James Joyce Ulises Índice episodio



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James Joyce

Ulises
ÍNDICE
Episodio 1. «Telémaco»

Episodio 2. «Néstor»

Episodio 3. «Proteo»

Episodio 4. «Calipso»

Episodio 5. «Lotófagos»

Episodio 6. «Hades»

Episodio 7. «Eolo»

Episodio 8. «Lestrigones»»

Episodio 9. «Escila y Caribdis»»

Episodio 10. «Las Rocas Errantes»

Episodio 11. «Las Sirenas»

Episodio 12. «El cíclope»

Episodio 13. «Nausica»

Episodio 14. «Los Bueyes del Sol»»

Episodio 15. «Circe»»

Episodio 16. «Eumeo»»

Episodio 17. «Ítaca»

Episodio 18. «Penélope»»

1
MAJESTUOSO, el orondo Buck Mulligan llegó por el hueco de la escalera, portando un cuenco lleno de espuma sobre el que un espejo y una navaja de afei­tar se cruzaban. Un batín amarillo, desatado, se ondulaba de­licadamente a su espalda en el aire apacible de la mañana. Elevó el cuenco y entonó:

-Introibo ad altare Dei.

Se detuvo, escudriñó la escalera oscura, sinuosa y llamó rudamente:

-¡Sube, Kinch! ¡Sube, desgraciado jesuita!

Solemnemente dio unos pasos al frente y se montó sobre la explanada redonda. Dio media vuelta y bendijo gravemen­te tres veces la torre, la tierra circundante y las montañas que amanecían. Luego, al darse cuenta de Stephen Dedalus, se inclinó hacia él y trazó rápidas cruces en el aire, barbotando y agitando la cabeza. Stephen Dedalus, molesto y adormila­do, apoyó los brazos en el remate de la escalera y miró fría­mente la cara agitada barbotante que lo bendecía, equina en extensión, y el pelo claro intonso, veteado y tintado como roble pálido.

Buck Mulligan fisgó un instante debajo del espejo y luego cubrió el cuenco esmeradamente.

-¡Al cuartel! dijo severamente.

Añadió con tono de predicador:

-Porque esto, Oh amadísimos, es la verdadera cristina: cuerpo y alma y sangre y clavos de Cristo. Música lenta, por favor. Cierren los ojos, caballeros. Un momento. Un pequeño contratiempo con los corpúsculos blancos. Silen­cio, todos.

Escudriñó de soslayo las alturas y dio un largo, lento silbi­do de atención, luego quedó absorto unos momentos, los blancos dientes parejos resplandeciendo con centelleos de oro. Cnsóstomo. Dos fuertes silbidos penetrantes contesta­ron en la calma.

-Gracias, amigo, exclamó animadamente. Con esto es su­ficiente. Corta la corriente ¿quieres?

Saltó de la explanada y miró gravemente a su avizorador, recogiéndose alrededor de las piernas los pliegues sueltos del batín. La cara oronda sombreada y la adusta mandíbula ova­lada recordaban a un prelado, protector de las artes en la edad media. Una sonrisa placentera despuntó quedamente en sus labios.

-¡Menuda farsa! dijo alborozadamente. ¡Tu absurdo nombre, griego antiguo!

Señaló con el dedo en chanza amistosa y se dirigió al pa­rapeto, riéndose para sí. Stephen Dedalus subió, le siguió desganadamente unos pasos y se sentó en el borde de la ex­planada, fijándose cómo reclinaba el espejo contra el parape­to, mojaba la brocha en el cuenco y se enjabonaba los cache­tes y el cuello.

La voz alborozada de Buck Mulligan prosiguió:

-Mi nombre es absurdo también: Malachi Mulligan, dos dáctilos. Pero suena helénico ¿no? Ágil y fogoso como el mismísimo buco. Tenemos que ir a Atenas. ¿Vendrás si con­sigo que la tía suelte veinte libras?

Dejó la brocha a un lado y, riéndose a gusto, exclamó:

-¿Vendrá? ¡El jesuita enjuto!

Conteniéndose, empezó a afeitarse con cuidado.

-Dime, Mulligan, dijo Stephen quedamente.

-¿Sí, querido?

-¿Cuánto tiempo va a quedarse Haines en la torre?

Buck Mulligan mostró un cachete afeitado por encima del hombro derecho.

