Instituto universitario internacional de toluca



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INSTITUTO UNIVERSITARIO INTERNACIONAL DE TOLUCA

DOCTORADO EN EDUCACIÓN




Materia:

Tecnologías de la Información y la Comunicación

Docente:


Dr. Octavio Islas Carmona
Alumna:

Claudia Lucia Benhumea Rodríguez

Escrito:

Mi experiencia educativa


Toluca, México, octubre de 2014.



Mi experiencia Educativa
Pocas veces nos detenemos a pensar y recordar nuestra historia, pero hacerlo nos lleva a veces a valorar más lo que tenemos y por qué no, sonreír con aquellos momentos que han determinado nuestro presente, por ello es que no podría iniciar una narración relativa a mi experiencia en la docencia sin relatar cómo es que llegué a la profesión. Dicen que la felicidad no consiste en hacer lo que uno quiera sino querer lo que uno hace, en mi caso esto me ha llevado a ser inmensamente feliz.
Mi madre y mi padre eran maestros, la mayoría de mis tíos y tías también, es fácil imaginar que en una familia de profesores los niños quieren seguir los pasos de los padres, y si, al jugar con mis primas y hermanos el juego favorito de la mayoría era ser la maestra, aunque no era el mío.
Ingresé a la primaria a los 4 años, pero tuve a mis padres como maestros razón por la que aprendí antes de eso a leer, escribir, y realizar operaciones básicas tales como la suma, resta y multiplicación; el único problema entonces es que no sabía juegos de niños, y no era muy sociable, mis nulas habilidades de integración me llevaron a estar cerca siempre de la maestra, en particular de la de tercer año. La recuerdo a ella, porque tenía una linda sonrisa, y porque para esa época no tenía amigos, pero ella, estaba siempre ahí, con algún lindo gesto.
El estudio siempre ha sido mi pasión, sin embargo, a lo largo de mi vida tuve algunos problemas en lo que respecta a mi formación académica puesto que a pesar de que mis padres trabajaban, al terminar la primaria fue complicado continuar estudiando, ya que el dinero le alcanzaba a mi mamá apenas para comer, era difícil pensar en comparar libros para todas las materias, pagar uniformes y mucho menos otra clase de lujos. Debo agradecer a un sistema benevolente y lleno de becas porque cursé la secundaria con una modesta beca y en la preparatoria obtuve una beca dirigida a los mejores alumnos del estado, con lo que puede apoyar para costear gastos escolares para mí y para mi hermana.
Cuando terminé los estudios del bachillerato, la situación se hizo más complicada, pese a ello, tenía la profunda intención de incursionar en el campo de la ingeniería o la medicina. Mis padres un tanto preocupados por el dinero y otro tanto por la reputación de ambas carreras, decidieron terminantemente no aprobar esas opciones.
Un día, saliendo del trabajo, llego mi padre a la casa, y de la nada me dijo que tenía la carrera perfecta para mí, ésta era la Licenciatura en Lengua Inglesa, ya que una de sus compañeras la había estudiado y era una gran mujer. La noticia realmente me llenó de tristeza, no podía creer que siendo tan buena alumna en el bachillerato desperdiciaría mi trabajo en lenguas. Probablemente había tenido un juicio muy prematuro sobre los estudios, pero me negaba a ello, creía que aprender lenguas no tenía gran mérito y que la población a la que se dirigía la carrera era un sector de chicas interesadas solo en viajar o casarse. Mi madre me convenció de intentarlo, a medias lo hice, realmente no quería estudiar la carrera, pero pensar en no estudiar era mucho peor, así que intenté a propósito no pasar el examen de admisión.
Salieron los resultados, para mi decepción en ese momento vi que había ingresado. Pasados algunos días, seguía inconforme con la decisión hasta que un día me llamaron del periódico universitario para avisarme de una entrevista a la que querían que asistiera en el entendido que había obtenido uno de los mejores promedios en el examen de admisión. Esta noticia cambio todo y realmente me decidí a ingresar a la carrera, aún con dudas, pero dispuesta a intentarlo. Me decía a mí misma que si había intentado salir mal a propósito y había tenido tan buenos resultados probablemente lograría algo importante en el área.
