Jacob Needleman El cristianismo olvidado



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Jacob Needleman

El cristianismo olvidado

Un viaje de reencuentro

Editorial Estaciones

© Editorial Estaciones

Primera edición: septiembre 1992

Título original en inglés: “Lost Christianity

Traducción: Inés Frisd

Portada: Dto. Arte Editorial Troquel S.A.

ISBN 950-16-0206-0

Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723.

Impreso en Argentina Printed in Argentina

Todos los derechos reservados.

No puede reproducirse ninguna parte de este libro por ningún

medio electrónico, mecánico, incluyendo fotocopiado, grabado,

xerografiado, o cualquier almacenaje de información o

sistema de recuperación, sin permiso escrito del editor.
INTRODUCCION
Las “antiguas religiones”

La intención de escribir este libro surgió por primera vez hace algunos años mientras estuve entrevistando sacerdotes cristianos y judíos acerca del tema del desafío que presentan las “nuevas religiones”. En aquel tiempo, el vuelco hacia las enseñanzas orientales acababa de comenzar y estaba todavía limitado, principalmente, al ámbito de la juventud. Era obvio que se estaba iniciando un despertar religioso en América, y era igualmente obvio que esto alejaba a mucha gente de las instituciones espirituales de Occidente en vez de acercarlas. Yo deseaba conocer qué pensaban cristianos y judíos acerca del tema, y cómo iban a responder al desafío.

En reuniones con obispos, sacerdotes, pastores y rabinos, por toda América y Europa, pronto me dí cuenta de que se estaba produciendo todo un movimiento de búsqueda espiritual y no sólo por reacción a la religiosidad no convencional de los jóvenes. Comencé a sospechar que las nuevas religiones no eran el único signo de que un nuevo aliento comenzaba a vivificar las agonizantes prácticas espirituales de nuestra cultura. Me surgió la pregunta: ¿no se estará produciendo quizás también dentro de la aparente confusión de las “antiguas religiones” una secreta fermentación?

Ciertamente, el hambre de aquellos que deseaban permanecer dentro del rebaño de la cristiandad era a menudo tan intenso o aún mayor que la motivación de muchos de los que se volcaban a las religiones de Oriente. De hecho, de todas las experiencias que tuve mientras investigaba el material para mi libro sobre las nuevas religiones, ninguna ha quedado tan firmemente en mi memoria como mi encuentro con cierto obispo.

Habíamos estado hablando durante varias horas acerca de la atracción de las religiones orientales. Hacia el final de nuestra entrevista nos trajeron café y sandwiches y yo dejé mi anotador a un lado. La conversación se tornó informal y sin resguardos. Le mencioné que en mi propio trabajo académico como profesor de Filosofía y Religión había comenzado a percibir cosas en la Biblia que nunca había imaginado encontrar. Estaba comenzando a darme cuenta de que todo lo que había visto en las enseñanzas orientales estaba también contenido en el judaísmo y en el cristianismo, si bien el lenguaje de la Biblia era prácticamente impenetrable por hallarse tan impregnado de asociaciones familiares.

Frente a esto, asintió rápidamente mostrando su acuerdo, con una especie de sagacidad que en cierto modo me hizo sentir incómodo. En el momento siguiente no podía creer que estaba hablando con el mismo hombre. El conversador genial, relajado, había desaparecido. Hasta incluso su voz perdió resonancia. Habló nerviosamente de los esfuerzos que estaba realizando para introducir los métodos contemplativos en la vida de su diócesis. Trabajaba conjuntamente con varios psicólogos humanistas muy conocidos y él mismo había estudiado meditación Zen con esta finalidad.

Todo lo que decía parecía carente de convicción. Buscaba constantemente en mi rostro signos de aprobación y por fin esto me puso tan incómodo que abruptamente me salió decir, en un tono medio jocoso, “Bueno, siempre me imaginé que ustedes los líderes de la Iglesia tenían en algún lugar un monasterio secreto donde van a refrescar sus vidas interiores bajo la dirección de un sabio guía espiritual”.

