Jean-Pierre de Caussade El abandono en la divina Providencia Indice



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Jean-Pierre de Caussade

El abandono en la divina Providencia

Indice

(El Indice remite a las páginas de la obra impresa)



Introducción, 3.

El autor, 3. La obra sobre l'Abandon, 3. La presente edición, 3. Una obra imperfecta, 4. Una obra genial, 4. Algunos avisos, 5.



Prefacio, 6.

I.- Cómo Dios nos habla y cómo debemos escucharle. Dios habla hoy como ayer, 7. María, abandonada en Dios, 7. Dejémonos llevar por Dios en cada instante, 8. Es camino para todos, 8.

II.- Modo de actuar en el estado de abandono y pasividad, y antes de que se haya llegado a él. Estado activo y estado pasivo, 9. Tiempo de abandono, 9. Es ya Dios quien obra en el alma, 10. Voluntad divina ya expresada y voluntad divina providente, 10. Almas llevadas por Dios providente, 11. Parecen despreciables e inútiles, 11. Desasidas y entregadas a Dios, 12. El momento presente, 12. Caminando bajo la guía de un amigo, 12. Vía pura y sencilla, 13. No faltan contradictores, 13. Perseverando en la paz, 14. Dirección espiritual, 14.

III.- Disposiciones para el abandono y sus efectos. Docilidad a la voluntad de Dios, 15. Fidelidad a la gracia del momento, 15. Contradicciones, 16. De guiarse a sí mismo a ser guiado por Dios, 16. Un reproche continuo, 17. Pero Dios obra en el centro del alma, 17. Dios oculto y disfrazado, 17.

IV.- El estado de abandono, su necesidad y sus maravillas. Voluntad divina, fiesta continua, 19. Impulso continuo de gracia, 19. Camino llano y recto del abandono, 20. Vivir muriendo, 20. El justo vive de la fe, 20. Fuerza y fidelidad de la fe, 21. Fe y abandono entre tormentas, 21. Dios es quien escribe nuestra vida, 22. Confiados, dejémosle hacer a Dios. 22. Abandono y paz en todas las cosas, 23.

V.- El estado de pura fe. En pura fe, 24. En puro amor, 24. Abandono confiado, camino universal, 24. Todos llamados a la santidad, 25. Lo de menos es tener o no talentos, 25. Todos los estados son santos y santificantes, 26. Con gracias extraordinarias o sin ellas, 26. Contentos con el don de Dios, 27. Paz bajo la guía de Dios, 27. Tobías, 27. Un corazón puro, 28. Llave de los tesoros celestiales, 29. Dios reina en un corazón puro, 29.

VI.- Pura fe y abandono a la acción divina. El Amigo oculto que nos guía en todo, 30. Todo es para bien, 31. Guiados por mociones, más que por ideas, 31. La fidelidad a la obligación lleva a la libertad del amor, 31. Crisis dolorosa, 32. Humillación, 32. Crece el corazón como gusano de seda, 33. De día y de noche, sin saber cómo, 33.

VII.- El orden de la Providencia es el que nos santifica. Pequeñez de esta ordenación en aquellos que Dios santifica sin brillo y sin esfuerzos. Ordenación divina providente, 34. Interior instinto, no reflexiones o libros, 34. La ciencia del momento presente, 34. Voluntad divina siempre benéfica, 35. Hace crecer en Cristo día a día, 35. Todo es nada sin la voluntad de Dios, 36. Indiferencia espiritual, 36. Templos de la Trinidad, 36. Quietistas, 37. Dios da un camino a cada alma, 37. El pan vivo del momento presente, 37. Pobre apariencia de la presencia divina, 38. Contentos con el pan que Dios nos da, 38.

VIII.- Hay que sacrificarse a Dios por amor al deber. Fidelidad para cumplirlo y parte del alma en la obra de la santificación. Dios hace todo el resto Él solo. Ofrenda sacrificial continua, 39. Voluntad divina obligante y voluntad divina operante, 39. El abandono es fidelidad a toda clase de voluntad divina, 39. Santo desasimiento, 40. Amor puro es puro don de Dios, 40. Amor puro es total indiferencia, 40. Vacío de sí, abnegación perfecta, 41. Vía simple y universal, 41. Pasividad fielmente activa, 42. La Pasión del Señor, 42. Cara fea y cara bella del tapiz, 42. Fieles a los mandamientos, dóciles a la ordenación providente, 43. Deberes generales y deberes particulares, 43. Camino fácil hacia la santidad, 43. Lienzo o piedra que se abandonan al artista, 44. Dejémosle hacer a Dios, 44. Siempre fieles a los deberes propios, 45. Quietismo insensato, 45. No más santos por hacer esto o lo otro, 45. Jesús, María y José, 46. Hay tres deberes, 46. No querer sino lo que Dios quiera, 47. Si se conociera este camino... 47. Misionero de la voluntad divina, 48.

