Introducción Una niña en vueltas de grandes



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Introducción
Una niña en vueltas de grandes
"Me crié con las milicias, pero ahora quiero ser autónomo"
"La orden era que tocaba picar la gente"
"Esas guerrilleras son arrechas para el plomo"


La historia de un particular proyecto, que tiene que ver con los niños
desvinculados del conflicto, e intensos relatos de vida de los pequeños
colombianos que hacen parte de la guerra, conforman
esta separata de revista Número.

   

 INTRODUCCIÓN



«En Colombia hay 7.000 niños en armas». La frase la pronunció al azar Humberto Sánchez, director de uno de los hogares de niños desvinculados, cuando el jueves 5 de junio del 2002 conversábamos sobre ese proyecto. Volví sobre la cifra, pedí precisiones. Quince días después, hablando con Juan Manuel Urrutia, entonces director del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ICBF, y con Julián Aguirre y Mabel González, quienes orientan el programa, al decirles la cifra se miraron, y en lugar de negarla manifestaron que, mal contados, puede haber 10.000 niños y jóvenes en armas en Colombia. Según estos cálculos, buena parte de los protagonistas de esta guerra, que cada vez copa más espacios, quienes matan y mueren, son niños y jóvenes. Un mes atrás, el miércoles 8 de mayo, durante el taller de periodismo cultural dictado por Tomás Eloy Martínez y organizado por la Fundación Nuevo Periodismo, en Buenos Aires, hablábamos con Héctor Abad Faciolince sobre posibles temas que uno quisiera desarrollar, pero no había podido. Discutiendo y sopesando ideas, llegamos a una que me atrapó: entrevistar a un niño guerrillero y a uno paramilitar para saber qué sintieron al enfrentar la muerte, y de ahí en adelante contar sus historias de vida, que seguramente darían luces sobre la guerra y su lógica, o ilógica. Hice el ejercicio teórico con datos supuestos, discutimos el tema con 20 periodistas de diversos países de América Latina y confrontamos formas de realizar el trabajo, teniendo en cuenta dificultades, como cuál sería el espacio para entrevistarlos, en el que pudieran hablar con libertad. Las cosas se van dando luego de tener una idea. Una semana después, en Bogotá, hablé con la directora del Cerlalc, Adelaida Nieto, sobre temas y proyectos. Al final me dijo «Tiene que hablar con Marina Valencia sobre los niños desvinculados». A los tres días me reuní con Marina y se abrió el camino para acercarme a un particular proyecto en el que, con la coordinación del ICBF, cinco entidades * trabajan con jóvenes que estuvieron en la guerra. Los visité, hablé con ellos y trabajé sus historias.

LOS NIÑOS DESVINCULADOS
Al conocer el proyecto, casi recobro la fe en la posibilidad de que el Estado funcione. El trabajo se efectúa con menores de 18 años que han formado parte de grupos guerrilleros y paramilitares. Niños que se han desvinculado del conflicto porque fueron capturados, se entregaron o los grupos armados los dejaron, por encontrarse enfermos. Al comienzo resultó más fácil hablar con las niñas; estaban más abiertas al diálogo y dadas a contar sus experiencias. Los muchachos se mostraban un tanto reticentes y no había podido lograr una charla a fondo con los que estuvieron con los paramilitares; eran más esquivos y retraídos que los otros. Conocí a uno que me impactó, de no más de quince años, que se encontraba enfermo. Me dijo que tenía úlcera. Me extrañó, dada su juventud. Lo interrogué y me dijo: «Me dio úlcera por dejar de comer varios días, varias veces». Pensé que ahí había una historia que debía seguir y lo observé. Él era quien en cada comida estaba pendiente de que cada uno tuviera cubiertos, sopa y seco. No se sentaba hasta ver que todos estuviéramos servidos. Supe que venía de Medellín. No logré que hablara sobre su experiencia; al final me dio una pulsera de hilo que había tejido. En un nuevo viaje logré hablar con varios jóvenes ex paramilitares. Si las historias de quienes fueron guerrilleros son fuertes, las de los paramilitares son las más dramáticas que he escuchado en mi vida.

