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James Graham BALLARD

Contenido:

Reseña biográfica y bibliográfica.
Agujero para tres hombres

Ahora cero

Bilenio

Catástrofe aérea

Cronópolis

¿Cual era el doble?



Cuando el mundo se disuelva

El astronauta muerto

El delta en el crepúsculo

El día eterno

El gigante ahogado

El hombre iluminado

El hombre imposible

El jardín del tiempo

Escape

La Gioconda del mediodía crepuscular

La jaula de los reptiles

Las tumbas del tiempo

Los locos

Mangon

Pájaro de tormentas, soñador de tormentas

Tiempo de pasaje

Trece a Centauro

RESEÑA BIOGRAFICA DE


J. G. Ballard

(De Wikipedia)


James Graham Ballard (18 de noviembre de 1930) es un escritor británico de ciencia ficción. Un gran número de sus escritos describen distopías (*).

Nace en Shangai. Durante la Segunda Guerra Mundial fue encerrado en un campo de concentración japonés, experiencia que relataría en su obra El imperio del sol y que más tarde llevaría al cine Steven Spielberg en la película homónima.

En 1946 su familia se traslada a Gran Bretaña e inicia estudios de medicina en la Universidad de Cambridge, aunque no los completará. Trabaja como redactor en un periódico técnico y como portero del Covent Garden antes de incorporarse a la RAF en Canadá, como piloto. Más tarde trabajaría como adjunto a la dirección de una revista científica.

Sus primeros cuentos datan de 1956 y en los años 60 se convierte en uno de los autores de referencia de la llamada Nueva Ola de la ciencia ficción inglesa.


Bibliografía


  • El huracán cósmico, también publicada como El viento de la nada (1962)

  • Bilenio (1962) (recopilación de cuentos)

  • Las voces del tiempo (1962) (recopilación de cuentos)

  • El mundo sumergido (1963)

  • Pasaporte a la eternidad (1963) (recopilación de cuentos)

  • Playa terminal (1964) (recopilación de cuentos)

  • La sequía (1964)

  • El mundo de cristal (1966)

  • El hombre imposible (1966) (recopilación de cuentos)

  • Zona de catástrofe (1967) (recopilación de cuentos)

  • The Overloaded Man (1967) (recopilación de cuentos)

  • La exhibición de atrocidades (1970) (recopilación de cuentos)

  • Chronopolis (1971) (recopilación de cuentos)

  • Vermilion Sands (1973) (recopilación de cuentos)

  • Crash (1973) (adaptación cinematográfica de David Cronenberg, en 1997)

  • La isla de cemento (1974)

  • Rascacielos (1975)

  • Aparato de vuelo rasante (1976) (recopilación de cuentos)

  • Compañía de sueños ilimitada (1979)

  • Hola, América (1981)

  • Mitos del futuro próximo (1982) (recopilación de cuentos)

  • El imperio del sol (1984) (adaptación cinematográfica de Steven Spielberg, en 1987)

  • El día eterno (1985) (recopilación de cuentos)

  • El día de la creación (1987)

  • Furia Feroz (1988)

  • Memories Of The Space Age (1988) (recopilación de cuentos)

  • War Fever (1990) (recopilación de cuentos)

  • The Kindness Of Women (1991)

  • Noches de cocaína (1994)

  • Rushing To Paradise (1996)

  • Guía del usuario para el nuevo milenio (1996) (recopilación de cuentos)

  • Super-Cannes (2000)

  • The Complete Short Stories of J. G. Ballard (2001)

  • Millennium People (2003)

  • JG Ballard: Quotes (2004)

  • JG Ballard: Interviews (2005)

(*) Distopía

Una distopía es aquella sociedad que se considera indeseable, por algún motivo determinado. El término fue acuñado como antónimo de utopía y se usa principalmente para hacer referencia a una sociedad ficticia (frecuentemente emplazada en el futuro cercano) en donde las tendencias sociales se llevan a extremos apocalípticos.

De acuerdo al Oxford English Dictionary, el término fue acuñado a fines del siglo XIX por John Stuart Mill, quien también empleaba el sinónimo creado por Bentham, cacotopía, al mismo tiempo. Ambas palabras se basaron en el término utopía, entendido como eutopía o el lugar en donde todo es como debe ser. De ahí, entonces, se deriva distopía, como un lugar donde no ocurre tal cosa. Comúnmente, la diferencia entre utopía y distopía depende del punto de vista del autor de la obra.

Los textos basados en distopías surgen como obras de advertencia, o como sátiras, que muestran las tendencias actuales extrapoladas a finales apocalípticos. Es así que difieren de las utopías, que no se basan en la sociedad actual, sino que transcurren en una época y un lugar remotos o luego de un quiebro en la continuidad histórica (por ejemplo, las obras de H. G. Wells).

Las distopías guardan mucha relación con la sociedad actual. Una gran cantidad de historias de ciencia ficción ambientadas en un futuro cercano y etiquetado como cyberpunk utilizan una ambientación distópica, en que el mundo se encuentra dominado por las grandes transnacionales tecnológicas y los gobiernos se vuelven cada vez más irrelevantes.

La ciencia ficción postapocalíptica se caracteriza por transcurrir frecuentemente en una distopía.

AGUJERO PARA TRES HOMBRES

Durante los primeros días, todo fue bien.

—Manténganse lejos de las ventanas y no piensen en ellas —les dijo el doctor Neill—. Es necesario. A las once y treinta o a las doce, bajen al gimnasio y hagan ejercicio con un balón o jueguen al tenis. A las dos se proyectará para ustedes una película en el teatro Neuro. Lean los periódicos durante un par de horas, escuchen algunos discos. Bajaré a las seis para eliminar esos aminorresiduos.

—¿No existe posibilidad de un apagón repentino, doctor? —preguntó Avery.

—Absolutamente ninguna. Si están cansados, procuren descansar. Esto es algo para lo que, de momento, tendrán dificultades. Recuerden que están quemando solo tres mil quinientas calorías; por eso su nivel cinético, y lo notarán más cada día, debe ser casi un tercio más bajo. Deben hacer cosas sencillas, racionadas. La mayoría de ellas han sido programadas para ustedes, pero el aprender a jugar al ajedrez aguzará sus reflejos.

—Doctor, si queremos —preguntó Gorrell—, ¿podemos abrir las ventanas?