Pasó el tiempo y me di cuenta que había subestimado la carrera, que requería tanto esfuerzo como las demás y que por ende no era una pérdida de tiempo, además, las compañeras tenían verdadera intención de aprender, muchas ellas tenían carácter y talento. Iba muy bien en la carrera, y aunque mi papá me había permitido estudiar la misma no podían apoyarme mucho en mis gastos. Seguí participando en un programa de estímulos al talento estudiantil, tenía una beca de escolaridad por el promedio, y la del sindicato de mi mamá. Aun así, no me alcanzaba el dinero, pasaba muchos días con poca comida, caminaba grandes distancias para gastar en menos autobuses y muchas veces no podía adquirir el material.
La licenciatura era amena, aprendíamos sobre literatura inglesa e hispana, historia universal, historia sobre países anglófonos, estudios sobre lingüística, sociolingüística, fonética, fonología, pragmática, teorías sobre docencia, adquisición del lenguaje, traducción e interpretación, lengua inglesa de principio a fin, bases de francés, y algunas clases complementarias tales como teatro, historia del cine, género, relaciones internacionales, etc.
Hacia el séptimo semestre comencé la práctica docente, con una maestra que me impartió cátedra toda la licenciatura, era mi maestra favorita, aunque sus materias eran de las más laboriosas. La maestra vio mi gusto por la docencia, y dado que tuvo la oportunidad de integrar personal docente a diferentes instancias universitarias, me dio mi primera oportunidad de insertarme en el sector laboral. Así, a los 19 años gracias a su apoyo tuve mi primer contrato en la Facultad de Geografía de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx).
El grupo de la Facultad de Geografía tenía cerca de 15 alumnos quienes estaban por terminar su carrera, todos mayores que yo en edad. Recuerdo el primer día de clase: pasé toda la mañana en la biblioteca repasando una y otra vez la lección, temblaba y sudaba. La reacción del subdirector al verme llegar fue de descontento pues notó mi corta edad, aunque con gran profesionalismo me presentó en el grupo y reiteró su apoyo a lo largo del curso. Como es de esperarse, aunque tenía formación en la enseñanza del inglés, los resultados no fueron los más óptimos: los alumnos no me tomaban en serio, algunos no aprendieron, y otros tantos vieron la posibilidad de acreditar la materia fácilmente.
No me volvieron a contratar terminando el curso, pero de inmediato me integré a uno de los lugares en que aún trabajo, el Centro de Actividades Culturales (CeAC) de la Universidad. Nuevamente la maestra me apoyo al aprobar mi contratación y pude ingresar. Esta vez me sentía mucho más segura y estaba lista para trabajar con los alumnos. Mi primera clase fue muy buena, y las que siguieron también, y los alumnos lo notaban. Fue entonces que me enamoré por completo de la carrera. Los gastos seguían y no me alcanzaba con las becas y el salario de un grupo, así que decidí hacer prácticas profesionales con la misma maestra que todo el tiempo me apoyó.
Comencé mis prácticas profesionales en calidad de auxiliar al área académica del Programa Institucional de Enseñanza del Inglés (PIEI). El trabajo en el departamento era muy fuerte ya que se estaba consolidando toda la estrategia para la enseñanza del inglés en la UAEMéx que recientemente había adoptado el Modelo de Innovación Curricular en todos sus planes de estudio (aún vigente).
Como buena jefa, la maestra con quien trabajaba me enseño todo al respecto del modelo, me involucró en toda la teoría de la enseñanza por competencias, en la elaboración de programas de estudios, de guías pedagógicas, la aplicación de examinaciones para determinar el nivel de los alumnos, la enseñanza de lenguas en contextos reales con sus diferencias para bachillerato y licenciatura, en la enseñanza a distancia, en el diseño a distancia y en la enseñanza de lenguas con propósitos académicos y específicos. Era tanto trabajo que no podía con lo del departamento y la carrera, razón por la que mi promedio descendió un poco, sin bajar de 9 puntos. Conocí a la mayoría de docentes de inglés, y de forma inmediata comencé a dar clases a los docentes y personal administrativo de la Universidad. En menos de un año me perfilé como una de las docentes de inglés más entusiastas y capacitadas en el contexto en el que estaba inmersa.
Las prácticas me dejaron mucho de lo que aún hago. Me integré al equipo de trabajo del Bachillerato a Distancia en calidad de diseñadora y asesora, me convertí en coautora de 4 programas de estudio, coautora de cursos a distancia, docente con propósitos generales y específicos en grupos de niños, adolescentes y adultos; comencé a dar mis primeras ponencias, y aprendí el manejo de un departamento, esto, aun estudiando la carrera.
