de estrategias en las que la sociedad civil “irrumpe” en el sistema institucional; o a través de lógicas en las que la institución se abre “invitando” a participar en ella o con ella a la ciudadanía. Concretamente, hacemos nuestra la propuesta de Graham Smith, para quien las innovaciones democráticas buscarían profundizar, al menos, cuatro bienes democráticos: la inclusividad, el control popular, la capacidad de juzgar las decisiones públicas de la ciudadanía y la transparencia en los procesos de toma de decisiones (Smith, 2009: 12-13).

Mantenemos que conceptualizados de esta manera, los procedimientos de innovación democrática se enmarcan en una modalidad del uso del poder cooperativo y por ello de suma positiva o variable (Maiz, 2003). Asumiendo que existen diversas modalidades de ejercer el poder, entre las que se distinguen claramente dos: la del poder para –“la capacidad de un actor para actuar, de conseguir algún resultado en su interés. (…) Se trata de una capacidad intransitiva y en razón de ello de suma positiva o variable: puede generarse sin disminuir el poder de otros actores” (Maiz, 2003: 15)–, y el poder sobre –“la capacidad estratégica y relacional de un actor para conseguir objetivos modificando la conducta de otros actores (…), implica sujeto y objeto, una relación de interferencia legítima (autoridad) o arbitraria (dominación)” (Maiz, 2003:13)–, entendemos que las ID se fundamentan, más que otros dispositivos clásicos de participación como las elecciones, sobre una idea del poder para o poder colaborativo. Este poder colaborativo funcionaría tanto en las relaciones de la ciudadanía con el Estado como en las relaciones entre los distintos agentes sociales.

El hecho de que las experiencias de ID tengan mayor potencialidad para desarrollar estrategias concebidas en la idea de poder para, conlleva cambios de carácter democratizante en las relaciones sociales. Sin embargo, al tratarse de productos políticos diseñados por agentes del estado –en el caso de los experimentos por invitación–, o agentes estatalizados –en el caso de los experimentos por irrupción–, en el contexto de un sistema de dominación masculina, pensamos que estos experimentos tienden a reproducir, aunque no de manera premeditada, el desequilibrio de poder entre hombres y mujeres que caracteriza a dicho sistema.

Dicho lo anterior, cabe interrogarse por la manera a través de la que un producto concebido para democratizar puede reproducir un sistema basado en la jerarquía. Es decir, es posible preguntarse: ¿cómo un producto político concebido sobre la idea de poder para, puede reproducir lógicas de poder sobre?

Con el fin de comenzar a dar respuesta a tal pregunta presentamos un modelo interpretativo según el cual estos productos no estarían cuestionando en su práctica las tres tensiones que constituyen el SSGDM: lo público frente a lo privado, la razón frente a la emoción y lo dominante con vocación universalizante frente a lo dominado ausente de modelos. Más concretamente, en las siguientes páginas, planteamos que estas tres tensiones aparecen en una forma objetivada y en una forma incorporada en todo producto político y, por tanto, en los experimentos de innovación democrática.



Tres tensiones en la reproducción del SSGDM en contextos de democratización

La identificación de las tres tensiones que proponemos ha sido posible a partir de dos fuentes de información. La primera, la revisión teórica de una serie de trabajos, realizados desde la ciencia política, la filosofía política y la antropología, centrados en explicar los mecanismos a través de los que el sistema de dominación masculina se mantiene y reproduce. La segunda, la serie de conservaciones mantenidas con 42 mujeres y 6 hombres participantes de procesos de ID vascos en forma de biografía de la participación6. Así, estas tres tensiones son un intento de ordenar los diversos bloqueos a la participación que han relatado las 48 personas conectando aportaciones teóricas y experiencias vividas.

Por un lado, del repaso de las distintas entradas empleadas en el estudio del SSGDM que han sido seleccionadas por las/os teóricas/os críticas/os, se deduce que hay al menos tres elementos que explican su reproducción.

En primer lugar, Carole Pateman (1996), Cristina Molina Petit (1994) o Linda Nicholson (1983) optaban ya a finales del siglo XX por subrayar la privilegiada entrada que ofrece el análisis de la distribución genérica de los espacios para el estudio del sistema de dominación masculina. Según esta visión, el estudio de la dicotomía público/ privado y sus efectos en la libertad de mujeres y hombres significa, definir el sistema de dominación masculina como uno que asigna y ordena los espacios en función del género. Así, estudiar el significado social del espacio, de moverse y estar en él, ayudaría a comprender la existencia de una subjetividad entrenada hacia lo público y otra hacia lo privado.

