Introducción a la literatura. Noción de literatura artística. Lenguaje y literatura: Denotación y connotación. Los géneros literarios. Las funciones de la obra literaria. Valores globales de la obra literaria



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Introducción a la literatura. Noción de literatura artística. Lenguaje y literatura: Denotación y connotación. Los géneros literarios. Las funciones de la obra literaria. Valores globales de la obra literaria. El hecho literario como un fenómeno de comunicación.

Noción de literatura artística:
El término “literatura” tiene su origen en la palabra latina littera, que significa letra, signo gráfico que integra el alfabeto de una lengua dada, por lo cual remite al campo de la escritura. Desde este punto de vista, puede estar referida a todo lo escrito en general o a todo lo escrito sobre un asunto específico —lo que equivaldría a “bibliografía” sobre ese asunto—. No obstante, por lo general, cuando se habla de literatura, la noción se restringe a la denominación de cualquier organización verbal que, en el seno de una cultura dada, posea un carácter estético.

Ahora bien, este último significado abarca no sólo a lo escrito sino también a las manifestaciones orales. No hay que olvidar que una segunda acepción de la palabra “letra” significa cada uno de los sonidos de un idioma1, y ello permite considerar la noción de “literatura” referida también al terreno de la oralidad, de ahí que, por ejemplo, las improvisaciones de décimas campesinas o los relatos mitológicos tradicionales que se encuentran en la cultura popular, generalmente tienen un carácter estético y, por lo tanto, deben ser considerados como literatura. De hecho, toda la poesía épica medieval, que hoy conservamos por su transcripción a la escritura, fue concebida y desempeñó sus funciones a través del discurso oral.

Para otorgarle una mayor precisión a este significado, se puede calificar como literatura artística o literatura artístico-literaria, lo que la diferencia de la literatura científica.

El carácter estético de un texto literario depende de consideraciones históricas. Lo que puede ser apreciado como un hecho estético en un momento dado, puede no ser estimado así en otro; es decir, una organización lingüística, escrita u oral, alcanza una dimensión estética de acuerdo con el conjunto de valores de una época histórica específica, por las normas prevalecientes de construcción formal y de sentido de la obra literaria, así como por la manera en que se inserte en el mundo de la cultura, y por las necesidades y las apetencias del lector, o comunidad de lectores, que satisfaga. En resumen, la noción de literatura artística está cargada de historicidad. Tenemos el ejemplo de las Crónicas de Indias, aquellos textos que escribieron los conquistadores de América para ofrecer testimonio sobre el Nuevo Mundo e informar a las cortes españolas de sus hazañas. En el siglo XV y XVI, estos textos no fueron considerados como literatura artística, sino como informes, “cartas de relación” o historia, de acuerdo con la intencionalidad de los autores y la función que desempeñaron entonces; hoy, son apreciados como literatura por la gran dosis de imaginación con que se concibieron, por el lenguaje poético proveniente de una mirada ingenua que intenta explicar lo desconocido a través de lo que ya se conoce, y, en muchos casos, por el relato de aventuras que hacen atractiva la narración.

Esta manera de apreciar el carácter de un texto se encuentra directamente relacionada con la calidad del lenguaje que se emplea para estructurarlo.
Lenguaje y literatura: Denotación y connotación.
El texto científico emplea un lenguaje eminentemente denotativo; es decir, tiene el propósito de transmitir unívocamente un mensaje al receptor, de decir lo que se quiere decir sin ambigüedades, con la única finalidad de ofrecer conocimiento o información sin apelar a zonas subjetivas, afectivas o emocionales, del lector. Decimos “eminentemente” porque ninguna construcción lingüística está exenta de provocar repercusiones subjetivas en el lector, pues ello también depende de las necesidades y condiciones de ese receptor. Pero el lenguaje científico, como el habla cotidiana, procura ser sólo un medio que establezca una comunicación directa, transparente, con inmediatez referencial.