IX.- La voluntad de Dios y el momento presente. Tesoro de la voluntad divina, 48. Tesoro del momento presente, 48. Guiarse por la fe, no por los sentidos, 49. María, Jesús, los Magos, los pastores, 49. María, la Virgen fiel, 50. Dios habla en la Escritura y en la vida, 51. Dios sigue hablando en el presente, 51. Aprender a leer en los sucesos diarios, 51. Palabras de Dios escritas no en libros, sino en el corazón, 52. La fe de los santos sabe leer en la vida, 52. Más atención al hoy que al ayer, 53. Atención al Maestro interior, 54. Inmensidad de la acción divina, 54. ¿Por qué se ignora tanto todo esto? 55. Fecundidad grandiosa de la acción divina, 55. Todos podrían llegar a la santidad por esta vía, 55. El Espíritu Santo sigue escribiendo historias sagradas, 56. Eterno plan de Dios hoy, en el tiempo, 56. Felices con el plan de Dios, 57. Vana curiosidad espiritual, 57. Ciencia suprema del plan divino, 58. El justo vive de la fe, 58. El momento presente, 59. Lo único necesario: santificar el nombre de Dios, 59. Job, David, 59. El Padre nuestro, 60. Con libros o sin ellos, con medios o sin medios, 60. Encontrar a Dios en todas las cosas, 61. Con más o con menos talentos, 61. Contentos con lo que Dios dispone, 62. Oyendo a Dios, que nos habla en cada cosa, 63.

X.- El secreto de la espiritualidad está en amar a Dios y servirle, uniéndose a su santa voluntad en todo lo que hay que hacer o sufrir. Ver al Señor en todo lo que sucede, 63. Esta fe nos guarda en la paz y el gozo, 64. En la simplicidad del abandono, 64. El abandono todo lo simplifica, 65. La estatua imponente del mundo, hecha de oro y bronce, hierro y barro, 66. El Espíritu divino vence siempre a la Bestia mundana, 67. La victoria cierta de la fidelidad, 67. Lucifer es la rebeldía contra la voluntad de Dios providente, 68. El alma sencilla reconoce y acepta en todo la voluntad de Dios, 68. La ciencia suprema: conocer y aceptar la voluntad de Dios, 68.

XI.- En el puro abandono en Dios todo lo que parece obscuridad es actividad de la fe. Caminando a ciegas, en total seguridad, 69. A obscuras, en la paz del abandono, 70. Un cántico nuevo: todo va bien, 71. En tinieblas absolutas, 71. Soñando o despertados por Dios, 72. Trucos del Amor divino providente, 72. Quietistas, 72. En pura fe, en un purgatorio, 72. Un guía amigo nos guía en la noche, 73. Dios conduce en la noche a sus santos, 73. Abandono perfecto de Jesucristo, 73. Camino fácil, sencillo, recto, 74. Camino oculto y obscuro, 74. Evangelio vivo y diario, que sigue escribiendo el Espíritu Santo, 74. La fe sabe leer este Libro de Vida, 75. Espíritu Santo, enséñame a leer el momento presente, 75.



Nota bibliográfica, 77.

Índice, 80.

Introducción

El autor

Jean-Pierre de Caussade (1675-1751), nacido en Quercy, ingresa en la Compañía de Jesús en Tolosa, en 1693, y a partir de 1715 se dedica a la predicación y a la enseñanza, viviendo sucesivamente en varias residencias. Entre 1729 y 1739 es asidua su relación con las religiosas de la Visitación de Nancy, y dirige su casa de ejercicios desde 1733.

