Introducción: la concepción kantiana del conocimiento



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Inmanuel Kant (1724-1804)
1. Introducción: la concepción kantiana del conocimiento.
a) Kant frente a racionalistas y empiristas.

Antes de abordar los dos puntos en función de los que vamos a exponer la Crítica de la Razón Pura, vamos a analizar cómo concibe Kant el conocimiento, concepción que contiene elementos realmente novedosos.

La doctrina kantiana del conocimiento se basa en la distinción fundamental entre dos facultades o fuentes de conocimiento: la sensibilidad y el entendimiento. La sensibilidad es pasiva: se limita a recibir impresiones provenientes del exterior (colores, sonidos, ...); se trata de lo que Locke llamaba «ideas simples» y Hume «impresiones de sensación». El entendimiento, por el contrario, es activo: produce espontáneamente ciertos conceptos e ideas (como «sustancia», «causa»,...) que no provienen de la experiencia, aunque los aplicamos a ella: sirven para unificar los datos de los sentidos. Por ello, Kant afirma que «todo conocimiento empieza con la experiencia, más no todo él procede de ella». Esta sentencia, que pretende aunar racionalismo y empirismo, resume el planteamiento de pensador teutón sobre el conocimiento.

Todo conocimiento empieza con la experiencia, pues contiene elementos que provienen del exterior del sujeto (y no son una mera creación de éste), pero, a su vez, el sujeto no se limita a ser un mero receptor de lo exterior sino que, en el momento mismo en que lo recibe, lo conforma a modo de, podríamos decir, «recipiente ordenador». Así, el conocimiento se compone de dos elementos, elementos que no están unidos como simple yuxtaposición o agregado sino que se trata de dos factores indisociables (aunque nosotros, mediante la reflexión, seamos capaces de separarlos).

Veremos más adelante cómo se realiza esta composición pero, por el momento, bástenos saber que el elemento exterior, puesto por la realidad, es llamado por Kant indistintamente materia, lo a posteriori o elemento empírico. El otro componente, dado por el sujeto, es denominado forma, lo a priori o lo trascendental (se trata de un conjunto de esquemas vacíos que, con ocasión de la experiencia, la estructuran y ordenan). Lo a posteriori asegura la conexión entre nuestro pensamiento y la realidad tangible; lo a priori otorga al conocimiento universalidad y necesidad.
b) La revolución copernicana.
El pensamiento clásico y moderno entendían que nuestras ideas verdaderas eran aquellas que se correspondían con la realidad, por lo que la mente para conocer verdaderamente las cosas debe adecuarse a ellas y pensarlas como son. ¿Por qué no plantear, se pregunta Kant, la hipótesis contraria? Esto es precisamente lo que supone nuestro pensador: no es la mente la que tiene que adecuarse a los objetos sino que son los objetos los que tienen que adecuarse a la mente. Semejante hipótesis es llamada revolución copernicana: es el sujeto quien conforma o rige al objeto (y son las estructuras del sujeto las que otorgan al conocimiento del objeto la universalidad y necesidad deseada). La revolución copernicana es llamada así por Kant porque es análoga a la que Copérnico llevó a cabo con su teoría heliocéntrica. Éste, al darse cuenta de que los problemas astronómicos no podían resolverse desde la óptica geocéntrica habitual, invirtió los términos descubriendo un universo nuevo. Lo mismo pretende hacer Kant: no podemos estudiar a “las cosas en sí mismas”, sino que todo conocimiento del objeto está mediatizado por el sujeto que conoce, con lo que éste último se convierte en el centro de atención.

Una revolución semejante, nos dice el germano en el prólogo a la segunda edición de la Crítica de la razón pura, es la que ha encauzado a las matemáticas y la física por el seguro camino de la ciencia.


2. Los juicios sintéticos a priori.
2.1. La posibilidad de la metafísica como ciencia.
Hemos visto el antagonismo racionalismo-empirismo que forja desde sus comienzos el pensamiento crítico kantiano. Ambos modos de entender la filosofía son, tomados tal cual, no sólo distintos sino además contradictorios e irreconciliables. Ahora bien, si la filosofía (la metafísica) pretende dar una imagen de la realidad y, sin embargo, ofrece soluciones distintas, es evidente que su valor queda en tela de juicio. Este descrédito de la filosofía se extendería a todo conocimiento en general si Kant no hubiera estudiado la matemática y, sobre todo, la física newtoniana. Para nuestro pensador, Newton representa el descubridor de un conjunto de leyes universales que nunca yerran: ciencia segura y perfecta que aúna construcciones racionales y experiencia.

Dos son, a juicio de Kant, las deficiencias que han caracterizado tradicionalmente a la filosofía (metafísica), colocándola en una manifiesta situación de inferioridad con respecto a la ciencia (matemática y física):




  1. La ciencia progresa, mientras que la metafísica continúa debatiendo las mismas cuestiones que debatían Platón y Aristóteles tantos siglos atrás (existencia de Dios, inmortalidad del alma, ...).

  2. Los científicos se ponen de acuerdo en sus teorías y conclusiones, mientras que el más escandaloso desacuerdo reina entre los metafísicos.

Dado que la validez de las ciencias citadas (matemática y física) es un hecho, debemos preguntarnos cómo son posibles tales ciencias o, dicho de otro modo, qué condiciones las convierten en conocimiento verdadero. Una vez conocidas tales condiciones, habrá que ver si éstas se dan en la filosofía y, en concreto, en la metafísica. Si se dan, entonces la metafísica podrá superar el deplorable estado en que se encuentra (campo de batalla entre racionalistas y empiristas donde se debaten las mismas cuestiones planteadas por Platón y Aristóteles sin llegar a la más mínima conclusión unánime); si, por el contrario, no se ajusta a dichas condiciones lo mejor será abandonar definitivamente la ilusión de querer construir sistemas metafísicos con pretensiones de conocimiento científico.