Quedé perplejo frente a su reacción. Se inclinó hacia mí por encima de su enorme escritorio, sin ningún fingimiento y dejando de lado el sentido del rol, y simplemente preguntó: “¿Dónde? ¿Dónde está?”.


¿Qué están buscando los cristianos?
El rostro del obispo en ese instante y el sonido de su voz regresaban una y otra vez a mi recuerdo mientras escribí Las nuevas religiones y hasta mucho tiempo después de su publicación. Cada vez que me invitaban a hablar en congresos cristianos o judíos, yo veía ese rostro y escuchaba esa voz. Se habían tornado para mí el rostro de la religión occidental contemporánea y la voz de su carencia.
Comencé a intentar reunirme, siempre que me era posible, con líderes religiosos de todas las corrientes, particularmente cuando me enteraba de que estaban realizando esfuerzos por recuperar o recrear el contenido espiritual, interior, de su tradición. Pero invariablemente me retiraba con la misma sensación de frustración respecto de mi incapacidad para comprender qué estaba sucediendo.

Tengo ahora frente a mí, sobre mi escritorio, varios gruesos anotadores que detallan las entrevistas y consultas realizadas durante los últimos siete años.

Aquí tengo consignada una reunión con un grupo de pastores protestantes que buscaba “el retorno al cristianismo primitivo a través de la caridad y la meditación”.

Aquí están las notas que tomé cuando visité la comunidad ecuménica de Taizé, en Francia, “una comunidad que no está atada a ningún credo” y cuya “principal vocación” es “la pasión por la unidad del cuerpo de Cristo”.

Y aquí tengo el programa de un congreso “Oriente-Occidente” en el que participé hace varios años en Nueva York, programa “de unión a través del Espíritu Único que reúne todos los senderos que se dirigen a Dios a través del intercambio de la verdad entre cristianos, budistas, hindúes y musulmanes (…) rompiendo las barreras artificiales de cultura, raza y nacionalidad”.

Esta es mi conversación con una monja del catolicismo moderno que acababa de regresar de “una comunidad de eremitas cristianos” en el desierto de Arizona dedicada a “devolver al cristianismo el espíritu de conciencia contemplativa que la Iglesia ha olvidado”.

Esta es una charla que mantuve con un grupo de estudiantes judíos practicantes de “meditación cabalística” bajo la guía de un rabino muy conocido, y aquí está también la grabación de un debate dirigido por un líder de la ocmunidad jasídica Lubavicher de Nueva York, que busca retornar a todos los judíos nuevamente a la disciplina tradicional contemplativa de la “meditación sobre la Torá y la obediencia a los mandamientos del Creador”.

Sin embargo, lo último que escribí en estos anotadores tiene fecha de hace más de cuatro años. Entre entonce sy ahora no hay nada.

No es que no tuve más reuniones con líderes religiosos occidentales que se identificaba a sí mismos con la revolución espiritual. Por el contrario, dichos encuentros se produjeron cada vez con más frecuencia y a menudo no por mi iniciativa.

Sólo que, como veo ahora claramente, yo había abandonado la esperanza de comprender qué buscaban los cristianos en su propia religión.

Al mismo tiempo, se me hacía cada vez más claro que si la cristiandad recuperaba realmente su propia tradición esotérica, esto sería un desarrollo de enorme significación. Al usar este término, “esotérico”, quiero decir la cristiandad que trabaja, que efectivamente produce cambios reales en la naturaleza humana, transformaciones reales. Esta palabra es mucho mejor que la palabra “misticismo”, que ha terminado por ser aplicada sólo a un tipo de experiencia especial. Si alguna vez existió algo que podamos llamar tradición esotérica cristiana (o judaica), seguramente incluyó lo que ordinariamente entendemos por misticismo, pero sólo como un aspecto de un modo de vida y de lucha global con uno mismo.

¿Pero es esto lo que los cristianos estaban buscando? Si así fuera, y si pudiera ser encontrado, esto sería un evento que haría palidecer, por comparación, el fenómeno de las “nuevas religiones”. Al menos esto es lo que siempre me pareció.

