Issn 0718-1779 Cuadernos De Estudios Árabes



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Campeones de polo

A mediados del siglo XIV, un monje irlandés viajero, presenció en El Cairo un gigantesco partido de polo jugado por seiscientos caballeros mamelucos (trescientos por bando) que era muy similar al (hurling) que «jugaban los pastores en los países cristianos con una bola y un palo curvo, excepto que el sultán y sus nobles nunca golpeaban la bola a menos que estuvieran montados a caballo... Esto provocaba que muchos caballos y caballeros quedasen incapacitados para el servicio activo en el futuro». El sultán Aibeg (1250-57), esposo de Shaÿar ad-Durr, era un entusiasta y formidable jugador de polo.



Baibars, paladín de paladines

Tal vez el personaje más singular, más incomparable y menos conocido de la historia islámica es el sultán y héroe mameluco Ruknuddín Baibars al-Bundukdarí (“el ballestero”) Ibn Abdullah (la mayoría de los mamelucos adoptaban este nombre por ser conversos y desconocer la identidad de sus padres). Durante su mandato, Egipto se convirtió en el estado más poderoso del Islam oriental.

Nacido en 1223 en Crimea, a orillas del Mar Negro, pertenecía a la raza turca de los kipchaks. Baibars era alto, cabello castaño y ojos azules. Tenía una curiosa mancha blanca en un ojo, y una mirada penetrante que traslucía su carácter esforzado y severo. Vendido como esclavo por unos comerciantes en el mercado de Damasco, fue adquirido para revistar en la guardia de corps del sultán ayyubí debido a su belleza y corpulencia. Su destreza con las armas y su coraje en los combates conquistó la admiración de sus compañeros y superiores.

Hacia 1250 «... los musulmanes poseían como jefe un guerrero de primera categoría... Baybars sobrevive en la memoria de los árabes como uno de los mayores héroes del Islam. Es, sin duda, el más popular de todos. Aparte de sus triunfos sobre los mongoles, asesinos y cruzados, Baybars fue un gran administrador: abrió canales, mejoró puertos, organizó un servicio postal que funcionaba mejor que en muchos países modernos, reformó mezquitas, comprendida la Cúpula de la Roca, restauró ciudadelas y creó instituciones religiosas y caritativas. Baybars se mostró tolerante y afable con los judíos: muchos de ellos regresaron a Palestina durante su reinado, entre otros el célebre filósofo y erudito Najmánides (4), que reorganizó las comunidades judías en Tierra Santa, consiguiendo reanimar sus actividades intelectuales» (Rolf Reichert: Historia de Palestina, Editora Herder, Barcelona, 1973, pp. 157-159).

Su carrera militar no tiene igual en ninguna época islámica anterior o posterior. Solamente durante sus diecisiete años de sultanato (1260-1277) realizó treinta y ocho campañas durante las cuales recorrió cuarenta mil kilómetros. Nueve veces luchó contra los mongoles, cinco contra los armenios y tres contra los hashashiyyún (“los Asesinos” o nizaríes, secta escindida del ismailismo).

Sólo contra los francos luchó en 21 ocasiones, y salió vencedor en todas. A los cruzados les logró capturar baluartes considerados inexpugnables, como los castillos de Safed (mar de Galilea), en 1266, Beaufort de los templarios (a orillas del Litani, sur del Líbano), en 1268, y el famoso Krak de los Caballeros (al oeste de Homs, en Siria), en 1271. Además conquistó las ciudades de Arsuf, Cesárea, Jaffa, Haifa, Torón y Antioquía. En 1270 envió a la flota mameluca a atacar el puerto chipriota de Limassol en represalia por la ayuda constante de la dinastía Lusignan (1191-1489) a los baluartes cruzados de Palestina y Siria. En 1273 destruyó el castillo de los Asesinos en Masyaf (cerca de Hamah, en Siria), donde residía Sinán (m. 1192), el llamado «Viejo de las Montañas» (Sheij al-Ÿabal), y su controversial organización.

Baibars también se destacó como renovador religioso y estadista. Prohibió la prostitución y las bebidas alcohólicas bajo pena de muerte. En el campamento de turno y en el palacio de El Cairo o Damasco denunciaba con su voz potente e imperturbable los males de la época y recomendaba las soluciones apropiadas.