Varias de estas visitandinas reciben de Caussade un profundo influjo espiritual en dirección espiritual y por carta, y todas ellas a través de frecuentes retiros comunitarios. Especialmente receptiva se muestra la superiora, Madre Marie-Anne-Thérèse de Rosen, que reúne muchas cartas espirituales del Padre. También la sobrina de la M. de Rosen, la Madre Marie-Anne-Sophie de Rottembourg, superiora desde 1738, tiene en gran estima la enseñanza del Padre de Caussade, y ella también guarda un gran número de cartas suyas de dirección. Estas cartas, con otras instrucciones y avisos del mismo autor, fueron coleccionadas y copiadas varias veces.

En 1740, el P. Caussade es destinado a Perpignan como rector del colegio jesuita, y al año siguiente publica sus Instructions spirituelles.



La obra sobre L'Abandon

Mucho más tarde, en 1861, se publicarán algunos escritos del padre de Caussade sobre el Abandono. En efecto, una colección de cartas e instrucciones suyas dirigidas a sus visitandinas en torno a este tema llega a las manos del eminente jesuita P. Henri Ramière (1821-1884), Director del Apostolado de la Oración y gran apóstol del Corazón de Jesús. Él es quien descubre con entusiasmo la calidad espiritual de estos escritos, y su fuerza doctrinal frente a las tendencias quietistas y jansenistas.

Es, pues, el P. Ramière quien reorganiza completamente ese conjunto de escritos, y los publica en París en 1861 con el título L'Abandon à la Providence divine envisagé comme le moyen le plus facile de santification; ouvrage inédit du R. P. J. Pierre Caussade. La obra alcanza gran éxito, y las visitandinas de Nancy le hacen llegar al P. Ramière otros dos cuadernos con 101 y 24 cartas más, de modo que éste, en la quinta edición del libro (1867), integra todas ellas en el tratado sobre el Abandono que se hará clásico. Así fue como, bajo la docta pluma de Ramière, los antiguos escritos del padre de Caussade experimentan un gran número de añadidos aclaratorios, supresiones, glosas e introducciones.

L'Abandon viene de este modo a hacerse un clásico de la literatura espiritual moderna, y ha tenido muchas ediciones y traducciones, también en el siglo XX, como puede verse al final en la Nota bibliográfica.

La presente edición

El jesuita Michel Olphe-Galliard es uno de los mejores conocedores de Jean-Pierre de Caussade en nuestro tiempo, y después de haber publicado las Lettres spirituelles de éste, partiendo de ese trabajo, edita de nuevo L'Abandon à la Providence divine (Desclée de Brouwer, París 1962, 324 pgs.; ib. 1966, 151 pgs.). En estas ediciones no reproduce ya el texto retocado por Ramière, sino que se limita a publicar los auténticos escritos del padre de Caussade sobre el abandono.

Pues bien, de esta última edición de los escritos originales de Caussade sobre el Abandono (1966) hemos realizado la traducción que aquí ofrecemos. Sólo nos hemos permitido introducir en el texto unos subtítulos que faciliten su lectura, y hemos añadido también entre corchetes las referencias de los lugares citados en el texto, bíblicos casi todos. Buena parte de estas referencias se incluyen ya en la edición de Olphe-Galliard.

Una obra imperfecta

El Abandono del P. de Caussade es sin duda una obra imperfecta, ante todo, porque se trata principalmente de un conjunto de cartas ocasionales de dirección espiritual o de fragmentos de instrucciones. Esto implica inevitablemente un gran desorden en la exposición de las ideas, una falta de precisión teológica en ciertas expresiones -normal en un género íntimo y epistolar-, y también un cierto énfasis ocasional y literario, que no siempre guarda del todo la armonía propia de una verdad espiritual completa.

Pero la mayor imperfección, también debida a las causas señaladas, viene constituida por las frecuentes reiteraciones. La obra, en efecto, es una serie de «variaciones sobre un mismo tema», el tema precioso del abandono en la acción divina providente. Podría asemejarse al Bolero de Maurice Ravel, donde un mismo tema melódico se repite una y otra vez a lo largo de la obra, con maravillosas variaciones tímbricas y rítmicas de la orquesta.



Una obra genial

A pesar de estas imperfecciones, en cierto modo necesarias, el Abandono del Padre de Caussade es un obra genial. No significa esto que sea absolutamente original; si así lo fuera, sería ajena a la mejor tradición espiritual cristiana, y por tanto falsa. No, la espiritualidad del abandono, muy al contrario, tiene innumerables precedentes. En realidad, el tema del abandono espiritual, aunque expresado con otros términos, está presente en toda la historia de la espiritualidad cristiana, desde su inicio.