De todos modos, finalmente llegué a la conclusión de que debía haber algo muy equivocado en el modo en que yo estaba encarando la situación del cristianismo y del judaísmo contemporáneos. ¿Por qué había sido tan profundamente tocado por la pregunta de ese obispo y sus vacilantes esfuerzos, más profundamente incluso que por la búsqueda de toda esa gente que se volcaba hacia Oriente? ¿Por qué me impacienté tanto al escuchar a ese rabino hablando sobre el significado de la Cábala e instando a su joven audiencia a meditar diariamente acerca del Nombre místico de Dios?

¿Por qué me alteró tanto esa monja que pasaba horas cada mañana leyendo los sermones del Gran Meister Eckhart y que me dijo que ella estaba poniendo en práctica las cosas acerca de las que él había escrito? ¿Por qué me corroía la irritación ante una organización de pastores protestantes que estaban conjuntamente practicando postraciones tibetanas para volver a la “sacralización del cuerpo humano” que, según ellos, fue la enseñanza original de Cristo?

¿Por qué ese sentimiento de frustración después de mi larga conversación con un jesuita que vivía en el Lejano Oriente quien, después de muchos años de trabajo con taoístas y budistas Chan, me dice que “podemos usar el budismo para aproximarnos a Dios, pero sólo el cristianismo nos puede introducir a Dios”.

¿Quién era yo para juzgar todo esto? Yo, que sólo había aprendido acerca del cristianismo a través de los libros y que sólo había aprendido acerca del judaísmo escapándome de él en los primeros años de mi vida. Mis conocidos me preguntaban: ¿Por qué estás tan interesado en el cristianismo? ¿Tú no eres cristiano, cierto?



Un monje cristiano
Fue con un genuino sentimiento de alivio como finalmente abandoné todos los planes de escribir acerca de los problemas que enfrentaba el cristianismo contemporáneo. Cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de cuán subjetivas eran mis propias opiniones y qué mezcladas estaban con el contenido de tantos libros leídos durante una carrera de quince años dando cátedra acerca de la historia del pensamiento cristiano. Es verdad que tenía fuertes sentimientos inspirados en el mensaje cristiano y que a través de mis estudios y mis encuentros con personas había llegado a concebir ciertas ideas que me parecían importantes para mi propia comprensión de la situación actual de la iglesia. Pero todo eso sólo aumentaba mi sentimiento de ser un extraño respecto de los esfuerzos personales de los cristianos actuales por redescubrir la esencia de la enseñanza.

Mi decisión y las razones que me llevaron a ella, se fortalecieron a raíz de un encuentro casual, producido en diciembre de 1975, con un hombre que se refería al cristianismo de un modo que nunca antes había yo oído, ni en el ámbito académico ni en las numerosas entrevistas que había tenido. Este encuentro tuvo lugar durante mi participación en un congreso en el Lejano Oriente. Sentado entre la audiencia, en las últimas filas, había un hombre mayor, de aspecto interesante, oriundo de Occidente, quien de tanto en tanto presentaba a los miembros del panel alguna pregunta significativa. Terminados los tres días del congreso, me encontré casualmente de pie junto a él en la fila que esperaba para abordar el avión de Bagkok a Hong Kong.

Hablaba inglés con un fuerte acento que nunca pude identificar.

Se aproximaba nuestro turno de presentar pasajes cuando oímos el anuncio de que el vuelo se retardaría una hora, de modo que nos dirigimos juntos al comedor del aeropuerto a tomar café. Pasamos allí el tiempo charlando amablemente. Cuando estábamos por regresar a la zona de embarque, escuchamos otro aviso que informaba que, debido a problemas con los motores, nuestro vuelo se retardaría otra hora. Ambos sabíamos lo que esto significaba: dos, tres, quizás cuatro horas o más. Pedimos más café y algo para comer y entonces comenzamos a hablar seriamente.