Por el contrario, el texto literario está conformado por un lenguaje que jerarquiza la connotación, aquella propiedad que consiste en agregar otros significados al significado primario o denotativo durante la construcción del discurso. Las figuras poéticas, los tropos, constituyen el medio más agudo de connotación. Cuando decimos “tus ojos son negros”, estamos en presencia de una oración cuyos términos (sujeto+verbo+adjetivo) son denotativos, la construcción no guarda otra intención que calificar el color de esos ojos, ni más allá de ellos; lo mismo ocurre cuando expresamos “la noche es negra”, pero si se dice “tus ojos son como la noche”, la comparación, el símil, otorga otro significado a esos ojos: además de negros, están llenos de misterio, son insondables, embrujadores..., incluso, más allá de los ojos mismos, se está caracterizando a la persona que los posee, e igual ocurre con la palabra “noche” que, al asociarse en el discurso con “ojos”, adquiere otros significados. Cuando José Martí (1853-1895) nos dice en una de sus redondillas: “Yo pienso cuando me alegro / como un escolar sencillo / en el canario amarillo / que tiene el ojo tan negro”, el lenguaje adquiere tal connotación que todavía hoy es objeto de debate el sentido de esta estrofa, fundamentalmente por la imagen de los dos últimos versos, a pesar de su aparente simplicidad. “Versos sencillos” denominó Martí a estas composiciones suyas, algunas muy complejas desde el punto de vista de sus sentidos.

Esta propiedad connotativa del lenguaje literario, que implica no sólo despertar asociaciones diversas en el receptor, sino también emociones —siempre en consonancia con la sensibilidad y formación del lector, con su competencia, con su capacidad de comprender—, nos lleva a la necesidad de desentrañar el sentido de la obra.

El sentido de una obra literaria proviene de su totalidad; sólo es posible establecer ese sentido cuando concluye la lectura, pues la connotación, a diferencia de la denotación, surge en el proceso discursivo por las asociaciones que se establecen entre las palabras y las construcciones oracionales y estructuras mayores hasta culminar la estructuración del texto. Esto trae como consecuencia que ese universo conformado guarde una relativa independencia, con respecto a sus referentes constitutivos, para alcanzar otra significación. En otras palabras: Se hace necesario, para apreciar e interpretar adecuadamente una obra literaria, rebasar su inmediatez referencial y calar en su sentido más profundo, en su significado más rico, a través del análisis.


Los géneros literarios:

Dentro de la literatura, se pueden percibir conjuntos de obras cuyos procedimientos estructurales guardan un parentesco. A partir de la coincidencia de estos elementos dominantes, podemos concebir la obra literaria como perteneciente a un género.

Los géneros literarios son formas de organización del lenguaje que viven y se transforman a través del tiempo en el seno de una cultura. Pueden aparecer y desaparecer en distintos momentos a través de la historia. Así, por ejemplo, hasta el medioevo, la epopeya fue una forma genérica prevaleciente en el panorama literario de entonces; después de esta etapa cultural, desapareció y dio lugar al nacimiento de la novela. Durante los siglos XVII y XVIII, la escritura de cartas con un carácter estético conformó un género literario: el epistolar; hoy en día, la carta ha perdido ese carácter, y difícilmente pueda recuperarlo en la era digital, aunque sobre la evolución de las formas artísticas nada está escrito.

Los géneros son formas histórico-culturales que intervienen en el surgimiento del texto literario y en su recepción o lectura, y existen con independencia de la voluntad del autor y del lector.

Si bien es cierto que la creación literaria se nutre de la experiencia vital del escritor en sus múltiples dimensiones, también es verdad que la literatura surge de la propia literatura. Nadie, por muy genial que sea, nace sabiendo escribir un poema o una novela; esas formas de organización estructural se aprenden a través de la lectura. Sin embargo, el escritor es un sujeto activo, creador, y realiza su obra en tensión con las formas genéricas existentes en busca de su expresión personal, de su originalidad, lo cual trae como consecuencia la transformación del género mismo a través de la historia.

Por su parte, el lector crea sus expectativas de lectura tomando en cuenta las formas genéricas, la existencia de los diferentes géneros. Un lector adolescente preferirá, por lo general, la novela de aventuras y la poesía amatoria, y se orientará a través de la madeja literaria hacia esos géneros para satisfacer sus necesidades de acuerdo con las circunstancias específicas en que se encuentre. En este sentido, la formalización genérica es una suerte de primera señal que orienta al lector hacia sus preferencias, incluso temáticas, además de ser ella misma la encargada de formar al lector.