En segundo lugar, otras autoras como Almudena Hernando (2012) o Martha Nussbaum (2014), se han centrado en el estudio de la dicotomía razón/ emoción para explicar la sujeción de las mujeres a los hombres y la existencia de un sistema de dominación masculina. En este caso, la identificación de las mujeres con la naturaleza y la emoción; y de los hombres con la cultura y la razón, tendría efectos limitadores en la realización de los proyectos de vida de las primeras.

En tercer lugar, otro grupo de autoras (Bourdieu, 1998; Young, 1996), subrayaría que tanto el enfrentamiento entre razón y emoción como de público y privado se originan porque existe una forma de organizar las categorías que nombran el mundo basada en la jerarquía de lo dominante con vocación universalizante sobre lo dominado carente de modelos. Así, las dos contradicciones anteriormente identificadas existen porque hay una categoría (razón y público) cuyo sentido social se percibe por encima (arriba) de otra (emoción y privado, abajo). Según este planteamiento, todo lo que está “arriba” es más prestigioso que lo que está “abajo”, de ahí que sea posible decir que, ante todo, el SSGDM es un sistema basado en una forma de organizar jerárquica que tiene que ver con presentar la experiencia vital masculina como modelo único y culturalmente neutro.

Por otro lado, las 48 personas biografiadas han mostrado preocupaciones y limitaciones muy vinculadas a: la minusvaloración del espacio privado, la deslegitimación de la emoción y a la sensación de dominación y falta de modelos. Es por eso que en este artículo proponemos que para acercarse a un dispositivo social con el fin de explicar la forma en la que el sistema de dominación masculina afecta a los proyectos de los agentes que participan en él, interesa atender a las formas concretas en las que aparecen y son vividas estas tres tensiones.

A partir de lo estudiado, consideramos que estas tensiones existen, en mayor o menor medida, en todas las estructuras e instituciones sociales que intervienen en las relaciones sociales. Además, pensamos que las manifestaciones de tales tensiones aparecen de una forma objetivada –la distribución genérica del espacio público y privado–, y de una forma incorporada –algunas mujeres dicen sentir el peso de la discreción o de la empatía; dicen sentir la obligación no enunciada de “tener que ser discretas” y controlar en público los movimientos excesivos del cuerpo, no gesticulando demasiado, sonriendo a quien entra en una asamblea con el fin de acogerle con la mirada, en definitiva, no llamando demasiado la atención: siendo privadas y domésticas en lo público–.



Lo público frente a lo privado

El pensamiento liberal, al que adeuda la democracia representativa sobre la que hoy pesa la crítica de haber producido una clase política cada vez más distanciada de la ciudadanía, añade a la distinción clásica entre lo público y lo privado la idea de propiedad; distinguiendo en la idea de lo privado la propiedad y la domesticidad (Molina, 1994). Tal y como indica Molina, el liberalismo hereda de la tradición clásica del pensamiento político una concepción de lo privado- doméstico como una esfera “prepolítica” reservada a las mujeres. Se habla de esfera prepolítica en el sentido de que conecta con la “esfera de la necesidad” que sigue sujeta al estado de naturaleza. Siguiendo la figura política propuesta por Carole Pateman, se trata del estado de sujeción en el que viven las mujeres debido a la existencia de un “contrato sexual” (1995).

La tradición clásica concibe la esfera privada como aquella en la que se dan respuesta a las necesidades básicas de cuidado, reproducción y nutrición entre otras. Sólo una vez resueltos esos incondicionales para la vida es posible participar de manera sostenida en el espacio público, disfrutar del ocio y ser un ciudadano virtuoso en el sentido republicano del término. Dicho de otro modo, sólo es posible acudir a una reunión de barrio donde se discuten los presupuestos participativos si no se está enfermo, si se ha comido, o si se existe en términos políticos.

En este sentido, Molina, indica que el liberalismo mantiene esa idea de necesidad, pero añade la noción de propiedad, lo que hace que lo privado se convierta en “íntimo” y por tanto, en más valorado. Lo privado se convierte en la forma de diferenciarse y subrayar la particularidad de cada quien. No obstante, en este pensamiento clásico liberal ilustrado “las mujeres no son consideradas individuos puesto que no poseen propiedades”, lo que hace representar a la mujer exclusivamente con la parte doméstica de la esfera privada (Molina, 1994: 106).