Me sorprendió enterarme de que este hombre era un “monje cristiano”. Uso las comillas no porque dudara de él sino porque fue solo esto lo que llegué a saber acerca de su identidad. No pareció haber un momento apropiado en que pudiera siquiera preguntarle el nombre, y cuando traté de descubrir a qué orden pertenecía, sólo me dijo que estaba situada “en Medio Oriente” y que era “bastante antigua”. Sin embargo, por extraño que parezca, en ningún momento tuve la impresión de que fuera secretivo o estuviera ocultándome algo. Por el contrario, cuando después de alrededor de tres horas nuestra conversación había terminado, me sentía anegado, completamente inundado, con más ideas e información acerca de la tradición cristiana de lo que me era posible manejar. Quiero decir que no sólo fue abrumadora la cantidad de material que me dio, sino, y mucho más significativo, que la naturaleza de su pensamiento era extraordinaria; a tal punto que durante la conversación y por mucho tiempo después me encontré revisando casi todo lo que alguna vez pensé acerca del cristianismo.

“Revisando” no es en realidad la palabra correcta. Sería más adecuado decir que de este notable “monje cristiano” escuché cosas formuladas plenamente, cosas que hasta ese momento sólo había levemente imaginado como pertenecientes a la enseñanza cristiana. Mucho de lo que dijo –acerca de la naturaleza de la práctica espiritual cristiana, de la interpretación de las Escrituras, consideraciones sobre moral, misticismo, metafísica, el alma, el lugar de la Iglesia, y además- era, sin exagerar, extremadamente antiortodoxo. En más de un momento tuve el impulso de exigirle “pruebas”, pero él había activado en mí algo que era más fuerte que la parte del académico/profesor de mi naturaleza. Y temí que si transformaba la conversación en una controversia él se sentiría menos libre de decir lo que pensaba.

Pero por encima de todas estas consideraciones, había algo acerca del hombre mismo que me llevaba a escuchar en vez de a discutir. Era una calidad que estoy comenzando a reconocer como presencia. No diré más acerca de esta calidad ahora; salvo que, entre otras cosas, otorgaba a lo que él decía el sello de la autoridad.

Para cuando abordamos nuestro avión yo ya estaba ansioso por quedarme solo con mi anotador para poder escribir algunas de las cosas que había dicho. Viajó conmigo hasta Tokio y nos separamos con un cálido abrazo. Sólo cuando el avión estuvo nuevamente en el aire comencé a reprocharme el no haber tratado de buscar la manera de poder contactarlo nuevamente. Más tarde me reproché mucho más por no haber bajado del avión con él.

De tanto en tanto, durante el vuelo de regreso a América, traté de recordar la conversación. Pero aunque llené muchas páginas de mi anotador, tenía la impresión de que de algún modo estaba distorsionando la mayoría de sus ideas incluso por el mismo hecho de escribirlas. Me di cuenta de que él había estado hablando hacia un “lugar” en mí mismo y que yo ya no estaba en ese “lugar”. Mi buena memoria, que yo siempre consideré un instrumento bastante bien desarrollado, era ahora patéticamente inadecuada.

Pero lo que sí retuve fue algo de extrema importancia para mí. Por el encuentro con este hombre inolvidable, me dí cuenta de que en realidad existen mundos sobre mundos en el cristianismo acerca de los cuales ni yo ni nadie que yo conozca sabemos nada en absoluto. Con esto no me refiero a los detalles intrincados de la Teología Cristiana de todos los siglos ni al millón de aspectos de la historia de la Cristiandad en las naciones del mundo. Ni me refiero al calidoscopio de formas rituales que caracterizan las prácticas de diferentes denominaciones dentro de la tradición.

Entiendo que todo esto que he mencionado tiene su importancia y que es muy necesaria su ponderación. Pero de lo que estoy hablando es de algo completamente diferente. Tiene relación con una parte de nuestra conversación que se distingue muy claramente en mi mente ahora mismo mientras estoy escribiendo.

Ya hacía bastante tiempo que habíamos terminado nuestra cena. Rompiendo uno de los varios largos silencios que se produjeron, le dije: “Lo que necesito comprender es cuál es el corazón del cristianismo. Debe existir algo como el corazón, el núcleo interior. Pero no sé a través de qué caminos dentro de mí mismo puedo comenzar a sentir esta naturaleza interior de la enseñanza. No sé qué tipo de percepciones o impresiones harán surgir la intuición de lo que el cristianismo es. Deseo conocer cuál es el ser del cristianismo.