El doctor Neill sonrió.

—No se preocupe. Los alambres están cortados. No podrán dormir ahora, aunque lo intenten.

Neill esperó hasta que los tres hombres hubieron abandonado la sala de conferencias para regresar al Ala de Recreación. Después bajó del estrado y cerró la puerta. Era un hombre de unos cincuenta años, de estatura mediana y ancho de espalda, con un cuello musculoso y facciones delicadas. Tomó una silla y se sentó a caballo.

—¿Y bien? —preguntó.

Morley estaba sentado junto a la pared del fondo, con los pies sobre una mesa jugueteando con un lapicero. A sus treinta años, era el miembro más joven del equipo que trabajaba en el Clínico bajo la dirección de Neill, pero notó que su superior esperaba una respuesta.

—Todo parece marchar perfectamente —dijo—. La convalecencia ha pasado y todos los órganos funcionan bien. He visto esta mañana por rayos X su columna vertebral y todo parece cicatrizado con normalidad.

—Parece como si no lo aprobara.

Morley sonrió y se puso en pie.

—Desde luego, no lo apruebo.

Paseó entre las mesas, con la americana desabrochada y las manos en los bolsillos del pantalón.

—No estoy de acuerdo con usted en algunos puntos. El juego acaba de empezar, pero los huéspedes están en buena forma. No hay duda sobre esto. Yo creo que tres semanas es poco tiempo para sacarlos de su hipnosis; pero, seguramente, ha acertado usted. Esta noche es la primera que ellos están conscientes. Veremos cómo se encuentran mañana.

—¿Qué espera usted? —interrogó Neill—. ¿Una regeneración masiva de la médula?

—No —respondió Morley—. Los tests psicométricos no han mostrado nada. Ni un simple trauma.

Miró el diagrama, y luego se volvió hacia Neill.

—Aunque, con las naturales reservas, creo que tendrá usted éxito.

—Quizá algo más que éxito. He eliminado los pequeños rasgos y complejos, las insignificantes fobias agresivas, los pequeños cambios en la psique. Muchos de ellos, al menos, no aparecen en los tests. Sin embargo, si he dado en el blanco, ha sido gracias a usted, John, y a todo el equipo. Ha sido un acierto de todos.

Morley murmuró algo, pero Neill le interrumpió.

—Nadie se ha dado cuenta; pero este es un avance tan grande como cuando el primer ser vivo salió del mar de protozoos hace trescientos millones de años. Por fin hemos liberado la mente de la primitiva necesidad de dormir. Quitándoles el sueño, hemos añadido veinte años a las vidas de esos hombres.

—Sólo espero que comprendan lo que hemos hecho con ellos —comentó Morley.

—Reflexione, John. Eso no es un argumento. Lo que ellos hagan con su tiempo no nos incumbe. Harán lo mismo que nosotros cuando tuvimos nuestra oportunidad. Es demasiado pronto para pensar en eso, pero recapacite en la universal aplicación de nuestra técnica. Por primera vez, el hombre vivirá las veinticuatro horas del día, sin desperdiciar un tercio como un inválido, soñando durante ocho horas con cosas de erotismo infantil.

Neill entornó sus ojos.

—¿Qué es lo que le preocupa? —preguntó.

Morley hizo un gesto vago con la mano.

—No estoy seguro. Es como...

Jugueteó con el cerebro de plástico rojo colocado cerca de la pizarra. La imagen de Neill se reflejaba en él totalmente desfigurada, con una cara sin barbilla y un cráneo abombado. Sentado entre los pupitres del salón de conferencias, miraba como un genio loco que estuviera esperando un examen que nadie podía hacerle.

Morley acarició el modelo con el dedo, mirando la extraña imagen.

—Sé que todo lo que usted ha hecho ha sido cerrar algunos de los lazos en el hipotálamo, y sé también que los resultados serán espectaculares. Probablemente será la mayor revolución social y económica desde el pecado original. Pero, por alguna razón, no puedo apartar de mi pensamiento la historia de Chejov: el hombre que acepta una apuesta de un millón de rublos comprometiéndose a estar solo y sin hablar con nadie durante diez años. Lo intenta, casi lo consigue; pero un minuto antes de la hora señalada abandona deliberadamente la habitación. Desde luego, está loco.

—¿Y bien?

—No lo sé. He pensado sobre esto toda la semana, pero no puedo ver el obstáculo.

Neill sugirió entonces:

—Supongo que trata de insinuar que dormir es una especie de actividad común, y que ahora esos tres hombres están aislados, alejados del grupo de inconscientes. ¿Es eso?

—Quizá.


—No tiene sentido, John. Cuanto más podamos eliminar la inconsciencia, mejor. Estamos rellenando algunos pantanos. Psicológicamente, dormir no es sino un inconveniente síntoma de anoxemia cerebral. Lo malo no es el dormir, sino el sueño. Usted se aferra a su entrada de preferencia para el sicalíptico espectáculo de los sueños.

—No —replicó Morley—; lo que quiero decir es que, para bien o para mal, Lang, Gorrell y Avery tropiezan ahora con ellos mismos. Por la duración. Nunca se acostumbrarán a permanecer solos durante ocho horas. ¿Cuánto tiempo puede usted estar con ellos? Usted necesita ocho horas diarias para recuperarse. Recuerde que no siempre vamos a estar uno de los dos entreteniéndolos con tests y con películas. ¿Qué pasará si se hartan de ellos mismos?

—No lo harán —respondió Neill.

Se levantó, repentinamente cansado de las preguntas de Morley.

—El tiempo total de sus vidas será menor que el nuestro, pero ese estado de tensión no cristalizará. Nosotros les pareceremos pronto un grupo de maniáticos depresivos, moviéndonos durante medio día apresuradamente, como derviches, y sumiéndonos después en el estupor la otra mitad.

Se dirigió a la puerta.

—Bien; estoy casi en el fondo de mi curva. Le veré a las seis en punto.

Abandonaron el salón y se adentraron en el largo pasillo.

—¿Qué va usted a hacer ahora? —preguntó Morley.

—¿Qué cree usted? —respondió Neill—. Retirarme y desearme a mí mismo felices sueños.


