Introducción ¿Qué ha tenido que ver el 11S y sus consecuencias con todo esto?



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  1. Introducción

  2. ¿Qué ha tenido que ver el 11S y sus consecuencias con todo esto?

  3. 11S: ¿Terrorismo islamista o Terror de Estado oficioso?

  4. La religión musulmana y el internacionalismo proletario

  5. Islam, Estados islámicos, capitalismo y socialismo

  6. Conclusión



El 11S y la tarea de los revolucionarios en los países islámicos
En verdad, la Guía de Allah es estar guiado por Él!’. Y si siguieras sus pasiones después de haber recibido la Ciencia [al-Ilm], no tendrías tú de Allah ni Dirigente ni Salvador!”

(Corán: 2, 120, etapa de Medina)
Es una tendencia natural del sistema capitalista a padecer grandes crisis económicas periódicas, buena parte de ellas resueltas, hasta ahora, mediante guerras. La coyuntura actual se explica, en primer lugar, porque la masa de capital acumulado en el mundo ha llegado a cifrarse en magnitudes de valor hasta hace bien poco inimaginables, proceso al cual han contribuido sensiblemente los asalariados del antiguo “bloque” de países “socialistas” reconvertidos al capitalismo. Sabido es que, el crédito –bancario y bursátil--, es la más formidable palanca para la acumulación de capital más allá de sus propios límites naturales, lo cual permite alejar el horizonte de las grandes crisis de superproducción, aunque no hace más que retardar, agravadas, las contradicciones que las provocan, trasladando su necesario e inevitable crack a un futuro de consecuencias políticas y humanas catastróficas, sin duda de proporciones gigantescas; tanto más, cuanto mayor sea el tiempo en que la burguesía consiga prolongar la acumulación y mayor sea, por tanto la magnitud de los capitales disponibles comprometidos en el momento inevitable del estallido. Esto es lo que está pasando ahora mismo, situación que combina la enorme masa de capital sobrante --a una tasa de ganancia vigente que no compensa su reinversión productiva-- con los efectos políticos del lógico agravamiento de la competencia intercapitalista, todo ello en el marco de la clara tendencia del capitalismo norteamericano a perder su condición de primera potencia económica mundial, hasta hace pocos años indiscutida.

Esta situación explica los hechos que han venido predominando en el terreno de las relaciones internacionales desde el 11-S hasta hoy, es decir, la “lucha contra el terrorismo”. Empecemos por los síntomas. En 1995, año en que comenzó realmente la revolución de la alta tecnología en Internet y el comercio electrónico, el índice “Nasdaq” estaba por debajo de los mil puntos. En marzo de 2000 había superado los 5.100 puntos.. Pero cuando la bolsa cerró el 29 de diciembre de 2000, el Nasdaq había caído por debajo de los 2.500 puntos, la caída más grande en los dieciocho años de historia del índice. Pero esto no sólo ha ocurrido en los sectores de la llamada nueva economía, grandes empresas de Internet como Yahoo, American Online o fabricantes de equipos cibernéticos como Cisco, o gigantes del software como Microsoft. También cayeron no menos estrepitosamente el “Dow” Industrial, donde se negocian los valores bursátiles de empresas automovilísticas, de autopartes, grandes empresas metalúrgicas, químicas y energéticas. En marzo de 2000, el “Dow” alcanzó los 11.700 puntos, dos años antes estaba por debajo de los 8.000. Pero al cierre del año 2000, había bajado hasta los 10.800 puntos. Estas caídas fueron el reflejo bursátil –los indicadores financieros más sensibles-- de la profunda desaceleración inversora en la economía real de los EE.UU. El total de despidos masivos en este país, subió en agosto de 2001 un 68% respecto al mismo mes del año 2.000, y los analistas esperaban, por entonces, que las cifras de despidos se elevaran ese año a niveles récord.

El paro masivo es la contrapartida en el mercado de trabajo, de la desinversión de capital productivo, esto es, productor de plusvalor. ¿Por qué? Pues, porque el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo aplicado a la producción bajo el capitalismo, determina con carácter de ley que, por cada unidad monetaria de capital comprometido en cada x procesos de rotación, la proporción invertida en medios de producción (edificios, máquinas-herramientas, materias primas y materias auxiliares) aumente progresivamente respecto de la parte empleada en salarios. Dado que el plusvalor surge del trabajo vivo no pagado, según desciende el empleo por unidad de capital invertido en medios de producción, el plusvalor aumenta, pero menos que el capital total invertido. Por lo tanto, la tasa de ganancia, como promedio entre el plusvalor obtenido y el capital empleado para producirlo, tiende necesariamente a descender según progresa la acumulación. Así hasta que el proceso llega a un punto en que la masa de plusvalor obtenido no compensa toda la masa de capital acumulado, y una parte de ella es expulsada de la producción. Permanece como capital dinero en los bancos o fluye a los mercados especulativos. Este exceso de capital dinero en los bancos o en los mercados bursátiles, aumenta la oferta de crédito, al tiempo que la demanda de préstamos para ampliar la escala de la producción desciende, dado que los capitalistas productivos ni siquiera pueden invertir el capital adicional acumulado disponible.

Esta crítica situación no sólo afectaba a los EE.UU. En Europa las bolsas también se habían devaluado. El Euro cayó, y el índice bursátil japonés, el “Nikkei”, sufrió también una seria devaluación, al igual que los mercados asiáticos, que siguieron al “Nasdaq” como el perro a su amo. ¿Qué estaba diciendo esto? Que el auténtico problema actual no es el ciclo de inventarios, una simple superproducción coyuntural de mercancías cuyo ajuste al nivel adecuado llega a su fin con el aumento de la demanda que se puede incentivar por medio de instrumentos de política económica. Estamos ante un intenso proceso de desinversión de capital, especialmente de capital tecnológico, que no se circunscribe a un país sino que es mundial. Este carácter "globalizado" es lo novedoso del actual proceso de empeoramiento económico, al parecer, no previsto por los más destacados burócratas políticos a cargo de la macroeconomía, quienes atribuyeron el fenómeno a un deficiente comportamiento de la demanda para consumo improductivo o final.

El carácter de la desaceleración en el crecimiento de Europa, EE.UU. y Japón, desautorizan categóricamente estas afirmaciones. No estamos ante un problema de descenso en la demanda ni de más o menos sintonía cíclica entre países, sino ante una crisis de superproducción de capital de carácter global por primera vez desde la segunda guerra mundial.

El capitalismo no está en función de la demanda efectiva para consumo sino de la producción de plusvalor. Tal es la razón de ser de la burguesía como clase. Según esta esencia económica y social del capitalismo como sistema de vida, los asalariados no pueden hacer efectiva demanda alguna para consumo si antes no han pasado por servir a sus patrones produciendo plusvalor o capital adicional para los fines de la reproducción ampliada. Por su parte, los patrones no están dispuestos a invertir en nuevos medios para el empleo de los asalariados, si el plusvalor que éstos producen no permite ampliar la producción luego de deducido el fondo de consuno de los capitalistas. La demanda efectiva es una variable dependiente de esta situación, no de la variación en los tipos de interés. Como hemos visto, es al contrario, los tipos de interés bajan dado que la demanda de fondos líquidos para inversión y consumo se pone por debajo de la oferta, porque los patrones desinvierten y mandan a parte de sus obreros al paro.

