Jianne Carlo Serie Guerreros Vikingos 3- el Pacificador Argumento



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Jianne Carlo

Serie Guerreros Vikingos

3- El Pacificador



Argumento
Para Njal, El Pacificador, es totalmente deplorable encontrarse a su novia vestida con pantalones, exhibiendo un arma, y cubierta de sangre de jabalí. Por que lo que él necesita es una mujer inteligente, de modales refinados, que sea hábil con las palabras y capaz de manejarse en las intrigas políticas de la corte de un rey. No una joven a la que le guste cazar y cuya habilidad con las armas rivalice con cualquier guerrero...

Bettina desea un hombre que pueda frustrar los planes de sus enemigos. Un guerrero vikingo que llame y provoque la ira de los Dioses contra los hombres que quieren robarle su herencia. No un hombre que valora las palabras y la paz por encima de todo.

Ni Njal, ni Bettina, esperaban que la pasión estallara entre ellos. ¿Qué prevalecerá, las palabras o las acciones? ¿Puede un Pacificador domar a una novia guerrera?


Capítulo 1
– ¿De dónde has sacado este vestido? – Bettina tiró del escote de su vestido sin éxito. – Debiste haberme dejado ceñir mis pechos. Son muy grandes.

No importaba lo mucho que ella los intentara aplanar una y otra vez, sus pechos se negaban a reducir su volumen. Al contrario, sus colinas gemelas parecían haber crecido tres veces desde que había usado un vestido por última vez.

– Confía en mí, cariño. No hay tal cosa como unos pechos demasiado grandes o demasiado rollizos. – Comentó la madre de Bettina, ahuecando el encaje negro que le cubría el cuello y haciendo que Bettina no pudiera contener una risita.

–  Me haces cosquillas.

– Es una pena que estuvieses cubierta de sangre de jabalí la primera vez que Lord Njal te vio.

Bettina dio una sonrisa torcida a la imagen de su madre que se reflejaba en el espejo de metal. Por alguna razón, el recuerdo de la cara horrorizada de su futuro marido cuando descubrió su identidad le hacía sonreir.

– Llena de sangre de jabalí, con los pantalones rotos del herrero y la túnica manchada. Por no hablar de la suciedad de la pocilga en mis botas.

–  Lord Njal no te reconocerá esta noche. Tendrás a todos los hombres salivando por ti en el gran salón.

–  Ni yo misma me reconozco. – Dijo Bettina deseando tener los ojos azules y el cabello sedoso del color del maíz de su madre. Pero había salido a su padre y por eso su cabello era negro y sus ojos oscuros. – Eso no tiene importancia. Lord Njal sólo se preocupa por su amado tratado. Te aseguro que no pondrá dos veces los ojos en mí – Afirmó abanicándose la cara con la mano. – Petalia por favor, abre las ventanas y deja que entre un poco de aire fresco. – Le pidió a la doncella que estaba con ellas en la habitación.

– Está muy hermosa, mi señora. – Dijo Petalia subiéndose a una banqueta para abrir las ventanas. – Como una princesa.

– El color rojo te sienta muy bien, hija. – Le comentó su madre poniendole un cinturón de plata en su cintura.

Bettina tocó los delicados aros del fino cinturón de metal, acariciando la paloma tallada en el cierre, y arreglando los extremos para que no colgaran a la misma altura. No le gustaba la simetría, prefería el desorden salvaje, como la belleza de las curvas y nudos en el tronco de un viejo roble, en vez de las flores cuidadosamente arregladas en un jarrón de estaño.

– Es precioso. – Bettina pasó el dedo acariciando otra vez la hebilla del cinturón. – Nunca he visto esta pieza antes.

– Fue un regalo de tu padre.

– Mamá, es tuyo...

– Es mi regalo para ti. – Su madre le apretó el hombro suavemente. – No te deseo más que alegría en esta unión. Trata de complacer esta noche a Lord Njal. Sírvele en su plato, ríete cuando sea ingenioso, habla en voz baja, y trata de no mostrar miedo cuando te toque. Te lo he explicado todo. No es fácil predecir si un hombre va a tratarte amablemente o no. No puedes rechazarlo. Y una vez que los votos se digan esta noche, tú serás suya.

– Mamá, ya me has dicho eso más de una vez. – Ella tomó las manos frías de su madre y se las frotó entre las suyas. – Sé que tienes miedo por mí. No voy a deshonrar nuestro nombre, ni a pelearme con él. E incluso le mentiré y le dejaré montarme. No me dolerá más que ser corneada por un toro o que me claven una flecha en el hombro.

Bettina enderezó los hombros y levantó la cabeza. – Es la hora. Tengo que ir y cumplir con mi deber. Estoy lista.