El debate sobre la existencia de los géneros literarios y sus características tuvo su origen en la Antigüedad clásica, con Aristóteles (384-322 a.c.), y aún sigue en nuestros días. Las posiciones teóricas más coincidentes son aquellas que consideran la existencia de tres géneros mayores: la épica, la lírica y el drama.

En la épica se cuentan sucesos; en ella predomina la narración de acciones en las cuales el narrador se encuentra o no implicado, pero el interés recae en el acontecimiento, o suma de acontecimientos, que se ofrecen al lector. Por su parte, en la lírica se comunican sentimientos, emociones, desde un yo poético, subjetivo, que privilegia ese tipo de discurso confesional; mientras que en el drama, se representan las acciones a través del diálogo entre personajes, generalmente sin la intervención de un narrador.

Así visto, corresponderían al género épico la novela, el cuento, el relato, etc.; a la lírica, la poesía; y al drama, el teatro.

Sin embargo, hay formas estructurales, como el ensayo literario, que definitivamente no responden a la tipología anterior. Aunque escrito en prosa, el ensayo literario ha sido ubicado en la frontera entre la literatura artística y la científica.

Salvo en la época neoclásica (finales del siglo XVIII y principios del XIX), la valoración de los géneros no tiene un carácter normativo, no existen reglas de estricto cumplimiento para la concepción ni valoración de una obra. Como ya se dijo anteriormente, la creación literaria impone constantes innovaciones genéricas; de hecho, sobre todo durante la segunda mitad del siglo XX y hasta nuestros días, las fronteras entre los géneros se hace cada vez más difusa al incrementarse los “préstamos” intergenéricos. Ello, por ejemplo, se hace particularmente perceptible en la novela, amplio espacio para la experimentación literaria en las últimas décadas. Veamos tres ejemplos: Rayuela (1963), de Julio Cortázar (1914-1984), pretende ser una “antinovela” por la violación constante de los procedimientos tradicionales del género y la inclusión de elementos disímiles; El cumpleaños de Juan Ángel (1971), de Mario Benedetti (1920), es una novela escrita en versos, procedimiento dominante en la lírica; y El beso de la mujer araña (1976), de Manuel Puig (1932-1990), es una novela con notas al pie de página, a través de las cuales se desarrolla un plano ensayístico.

No hay dudas de que en la actualidad, a pesar de la relevancia de los préstamos genéricos dentro de la intensa experimentación que se observa —sobre todo en la llamada literatura “posmoderna”—, la nominación genérica (cuento, novela, poesía, teatro, etc.) todavía condiciona y orienta el horizonte del escritor y del lector.

Desde finales del siglo pasado, cada vez más en los estudios teórico-literarios comienza a hablarse no de géneros, sino de tipos de discursos, entendiendo como “discurso” la realización de la lengua en la comunicación entre el autor y el lector, el conjunto de palabras, más allá de las oraciones, que construyen una significación a partir de distintos tipos de enunciados. Así, puede hablarse de un discurso narrativo, de un discurso poético o de un discurso teatral, etc., independientemente de la organización estructural global del texto (género). Por ejemplo, una novela puede concebirse como un espacio interdiscursivo, donde conviven, dialogando, distintos tipos de discursos; de hecho, las novelas mencionadas anteriormente presentan estas características; de igual modo, aunque escrito en prosa, en un texto puede dominar el discurso poético por la intensidad tropológica de su facturación, lo cual ha sido llamado tradicionalmente “prosa poética”, etc.

Además, se puede concebir un discurso no solamente literario, sino con las características de otras artes: discurso cinematográfico, pictórico, musical, danzario, etc. Una novela como La ley del amor (1995), de la escritora mexicana Laura Esquivel (1950), intenta convertir la obra en un espacio interdiscursivo donde dialogan el discurso literario con el pictórico y el musical. La propuesta de Esquivel incluye un CD con piezas disímiles —desde un aria de Madame Butterfly hasta un bolero, una rumba y un canto de origen prehispánico— para ser escuchadas cuando se señale en el texto literario, y series pictóricas que ilustran la acción.