La solución a este problema, ya la adelantamos, es la negación de la metafísica como ciencia. Pero esto no significa que Kant, sin más, desprecie esta disciplina y abogue por su disolución. No es posible, si se reflexiona seriamente, mostrarse indiferente ante cuestiones como la existencia de Dios, la inmortalidad del alma o la libertad. Lo que se va a poner en entredicho de ella es su pretensión de ser conocimiento científico. Veamos cómo se llega a esta solución.
2.2. Las condiciones del conocimiento científico.
Según lo dicho, la cuestión previa a determinar es: ¿cómo es posible la ciencia? o ¿qué condiciones ha de cumplir una disciplina para ser científica? Esta cuestión se puede contestar en dos fases:
2.2.1. ¿Cuáles son las condiciones del conocimiento científico?
Kant distingue dos tipos de condiciones: empíricas y trascendentales (a priori). Veamos brevemente cada una de ellas:


  1. Condiciones empíricas. Son aquellas condiciones particulares y fácticas (o sea, que pueden ser alteradas) que pertenecen al ámbito de la experiencia (empiria). Como es obvio, el que podamos ver algo depende de un sinnúmero de condiciones: de que nuestra vista sea lo suficientemente aguda, de que el objeto no se encuentre excesivamente lejos o sea excesivamente pequeño, ...

Un individuo puede tener una agudeza visual suficiente para ver un objeto que otro individuo es incapaz de percibir por padecer miopía, por ejemplo; tampoco veremos igual una montaña entre la niebla que en un día despejado. Y aunque se trate de distancias o tamaños tales que ningún individuo pueda de hecho percibir, siempre cabría inventar instrumentos suficientemente poderosos (telescopios o microscopios) que permitieran su percepción. Este tipo de condiciones -particulares y fácticas, que pueden ser alteradas- se denominan empíricas.



  1. Condiciones trascendentales (a priori). Además de las condiciones empíricas existen otro tipo de condiciones. Imaginemos la siguiente escena: un individuo se nos acerca y nos dice que ha visto algo; le preguntamos dónde y nos contesta que en ninguna parte; le preguntamos cuándo y nos responde que en ningún momento. Entonces deducimos que se trata de un loco o de un bromista y, en cualquier caso, estamos seguros de que no ha visto nada. En el caso de la visión una percepción debe estar necesariamente ubicada en un espacio y en un tiempo concretos. Espacio y tiempo son condiciones de nuestra percepción, pero de un tipo completamente distinto del que señalábamos en el párrafo anterior: no son particulares (no afectan a la visión de un objeto o de un individuo en particular) sino generales o universales (afectan a la visión como tal y, por tanto a todo individuo); tampoco son puramente fácticas (que puedan ser alteradas) sino estrictamente necesarias (no pueden no darse). A estas dos características hay que sumar una tercera que define su naturaleza: son previas a la experiencia (a priori). Esto quiere decir que no provienen de los datos de los sentidos sino que condicionan éstos. Son condiciones que pertenecen a la estructura de comprensión del sujeto y que hacen posible la experiencia y el conocimiento. Éstas son las condiciones de la ciencia.

2.2.2. ¿Cómo investigar las condiciones del conocimiento científico?


Una vez que sabemos de qué condiciones se trata (condiciones trascendentales), intentemos ahora precisar cómo es posible investigarlas. El recorrido que seguirá el de Könisberg es el siguiente: dado que toda ciencia se compone de juicios o proposiciones (como: «los átomos constan de tales partículas», «la partícula x tiene tales características», ...), la pregunta ¿cuáles son las condiciones que hacen posible la ciencia? podría concretarse en esta otra: ¿cuáles son las condiciones que hacen posibles los juicios de la ciencia? Habrá que ver qué clase de juicios son los que utiliza la ciencia e investigar las condiciones que los hacen posibles.
2.3. Clasificación de los juicios.
Vamos a analizar, en general, cuántos tipos de juicios hay para ver, después, cuáles son los de la ciencia. Kant, atendiendo a dos criterios diferentes, distingue cuatro tipos de juicios:



CRITERIO

TIPO DE JUICIO

1

¿Está el predicado incluido en la noción del sujeto?

SI

ANALÍTICO

NO

SINTÉTICO

2

¿Cómo conocemos la verdad del enunciado?

Independientemente de la experiencia.

A PRIORI

Por experiencia.

A POSTERIORI

2.3.1. Juicios analíticos y juicios sintéticos.
Juicio analítico es aquel en el que el predicado está contenido en la noción misma del sujeto (al menos implícitamente) y, por tanto, basta con analizar el sujeto para comprender que el predicado le conviene necesariamente. Un ejemplo1 de este tipo de juicios sería: «un triángulo es un polígono de tres lados». Analizando el sujeto «un triángulo» concluyo necesariamente que se trata de una figura geométrica que tiene tres lados (ni más, ni menos). Estos juicios son llamados por Kant juicios de explicación pues no se añade nada nuevo al concepto del sujeto, no nos ofrecen información nueva (no amplían nuestro conocimiento), sólo se explicita lo que estaba contenido en él.

Juicio sintético es aquel en el que el predicado no está contenido en el concepto del sujeto. Un ejemplo2 de este tipo de juicio sería: «la mujer cordobesa tiene el pelo negro»; por más que analice el sujeto, «la mujer cordobesa» no deduzco necesariamente de ella esa cualidad de «tener el pelo negro». El concepto del sujeto incluye únicamente el dato de haber nacido en Córdoba, pero no comprende ningún dato acerca del color del pelo. Los juicios sintéticos, por tanto, son juicios de ampliación pues sí que ofrecen una información nueva sobre el sujeto (nos dice algo de él que no está comprendido en su concepto).

Es evidente que son los juicios sintéticos los más interesantes para un conocimiento que avance, que progrese, pues permiten añadir notas nuevas a los sujetos estudiados.
2.3.2. Juicios a priori y juicios a posteriori.
Juicio a priori es aquel cuya verdad puede ser conocida independientemente (al margen) de la experiencia ya que su fundamento no se halla en ésta. Un ejemplo de este tipo de enunciado es «un triángulo es un polígono de tres lados», porque conocemos su verdad sin necesidad de recurrir a la experiencia; nos basta comprender el enunciado para saber si es o no verdadero. Estos juicios son, según Kant, universales y necesarios: ninguna excepción es posible.

Juicio a posteriori es aquel cuya verdad es conocida a partir de los datos de la experiencia. El enunciado «la mujer cordobesa tiene el pelo negro» es un enunciado a posteriori porque para dilucidar si se trata de un enunciado verdadero o falso no tenemos más remedio que acudir a la experiencia y comprobar si es verdadera dicha afirmación por medio de la observación de las mujeres nacidas en Córdoba. Según Kant, estos juicios no son universales ni necesarios, porque:


  1. Sólo es estrictamente universal el juicio que excluya toda posible excepción.

  2. Kant acepta la afirmación de Hume de que la experiencia no puede mostrar ninguna conexión necesaria: la experiencia sólo nos muestra que las cosas suceden así de hecho, no que tengan que suceder necesariamente así.