*  *  *

Poco después de medianoche, Avery y Gorrell jugaban al tenis en el gimnasio. Eran expertos jugadores y pasaban la pelota de un lado a otro con el mínimo esfuerzo. Ambos se sentían fuertes; Avery sudaba copiosamente, pero más por causa de los potentes focos luminosos pendientes del techo —que mantenían, por cuestión de seguridad, una constante ilusión de día continuo— que por el excesivo ejercicio. Alto, de rostro enjuto, no hablaba para nada con Gorrell, concentrándose en el juego. Sabía que no podía fatigarse, pero al jugar llevaba cuidadosamente el ritmo de su respiración y miraba de reojo el reloj, pendiente de los descansos cada cuarto de hora.

Gorrell, entre golpe y golpe, recorría con su vista el gimnasio, con paredes como las de un hangar, un suelo liso y deslumbrantes focos en el techo. De cuando en cuando, de un modo maquinal, llevaba su mano a la cicatriz circular entre sus mastoides.

En el centro del gimnasio había un par de sillones y un sofá, colocados alrededor de un gramófono, y allí Lang jugaba al ajedrez con Morley, que cumplía su parte de guardia nocturna. Lang tenía fija toda su atención en el tablero. Su aspecto era agresivo, con un cabello como alambres, y nariz y boca pequeñas. Jugaba regularmente contra Morley desde que había llegado al Clínico, cuatro meses antes, y los dos estaban casi empatados a victorias, con alguna pequeña ventaja a favor de Morley. Pero esa noche Lang había hecho una nueva apertura, y después de unos diez movimientos había completado su expansión y empezado a destruir las defensas del médico. Su pensamiento se sentía claro y preciso, enfrascado en el juego, a pesar de que había sido esa misma mañana cuando él y los otros habían salido del nebuloso mundo de la posthipnosis, en el que habían estado sumidos durante tres semanas.

A su espalda estaban las oficinas de la unidad de control, y mirando sobre sus hombros podría ver una cara observándole por la mirilla circular de una de las puertas. Aquí, en constante alerta, un grupo de enfermeros e internos vagaban por los corredores de emergencia (la puerta final, que daba a una pequeña habitación con tres camas, estaba constantemente vigilada). Tras unos momentos, la cara desapareció, y Lang sonrió al pensar en la complicada máquina que le guardaba. Confiaba plenamente en Neill y tenía una fe absoluta en el éxito del experimento. Neill le había asegurado que, en el peor de los casos, la repentina acumulación de metabolites en su corriente sanguínea podía provocar un nuevo sopor, pero su cerebro sería inigualable.

—Fibra nerviosa, Robert —le había dicho Neill—. Sin fatigas, la mente no puede cansarse.

Mientras esperaba que Morley moviese, miró el reloj, fijo en la pared. Las doce y veinte. Morley bostezó, sintiendo sus músculos entumecidos. Parecía cansado, aburrido. Se recostó en el sillón, con la cara apoyada en la mano. Lang reflexionaba en lo endebles que parecen en seguida los que duermen, sus mentes abrumadas cada noche bajo la carga de toxinas acumuladas. Entonces se acordó de que en ese mismo momento el propio Neill estaría durmiendo. Y se formó una curiosa y desconocida imagen del doctor, echado en la cama, dos pisos más arriba, con su metabolismo inactivo y su pensamiento ausente.

Lang rió su propia agudeza, y Morley le comió la torre que acababa de mover.

—Está ciego. ¿Qué es lo que ha hecho?

—No —dijo Lang, riendo de nuevo—. Acabo de descubrir que estoy despierto.

Morley gruñó.

—Lo anotaremos como una de las incidencias de la semana.

Colocó de nuevo la torre, levantó la vista y miró a los jugadores de tenis. Avery corría tras la pelota, fuertemente impulsada por Gorrell.

—Parecen encontrarse perfectamente. ¿Y usted?

—Me siento completamente bien.

Los ojos de Lang recorrieron el tablero y movió antes de que Morley pudiera respirar.

Por lo general continuaban hasta acabar el juego, pero esa noche Morley consintió en terminar en el vigésimo movimiento.

—Bien —dijo encorajinado—. Neill no le duraría nada. ¿Otra partida?

—No. Actualmente el juego me aburre un poco. Creo que esto será un problema.

—Hágale frente.

Lang sacó uno de los álbumes de Bach. Puso en el tocadiscos uno de los conciertos de Brandemburgo, moviendo sus pies al compás de la música. Morley pensaba: «Loco. ¿Hasta dónde podrá llegar? Hace tres meses era solamente un experto en jazz

Las horas pasaban con rapidez. A la una y media abandonaron el gimnasio y fueron al laboratorio de Cirugía, donde Morley y uno de los internos comprobaron sus pulsaciones y reflejos.

Vestidos de nuevo, fueron a la cafetería y, sentados en las banquetas, se preguntaban cómo llamarían sus dos nuevas comidas. Avery sugirió: «Aperitivo», y Morley: «Bocado».

A las dos ocuparon sus sitios en el teatro de Neurología, y estuvieron un par de horas viendo películas sobre sus ejercicios hipnóticos de las tres semanas pasadas.

Cuando acabó el programa volvieron al gimnasio, notando la influencia de la noche. Estaban todavía descansados y alegres; Gorrell conversaba con Lang sobre algunos episodios de los filmes, imitando su estado de trance.

—Los ojos cerrados, la boca abierta —le decía—. Mírate, casi continúas así ahora. Créeme, Lang: no estás despierto, estás como somnámbulo. ¿Verdad, doctor? —añadió, dirigiéndose a Morley.

Este ahogó un bostezo.

Los siguió por el corredor, haciendo lo posible por mantenerse despierto, sintiendo como si fuese él y no los otros quien hubiera estado sin dormir durante tres semanas.

Entonces, cuando bajaban la escalera camino del gimnasio, ocurrió algo que llamó su atención y le dio la primera sensación clara de peligro.

El Clínico dormía. Siguiendo las órdenes de Neill, las luces de los corredores y de la escalera estaban apagadas. Las ventanas y las puertas por donde ellos debían pasar estaban cerradas. Todo estaba invadido por la oscuridad y el silencio.

Neill había insistido en este punto, para probar si existía un reflejo que asociara la oscuridad y el sueño.