Hizo construir escuelas, hospitales, un estadio de tamaño olímpico, embalses y canales en el valle del Nilo, cocinas populares, distribución anual de diez mil bolsas de cereal para beneficencia, e implementó un servicio postal de cuatro días para una carta de El Cairo hasta Damasco; eficiencia que hoy día rara vez se alcanza. La lista de sus obras sociales es casi tan larga como aquélla de sus empresas militares. Baibars murió en Damasco el 1 de julio de 1277.


Mamelucos y cruzados aliados temporales contra los mongoles
Ante el devastador avance de los mongoles, los caballeros de San Juan de Acre se constituyeron en un aliado inesperado de los musulmanes mamelucos: «Kitbuqa se hallaba en Baalbeck. Inmediatamente se dispuso a partir hacia el valle del Jordán... pero fue detenido por un levantamiento de los musulmanes de Damasco. Las casas e iglesias cristianas habían sido destruídas y se necesitaban tropas mongolas para restaurar el orden. Entretanto, Qutuz había decidido marchar por la costa y adentrarse en Palestina, más hacia el norte, para amenazar las comunicaciones de Kitbuqa si proseguía el avance hacia el interior. Se envió, por tanto, una embajada egipcia a Acre con el fin de pedir permiso para atravesar el territorio franco y obtener provisiones durante la marcha, si no ayuda militar. Los barones se reunieron en Acre para discutir la petición.. Estaban resentidos contra los mongoles por el reciente saqueo de Sidón y desconfiaban de este poder oriental con su historial de matanzas continuas. La civilización islámica les era familiar, y la mayor parte de ellos prefería a los musulmanes antes que a los cristianos nativos, hacia quienes mostraban su favor los mongoles. Al principio se sintieron inclinados a ofrecer al sultán ayuda armada. Pero el Gran Maestre de la Orden Teutónica, Anno de Sangerhausen, les previno de que sería poco prudente confiar demasiado en los musulmanes, sobre todo si volvían engreídos por su victoria sobre los mongoles. La Orden Teutónica tenía muchas posesiones en el reino armenio, y Anno, probablemente, estimaba la política del rey Hethoum... Se rechazó la alianza militar, pero se prometió al sultán paso libre y facilidades de avituallamiento para su ejército. Durante el mes de agosto el sultán condujo su ejército hacia el norte por la carretera de la costa y acampó varios días en los huertos de las afueras de Acre. Varios emires fueron invitados a visitar la ciudad como huéspedes de honor; entre ellos Baibars... Los francos estaban algo molestos por el número de sus visitantes, pero fueron consolados con la promesa de que les permitiría comprar a bajo precio los caballos que fuesen capturados a los mongoles» (Steven Runciman: Historia de las cruzadas, vol. III: “El Reino de Acre y las últimas cruzadas”), Alianza, Madrid, 1997, pp. 304-305).
Ain Ÿalut y la salvación del Islam
Su victoria más importante, sin embargo, fue en el oasis de dunas de Ain Ÿalut (“Las fuentes de Goliat”), en la actual localidad israelí de Ein Harod (a mitad de camino entre Afula y Bet She’an), el 3 de septiembre de 1260. Ese día, el general Baibars y el sultán Qutuz (g. 1259-1260) derrotaron a un poderosísimo ejército mongol de más de veinte mil jinetes enviado por Hulagú (el nieto de Gengis Jan) al mando de Kitbuqa.

La estrategia de los mamelucos fue una copia casi exacta del ardid por el cual el general cartaginés Aníbal Barca venció a los romanos en Cannas (agosto, 216 a.C.). La infantería musulmana (unos diez mil) al mando del sultán Qutuz Ibn Abdullah aguardó fuera de la vista del enemigo mientras Baibars y sus doce mil jinetes fingieron hacer un ataque masivo y luego retrocedieron. Los mongoles persiguieron a los que se retiraban, sin percatarse por la rapidez de la acción y la polvareda reinante que eran conducidos al centro de una pinza que se cerró inexorablemente en el momento preciso, mientras la caballería mameluca giraba en redondo y contraatacaba por detrás de la retaguardia mongola. Kitbuqa sucumbió en el combate. Esa finta de Baibars consiguió el triunfo (5).

Esta batalla fue una de las más importantes de la historia, comparable a la de Gaugamela (1 de octubre, 331 a.C.), por la que Alejandro conquistó el Imperio persa, a la de Hastings (14 de octubre, 1066), por la que Inglaterra pasó a manos de los normandos, a la de Waterloo (18 de junio, 1815), por la que Napoléon fue definitivamente vencido, o a la del Alamein (23 de octubre-4 de noviembre, 1942), por la que el Afrika Korps de Rommel fue frenado y desbandado a las puertas de El Cairo.