Apliquemos estos dos criterios al juicio «la mujer cordobesa tiene el pelo negro»: la experiencia nos muestra que las mujeres nacidas en Córdoba tienen de hecho el pelo negro, pero no nos muestra conexión necesaria alguna entre «haber nacido en Córdoba» y «tener el pelo negro». No es contradictorio que en esa población nazca una pelirroja (como sí que lo sería el que existiera un triángulo con más o menos de tres lados). Por tanto, ningún juicio extraído de la experiencia es universal ni necesario en sentido estricto. El juicio sobre la mujer cordobesa expresa simplemente que hasta ahora no se han producido excepciones, no que sea imposible que las haya.


2.4. Los juicios sintéticos a priori en la matemática y en la física.
Hasta ahora Kant no es excesivamente original en la clasificación de los juicios, ya que ésta había sido establecida, aunque con formulaciones diferentes, por Leibniz y Hume.

Hume hubiera aceptado esta doble clasificación de los juicios, considerándola coincidente con la suya entre «relaciones entre ideas» y «juicios sobre hechos». Según Hume, ambas clasificaciones coinciden y se superponen: de una parte hay juicios analíticos que son a priori (estrictamente universales y necesarios), y de otra, están los juicios sintéticos, que son a posteriori (no estrictamente universales y contingentes). Todo juicio analítico es a priori, y viceversa; todo juicio sintético es a posteriori, y viceversa. Según Hume, el cuadro de los juicios sería:




[Relaciones de ideas]

Analítico  A priori

(Universal y necesario)


[Juicio sobre hechos]

Sintético  A posteriori

(No universal estricta- mente y contingente)




«Un triángulo es un polígono de tres lados»

Analítico  A priori

«La recta es la distancia más (Universal y necesario)

corta entre dos puntos»

Sintético  A posteriori

«La mujer cordobesa tiene el pelo negro» (No universal estrictamente

y contingente)


Kant, sin embargo, piensa que existen afirmaciones que no entran dentro de las clasificaciones anteriores. Tomemos el siguiente ejemplo: «la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos». ¿Se trata de un juicio analítico? Kant piensa que no, ya que el predicado no está incluido dentro del sujeto: en el concepto de línea recta no se nos da idea alguna de distancias (cantidad), sólo de ausencia de curvatura (cualidad). Es, por tanto, sintético. ¿Es un juicio a posteriori? Tampoco, piensa Kant, ya que: a) nos consta su verdad sin tener que medir distancias entre dos puntos (sin necesidad de recurrir a ninguna experiencia comprobatoria), y b) es estrictamente universal y necesario (carece de posibles excepciones). Es, por tanto, a priori. Contrariamente a Hume, Kant admite que hay juicios sintéticos a priori. Según Kant el cuadro de los juicios es el siguiente:

Hay, pues, juicios sintéticos a priori. Por ser sintéticos son extensivos, es decir, amplían nuestro conocimiento de la realidad; por ser a priori, son universales y necesarios y su verdad no procede de la experiencia. Los principios fundamentales de la ciencia (matemática y física) son de este tipo.

La matemática se divide en aritmética y geometría. El ejemplo utilizado más arriba («la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos») es un juicio sintético a priori de la geometría. Un ejemplo de juicio sintético a priori de la aritmética sería: «7+5=12». Aunque a primera vista parece un juicio analítico (el predicado estaría comprendido en el sujeto), si lo examinamos con atención, resulta que no es así pues del simple análisis de los conceptos de 7, de 5 y de adición no me proporciona el de la noción de «12»3 sino sólo que de la reunión de los dos primeros se sigue un tercer número único. Cuando identifico este número único con «12» y no por ejemplo con «11» o «14» estoy ampliando mi conocimiento; por tanto, se trata de un juicio sintético. Y, al mismo tiempo, es manifiesto que la conexión entre sujeto y predicado es universal y necesaria, por lo que se trata de un juicio a priori.

En la física también se dan los juicios sintéticos a priori. Un ejemplo propuesto por el mismo Kant es el siguiente: «todo lo que comienza a existir tiene una causa». En opinión de Kant no se trata de un juicio analítico: en la idea de «algo que comienza a existir» no está incluida la idea de «tener una causa» sino solamente la de presencia en el tiempo. Es, por tanto, sintético. Ahora bien, ¿es a priori? Para Hume tal enunciado (principio de causalidad) es un enunciado a posteriori, contingente4 y no estrictamente universal: proviene de la experiencia y es una generalización inductiva hecha por la costumbre. ¿Qué tiene Kant que oponer a esta argumentación humeana? Según el filósofo alemán, Hume fue víctima de un error: confundir las leyes causales particulares con el principio general de causalidad. Tomemos una ley causal cualquiera como «todos los metales se dilatan por el calor». Kant no tiene ningún inconveniente en reconocer que se trata de un juicio sintético a posteriori: la experiencia nos muestra que, de hecho, los metales se dilatan por el calor, pero no que necesariamente tenga que ser así. Es perfectamente concebible sin contradicción que un cuerpo se contraiga en vez de dilatarse. Si, puestos a imaginar, ocurriera esto último (que el calor contrajera los metales), ¿significaría una excepción al principio general de causalidad? No, piensa Kant. Significaría una excepción a esa ley particular, pero no al principio de causalidad. Tal contracción no dejará por eso de tener una causa. El principio de causalidad es una ley universal y necesaria (a priori), una ley que el entendimiento aplica necesaria y universalmente a todos los fenómenos de la experiencia. Suprímase esa ley y el mundo de la experiencia se tornaría imposible. Por tanto, el enunciado «todo lo que comienza a existir tiene una causa» es un juicio sintético a priori.

Así pues, Kant cree descubrir un tipo de juicio que, por ser sintético, amplía nuestro conocimiento, y por ser a priori, es universal y necesario; tales son los juicios que otorgan a la matemática y a la física el carácter de ciencia. Por tanto, la pregunta por las condiciones que hacen posibles los juicios de la ciencia (matemática y física) equivale a ésta: ¿cuáles son las condiciones (trascendentales) que hacen posibles los juicios sintéticos a priori? A responder esta pregunta, entre otras cosas, se encamina su obra Crítica de la razón pura, que a continuación vamos a estudiar.
4. Los límites del conocimiento: la crítica a la metafísica.
Lo primero que ha de hacer una crítica de la razón es responder a la pregunta ¿qué puedo conocer? La respuesta a esta cuestión implica señalar:


  1. Los principios que hacen posible un conocimiento científico de la naturaleza, es decir, las condiciones trascendentales que hacen posible formular juicios sintéticos a priori sobre la naturaleza.