A esto él respondió: “También mi pregunta es esa”.

El padre Sylvan
De regreso en América, no tenía ya la tentación de escribir acerca del cristianismo. Si antes de esto ya me había sentido un extranjero, en función de mi origen, ahora me daba cuenta de que todas mis ideas acerca de la posible existencia de una “tradición oculta” del cristianismo contenían probablemente tanto de fantasía como de realidad. Quiero decir que por conocer a este hombre estaba más convencido que nunca de que tal tradición existe, pero, al mismo tiempo, estaba igualmente convencido de que acceder a esa tradición era mucho más difícilde lo que me había imaginado, incluso en términos de vislumbrar sus principios teóricos generales para no mencionar sus métodos y disciplinas prácticas. Vi qué ingenuo había sido creer que el “cristianismo olvidado” se me haría visible del mismo modo que las religiones de Asia se estaban dejando conocer en el mundo moderno.
Una mañana, cerca de un año después, llegué a mi oficina en la universidad y encontré un gran paquete semidestrozado, con sellos egipcios. No presentaba remitente. La envoltura exterior estaba rota y el contenido había sido asegurado con alambres en el Servicio Postal. Trozos del hilo de la atadura original colgaban todavía en algunos lugares. Se podía ver que era un manuscrito que se había dañado en el acarreo y mi único deseo era la esperanza de que el pobre autor no me hubiera enviado su única copia. Dejé el paquete a un lado y no lo abrí hasta que estuve de regreso en casa, tarde por la noche.

Cuando al fin lo abrí no pude al principio encontrarle ni pies ni cabeza. Había bastante más de mil páginas manuscritas, algunas de ellas empapadas y rotas. La escritura era bastante difícil de descifrar, y a primera vista ni siquiera estuve seguro de que estaba escrito en inglés. La carátula, que parecía ser una especie de carta introductoria, había llegado a cargar tanta agua que no quedaba más que un borrón. Nuevamente lo puse a un lado y luego de atender otros trabajos, me acosté.

A la mañana sigueinte, antes de salir para la universidad, miré nuevamente el paquete. Quedé estupefacto cuando de repente me dí cuenta de lo que era. La escritura parecía ahora, por alguna razón, mucho más legible, y hasta se podía leer la carta introductoria, a pesar de la tinta borroneada. Eran sólo unas pocas líneas:
Estimado profesor Needleman:

El padre Sylvan, que murió hace un mes, dejó dispuesto que estos papeles le fueran enviados a usted. En Cristo el Salvador.

(Sin Firma)
No puedo describir los sentimientos que me embargaron en ese momento. En mi pecho surgió una sensación de calor que me acompañó todo el día.

Por la tarde, no podía pensar en otra cosa que no fuera el manuscrito que estaba en casa sobre mi escritorio. Mis alumnos creyeron que yo estaba enfermo. Cuando regresé a casa, me encerré en mi estudio y comencé a leer. Tenía la intención de pasar toda la noche y todo el día siguiente, si era necesario, leyendo. Cancelé todas mis citas e informé a los de la casa que no deseaba ser interrumpido por ninguna razón.

Por extraño que parezca, el sentimiento más persistente que tenía era una sensación de gratitud por conocer al fin el nombre de aquel hombre: padre Sylvan. Tenía la esperanza de encontrar en esos papeles todas las otras cosas que deseaba saber acerca de él: su origen, la orden monástica a la que pertenecía, dónde estaba situado el monasterio, etc. Pero no había en el manuscrito información de esa clase.

Mi intención de recorrer la totalidad del manuscrito sin interrupción fue rápidamente dejada de lado. Luego de escasamente una hora de lectura tuve que abandonarlo. No pude retomarlo hasta el día siguiente, y nuevamente entonces sólo pude leer unas pocas páginas y detenerme para digerir las ideas que contenían.