Queremos subrayar aquí que esa unión entre espacio- privado y domesticidad, más allá de atribuir un sitio concreto a la mujer atribuye unas características, y produce socialmente una norma sobre cómo tiene que ser una mujer doméstica. Elabora lo que a veces ha sido denominado como subjetividad dirigida a lo privado7, algo así como un habitus8 doméstico: una forma emplear su propio cuerpo dispuesta al cuidado de la familia y a conservar el calor del hogar. Es justamente la existencia de esa domesticidad lo que permite que haya un ciudadano que pueda encargarse de lo público. A este respecto, recuerda Molina trayendo la filosofía de un teórico contractualista considerado defensor de un modelo de democracia participativo que “el ciudadano de Rousseau es posible porque hay mujeres (Sofías) en la esfera privada que siendo sentimiento y deseo, atienden a sus necesidades de afección, pero que, al representar la pasión, han de vivir dominadas por la razón para que el orden ciudadano siga existiendo” (Molina, 1994: 85). De ahí que la división de espacios sea más que una distribución de sitios. Es una conceptualización más amplia que atañe a las labores y que construye una subjetividad con voluntad de lo privado dando lugar a lo que podríamos considerar el “síndrome de Sofía”: la naturalización de una forma de actuar dispuesta hacia lo privado.

Considerando lo hasta ahora dicho, planteamos que tal división constituye un mecanismo en la reproducción del SSGDM en el caso concreto de los espacios de innovación democrática, es decir, en las materializaciones concretas de la implementación del poder para.

Las ID son, en última instancia, procesos de democratización que se dan en la esfera pública, sobre temas considerados de interés general y en los que raramente se abordan temas “domésticos”. Es posible constatar que la teoría de las innovaciones democráticas, sin una mirada explícitamente feminista, no se ocupa a menudo de las relaciones de poder que existen en el seno de las familias. Asimismo, son poco frecuentes las críticas desde posiciones participativas al modelo representativo que señalen la distribución genérica de los espacios como un indicador de la baja calidad democrática. Sin embargo, desde posiciones explícitamente feministas, y en lo que respecta a la reproducción de esa distribución de los espacios a través de formas de poder para, Carole Pateman apunta a que la profundización democrática tiene que darse en los aeropuertos, los supermercados y en general dentro y fuera de los hogares (Pateman, 1989: 222). Otras teóricas de la deliberación como Phillips, inciden en esta idea al subrayar la importancia de “democratizar la vida de lo cotidiano” (Phillips, 1991: 2).

En el plano empírico, los trabajos que analizan con una mirada de género los experimentos participativos, deliberativos y, más ampliamente, las experiencias de las mujeres en los movimientos sociales, inciden en que éstas encuentran obstáculos para participar en espacios que, en teoría, desean ser integradores. Los estudios apuntan a que la distribución genérica de los trabajos, los roles y los espacios son inherentes a estos dispositivos (Pateman, 2014; Gret, 2008); llegando a conclusiones como que “los presupuestos participativos sin mirada feminista no son nunca, o casi nunca, instrumentos que contribuyen a transformar las relaciones sociales entre los sexos” (Sintomer, 2008: 276). Además, en anteriores investigaciones se ha detectado que el “contrato sexual” incide impidiendo una participación libre de las mujeres (Pateman, 2014), y que el “coeficiente simbólico negativo femenino” (Bourdieu, 1998)9 , ha tenido consecuencias económicas en procesos como los presupuestos participativos de Porto Alegre (Martínez, 2015).

Así, planteamos que en lo que respecta a la participación en las ID, concebidas sin una reflexión feminista, esta división entre lo público y lo privado puede hacerse presente en dos maneras, haciendo con ello que espacios con pretensión de emplear el poder para apliquen lógicas de poder sobre.