  2. Los límites dentro de los cuales se mueve tal conocimiento.

Esta doble tarea es llevada a cabo por Kant en su obra Crítica de la razón pura. A ella dedicaremos este segundo punto.

En la Crítica de la razón pura cabe destacar, entre otros, tres núcleos temáticos que Kant denomina, con su terminología peculiar, Estética trascendental, Analítica trascendental y Dialéctica trascendental.

Estos tres núcleos corresponden a las tres facultades5 que Kant distingue en el ser humano: sensibilidad, entendimiento y razón. Estas tres partes se corresponden también con los tres tipos de conocimiento cuyo estudio interesa fundamentalmente a Kant: el matemático, el físico y el metafísico. El plan en estas tres partes es, pues, el siguiente:




  1. En la Estética trascendental Kant estudia la sensibilidad y muestra las condiciones que hacen posible que en las matemáticas existan juicios sintéticos a priori.



  1. En la Analítica trascendental estudia el entendimiento y las condiciones que hacen posible que haya juicios sintéticos a priori en la física.



  1. En la Dialéctica trascendental Kant estudia la razón y se ocupa del problema de la posibilidad o la imposibilidad de la metafísica como ciencia, es decir, de si la metafísica satisface las condiciones que hacen posible la formulación de juicios sintéticos a priori.

Si lo expresamos en un cuadro sinóptico, el contenido básico de la Crítica de la razón pura se puede resumir de la siguiente manera:




Parte de la KrV

Facultad que estudia

Condiciones

trascendentales

Ciencia que estudia

Estética trascendental

Sensibilidad

Intuiciones puras

Matemática

Lógica trascendental

Analítica trascendental

Entendimiento

Categorías

Física

Dialéctica trascendental

Razón

Ideas trascendentales

Metafísica

4.1. La Estética Trascendental


La Estética trascendental es el estudio del conocimiento sensible, de las sensaciones, y de la facultad relacionada con ellas: la sensibilidad. Llamaremos sensibilidad a la facultad que nos permite tener conocimiento sensible, captar sensaciones, aunque dicha captación, ya lo veremos, no es algo meramente pasivo. El nombre de Estética trascendental, para designar el estudio de las sensaciones no es algo arbitrario pues el vocablo estética procede del término griego “aiszesis”, que significa precisamente sensación o experiencia.
4.1.1. Las condiciones trascendentales del conocimiento sensible.
Hemos visto que el conocimiento resulta de la unión entre materia y forma. Se trata ahora de determinar, a este nivel de la sensibilidad, qué es la materia y qué es la forma.

¿Qué es la materia? La materia, lo que recibimos del exterior, es llamada por Kant «lo dado»: un caos sin orden ni estructura. Pero como todo conocimiento es el resultado de la unión materia-forma, explicar en qué consiste exactamente ese elemento a posteriori nos resulta imposible pues nosotros lo conocemos ya unido a lo a priori y transformado por él.

¿Qué es la forma? Llamaremos forma al conjunto de elementos (trascendentales) que estructuran, que ordenan, que conforman a «lo dado»; y es que, por decirlo de alguna manera, no recibimos la materia, esa «información caótica», en bruto sino que, en el mismo instante de ser recibida, la ordenamos transformándola en sensaciones ya estructuradas: esto es lo que Kant llama el fenómeno (que es el «objeto» del conocimiento sensible).

Hemos dicho que lo a posteriori (lo dado), es ordenado por lo a priori, y el resultado de esa unión es el conocimiento sensible, esto es, el fenómeno. Ahora bien, ¿cuáles son exactamente esos elementos a los que llamamos forma?, ¿cuáles son esas estructuras a priori (condiciones trascendentales) que ordenan «lo dado»? Tales elementos que, en el ámbito de la sensibilidad reciben el nombre de intuiciones puras y de formas a priori de la sensibilidad, son el espacio y el tiempo. Lo que Kant quiere decir es que todas las sensaciones se nos aparecen ya ordenadas espacio-temporalmente: lo dado ha sido ya ordenado en función de dos esquemas: el espacio y el tiempo.


a) Espacio y tiempo: formas a priori de la sensibilidad.
Cuando Kant afirma que espacio y tiempo son formas a priori de la sensibilidad, ¿qué quiere decir? Aclaremos el significado de la expresión palabra por palabra.

Formas. Que el espacio y el tiempo son «formas» significa que no son impresiones sensibles sino la forma o el modo como percibimos todas las impresiones particulares: los colores, olores,... son percibidos en el espacio y en el tiempo.

Sería un error, según Kant, concebir al espacio como un recipiente, un objeto más, continente de los demás objetos. El espacio no es una impresión más de todas las que tenemos, no se trata de un objeto más captado por la experiencia.



A priori. En general, a priori es un término que en Kant significa aquello que no procede de la experiencia, de los sentidos. Espacio y tiempo no proceden de la experiencia sino que la preceden como condiciones para que ésta sea posible. Se trata de las condiciones que me permiten tener objetos de experiencia (ya ordenados): para que yo capte cosas «situadas fuera de mí» y localizadas en distintos lugares (unas al lado de otras) es necesario que esté, a la base de tales representaciones, el espacio. Del mismo modo, todas las experiencias se nos dan, como condición, en una sucesión temporal. Espacio y tiempo son elementos pertenecientes al sujeto, elementos que son, en definitiva, el punto de partida de toda percepción, aquello que condiciona de antemano toda experiencia.

De la sensibilidad. Es decir, del conocimiento sensible. Pero, al mismo tiempo, el conocimiento sensible no existiría sin el elemento externo, pues espacio y tiempo están referidos a la experiencia y son indisociables de ella.
b) Espacio y tiempo: intuiciones puras.
Intuiciones. Que el espacio y el tiempo son intuiciones significa que no son conceptos del entendimiento sino estructuras de la sensibilidad.