-¡Dios! ¿No es horrendo? dijo francamente. Un sajón pe­sado. No te considera un señor. ¡Dios, estos jodidos ingleses! Reventando de dinero e indigestiones. Todo porque viene de Oxford. Sabes, Dedalus, tú sí que tienes el aire de Oxford. No se aclara contigo. Ah, el nombre que yo te doy es el me­jor: Kinch, el cuchillas.

Afeitó cautelosamente la barbilla.

-Estuvo desvariando toda la noche con una pantera ne­gra, dijo Stephen. ¿Dónde tiene la pistolera?

-¡Lamentable lunático! dijo Mulligan. ¿Te entró canguelo?

-Sí, afirmó Stephen con energía y temor creciente. Aquí lejos en la oscuridad con un hombre que no conozco desva­riando y gimoteando que va a disparar a una pantera negra. Tú has salvado a gente de ahogarse. Yo, sin embargo, no soy un héroe. Si él se queda yo me largo.

Buck Mulligan puso mala cara a la espuma en la navaja. Brincó de su encaramadura y empezó a hurgarse en los bol­sillos del pantalón precipitadamente.

-¡A la mierda! exclamó espesamente.

Se acercó a la explanada y, metiendo la mano en el bolsi­llo superior de Stephen, dijo:

-Permíteme el préstamo de tu moquero para limpiar la navaja.

Stephen aguantó que le sacara y mostrara por un pico un su­cio pañuelo arrugado. Buck Mulligan limpió la hoja de la nava­ja meticulosamente. Luego, reparando en el pañuelo, dijo:

-¡El moquero del bardo! Un color de vanguardia para nuestros poetas irlandeses: verdemoco. Casi se paladea ¿ver­dad?

Se montó de nuevo sobre el parapeto y extendió la vista por la bahía de Dublín, el pelo rubio roblepálido meciéndo­se imperceptiblemente.

-¡Dios! dijo quedamente. ¿No es el mar como lo llama Algy: una inmensa dulce madre? El mar verdemoco. El mar acojonante. Epi oinopa ponton. ¡Ah, Dedalus, los griegos! Ten­go que enseñarte. Tienes que leerlos en el original. Thalatta! Thalatta! Es nuestra inmensa dulce madre. Ven a ver.

Stephen se levantó y fue hacia el parapeto. Apoyándose en él, miró abajo al agua y al barco correo que pasaba por la bocana de Kingstown.

-¡Nuestra poderosa madre! dijo Buck Mulligan.

Desvió los ojos grises escrutantes abruptamente del mar a la cara de Stephen.

-La tía piensa que mataste a tu madre, dijo. Por eso no me deja que tenga nada que ver contigo.

-Alguien la mató, dijo Stephen sombríamente.

-Te podías haber arrodillado, maldita sea, Kinch, cuan­do tu madre moribunda te lo pidió, dijo Buck Mulligan. Soy tan hiperbóreo como tú. Pero pensar en tu madre rogándote en su último aliento que te arrodillaras y rezaras por ella. Y te negaste. Hay algo siniestro en ti ....

Se interrumpió y se enjabonó de nuevo ligeramente el otro cachete. Una sonrisa tolerante le arqueó los labios.

-¡Pero un retorcido encantador! murmuró para sí. iKinch, el retorcido más encantador del mundo!

Se afeitaba uniformemente y con cuidado, en silencio, se­) riamente.

Stephen, un codo recostado en el granito rugoso, apoyó la palma de la mano en la frente y reparó en el borde raído de la manga de su americana negra deslucida. Una pena, que aún no era pena de amor, le carcomía el corazón. Silenciosa­mente, en sueños se le había aparecido después de su muer­te, el cuerpo consumido en una mortaja holgada marrón, despidiendo olor a cera y palo de rosa, su aliento, que se ha­bía posado sobre él, mudo, acusador, un tenue olor a cenizas moladas. Más allá del borde del puño deshilachado veía el mar al que aclamaba como inmensa dulce madre la bienali­mentada voz a su lado. El anillo de la bahía y el horizonte re­tenían una masa de líquido verde apagado. Un cuenco de loza blanca colocado junto a su lecho de muerte reteniendo la bilis verde inerte que había arrancado de su hígado podri­do con vómitos espasmódicos quejumbrosos.

Buck Mulligan limpió de nuevo la hoja de la navaja.

-¡Ay, pobre e infeliz chucho apaleado! dijo con voz ama­ble. Tengo que darte una camisa y unos cuantos moqueros. ¿Qué tal los calzones de segunda mano?

-No me quedan mal, contestó Stephen.

Buck Mulligan la emprendió con el hoyo bajo el labio.