Si buscamos los precedentes más próximos al abandono de Caussade, habremos de recordar, por ejemplo, la indiferencia espiritual de San Ignacio de Loyola (1491-1556, «Ejercicios espirituales» 16, 23, 234); la conformidad con la voluntad de Dios, enseñada por el jesuita Alonso Rodríguez (1526-1616, «Ejercicio de perfección», I, cp. 8) y por tantos otros autores; el abandono confiado de San Francisco de Sales (1567-1622, «Traité de l'Amour de Dieu», lib. 8-9); o el notable «Discours sur l'acte d'abandon à Dieu», de Bossuet (1627-1704).

Parece cierto, sin embargo, que el Padre de Caussade, por especial don de Dios, ha vivido personalmente y ha expresado con genial elocuencia la santificación diaria del momento presente, la fuerza santificante de las pequeñas cosas de cada día, en las que la fe ha de captar continuamente la ordenación bondadosa de la Providencia divina.

El mismo de Caussade se confiesa misionero de la voluntad divina: «Dios mío, yo quiero con toda mi alma ser misionero de tu santa voluntad, y enseñarle a todo el mundo que no hay cosa tan fácil, tan común y tan al alcance de todos como la santidad». Basta para alcanzar ésta vivir fielmente las pequeñas cosas de la vida diaria, cumpliendo bien los deberes del propio estado, sea el que fuere, y mantener siempre y en toda circunstancia, con la gracia de Dios, un fiat permanente a la voluntad divina.

A partir de la publicación, en 1861, del Abandono del P. de Caussade, el espíritu de esta obra, e incluso no pocas de sus expresiones e imágenes concretas, reaparecen una y otra vez en muchos autores espirituales, sobre todo de la tradición francesa. Hallamos, por ejemplo, su indudable influjo, directo o indirecto, en la infancia espiritual, es decir, en el caminito de Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), en el santo abandono del cisterciense Vital Lehodey (1857-1948), o en el precioso libro La Providence et la confiance en Dieu: fidélité et abandon (1953), del dominico Réginald Garrigou-Lagrange.



Algunos avisos

Con mucha alegría, pues, ofrecemos ahora una nueva edición del Abandono del padre de Caussade. Y lo hacemos sin reserva alguna, seguros de que los lectores actuales están muy lejos de verse tentados a error por las imprecisiones que puedan darse en esta obra.

El autor, es cierto, de tal modo enfatiza en estos textos la fuerza santificante del momento presente que en algunas páginas apenas alude al tema del discernimiento, como si el momento presente expresara siempre de modo inequívoco la moción de gracia que Dios ofrece con él. Tampoco dice casi nada, por ejemplo, de la Eucaristía y de los sacramentos, como clave decisiva de toda la santificación cristiana, o de la importancia de la pobreza, de la mortificación, de la fidelidad a una regla de vida o de la perseverancia en ciertas prácticas religiosas.

Cuando este autor, en fin, ensalza tanto la fuerza santificadora del momento presente, tenga éste la forma que tenga, podría también malentenderse su enseñanza, como si en orden a la santidad viniera a dar lo mismo pobreza o riqueza, vivir de este modo o de tal otro. Pero él sabe bien que la conversión cristiana, bajo la acción del Espíritu Santo, implica renovaciones no sólo interiores, en el corazón, sino también exteriores, en los modos de vida, y que a veces estas renovaciones han de ser muy grandes: «vino nuevo en odres nuevos» (Mt 9,17). Sin ellas se puede echar a perder la vida interior.

Muchas de las objeciones que se pueden hacer -y se han hecho- a de Caussade han de resolverse alegando que él da por supuestas muchas cuestiones ascéticas propias de una vida espiritual incipiente, pues sus escritos van dirigidos a personas de vida espiritual avanzada. Notemos, por ejemplo, que tampoco en San Juan de la Cruz la vida litúrgica y sacramental es presentada con frecuencia en sus obras mayores como la clave de toda conversión de vida, sin que por eso el Santo Doctor ignore esta verdad. Simplemente, un escritor habla de lo que está tratando, sin que por eso niegue intencionalmente o menosprecie necesariamente lo que silencia.