Puras. El término «puro» significa en Kant vacío de contenido empírico. El espacio y el tiempo son como dos coordenadas vacías en las que se ordenan las impresiones sensibles que dan lugar al fenómeno.
4.1.2. Justificación del carácter científico de la matemática.
Ya dijimos que el carácter a priori de los juicios matemáticos explica su impronta científica. Ahora bien, ¿cómo se explica dicho carácter a priori de sus juicios? O dicho de otro modo, ¿cuáles son las condiciones que hacen posible formular juicios sintéticos a priori en la matemática? La respuesta es la siguiente: la matemática no estudia un conjunto de objetos dados en la experiencia, sino las intuiciones puras del espacio y del tiempo, que son elementos a priori (condiciones previas a la experiencia, dijimos). La intuición pura del espacio posibilita la geometría (que es la ciencia universal y abstracta sobre el espacio) en tanto que cualquier estudio geométrico (figuras, etc.) no es sino un estudio sobre el espacio. La intuición pura del tiempo da lugar a la aritmética (que es la ciencia universal y abstracta sobre el tiempo) en cuanto que el número no es otra cosa que la adición sucesiva de la unidad en el tiempo. Así pues, la aprioridad del espacio hace posibles los juicios sintéticos a priori en geometría y la aprioridad del tiempo hace posibles los juicios sintéticos a priori en aritmética. Además, como la matemática formula juicios acerca del espacio y el tiempo y todos los objetos de nuestra experiencia se dan necesariamente en el espacio y en el tiempo, podemos concluir de ello que en todos los objetos de nuestra experiencia se cumplirán necesariamente los juicios de la matemática (es decir, son juicios estrictamente universales y necesarios, sin excepción posible). Queda, pues, respondida la cuestión de cómo son posibles los juicios sintéticos a priori en matemática y, por tanto, cómo es posible la matemática como ciencia.
4.2. La Analítica trascendental.
Al nivel de la sensibilidad tenemos una multiplicidad de sensaciones ordenadas espacio-temporalmente (fenómenos). La sensibilidad no es, sin embargo, lo decisivo en el conocimiento humano. Algunos animales superan, con mucho, nuestra capacidad perceptiva y, sin embargo, no conocen como nosotros. No se pretende hacer aquí un estudio exhaustivo del entendimiento, pero sí que nos interesa recalcar que gracias a él, el hombre es capaz de enunciar verdades universales del tipo «todo suceso tiene una causa» y dichas verdades son las que componen la ciencia y sitúan al hombre en un nivel cognoscitivo superior al de los animales. Estas verdades, resultado de la actividad del entendimiento, son JUICIOS, juicios en los que se afirma un predicado de un sujeto. Obsérvese también que tales juicios universales contienen en sí un número de casos particulares, por eso dice Kant que en los juicios se subsume lo particular en lo universal. Por tanto, llamaremos entendimiento a la facultad de juzgar, sabiendo que en dicha actividad estamos ordenando lo particular, conteniéndolo en lo universal. La Analítica trascendental es el estudio del entendimiento como facultad que juzga (o que es capaz de formular juicios).
4.2.1. Las condiciones trascendentales del conocimiento intelectual.
Ya vimos que el conocimiento resulta de la unión materia-forma. Por tanto, en el entendimiento, habrá que ver cuál es la materia y cuál es la forma.

¿Qué es la materia? La intuición empírica (el fenómeno), esto es, el resultado de esa primera síntesis realizada en la de sensibilidad, va a constituir ahora la materia que sufrirá una nueva ordenación por parte del elemento a priori del entendimiento.

¿Qué es la forma? El conjunto de elementos que estructuran la materia y que, en el entendimiento, son distintos de los vistos a nivel de sensibilidad. En concreto tales elementos son llamados por Kant categorías o conceptos puros. Las categorías son esquemas vacíos en los que ordenamos los fenómenos de la sensibilidad, constituyéndose así la unión materia-forma que da lugar al conocimiento de los objetos.
a) Las categorías: conceptos puros del entendimiento.
Más arriba decíamos que los seres humanos no solamente sentimos el mundo, sino que también lo comprendemos o entendemos intelectualmente mediante la formulación de juicios, y que eso nos sitúa a un nivel cognoscitivo superior al de los animales. Pues bien, la función de comprender o entender la realidad se realiza mediante la aplicación de conceptos a los fenómenos, aplicación que se realiza en el juicio. Veamos unos ejemplos.

Supongamos que estamos viendo un objeto familiar, una casa, por ejemplo. Nuestros sentidos nos ofrecen ciertas impresiones (colores, formas...) aquí y ahora. Si alguien nos pregunta qué estamos viendo, diremos: «estoy viendo una casa». Es decir, en el concepto casa se reúnen y unifican un conjunto de datos sensibles (impresiones).

Imaginemos que ahora se presenta ante nuestros ojos algo extraño, que en nada se parece a cuanto hemos visto en nuestra vida. Tendremos también, como en el caso anterior impresiones sensibles (colores, formas...) aquí y ahora. Pero si alguien nos pregunta qué estamos viendo, no podremos contestar: nos falta un concepto en el que encajar esas impresiones sensibles.

Estos dos ejemplos muestran que nuestro conocimiento incluye conceptos además de percepciones sensibles; ambos son absolutamente necesarios para poder comprender cualquier cosa (entender = dato empírico + concepto).

Ahora bien, según Kant, existen dos tipos de conceptos: los conceptos empíricos y los conceptos puros (que él llama categorías). Conceptos empíricos son los que proceden de los datos de los sentidos (son a posteriori en la terminología kantiana). Los conceptos de «casa», «computadora», «automóvil», «sardina»... son empíricos, extraídos de la experiencia a partir de la observación de las semejanzas y rasgos comunes a ciertos objetos. Además de los anteriores, el entendimiento posee, según Kant, conceptos puros (a priori, por tanto), es decir, que no proceden de la experiencia; a éstos los llamó categorías. Conceptos de este tipo son: sustancia, causa, existencia...

b) Deducción metafísica de las categorías.


El proceso de descubrimiento de tales conceptos puros o categorías (cuántas y cuáles son) es denominado por el pensador germano deducción metafísica de las categorías, y sigue el siguiente recorrido: dado que el entendimiento es la facultad de juzgar, analizando la forma de los distintos tipos de juicios conoceremos cuántos tipos de ordenaciones realiza el entendimiento, es decir, cuantos tipos de categorías puede aplicar el entendimiento sobre las intuiciones sensibles. Y esto teniendo en cuenta que lo particular subsumido son los datos de la sensibilidad y el elemento universal ordenador son las categorías.