Leyendo de este modo, me tomó más de dos meses recorrer el manuscrito completo. Cuando terminé, estaba convencido de que tenía en mis manos un documento que podía revolucionar la comprensión moderna de la religión cristiana. Por otro lado, sabía que muchas de las ideas serían completamente inaceptables para la mayoría de la gente, como de hecho muchas lo eran para mí.

¿Qué hacer? Seleccioné las que me parecieron las partes más sorprendentes y audaces del texto, las hice mecanografiar en papel común de máquina de escribir, las reuní en una carpeta. Luego se las mostré a un colega especializado en estudios bíblicos con quien en el pasado había tenido interesantes conversaciones. Como explicación de los errores gramaticales, le dije que el texto era una traducción literal al inglés de un tratado escrito por un teólogo ruso que me había sido entregada para que la editara y publicara en mi serie Metaphysical Library.

No me sorprendió del todo cuando una semana después, mi colega me devolvió el manuscrito con risa desdeñosa. “Francamente”, dijo, “sólo llegué a leer la mitad de todo este disparate. No hay ni una afirmación sustancial en todo el paquete. El hombre está obviamente en su camino personal, y este lo está llevando a su propio mundo de ilusiones”.

Otro colega, también especializado en el Nuevo Testamento, reaccionó de manera similar. Para él, no era más que “un gnosticismo recalentado con una pizca de alegorización pseudo-mítica”. Y agregó: “Es increíble que alguien que se llama a sí mismo teólogo cristiano desdeñe tanto la historicidad de Cristo. De cualquier modo, el hombre ignora completamente los últimos métodos del criticismo bíblico”.

Entonces hice una nueva selección del material del manuscrito, y lo hice mecanografiar como antes luego de remozar un poco la gramática. Esta vez, traté de hacer una selección tan representativa como me fuera posible, agregando partes que eran relativamente directas y convencionales (a pesar de que no había nada en el texto que fuera totalmente convencional) e incluyendo algunas de las partes más livianas en las que el padre Sylvan exhibía un sentido del humor en cierto modo cáustico. Incluí también secciones escritas a modo de diario de viaje (aparentemente él había investigado varias culturas a lo largo del mundo, no como misionero sino como participante).

Una vez más mostré el texto a amigos y colegas, contándoles una historia ficticia similar acerca del autor.

Las respuestos fueron mucho más positivas pero igualmente desalentadoras para mí. Todos festejaban lo que el padre Sylvan decía acerca de la vida pero ignoraban completamente lo que decía acerca del cristianismo. Un viejo amigo mío sugirió que yo había inventado al padre Sylvan.

Ahora estoy aquí, preguntándome qué hacer verdaderamente. Por un lado están estos cientos de páginas de escritos que, de todos modos, me conmueven muy profundamente; y son acerca del cristianismo … ¿Ciertamente lo son? ¿Están todos los críticos en lo cierto? ¿Pudiera ser que el fuego que estas ideas generaron en í no tenga nada que ver con el cristianismo, después de todo? Y: ¿los cristianos que están en la búsqueda del núcleo práctico, místico de la tradición occidental, están en realidad buscando algo que a mí no me interesa?.

Veo claramente que la cuestión de un cristianismo perdido es una pregunta acerca de mí mismo. Es una idea extraordinaria. Por un lado está lo que millones de personas han estado diciendo acerca del cristianismo durante cientos de años; por el otro, está el sentimiento de una búsqueda que yo personalmente experimento respecto de lo que entiendo por ideas religiosas occidentales junto con –en ese momento- este manuscrito peculiar que me conmueve tan profundamente.

Ya no se trata simplemente de si este manuscrito es adecuado o no, correcto o no, auténtico o no. Ya no se trata de mi presunción de decir algo acerca de un tema del cual no tengo derecho a hablar. Soy yo mismo el que está en cuestión, mi propio sentimiento de lo que soy, de lo que necesito conocer para poder empezar a vivir.

PRIMERA PARTE
Tres cristianos

CAPÍTULO UNO


El metropolitano Anthony de Sourozh
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