—Admitámoslo. En algunos organismos la asociación constituye un reflejo. Los mamíferos más elevados necesitan para sobrevivir una serie de agudos aparatos sensitivos, combinados con una gran habilidad para almacenar y clasificar las informaciones. Adéntrelos en la oscuridad, corte el flujo de datos visuales a la corteza, y se paralizan. Dormir es un reflejo defensivo. Hace descender la velocidad metabólica, conserva la energía e incrementa la potencia del organismo.

A mitad de la escalera había una ventana cerrada, que durante el día se abría al parque del Clínico. Según pasaban ante ella, Gorrell se paró de súbito. Fue hacia la ventana y corrió el pestillo.

Sin abrirla, se volvió hacia Morley, que le miraba desde algunos peldaños más arriba.

—¿Tabú, doctor? —le preguntó.

Morley miró a los tres hombres. Gorrell estaba tranquilo, satisfaciendo aparentemente un simple capricho. Lang, apoyado en la barandilla, miraba con expresión de desinterés. Solo el enjuto rostro de Avery reflejaba expresión de ansiedad. Morley pensaba: «Las cinco de la mañana. Necesitan ducharse dos veces al día. ¿Por qué no estará ya Neill aquí? Sabe que buscarían una ventana en cuanto tuvieran la oportunidad.»

Vio que Gorrell le miraba y sonreía divertido.

—Ábrala si quiere. Como Neill dijo, los alambres están cortados.

Gorrell abrió, y sus ojos penetraron en la noche. Los espinos del parque tenían como fondo las bajas colinas. A lo lejos, un anuncio luminoso se apagaba y se encendía.

Ni Gorrell ni Lang manifestaron ninguna reacción, y su interés decayó en pocos minutos. Avery sintió una presión en el corazón, pero se dominó rápidamente. Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad. El cielo estaba claro y sin nubes, y en las estrellas distinguió el pasillo, lechoso y estrecho, de la galaxia. Lo contempló en silencio, sintiendo el aire frío en su cara.

Morley se apoyó en la ventana, cerca de Avery. Recordaba las palabras de Neill:

—En el hombre, dormir es un acto altamente volitivo, y el reflejo está condicionado al hábito. Pero el que hayamos extirpado los lóbulos hipotalámicos regulando el flujo de consciencia no quiere decir que este reflejo no vaya a descargar de otra forma. Esto puede traernos fácilmente complicaciones. Sin embargo, tarde o temprano tendremos que correr el riesgo y mostrarles una panorámica del lado oscuro del sol.

De pronto sintió que alguien le daba unos golpecitos en la espalda.

Era Lang.

—Doctor. Doctor Morley.

Salió de su meditación con un ligero sobresalto y vio que estaba solo en la ventana. Gorrell y Avery estaban a la mitad del otro tramo de escalera.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Nada —aseguró Lang—. Volvemos al gimnasio. ¿De acuerdo?

—Bien —contestó sonriendo—. Debo haberme quedado dormido.

Consultó su reloj: las cuatro y veinte. Había estado en la ventana un cuarto de hora. Todos parecían divertidos.

—Debe cuidar ese reflejo, doctor —dijo Gorrell—. Por si le interesa, puedo recomendarle un buen narcotomista.

Después de las cinco sintieron un descenso gradual de tono en los músculos de brazos y piernas. Los productos de desecho obstaculizaban sus tejidos. Las manos estaban sudorosas y entumecidas. Las plantas de los pies parecían de goma esponjosa. Era una sensación indefinida, porque no estaba unida a ningún síntoma de fatiga mental. Gorrell y Lang empezaron a pasear por el gimnasio; pero, finalmente, desistieron y se sentaron.

El entumecimiento aumentaba. Avery lo notó porque su piel parecía querer adherirse a sus pómulos y sus sienes martilleaban, produciéndole una fuerte jaqueca.

Pasaba las páginas de una revista, con sus manos que parecían de cera, esperando impaciente que el reloj señalara las seis.

Entonces apareció Neill, y los tres hombres parecieron revivir. Neill presentaba un aspecto fresco y elegante, y se balanceaba sobre las puntas de los pies.

—¿Cómo va la noche? —preguntó mirándolos, sonriente, uno por uno—. ¿Todo va bien?

—No demasiado mal, doctor —respondió Gorrell—. Es solo un pequeño caso de insomnio.

Neill rió, golpeándole amistosamente en la espalda, y luego los cuatro fueron a la sala de Cirugía.

A las nueve, después de una buena ducha, afeitados y con ropas limpias, se reunieron en el salón de conferencias. Se sentían frescos otra vez. El entumecimiento y el sopor habían desaparecido tan pronto como las gotas desintoxicantes habían caído sobre ellos, y Neill les dijo que antes de una semana sus riñones habrían ensanchado lo bastante para valerse a sí mismos.

Todas las mañanas y parte de la tarde trabajaban en series de tests para mostrar el coeficiente de inteligencia; Neill llevaba esto a rajatabla, planteándoles problemas numéricos y geométricos y haciéndoles formar cadenas de palabras.

Parecía más que satisfecho con los resultados.

—Cuanto menor es el tiempo, mayores son los signos de la memoria —señalaba a Morley cuando los tres hombres se marcharon a las cinco para el período de descanso. Después continuó, señalando los tests que llenaban la mesa—: montones de materia prima psíquica. Y usted estaba preocupado por la inconsciencia. Mire los tests de Lang. Créame, John: pronto tendré sus recuerdos sobre sus experiencias fetales.

Morley asintió, disipadas sus dudas anteriores.
*  *  *

En las semanas siguientes, él o Neill estuvieron constantemente con los tres hombres, sentados con ellos en el gimnasio, comprobando su asimilación de las ocho horas extra, vigilando cuidadosamente el menor síntoma de retroceso. Neill los llevaba de una fase del programa a otra, por medio de períodos de pruebas durante las lentas horas de las interminables noches, inyectando, con su poderosa egodinámica, entusiasmó a todos los miembros de la unidad.

Por su parte, Morley estaba preocupado por el incremento emocional de la amistad entre Neill y los tres hombres. Temía que llegaran a identificar a su superior con el experimento. Y recordaba el ejemplo del perro, la relación entre el toque de campana y las glándulas salivares del animal; pero un día la campana deja de oírse y el perro, acostumbrado a oírla antes de sus comidas, pierde, temporalmente, la habilidad de comer él mismo. El hiato apenas daña al animal; pero puede causar un gran desastre en un psique supersensitivo.

Neill prestaba a esto gran atención.