Kant creía que lógica aristotélica era perfecta, y allí encontró, según él, todas las clases o tipos de juicios posibles atendiendo a su forma. Los tipos de juicios existentes, según Kant, pueden tener doce formas, así que, como cada tipo lógico de juicio está determinado por un tipo de categoría, tenemos también doce categorías, como vemos en el cuadro siguiente:





Criterio

Tipo de juicio

Categorías

Según la CANTIDAD

Universales

(Todos los A son B)

Particulares

(Algún A es B)

Singulares

(Este A es B)

Totalidad
Pluralidad
Unidad

Axiomas de la intuición
Todo lo que conocemos por los sentidos se puede reducir a cantidad (magnitud extensiva)

Según la CUALIDAD

Afirmativos

(A es B)

Negativos

(A no es B)

Indefinidos

(A es no B)

Realidad
Negación
Limitación

ANTICIPACIONES DE LA PERCEPCIÓN
En todos los fenómenos, lo real que sea un objeto de la sensación posee un grado (magnitud intensiva ).

Según la RELACIÓN

Categóricos

(A corresponde a B)

Hipotéticos

(Si A entonces B)

Disyuntivos

(A es B o C)

Sustancia/accidente
Causa/efecto
Acción/pasión

ANALOGÍAS DE LA EXPERIENCIA
Para entender la experiencia hay que representar una conexión necesaria entre los fenómenos

Según la MODALIDAD

Problemáticos

(Tal vez A es B)

Asertóricos

(Es así que A es B)

Apodícticos

(A debe ser B)

Posibilidad/Imposibilidad
Existencia/Inexistencia
Necesidad/Contingencia

POSTULADOS DEL PENSAR EMPÍRICO EN GENERAL
No afecta a los objetos sino al modo de presentarse éstos al entendimiento

c) Deducción trascendental de las categorías.


Que los conceptos puros sean doce, y precisamente esos doce, ha sido a menudo criticado por los comentaristas de Kant. Pero lo más importante no es este asunto sino el papel que juegan las categorías en la actividad intelectual. La exposición y justificación de la función que desempeñan las categorías en el conocimiento es denominada por Kant deducción trascendental de las categorías.

Según Kant, los conceptos puros son condiciones trascendentales, necesarias, de nuestro conocimiento de los fenómenos. Esto significa que el entendimiento no puede pensar los fenómenos si no es aplicándoles esas categorías, y viceversa, que los fenómenos no pueden ser pensados sino de acuerdo con ellas. Sin estas categorías previas, no tendríamos más una multiplicidad dispersa de sensaciones particulares; ellas son las que posibilitan nuestro conocimiento.

Pongamos un ejemplo. Imaginemos que cuando estamos en casa tranquilamente sentados leyendo en compañía de nuestro gato, de pronto entra una sardina volando por la ventana y cae al suelo. ¿Cómo reaccionaría el gato? Probablemente se iría hacia la sardina, la olería y se la comería, si tiene hambre. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros? Probablemente iríamos corriendo hacia la ventana a ver quién es el causante de esa acción. Este ejemplo indica que nosotros entendemos el fenómeno de manera distinta a como lo entiende el gato. Para nosotros la sardina que entra en casa es, entre otras cosas el efecto de alguna causa; y, en este caso, nos interesa más la causa que el efecto: por eso nos vamos hacia la ventana, mientras que el gato sólo la ve o la huele como comida: por eso corre hacia ella. La diferencia estriba en que nosotros, en tanto que animales con entendimiento, hemos ordenado los datos de los sentidos bajo un concepto, el de causa-efecto, que de suyo no le pertenece a la sardina (dato empírico). Se trata de un concepto a priori, porque es la forma (intelectual) que nosotros le hemos impuesto a eso que hemos visto.

Todo lo dicho tiene una importante consecuencia: que los conceptos puros no son, sin más, objetos de nuestro conocimiento sino que constituyen la condición de posibilidad de todo conocimiento. La causalidad (y como ella, las restantes categorías) no es algo que está impreso en la naturaleza y que nosotros hemos descubierto; se trata más bien de un esquema perteneciente al sujeto por el que los distintos acaecimientos de la naturaleza en tanto que conocida por nosotros se nos presentan como ordenados.


4.2.2. Justificación del carácter científico de la física.
La síntesis entre experiencia y categorías da lugar a los juicios sintéticos a priori en física, lo que posibilita la necesidad y universalidad de esta disciplina.

Los principios fundamentales en los que se basa la física para estudiar la naturaleza -como el principio de causalidad: «todo lo que sucede tiene una causa»- son juicios sintéticos a priori. Veamos por qué. 1º) El concepto de causa (como el resto de categorías) es un concepto puro que no procede de los sentidos sino que es previo a la experiencia, a la cual se aplica. Luego la validez del principio de causalidad no procede ni depende de la experiencia sino que la precede y la condiciona; es, por tanto, a priori. 2º) Los fenómenos solamente pueden ser entendidos si les aplicamos las categorías. Luego, el principio de causalidad es aplicable a todos los fenómenos que el entendimiento conoce (o puede conocer). Es, por tanto, estrictamente universal y necesario.

Ya sabemos por qué la física se compone de juicios sintéticos a priori y, por tanto, por qué es una ciencia. Ahora bien, ¿puede extenderse esa misma seguridad a los objetos de la metafísica? Para Kant esto no es posible, pues supera -como veremos- los límites objetivos de nuestro conocimiento.

3.2.3. Los límites del conocimiento.


a) Uso empírico y uso trascendental de las categorías.
Según afirmábamos al principio del tema, el conocimiento resulta de la cooperación entre sensibilidad y entendimiento; y ambos son igualmente imprescindibles. Ya dijimos que, para Kant, todo conocimiento empieza con la experiencia, mas no todo él procede de ella. Esto significa que el conocimiento fundado consta de dos elementos imprescindibles: la forma, que organiza lo procedente del exterior y posibilita el carácter a priori del conocimiento; y la materia, pues es con ocasión de ella cuando los elementos a priori ejercen su estructuración. Si uno de estos dos componentes falta, no hay conocimiento fundado (de este modo cree Kant asumir y superar las posiciones racionalistas y empiristas). Centrándonos en el papel que tienn la materia en orden al conocimiento, podemos decir que si ésta no se encuentra presente o, dicho de otro modo, si no hay experiencia, entonces no hay conocimiento. Así pues, la experiencia ha de hallarse a un primer nivel de la sensibilidad pues todo conocimiento empieza por los sentidos. Y ha de estar presente a nivel de entendimiento pues lo que estructuran las categorías son la intuiciones empíricas (los fenómenos) procedentes de la sensibilidad. El conocimiento de objetos elaborado por el entendimiento supone a la sensibilidad como paso previo (recuérdese lo visto sobre la cooperación entre sensibilidad y entendimiento) pues si no, no tendría ninguna conexión con el exterior (sería pura invención del sujeto). En este sentido, afirma Kant, en la Crítica de la razón pura:

«Sin sensibilidad no nos sería dado objeto alguno; y, sin entendimiento, ninguno sería pensado. Pensamientos sin contenidos son vanos, intuiciones sin conceptos son ciegas».

