Introducción a la paleontologíA



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ALGUNOS EJEMPLOS INTERESANTES DE FOSILIZACIÓN

Pese a que el rápido enterramiento y la presencia de partes esqueléticas duras, son las condiciones normales para la fosilización, hay algunas excepciones a esta regla. Entre los fósiles, se encuentran gusanos y medusas, conservados bajo condiciones favorables, y en el fondo de la cueva de Wakulla Springs, en Florida (U.S.A.), se han conservado inalterados huesos de Mastodonte, cubiertos por 25 m. de agua. Pero en general, la regla se cumple.

Bien conocido es el ámbar, un mineral ligero de color dorado, que debe su origen a la resina rezumada por ciertas Coníferas, endurecida y fosilizada. Se encuentra, por lo general, en las costas del Mar Báltico, y en Lituania, existe un Museo de ámbar. Muy apreciado ya por el hombre prehistórico, como una piedra preciosa, se ha encontrado en algunas tumbas de la época Micénica en Grecia (2. ° milenio a. de C.). Más interesante quizás, para el paleontólogo, sea la presencia de insectos conservados con todo detalle, incluso los pelos microscópicos de su cuerpo, en el interior del ámbar: evidentemente, quedaron atrapados en la resina, y allí fueron embalsamados con toda delicadeza.

Es raro que la piel de un animal se conserve lo mismo que sus huesos; sin embargo, en algunos casos ocurre así, como en Starunia (Ukrania), donde se encontró el cuerpo de una hembra de Rinoceronte lanudo, del período Pleistoceno, conservado por hidrocarburos naturales y sal, cuya piel incluso conservaba las cicatrices de heridas sufridas en luchas. Los habitantes de Salzkammergut (Austria), refieren cómo en el siglo XVIII se encontró el cuerpo de un hombre en una de las minas de sal gema, vestido con ropas que nadie pudo reconocer; probablemente se trataba de un hombre de la edad del hierro (de los últimos siglos a. de C.), que habría muerto en las minas, quedando conservado por la sal.

En el Museo de Copenhague, se conserva el cuerpo de un hombre hallado en una turbera y perfectamente momificado por efecto del agua ácida que impregna la turba. Su piel no está arrugada, como en las momias egipcias, sino materialmente "curtida" y ennegrecida por la turba, conservando un aspecto auténticamente humano, que produce una fuerte impresión en el que lo contempla.

INTERPRETACIONES ERRÓNEAS DE LOS FÓSILES

Antes de que la Paleontología fuese una ciencia, desconociendo el verdadero valor y significado de los fósiles, ocurría con frecuencia que eran descritos por un artista y no por un científico. En una ocasión, cierto esqueleto fósil fue descrito como el "Homo diluvii testis", es decir, un hombre "testigo del diluvio", aunque luego se pudo ver, que se trataba simplemente de una salamandra gigante fósil (4). Sin embargo, esta ciencia, progresó rápidamente, y ya a principios del siglo XIX, los fósiles eran correctamente interpretados y se describían con una exactitud aceptable.

No fue nada fácil desarraigar la idea de que los fósiles eran simples lusus naturae, es decir, "juegos de la naturaleza", llegando incluso a pensar, algunos, que podrían ser "inventos diabólicos", permitidos por el Creador, para desconcertar a los hombres.

La Biblia, tomada al pie de la letra, dio motivo a innumerables controversias, por ejemplo, cuando se calculaba en unos 4.000 años, el tiempo de la Creación, escalonada en los 6 días del Génesis, lo cual estaba en evidente desacuerdo con los millones de años deducidos por los geólogos, o cuando la teoría de la evolución, se enfrentó con la pretendida creación inmediata de los animales y vegetales; y por último, al sugerir que, el mismo hombre, habría sido el resultado de la evolución de ciertos Primates (5).

Como es natural, los Paleontólogos no están libres de equivocaciones, como todos los humanos. Por ejemplo, los Graptolitos se denominan así, por su semejanza con "piedras escritas" (del griego graptos, escrito, y lithos, piedra). De hecho, para los primeros investigadores, estos fósiles eran estructuras inorgánicas, análogas a la "textura gráfica" de ciertas pegmatitas, en las que tiene lugar la formación de cristales de cuarzo rodeados por feldespato, lo que da a la roca, un aspecto muy característico de "escritura cuneiforme". Sin embargo, los Graptolitos sabemos ahora que son los esqueletos de pequeños organismos coloniales, marinos, ya extinguidos.

Quizás la más famosa y tragicómica historia, sea la del Profesor Johann behringer, profesor de Medicina en la Universidad de Würzburgo (Alemania), a principios del siglo xviii. Este digno profesor, tuvo la mala ocurrencia de publicar descripciones de ciertas "piedras figuradas", que habían sido preparadas por sus alumnos, con objeto de jugarle una mala pasada, y colocadas hábilmente en los sitios donde él acostumbraba a recoger fósiles. behringer los consideró, de buena fe, como auténticos fósiles, y cuando se enteró de su verdadera naturaleza, hubo de emplear mucho tiempo en volver a comprar los ejemplares de su propia publicación, en un esfuerzo para salvar su prestigio. Pocos profesores de Paleontología, se salvan de tales jugarretas de los estudiantes, aunque esperamos que no lleguen a publicarlos. Casi tan conocida y famosa como la catástrofe de behringer, fue la falsificación de Piltdown, una hábil asociación de un cráneo humano y una mandíbula de chimpancé, que engañó a numerosos expertos durante muchos años (6).



LOS NOMBRES DE LOS FÓSILES

Pensamos que es oportuno hacer algunas indicaciones relativas a la nomenclatura de los fósiles, muchos de los cuales, requieren un notable esfuerzo en su pronunciación, como por ejemplo, Bdellacoma, Quenstedticeras, Tschernyschewia, y Stoliczkaia, aunque posiblemente, mis colegas de Europa central y oriental, no estén de acuerdo conmigo en este extremo (7), mientras que otros llevan nombres loablemente descriptivos, como Titanites giganteus, o llevan un nombre derivado de su lugar de procedencia, como Hongkongites.

Algunos de los nombres antiguos, resultan melodiosos y evocativos, como Venus, Chione, Astarte, Leda, pero por desgracia, no es posible continuar esta eufonía, con el verdadero diluvio de nuevos nombres. Idealmente, el nombre adjudicado debe indicarnos algo acerca del fósil a que se refiere; así, por ejemplo, Conomitra parva, nos indica que se trata de un fósil cónico, en forma de "mitra" y pequeño. El latín y el griego nos proporcionan un vocabulario útil para este propósito, pues por una parte, son lenguas aún muy difundidas, y por otra, siendo lenguas muertas, no están sujetas a las vicisitudes y preferencias de los idiomas modernos, con sus implicaciones nacionales.

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