-Menuda farsa, dijo guasonamente. Tendrían que ser de segunda pierna. Sabe Dios qué sifilitigandumbas los soltó. Tengo un par que son un encanto a rayas finas, grises. Esta­rás chulo con ellos. No bromeo, Kinch. Estás imponente cuando te arreglas.

-Gracias, dijo Stephen. No mulos voy a poner si son grises.

-No se los va a poner, dijo Buck Mulligan a su cara en el espejo. Etiqueta ante todo. Mata a su madre pero no se va a poner unos pantalones grises.

Cerró la navaja meticulosamente y con ligeros masajes de los dedos se palpó la piel suave.

Stephen desvió la mirada del mar a la cara oronda de ojos inquietos azulhumo.

-Ese tipo con el que estuve anoche en el Ship, dijo Buck Mulligan, dice que tienes p.g.i. Está viviendo en Villachifla­dos con Conolly Norman. Parálisis general de insania.

Hizo una barrida con el espejo en semicírculo en el aire para difundir la nueva en los contornos del sol radiante en este momento sobre el mar. Los arqueados labios afeitados reían y el borde de los blancos dientes destellantes. La risa atrapó por completo su torso robusto bien formado.

-¡Mírate, dijo, bardo horrendo!

Stephen se inclinó hacia delante y escudriñó el espejo que sostenían frente a él, partido por una raja torcida. El pelo de punta. Como él y otros me ven. ¿Quién eligió esta cara por mí? Este infeliz chucho apaleado al que hay que espulgar. También me lo pregunta.

-Lo trinqué del cuarto de la chacha, dijo Buck Mulligan. Le está bien merecido. La tía siempre coge sirvientas feúchas para Malachi. No le dejes caer en la tentación. Y se llama Ursula.

Riendo de nuevo, apartó el espejo de los ojos escudriñan­tes de Stephen.

-La rabia de Calibán por no verse la cara en el espejo, dijo. ¡Si Wilde viviera para verte!

Retrocedió y, señalando, dijo con amargura Stephen:

-Todo un símbolo del arte irlandés. El espejo rajado de una sirvienta.

Buck Mulligan repentinamente se cogió del brazo de Stephen y paseó con él por la torre, la navaja y el espejo zu­rriando en el bolsillo donde los había metido.

-No está bien que me meta así contigo ¿verdad, Kinch? dijo amablemente. Sabe Dios que tienes más valor que cual­quiera de ellos.

Otro quite. Teme la lanceta de mi arte como yo temo la suya. La pluma acerada y fría.

-¡El espejo rajado de una sirvienta! Cuéntaselo al cabes­tro de abajo y sácale una guinea. Apesta a dinero y no te con­sidera un señor. Su viejo se forró vendiendo jalapa a los zu­lúes o con cualquier otro timo de mierda. Dios, Kinch, si tú y yo al menos trabajáramos juntos podríamos hacer algo por esta isla. Helenizarla.

El brazo de Cranly. Su brazo.

-Y pensar que tengas que mendigar de estos puercos. Soy el único que sabe lo que eres. ¿Por qué no confías más en mí? ¿Qué es lo que te encabrita contra mí? ¿Se trata de Haines? Si va a dar la lata me traigo a Seymour y le armamos una peor que la que le armaron a Clive Kempthorpe.

Gritos juveniles de voces adineradas en las habitaciones de Clive Kempthorpe. Rostrospálidos: se desternillan de risa, agarrándose unos a otros. ¡Ay, que voy a fallecer! ¡Dale la no­ticia con tacto, Aubrey! ¡Que la palmo! Los jirones de la ca­misa azotando el aire, brinca y bota alrededor de la mesa, los pantalones caídos, perseguido por Ades del Magdalen con las tijeras de sastre. Cara de temero asustado dorada con mer­melada. ¡No me bajéis los pantalones! ¡Que no me toreéis!

Gritos desde la ventana abierta turban el atardecer del pa­tio. Un jardinero sordo, con mandil, enmascarado con la cara de Matthew Amold, empuja el cortacésped por la hier­ba umbría observando atentamente las briznas danzarinas de los brotes de césped.

Para nosotros .... un nuevo paganismo .... omphalos.

-Que se quede, dijo Stephen. No se porta mal menos por la noche.

-Entonces ¿qué pasa? preguntó Buck Mulligan impa­cientemente. Desembúchalo. Yo soy franco contigo. ¿Qué tienes contra mí ahora?