Keynes fue mucho más sincero e inteligente que sus discípulos de hoy, quienes más que la función de técnicos económicos, ejercen de ideólogos del sistema. Él, que conocía muy bien está lógica del capitalismo, decía que los incentivos a la demanda por vía de un descenso en la tasa de interés o del llamado "déficit spending" de los gastos Estatales, sólo es efectivamente expansiva en el punto de inflexión que inicia la fase de recuperación determinada por la tendencia al alza en la tasa de beneficios empresariales. Por el contrario, cuando la masa de plusvalor que crean los asalariados no compensa al capital global acumulado (que se ha visto incrementado en exceso), los capitalistas dejan de demandar medios de producción y empleo asalariado, con lo que la demanda de bienes de capital y de consumo final comienza a descender al ritmo en que aumenta el paro, y los fondos prestables de los bancos exceden a la demanda de préstamos, haciendo bajar la tasa de interés. En semejantes condiciones, no hay medida de política monetaria, fiscal o de cualquier otra naturaleza que pueda corregir esta situación.

Y el caso es precisamente éste: que EE.UU., Japón y Europa, habían iniciado conjuntamente en 2000 una fase cíclica descendente, sin tener que esperar a que la contracción de la demanda de un país se contagie a otro por vía de exportaciones e importaciones. Dada la globalización del capital financiero en tanto fusión del capital bancario con el capital industrial, las transmisiones cíclicas ya no se canalizan lentamente a través de los flujos comerciales, sino casi instantáneamente a través, sobre todo, de los canales financieros, potenciados por el desarrollo de las comunicaciones. Estamos, por tanto, ante un ciclo negativo de inversión en bienes de capital y salarios de carácter global, cuya duración dependerá del tiempo que el capital en exceso tarde en desvalorizarse o destruirse físicamente, incluyendo naturalmente el capital variable o salario de los empleados. A pesar de que los asalariados estadounidenses trabajan un 20% de más horas al año que sus homólogos europeos de la OCDE, el patriotismo que despertaron los atentados en Nueva York y Washington --que inmediatamente no sirvió para estabilizar una mejora de los valores en los mercados bursátiles, porque el dinero no sabe de esas cosas-- sí sirvió de algo para que, a partir de entonces, los trabajadores norteamericanos trabajaran más por menos, y la industria de guerra y la confrontación misma cumplieran el propósito de emplear --para destruir— una parte del capital acumulado sobrante en armamentos, que hoy deprime la tasa de ganancia.


¿Qué ha tenido que ver el 11S y sus consecuencias con todo esto?

Pocos días después de los atentados a las TWC´s, el "prestigioso profesor" Paul Anthony Samuelson, catedrático de "la más alta categoría profesional" en la Facultad de Económicas del Instituto de Tecnología de Massachussets y premio Nóbel de economía en 1970, cuyas obras son textos obligados de estudio en casi todas las universidades del Planeta, publicó un artículo en "Los Angeles Times Syndicate internacional", que el diario español "El País" reprodujo en la sección económica de su edición correspondiente al domingo 23 de ese mismo mes de septiembre, alusivo a esos acontecimientos.

Samuelson estimó las consecuencias de este atentado en los mercados financieros, con las que se derivaron del ataque japonés el 7 de diciembre de 1941 contra Pearl Harbor, sin olvidar de insistir --como es doctrina histórica oficial en su país y en las películas-- en que aquello fue "por sorpresa" y “a traición”, recordando que "el índice Dow Jones de acciones comunes bajó durante cinco meses":

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>
(Op. Cit.)

Este "insigne" teórico omite señalar que las condiciones económicas de EE.UU. en 1942 no eran las mismas de hoy día. En 1939, la tasa de ganancia en EE.UU. se estaba recuperando a instancias del paro, los bajos salarios, y el refuerzo de la economía de guerra para proveer a los ejércitos europeos, emprendido por EE.UU. durante los dos años que precedieron al ataque a Perarl Harbor. A finales de 1939, el Congreso levantó en cierta parte el embargo de armas impuesto por las leyes de neutralidad, y Francia, Gran Bretaña y la propia Alemania, pudieron, desde ese momento, adquirir material bélico estadounidense. Los éxitos militares alemanes de la primavera de 1940 llevaron a Estados Unidos a adoptar medidas inmediatas para reforzar sus defensas. Ese año, además, el Congreso autorizó préstamos a los países sudamericanos para fines defensivos. El presupuesto de defensa aumentó de forma notable para construir una enorme y poderosa flota capaz de enfrentarse con éxito a cualquier posible alianza de flotas enemigas. La aprobación en septiembre de 1940 de la primera llamada al servicio militar en tiempo de paz, permitió que 1,2 millones de soldados se incorporaran a las Fuerzas Armadas y se tomaron medidas para movilizar los recursos industriales del país para una posible guerra. El desastre material y humano de Pearl Harbor favoreció económica y políticamente esta tendencia a la recuperación inducida por las condiciones objetivas de la crisis iniciada en 1929.

La diferencia entre principios de la década de los cuarenta y la etapa actual del proceso histórico de la acumulación, está no sólo en que la coyuntura de entonces era de recuperación, en tanto que la de hoy todavía no está en su punto de inflexión para el cambio de tendencia cíclica, sino en que el capital excedentario de entonces se contaba por miles de millones de dólares, mientras que hoy se mide por centenas de billones. Por tanto, las dificultades para salir de la crisis son naturalmente mayores hoy que durante la segunda preguerra mundial. Sin embargo, Samuelson mostró ser optimista y le echó "un cable" ideológico al sistema con un toque de patriotismo dirigido a los asalariados norteamericanos:

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Esa es la revelación básica que nos enseña la historia económica, y es importante recordarla en los primeros momentos de histeria nacional>> (Ibid.) El subrayado es nuestro)

Ciertamente que si el proletariado internacional sigue dividido entre las distintas fracciones de la burguesía internacional, como dijo Lenin, "desde el punto de vista puramente económico no puede haber una situación sin salida para el capitalismo"; o sea, que el sistema capitalista no caerá por el propio peso de sus cada vez más decadentes contradicciones materiales como una pera madura. Pero, inmediatamente, Samuelson volvió a pisar firme en la realidad reconociendo que el “esfuerzo” de guerra de la burguesía norteamericana podría hoy atenuar la recesión, aun cuando no superarla:



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[entonces ya previstas y planificadas contra Afganistán, Irak, Irán y Siria]. A corto plazo, las oportunidades de empleo podrían incrementarse debido al aumento del gasto de consumo y de inversión [armamentista]. Siempre que las conmociones adversas provocadas por el aumento en el precio del petróleo sean limitadas, la posibilidad de recesión que amenazaba a Estados Unidos antes del 11 de setiembre podría acabar siendo menor debido al aumento del gasto militar. (Recordemos que el programa de rearme militar de Adolf Hitler en 1933-39 hizo desaparecer el desempleo masivo legado por la República de Weimar que le precedió). >> (Ibíd. Lo entre corchetes y el subrayado es nuestro)

Si, tal como da a entender Samuelson, "la revelación que nos enseña la historia" es que las crisis económicas capitalistas globales constituyen un fuerte condicionante de las guerras; y si, en este momento crítico del capitalismo, "la posibilidad de recesión que amenazaba a Estados Unidos antes del 11 de septiembre podría acabar siendo menor debido al aumento del gasto militar", este mundialmente distinguido ideólogo de la burguesía internacional está reconociendo la verdad de que la reciente catástrofe material y humana en territorio norteamericano, ha sido inducida por la política exterior de los EE.UU. en Medio Oriente, a la vez que abona la idea acerca de la posibilidad real de haber sido planeada y mandada a ejecutar directa y deliberadamente por la CIA. Y no sería éste el primer caso, como muy bien sabemos los millones de "durmientes" que, en política, no solemos chuparnos el dedo.