LOS HOGARES
Llegué a un hogar de niños desvinculados en medio de una fiesta, la noche anterior a que un grupo de diez jóvenes pasara a la segunda y última fase del programa, cuando salen a casas juveniles, continúan sus estudios y comienzan a desarrollar proyectos productivos. Esa noche cantaron, recitaron, bailaron, se dieron regalos, contaron historias y se desearon toda la suerte y el amor del mundo. Al día siguiente, los muchachos retomaron el hilo del trabajo creativo que venían desarrollando. Llevaban una semana leyendo cuentos con el equipo del Cerlalc, orientado por Beatriz Helena Robledo; ese día releyeron algunos y escogieron el que más les gustó para montarlo en sombras chinescas: «El burrito y la tuna», una historia de la tradición wayuu.
Tres días duraron preparando el montaje. El primer día se repartieron los papeles y se dedicaron a elaborar los disfraces y la escenografía. Mientras tanto el narrador, Sergio, un muchacho que había llegado apenas una semana atrás, repasaba el texto dándoles entrada a quienes tenían parlamentos; cada uno de los actores preparaba el vestuario, y los que no tenían papeles protagónicos les ayudaban y construían la escenografía. Todo era útil. Un pedazo de cartón para las orejas del burro, ramas para los árboles, periódicos para los sombreros y papeles de colores: amarillo para el desierto, morado para la noche, rojo para las abejas. Un grupo se concentró en los efectos sonoros: el murmullo de la noche, el silbido del viento, el rebuzno del burro, el zumbido de las abejas. El segundo día se realizó el primer ensayo. Cabe señalar que las actividades colectivas se grababan en video. Primero con la orientación de Diego Narciso, videísta del grupo del Cerlalc; luego tomó la cámara José, un niño de once años que aprendió a manejarla en poco tiempo. Se gozaron la grabación de la fiesta, y la del ensayo sirvió para detectar las carencias de la obra. El tercer día se aprovechó para afinar el montaje, los disfraces y la escenografía y, al comenzar la noche, presentaron la obra terminada. Fue un proceso común de creación, en el que estos jóvenes volvieron a ser niños y se metieron de lleno en la realización de una obra que los llenó de alegría y produjo intensas emociones.

EL PROGRAMA
Dentro de los programas de atención al menor desprotegido, ésta es una experiencia particular, en la que conviven niños y niñas provenientes de distintos grupos guerrilleros y paramilitares. En muchos casos las diferencias desaparecen pronto, aunque en el trato cotidiano quedan huellas. Durante el montaje de la obra, Catalina, quien perteneció al ELN, se tropezó y tumbó una carpeta; entonces Sofía, ex integrante de las FARC, le dijo: «Tenía que ser elena». En la práctica conviven e incluso hay romances impensables, como el de un ex paramilitar con una joven que fue de las FARC. La mayoría ha logrado compenetrarse dejando a un lado el pasado; otros aún se muestran reticentes. Cerca de 300 niños están integrados al programa, que tiene casas en diversos lugares del país, en las que trabajan equipos conformados por educadores, psicólogos, trabajadores sociales y artistas, y cuentan con el apoyo de personal médico y administrativo.
Tres fases constituyen la parte inicial del programa que se desarrolla en los hogares. La primera tiene que ver con ingreso, adaptación, integración, diagnóstico, derechos y deberes e inicio de actividades grupales y de formación. La segunda está centrada en el fortalecimiento de valores, plan de acción personal, manejo de problemáticas y actividades académicas y ocupacionales. La tercera comprende asumir actitudes autónomas, elaboración de proyectos de vida y diseño de proyectos productivos. En cada hogar conviven cerca de veinte niños que cuentan con el apoyo y la compañía de educadores 24 horas al día. Son hogares en los que los menores están por su propia voluntad; cada día salen al colegio y regresan. Sentí que se trata de una experiencia abierta, autogestionada, no autoritaria. También difícil y no exenta de dificultades.
La parte final del programa abarca el traslado a casas juveniles, donde continúan los planes de estudio y se llevan a la práctica proyectos productivos. Humberto Sánchez, director del hogar que más visité, dice que éste es un proyecto de afecto, capacitación y amor, en el que están excluidos el odio y la venganza. Agrega que «en la guerra el amor es un infiltrado». José Luis Mantilla, coordinador y educador, señala que los hogares son incubadoras de paz que rompen los esquemas del trabajo con niños; allí viven un proceso compartido de toma de decisiones. Lo que se busca es crear un ambiente de confianza, amor, respeto y desarrollo. No es un proyecto perfecto; nada lo es. Algunos niños se han marchado. Otros aún no se adaptan, y se presentan conflictos que tratan de resolverse a través del diálogo. Pero ya algunos jóvenes tienen en claro sus proyectos, y hay uno que está por entrar a la universidad.