Terminando la primera de las dos semanas, Neill cogió un fuerte resfriado por haber estado toda la noche sentado en el gimnasio, y decidió quedarse todo el día en la cama. Llamó a Morley a su despacho.

—La transferencia es demasiado positiva. Necesitamos simplificarla un poco.

—Estoy de acuerdo. Pero ¿cómo?

—Dígales que estaré durmiendo cuarenta y ocho horas —dijo Neill, mientras cogía un montón de notas, láminas y tests y los colocaba bajo el brazo—. Me he proporcionado, deliberadamente, una sobredosis de sedante para descansar. Dígaselo también.

—¿No será un poco drástico? —contestó Morley—. Le odiarán por esto.

Pero el otro no respondió. Sonrió y se alejó camino de su dormitorio.


*  *  *

Aquella noche, Morley estaba de guardia en el gimnasio desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana. Como siempre, se aseguró de que los enfermos estaban en sus puestos, leyendo los diarios, con permiso del inspector, uno de los internos más antiguos, y se dirigió al círculo de sillas. Se sentó en el sofá, cerca de Lang, y comenzó a hojear una revista, sin dejar de observar cuidadosamente a los tres hombres. A la luz de los potentes focos, sus rostros estaban pálidos, con un leve tinte azulado.

El interno le había hecho notar que Avery y Gorrell llevaban mucho tiempo jugando al tenis; pero a las once abandonaron el juego y se sentaron en los sillones. Leyeron sin demasiado interés y fueron dos veces a la cafetería, escoltados, cada vez, por un enfermero. Morley les habló de Neill; pero, para su sorpresa, ninguno hizo el menor comentario.

Llegó la medianoche. Avery leía, con su corpachón hundido en el sillón. Gorrell jugaba solo al ajedrez.

Morley dormitaba.

Lang se sentía cansado. El silencio del gimnasio y la ausencia de movimiento le oprimían. Puso uno de los conciertos de Brandemburgo, para entretenerse analizando sus temas. Después se planteó él mismo un test de palabras asociadas, tomando un libro y usando como lista de control la palabra derecha de cada página.

Morley se despertó.

—¿Algo nuevo? —preguntó.

—Algunas respuestas interesantes. Se las enseñaré a Neill por la mañana... o cuando baje.

Contempló los focos, pensativo.

—Estaba pensando: ¿cuál cree usted que será el nuevo paso?

—¿Qué paso?

—Me refiero a la evolución —aclaró Lang—. Hace trescientos millones de años empezamos a respirar aire, dejando atrás el mar primitivo. Ahora acabamos de dar un nuevo paso eliminando la necesidad de dormir. ¿Cuál será el siguiente?

El médico movió la cabeza.

—Los dos pasos no son análogos. Además, en realidad, ustedes no han dejado atrás el primitivo mar. Continúan teniendo una réplica privada de él en su corriente sanguínea. Todo lo que han hecho ha sido aislar una parte de su corteza psíquica y escapar de él.

Lang asintió.

—Puede ser. Estaba pensando algo parecido. Dígame: ¿se le ha ocurrido pensar alguna vez en lo completamente orientada que está la psique hacia la muerte?

Morley sonrió, preguntándose adónde conduciría esto.

—Es curioso —continuó Lang—. El principio del placer-dolor, la sobrevivencia por el órgano sexual, la obsesión del Super-Ego con el mañana —la mayor parte de las veces la psique no puede ver más allá de su fosa—. Pero ¿por qué esta idea fija? Por una razón muy sencilla: porque, en cada noche, hay una pequeña muestra del destino que nos aguarda.

—¿Se refiere usted a la tumba, y esa pequeña muestra es dormir?

—Exacto. Dormir es tan solo una seudomuerte. Desde luego, no se sabe; pero debe de ser espantoso —añadió—. No creo que Neill se dé cuenta de que, aparte de servir de reposo, dormir es, genuinamente, una experiencia traumática.

«Así era en efecto», pensó Morley. El mejor análisis lo había hecho durmiendo en su propia cama. Trataba de decidir qué era mejor: un paciente que sabe mucho de psiquiatría u otro que no sabe nada.

—Eliminando la acción de dormir —continuaba diciendo Lang—, se elimina también todo el miedo y el mecanismo de defensa erigido a su alrededor. Entonces, al fin, la psique tiene una oportunidad de orientarse hacia algo más valioso.

—¿Por ejemplo...?

—No lo sé. Quizá... el propio yo.

—Interesante —comentó Morley.

Eran las tres y diez y decidió matar el tiempo revisando los últimos tests de Lang.

Esperó cinco minutos y luego fue a su despacho.


*  *  *

Lang tenía un brazo por encima del respaldo del sofá y miraba a la sala de los enfermeros.

—¿Qué hace Morley? —preguntó—. ¿Alguno de vosotros le ha visto?

—¿No fue a la sala de enfermeros? —dijo Avery sin levantar la mirada de la revista.

—Hace diez minutos —respondió Lang—. No le hemos visto desde entonces, y su obligación es estar con nosotros continuamente. ¿Dónde está?

Gorrell seguía con el ajedrez. Levantó la cabeza y dijo:

—Estas noches le han cansado mucho. Harías bien yendo a buscarle y despertándole antes que Neill le encuentre. Probablemente se ha quedado dormido sobre tu montón de tests.

Lang sonrió. Gorrell dejó el ajedrez, eligió un disco y puso en marcha el gramófono.

Cuando empezó a oírse la música, Lang notó lo extrañamente silencioso y desierto que parecía el gimnasio. El Clínico estaba siempre callado; pero aun en la noche había algún ruido: el zumbido de un generador, una silla que crugía en el cuarto de los enfermeros, algo que indicaba que había vida allí.

Ahora todo era distinto. Lang escuchaba atento. Todo el local tenía la resonancia de un edificio abandonado.

Se levantó y fue a la sala de enfermeros. Sabía que Neill solía conversar con el personal de control; pero la ausencia de Morley le confundía.

Miró por la ventanilla de la puerta, por si el doctor estaba allí.

La sala estaba vacía.

La luz encendida. Dos camillas en su sitio, contra la pared, cerca de la puerta. Sobre la mesa, una baraja; pero ni rastro de los enfermeros.

Intentó abrir, pero la puerta estaba cerrada.