El único requisito que puede exigir el lector a estas formaciones discursivas es su eficaz funcionamiento significativo, su coherencia en el cumplimiento de las funciones que demandan las expectativas del lector.
Las funciones de la obra literaria:
La función que realiza un fenómeno dado puede definirse como la manifestación externa de sus propiedades en un sistema de relaciones. La obra literaria, pues, posee una serie de propiedades que le permiten desempeñar determinadas funciones cuando es leída, cuando se realiza en una cultura dada.

Fue Horacio (65-8 a.c.), el gran poeta latino, quien señaló que la obra literaria se caracterizaba por ser dulce et utile (dulce y útil), con lo cual dejó sentadas las funciones básicas de la misma: otorgar placer, entretenimiento, y, a la vez, servir de algún provecho social. A partir de entonces, las consideraciones sobre este asunto han sido múltiples.

En términos generales, la teoría se ha orientado a la consideración de dos funciones globales: la estética y la social, y se han establecido correlaciones entre ellas, muchas veces como par contradictorio.

Si bien son objetivas, en términos generales, el contenido de las funciones señaladas por Horacio, hay que detenerse en mayores precisiones. En primer lugar, se debe de considerar que las propiedades o características de la obra literaria son estéticas, no sólo por el lenguaje que utiliza este tipo de discurso, sino también por la organización particular que posee; en segundo lugar, todas las funciones que desempeña la obra literaria son sociales, incluso aquellas que se refieren al placer de la lectura o al entretenimiento. A través de esas propiedades, se realizan funciones que pueden catalogarse de la siguiente manera:



  1. De revalorización literaria: Una obra puede influir en la revalorización de una o varias precedentes. Por ejemplo, la aparición de Cien años de soledad (1967), de Gabriel García Márquez (1928), trajo como consecuencia la revalorización y actualización de Gargantúa y Pantagruel (primera mitad del siglo XVI), de Francois Rabelais (1494-1553), a quien algunos críticos consideran en la actualidad como uno de los predecesores del realismo mágico. Generalmente, cada formación estilística revaloriza, a través de sus textos, obras precedentes en busca de una estirpe.

  2. De educación (pedagógica): Cada texto que se lee puede colaborar en la educación de la sensibilidad del lector, en la ampliación de su capacidad para disfrutar de la lectura y acceder a otros niveles de comprensión y disfrute. En este sentido, realizaría una función de educación estética. Pero también puede servir para una educación moral, como hacen las fábulas de Esopo (620-560 a.c.), por ejemplo. Un texto como Nuestra América, de José Martí, cumple con una función de educación política.

  3. De conocimiento (gnoseológica): Una obra puede aportar conocimientos de muy diversa índole: costumbres, modo de vida, estructura social, sentimientos, creencias, etc. Particularmente importante es esta función en el ensayo, en el teatro y en la novela, aunque no está ausente en otros géneros.

  4. De expresión (expresiva): A través del texto literario, el escritor manifiesta sus ideas y sus emociones, sus sueños y frustraciones. Esta función resulta jerarquizada en la poesía lírica, pero no sólo se encuentra en ella; en el ensayo, por ejemplo, se suelen encontrar las propiedades para el cumplimiento de esta función.

  5. De valoración (axiológica): La obra literaria realiza una función axiológica cuando de ella se obtiene una valoración (bueno o malo, superior o inferior, importante o superfluo, sublime o ridículo, etc.) acerca de lo tratado.

  6. De diversión (lúdicra): Cuando nos divierte, nos entretiene, nos somete a su juego y lo disfrutamos, la obra literaria cumple con esta función.2

Se pudieran citar otras funciones, pero lo importante es que la obra literaria puede realizarlas todas o muchas de ellas de manera simultánea con disímil intensidad; además, estas funciones pueden cambiar o jerarquizarse de modo diverso en épocas distintas o en diferentes contextos.