Por una parte, a través de la ocupación misma del espacio y la familiaridad con el mismo que tiene quien ha sido socializado en él. Quien ha sido socializada sobre la idea de la mujer doméstica tiene más oportunidades de vivir su incorporación al espacio público como una ruptura o una contradicción. No se trata sólo de una ruptura con las estructuras objetivadas que le retienen en el espacio privado ocupando su tiempo y energías a través de distintas instituciones como el contrato matrimonial o la maternidad concebida de forma patriarcal, sino de la ruptura con una forma de disponer de su cuerpo. Encontramos un ejemplo de este segundo aspecto en lo que se viene conociendo como “micro machismos” (formas de violencia naturalizadas y cotidianamente sostenida). Un ejemplo reciente de la encarnación de esos micro machismos lo ofrece la campaña realizada por algunos colectivos feministas de Chile que animaban a denunciar a las mujeres a través de fotos o documentos gráficos la forma avasalladora con la que se sientan los hombres en el metro. Mientras que ellos van más frecuentemente con las piernas abiertas, las mujeres las cierran o cruzan (Guillou, 2014). Sentarse con las piernas abiertas ocupando físicamente más espacio indica comodidad, tanto en el metro como en una asamblea. Mientras que hacerlo cruzando las piernas, cerrándolas, o tratando de ocupar el menor espacio posible, indica control del cuerpo propio, discreción, domesticidad.

Por otra parte, esa “agorafobia socialmente impuesta” a las mujeres (Bourdieu, 1998), trae consigo una diferenciación de trabajos y temáticas asociados a lo público y a lo privado. Mientras que los cuidados, la educación informal, la organización de la familia, la preocupación por mantener una cohesión familiar se definen como temáticas domésticas y por lo tanto asociadas a quien más tiempo pasa en la casa; la economía o la política se definen como temáticas exclusivas del espacio público. Partiendo del hecho de que las ID se desarrollan en el espacio público existe, como se ha demostrado (Álvarez, 2012; Alfama, 2010), la posibilidad de que la inercia sea a tratar temas que tradicionalmente se han trabajado en esta esfera, priorizando, los argumentos y las experiencias de quien más tiempo ha pasado en ella. Esto conllevaría excluir del debate público las “temáticas domésticas” y reproducir la dicotomía público- privado.

Abrir la posibilidad a pensar que las ID se estructuran sobre esta dicotomía permitiría entender que incluso cuando se da el paso a tratar temas considerados domésticos en el espacio público, éstos recaen en numerosas ocasiones bajo la responsabilidad de las mujeres, estirando con ello la función doméstica de la mujer a la esfera pública.



La razón frente a la emoción

No faltan en el pensamiento político clásico las conceptualizaciones de las mujeres como seres irracionales, imperfectos e inacabados. Son de sobra conocidas las palabras de Platón sobre que “hay que dar a unos y a otros (mujeres y hombres) aquello que respectivamente imponga la naturaleza y especialmente en lo que toca a las hembras. Lo que sea grandioso y muestre tendencia hacia la virilidad es propio de varones, y en cambio, aquello que se incline más hacia el recato y hacia la moderación es más propio de mujeres” (Leyes VII: 802, en González Suarez, 2002: 212).

El pensamiento político clásico dominante conceptualizó a las mujeres como seres irracionales, faltos de razón y plenos de emociones; cuestión ésta que ha servido para desplazar a éstas del espacio y poder público durante largos períodos históricos. Dentro de esa emocionalidad atribuida a las mujeres existen dos imágenes opuestas entre sí sobre cómo éstas pueden relacionarse emocionalmente. La primera sería la imagen de mujer virtuosa, promocionada en todo sistema patriarcal, que se centra en controlar su ira y conecta con la Sofía de Emilio. Se trata de una mujer dispuesta al cuidado de los otros (y no tanto al de sí misma), bondadosa, responsable y discreta. La segunda, es todo lo contrario, una mujer caprichosa, descontrolada y ajena a la mirada externa. Una mujer que ha desplazado la supuesta bondad innata que se le atribuye en los contextos patriarcales. Son, como indica Marcela Lagarde (1990: 683), mujeres “locas”.