Si –como parece evidente-- la burguesía internacional ha decidido colocar el epicentro de su guerra de expansión del capital productivo internacional sobrante sobre Afganistán, no es porque en ese país --eminentemente agrario, casi carente de infraestructura industrial-- se refugie el chivo expiatorio de todo este tinglado; tampoco sólo para apropiarse de los ricos yacimientos de gas natural o de la producción de opio en su territorio --que también-- sino fundamentalmente porque su gobierno taliban marchaba a la cabeza del fundamentalismo islámico en la región, expresión extrema de un modo de entender la vida en sociedad incompatible con el moderno proceso de acumulación del capital en su etapa tardía.

Para poner en su sitio las cosas de la “guerra” actual, liderada por la mafia instalada en el gobierno de los EE.UU., hay que decir que, en este conflicto, no hay un solo fundamentalismo sino dos. Uno, como todo el mundo sabe, es el fundamentalismo espiritualista islámico de la vida en sociedad donde todo lo que le pasa y hace de su vida el musulmán pertenece a lo sagrado y está regido por el derecho divino que, a la vez, es jurídico, político y militar; es un mundo hecho a una moral en la que toda separación entre vida sagrada y vida profana carece por completo de sentido; un mundo que no niega los vínculos monetarios y mercantiles entre las personas ni la explotación de unos seres humanos por otros, pero pretende hacer pasar este modo de vida burgués, por los férreos límites de la frugalidad y la moderación que prescribe el Corán, escrito para regimentar la vida en condiciones de atraso técnico económico extremos y en sociedades todavía autosuficientes de un remoto pasado. Esto quiere decir que el Islam no sólo pregona la vida sencilla --como ha hecho farisaicamente el cristianismo para adaptarse al capitalismo-- sino que hace cumplir este valor moral, lo impone política y, si es preciso, militarmente, de modo que los límites entre religión, política y vida cotidiana no existen. A diferencia de Jesús de Nazaret, que preconizaba separar los asuntos de Dios de los asuntos del César, Mahoma fue un pope religioso, al mismo tiempo que un líder político y militar. El concepto que encierra el término "integrismo islámico", se explica por esta unidad orgánica inseparable del poder religioso, político y militar, vigente en sociedades islámicas radicales como Afganistán, poder que concentran en sus personas --y ejercen sobre las masas-- dirigentes como Jomeini o el Mullhá Omar; religión que también, de algún modo, "asumen" formalmente, alientan y utilizan demagógicamente, gobernantes vitalicios en sociedades islámicas no radicales, "degeneradas", como Sadam Hussein en Irak, Josni Moubarak en Egipto o Muamar al Gaddafi en Libia etc.

El otro fundamentalismo es económico, el de la sacrosanta propiedad privada capitalista, basada en la –hace ya mucho decadente-- explotación de trabajo ajeno como medio del mayor enriquecimiento individual posible, y del goce sin más límite que la demanda solvente, de los bienes terrenales, donde la observancia de cualquier religión es algo que pertenece a la discrecional conciencia y decisión de cada individuo. De ahí que la moral judeo-cristiana dominante sea una mera formalidad ritual, donde la solidaridad humana pasa por la limosna, y el incienso que se respira en los templos demuestra que los únicos atributos del espíritu humano que despiden olor especialmente asociado al rito católico, son la hipocresía, la simulación y el engaño al servicio del pillaje mutuo. Y en este pillaje cuentan los actos de guerra que siempre encuentran una justificación ad hoc más o menos verosímil.

En países de desarrollo industrial medio, como Irak, Irán, Siria o Libia, el fundamentalismo islámico también es la ideología sobre la que sus burguesías nacionales sostienen políticamente anacrónicos proyectos dominantes de producción de plusvalor limitado a la pequeña y mediana escala. De ahí que, tal como hasta hace poco sucedió con la República Yugoslava, estos países del Medio oriente constituyan hoy el verdadero objetivo inmediato del fundamentalismo capitalista, con su religión basada en el culto a la explotación irrestricta y sin límites del trabajo asalariado. Hacia allí, pues, se dirige toda la estrategia de la burguesía imperialista, toda la labor de su diplomacia y el poderío de sus ejércitos. Porque la dramática situación que amenaza con el colapso económico del sistema, no les da margen para esperar más tiempo. Y el caso es que, el radicalismo islámico de Afganistán, por ejemplo, contrarrestaba el proceso de desideologización religiosa en países de desarrollo medio como Egipto, Argelia, Irak y, sobre todo, Irán, donde el gran capital privado multinacional encuentra los límites a su penetración para apoderarse de la mano de obra musulmana disponible, precisamente en los intereses de los pequeños y medianos capitales nacionales de esos países, para los que la moderación consumista de la religión islámica, es el pretexto que les viene como anillo al dedo para rechazar, por razones culturales, a los grandes conglomerados capitalistas, cuya ingente masa de capital disponible y sus altos rendimientos productivos a gran escala, exigen los más amplios mercados en sociedades sin límites “artificiales” –religiosos o políticos— al consumo masivo.

En semejante situación, si los capitales internacionales excedentarios a la búsqueda de inversión productiva en esos países, no encuentra dificultades, como es el caso de los antiguos países del área soviética, el horizonte de la crisis se aleja, como así ha ocurrido. Pero los débiles índices de crecimiento de los principales países capitalistas ha demostrado no ser suficiente. De ahí que la resistencia de las distintas burguesías nacionales que se parapetan tras el escudo del Islam, haya pasado al primer plano en las relaciones internacionales conflictivas del mundo actual. Estamos asistiendo a los prolegómenos de una guerra de civilizaciones, pero no como describe Huntington, entre la civilización cristiana y musulmana, sino entre los restos de la pequeña y mediana burguesía dependiente –incapaz de toda organización internacional orgánica-- y la burguesía imperialista que se la disputa. Nuevamente, el capitalismo nos coloca ante la perspectiva de que la humanidad sea nuevamente arrastrada al abismo de un genocidio de proporciones gigantescas.
11S: ¿Terrorismo islamista o Terror de Estado encubierto?

Hasta ahora, ninguna guerra se ha iniciado sin el apoyo de la mayoría de la población en torno a los respectivos estados beligerantes, de ahí que a la burguesía internacional le sea necesario agitar el fantasma de la agresión exterior, y todas sus fracciones internacionales han hecho suya la operación política de la actual fracción política dominante en EE.UU. consistente en haberse inventado unos enemigos intangibles como son los terroristas de una organización no menos espectral, creada “ad hoc”, tal como se puede fabricar una avalancha de nieve haciendo el mismo ruido que los aviones convertidos en misiles al chocar sobre las Twin Tower’s y el Pentágono el 11S.