Una función se realiza a partir de las manifestaciones externas de las propiedades de un fenómeno en un sistema de relaciones; es decir, para que un fenómeno cualquiera —una obra literaria, una cama, un vaso– pueda ejercer una función, tiene que poseer las cualidades para ello y ser utilizadas. Por ejemplo: Una cama, para poder proporcionar un sueño placentero —cumplir con esa función—, tiene que poseer una forma adecuada (ser horizontal, plana, con un colchón, del tamaño apropiado, etc.) y la función se realiza cuando alguien se acuesta y duerme en ella. La cama tiene las propiedades necesarias para cumplir esa función para alguien que tenga la necesidad de dormir. (Y también, en dependencia de sus propiedades, puede cumplir otras funciones: para jugar, reponerse de una enfermedad, leer, etc., incluso puede sustituir a una mesa para comer.) Pero esa necesidad ha sido satisfecha a través de la historia y las culturas de múltiples maneras, por disímiles tipos de camas, siempre en relación con lo que una comunidad dada entendió como “un sueño placentero”. En fin, las funciones de un fenómeno se realizan en un sistema de relaciones que son históricas: La función que la propiedad de un fenómeno tiene en un momento, en una cultura dada, puede que no sea la misma en otro momento o en otra cultura. Y ello es particularmente perceptible en la obra de arte literario. El Popol-Vuh (mediados del siglo XVI), el compendio de la cosmogonía de la cultura maya-quiché, cumplió funciones mágico-religiosas en su origen, y hoy es leído como un conjunto de mitos y leyendas de aquella cultura. Las funciones que tiene para nosotros la Iliada (ca. siglo IX a.c.), seguramente no son todas las mismas que alcanzaron los cantos de los homéridas en su época. Una obra literaria, desgajada de sus condicionantes genésicas y de las funciones que cumplió en su contexto de origen, trasladada a otro contexto y condiciones puede cumplir con funciones distintas, sin que por ello se alteren, por supuesto, sus propiedades.


Valores históricos globales de la obra literaria:

Tomando en cuenta las diferentes valoraciones que recibe la obra literaria a través del tiempo pueden establecerse, según Mikulas Bakos3, tres tipos de valores globales: histórico-genéticos, evolutivos y actuales. A ellos atienden aquellas ramas de los estudios literarios que se ocupan de la investigación, de la historiografía, de la poética histórica (como disciplina específica dentro de la Historia de la literatura) y de la crítica.



  1. Valores histórico-genéticos: Son aquellos que recibe la obra literaria por la realización de sus funciones en el momento en que se crea y se difunde; por el impacto que produce la obra en el lector contemporáneo a ella. Este es el dominio propio de la historiografía literaria.

  2. Valores evolutivos: Son los que obtiene la obra por su importancia para la evolución de la propia literatura, y pueden ser considerados desde dos puntos de vista: 1) valores artísticos-literarios, y 2) valores gnoseológicos. Los primeros resultan de los aportes que ofrece una obra al desarrollo estético de la creación literaria: composición del discurso, movilización de recursos estructurales y lingüísticos, aperturas genéricas, etc.; mientras que los segundos provienen de las innovaciones que introduce la obra en el campo semántico: la propuesta de nuevos temas, asuntos, o de una nueva perspectiva para el tratamiento de asuntos ya tratados.

  3. Valores actuales: Son los que se les atribuye, como su nombre indica, en la actualidad, en el mundo de hoy.

Ahora bien, puede que una obra carezca de atractivo para el lector actual, ya no le “hable” al lector de hoy, pero no por ello debe ser descalificada por los estudios literarios, los programas académicos de literatura o las políticas editoriales. En la valoración actual de un texto deben tomarse en cuenta sus valores histórico-genéticos y evolutivos; sólo de esta manera puede tenerse una concepción objetiva del lugar que ocupa el hecho literario en el seno de una sociedad y de una cultura.

Hay textos que alcanzan unos valores y no otros. La vida literaria de un texto se describe a través de las valoraciones que ha recibido en las distintas etapas de la evolución de una cultura. Hay textos que no tienen una influencia o un impacto en su origen y sí lo alcanzan en épocas posteriores. Pongamos un ejemplo: Durante la primera mitad del siglo XIX francés, el novelista de mayor resonancia fue Eugenio Sue, con sus famosos Misterios de París (1842-1843); sin embargo, hoy casi nadie recuerda a Sue, y Honorato de Balzac (1799-1850), con su Papá Goriot (1834) y todas las novelas que conforman su gran proyecto La comedia humana, se erige como el novelista por excelencia de esa época. De igual modo, los hay que tienen una enorme importancia para el desarrollo del género y hoy son desconocidos. Este es el caso —para continuar con los ejemplos de la literatura francesa— de Denis Diderot (1713-1784), a quien hoy se le recuerda prácticamente como filósofo enciclopedista, pero en su época fue un notable dramaturgo, iniciador del drama burgués.