Probó de nuevo y exclamó:

—Avery, aquí no hay nadie.

—Bueno, prueba en otra puerta. Estarán, probablemente, recibiendo instrucciones para mañana.

Fue a la oficina de cirugía. Tampoco había nadie.

Avery y Gorrell comenzaban a impacientarse.

—¿Están ahí? —preguntó el primero.

—No —respondió, tratando de abrir la puerta—. También está cerrada.

Gorrell apagó el tocadiscos y fue a reunirse con Avery. Probaron en otras dos puertas.

—Estarán por aquí —dijo Avery—. Debe de haber, por lo menos, alguien de guardia.

Señaló la puerta del fondo.

—¿Y esa?


—Cerrada —respondió Lang—. El sesenta y nueve está cerrado. Creo que conduce al sótano.

—Vayamos entonces al despacho de Neill— sugirió Gorrell—. Si no están allí podemos ir a la Recepción e intentar salir. Debe de ser una maniobra del doctor.

No había mirilla en la puerta del despacho de Neill. Gorrell llamó, esperó; repitió la llamada más fuerte. Nada.

Lang intentó abrir.

La luz está apagada.

Avery se volvió hacia las otras dos puertas cercanas al gimnasio, que daban una a la cafetería y al ala de neurología, y la otra al aparcamiento de coches.

—¿No será idea de Neill esto de dejarnos solos? —preguntó—. Querrá ver si podemos soportar una noche con nuestros propios medios.

—Pero el doctor duerme —objetó Lang—. Estará en cama un par de días. Al menos...

Señaló las sillas con un gesto de cabeza.

—Volvamos. Seguramente él y Morley nos están espiando ahora. Hay algo extraño en toda esa historia del resfriado.

Volvieron a su sitio.

Gorrell colocó las piezas de ajedrez en el tablero. Avery y Lang se sentaron y empezaron a hojear revistas. Sobre ellos, los focos arrojaban sus conos de luz en el silencio.

El único ruido era el lento tictac del reloj.

Las tres y quince.


El cambio era imperceptible. Al principio una simple variación de perspectiva, un mero desencadenamiento y reagrupación de esquemas. En una parte, un foco resbalaba, una sombra se movía lentamente en la pared, con sus ángulos aumentando o disminuyendo. El movimiento era imperceptible, una progresión de infinitesimales, pero gradualmente apareció su dirección total.

El gimnasio encogía. Centímetro a centímetro, las paredes se movían, estrechando la superficie del suelo. Según avanzaban unas hacia las otras, sus formas cambiaban; los focos del techo eran borrosos y tenues; el fuerte cable que corría por la base del muro llegaba a adueñarse de todo el zócalo; los ventiladores desaparecían en la confusión.

El techo bajaba lentamente hacia el suelo.
*  *  *

Gorrell apoyaba sus codos en el tablero de ajedrez, con la cara entre sus manos. Estaba en un jaque mate sin remedio; pero continuaba buscando una salida mirando al espacio como para inspirarse, mientras sus ojos recorrían cuidadosamente las paredes de su alrededor.

Desde algún sitio, lo sabía, Neill le observaba. Miró la pared del fondo, frente a él, buscando un panel retractable. Lo recorrió con la vista, arriba y abajo, en busca del agujero desde el que espiaba el doctor. Todo en vano. Examinaba cada sombra, pero, aparte de las tres puertas, no pudo encontrar ninguna abertura, ni siquiera un diminuto orificio en su superficie.

Pasado cierto tiempo, sus ojos comenzaron a cansarse y, apartando el tablero, se tumbó en el sofá. Por encima de él, los tubos fluorescentes colgaban del techo montados en brazos de plástico. Estaba a punto de hablar a sus compañeros de su búsqueda del agujero, cuando consideró la posibilidad de que en cualquiera de los tubos podía esconderse un micrófono.

Decidió estirar las piernas y andar. Después de haber estado ante el ajedrez durante media hora, necesitaba estirar las piernas. Le hubiera gustado hacer ejercicio con un balón o algo parecido. Pero, aparte de los sillones y del tocadiscos, no había allí nada más con lo cual distraerse.

Recorrió la sala atento al menor ruido en las habitaciones vecinas. Estaba empezando a sentirse molesto por el espionaje de Neill y vio que eran las tres y cuarto.


El gimnasio cerrado. Ahora se reducía casi a la mitad de su primitiva dimensión; las paredes aumentaban, según las ventanas disminuían; el techo, de seis metros de altura, había descendido hasta convertir la habitación en una caja. Los laterales avanzaban uno hacia otro, como gigantescos planos separando una continua mudanza tridimensional. Únicamente quedaban el reloj y una puerta...
Lang había descubierto dónde estaba escondido el micrófono.

Se levantó, fue hacia Gorrell y le ofreció su asiento. Avery estaba en otro sillón, con los pies sobre el tocadiscos.

—Siéntate un momento —le pidió Lang—. Quiero dar un paseo.

Gorrell aceptó.

—Preguntaré a Neill si podemos tener aquí una mesa de ping-pong. Nos ayudará a pasar el tiempo y nos servirá de ejercicio.

—Buena idea —dijo Lang—. Si podemos pasar la mesa por la puerta. Actualmente dudo de que haya espacio suficiente aquí, aun corriendo las sillas y colocándolas junto a la pared. Esas mesas son mayores de lo que tú crees.

Paseó por el salón, mirando a través de la ventanilla de la sala de enfermeros. La luz estaba encendida; pero aún no había nadie.

Llegó junto al gramófono y se detuvo allí unos momentos. De súbito, pisó el cable que pasaba junto a la pared y se agachó un momento. Después se incorporó y fue a sentarse en el brazo del sillón que ocupaba Gorrell, sonriendo triunfante.

—Acabo de desconectar el micrófono —dijo en tono confidencial.

—¿Dónde estaba? —preguntó Gorrell.

—Junto al gramófono —señaló Lang—. He roto la conexión. Neill se pondrá furioso cuando descubra que no puede oírnos.

—¿Cómo lo descubriste?

—¿Dónde podía esconderse mejor? —señaló los focos—. Desde aquí puedes ver que los focos no tienen nada sino dos bombillas. El gramófono es el sitio ideal. Presentía que estaba allí; pero no estuve seguro por completo hasta que me di cuenta de que tenemos gramófono, pero no discos.

Gorrell asintió alegre.