Dice el medievalista británico Steven Runciman que «la victoria mameluca salvó al Islam de la amenaza más peligrosa con que se había enfrentado nunca. Si los mongoles hubieran penetrado en Egipto no habría quedado ningún estado musulmán importante en el mundo al este de Marruecos» (S. Runciman: 1997, vol. III: “El Reino de Acre y las últimas cruzadas”, p. 289).

Es lícito especular acerca de lo que pudo pasar en Ain Ÿalut si hubieran resultado los mongoles victoriosos, y sobre todo cómo habría cambiado la historia del Mediterráneo, y con ella la civilización del Islam, la cual hubiera prácticamente desaparecido. Recordemos que ya en ese año crucial de 1260, grandes ciudades musulmanas como Bujará, Samarcanda, Gazni, Herat, Merv, Nishabur, Hamadán, Tabriz, Mosul, Alepo, Damasco habían sido saqueadas, casi destruidas y sus habitantes pasados a cuchillo o violados. Los sabios y científicos del Islam con sus universidades (madrasas). bibliotecas, observatorios, laboratorios y miles de descubrimientos invalorables atesorados en seis siglos se perdieron para siempre y fueron barridos del mapa.

Solamente en Bagdad (tomada el 10 de febrero de 1258), los mongoles mataron a no menos de un millón de musulmanes árabes y persas en cuarenta días, o sea la mitad de la población: «Un mongol encontró en una calle lateral a cuarenta niños recién nacidos, cuyas madres estaban muertas. Como acto de clemencia, los mató, pues pensó que no podrían sobrevivir sin nadie que los amamantase» (Steven Runciman, Historia de las Cruzadas. 1997, Vol. III, pp. 280-281). «Algunos mongoles —aseguran testigos oculares—, destripaban cadáveres, los llenaban hasta el tope con alhajas saqueadas y así desaparecían cabalgando, llevando delante suyo sobre la montura, atravesados, estos espantosos recipientes para el transporte...El conquistador recién se retiró un rato cuando se hizo insoportable el olor de los cadáveres al bajar el fresco invernal... Sólo quedaron intactos los cristianos y las iglesias cristianas. No únicamente porque las primeras mujeres de Hulagú eran cristianas. Hulagú había entrado en una gran coalición con los cruzados, por medio del rey (cristiano) de Armenia, que era suegro del príncipe cruzado Bohemundo de Antioquía» (Rolf Palm, Los árabes. La epopeya del Islam, Javier Vergara, Buenos Aires, 1980, p. 331).



«Lo que hizo particularmente notable la victoria de los mamelucos fue que gran parte de su caballería del ejército mongol la constituían turcos, vecinos de los mongoles de la estepa, quienes aprovechaban encantados la oportunidad de pillaje que ofrecía la irrupción de Gengis Kan desde Asia central; y así, en Ain Jalut, fueron según el historiador árabe Abu Shama (6) “derrotados y destruidos por hombres de los suyos”, aunque más exacto sería decir que fueron vencidos por hombres de su propia raza, soldados mamelucos muy especiales, criados y entrenados por el Islam (...) No obstante, el momento decisivo parece que se dio cuando el sultán Qutuz entró en la lid al grito de “Oh, Islam”, lo que nos recuerda que los mamelucos eran servidores militares de una religión belicosa, mientras que sus adversarios no compartían credo alguno. También fue de importancia capital que las tropas de Baybars contasen con gran experiencia militar, adquirida en la lucha con los temidos cruzados, y reforzada por los inagotables entrenamientos y la disciplina de la escuela militar mameluca» (John Keegan: 1995, pp. 58-59 y 261).

Paradójicamente, a partir del jan Mahmud Ghazán (g. 1295-1304) —restaurador del Islam en Irán—, los mongoles se harán paulatinamente musulmanes y tendrán sabios y científicos de la talla de Ulug Beg (1394-1449) —astrónomo, historiador, teólogo, poeta y mecenas de las artes—, y políticos y guerreros como Zahiruddín Muhammad Babur (1483-1530) —fundador de la dinastía mogol de la India musulmana (1526-1858), que revitalizarán y consolidarán el Islam en el Lejano Oriente.



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