Podemos ya enunciar cuáles van a ser los límites del conocimiento para nuestro autor: si bien las categorías son independientes de la experiencia, en tanto que no derivan de ella, sin embargo, su uso no puede extenderse más allá de la experiencia. En este sentido, podemos distinguir entre un uso legítimo de las conceptos puros, que es llamado por Kant, uso empírico, y un uso supraempírico o trascendental (Kant usa este término en sentido de trascendente, esto es, que está más allá de la experiencia). El primero refiere las categorías a objetos de experiencia; el segundo las aplica abusivamente a objetos no sensibles. Sólo hay conocimiento fundado cuando hay uso empírico. Esto nos lleva de la mano a la distinción, típicamente kantiana, entre fenómeno y noúmeno.


b) El idealismo trascendental kantiano: fenómeno y noúmeno.
Fenómeno es lo que se me aparece, la cosa en tanto que captada por mí (con las consiguientes estructuraciones que realizan los elementos a priori). Sin embargo todo fenómeno tiene siempre un correlato inevitable: el noúmeno o cosa en sí. Noúmeno es la cosa en sí misma fuera de su relación con el sujeto. Noúmeno es, pues, aquello que está más allá de lo captado por nosotros, aquello que está más allá de nuestra experiencia. En este sentido, el noúmeno marca el límite de nuestro conocimiento, aquello a lo que nunca podemos acceder. La distinción fenómeno-noúmeno tiene dos importantes consecuencias:


  1. Permite comprender por qué Kant denomina a su doctrina «Idealismo trascendental»: porque el espacio, el tiempo y las categorías son condiciones de posibilidad de la experiencia, de los fenómenos, y no propiedades o rasgos reales de las cosas en sí mismas. Nunca podemos conocer el noúmeno, pues conocerlo supone ya una elaboración por nuestra parte, elaboración que da como resultado el fenómeno. La cuestión es que dicha elaboración resulta de la unión materia-forma y, por tanto, exige de la experiencia como uno de sus componentes. El sujeto no crea enteramente al objeto de conocimiento (Idealismo absoluto, de corte racionalista), ni se limita simplemente a recibirlo (Idealismo sensista, de corte empirista) sino que transforma una información procedente de las cosas (Idealismo trascendental).



  1. Al no poder conocer a las cosas en sí, todo lo que no sea objeto de nuestra experiencia no puede ser conocido. Ahora bien la metafísica lo que hace precisamente es elevarse más allá de la experiencia y acceder a objetos como el alma o Dios. Por tanto, el Idealismo trascendental, al ser fenoménico, se traduce en agnosticismo ontológico: no sabemos cómo son las cosas en sí mismas. La suerte de la metafísica está echada. Veamos cómo se articula esta crítica a la metafísica, que es expuesta por Kant en la tercera parte de la Crítica de la razón pura: la Dialéctica trascendental.

2.3. La Dialéctica trascendental.


Kant usa el vocablo dialéctica en el sentido de razonamiento trascendental falso o sofístico. La dialéctica trascendental es, efectivamente la crítica a la metafísica, el estudio del uso inapropiado de la razón que pretende ir más allá de la experiencia. Aclaremos, en primer lugar, qué se entiende por razón y cuando la usamos correctamente.
2.3.1. La facultad de la razón.
a) La razón en su uso lógico (legítimo): el carácter regulativo de las ideas.
Hasta ahora hemos hablado de dos facultades en el hombre: la sensibilidad y el entendimiento, resta por considerar ahora una tercera: la razón. Aunque este término suele utilizarse genéricamente como sinónimo de capacidad cognoscitiva, en el contexto de la dialéctica trascendental designa la facultad de conocimiento que tiende inevitablemente a trascender lo sensible. Dicha facultad usa, al igual que el entendimiento, de los conceptos pero, a diferencia a aquel, no toma los elementos aportados por la sensibilidad.

¿Cuál es la actividad peculiar de la razón? Si el oficio propio de la sensibilidad era intuir, y el del entendimiento juzgar, la razón se reserva un tercer cometido: razonar, construir razonamientos. Lo característico de la razón es un proceso deductivo por el que se infiere una proposición a partir de otras anteriores de tal modo que su norte último es elevarse de lo condicionado a lo incondicionado. Esto es lo que llamaremos uso lógico de la razón.

Pongamos un ejemplo: dado el juicio «los filósofos son mortales», la razón en su uso lógico intentará demostrarlo a partir de juicios anteriores. Esto es lo que hace, por ejemplo, con el siguiente raciocinio:
Los hombres son mortales,

los filósofos son hombres,

luego, los filósofos son mortales.
No se trata aquí de realizar un análisis exhaustivo del silogismo como mecanismo deductivo (objeto de numerosas investigaciones por parte de Aristóteles y la lógica medieval). Sin embargo, es importante señalar que el juicio «los filósofos son mortales» ha quedado demostrado en base al enunciado, de carácter más general, «los hombres son mortales». Pero el proceso no termina ahí. La razón pretende entonces demostrar la verdad del enunciado «los hombres son mortales». Tal demostración se puede realizar, por ejemplo, mediante el siguiente raciocinio:
Los seres vivos son mortales,

los hombres son seres vivos,

luego, los hombres son mortales.
Así pues, el juicio «los filósofos son mortales» ha quedado demostrado a partir del enunciado «los hombres son mortales», que a su vez se demuestra a partir de la proposición «los seres vivos son mortales». No es necesario seguir poniendo ejemplos concretos para mostrar que la razón, en su uso lógico, tiende a conocer el fundamento de todas estas verdades prolongando el proceso hasta encontrar una proposición que fundamente todo el cuerpo de la demostración. A tal verdad la denominamos lo incondicionado, pues no depende de una condición, de una verdad anterior y más general.