Con la ilustración y el desarrollo del liberalismo económico se produce el predomino de la razón sobre la emoción y se universaliza la idea de que el ser humano se individualiza a través de la razón y la adquisición del conocimiento. Pero la luz no llega para todos y lo que parecía una propuesta universal se reduce a una propuesta de liberar a través de la razón exclusivamente a los varones blancos, prioritariamente de clase alta y heterosexuales. Molina incide sobre esta cuestión cuando dice que: paradójicamente, “la mujer está fuera de la razón a pesar de que una de las características de la razón ilustrada es precisamente la pretendida universalidad con la que la comparten todos los sujetos humanos” (Molina, 1994: 116). Así, en la época ilustrada, se jerarquiza la razón sobre la emoción, asociando además a los hombres con la primera y a las mujeres con la segunda. Si bien es cierto que existe “una ilustración olvidada” (Puleo, 1993), en pensadoras/es como Diderot, D’Alemenbert, Condorcet o Olympe de Gouges que argumentan contra la idea de que se someta a las mujeres en nombre de la razón; predominará un esencialismo genérico en la mayor parte de los ilustrados que parece convivir sin mayores contradicciones con la reivindicaciones de gobiernos más igualitarios y justos. Tal es el caso de Kant que tomando las palabras de Luisa Posada Kubissa presenta un modelo de “razón práctica que no es tan puro” con las mujeres (1992). De algunas palabras de Kant sacadas de los análisis hermenéuticos de Kubissa se desprende que las mujeres nacen y deben de vivir alejadas de todo objeto de razón y por tanto de individuación. Un ejemplo de ello lo encontramos en la relación artificial que describe Kant entre mujeres, libros y conocimiento. Dice el pensador alemán que: “en lo que respecta a las mujeres cultivadas (…) éstas necesitan sus libros tanto como su reloj; a saber: lo llevan para que se vea que lo tienen, aun cuando esté parado o no esté puesto en hora con relación al sol” (Kant, 1912: 847; en Posada, 1992:19).

Creemos que es posible encontrar una manifestación de esta tensión, según la cual la mujer deviene un ser irracional movido por la emoción, en una estructura que lo invade todo: el lenguaje. El lenguaje y su uso constituyen un área de estudio del que la teoría deliberativa se ha ocupado en profundidad.

Así, quienes se han interesado en analizar desde un punto de vista empírico los experimentos deliberativos con una mirada de género apuntan a que los debates y procesos argumentativos son vistos de distinta manera por hombres y mujeres (Mendelberg y Karpowitz, 2007, Agüera, 2008; 2010; Mansbridge, 1990). Según algunas autoras, las mujeres estarían más inclinadas a llevar a cabo procesos deliberativos. Mendelberbg y Karpowitz concluían, por ejemplo, que la calidad deliberativa de los debates aumenta cuando los pequeños grupos son predominantemente femeninos y la norma de decisión es la unanimidad. Norris también concluía en sus investigaciones que las mujeres desplazan en menor medida sus argumentos por la jerarquía y más por valores como la honestidad (Norris, 1996: 93). Y Mansbridge declaraba en Femisnism and Democratic Comunity (1994: 444) que la cualidad de empatizar es mayormente femenina al afirmar que: “las niñas y mujeres profundizan más la emoción y la expresión en la amistad, centrando más las discusiones en las relaciones que en la instrumentalización”. Igualmente, investigaciones llevadas a cabo en el Estado español, apuntan que los argumentos de las mujeres tienden a ser más “experienciales” (basados en un discurso de la experiencia propia) y relacionales que los de los hombres, que realizarían discursos conectando no tanto con la vida propia sino con las escalas macro de la política (Agüera, 2010).

Sin embargo, en contextos de alta competitividad discursiva por imponer un significado de la realidad, los discursos experienciales y relacionales ocupan un lugar subalterno, frente a los argumentos basados en la defensa de una razón universal. En este caso, la opresión a lo experiencial- relacional se manifiesta a través del tipo de argumentación. Este hecho puede explicar, entre otras cosas, las inseguridades más profundas a la hora de intervenir en procesos argumentativos por parte de las mujeres que de los hombres.

Además, en contextos de reuniones u organización comunitaria la manifestación encarnada de esta tensión puede apreciarse en las siguientes expresiones del cuerpo: tener una actitud de acogida y de hacer sentirse bien a quien se incorpora por primera vez, tocando, sonriendo o mostrando el asiento. Entendemos que el hecho de que haya una preocupación por incorporar a la otra/ al otro es una actitud favorecedora en los procesos de democratización. Sin embargo, encontramos un problema en que ésta no se socialice entre hombres y mujeres. El hecho de que esa disposición corporal al cuidado en las reuniones del dispositivo sólo sea realizada por las mujeres, y que éstas sientan una obligación de encargarse de las emociones hasta el punto de condicionar su participación es un impedimento para la democratización. Maite y Miren, 2 de las 42 mujeres entrevistadas biografiadas daban a entender la presión de tener que atender al campo de los cuidados de la siguiente forma:

“Tenemos que encontrar siempre el punto intermedio, en casa y fuera de casa, (…) y por eso somos bisagras, yo me siendo bisagra día sí y día también, a todas horas. Tanto en las discusiones en general, como las que se dan en el Consejo en el que siempre hay, siempre tienes que mediar, cosa que ellos siempre se levantan, se ponen a gritar y tú, ¡anda la leche! Muchas veces yo también me pondría a chillar o daría un juramento, pero no me sale. Y eso, a veces te come por dentro, porque tienes que apaciguar, porque lo vas a pagar, lo vas a somatizar sí o sí de una manera o de otra” (Maite, Mujer participante en una ID por invitación, 40 años).

“Yo siempre he estado muy pendiente en las reuniones de los sentimientos, de las emociones, cómo estaba cada quien; si presionar o no para hacer una tarea, y siempre me decían: menos mal que estás tú pendiente de esas cosas, menos mal que eres así” (Miren, Mujer participante en una ID por irrupción, 26 años, traducción de la autora original en euskara)

Aunque en su testimonio Miren deja entrever que sus compañeros le agradecen que se ocupe de los cuidados dice que siempre es ella la que lo hace. Si Miren no mira al público que ocupa la ID en términos de cuidado y emocionales esa función queda vacía. Además, estas actitudes o expresiones relacionales son, a menudo, mal vistas en los espacios públicos y tachadas de “poco profesionales”. Testimonios como los de Maddi son muy comunes en espacios de ID mixtos, sin perspectiva feminista:

“Mi estrategia para incluir a la gente no la he encontrado escrita en ningún sitio, pero es la cercanía, la humildad, la sencillez y esto choca mucho a los hombres y más en la administración donde se esperan discursos muy complejos y mi estrategia la tachan de poco profesional” (Maddi, mujer que dinamiza una ID por invitación, 48años)

Así, ante tal violencia hacia lo relacional y lo emocional, no es de extrañar que con el fin de acceder a cotas de poder algunas mujeres tomen estrategias consideradas masculinas tales como: “mantener la distancia emocional o evitar la exteriorización de los sentimientos que aminoren el impacto de los contenidos a transmitir” (Del Valle, 2008: 147).

De lo anterior, entendemos que existe un vínculo muy estrecho entre la legitimación a través del conocimiento acumulación de capital cultural en los términos de Bourdieu y la invisibilización de las mediaciones de las emociones en el espacio público. El discurso basado en la razón tiene más valor que el basado en la emoción. Así, como participantes, esperamos y valoramos que en un espacio de innovación democrática –una asamblea de un presupuesto participativo–, alguien intervenga haciendo un discurso basado en argumentos técnicos (razón) sobre por qué habría que invertir dinero en la realización de una biblioteca y no en la construcción de una gran superficie comercial. No esperamos, y miramos con cierto desprecio, el discurso de alguien que rompe a llorar en plena asamblea argumentando sobre el peso de la emoción que es necesario hacer una biblioteca en lugar de una gran superficie.



Lo dominante con vocación universalizante frente a lo dominado ausente de modelos10

Decía Simone de Beauvoir que “el mundo es la obra del hombre; él lo describe desde su punto de vista que confunde con la verdad” (1949: 169). Anteriormente a ella, otra figura clave del feminismo moderno decía “¿tenéis alguna noción de cuántos libros se escriben al año sobre las mujeres? ¿tenéis alguna noción de cuántos están escritos por hombres? ¿Os dais cuenta de que sois quizás el animal más discutido del universo?” (Woolf, 1929: 43). La capacidad de significar de las mujeres, constituye una de las preocupaciones fundamentales del pensamiento feminista de Virginia Woolf y de Simone de Beauvoir. Ambas invitan a quien se acerca a sus textos a pensar en una de las tensiones fundamentales de todo sistema de dominación, y por supuesto, también del SSGDM: a saber quién nombra qué, y qué capacidad tiene de presentarlo como universal; de naturalizarlo hasta el punto de crear la ilusión sobre quien no ha participado en el proceso de enunciación que emplea significados en los que se ve auto-reflejado/a. Esta cuestión está inevitablemente ligada a la invisibilización de modelos alternativos de nombrar y estar en el mundo.