Cuando las organizaciones terroristas existen en países donde no son, en realidad, el problema político potencialmente más explosivo para el sistema, como en España, el Estado burgués permite que esas organizaciones se mantengan lo suficientemente operativas, tanto como para que, en colaboración informal objetiva con los sindicatos, los mass media y los fabricantes de encuestas, el terror que esas organizaciones infunden en la población pueda ser científicamente magnificado para elevarlo artificialmente a la categoría de principal problema político del país, mientras los patronos practican habitualmente el terrorismo legal impune con el 70% de la masa salarial contratada en precario, forzada a trabajar por menos de 500 dólares mensuales bajo la amenaza permanente del despido libre en cualquier momento, y el acoso sistemático (llamado moving) de los jefes, que se difunde entre el personal subalterno convertido por instinto de conservación, en acoso de unos empleados sobre otros. Finalmente, cuando las organizaciones terroristas no existen –como hoy en EE.UU.— simplemente se las inventa haciendo terrorismo de Estado encubierto contra su propia población.

Con los atentados masivos se consiguen dos objetivos bien definidos: por un lado, mediante esas terribles y espectaculares acciones de extermino contra centenares o miles de ciudadanos, la facción mafiosa del poder gubernamental paralelo que induce a terceras personas o directamente planea y ordena a sus propios servicios especiales que difundan el terror entre la población, obtiene el espontáneo respaldo incondicional de la gran masa de los explotados carentes de otro referente político. Bajo semejantes condiciones, los asalariados se tornan dispuestos a realizar los sacrificios que sean necesarios para hacer frente al supuesto “enemigo exterior”, desde trabajar más por menos, hasta servir de carne de cañón en los frentes de intervención armada del Estado imperialista; por otro lado, la inseguridad general que provoca el pánico residual posterior a los atentados, garantiza el éxito de cualquier encuesta de opinión a favor de que el Estado adopte las medidas más extremas de control policial --y hasta militar-- de la vida civil, en detrimento de las libertades públicas e individuales constitucionalmente garantizadas, para obtener la mayor eficacia en la tarea disuasoria o directamente represiva, de todo movimiento de contestación al sistema, que, en perspectiva, pueda poner en peligro el “común negocio de la explotación de trabajo ajeno”, como tú bien has dicho.

Como se comprenderá, semejante ofensiva de la burguesía al interior de la conciencia colectiva de los explotados, abre a los revolucionarios un frente de intervención de primera línea de combate en el terreno ideológico y político de la lucha de clases, el de la educación política de los explotados, lo cual exige darle la vuelta a los argumentos del sistema, dejar al descubierto el revés de su trama política respecto del llamado “terrorismo islamista”; una tarea, hoy por hoy la más valiosa y trascendente de solidaridad internacional con nuestros hermanos musulmanes de clase, que son quienes más directa y hondamente sufren las consecuencias de la catástrofe humana que está en la lógica de toda esta confabulación contra una cultura, la musulmana, que, según parece, los capitalistas ya no están en condiciones de soportar por más tiempo.

Conscientes de estos planes –producto de una determinación histórico-económica independiente de toda voluntad humana-- y de la realidad que nos espera a todos de no ser capaces de detener esta dinámica, desde el 11-S estamos en la labor de recopilación de datos para hacer una crítica desde el materialismo histórico al fenómeno que tenemos delante, de la cual hemos expuesto aquí las líneas fundamentales que, a nuestro modo de ver, explican su esencia de clase.

Un primer esbozo de esta crítica, se encuentra en el documento sobre la intervención bélica en Afganistán, publicado por el GPM en octubre de 2001: http://www.nodo50.org/gpm/guerra2001/00.htm parte de cuyos pasajes reproducimos aquí. En el apartado 5 de este mismo texto, en un primer análisis de lo sucedido aquél fatídico 11S con los elementos de juicio político disponibles inmediatamente después de los hechos, sacamos la conclusión de que, esta operación --como la de Pearl Harbor en diciembre de 1941-- había sido posible gracias a la pesquisa de los servicios de inteligencia norteamericanos, que, una vez sabido cómo, dónde y cuando iban a actuar los supuestos “comandos islamistas”, les dejaron consumar los hechos porque les vino como anillo al dedo para cambiar la opinión pública norteamericana, en ese momento abrumadoramente contraria a cualquier aventura belicista, como así lo revelaban todas las encuestas. Y aunque no descartamos la posibilidad de que el “ataque” hubiera sido obra directa de los servicios secretos del Ejército USA, nos inclinamos por la primera de estas hipótesis.

Un año después, buscando incidentalmente en “google” por “11-S” para otros fines informativos, dimos con varias fuentes que confirmaron nuestra sospecha sobre la causa eficiente de los atentados, cuyos múltiples y fundados indicios apuntan a que todo ha sido obra del terrorismo de Estado norteamericano. Nuestra fuente originaria de conocimiento es el llamado “Foro del Pla de Ponent, Gava”, que, en junio del año pasado hizo referencia a un número del periódico catalán “La Vanguardia”, que en su edición del 22 de ese mismo mes dice que: “Todo empezó cuando un lector se presentó a la redacción con un video bajo el brazo, aludiendo a unas extrañas sombras que observó en algunas imágenes que la CNN había tomado de los aviones que el 11S impactaron sobre las Torres Gemelas del TWC”. Lo primero que hizo la dirección del diario fue nombrar una comisión investigadora a cargo de los periodistas Eduardo Martín de Pozuelo y Xavier Mas de Xaxàs, quienes inmediatamente consultaron el asunto con varios ingenieros aeronáuticos de centros oficiales, y luego se dirigieron a la “Escola Universitària Politècnica de Mataró”, en Barcelona, cuyos especialistas se ofrecieron a realizar un proceso digital de imagen para explicar los “cambios de luminiscencia que se aprecian a simple vista en los fuselajes de los aviones, y que, en principio, no tienen sentido, dado que el fuselaje de los aviones comerciales es cilíndrico y liso”.

En su informe, tras aclarar que “las imágenes estudiadas tienen distintos ángulos de observación”, la autora del estudio llegó a la conclusión de que: “los objetos detectados presentan a su alrededor distinta luminancia por tener relieve”, añadiendo que: “esta es la única explicación posible”, es decir, que no se trata de sombras ni reflejos, sino de formas, de objetos físicos que, además, “se distinguen perfectamente del tren de aterrizaje”. En su reporte ante el “Foro del Pla de Ponent, Gavá” --que es la fuente originaria de nuestro conocimiento sobre el asunto-- el periodista Martín de Pozuelo, del periódico catalán “La Vanguardia”, incluyó un enlace con el sitio: http://serendipity.ptpi.net./wtc.htm, donde se ofrece profusa y enjundiosa información de ingenieros, arquitectos, físicos y demás científicos especialistas en las disciplinas comprometidas para el estudio y esclarecimiento de esos bárbaros atentados genocidas. La dificultad es que hay que traducir sus textos, porque todos han sido redactados en idioma inglés, con traducciones sólo al francés, alemán y ruso.

Ahora hemos sabido que“La Vanguardia” ha creado un sitio especialmente para este caso: http://www.11-s.net/archivos/index.php. Navegando por esta página, hay un link: http://www.amics21.com/911/conspiracion.pdf, donde no hay ya referencia al lector que llegó con el video a la redacción del diario, pero da cuenta del resultado de las investigaciones con abundante información e ilustraciones de las imágenes en cuestión, así como del análisis realizado en la escuela politécnica de Mataró.

Nosotros, más que a los indicios que se observan en las tomas de video de los impactos sobre las TWC’s --tan reveladoras como espectaculares-- hemos puesto el énfasis en los estudios que se han hecho sobre los desplomes en sí mismos de las Torres 1, 2 y 7— cuya denuncia política --a nuestro juicio— ha sido el resultado de un trabajo tanto o más laborioso e indiciario que el del tratamiento de las imágenes durante el ataque, porque demuestra que sus autores planificaron y ejecutaron esas acciones, para que pareciera que los edificios colapsaron como consecuencia del impacto, cuando todo parece indicar que se procedió a su derrumbe controlado.