También es frecuente en la historia de la literatura que una obra haya sido poco valorada en el momento de su creación, y que con posterioridad alcance un valor insospechado en su origen (pensemos en toda la obra de Miguel de Cervantes (1547-1616), quien murió en precarias condiciones económicas). Y existen aquellas que, a través del tiempo, son consideradas de manera muy distinta, incluso contrastantes. Y ello ocurre porque cada época revaloriza su tradición, sus precedentes en busca de su propia validación.

Uno de los ejemplos más elocuentes de las distintas valoraciones que ha recibido a través del tiempo es la obra del dramaturgo inglés William Shakespeare (1564-1616). En su origen, durante la época isabelina, la obra de este autor fue tremendamente popular; sin embargo, fue denostada durante el Neoclasicismo (segunda mitad del siglo XVIII) por considerarse de mal gusto. Hacia finales de esa época y la primera mitad del siglo XIX, durante el Romanticismo, la obra de William Shakespeare alcanzó un renacimiento y actualización que permanece hasta hoy, con una variante. Durante el Romanticismo, se puso énfasis en la creación de personajes, de las individualidades conflictivas, las pasiones y desenfrenos de sus actitudes, así como en las rupturas que introduce el escritor inglés con respecto a los dogmas aristotélicos de la creación dramatúrgica; durante el siglo XX, lo que se jerarquizó en esta obra fue su dimensión social, las tensiones y contradicciones de tendencias existentes en la sociedad. Cada época realiza una recepción de la obra literaria de acuerdo con sus necesidades y reclamos, y así las valora.


El hecho literario como un fenómeno de comunicación:

Como todo fenómeno del lenguaje, el hecho literario es un fenómeno de la comunicación representado por la siguiente cadena: Autor(Emisor)—Texto(Mensaje) —Lector(Receptor). Por supuesto, estos nexos se producen en y aluden a un contexto, y deben establecerse de acuerdo con un código (la lengua estructurada como discurso estético) compartido, al menos en sus principios básicos, a través de un contacto que se produce por el libro u otro portador del texto (en el Medioevo, por ejemplo, los juglares fueron los portadores de gran parte de los romances que hoy conocemos a través de los libros). Cada una de estas instancias tiene sus propias complejidades, pero sólo por sus interrelaciones se produce la comunicación.

La historia de los estudios literarios de los últimos dos siglos ha transitado por la indagación de cada una de estas instancias, privilegiando una u otra. Durante la segunda mitad del siglo XIX, el autor y sus condicionantes ocupó la mayor atención; ya en el siglo XX, desde la escuela llamada Formalismo Ruso y su secuela hasta el Estructuralismo y sus derivaciones, el foco de atención estuvo centrado en el texto, mientras que durante las décadas finales de este siglo le llegó la hora al lector.

Lamentablemente, todavía hoy subsisten en la enseñanza escolar enfoques tradicionalistas que lastran la adecuada apreciación de las obras literarias, muchos de ellos sobrevivientes del positivismo decimonónico o de un determinismo historicista incompetente para explicar el hecho literario en sus múltiples complejidades.



En muchas ocasiones, la obra literaria se presenta como una resultante directa de determinadas condiciones históricas, de la ideología del autor, etc; sin embargo, ¿cómo se explica que esa obra siga existiendo y “hablando” después de que desaparecieran aquellas condiciones? ¿Que la obra se siga apreciando, teniendo funciones y siendo altamente valorada, aun cuando el lector no sepa nada sobre el autor y su época? Evidentemente, conocer sobre el autor y su época enriquece la apreciación, la amplía, sobre todo si se realiza con fines investigativos, pero la carencia de esta información no la disminuye. De igual modo, el estudio inmanente del texto, circunscrito a su estructuración, sin tener en cuenta factores externos a él, nos ofrece un conocimiento de su conformación, pero no de su funcionamiento en el reino de la cultura, de una comunidad de lectores, donde alcanza su verdadera realización como obra literaria. Sin dudas, el estudio de la obra en sí misma es imprescindible, pero no suficiente para su enjuiciamiento.



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