EL FUTURO
Es un programa piloto: jóvenes que viven en condiciones tan óptimas cómo es posible para desarrollarse y salir adelante en la vida. Jóvenes que recuperan la infancia perdida y se proyectan hacia el futuro. Pero son apenas 300 de los 10.000 vinculados a la guerra. Y lo cierto es que mientras existan las condiciones sociales, económicas y políticas de exclusión, y mientras el maltrato intrafamiliar siga siendo pan de cada día, habrá en las ciudades y en los campos colombianos miles de niños y niñas dispuestos a ingresar a los grupos armados, como alternativa de sobrevivencia. Sólo con el tiempo se sabrá si se cumplirán las expectativas que se tienen con este programa, pero lo que sí es claro es que un proyecto que atiende a 300 niños víctimas de la guerra vale la pena. Sin embargo, es insuficiente y la escalofriante cifra de menores en armas es una voz de alerta que muestra que la guerra no son sólo los muertos diarios, sino las secuelas que va dejando en la sociedad; deberán pasar muchas generaciones para sanar estas heridas, que todavía no han terminado de abrirse. Observándolos jugar fútbol, conviviendo con ellos unos días, haciendo las entrevistas, vi impresionantes cicatrices en las más diversas partes de sus cuerpos. Cicatrices de heridas causadas por sus padres o en combate. Cicatrices en la mente, en el alma y en el cuerpo. Una reflexión: si queremos de verdad la paz tenemos que penetrar en las causas profundas de la guerra, sobrepasar las descalificaciones maniqueas y conocer su dinámica; entender las razones del conflicto para encontrar soluciones reales y no caer en una nueva frustración. La paz no se hace con adjetivos, sino yendo a las raíces de la guerra: sus orígenes, consecuencias y desarrollos, y conociendo a los que la hacen a diario. Al ver estos niños y escuchar sus historias uno se reafirma en la necesidad de hacer reformas de fondo en el país. Y piensa de nuevo que a bala difícilmente se acaba el conflicto social que vivimos. Que la guerra es cada día peor, que el humanismo se aleja progresivamente de ella y que estos muchachos, entre muchos otros colombianos, son quienes sufren la guerra en carne propia. Que mientras haya situaciones de miseria y pobreza extremas, que mientras sigan siendo maltratados en sus núcleos familiares y no tengan posibilidades de estudio y desarrollo, los niños seguirán formando parte de la guerra.

ESTOS NIÑOS...
Cuando estos niños nombran pueblos y regiones uno coge el mapa de Colombia, recuerda lo poco que conoce y viaja por ese mapa de la mano de las peripecias de estos menores. La guerra nos ha llevado a descubrir un país que a la vez estamos destruyendo. Salgo del hogar de los muchachos y veo a unos jóvenes en un moderno carro deportivo, chicaneando, y pienso que en parte este conflicto se deriva de una sociedad cerrada, clasista e inconsciente, cuyo núcleo dirigente no les inculca a sus hijos principios sociales democráticos. A veces estos niños tienen pesadillas. Se les vienen encima los recuerdos. El domingo anterior, a mi visita a una casa situada en el campo, varios niños jugaban fútbol. Una fuerte patada lanzó el balón contra las cuerdas de la luz. Eran las seis de la tarde. Hubo un cortocircuito y poco después se escuchó una explosión. Algunos niños salieron corriendo. Otros se tiraron al piso. Unos más se escondieron. Otros tomaron posiciones de defensa.

MESES DESPUÉS
En la última visita a un hogar para niños desvinculados y a varias casas juveniles, la segunda semana de octubre del 2002, sentí que buena parte de los jóvenes avanzaba en su proceso de formación. Otros aún están un tanto desubicados. Es posible que muchos de ellos salgan adelante. Otros están demasiado afectados por las experiencias que han vivido, y su suerte es incierta. Pero casi todos luchan, con apoyo de diverso tipo, por recuperar la infancia perdida y encontrar un camino que les permita salir adelante. Los procesos de estudio continúan. Los proyectos productivos caminan lentamente y no está claro su futuro. Quedan estos testimonios como historia profunda de la guerra colombiana, y la visualización de este programa como iniciativa en la que han podido integrarse varias entidades, para sacar adelante un proyecto singular y necesario, que ojalá no se vea truncado por cambios burocráticos.

* ICBF: Instituto Colombiano de Bienestar Familiar
   OIM: Organización Internacional de Migraciones
   Corfas: Corporación Fondo de Apoyo de Empresas Asociativas
   Cerlalc: Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe
   Save the Children: Reino Unido.


(Varios de los nombres se omitieron o se cambiaron para proteger la identidad de los protagonistas).




    Una niña en vueltas de grandes

Tiene ojos negros, grandes y vivarachos. Es atractiva, conversadora, pícara y, a la vez, infantil y tierna. La noche en que la conocí andaba de fiesta con sus compañeros de convivencia, despidiendo a un grupo que salía del hogar para continuar su proceso en las casas juveniles. Estaba arreglada como cualquier joven que anda de rumba en la ciudad. Maquillada, con ropa ceñida a su cuerpo bien delineado, bailó, recitó, se rió, coqueteó y tomó del pelo a más de uno. Al día siguiente entré a conocer los cuartos donde viven y encontré a un par de niñas haciendo tareas. Las saludé. Una de ellas, peinada de colitas, me miró riendo y dijo "¿No me reconoce?". Finalmente me di cuenta de que era ella, que parecía una niñita de escasos diez años.
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