Introducción a la paleontologíA



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EL PASO EVOLUTIVO DE REPTILES A MAMÍFEROS

Actualmente, es realmente fácil distinguir un mamífero de un reptil. Los mamíferos, por lo general, tienen pelo, la temperatura de su sangre se mantiene uniformemente caliente, dan a luz a las crías y las amamantan con leche. Los reptiles, por el contrario, carecen de pelo y presentan el cuerpo cubierto de escamas, la temperatura de su sangre depende de la del ambiente, ponen huevos y no amamantan a las crías.

Además, con objeto de que estas diferencias puedan ser apreciadas por los paleontólogos, estos criterios deben ampliarse al esqueleto: los mamíferos presentan la mandíbula inferior formada por un solo hueso, el dentario (en realidad, está formada por dos huesos, unidos en su punto medio), una abertura única, en el cráneo, para la nariz, un conjunto de tres huesecillos en el oído medio (martillo, yunque y estribo), y dos o más raíces en los dientes yugales. También presentan diferenciada la dentición en incisivos, caninos, premolares y molares, y un paladar secundario, que separa las cavidades bucal y nasal. Estas y otras estructuras características, sirven para distinguir los mamíferos fósiles de los reptiles.

Figura 5. — Evolución de la mandíbula en el tránsito de Reptil a Mamífero (los dibujos no están a escala).


Por otra parte, cada una de estas características, tiene su significado. El paladar secundario, tiene por objeto permitir al mamífero respirar mientras come, mientras que el reptil, cuyas aberturas nasales se abren directamente en la cavidad bucal, sólo puede respirar entre dos bocados; la sencillez de la mandíbula inferior en los mamíferos, implica su mayor fortaleza y la hace apta para masticar: en la Figura 5, puede verse cómo, el número de huesos de la mandíbula de los reptiles, ha ido reduciéndose, en el transcurso de la evolución, hasta quedar reducidos a uno solo en los mamíferos.

Para la mayoría de los mamíferos y reptiles fósiles, todo esto está bastante claro, pero cuando nos paramos a considerar el grupo de los Reptiles Sinápsidos, empiezan a surgir complicaciones. Cuanto más de cerca se examinan estos reptiles, tanto más paradójicos resultan. En cierto modo, el grupo en conjunto, se desarrolló prematuramente, en el Pérmico y Triásico. En los períodos sucesivos, Jurásico y Cretácico, en vez de ser sus descendientes, los mamíferos, los animales terrestres predominantes, fueron los reptiles los que proliferaron extraordinariamente, y los dinosaurios llegaron a dominar en todas partes, quedando los sinápsidos y mamíferos relegados a un lugar muy secundario, con el resultado de que los mamíferos quedasen reducidos a unas criaturas pequeñas y casi desapercibidas. Quizás si los Sinápsidos hubiesen tenido más éxito, la historia de los vivientes habría sido muy diferente: posiblemente el aire habría estado habitado por murciélagos (que son mamíferos), en vez de aves (descendientes de los reptiles), y el mismo hombre, podría haber surgido y desaparecido hace ya mucho tiempo.

Pero todo esto son meras especulaciones. La documentación fósil de los Sinápsidos, muestra una tendencia precoz a la diferenciación dentaria: Dimetrodon, a parte de poseer una cresta o "vela" dorsal, probablemente formada por la piel, soportada por espinas (de significado muy dudoso) (10), presenta la dentición diferenciada en "incisivos", "caninos" y "molares", al menos, en la mandíbula superior. Posteriormente, los Sinápsidos desarrollaron un paladar secundario, y una mandíbula inferior en la que uno de sus huesos (el dentario), predomina sobre los otros, destinado a formar el único elemento óseo de la mandíbula de los mamíferos, mientras los demás huesos van reduciéndose. Asimismo, adquieren una disposición más esbelta en la marcha, con el cuerpo erguido, gracias a la estructura de sus extremidades anteriores y posteriores, opuestas a la postura de los demás reptiles, más tendida y con la articulación del codo dirigida hacia fuera (11).