No habían tenido mucho tiempo para decorar el salón, pero Luca, el hijo de la cocinera, y todos los niños de la fortaleza, habían reunido ramas de pino y bayas de acebo para hacer guirnaldas para la mesa principal. La mujer del posadero, que tenía una tienda tres aldeas al sur, había traído dos barriles de cerveza. Y el jabalí que había cazado el día anterior alimentaría a la pequeña multitud.

Bettina se detuvo en lo alto de las escaleras y ahogó un gemido cuando vio a una docena de vecinos reunidos a cada lado de la mesa principal. Echó una mirada alrededor del salón relajándose un poco cuando vio que todo parecía estar en orden. El aroma a flores frescas inundaba la sala, suaves llamas azules y amarillas crepitaban de los troncos que ardían en la chimenea, y por encima del murmullo de voces masculinas y femeninas, se escuchaba la melodiosa música de una flauta de metal.

No tenía que distraerse. Esta noche se uniría a su prometido delante de su pueblo.

La noche ya había caído y las docenas de velas y lámparas repartidas por todo el gran salón hacían poco para mejorar la oscuridad y las sombras parpadeantes. Realmente era muy afortunado, que las sombras ocultaran los puntos gastados de las antiguas piedras de las paredes que necesitaban una restauración y una capa de cal. Y tal vez nadie se diera cuenta de los cortes de cuchillos en las mesas o los surcos y ranuras de los desgastados bancos. Cuando su padre estaba vivo, la fortaleza había sido próspera, pero después, bajo el control de su tío Mordred, poco a poco, todas las copas de bronce, las joyas e incluso los tapices habían ido desapareciendo para pagar las deudas.

Lord Njal, El Pacificador. ¡Bah! Un guerrero les sería de más utilidad. Prepárate para lo peor, Bettina. Haz lo que debes hacer.

A medida que descendía lentamente los escalones de piedra, Bettina buscó entre la gente a su futuro esposo. Pronto encontró a sus hermanos. A uno de ellos, el gigante Magnus, que era una cabeza más alto que todos los demás lo vio inmediatamente. Apoyado con un brazo contra la pared cercana a la chimenea y examinando con la mirada el repleto salón. Jarvik el más guapo, tenía un grupo de criadas sirviéndole cerveza y pasteles, mientras estaba sentado en un banco con tres hombres a los que ella no conocía.

– Mi señora. – Una de las hijas de la criada de la lechería le arregló la falda, dándole a continuación un ramillete de ramas verdes y acebo, atado con un trozo de cinta plateada. – Para usted, mi señora.

– Gracias. – Bettina sonrió a la niña regordeta que llevaba un vestido limpio, hecho a partir de uno de sus vestidos viejos. Todo el mundo había hecho tanto en tan poco tiempo.

Llevándose el ramo hasta la nariz inhaló el limpio aroma del pino en invierno, pensando en lo que tenía que hacer.

Después de escuchar las conversaciones de las criadas de la taberna y pillado a Petalia y al hijo del zapatero rodando encima de un montón de heno, Bettina había elaborado un plan para vencer a Njal, El Pacificador. No sería difícil deshacerse de un hombre que evitaba las batallas y a quien se le revolvía el estómago con la vista de la sangre de un jabalí.

Atrapó a su administrador, Darwent, comiéndose con los ojos sus pechos. Sus fosas nasales se dilataron, y sus puños se morían de ganas de aplastar esa lasciva y estúpida sonrisa de su cara picada de viruela. Por lo menos esta noche nadie criticaría su parte femenina, y nadie la condenaría por su actitud o su linaje. Su bisabuelo era medio hermano del rey Edmund.

Y como su madre había dicho, no era un mal destino casarse con Njal, ya que él sólo se quedaría en el castillo de Arbroath el tiempo suficiente para procrear a su heredero. Tan pronto como ella se quedase embarazada, él partiría para la corte del rey Cnut y todo volvería a la normalidad.


***

– ¿Has visto a tu novia? – La amplia sonrisa de Jarvik le envió un escalofrío al estómago de Njal.

– No –  Le contestó a su hermano mirando el abarrotado salón. Entonces escuchó un jadeo colectivo, al que siguió por un momento, un extraño silencio, seguido por una serie de murmullos y susurros, y supuso que su prometida había hecho su aparición. – ¿Finalmente, ella se ha dignado a honrarnos con su presencia?

– Se encuentra al pie de las escaleras. – Informó Magnus tomando un sorbo de su copa. – ¿No deberías ir a recibirla?

