Internacional 1 ee. Uu.: Mike Pence, el aval ultraconservador del nuevo Gobierno 1 La otan se inquieta ante un líder que cuestiona la defensa colectiva aliada 1



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Brasil y Venezuela, prudentes ante el cambio


El presidente brasileño, Michel Temer, minimizó el mediodía del miércoles las ramificaciones que pueda tener en su país la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. “Estoy convencido de que no va a cambiar nada”, afirmó en una entrevista radiofónica. “La relación es de Estado a Estado”, adujo, recalcando que el principal vínculo entre los dos países son los acuerdos económicos: la primera potencia mundial es el segundo socio comercial de Brasil, después de China. Más allá de eso, no hay relación entre ambas potencias. Su relación lleva años congelada, paralizada por la crisis política del país latinoamericano.

Pero la de Michel Temer no era la reacción que más esperan los expertos en política brasileña: era la del ministro de Exteriores, José Serra, al que se le ha recordado últimamente una declaración que hizo poco después de llegar al cargo en mayo, para el periódico Correio Braziliense. “Considero la hipótesis de Trump pesadilla. ¿Que las pesadillas se materializan? Sí, se materializan, pero prefiero no pensar en eso, hacerme el sueco”, dijo en julio en una declaración discordante con los escasos pronunciamientos al respecto de sus homólogos internacionales. “No es que los republicanos hayan sido un desastre de siempre: yo siempre fui más demócrata pero ahora considero que se cuestión de tener sentido común”, subrayó.

La conversación brasileña no está, no obstante, centrada en la figura de Donald Trump sino en lo que su ascenso dice del mundo y lo que eso significa para este país. Y es que el conservador João Dória, otro magnate con un programa de televisión definido por su odio a los políticos tradicionales, acaba de ser elegido alcalde de la mayor ciudad brasileña, São Paulo, con un rotundo éxito de votos.

Pero, sobre todo, el cuarto término más buscada en Google ayer era el nombre de un exmilitar ultraconservador famoso por sus salidas de tono, su discurso xenófobo y su imparable ascenso en redes sociales y encuestas de cara a las elecciones presidenciales de 2018, Jair Bolsonaro. Bolsonaro felicitó al magnate neoyorquino en uno de los tuits más compartidos de la jornada posterior a los comicios en EE UU: “Gana el que se enfrenta a todos y a todo. En 2018 será lo mismo”.


Maduro, cauteloso


El Gobierno de Venezuela se ha mostrado cauteloso ante el triunfo de Trump. En un escueto comunicado, la Cancillería venezolana ha invitado al sucesor de Barack Obama a establecer “nuevos paradigmas” afianzados en el respeto a la “no intervención de los asuntos internos” del país sudamericano.

Las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Venezuela son inestables desde la llegada al poder del chavismo, en 1999. El régimen de Nicolás Maduro es cuestionado por perseguir a políticos opositores, asfixiar a la prensa independiente, reprimir manifestaciones y vulnerar los derechos humanos. De ahí que el presidente Obama haya emitido un decreto en 2015 –y prorrogado en marzo– que declara la situación del país caribeño como una amenaza “inusual” y “extraordinaria” para la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos.


Colombia: Uribe celebra el cambio y pide combatir el narcoterrorismo


Poco más de un mes después de que, contra pronóstico, Colombia decidiese rechazar el acuerdo de paz entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC, el país latinoamericano volvió a sentir una sacudida en una noche electoral. Todo el mundo confiaba en que la sinrazón hubiese tocado fondo el pasado 2 de octubre, con la victoria del no en el plebiscito, pero la realidad periodística y de las encuestas de nuevo volvió a salir derrotada.

La llegada de Trump a la Casa Blanca añade aún más incertidumbre al proceso de paz de Colombia, en tanto que EE UU ha sido el principal aliado internacional del Gobierno de Juan Manuel Santos durante los cuatro años de conversaciones con la guerrilla. En una reciente entrevista con este diario, el mandatario colombiano confiaba en la victoria de Clinton: “Hillary es una amiga personal, su marido y ella han sido un apoyo para mi Gobierno y los anteriores. No tengo sino elogios para ellos. A Trump no lo conozco, pero sí puedo opinar que sus políticas no son las que estamos abanderando”. Horas después de que se conociera su victoria, el mandatario colombiano reafirmó su opinión en un tuit: “Celebramos el espíritu democrático en #ElectionNight. Con Trump seguiremos profundizando relación bilateral”.

En un encuentro con empresarios, Santos recordó la importancia de la relación con EE UU, primer inversor en el país: “Quiero felicitar a Trump y decir que Colombia ha tenido desde hace muchos años una política exterior con EE UU, bipartidista. Hemos querido tener siempre unas buenas relaciones con el Partido Demócrata y con el Partido Republicano. Ha sido tradición”.