Como apuntábamos en la introducción del artículo, todo sistema de dominación es jerárquico. Dicho de otro modo, todo sistema de dominación se fundamenta en una forma jerárquica de organizar las categorías según la cual, existe un conjunto de formas de hacer y de estar en el mundo sistemáticamente dispuestas sobre otras.

Así, si retomamos lo hasta ahora dicho en este artículo, es posible decir que el SSGDM organiza lo público sobre lo privado, y la razón sobre la emoción. Esa forma de dominación puede tomar formas más o menos naturalizadas; pero en todas consideramos necesaria la utilización de, al menos, dos mecanismos relacionados entre sí que pueden atravesar a los productos políticos concebidos sobre la idea del poder para. Por una parte, la pretensión de universalidad con la que nace lo dominante. Por otra la ausencia invisibilización de referentes alternativos de los que disponer por parte de los agentes y grupos sociales dominados.

Lo dominante es aquí lo que ha tenido la oportunidad de llevar a cabo su agenda y posee “poder simbólico”11 suficiente como para hacer creer que su forma de nombrar el mundo es universal y neutra. Sin embargo, como recordaba Bourdieu, “la mayor parte de las obras humanas que solemos considerar universales (…) son indisociables (…) tanto de las condiciones económicas como de las condiciones sociales que las hacen posibles y que nada tienen de universal” (Bourdieu, 1997: 213). Esto es, ningún intento de nombrar es neutral y universal. Frente a eso, quien está sometido/a a una situación de dominación posee una menor capacidad de nombrar el mundo con sus palabras. Posee un poder simbólico insuficiente.

Así, consideramos que esta tensión se manifiesta en los espacios de innovación democrática, igual que las dos anteriores, de manera objetivada y encarnada.

Por una parte, la forma de estar en estos espacios de innovación democrática, se vale de la idea de una participación universal sin género, que promociona el discurso “bien articulado” y el conocimiento experto. Martín, uno de los 6 hombres biografiados nos descubría cómo, sin formularlo directamente, tendía a valorar positivamente a las mujeres con un alto capital cultural y una alta capacidad de argumentación: “había un tanto de mujeres muy preparadas. Que podían representarnos. Que se nota que ésta sabe, que quiere, y que tiene la idea bastante clara” (Martin, hombre participante en una ID por invitación, 56 años). Su medida sobre la idoneidad de estar en el espacio público pasa por un modelo de participar y argumentar basado en una razón que él presenta como universal.

Así, se deduce que quien posea esos códigos y disposiciones; es decir el habitus participativo12 que consiste en gran medida en “saber hablar bien”, dispone de capital simbólico en el espacio público. El problema consiste en que algunas mujeres manifiestan su malestar por no poder alcanzar esa forma de estar en el espacio público aparentemente universal minusvalorando la suya propia. Tal es el caso de Encarni:

“Pensaba que la gente que participaba, tenía una capacidad de discurso, de tal, de implicación social o pues teniendo todo este tipo de léxico que va unido al tema social, que a mí me resulta, incluso a día de hoy, ahora mismo, me puede resultar desconocido ciertas cosas. Creía que yo me iba a sentir perdida y que era como demasiado político o demasiado organizado ahí, para mí. Entonces, como mi discurso era así pequeñito, entonces de repente era como ¡uf! Aun así, decidí que iba a seguir esto de cerca” (Encarni, mujer participante en una ID por irrupción, 40 años).

Por eso, consideramos que a pesar de tratarse de productos concebidos en una lógica de poder para, existe el riesgo de obviar que quien ha tenido escaso poder simbólico en el espacio público carece de modelos visibles propios. No dispone de referentes adaptados a su experiencia, lo que ayuda a incorporar en su forma de participar la idea de que el modelo de participación dominante es neutro. Esto genera una sensación de estar colonizada en el propio cuerpo que Martina narraba de la siguiente manera:

“Ahora me doy cuenta de que en espacios en los que participaba inicialmente con hombres tenía como un filtro que ponía antes de dar mi opinión. Si no se ha dicho hasta ahora será porque es una tontería, pensaba. Lo que decía tenía que ser importante” (Martina, mujer participante en una ID por irrupción, 31 años).

En este caso, sentenciar que “lo que decía tenía que ser importante” pone de manifiesto la escasa capacidad de intervenir en la definición que cada cual emplea de lo que es o no importante.



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