Se detuvieron, mirando hacia el cabo despuntado del Pro­montorio del Rebuzno que yacía sobre el agua como el ho­cico de una ballena dormida. Stephen se soltó del brazo si­lenciosamente.

-¿Deseas de verdad que te lo diga? preguntó.

-Sí ¿qué pasa? contestó Buck Mulligan. Yo no me acuer­do de nada.

Miró a Stephen a la cara mientras hablaba. Una ligera bri­sa le rozó la frente, abanicándole suavemente el pelo rubio despeinado y despertando centelleos plateados de ansiedad en sus ojos.

Stephen, abatido por su propia voz, dijo:

-¿Te acuerdas el primer día que fui a tu casa después de la muerte de mi madre?

Buck Mulligan frunció el ceño de pronto y dijo:

-¿Qué? ¿Dónde? No me acuerdo de nada. Me acuerdo sólo de ideas y sensaciones. ¿Por qué? ¿Qué pasó, por Dios santo?

-Estabas preparando el té, dijo Stephen, y pasaste por el descansillo para coger más agua caliente. Tu madre y una vi­sita salían del salón. Te preguntó quién estaba en tu cuarto.

-¿Sí? dijo Buck Mulligan. ¿Qué dije? Lo he olvidado.

-Dijiste, contestó Stephen, Ah, no es más que Dedalus al que se le ha muerto la madre bestialmente.

Un rubor que le hizo parecer más joven y atractivo le su­bió a las mejillas a Buck Mulligan.

-¿Eso dije? preguntó. ¿Sí? ¿Y qué hay de malo en eso? Se deshizo de la tirantez nerviosamente.

-Y ¿qué es la muerte, preguntó, la de tu madre o la tuya o la mía? Tú has visto morir sólo a tu madre. Yo los veo di­ñarla a diario en el Mater y el Richmond y con las tipas fue­ra en la sala de disección. Es algo bestial y nada más. Simple­mente no importa. Tú no quisiste arrodillarte a rezar por tu madre cuando te lo pidió en su lecho de muerte. ¿Por qué? Porque tienes esa condenada vena jesuítica, sólo que inyec­tada al revés. Para mí todo es una farsa bestial. Sus lóbulos cerebrales dejan de funcionar. Llama al médico Sir Peter Teazle y coge margaritas de la colcha. Síguele la corriente hasta que todo se acabe. La contrariaste en su última volun­tad y en cambio te molestas conmigo porque no lloriqueo como una plañidera cualquiera de casa Lalouette. ¡Qué ab­surdo! Supongo que lo diría. No quise ofender la memoria de tu madre.

Según hablaba había ido cobrando confianza. Stephen, es­cudando las heridas abiertas que las palabras habían dejado en su corazón, dijo muy fríamente:

-No estoy pensando en la ofensa a mi madre.

-¿En qué, entonces? preguntó Buck Mulligan.

-En la ofensa a mí, contestó Stephen.

Buck Mulligan giró sobre sus talones.

-¡Ay, eres insufrible! prorrumpió.

Echó a andar apresuradamente a lo largo del parapeto. Stephen se quedó en su puesto, mirando más allá del mar en calma el promontorio. El mar y el promontorio en este mo­mento se ensombrecieron. Tenía palpitaciones en los ojos, nublándole la vista, y sintió la fiebre en las mejillas.

Una voz dentro de la torre llamó fuertemente:

-¿Estás ahí arriba, Mulligan?

-Ya voy, contestó Buck Mulligan.

Se volvió hacia Stephen y dijo:

-Mira el mar. ¿Qué le importan las ofensas? Planta a Lo­yola, Kinch, y baja ya. El sajón quiere sus lonchas mañaneras. Su cabeza se detuvo de nuevo por un momento a la altu­ra del remate de la escalera, a nivel del techo:

-No andes dándole vueltas a eso todo el día, dijo. Soy un inconsecuente. Déjate de mustias cavilaciones.

La cabeza desapareció pero el zureo de su voz descenden­te tronó por el hueco de la escalera:



-Y no te apartesy le des vueltas

al misterio del amor amargo,

porque Fergus guía de bronce los carros.

Sombras de espesura flotaban silenciosamente por la paz de la mañana desde el hueco de la escalera hacia el mar al que miraba. En la orilla y más adentro el espejo del agua blanquecía, hollado por pisadas livianas de pies apresurados. Blanco seno del mar ensombrecido. Golpes ligados, dos por dos. Una mano punteando las cuerdas del arpa, combinan­do acordes ligados. Palabras enlazadas de blancoola fulguran­do en la marea ensombrecida.