Los documentos que --con demasiado esfuerzo y tiempo-- hemos traducido son los siguientes:



  1. The Incredible 9-11 Evidence. We've All been Overlooking”. By Leonard Spencer. En su momento no advertimos que Martín de Pozuelo ya lo había traducido y publicado en “Serendipity”.

  2. The TWC´s demolition”. By anonymous.

  3. Did the Twin Towers Collapse on Demand?”. By anonymous.

  4. FEMA - The Secret Government” By Harry V. Martin with research assistance from David Caul. (colocar enlace)

  5. The Strange Collapse of the Spire” By anonymous.

Es muy probable que estos anónimos correspondan a una o varias personas vinculadas a los intereses de las compañías aseguradoras del TWC.

Hay otra fuente a la que se accede buscando por “9-11Review” o directamente por http://911review.org/Wiki/FrontPage.es.shtml donde se ofrece una sección de artículos traducidos al castellano.

Finalmente, por otra procedencia, accedimos a la transcripción en inglés (que también tradujimos al castellano) del reportaje correspondiente a la entrevista radiofónica que el periodista americano, Alan Jones, le hizo al ex ministro alemán de defensa, Andreas von Bulow. Este periodista emite sus opiniones en su sitio web: http://www.Prisionplanet.com/

Todos estos análisis coinciden en que, ese día y a la hora elegida por los pilotos suicidas para la ejecución de los atentados, lo que sucedió fue que:



  1. Los supuestos secuestradores de los aviones fueron secuestrados una vez traspasado el control de seguridad para el acceso a las distintas salas de embarque.

  2. La tripulación y los pasajeros de los vuelos 11, 77, 175 y 93, embarcaron con toda confianza y normalidad en los aviones de línea contratados, partiendo a la hora prevista desde sus distintos aeropuertos de origen, ignorando que iban con rumbo predeterminado hacia la muerte en alta mar, porque la mafia estatal que planificó y ejecutó estas operaciones, manipuló en secreto los mecanismos de conducción de esas aeronaves, para que, en determinado momento, el sistema de pilotaje manual pudiera ser sustituido por la técnica “global Hawk” de orientación por control remoto --ya suficientemente probada— a fin de que esos vuelos tuvieran el destino fatal decidido por los verdaderos terroristas: http://www.amics21.com/911/vuelo175/second.html

  3. Los aviones que debieran haber cumplido el servicio correspondiente a los vuelos 11, 77, 175 y 93, fueron sustituidos por otros que, a cierta distancia y velocidad, parecieron serlo, pero en realidad eran verdaderos artefactos bélicos teledirigidos, cada uno provisto del armamento adecuado a las condiciones y finalidad de las distintas operaciones para las cuales fueron convenientemente adaptados. http://www.thewebfairy.com/911/index.htm y http://thewebfairy.com/911/2hit/missileout.htm

  4. El impacto contra las Torres 1 y 2 no fue la causa de su colapso, sino la pantalla para ocultar el hecho de que fueron deliberadamente derruidas por demolición controlada. Tal como se procedió con la Torre 7, que no sufrió impacto de avión alguno ni daños colaterales, ya que estaba a dos manzanas de las TWC’s 1 y 2.

  5. El ataque contra el Pentágono tampoco se perpetró mediante una acción suicida haciendo impactar el avión correspondiente al vuelo 77 sobre una de las paredes exteriores del edificio. Todas las evidencias indiciarias demuestran que la operación se ejecutó utilizando un misil de carga explosiva hueca. http://911review.org/Wiki/PentagonAttack.es.shtml

Con estas conclusiones preliminares, producto de serias investigaciones de diversa procedencia, sobre indicios materiales que los causantes directos de esta barbarie no han podido ocultar y la ciencia permite convertir en prueba de su autoría, los editores de “11-S Review”: http://iitc.911review.org/index.es.shtml están promoviendo la creación de una “Comisión Internacional Independiente de la Verdad sobre los hechos del 11 de septiembre de 2001”, para que, a instancias de los testimonios e investigaciones que se presenten, “delibere sobre dicho material, y emita sus conclusiones al espectro más amplio posible de la opinión pública mundial”, tomando como “modelo aproximado al Tribunal de crímenes de guerra propuesto por Bertran Russell constituido en Suecia y Dinamarca en 1967”.

Nosotros estamos plenamente de acuerdo con la iniciativa de que se forme la comisión independiente de investigación, a los fines de evitar que, en el futuro, puedan repetirse genocidios como éste. En tal sentido queremos señalar el despropósito a que conduce limitarse a juzgar la causa jurídica eficiente o antecedente inmediato generador del acto que consagra un derecho, o del que lo viola, vulnera o conculca; es decir: quien decide hacer algo es el causante de lo que, en consecuencia, hace, sea legislador o delincuente. Porque esto es lo que se limita a hacer un tribunal de justicia como el creado por Bertrand Russell, omitiendo que, a la causa jurídica eficiente de un individuo, colectivo de individuos, gobierno e incluso Estado, le precede en orden lógico e histórico la causa formal, que hace a la esencia o naturaleza de la sociedad, de este ser vivo que es la forma social del capitalismo, y que, en determinadas condiciones históricas de su movimiento, genera o crea la causa eficiente del delito estatal y su necesaria encarnación en determinados personajes históricos, para la realización de los fines necesarios a esa naturaleza social, como explicamos un poco más arriba refiriéndonos a los dos fundamentalismos ahora mismo enfrentados.

Se dice que la camarilla de Bush, casi todos ellos vinculados directamente a intereses petroleros, hicieron la guerra en Afganistán e Irak para apropiarse de los yacimientos de gas y petróleo en esos territorios, y que ésta ha sido la causa eficiente del 11S. Cierto. Pero es que, esta causa eficiente viene determinada por la causa formal del capitalismo, que no consiste primordialmente en el afán de enriquecimiento de esa mafia ni de cualquier otra en particular, sino que engloba a esos intereses, condicionándolos a la existencia del sistema mismo que los garantiza. Y el caso es que, dadas las condiciones a las que ha llegado el sistema en su esencial proceso de acumulación de capital, se ha hecho objetivamente necesario que el precio del petróleo baje lo suficiente como para propiciar un aumento en la tasa general de ganancia que haga salir al sistema de la actual situación de bajo crecimiento, alejando así, en el tiempo, el estallido de la próxima gran crisis (que se viene postergando desde hace ya décadas), permitiendo cierto relanzamiento económico que permita ganar más con el mayor consumo productivo consecuente de petróleo.