Lang continuó paseando.

Sobre la puerta de la sala 69, el reloj marcaba las tres y quince.


*  *  *

El movimiento aceleraba. Lo que una vez fue el gimnasio, era ahora una pequeña habitación de dos metros de larga por casi lo mismo de alta, formando un cubo. Las paredes se acercaban en diagonales encontradas, solo a pocos metros del foco final...
Avery vio a Gorrell y a Lang dando vueltas alrededor de su silla.

—¿No queréis sentaros? —interrogó.

Los dos negaron con la cabeza. Avery continuó sentado, pero acto seguido se levantó también y se puso a pasearse igualmente.

—Las tres y cuarto —señaló, empujando sus manos contra el techo—. Parece que va a ser una noche larga.

Vio pasar a Gorrell y empezó a seguir a los otros en su paseo alrededor del estrecho espacio entre el sillón y las paredes.

—No sé cómo Neill pretende que pasemos en este agujero veinticuatro horas al día —continuó Avery—. ¿Por qué no podemos tener un televisor aquí? Incluso una radio aliviaría algo.

Gorrell, seguido de Avery, con Lang cerrando el círculo, continuaban dando vueltas en torno a la silla. Sus espaldas comenzaban a encorvarse y caminaban con la cabeza baja, como si buscaran algo en el suelo, con los pies acompasados con el lento y monótono ritmo del reloj.
*  *  *

Aquello era ya una madriguera: un cubo vertical, estrecho, de pocos metros de ancho y dos de alto. Arriba, una única bombilla polvorienta alumbraba envuelta en una rejilla metálica. Como si comprendieran la intensidad del momento, los muros se espesaron, y su superficie parecía de piedra dura y moteada...
Gorrell se agachó para abrocharse un zapato, y Avery chocó con él, golpeándose la espalda contra la pared.

—¿Estás bien? —preguntó, cogiendo a Gorrell del brazo—. Este sitio es demasiado pequeño. No comprendo cómo Neill nos metió aquí.

Se pegó a la pared, agachando la cabeza para no darse con el techo, pensando.

—¿Qué hora es? —pidió Gorrell—. ¿Tienes idea?

—Las tres y cuarto más o menos —respondió Lang.

—Lang, ¿dónde está el ventilador? —exclamó Avery.

Lang miró las paredes y el techo.

—Debía de haber uno aquí.

Gorrell se levantó y examinó el suelo.

—Habrá uno en la reja de la bombilla —sugirió. Tanteó la caja y la bombilla sin encontrar nada.

—Aquí no hay nada. Está vacío. Solo tendremos aire para media hora.

—Seguro —corroboró Avery—. ¿Sabes? Aquí hay algo...

Lang le interrumpió.

—Avery, dime: ¿cómo hemos llegado aquí?

—¿Qué quieres decir? ¿No estamos en el equipo de Neill?

Lang volvió a interrumpirle.

—Lo sé —señaló la habitación—. Quiero decir aquí.

—Muy sencillo, Lang. Por la puerta —terció Gorrell.

—¿Qué puerta?

Gorrell y Avery miraron a su alrededor, exploraron las paredes, el suelo, el techo. Las manos de Avery se escurrían por la maciza albañilería del muro. Después se agachó, tanteando las junturas de las baldosas.

Lang, en un rincón, los veía hacer impasible. Su expresión era tranquila; pero en su sien izquierda una vena le golpeaba hasta enloquecerle. Cuando los otros se levantaron, mirándose uno a otro confundidos, se encontraba entre ellos, aún pegado a la pared.

—¡Neill! ¡Neill! —estalló, golpeando la pared con los puños—. ¡Neill! ¡Neill!

Lentamente, la luz, sobre ellos, empezó a apagarse.

Morley abandonó la sala de Cirugía y volvió a su escritorio. Eran las tres y quince. Neill, acatarrado o no, estaría despierto probablemente, trabajando con los últimos materiales, en el despacho contiguo al dormitorio.

Morley extrajo la carpeta de Lang y comenzó a examinar las fichas, mirando los resultados de las asociaciones y los autoanálisis. Sospechaba que las respuestas de Lang a algunas palabras claves y sus sugerencias en forma de preguntas arrojarían alguna luz sobre el motivo real que se escondía en su ecuación de sueño y muerte.

La puerta que comunicaba con la sala de guardia se abrió y entró un interno.

—¿Me hago cargo del gimnasio, doctor?

—No se moleste; volveré en seguida.

Seleccionó las fichas que le interesaban y, contento por encontrarse lejos del brillo deslumbrador de los focos, había retrasado su regreso tanto como pudo. Eran las tres y veinticinco cuando abandonó la oficina y volvió al gimnasio.

Los hombres estaban sentados en las mismas posiciones que los había dejado. Lang le miraba acercarse, con la cabeza apoyada en el cojín. Avery, sentado en un sillón, repasaba una revista y Gorrell, oculto por el respaldo del sofá, estaba pendiente de su ajedrez.

—¿Alguien quiere café? —preguntó, pensando que ellos necesitaban hacer algo de ejercicio.

Nadie le miró ni respondió. Morley se sintió un poco molesto.

Entonces descubrió algo que le asustó.

En el suelo, a poca distancia del sofá, había una pieza de ajedrez. Se agachó para recogerla. Era el rey negro. Se preguntaba cómo podía Gorrell jugar sin una de las piezas esenciales, cuando vio otras esparcidas en el suelo.

Miró a Gorrell.

Entre las sillas y el sofá estaba el resto de las piezas. Gorrell se había desplomado sobre el banquillo. Uno de los codos había resbalado y el brazo colgaba junto a sus rodillas. La otra mano sujetaba su cara. Su mirada era vacía.


*  *  *

Morley corrió hacia él.

—¡Lang! ¡Avery! ¡Traigan a los enfermeros!

Tumbó a Gorrell en el sofá.

—¡Lang! —llamó de nuevo.

Lang continuaba mirando el reloj, con su cuerpo retorcido en una postura irreal, como si fuera un muñeco de cera.

Morley dejó a Gorrell y fue hacia Lang, observando su cara.

Después miró a Avery. La revista se escurrió entre los dedos de este y cayó al suelo. Sin embargo, ni las manos ni el cuerpo se movieron.

Morley apartó las piernas de Avery del tocadiscos. Lo conectó y lo puso a todo volumen.