Una nube empezó a tapar el sol lentamente, completa­mente, sombreando la bahía en un verde más profundo. Ya­cía a sus pies, cuenco de aguas amargas. La canción de Fer­gus: la cantaba a solas en casa, manteniendo los largos acor­des oscuros. La puerta de ella abierta: quería escuchar mi música. Silencioso de temor y pesar me acerqué a su cabe­cera. Lloraba en su cama miserable. Por aquellas palabras, Stephen: el misterio del amor amargo.

¿Dónde ahora?

Sus secretos: viejos abanicos de plumas, carnés de baile con borlas, empolvados con almizcle, un dije de cuentas de ámbar en su cajón acerrojado. Una jaula colgaba de la venta­na soleada de su casa cuando era niña. Oyó cantar al viejo Royce en la pantomima Turco el terrible y rió con los demás cuando él cantaba:
Yo soy el rapaz

que puedegozar

invisibilidad.
Regocijo fantasmal, guardado: almizcleperfumado.
Y no te apartes y le des vueltas.
Guardado en el recuerdo de la naturaleza con sus juguetes de niña. Los recuerdos asedian su mente cavilante. El vaso de agua del grifo de la cocina cuando hubo recibido el sacra­mento. Una manzana descarozada, rellena de azúcar more­no, asándose para ella en la hornilla en un apagado atardecer otoñal. Las uñas perfectas enrojecidas con la sangre de piojos aplastados de las camisas de los niños.

En sueños, silenciosamente, se le había aparecido, el cuer­po consumido en una mortaja holgada, despidiendo olor a cera y palo de rosa, su aliento, posado sobre él con palabras mudas enigmáticas, un tenue olor a cenizas mojadas.

Sus ojos vidriosos, mirando desde la muerte, para conmo­ver y doblegarme el alma. Clavados en mí sólo. Vela espec­tro para alumbrar su agonía. Luz espectral en su cara ator­mentada. Ronca respiración recia en estertores de horror, mientras todos rezaban de rodillas. Sus ojos en mí para ful­minarme. Liliata rutilantium te confessorum turma circumdet: iu­bilantium te virginum chorus excipiat.

¡Necrófago! ¡Devorador de cadáveres!

¡No, madre! Déjame ser y déjame vivir.

-¡Eh, Kinch!

La voz de Buck Mulligan cantaba desde dentro de la torre. Se acercaba escaleras arriba, llamando de nuevo. Stephen, aún temblando por el lamento de su alma, oyó una cálida luz de sol deslizante y en el aire a su espalda palabras amigas.

-Dedalus, baja, pánfilo. El desayuno está listo. Haines pide disculpas por despertarnos anoche. No pasa nada.

-Ya voy, dijo Stephen, volviéndose.

-Venga, por el amor de Dios, dijo Buck Mulligan. Por el amor mío y por todos los amores.

Su cabeza desapareció y reapareció.

-Le conté lo de tu símbolo del arte irlandés. Dice que es muy agudo. Sácale una libra; anda. Una guinea, mejor dicho.

-Me pagan esta mañana, dijo Stephen.

-¿La escuela de putas? dijo Buck Mulligan. ¿Cuánto? ¿Cuatro libras? Déjame una.

-Si la necesitas, dijo Stephen.

-Cuatro relucientes soberanos, exclamó Buck Mulligan a gusto. Agarraremos una gloriosa borrachera que asombre a los druídicos druidas. Cuatro omnipotentes soberanos.

Alzó las manos y pateó escaleras de piedra abajo, desafi­nando una tonadilla con acento chulapo londinense:

-¡Ay, lo pasaremos muy divertido,

bebiendo güisqui, ceruezay vino!

¡El día de la coronación,

de la coronación!

¡Ay, lo pasaremos muy divertido el día de la coronación!

Cálida luz de sol jugueteando sobre el mar. El cuenco de afeitar niquelado relucía, olvidado, en el parapeto. ¿Por qué habría de bajarlo yo? ¿O dejarlo donde está todo el día, amis­tad olvidada?

Se acercó hasta el cuenco, lo sostuvo en las manos duran­te un tiempo sintiendo su frescor, aspirando el espumajo aguanoso de la espuma donde la brocha estaba hundida. Del mismo modo llevé la naveta con incienso entonces en Clon­gowes. Soy otro ahora y sin embargo el mismo. Sirviente también. Servidor de un sirviente.