Una vez explicado el funcionamiento general de la razón vamos a ver, cuáles son los tres grandes incondicionados a los que ésta tiende en su búsqueda para fundamentar todo el conjunto de verdades. Tales incondicionados, que son llamados por Kant elementos a priori de la razón o ideas trascendentales, son: el Alma, el Mundo y Dios. Así, la razón tiende a pensar que el conjunto de todas nuestras actividades y propiedades se fundamenta en un sustrato último al que llamamos alma. Del mismo modo, asigna a la pluralidad de cosas y acaecimientos que observamos la entidad de mundo. La razón, en fin, tiende a pensar que existe una causa incausada, Dios, fundamento último de todo lo existente.



Aunque no podamos considerar tales incondicionados como objetos científicos (existentes realmente), sí que tienen un papel activo en el desarrollo de la ciencia. Para el desarrollo de la física, por ejemplo, es bueno e incluso necesario actuar como si los fenómenos observados fueran parte de una totalidad concebida como un conjunto de conexiones causales (mundo) o como si todo fuera obra de una inteligencia ordenadora (Dios). Dios, alma y mundo tienen, en este contexto, un uso regulativo, porque actúan como principios que estimulan y orientan la investigación.
b) La razón en su uso puro (ilegítimo): el carácter constitutivo de las ideas.
Todo esto lo hace nuestra razón que, en su uso lógico, tiende a buscar lo incondicionado para lo condicionado. De este modo, los objetos de los que trata la metafísica (alma, mundo y Dios) no son, por decirlo así, invenciones caprichosas sino el resultado de una tendencia natural de la razón. Ahora bien, una cosa es que nuestra facultad raciocinante tienda a afirmar tales ideas, y otra bien distinta es que existan como objetos reales. Dicho de otro modo: Dios, alma y mundo son ideas propuestas naturalmente por la razón, e incluso puede que se correspondan con objetos realmente existentes, pero, de esto último, dice el germano, no tenemos ninguna garantía. Cuando la razón, yendo más allá del legítimo uso lógico, afirma que las ideas trascendentales existen como algo más que una tendencia natural, entonces hablamos de la razón en su uso puro, y este uso es indebido. Oigamos al propio Kant:
«Sostengo que las ideas trascendentales no tienen nunca un uso constitutivo que suministre conceptos de ciertos objetos y que, en el caso que así se entienda, son simplemente conceptos sofísticos. Pero, en desquite, tienen un uso regulador excelente, indispensable y necesario: el de dirigir el entendimiento hacia un cierto fin que hace converger las líneas directivas que siguen todas sus reglas a un punto que pese a no ser más que una idea (focus imaginarus), es decir, un punto de donde los conceptos del entendimiento no partan realmente, puesto que se halla colocado fuera de los limites de la experiencia posible, sirve, sin embargo, para procurarles una mayor unidad con la mayor extensión»

(Crítica de la razón pura, A, 644; B, 672)
¿Por qué es ilícito afirmar la existencia de las ideas trascendentales como objetos de nuestro conocimiento? Una mirada a los principios de la analítica trascendental nos bastará para mostrarlo: no podemos aplicar las categorías del entendimiento a lo que está más allá de la experiencia, y hacerlo sería transgredir ilegítimamente los límites del conocimiento fundado. Dios, alma y mundo son producto de nuestra razón. Puede que existan en la realidad pero no podemos pretender hacer ciencia de tales objetos extraempíricos. Son pensables, pero no cognoscibles; corresponden a estructuras formales del conocimiento (son posibles) pero, al faltar el elemento material, nunca podremos saber con seguridad si existen. Es evidente entonces por qué sobre objetos extraempíricos no podemos formular juicios sintéticos a priori. Estos son los límites del conocimiento humano.
3.3.2. La imposibilidad de la metafísica como ciencia.
La pregunta por la posibilidad de la metafísica como ciencia, que preocupa tanto a Kant, es contestada negativamente en la dialéctica trascendental. La metafísica, entendida como un conjunto de proposiciones acerca de realidades que están más allá de la experiencia, es imposible ya que las categorías sólo pueden aplicarse legítimamente a los fenómenos, a los datos de los sentidos. La aplicación de las categorías fuera de la experiencia (aplicadas a las ideas trascendentales) es lógicamente ilegítima y da lugar a la ilusión trascendental. La dialéctica trascendental tiene como misión mostrar tales ilusiones y errores que provienen, en último término, de pasar por alto la distinción entre fenómeno y noúmeno.

Cuando la metafísica se empeña en ofrecer conocimiento científico sobre tales ideas incurre en errores que Kant denuncia en su crítica a la psicología (sobre el alma), a la cosmología (sobre el mundo como totalidad) y a la teología (sobre Dios):




  1. Cuando la psicología intenta demostrar la existencia del alma, incurre en paralogismos, esto es, en razonamientos falsos.

  2. Respecto a la cosmología Kant afirma que se puede demostrar una tesis y su contraria. Así, se puede demostrar, según nuestro pensador, la existencia y la inexistencia de un origen del mundo en el tiempo... Se trata de antinomias, esto es, de argumentos contradictorios.

  3. Por fin, también critica el pensador alemán los tres argumentos clásicos sobre la existencia de Dios (el argumento ontológico de San Anselmo, las demostraciones basadas en la finalidad y las pruebas cosmológicas). Cuando se aspira a la síntesis total de la realidad (a la causa y origen de todo) se llega a la idea de Dios; pero ésta se presenta como un ideal de la razón, y no como algo realmente existente.



    1 Kant, tomando como válida la identificación racionalista (sostenida por primera vez por Descartes) entre materia y extensión, pone como ejemplo de tal tipo de juicio «todos los cuerpos son extensos» (también habla de impenetrabilidad, figura, etc. como de propiedades conocidas analíticamente).

    2 Kant, tomando el peso de un cuerpo como «algo enteramente distinto de lo que pienso en el mero concepto de un cuerpo en general», afirma en la Crítica de la razón pura que «todos los cuerpos son pesados» es un juicio sintético.

    3 «Y de esto se convence uno cuanto mayores son los números que se toman», dice Kant en la Crítica de la razón pura.

    4 Cualidad de aquellos enunciados que no están determinados a ser verdaderos o falsos, o no son necesariamente verdaderos o falsos; esto es, que no son ni tautologías ni contradicciones.

    5 Propiamente hablando sólo existen dos facultades cognoscitivas: la sensibilidad y el entendimiento; pero dentro de este último Kant distingue dos tipos de actividad intelectual: la formulación de juicios, realizada por el entendimiento propiamente dicho, y la facultad de razonar, de enlazar juicios formando razonamientos, a la que denomina razón.



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