Y para eso, para que en este momento los precios de esta materia estratégica desciendan, es necesario debilitar y, si es preciso, eliminar, los eslabones más débiles de la cadena de capitalistas que lucran con la explotación del trabajo ajeno en esta rama de la producción, por las buenas o por las malas, tal como ha venido sucediendo con las relaciones internacionales respecto del petróleo y sucede respecto todas las demás ramas de la producción de plusvalor, desde que la burguesía se hizo cargo de la historia: http://www.nodo50.org/gpm/guerra2003\04.htm y http://www.nodo50.org/gpm/guerra2003\05.htm

En: http://911review.org/Wiki/WhatsNext.es.shtml, se dice que “no hay motivos para creer que se vayan a detener masacres como las del 11-S ni las invasiones de Afganistán e Irak”. Cierto. Y parafraseando a Jennifer Van Bergen, de “South Florida And Justice Network”, los compañeros de “9/11 Review” agregan:

<(The Gathering Storm). Jennifer van Bergen concluye que con El Plan de Bush para América hemos recorrido tres cuartas partes del camino hacia el fascismo>> (Op. Cit)

Aun cuando no en cuanto al trecho recorrido, acordamos también en que, tras el 11S estamos sobre ese camino. Al menos la sociedad norteamericana no da muestras de salir de él. En cuanto a los capitalistas europeos, más allá de aparentar distanciarse del capitalismo norteamericano agarrados al clavo ardiendo de la legalidad internacional actualmente inexistente, con esa pacata actitud no sólo muestran carecer de alternativa, sino que, implícitamente, de hecho se dejan arrastrar por la táctica norteamericana de la lucha contra el terrorismo, para justificar su común estrategia inconfesada respecto de los países de confesión islámica integrista:

¿De qué carácter debe ser, pues, el juicio al que debemos someter los hechos del 11S y sus consecuencias humanitarias en Afganistán e Irak, el que atienda a la causa jurídica eficiente, que juzga la relación inmediata entre causa y efecto circunscripta a las conductas individuales o a la de determinados gobiernos, o el carácter que ponga énfasis en la causa formal o naturaleza social del sistema de vida que engendra monstruos como Hitler o Bush y sus respectivos planes de gobierno?

Si es que de verdad se quiere acabar definitivamente con actos de barbarie como los del incendio del Reichstag en 1936 --que puso a la humanidad sobre el camino del genocidio nazifascista y la Segunda Guerra Mundial— o como el 11S de 2001 --que tiende a provocar un nuevo holocausto de proporciones mucho más gigantescas a juzgar por el “progreso” en la capacidad técnica de exterminio alcanzada entre un episodio histórico y otro—, desde luego que la alternativa no debe ser atacar el problema según la causa jurídica y/o política eficiente.

Marx decía:

<(en esta obra) sólo se trata de personas en la medida en que son la personificación de categorías económicas, portadores de determinadas relaciones (sociales capitalistas) e intereses de clase. Mi punto de vista con arreglo al cual concibo como proceso de historia natural el desarrollo de la formación histórico-social (capitalista), menos que ningún otro podría responsabilizar al individuo (sean Bush, Hitler o cualquiera otros), por relaciones (y consecuentes actos) de las cuales él sigue siendo socialmente una creatura (de esas relaciones sociales que, en este caso, el señor Bush representa de manera prominente y preeminente) por más que subjetivamente pueda elevarse sobre las mismas>>1 (K. Marx: “El Capital” Prólogo a la primera edición alemana. Lo entre paréntesis y el subrayado son nuestros)

Esto fue escrito el 25 de julio de 1867. Desde entonces, la historia del pensamiento social no ha registrado un solo ejemplo capaz de recusar científicamente este aserto MATERIALISTA DIALÉCTICO Sobre todo, porque la historia efectiva y real no ha hecho más que confirmarlo. En efecto, el error de plantearse un juicio limitado a la causa jurídica y/o política eficiente de los culpables o responsables del genocidio cometido el 11S, es todavía más grueso si se tiene en cuenta el antecedente del famoso “juicio de Nürenberg” que hizo una muy particular “justicia” con los crímenes de guerra nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Fue precisamente durante aquél juicio que se acuñó el “Nunca más” asociado a la inducida creencia popular en que la culpa de aquella guerra la tuvieron exclusivamente los cuidadosamente elegidos para ocupar el banquillo de los acusados, y que el oprobio el y aislamiento carcelario que cayó sobre ellos habría de ser suficiente disuasivo para futuras tentaciones totalitarias.

Con esto no queremos decir que hubiera sido necesario juzgar a todos los “culpables”. Queremos decir que aquél juicio basado en la causa jurídica eficiente, fue la pantalla que permitió ocultar las verdaderas causas de aquella barbarie, su causa formal, impidiendo que la conciencia universal accediera a la verdad histórica de que el genocidio del nazifascismo y la guerra, fue una consecuencia necesaria de la forma de vida capitalista. ¿Es necesario reseñar todas las circunstancias en que esa pantalla de la legalidad burguesa saltó hecha añicos por la cruda realidad de este sistema esencialmente explotador y opresivo? ¿No resulta suficientemente revelador, todavía a estas alturas, que la causa jurídica eficiente --cuando apareció-- siempre lo hizo sistemáticamente “post festum”, después de que las “necesidades” del sistema encuentren plena satisfacción en determinados ejecutores providenciales, desde Luis Napoleón, Hitler y Mussolini, hasta Suharto (Indonesia), Pinochet (Chile) y Videla (Argentina), pasando por Franco (España), Castillo Armas (Guatemala), Rojas Pinilla (Colombia) Trujillo (Rep. Dominicana), Carías Andino (Honduras), Batista (Cuba), Somoza (Nicaragua), Stroessner (Paraguay), Pérez Jiménez (Venezuela), Duvalier (Haití), Bokassa (Rep. Centroafricana), etc., etc., todos ellos convenientemente metamorfoseados “post factum” en propicios chivos expiatorios tras realizar su tarea?. ¿No es ésta la más categórica demostración por la práctica histórica, de que la causa jurídica y/o política eficiente se ha confirmado como la más fiel servidora de la causa formal burguesa o, lo que es lo mismo, de la naturaleza social capitalista?2

Aquí es necesario remachar el clavo de estos argumentos históricos, insistiendo en las últimas palabras de la cita de Marx, en cuanto a que, si bien personas que constituyen el colectivo de “11-S Review” y otros, como Jeff King: http://911review.org/Wiki/King,Jeff.shtml, los ya citados Leonard Spencer, Alan Jones o Andrea von Bullow y demás minorías sociales denunciantes que están dando la cara en todo este asunto, tienen ganado el mérito de haberse asumido como vanguardia intelectual y política del movimiento social “No en nuestro nombre”. Pero también les cabe la responsabilidad histórica de saber hasta dónde es necesario “elevarse subjetivamente” por encima de las relaciones sociales que –en este caso-- tienden a condicionar su denuncia y su acción. Pero esa es la primera parte de su responsabilidad histórica. Porque, en la medida en que se sabe hasta dónde es necesario elevarse subjetivamente por encima de las propias condiciones objetivas de clase para que el “nunca más” al que ahora se aspira, no sea la oportunidad para el montaje de un nuevo tinglado político farisaico al servicio de una nueva alternancia formalmente distinta del mismo contenido social, con su correspondiente catarsis colectiva y sus chivos expiatorios; para que todo ese esfuerzo no resulte en un nuevo engaño colectivo que sólo sirva para postergar el necesario equilibrio catastrófico que el sistema capitalista necesita, una vez más, para saltar sobre sus propios límites naturales, sobre sus propias contradicciones, para eso, hay que convertir esa certeza en acción, en compromiso personal para contribuir a que la comprensión de lo necesario se haga realmente posible. De lo contrario, el “nunca más” seguirá siendo una hipócrita locución vacía de contenido político.