En la sombría estancia abovedada de la torre la silueta en batín de Buck Mulligan se movía animadamente de un lado para otro alrededor del fogón, tapando y revelando el fulgor amarillo. Dos haces de suave luz cruzaban el suelo embaldo­sado desde lo alto de las saeteras: y en la unión de los rayos una nube de humo de carbón y humaradas de grasa frita flo­taba, girando.

-Nos vamos a asfixiar, dijo Buck Mulligan. Haines, abre la puerta, anda.

Stephen puso el cuenco de afeitar en el armario. Una figu­ra alta se levantó de la hamaca donde había estado sentada, se dirigió a la entrada y abrió de un tirón la contrapuerta.

-¿Tienes la llave? preguntó una voz.

-Dedalus la tiene, dijo Buck Mulligan. ¡La madre que ... que me asfixio!

Berreó sin quitar la vista del fuego:

-¡Kinch!


-Está en la cerradura, dijo Stephen, avanzando.

La llave chirrió en círculo ásperamente dos veces y, cuan­do el portón hubo quedado entreabierto, una luz anhelada y aire brillante penetraron. Haines estaba en la entrada miran­do hacia fuera. Stephen arrastró su maleta puesta de pie has­ta la mesa y se sentó y esperó. Buck Mulligan echó la fritada en la fuente que había junto a él. Después llevó la fuente y una gran tetera a la mesa, las plantó pesadamente sobre la misma y suspiró con alivio.

-Me derrito, dijo, como apuntó la vela al .... Pero ¡chis! ¡Ni una palabra más sobre ese asunto! iKinch, despierta! Pan, mantequilla, miel. Haines, ven. El rancho está listo. Bendice, Señor, estos alimentos. ¿Dónde está el azúcar? ¡Ay, pardiez, no hay leche!

Stephen fue por la hogaza y el tarro de miel y la mante­quera al armario. Buck Mulligan se sentó con mal humor re­pentino.

-¿Qué casa de putas es ésta? dijo. Le avisé que viniera pa­sadas las ocho.

-Podemos tomarlo solo, dijo Stephen sediento. Hay un limón en el armario.

-¡Maldito seas tú y tus gustos parisinos! dijo Buck Mulligan. Yo lo que quiero es leche de Sandycove.

Haines vino desde la entrada y dijo tranquilamente: -Esa mujer sube ya con la leche.

-¡La bendición de Dios sea contigo! exclamó Buck Mulligan, levantándose de golpe de la silla. Siéntate. Echa el té ahí ya. El azúcar está en la bolsa. Toma, que no voy a se­guir dándole a esos malditos huevos.

Troceó la fritada en la fuente y la echó a paletadas en tres platos, diciendo:



-In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.

Haines se sentó para echar el té.

-Os pongo dos terrones a cada uno, dijo. Pero, digo, Mulligan, pues sí que haces tú el té fuerte ¿no?

Buck Mulligan, cortando gruesas rebanadas de la hogaza, ijo con voz de vieja marrullera:

-Cuando h'ago té, h'ago té, como decía la vieja tía Grogan. Y cuando h'ago aguas, h'ago aguas.

-Por Júpiter, esto sí que es té, dilo Haines. Buck Mulligan siguió cortando y marrullando:



-Eso es lo queyo hago, Mrs. Cahill, dice ella. Jesús, señora, dice Mrs. Cahill, no permita Dios que haga usted las dos cosas en el mismo cacharro.

Embistió a sus compañeros de mesa por turno con una gruesa rebanada de pan, empalada en el cuchillo.

-Ése es el pueblo, dijo muy formalmente, para tu libro, ao Hanes. Cinco líneas de texto y diez páginas de notas sobre lo popular y los diosespeces de Dundrum. Impreso por las hermanas brujas en el año del gran vendaval.

Se volvió hacia Stephen y le preguntó con exquisita voz insidiosa, arqueando las cejas:

-¿Recuerdas, hermano, si se habla del cacharro para el té y las aguas de la tía Grogan en el Mabinogion o es en los Upanishads?

-Lo dudo, dijo Stephen gravemente.

-¿De verdad? dijo Buck Mulligan con el mismo tono. o ¿Podrías dar razones, si te place?

-Me imagino, dijo Stephen al tiempo que comía, que no existió ni dentro ni fuera del Mabinogion. La tía Grogan era, se supone, parienta de Mary Ann.

La cara de Buck Mulligan sonrió a gusto.

-¡Delicioso! dijo con dulce voz remilgada, mostrando los dientes blancos y parpadeando placenteramente. ¿.Crees que sí? ¡Qué delicioso!

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