Mucho más optimista se mostró el expresidente Álvaro Uribe: “Felicitaciones presidente Trump; el narcoterrorrismo de Colombia y la tiranía de Venezuela son los grandes enemigos de nuestra democracia”. En el extremo opuesto, las FARC mostraron su preocupación por la elección del nuevo presidente. “Ganó Trump y la incertidumbre en el mundo, pero la paz de Colombia sigue en construcción”, escribió Pastor Alape, miembro del secretariado de la guerrilla. Ninguno de los dos candidatos complacía a la insurgencia: “Hillary y Trump no garantizan las aspiraciones de bienestar de la humanidad”.


EE.UU.: Trump instala el populismo en el centro del poder de Estados Unidos


El Partido Republicano entró este miércoles en una dimensión inexplorada tras una campaña electoral que le ha dado la victoria, pero lo ha sumido en el desconcierto y adentrado en las aguas del populismo. Donald Trump ha ganado las elecciones con un discurso incendiario, frecuentemente xenófobo y machista, sin el apoyo de los grandes referentes del Grand Old Party. Ahora estos le deben el triunfo. En la noche electoral, el presidente electo llamó a la unidad a los conservadores. La cuestión es: ¿representa Donald Trump a su partido?

Donald Trump es una criatura políticamente inclasificable. Conservador en su política fiscal y de defensa (promete bajar los impuestos y subir el gasto militar), crítico con la globalización (quiere renegociar los tratados comerciales porque los considera perjudiciales para los trabajadores americanos) y más abierto que el núcleo duro de su partido en terrenos sociales como los derechos de los homosexuales e inflexible con la inmigración. No es un republicano en esencia, tampoco un progresista. Ni es moderado, ni es radical; Trump es Trump. Ha identificado unos problemas, ha simplificado a los villanos y propuesto soluciones inconcretas, a veces iluminadas, en la línea del populismo.

Se abren ahora un millar de incógnitas sobre cómo será la nueva Administración estadounidense, la mayor potencia del mundo. ¿Su simpatía por Rusia cambiará la postura de Estados Unidos en el conflicto sirio? ¿Apoyará a El Asad? ¿De veras construirá el famoso muro de separación con México? ¿Expulsará a los refugiados, como prometió hasta el último instante? ¿Cuántos meses de vida le quedan al Obamacare, la reforma sanitaria de Obama?

Influirá mucho el tipo de Gabinete que forme. Precisamente por su condición de outsider, por su aislamiento del partido, al empresario neoyorquino no se le asocian inmediatamente nombres posibles para determinados puestos, lo que sí suele ocurrir con los políticos de carrera y sus personas cercanas. Al candidato, hoy presidente electo, le han arropado durante la campaña figuras en los márgenes del Partido Republicano: el exalcalde de Nueva York Rudy Giuliani, que estaba desaparecido políticamente; o el expresidente de la Cámara de Representantes Newt Gingrich. Ahora suenan como posibles miembros de ese Ejecutivo. También le apoya el gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie, aunque está sumido en un escándalo grotesco: dos colaboradores suyos han sido condenados por provocar atascos de tráfico como castigo contra un alcalde que se opuso a Christie.


Poder conservador en el Congreso y el Supremo


En cambio, a Paul Ryan, que es la máxima autoridad de los republicanos en Washington, Trump le llegó a decir palabras gruesas. Ryan se negó a hacer campaña por él —“me pone enfermo”, dijo cuando estalló la polémica del vídeo misógino del candidato— y el empresario se revolvió públicamente, usando la red social Twitter: “Nuestro débil e inefectivo líder, Paul Ryan, tuvo una mala conferencia telefónica en la que sus miembros protestaron por su deslealtad”, replicó.

Este miércoles, sin embargo, desde su Estado, Wisconsin, Ryan elogió enormemente a Trump: “Esta ha sido una gran noche para nuestro partido y ahora debemos centrarnos en unir el país”, dijo, “gracias a Donald Trump”.

El nuevo presidente electo, que ha vivido un año y medio de campaña instalado en la polémica, con comentarios machistas o xenófobos, también llamó a la conciliación tras formalizarse su victoria la madrugada del miércoles. “Ahora es el momento de la unidad entre republicanos y demócratas”, afirmó. “Quiero decir a la comunidad internacional que defenderemos los intereses de América primero, pero negociaremos con justicia”.



Los republicanos no solo han ganado las elecciones presidenciales, sino que se han reforzado en las cámaras legislativas. Y podrá nombrar otro juez conservador en el Tribunal Supremo, que en Estados Unidos es otro poder político por su papel de intérprete de las leyes y su arbitraje sobre decisiones de los gobernantes a diferente niveles. Estados Unidos afronta un periodo conservador.
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