Y el caso es que, para “elevarse subjetivamente” de hecho, por encima de las relaciones sociales dominantes --tanto las de Bush tanto como la de sus ocasionales adversarios burgueses dentro y fuera de los EE.UU--, que condicionan nuestra vida y crean inevitablemente las circunstancias y los personajes históricos propiciatorios de las más extremas y maquiavélicas manifestaciones de irracionalidad humana, para eso no basta con apuntar con el arma de la crítica científica y política hacia el blanco de las causas jurídicas y/o políticas eficientes; es decir, no basta con quedarse a medio camino entre la ausencia de toda crítica y la crítica de la causa formal o de la naturaleza social de esas causas eficientes individuales o particulares. En fin, que no basta con proponer el juicio a los culpables. Hay que comprender el vano esfuerzo histórico y el contrasentido lógico e histórico que supone ese tipo de juicios que encubren las causas formales, sistémicas de barbaries como la del 11S, dejando intangibles las mismas condiciones económicas, sociales y políticas que las reproducen. En síntesis, que no se trata de emplear las investigaciones para castigar electoralmente al Partido Republicano en las próximas elecciones norteamericanas, promoviendo un juicio “independiente” a los causantes directos e indirectos de semejante genocidio. Se trata de erradicar sus verdaderas causas, que sólo están en la naturaleza social de este sistema de vida, esencialmente explotador y genocida, como lo ha venido demostrando desde que el espíritu de la mercancía se apoderó de la simple fuerza de trabajo de la humanidad, creando el asalariado.

Estamos convencidos de que sólo desde el conocimiento de la realidad económica, social, política, jurídica y cultural GLOBAL del capitalismo, y su consecuente compromiso con ese conocimiento (conciencia crítica o revolucionaria de las condiciones de vida dominantes), sólo así es realmente posible desarrollar una acción objetivamente progresista, necesariamente revolucionaria, responsable y eficaz no sólo en los EE.UU; tratando de que trascienda al resto del mundo vinculada a los elementos de juicio teóricos previamente aplicados a la realidad concreta de la lucha internacional de clases. Sin olvidar la obligada referencia permanente a la memoria histórica del movimiento, legada por la obra de los líderes intelectuales científicamente más sólidos y políticamente más lucidos y creadores, coherentes y consecuentes con el futuro de la humanidad larvado en las contradicciones del presente.


La religión musulmana y el internacionalismo proletario

Fue Engels quien --debiendo responder a coetáneos suyos como José Bloch, Franz Mehring o A. W. Bogius— se dio cuenta de que, si bien él y Marx habían podido explicar los hechos históricos por esta interrelación dialéctica entre estructura y superestructura, donde la estructura económica es el determinante de última instancia, no habían insistido lo suficiente en explicarla conceptualmente al mismo tiempo que la verificaban históricamente, sobre todo, la importancia relativa o táctica que, en la lucha por el poder y después de él, a menudo, tiene la incidencia de la superestructura sobre la estructura, cosa que es necesario tener muy en cuenta3:



<(...) Desgraciadamente ocurre con harta frecuencia que se cree haber entendido totalmente y que se puede manejar sin más una nueva teoría por el mero hecho de haberse asimilado, y no siempre exactamente, sus tesis fundamentales. De este reproche no se hallan exentos muchos de los nuevos “marxistas”, y así se explican muchas de las cosas peregrinas que han aportado. >> (F. Engels: “Carta a José Bloch”22/09/1890)

Habiendo alcanzado cierto desarrollo en la división del trabajo, aun antes de la aparición de las clases –por ejemplo, ya en el llamado “modo de producción asiático”— la sociedad humana creó ciertas funciones comunes o públicas esenciales para la vida de las familias y los individuos, de las que, por tanto, no pueden prescindir. De este modo, las personas designadas para realizarlas, conformaron una nueva rama de la división del trabajo dentro de la sociedad. Consiguientemente, estos agentes públicos adquirieron intereses materiales o económicos específicos vinculados a sus funciones de mando político general como mandatarios en representación de sus mandantes, a cambio de las cuales exigen y obtienen una parte del producto del trabajo colectivo.

Desde ese momento, los intereses de los mandatarios en funciones, devienen y se manifiestan opuestos o contrarios a los de sus mandantes. Entre los mandatarios que ejercen el poder político y sus mandantes que detentan el poder económico, se crean relaciones al mismo tiempo complementarias y contradictorias. El germen del Estado ya está contenido en esta relación de carácter contradictorio entre el poder económico de los que producen riqueza, y el poder político de quienes sólo la disfrutan.

La dinámica de estas relaciones llega a un punto en que, a fuerza de ejercer el poder público o general como mandatarios o representantes políticos del poder económico que les manda o mandata cumplir tales funciones, los mandatarios a cargo del Estado, los gobiernos, contraen cierta tendencia a independizarse en el ejercicio del mando respecto de sus mandantes, de los cuales, en última instancia, dependen sus intereses materiales y el ejercicio mismo del poder político.

Esto quiere decir que, para progresar en sus intereses y continuar en el ejercicio de sus funciones, el poder político de los mandatarios, de tal modo “independizado” de los mandantes o representados, debe ejercerse, en general, es decir regularmente, de acuerdo con el movimiento económico que es su condición de existencia en todo sentido (económico y político). Se trata, pues, de una independencia relativa del poder político, en un juego dialéctico de intereses vectoriales desiguales4 en términos de fuerza, dirección y sentido donde, en última instancia, la fuerza histórica del vector económico prevalece sobre la fuerza del vector político, marca la pauta de su comportamiento general y de él (del movimiento económico) depende la continuidad de los mandatarios políticos a cargo del Estado. Así:

<(actuando en el sentido y la dirección del movimiento económico), en cuyo caso éste discurre más deprisa; puede ir en contra de él, y entonces, en nuestros días, y si se trata de un pueblo grande, acaba siempre, a la larga, sucumbiendo (el movimiento político dentro del Estado); o puede, finalmente, cerrar al desarrollo económico ciertos derroteros y trazarle imperativamente otros, caso este que se reduce, en última instancia, a uno de los dos anteriores. Pero es evidente que en el segundo o en el tercer caso, el poder político puede causar grandes daños al desarrollo económico, y originar un derroche en masa de fuerza y de materia.>> (F. Engels: Carta a Conrad Schmidt. Londres 27/10/1890)

Ahora bien, desde el punto de vista materialista histórico, es decir, científico-social, la resistencia al capitalismo del movimiento político presidido por el factor religioso, superestructural del integrismo islámico, en términos históricos o estratégicos, hoy día supone, para la humanidad –muy especialmente para los asalariados de los dos bandos que, en este sistema de vida, siempre llevan la peor parte-- un derroche inútil de tiempo histórico, trabajo social, riqueza y vidas humanas, representado por la superficie del triángulo O–A–B. ¿Por qué?

En primer lugar, porque el actual conflicto político entre los musulmanes en general, es decir, entre el conjunto de países capitalistas de confesión musulmana y el capitalismo imperialista, no existe. Y no existe, puesto que el Islam no pudo jamás ni podrá expresarse como una fuerza espiritual consensualmente unida y organizada a escala internacional, mientras esos países permanezcan dominados por el espíritu objetivo del capital. Bien es cierto que el espíritu del Islam, encarnado en los súbditos asalariados y campesinos –hasta cierto punto los pequeñoburgueses del “bazar”-- es un obstáculo político absoluto a la libre penetración del capital imperialista “infiel” en sus respectivos países.