Terminé la carrera, pero seguía apoyando en el departamento ya que seguía muy involucrada en todos los proyectos. Me titulé al año siguiente por promedio, cuestión de la que aún me arrepiento puesto que eso me dejo en desventaja para competir por la presea Ignacio Manuel Altamirano, otorgada al mejor promedio de la generación. Pronto me integré al equipo de trabajo de la Facultad de Derecho. En este lugar conocí a muchas colegas muy preparadas, y tuve la posibilidad de crecer en el dominio de grupos grandes. Aprendí sobre la organización de eventos asociados con el idioma inglés, es decir, concursos de spelling bee, navidad, etc. En CeAC seguí trabajando con niños y adultos.
Medio año más tarde, con la estrategia de enseñanza del inglés de la administración en turno pude integrarme como responsable del centro de auto acceso en la Facultad de Antropología. La entrevista con la directora fue muy tranquilizante, a pesar de mi seriedad y mi retraída personalidad me dio la mejor de las bienvenidas y me invitó a conocer el espacio antes de integrarme de lleno.
Al entrar al trabajo empecé a fallar en la puntualidad debido a la carga horaria que tenía, en ese momento decidí adquirir un auto, era imposible viajar de PIEI a CeAC, de CeAC a Derecho y de Derecho a Antropología y llegar en tiempo. No fue suficiente lo anterior ya que tuve que dejar la experiencia del trabajo en Derecho y continuar en Antropología, aunque con los otros proyectos seguí trabajando.
Ingresé a la Facultad de Antropología el 30 de mayo de 2007, y es una fecha que aún celebro. El primer día fue muy arduo, tuve que quedarme hasta muy tarde ya que todo en mi área era de reciente creación. Comencé con problemas en casa por el horario aunque por otra parte, la comunidad de la Facultad era muy amigable, sin mencionar que el espacio físico en sí mismo es acogedor y lleno de vida. Mi oficina era la más linda, con vista a los jardines en el lado oriente y a un grupo de árboles en el lado poniente, razón por la que además entra el sol en la mañana y en la tarde, el lugar es pequeño pero acogedor. Mis compañeros de trabajo me dieron la bienvenida uno a uno en la primera semana, de ellos aún conservo a grandes amigos.
El área era nueva, no había más que el equipo y 20 libros, el resto me tocó a mí. Tuve que trabajar muy arduamente en la consolidación del espacio, desde la difusión hasta la administración. En lo relativo a las clases comencé el mismo mes, era un grupo de muchachos de mi edad quienes estaban por egresar, el grupo fue responsable y hubo resultados satisfactorios. Respecto a los alumnos, muy pocos me conocían ya que me integré en un periodo muy cercano al intersemestre.
El periodo semestral inmediato dio inició en septiembre, di clases a un grupo conformado por 9 mujeres y 20 hombres. Éste fue uno de los grupos que marcó más mi historia como docente y como persona. Eran antropólogos a la antigua (o esa es mi perspectiva), desaliñados, inconformes con el sistema y con la globalización (en efecto con el inglés), impredecibles. Tenían mi edad en su mayoría, de séptimo semestre, lo que creó una sinergia especial. Digo que el grupo marcó mi vida porque muy probablemente, por el rol y la edad, con la mayoría de ellos sentía como si trabajara con homólogos, es decir, con amigos, aunque tuve serias complicaciones para que quisieran aprender inglés, y seguramente aprendí más de ellos que ellos de mí. Dado que les di clases el semestre inmediato también, éste fue el único grupo del que realmente he hecho amigos para la vida.
A pesar del aspecto positivo, trabajaba muchas horas sin horarios de comida (cuestión que sigo haciendo), cuando podía compraba algo rápido, esto en conjunto me causó una enfermedad de casi un año que también me trajo mucha depresión. De eso aprendí que la salud es primero que el trabajo, y que una persona saludable trabaja mejor.
Después de recuperarme y aprender a comer bien, trabajé mucho más arduamente, decidí prepararme más, comencé la maestría en educación con énfasis en nuevas tecnologías, sobretodo porque seguía laborando a distancia y cada vez era más necesario dominar herramientas que permitieran y mejoraran el trabajo. En la maestría aprendía a desarrollar software sencillo, y fue mi propuesta de desarrollar un software lo que me permitió involucrarme en otro proyecto en un periodo posterior cercano.