Otras veces de Caussade, llevado por su impulso literario, encarece en gran medida la lectura del Libro de la Vida diaria, recordando escasamente que sin la Sagrada Escritura y los libros espirituales apenas es posible entender nada del libro diario que el Espíritu Santo escribe en nosotros. Pero se trata sólo de contraposiciones retóricas, literarias, expresadas en un género epistolar exhortativo.

Por otra parte, aunque de Caussade diga con cierta frecuencia que la acción divina necesita encontrar corazones sencillos para realizar su obra, es claro que, hablando de Dios, se trata de expresiones antropomórficas, que han de ser bien entendidas. El autor sabe perfectamente que toda la buena voluntad que Dios encuentra en el hombre procede de Su gracia previa, ha sido causada por ella, y que Él, propiamente, no necesita hallar en la persona nada precedente a su gracia para poder concederle sus dones. Precisamente, la primacía de la gracia -total, continua, universal- es una de las verdades más claramente expuestas por de Caussade.

Todos estas insuficiencias de la presente obra son perfectamente explicables si tenemos en cuenta que se trata de un conjunto ocasional de cartas y de instrucciones dadas por el autor sobre el tema concreto del abandono.

Entre ya, pues, el lector en los escritos del padre de Caussade sobre el Abandono en la Providencia divina. Por sí mismo comprobará que este religioso ejemplar, como Santa Teresa, nunca habla sino de lo que él mismo ha experimentado profundamente en sí y en otros. Y en muchas de las páginas que siguen hallará luces tan verdaderas y tan bellas que solamente pueden proceder del Espíritu Santo.

José María Iraburu

Prefacio

[El breve prefacio que sigue, según Olphe-Galliard, parece haber sido escrito por la Madre Marie-Anne-Sophie de Rottembourg, para presentar el manuscrito que, por iniciativa suya, compuso hacia 1740 su tía, la Madre Marie-Anne-Thérèse de Rosen (+1747)].

Esta breve obra se compone de cartas escritas por un eclesiástico a la superiora de una comunidad religiosa. En ella se ve claro que el autor fue un hombre espiritual, interior y gran amigo de Dios. Él descubre en sus cartas, aquí abreviadas a veces, el verdadero método, el más corto y realmente el único para llegar a Dios.

Feliz aquél que reciba fielmente estas lecciones. Los pecadores encontrarán cómo redimir sus pecados, expiando las acciones cumplidas por su propia voluntad, por la adhesión única a la voluntad de Dios. Y los justos comprobarán que, con muy poco esfuerzo y trabajo en sus ocupaciones y quehaceres, podrán llegar muy pronto a un alto grado de perfección y a una eminente santidad.

No es otro el fin que aquí se pretende sino la mayor gloria de Dios y la santificación del lector.

[Las páginas que siguen son ya textos escritos por el padre Jean-Pierre de Caussade].



Capítulo I

Cómo Dios nos habla y cómo debemos escucharle

Dios habla hoy como ayer

Dios nos sigue hablando hoy como hablaba en otros tiempos a nuestros padres, cuando no había ni directores espirituales ni métodos. El cumplimiento de las órdenes de Dios constituía toda su espiritualidad. Ésta no se reducía a un arte que necesitase explicarse de un modo sublime y detallado, y en el que hubiese tantos preceptos, instrucciones y máximas, como parece exigen hoy nuestras actuales necesidades. No sucedía a así en los primeros tiempos, en que había más rectitud y sencillez.

Entonces se sabía únicamente que cada instante trae consigo un deber, que es preciso cumplir con fidelidad, y esto era suficiente para los hombres espirituales de entonces. Fija su atención en el deber de cada instante, se asemejaban a la aguja que marca las horas, correspondiendo en cada minuto al espacio que debe recorrer. Sus espíritus, movidos sin cesar por el impulso divino, se volvían fácilmente hacia el nuevo objeto que Dios les presentaba en cada hora del día.

