Issn 0718-1779 Cuadernos De Estudios Árabes



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Orígenes

Mameluco viene del árabe mamluk y literalmente significa ‘poseído’, ‘que es propiedad de otro’, participio pasivo de malaka ‘poseer’. Los mamelucos fueron originalmente esclavos de la dinastía de los ayyubíes que reinaron en Egipto y Siria entre 1169 y 1250. Los mamelucos que fueron sus sucesores y reinaron entre 1259 y 1517. La dinastía tuvo dos líneas distintivas, los Bahriyyún (1250-1382) y los Burÿiyyún (1382-1517). Los Bahriyyún fueron llamados así porque sus cuarteles se encontraban en una isla del Nilo (Bahr al-Nil) llamada ar-Rawda; eran turcos kipchak de la región del Mar Negro con una mezcla de sangre de kurdos y mongoles. Los Burÿiyyún tomaron su denominación de la torre (burÿ) que coronaba sus asentamientos; eran circasianos (cherkeses) del Cáucaso.



Atributos y cualidades

En su mejor momento, el soldado mameluco de caballería era notable por su pericia ecuestre y por su habilidad en el manejo de las armas, en particular el arco, el sable y la lanza. Las tropas mamelucas mantenían su alto nivel de manejo de armas con prácticas, entrenamientos y ejercicios en varios hipódromos especialmente acotados que había en torno a el Cairo, y la literatura que ha llegado hasta nosotros sobre estos «ejercicios caballerescos» nos da descripciones detalladas de los procedimientos a seguir, junto con útiles ilustraciones del equipamiento a usar. Había ejercicios coordinados de caballería y juego de polo y esgrima, de lucha libre y de arquería. Conviene también mencionar en este punto la importancia que tuvo el período mameluco en el desarrollo de la heráldica. Los grandes emires usaban blasones que el sultán les había concedido a título individual. Las palabras árabes con que se designaban estos blasones eran rank (derivada de una palabra persa: rang, que significa “color” y que originó el término “rango” como expresión de jerarquía —en inglés se dice rank) y shi’ar, que quiere decir «emblema». Estas divisas parecen tener origen en los cargos de la casa o la administración del sultán que ostentaban esos emires; así, por ejemplo, el maestre de polo ostentaba palos de polo, etc.



«Estos mamelucos se reclutaban casi exclusivamente en las fronteras del Islam con las grandes estepas de Asia central, entre el mar Caspio y las cordilleras de Afganistán (más tarde, también en la ribera norte del mar Negro), un área poblada por turcos cuando el califa al-Mu’tasim (2) inició en el siglo IX el reclutamiento sistemático. Se le atribuye la frase de: “No hay pueblo en el mundo más valiente, más numeroso y más resuelto”... Los turcos eran duros, como lo son los actuales, y ya estaban en marcha en dirección oeste, iniciando una migración que se convertiría en una ola de conquistas más vasta que la de los propios árabes... Pero más que su personalidad, lo que se admiraba en los turcos era su habilidad para montar a caballo y su dominio de las técnicas bélicas montados. El caballo veloz tiene su origen en la estepa y los turcos lo montaban como si fuese parte de ellos mismos —la leyenda decía que las mujeres turcas concebían y daban a luz a caballo— y utilizaban con incomparable eficacia mortífera las armas del guerrero a caballo: la lanza, el arco compuesto y el sable curvo (copia del cual, en olvidado tributo a los invencibles guerreros de la estepa, es el actual sable mameluco de general inglés)» (John Keegan: Historia de la Guerra, Editorial Planeta, Barcelona, 1995, pp. 57-58).

Curiosidades de un fenómeno

David Ayalon (3) es hasta la fecha la mayor autoridad académica sobre la sociedad de los mamelucos. Para Ayalon el Islam nunca habría podido mantenerse y extenderse como lo hizo sino fuera por el factor mameluco: «El Islam se mantiene nuevo, joven y poderoso porque recibe, generación tras generación, los refuerzos constantes de jóvenes esclavos militares» (D. Ayalon: Le Phénomène mamelouk dans l’Orient islamique, Presses universitaires de France, París, 1996, p. 49).

Según el historiador Ibn Jaldún que vivió en el Cairo entre 1382 y 1406, los proveedores «elegían a la flor y nata de los prisioneros jóvenes parecidos a piezas de oro y muchachas semejantes a perlas» (Citado por Ayalon, 1996, p. 39). Las jóvenes esclavas destinadas a convertirse en esposas de los mamelucos, las cuales, obligatoriamente, debían tener los mismos orígenes étnico-raciales que los muchachos (Ayalon, 1996, p. 90) eran elegidas cuidadosamente. Los mamelucos no tenían derecho a repudiar sus mujeres y su descendencia estaba obligada a practicar la endogamia (Ayalon, 1996, p. 94).

El futuro mameluco, originario de las montañas o de las estepas, era elegido entre los niños más robustos, es decir, aquellos que habían sido capaces de resistir a las terribles dificultades de sus regiones natales. Esto explica ampliamente por que los descendientes de dichos cautivos no podían ser propiamente mamelucos, ya que, a diferencia de sus padres, ellos habían nacido en regiones en las que el lujo y las comodidades debilitaban las virtudes guerreras. Llegado a Egipto, y una vez admitido en una escuela (Hilqa o Tibaq) cuya misión consistía en convertirlo en mameluco, el joven cautivo pasaba a estar bajo la responsabilidad de un instructor (mu’allim) que sería el responsable de su formación militar de caballero (al-furusiyya), y, bajo su supervisión, se le sometía a un adiestramiento especialmente rigurosos: «Durante su entrenamiento, el mameluco infiel era convertido en creyente; el joven pasaba a ser adulto, y el recluta se convertía en un soldado dispuesto a combatir; de esclavo, en liberto [...]. La escuela añadía un elemento cuya importancia nunca se destacará lo suficiente: pasaba a ser una nueva familia para reemplazar a la que había perdido» (Ayalon, 1996, p. 24). Ya liberto, musulmán y transformado en mameluco, el joven guerrero automáticamente era asimilado a la clase superior; sin embargo, este estatus estaba vinculado a su persona y... «no podía transmitir a su descendencia ni su rango, ni su calidad de aristócrata. Era un noble “a título vitalicio”, y la sociedad mameluca, una nobleza limitada a una única generación» (Ayalon, 1996, p. 26).



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