También me especialicé en el trabajo en el espacio académico en el que estaba. En Antropología nunca me ha faltado el apoyo, los directores que han pasado y sus equipos de trabajo permitieron el trabajo multidisciplinar, y sobretodo permitieron que como docente de inglés me integrara a actividades que a otros docentes de inglés en otros espacios no les han permitido, tales como la tutoría académica, y la participación de los órganos colegiados académico y de gobierno de la facultad.
El equipo de docentes de inglés con quienes trabajo también me permitió crecer, aprendí un poco sobre el trato con mis compañeras, que pareciera un aspecto sencillo, pero que en el fondo me ha evitado conflictos.
Había trabajo mucho no obstante había algo en mi formación faltante. Debido a mi condición económica no había podido viajar al extranjero y respaldar el aspecto cultural del que depende mi profesión. Se dio la oportunidad cuando la UAEMéx firmó un convenio con la Universidad del Norte de Texas (UNT) en el que a través de programas intersemestrales se capacitaba en metodología de lenguas e inglés a docentes y a alumnos. La facultad respaldó mi postulación para el viaje, y pude pasar dos semanas en la universidad aprendiendo sobretodo de la cultura universitaria. Aunque todos los gastos fueron propios tuve la posibilidad de viajar, aprender y no perder mi empleo.
En el viaje fui con varias amigas docentes egresadas de la misma licenciatura, incluso 2 de ellas de la misma generación. El viaje fue un deleite total, aprendí sobre la cultura escolar estadounidense. La UNT nos dio la oportunidad de quedarnos en el campus, así que comíamos, estudiábamos y dormíamos ahí. No salíamos mucho, salvo a comprar, pero conocí a fondo las instalaciones, las personas en el campus, el poblado en sí mismo. Regresé más confiada al hablar en inglés, y al hablar de la cultura.
La maestría seguía en curso, los diseños realizados ahí apoyaron enormemente las clases, utilizaba recursos multimedia muy encaminados al área de antropología. Con la incursión de las aulas digitales y mi experiencia en el uso de las tecnologías tuve la posibilidad de explotar los recursos al máximo y crear clases significativas, memorables, interactivas y motivantes para los alumnos.
La titulación de la maestría implicó un cambio sustancial, mayor entendimiento de la docencia y a nivel personal implicó la consolidación de un proyecto de tesis, que en su momento me llenaba de orgullo y al que ahora encuentro con grandes defectos.
Lo anterior se sumó a la conjugación de los avances tecnológicos, permitiendo integrarme a un proyecto a distancia orientado a docentes de la universidad. El trabajo en el proyecto me dejó enseñanzas sobre la formalidad en tiempos y en lenguaje, sobre la creciente necesidad de ver a todas las personas como aprendices que requieren de un trato amable y paciencia, de reconocer la importancia que tienen sus aportes y de ante todo comprender que la docencia no es transmitir sino comunicar.
Fue cerca de esta época que tuve la oportunidad de cambiar de trabajo tomando jefaturas en el área en la universidad o en el Estado, y debo reconocer que las oportunidades me buscaron a mí, lo cual me llena de gusto. Sin embargo, aquí decidí que lo mío es estar en grupo, el trabajo de oficina aunque relativo a la docencia no me permite experimentar el gozo de la comunicación con el otro, y que en definitiva el trabajar con niños y con jóvenes le trae vitalidad a mis días.
Los años posteriores tuvieron una estrecha relación con lo que ya he descrito, mi amor por el trabajo en antropología y mi preocupación por incursionar en las nuevas ideas relacionas con el aprendizaje de la lengua. Lejos de volverse rutinarios mis días en el trabajo, he aprendido cada vez más de las comunidades donde laboro, de los problemas que enfrentan y cómo es que estos se relacionan con el aprendizaje del idioma.
Algunas materias, grupos o alumnos me son gratamente memorables. Una de las clases que más recuerdo fue una tarde con un grupo de niños en el CeAC, me sentía abatida y triste por motivos relativos a mi vida personal, mi rostro lo reflejaba, y al entrar los niños lo notaron, comencé la clase y pasaron pocos minutos antes de que todos me escribieran cartas llenas de corazones, dibujos de mi persona y frases de cariño. Fue tanta la emoción al recibirlas que solté a llorar y de inmediato sonreí, por supuesto no volví a estar triste en mucho tiempo y menos en ese grupo.