Pero ocurre que este espiritualismo islámico que prevalece en las masas más explotadas y oprimidas de esos países, pasa políticamente a un segundo plano, cuando, a instancias de la diplomacia secreta, las respectivas burguesías nacionales políticamente dominantes en esos países islámicos, cada una de ellas por su lado, convierten ese obstáculo absoluto en algo relativo, en una simple resistencia negociable con determinadas fracciones nacionales del gran capital internacional. De este modo, el conflicto global entre el Islam y el gran capital internacional, deja de serlo, se divide. El obstáculo absoluto de la religión islámica deja de ser un solo bloque internacional políticamente homogéneo que el Islam ofrece a los “infieles”; se relativiza y debilita –o fortalece— según la mayor o menor resistencia que los explotados –también inevitablemente divididos en países— son capaces de ejercer sobre sus respectivas clases dominantes nacionales.

¿En qué se relativiza aquél obstáculo absoluto originariamente religioso? En que, el Islam, a instancias de las clases dominantes nacionales, adquiere un precio –tanto mayor cuanto más fuerte es la resistencia a vencer, no ya por el capital extranjero, sino por los distintos burgueses y popes religiosos nacionales-- a cambio de un equivalente material en diversos servicios (económicos, sociales, políticos, militares) a cargo de la contraparte capitalista internacional.

Así, el conflicto –que en principio es de carácter espiritualista religioso— a instancias de la relación intercapitalista entre el capital multinacional y las clases capitalistas dominantes de los países dependientes supuestamente islamistas, se convierte en un simple negocio entre intereses económicos concretos de sectores capitalistas bien definidos en un lado y otro de la negociación. Por un lado, los intereses encarnados en el bloque histórico de poder nacional conformado por los pequeños y medianos propietarios capitalistas aliados con la alta burocracia política y clerical de sus respectivos Estados integristas islámicos “insumisos”, por una parte, y, por otra, el bloque histórico de poder capitalista internacional dirigido por su coalición imperialista en alianza con los pequeños y medianos capitales de distintos países, que aspiran a beneficiarse del botín en esta “cruzada”.



Ambos bloques burgueses de poder político y militar, inducen a sus respectivas masas de explotados para que se comprometan en esta lucha con todas sus consecuencias, sirviendo, si es preciso, como carne de cañón matándose entre sí, unos con el pretexto religioso de la “Yihad” en defensa del Islam, los otros con el pretexto de la “lucha contra el terrorismo” y en defensa de las “libertades”. Mientras tanto, en función de los resultados de esta lucha, las clases dominantes de ambos bandos negocian la sangre derramada. Así es como se ha montado este tinglado burgués para encontrar salida a su actual crisis de superproducción de capital. No sólo para que la destrucción bélica en recursos materiales y humanos (capital constante y capital variable)5 eleve la tasa de ganancia que permita al sistema salir momentáneamente del actual período de crecimiento lento, sino, fundamentalmente, para incorporar las masas musulmanas al fundamentalismo burgués, a la cultura de la acumulación de capital sin restricciones de ninguna índole. Esto supone convertir el tiempo sagrado que los fieles musulmanes dedican a cultivar su relación directa con el espíritu del dios Allah, en tiempo profano que los “infieles” asalariados del Occidente judeo-cristiano dedican a cultivar su relación material con el dios Capital, a instancias del plusvalor que le ofrecen como tributo a cambio del tiempo de trabajo necesario o salario, con el que se completa el ritual pagano que permite recrear la relación a escala ampliada, aumentando el empleo, los intercambios mercantiles y el consecuente consumo de los medios de vida, no sólo en términos de un aumento de productos por unidad de tiempo de trabajo empleado (mayor productividad) para satisfacer las necesidades preexistentes de una creciente cantidad de obreros empleados, sino de nuevos productos para nuevos que suscitan nuevas necesidades:

<<...la producción de plusvalía relativa, es decir, la producción de plusvalía basada en el aumento y desarrollo de las fuerzas productivas (lo cual supone que en un mismo tiempo de trabajo y con una misma magnitud de valor creado, se produzcan más cosas) , requiere la producción de nuevo consumo, exige, por lo tanto, que se amplíe el círculo del consumo (que haya más asalariados y, por tanto, más puntos de intercambio y más consumidores) dentro de la circulación (esto es, en el mercado), de la misma forma que antes exigía la ampliación del círculo productivo (fabricación de más cosas por unidad de tiempo y cantidad de obreros empleados en la producción). Primero la ampliación cuantitativa del consumo existente, segundo la creación de nuevas necesidades, mediante la propagación de las necesidades ya existentes en un círculo más amplio (de asalariados-consumidores); tercero: producción de nuevas necesidades y creación de nuevos valores de uso (para un mayor consumo final)>>. (K. Marx: “Grundrisse”. El proceso de circulación del capital. Lo entre paréntesis es nuestro)

Aquí, la ampliación del consumo –en cantidad y variedad-- es un simple medio para los fines de la acumulación de capital. Dicho de otro modo, no es el consumo el que determina la producción sino al revés. La sociedad capitalista no consiste en producir o crear riqueza sino valor; y no sólo valor sino plusvalor. Y debe hacerlo en determinado porcentaje respecto del capital disponible, que permita o justifique su reinversión para seguir produciendo y acumulando. Tal es el principio activo y la condición de existencia del fundamentalismo capitalista. A esta lógica objetiva irresistible están sujetos por igual tanto los capitalistas de los Estados islámicos, como los del Occidente judeocristiano, budista, o hindú. Sólo que en distinto grado, es decir, que esta lógica presiona tanto más en el sentido de su cumplimiento, cuanto mayor es la masa de capital que sus distintos propietarios disponen. Y, como sucede en la física celeste, la mayor masa relativa del capital altamente centralizado a escala internacional, gravita decisivamente sobre los pequeños y medianos capitales nacionales dispersos, determinando, en última instancia, que las leyes de esta lógica objetiva dominante de la acumulación, les someta a su inevitable cumplimiento, dado que al compartir una misma naturaleza económico-social, de clase explotadora, ambas fracciones no pueden dejar de actuar según el mismo principio activo, independientemente o a despecho de las distintas religiones que profesen, o de las diversas naciones y razas a las que pertenezcan.

Los asalariados más sensibles, inquietos y honestos, en países islámicos de desarrollo económico medio, como Irán, Irak, Siria, Arabia Saudí, Kuwait, Egipto o Argelia, deben, pues, comprender estas cosas, saber observar la realidad desde esta otra perspectiva social y política, la suya propia, tratando de que sus hermanos de clase, hasta ahora identificados sólo por su común adhesión al Islam, hagan lo mismo. Deben saber que si las cosas siguen así, esto es, si el conflicto por la parte musulmana sigue en manos de los descendientes del califato en sus distintas fracciones (suníes, chiíes, wahabitas, etc.), en la medida en que todos ellos son burgueses que viven del trabajo ajeno, no podrán sobreponerse a las leyes inflexibles del capitalismo, y el espíritu del Islam se ahogará entre los intereses comunes creados de unos propietarios del capital y otros. Por lo tanto, estos compañeros islámicos asalariados deben comprender que la suya, la de su clase, es la única fuerza social, económica y política concentrada, capaz de conseguir la tan ansiada umma, la patria común, libre de asechanzas de los intolerantes imperialistas y sus aliados estratégicos: la mediana burguesía; también los pequeños capitalistas que en el curso de la lucha decidan permanecer en el bando imperialista necesariamente perdedor. Y, para eso, insistimos en que es preciso que el aglutinante de esa ummapolítica para la lucha del proletariado universal contra el capitalismo imperialista, no deba ser el


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