Isaac, el hijo para el Patriarca



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Isaac, el hijo para el Patriarca
Pese a estar casados más de 30 años, Abraham y Sara no tenían hijos, cruel desgracia en aquellos tiempos en los que la jefatura de la familia y la tribu se transmitía de padres a hijos. Trece años antes, cuando Sara pensó que ya no podía tener descendencia, le dio a Abraham a su esclava egipcia Agar. Según costumbre amorrea, Sara podía reclamar los hijos de Agar como propios y éstos serían los legítimos herederos de Abraham. Agar no tardó en concebir un hijo de Abraham, Ismael, que tenía ahora 12 años.
Así que cuando el Señor anunció a Abraham que Sara dentro del año concebiría un hijo, ambos se echaron a reír sin pasar a creerlo. A Abraham también le preocupaba la suerte de su primer hijo Ismael, porque si la predicción del Señor fuese cierta, Abrán y Abraham significan exactamente lo mismo: “Mi Padre es ensalzado” Posteriores escritores de la Biblia tradujeron de un modo incorrecto Abraham como “Padre de una multirud”



Ismael no tendría ya el derecho de herencia. El Señor le tranquilizó: “Mira, yo le bendigo: le haré fecundo y le multiplicar inmensamente y Yo haré de él un gran pueblo. Pero mi Alianza la estableceré con Isaac, el hijo que te dará Sara el año próximo por este tiempo”.
Es probable que Abraham no pensara más sobre la promesa del Señor de tener un hijo. Algún tiempo después, en una tarde calurosa, vio cómo tres aparentemente hombres se acercaban a su tienda. Rápidamente se levantó para saludarles. Les ofreció agua fresca con la que lavar sus pies cansados y un lugar a la sombra para que reposaran después de su viaje. Era la costumbre hospitalaria de todos los beduinos y peregrinos: ofrecer asiento, comida y agua al viajero. Era parte esencial de la vida nómada, y Abraham sabía que él recibiría la misma hospitalidad donde quiera que fuese. Deprisa y corriendo, Abraham mandó a Sara que preparase tres panecillos de la mejor harina y escogiera un becerro tierno de los de su rebaño. Mientras un sirviente preparaba Ia sabrosa carne, el Patriarca ofreció a sus huéspedes leche y queso de cabra, permaneciendo a un lado mientras los forasteros comían.
Cuando los hombres hubieron terminado de comer y se disponían a marchar, el Señor se apareció en medio de ellos y dijo a Abraham: «El año que viene por estas fechas volveré donde ti y Sara tendrá ya un hiio.» Sara dudó y se rió otra vez, porque le hacía gracia que una mujer anciana, como era ella pudiese tener un hijo. Efectivamente, el año siguiente dio a luz un hijo al que llamó Isaac.
Los ancianos padres no cabían en sí de gozo y Sara exclamó jubilosa «¿Quién iba a decir a Abraham que Sara amamantaría hijos? Pues Ie he dado un hijo en su vejez.» Cuando el niño tuvo ocho días, Abraham lo circuncidó como el Señor había mandado.
A medida que Isaac crecía aumentaba también la hostilidad de la esposa Sara contra Agar e Ismael. Temiendo por el futuro de su propio hijo y celosa del amor que Abraham tenía por aquél, le dijo: «Echa a esa esclava y a su hijo, pues el hijo de esa esclava no va a heredar con mi hijo Isaac.»
Abraham se entristeció y vacilaba. El Señor se le apareció y le mandó al renuente Abraham que cumpliera el deseo de Sara. Agar e Ismael fueron enviados al desierto con tan só0lo un pellejo de cabra lleno de agua y algún que otro pan. Pero “Dios estuvo con el niño, que creció, vivió en el desierto y llegó a ser gran guerrero y tirador arco”
Ciertamente, Ismael estaba destinado a ser el legendario padre de todas las tribus beduinas de Norte de Arabia.

Un Sacrificio para el Señor
Desde su campamento de las colinas, Abraham e Isaac contemplaban cómo los cananeos allí establecidos trabajaban sus tierras. El año agrícola comenzaba a fines de septiembre, época en que se recolectaba la aceituna. El aceite se empleaba para cocinar, en medicina y en la fabricación de perfumes. Con la aparición de las lluvias de invierno, a últimos de octubre, se sembraba trigo y cebada en las terrazas escalonadas de las colinas. Las mujeres esparcían la semilla en los surcos previamente excavados con endebles arados de madera rematados en una punta de bronce. Después de cuatro meses de lluvia se daba comienzo a la primera cosecha de primavera. En marzo se cortaba el lino, se ponía a secar y se hilaba.
A últimos de abril cesaba de llover y comenzaba la cosecha de cebada. Un mes más tarde, ya estaba el trigo dispuesto en los campos para ser desgranado. Los tallos dorados de las espigas se cortaban diestramente con hoces de afilado pedernal para ser recogidas en canastas de mimbre que se llevaban a un campo común para su trilla. Allí el trigo se golpeaba con piedras o se pisoteaba a fin de separar el grano de la paja. El grano se almacenaba luego en vasijas de barro como provisión para el invierno.
Durante los meses de verano maduraban los higos, granadas, dátiles, lentejas, garbanzos, pepinos, cebollas y puerros. Luego se cosechaban. A finales de agosto empezaba la recolección de la uva; tiempo éste de gozo para todos, porque significaba el fin de los calores veraniegos. Algunas de las uvas se comían frescas, directamente de las viñas. Otras las secaban para hacer pasas que durarían todo el invierno. La mayoría se empleaba para elaborar con ellas un vino excelente y fuerte de sabor.
Abraham, en su incesante búsqueda de pastos, se dirigió a Berseba, a unos 32 kilómetros al sudoeste del Hebrón, donde él y sus hombres cavaron un pozo de su propiedad. Poco después se suscitó una disputa entre Abraham y un rey local, Abimélec, cuyos sirvientes, equivocadamente, se habían apoderado del pozo. Al fin ambos llegaron a un acuerdo que confirmaron con un juramento. Según la tradición, el nombre de Berseba o “pozo de juramento” se deriva de este pacto.
Cuando menos podía pensarse, Dios quiso probar a Abraham, y le llamó: “Toma a tu hijo, a tu hijo único al que amas, Isaac, vete a la región de Moríah y ofrécelo allí en holocausto, en un monte que yo te indicaré”. Abraham se quedó sobrecogido. Los sacrificios ofrecidos al Señor eran casi siempre de carneros o corderos tiernos: nunca se sacrificaba a un ser humano.