Otro grupo que recuerdo fue uno en Antropología, se acercaba la época navideña, como es costumbre, el área de inglés organiza los festejos. Los chicos no estaban muy motivados y por más que me esforzaba no veía avances en lo que tenían que presentar. Siendo mi trabajo algo parecido a una coordinación de inglés estaba a cargo del evento, por otra parte los grupos de mis compañeras parecían estar en peor situación. Llegó el día del evento, y los vi ahí a todos, listos y presentables, los conductores del evento magníficos, los sketches de los chicos más desenfadados y de los más trabajadores fueron muy divertidos, otro alumno más llevo a su banda de rock, y todos fueron participes de la actividad. Creía que no funcionarían las cosas y todo salió de lo mejor, los chicos me sorprendieron con su compromiso y su apoyo.
No todas las experiencias han sido buenas en mis clases de licenciatura, sobre todo cuando recuerdo a los alumnos extranjeros en mi clase, exceptuando al primero de ellos Wendell, en mi primer año de trabajo en antropología. A lo largo de mi trabajo docente en la facultad de antropología algunos alumnos extranjeros me han causado dolores de cabeza ya que optan por estudiar inglés en el país a fin de llevar una estancia relajada y darse la posibilidad de recorrer el país.
Algunas experiencias han sido deprimentes, una de ellas fue cuando uno de mis alumnos del CeAC, un pequeño de 9 años reprobó una de las evaluaciones en mi clase. Era uno de esos alumnos que participan, llegan temprano, pero por algún extraño motivo parecen no avanzar. Cuando le dije su calificación me insistió que lo ayudara, pero no debía, y le informé la calificación a sus padres. Ese día no paso mucho rato para que el pequeño me hablara por teléfono en la noche pidiéndome que lo ayudara porque sus padres lo habían dejado fuera de su casa por haber reprobado. Me rompió el corazón, no solo porque reconocía que un valor numérico no representaba el esfuerzo del niño, sino porque talvez aunque era correcto conforme al sistema, en el fondo sabía que era injusto. A fin de apoyarlo hablé esa noche a la casa del pequeño para acordar darle asesorías extra y que pudiera pasar.
Otras experiencias también han sido tristes, en especial las relacionadas con la desesperanza que expresan algunos universitarios al egreso de la carrera. Por eso es que de los antropólogos he aprendido que el aprendizaje de una lengua debe darse necesariamente en función de una planeación de vida y carrera, que uno no puede estudiar algo con base en un encadenamiento de actos fortuitos (como tal vez fue mi caso) y permitirse que el azar determine el curso de una vida. Tal vez lo anterior, asociado a otros acontecimientos personales me llevó a la decisión repentina de comenzar el doctorado.
Parece risible pero no hubiera optado por los estudios sino hubiera sido porque comencé una búsqueda personal, y aunque en el inicio no sabía exactamente que encontraría las respuestas a lo que buscaba, alcanzaba a vislumbrar la posibilidad de hallar algo que me llenara.
Mi primera impresión al entrar fue que había equivocado la decisión, que había muchos huecos en mi formación, y carencias en lo relativo a la literatura, pero desde la primera clase me percaté de la existencia de preguntas que jamás me había formulado como docente, y descubrí que la enseñanza es un acto inherente al ser humano. Todos en algún momento de nuestra vida hemos adoptado el rol de maestros, y me vi como una mujer más apasionada por lo que hago.
Tal como mencioné al inicio del relato, no era mi prioridad el estudiar inglés, me parecía algo desdeñable y con carencia de mérito. Al estudiar el doctorado me doy cuenta que el docente de inglés no está posicionado a la par de cualquier otro docente universitario, que el estudio de las lenguas extranjeras (al menos en el país) es un asunto de menor importancia, y que todas las ilusiones y entusiasmo que por años tuve respecto a la posibilidad de crecimiento de mi carrera, eran un mero sueño. Esto me ha llevado a seguir otro escalón en mi trayectoria, la transición del docente-empírico entusiasta al docente-investigador en quien me quiero convertir.
Veo que mi preocupación por las comunidades donde laboro no debe quedar solo en ello, que siendo la docencia parte esencial del ser, es nuestra obligación desde cualquiera que sea la posición teórica que tengamos aportar a la calidad de vida de las personas.