El verdadero problema que plantea la historia de los Sinápsidos, es que no es posible decidir con exactitud, donde acaban los reptiles y donde comienzan los mamíferos. El "gran salto" previsible entre reptiles y mamíferos, parece quedar reducido a una serie de "escalones" imprecisos, más que a una aventurada y decisiva "zancada". Los rasgos mamiferoides característicos, aparecen independientemente en más de un grupo de Sinápsidos. Cabe preguntarse si los últimos sinápsidos eran reptiles muy avanzados o mamíferos primitivos, y la decisión resulta extremadamente difícil. Probablemente, la indicación más precisa de que estamos en presencia de mamíferos, sea la de poseer sangre caliente, pues esta es la clave de la vida tan activa, característica de los mamíferos. Parece que podría identificarse esta condición, con la presencia de paladar secundario, toda vez que, un animal de sangre fría puede dejar de respirar mientras engulle el alimento, mientras que tal cosa resultaría muy difícil para un animal de sangre caliente, que tiene una mayor necesidad de oxígeno. Pero el caso es que el paladar secundario está ya desarrollado en ciertos sinápsidos, que por otra parte, conservan varias características reptilianas.

En los Ictidosaurios, grupo de fósiles asignados provisionalmente a los últimos Sinápsidos, la transición de reptil a mamífero viene indicada por la circunstancia de que el único carácter que permite atribuirlos a los reptiles, es la reducción de los huesos de la mandíbula inferior que no es completa. Un paso más, podría decirse, y ya estamos en los mamíferos; y, efectivamente, los mamíferos propiamente dichos, se empiezan a encontrar a continuación, en el límite entre los períodos Triásico y Jurásico.

LA EVOLUCIÓN DEL OÍDO

El oído fue, originalmente, un órgano del equilibrio, función que aún conserva, pero con una serie de modificaciones que permiten percibir vibraciones del exterior, esto es, oír. En los peces, el equilibrio se controla mediante ciertos huesecillos (otolitos), situados en cámaras repletas de líquido: cualquier desequilibrio hace sentir al pez el movimiento del otolito sobre la superficie interna, sensible, de la cámara, y su cerebro registra el desequilibrio, que seguidamente puede ser corregido. Tal como puede verse en la Figura 6, existe también en el pez un huesecillo especial, el hio-mandibular, también llamado columelar, que conecta el oído interno con el interior del cráneo, y sirve para trasmitir las vibraciones del agua, pasando por el cráneo, hasta el oído interno.


Figura 6. — Evolución del oído medio en los Vertebrados.


En los Anfibios, el oído posee ya una caja de resonancia adecuada, porque la audición en el aire, requiere un sistema de audición más sensible que en el agua, y la simple transmisión por los huesos del cráneo no sería suficiente. En los Reptiles sinápsidos (Ambulátiles), persiste la misma estructura que en los Anfibios, pero intervienen en la audición dos pequeños huesecillos, el articular y el cuadrado, que forman a su vez parte de la articulación de la mandíbula con el cráneo: estos huesecillos, se sitúan en las proximidades de la caja de resonancia del oído, ayudando probablemente a la audición (12).

Por último, el desarrollo más completo de la estructura del oído medio, se puede ver en los Mamíferos, especialmente en el hombre: el estribo, homólogo del hio-mandibular de los Peces y Anfibios, queda en contacto con el oído interno, pero la transmisión del sonido se hace, desde el tímpano, mediante el martillo y el yunque, que son los homólogos del articular y el cuadrado de los Reptiles.

Nuestro oído es mucho más complicado que el de los peces, sin duda alguna, pero los estudios sobre su evolución, demuestran que los huesecillos existentes en el oído medio, no son más que los huesos mandibulares de nuestros antecesores, adaptados a una nueva y más elevada función.

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