El padre, abrumado de dolor, cargó un burro con provisiones para varios días y leña suficiente para el holocausto. Acompañado de Isaac y dos sirvientes inició su viaje. Al tercer día llegaron al lugar que el Señor había escogido. Quizás Isaac intuyó la angustia de su padre. La ausencia de un animal delataba que aquella no sería una ofrenda común. Abraham le tranquilizó diciendo: «Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío.» Sin embargo, no se veía animal alguno por aquellos parajes.
Isaac observó receloso cómo Abraham levantaba un tosco altar, en el que colocó la leña que los dos habían traído. Entonces el Patriarca, llorando, ató al muchacho, presa del horror, poniéndolo sobre el altar. Sobreponiéndose a sí mismo levantó su cuchillo para sacrificarle. «Pero el ángel del Señor le llamó: “¡Abraham, Abraham! No lleves tu mano sobre el muchacho, ni le hagas mal alguno. Ya veo que temes a Dios, que ni tu único hijo me rehusaste”.
Abraham levantó entonces los ojos y vio un carnero trabado... Tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. El Señor puso a prueba así la fe de Abraham. Inconmovible lealtad la suya, que se vería recompensada todavía con otra bendición de Yavéh.
Padre e hijo volvieron a Beerseba y reanudaron las tareas cotidianas de la vida pastoril, instalando el campamento allí donde podían encontrar mejores pastos y agua.

Finalmente, Abraham volvió a establecer a su familia en Hebrón, donde tantos años habían vivido.

Con el transcurrir del tiempo creció también el cariño que Abraham sentía por Isaac. Enseñó a su hijo las mismas cosas que el había aprendido de su propio padre, Teraj: las obligaciones y secretos del pastoreo, el empleo del arado, la historia de sus antepasados. Asimismo, Ie enseñó a confiar en el pacto que el Señor había hecho con él y su descendencia. Tenían sobradas razones para estar agradecidos a Dios: la tierra que les había dado era buena.
Sara murió en Hebrón a la edad de 127 años: “Abraham vino a llorar a Sara y a hacer duelo por ella.” Carente de tierra de su propiedad para enterrarla, recurrió a unos vecinos hititas para que le vendieran una parcela y una cueva que pudiera servir como sepultura. En un principio le ofrecieron sus tumbas de balde, pero el Patriarca acabó por persuadir a Efrón, hijo de Set, de que Ie vendiera un puñado de tierra y la cueva de Macpela. Esta cueva -lugar de enterramiento­ sería la primera propiedad de los hebreos en la tierra que el Señor les había prometido.
Isaac cumplió la edad propicia para contraer matrimonio. Abraham no deseaba una nuera cananea ni tampoco quería que Isaac saliera de Canán para buscar esposa. Así, se le ocurrió enviar a Jarán, donde vivía su hermano Najor, a su siervo más antiguo con la esperanza de encontrar una esposa para Isaac entre los de su propio linaje.


Cuando el sirviente llegó a Jarán, encontróse en el camino a una hermosa joven que le ofrecía agua de su cántaro. Llevado a la casa de sus padres, le dieron comida v alojamiento. La joven era Rebeca, nieta del hermano de Abraham. Cuando el siervo supo de quién se trataba contó a sus padres y a su hermano Labán el objeto de su viaje, los cuales decidieron que Rebeca se casara con Isaac. El siervo entregó a Rebeca y a su familia los regalos que había traído de Hebrón: anillos, brazaletes de oro y plata, lujosos vestidos y otros valiosos ornamentos
Al dia siguiente, el criado y Rebeca, acompañada de todas sus doncellas, partieron para Canán. «Una tarde, Isaac salió a dar un paseo por el campo, y levantando los ojos vio que alguien venía. También Rebeca levató los ojos y, al ver a Isaac, bajó del camello y dijo al siervo: “¿Quién es aquel hombre que viene hacia nosotros por el campo?” El siervo respondió: “Es mi señor”. Ella entonces tornó el velo y se cubrió el rostro. Isaac introdujo en la tienda de su madre a Rebeca y la tomó y fue su mujer. La amo y se consoló de la muerte de su madre.
También Abraham tomó otra esposa, Quetura, que le dio numerosos hijos. Al hacerse mayores Abraham les concedió abundantes bienes, probablemente rebaños en propiedad, y los envió lejos de Canán, para que Isaac fuera el único heredero.



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