Alrededor de estos años tuve la posibilidad de regresar becada a Texas, a otra Universidad, la de Austin. La experiencia fue incluso más enriquecedora, ya que en esta ocasión los docentes nos llenaron de afecto, conocían nuestros nombres y convivieron con nosotros. Pude visitar otras ciudades como Houston y San Antonio, aprendí deportes propios de la zona, y al residir en una gran ciudad tuve la oportunidad de conocer a muchas personas y llenarme de experiencias que en el viaje previo no tuve. Respecto a la docencia, la universidad superó mis expectativas ya que recibí clases de temas y problemáticas que jamás había escuchado en el país dentro de mi área y que además llamaron mucho mi atención.
Una de las cosas que más disfrute fue la posibilidad de tomar parte en clases de inglés orientadas a inmigrantes mexicanos y de otras nacionalidades. Una de ellas, fue en ‘El buen Samaritano’, donde pude apreciar los lazos que unen a latinos y mexicanos para protegerse en el país. La otra experiencia fue en ‘Casa Marianella’, ahí pude observar a inmigrantes de Camerún, México, China y Latinoamérica, sus condiciones eran paupérrimas pero me dieron la posibilidad de comprender porque es necesario cimentar los esfuerzos de la educación en todos los niveles.
Mi experiencia educativa ha sido el origen de las experiencias más gratificantes que he podido compartir con la comunidad. Además de mi familia y amigos, las personas con quien tengo el honor de trabajar en el rol de docentes o alumnos aportan algo todos los días y me recuerdan que en mi corta carrera hay a tantos modelos docentes a quienes agradecer por su contribución.
De la maestra Silvia, de la primaria, aprendí que para un niño el maestro puede ser todo, y su actitud puede cambiar la infancia de un niño, de la maestra Candelaria, de la secundaria, aprendí que uno debe ser tierno, pero que la ternura no puede estorbarle al rigor; de la maestra María Esthela, de la universidad, aprendí que el trabajo requiere pasión, y que la pasión nos lleva el verdadero éxito, de Kirk, también de la universidad, aprendí que una clase puede ser muy amena si se saben aprovechar las ideas de los alumnos, de Carlos, de la maestría, que no importa la edad de un alumno, si se le despierta la curiosidad, éste será como un niño, de Adalberto, también de la maestría, que no importa cuánto conocimiento se tenga, la cortesía y el respeto por el otro debe prevalecer, del Maestro Arzate, mi jefe, que la verdadera pasión por la carrera puede contagiar el ánimo de aprender. En fin, aún conservo un profundo cariño por los docentes que he tenido y que han influenciado mi práctica.
A lo largo de mi trayectoria docente, con las pocas o muchas experiencias aprendidas no puedo llegar a decir si soy una “buena maestra”, es más, ni siquiera pretendo serlo, de lo que sí tengo certeza es que todos los días me esfuerzo por ser una influencia positiva en la vida de los alumnos a través de las materias que enseño y de mi actuar diario. Mi prioridad no son los resultados numéricos de las clases, ni la posibilidad de conseguir un aumento. Me interesan las personas, y cada vez que trabajo en un grupo tengo la intención de hacer un cambio en la vida de las personas que lo integran.
Probablemente mi historia docente o experiencia educativa no es la misma que experimentan otros, por ejemplo mi padre, quien tuvo que construir piedra a piedra la escuela que dirigió por más de 30 años, o bien, mi madre, quien en su juventud tenía que caminar kilómetros diariamente a través del bosque para llegar a trabajar con niños de escasos recursos, mi historia es más bien una de amor y aprendizaje, una serie de experiencias que han fortalecido mis convicciones, y que me han llevado a enamorarme cada vez mi profesión y de la maravillosa posibilidad de tocar vidas.
Alguna vez alguien me dijo que todas las personas tenemos influencia en los demás, como en el efecto de Ripple (algo así como el efecto dominó). Si lanzas un objeto al agua, éste creará una onda, y esta onda creará una onda más grande, las ondas se expanden y se expanden, en una analogía, creo que como docente trato de influenciar a otras personas, y creo firmemente que la pasión que ponga en cada clase y en el aprendizaje de cada alumno, no sólo en lo referente a la materia que tengo, puede ayudar a que éste mundo sea mejor.


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