En la sala de urgencia la campana empezó a resonar, rompiendo el silencio.


*  *  *

—¿No estaba usted con ellos? —interrogó Neill.

—No —admitió Morley.

Se encontraban en la puerta de urgencia. Dos ordenanzas acababan de desmantelar la unidad de electroterapia y se llevaban la mesa. Fuera, en el gimnasio, se escuchaba un silencioso ir y venir de enfermeras e internos. Excepto un foco, todos estaban apagados, y el gimnasio parecía un escenario una vez finalizada la representación.

—Fui al despacho a revisar unos tests —explicaba Morley—. No estuve ausente más de diez minutos,

—Su deber era vigilarlos en todo momento —gruñó Neill—. No tenía usted que salir cuando le viniera en gana. ¿Por qué cree que el gimnasio y sus alrededores estaban preparados?

Eran las cinco y media pasadas. Después de trabajar esperanzadoramente en los tres hombres durante dos horas, estaba casi exhausto. Los contempló inertes en sus camillas con las sábanas de lona que los cubrían hasta la barbilla. No estaban muy cambiados, pero sus ojos estaban abiertos y ciegos, y sus caras, inexpresivas, reflejaban estar en el cero psíquico.

Un interno pasó junto a Neill con una jeringuilla en la mano. Morley miraba al suelo.

—Creo que se han ido.

—¿Cómo puede decir eso? —gritó Neill. Se sentía frustrado e impotente. Sabía que Morley podía estar en lo cierto. Los tres hombres habían llegado a su retiro final sin responder a la insulina ni a la electroterapia, pero no quería admitirlo.

Regresó a su despacho y cerró la puerta.

—Siéntese —dijo, ofreciendo a Morley una silla.

Después paseó por la habitación golpeando la palma de la mano con el puño de la otra.

—Bien, John. ¿De qué se trata?

Morley tomó una ficha y jugueteó con ella.

—¿Qué va a decirme? —continuó—. ¿Reactivación del imago infantil? ¿Una regresión al gran sueño de la matriz? ¿O, más sencillo aún, acceso de resentimiento?

—Prosiga.

—La continua consciencia es superior a lo que el cerebro puede soportar. Cualquier señal que se repite mucho pierde su significado. Diga la palabra «vaca», por ejemplo, cincuenta veces. Llega un momento en que el cerebro se embota. No puede reconocer qué o por qué es esto, y va a la deriva.

—¿Qué hacemos con ellos?

—Nada. Reanudar un poco todo el camino hasta el Lumbar Uno. El sistema nervioso central no puede ser narcotizado.

Neill movió la cabeza y luego caminó hasta la ventana.

—Está usted divagando —dijo—. Jugar con generalidades no es traer a esos hombres de nuevo. Primero, debemos encontrar lo que les ocurre; después, lo que han sentido y lo que sienten ahora.

Morley hizo un gesto de duda.

—Este laberinto es «privado». Y aunque consiga averiguarlo, ¿tendrá sentido ese drama psíquico?

—Lo tendrá, desde luego. Por muy disparatado que nos parezca a nosotros, será real para ellos. Si sabemos si el techo se les ha venido encima, o si todo el gimnasio se ha llenado de helado de nata o convertido en un laberinto, tendremos algo en lo que trabajar —se sentó sobre la mesa y prosiguió—: ¿Recuerda la historia de Chejov que me contó?

—¿«Una apuesta»? Sí.

—La leí anoche. Está mucho más cerca de lo que usted quiere decir que de lo que sabe. La habitación en que el hombre se encierra durante diez años simboliza la mente llevada a los más lejanos confines del propio conocimiento... Presiento que algo similar les ha ocurrido a Gorrell, Avery y Lang. Deben de haber llegado a una etapa más avanzada, en la que no pueden contener, por mucho tiempo, la idea de su propia identidad, más o menos como usted ha dicho. Pero están muy lejos de comprender esa idea. Dije que no estaban conscientes de nada. Como el hombre contemplándose en un espejo esférico, no puede ver más que un solo ojo que lo mira a su vez.

—Entonces, ¿cree usted que su retiro es una franca huida del ojo, el amplio y abrumador yo?

—Nada de huida —corrigió Neill—. El psicótico nunca escapa de nada. Es mucho más sensible. Solo reajusta la realidad adaptándola para él mismo. Es también una forma de aprender. La habitación en la historia de Chejov me dio una base de cómo pueden ser reajustados. Empiezo a darme cuenta de que fue un disparate dejarlos allí, con todas esas luces, el enorme piso y los elevados muros. Ellos únicamente exageraron la sensación de abandono. En efecto, el gimnasio puede convertirse fácilmente en una proyección externa de sus respectivos yoes.

—Mi suposición —continuó— es que en este momento creen estar recorriendo un gimnasio que han aumentado a un tamaño gigantesco, o bien lo han disminuido. Esto último es lo más probable. Lo han ajustado a ellos mismos.

Morley gruñó:

—Entonces lo que debemos hacer ahora es engatusarlos para que salgan de su agujero. ¿Y si se niegan?

—No lo harán —aseguró su superior—. Ya lo verá usted.

Llamaron a la puerta. Un interno asomó la cabeza.

—Lang ha vuelto en sí. Pregunta por usted.

Neill se incorporó de un salto.

Morley le siguió por el corredor.

Lang yacía en su camilla, inmóvil bajo la sábana. Sus labios estaban entreabiertos. Pero ningún sonido salía de ellos; Morley, agachado sobre él, cerca de Neill, le vio estremecerse espasmódicamente.

—Está muy apagado —dijo un interno—. Dudo que pueda sostenerse.

Neill tomó una silla y se sentó cerca de la cama. Hizo un esfuerzo visible para concentrarse; se agachó aún más sobre Lang y permaneció atento.

Cinco minutos más tarde se incorporó de nuevo.

Loslabios de Lang temblaban. Su cuerpo tiritaba bajo la sábana. Se le aflojaron las hebillas y entonces se calmó un poco.

—Neill... Neill... —murmuraba. Su voz parecía venir del fondo de un pozo—. Neill... Neill...

El doctor le acarició la cabeza con la mano.

—Sí, Bobby —su voz era suave y acariciante—. Estoy aquí, Bobby. Ahora ya puedes salir.

Traducción del inglés  José Calvo Moreno


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