María, abandonada en Dios

Éstos eran los ocultos medios de la conducta de María, la más simple de todas las criaturas y la más abandonada a Dios. La respuesta que dio al ángel, contentándose con decirle: Hágase en mí según tu palabra [Lc 1,38], sintetiza toda la teología mística de sus antepasados. Entonces como ahora, todo se reducía al más puro y sencillo abandono del alma a la voluntad de Dios, bajo cualquier forma que se presentase. Esta disposición, tan alta y bella, que constituía el fondo del alma de María, brilla admirablemente en estas sencillísimas palabras: Fiat mihi. Es la misma exactamente que aquellas otras que nuestro Señor quiere que tengamos siempre en nuestro corazón y en nuestros labios: Hágase tu voluntad [Mt 6,10].

Es verdad que lo que se exige de María en este solemne instante es gloriosísimo para ella; pero todo el brillo de esta gloria no la deslumbra: es solamente la voluntad de Dios la que mueve su corazón.

Esta voluntad de Dios es la regla única que María sigue y que en todo ve. Sus ocupaciones todas, sean comunes o elevadas, no son a sus ojos más que sombras, más o menos brillantes, en las que encuentra siempre e igualmente con qué glorificar a Dios, reconociendo en todo la mano del Omnipotente. Su espíritu, lleno de alegría, mira todo lo que debe hacer o padecer en cada momento como un don de la mano de Aquél que llena de bienes un corazón que no se alimenta sino de Él, y no de sus criaturas.



La virtud del Altísimo la cubrirá con su sombra [+Lc 1,35], y esta sombra no es sino lo que cada momento presenta en forma de deberes, atracciones y cruces. Las sombras, en efecto, en el orden de la naturaleza, se esparcen sobre los objetos sensibles, como velos que los ocultan. Y del mismo modo, en el orden moral y sobrenatural, bajo sus oscuras apariencias, encubren la verdad de la voluntad divina, la única realidad que merece nuestra atención.

Así es como María se encuentra siempre dispuesta. Y esas sombras, deslizándose sobre sus facultades, muy lejos de producirle ilusiones vanas, llena su fe de Aquél que es siempre el mismo. Retírate ya, arcángel, que eres también una sombra. Pasó tu instante y desapareces. María sigue y va siempre adelante, y tú ya estás muy lejos. Pero el Espíritu Santo, que bajo el aspecto sensible de esa misión ha entrado en ella, ya nunca la abandonará.

Casi no vemos rasgo alguno extraordinario en el exterior de la santísima Virgen. No es, al menos, eso lo que la Escritura subraya. Su vida es presentada como algo muy simple y común en lo exterior. Ella hace y sufre lo que hacen y sufren las personas de su condición. Visita a su prima Isabel, como lo hacen los demás parientes. María va a inscribirse a Belén, con otros más. Su pobreza la obliga a retirarse a un establo. Vuelve a Nazaret, de donde la alejara la persecución de Herodes; y vive con Jesús y José, que trabajan para procurarse el pan cotidiano.

Dejémonos llevar por Dios en cada instante

Pero ¿de qué pan se alimenta la fe de María y de José, cuál es el sacramento de todos sus momentos sagrados? ¿Qué se descubre bajo la apariencia común de los acontecimientos que los llenan? Lo que allí sucede es visible, es lo que ordinariamente vemos en todos los hombres; pero lo invisible que la fe allí descubre y reconoce es nada menos que el mismo Dios realizando obras grandes [Lc 1,49].

¡Oh Pan de los ángeles, maná celeste, perla evangélica, sacramento del momento presente! Tú nos das al mismo Dios bajo las apariencias tan viles del estable y la cuna, la paja y el heno... ¿Pero a quién se lo das? A los hambrientos los colma de bienes [1,53]. Dios se revela a los pequeños en las cosas más pequeñas; y los grandes, que solo miran la apariencia, no le reconocen, no lo descubren ni aun en las grandes.

¿Hay algún modo secreto para encontrar este tesoro, este grano de mostaza, esta dracma? En absoluto. Es un tesoro que está en todas partes, y que se ofrece a nosotros en todo tiempo y lugar. Como Dios, las criaturas todas, amigas y enemigas, lo derraman a manos llenas, y lo hacen fluir por todas las facultades de nuestro cuerpo y potencias de nuestra alma, hasta el centro mismo del corazón. Abramos, pues, nuestra boca, y nos será llenada. Sí, la acción divina inunda el universo, penetra y envuelve todas las criaturas, y en cualquier parte que estén ellas, ella está, las adelanta, las acompaña, las sigue. Lo único que hay que hacer es dejar llevar por su impulso.


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