–  Es algo difícil atarme a este matrimonio tan perfecto con una chica que se parece a un niño, excepto por su largo cabello. – Njal rodó los ojos. – Solamente ruego por que tenga los modales de una dama en la mesa. Loki, el Embaucador, debe de haber confundido la cabeza del rey Cnut para unirme a una mujer tan salvaje como Bettina. Nunca podré llevar a una campesina tan simple e ignorante como ella a la Corte. No es la alianza que yo esperaba.

–  Si no vas a recibirla, lo haré yo. – Jarvik se arregló la túnica y se peinó con la mano su dorado cabello, poniéndolo sobre sus anchos hombros. – Eres un tonto, hermano. Ella es una belleza y daría mi bola izquierda por tener a Bettina a mi lado. – Dijo Jarvik enviándole una compasiva mirada de desprecio. Nadie apreciaba la belleza femenina de la forma en que lo hacía Jarvik.

Confuso por el exabrupto de su hermano, Njal recorrió el salón con la mirada, hasta que por fin la vio.

Njal aumentó la presión sobre la copa que sostenía, y toda la sangre de su cuerpo viajó hasta su polla, hinchándola. No pudo disimular la sorpresa o la oleada de lujuria que lo dejó inmóvil, por la transformación de la zafia y plana Bettina de antes, a la de ahora, elegante y con unos voluminosos pechos. Una voluptuosa diosa.

–  Incluso cubierta de sangre de un animal su belleza brillaba, pero con ese vestido… – Magnus silbó suavemente.

–  Y esos pechos son magníficos. ¿Dónde los escondió ayer? – Jarvik ajustó el broche de su túnica y se adelantó un paso.

– ¡Párate! – Njal le dio un codazo a Jarvik y devoró toda la distancia del gran salón en seis pasos. Cuando estuvo de pie delante de su novia, casi se tragó la lengua y no pudo dejar de mirar sus senos.

Njal, el hombre que tenía fama de ser muy elocuente, el que cautivaba con sus palabras incluso a las serpientes, estaba tan consumido por la lujuria, tan atónito y sin sentido, que no se le ocurría un solo pensamiento racional o una sola palabra coherente en su cabeza para decirle a su prometida. Solo pensaba que no quería que ningún otro hombre en el salón le mirara los pechos a Bettina.

– ¿No tienes un chal?

Bettina frunció el ceño. – No lo necesito, tengo calor. Hay algo malo con mi vestido – Ella miró hacia abajo y se alisó el encaje negro que adornaba el expuesto ecote. – Tal vez esto no es lo que llevan las damas de la corte del rey Cnut. Me temo que mamá ha pagado un alto precio por esta tela y ella tuvo a las mujeres de la fortaleza cosiendo sin parar para ajustar el corpiño.

Njal no conseguía hacerse con el control de su polla, que amenazaba con levantarse rápidamente si sus pechos no dejaban de balancearse de una vez. Era como si su pene controlase el agua que llenaba su boca y empañase sus pensamientos. Miró hacia la seda escarlata que cubría sus pechos, con la esperanza de conseguir ver sus pezones.

 ¿Serían rosas?

O serían del mismo color del cacao, esa bebida dulce que él bebía cuando visitaba Jutland. Al igual que esos picos dulces, duros como perlas, que él se moría por saborear ya.

–  ¡Oh! Estoy divagando. No voy a dejar que me inquietes por mi vestido. Es lo mejor que pudimos hacer y debería ser suficiente. Por favor, mi señor, ten respeto por nuestros invitados y mírame a la cara, no a mis pechos. – Pidió Bettina golpeando el suelo con el pie y estremeciéndose.

Fue ese temblor lo que finalmente le hizo reunir la fuerza necesaria para recomponer lo que su polla le había hecho a su cerebro.

– Tu tobillo todavía te duele de la lesión de anoche. Te llevaré.



Brillante Njal, un plan digno de diez mil monedas, se reprochó él mismo con sarcasmo, ya que si la cogía en brazos sólo protegería sus pechos de sus propios ojos.

– No te atrevas a avergonzarme. – Desde el manojo de ramitas que tenía en las manos iban cayendo hojas sin parar, debido a la fuerza con que sus dedos estrangulaban el ramo.

Viéndolo, Njal pensó que lo más seguro sería cambiar de estrategia.

– ¿Y por qué te tiene que avergonzar que un guerrero cuide de su esposa? – Njal le dirigió esa sonrisa con la que se había ganado el acceso a las camas de princesas, condesas, baronesas, y una abundancia de criadas.

Los ojos de Bettina se estrecharon, sus fruncidos labios… ¿Por qué no había notado lo llenos y apetitosos que eran sus labios rojos cuando los había observado antes? De repente las palabras rojos y llenos le trajeron a la mente otros labios que a él también le gustaría examinar, lamer, y enterrar su nariz. ¿Bettina sabría a miel? No, el sabor de su sexo sería picante al paladar y con un perfume embriagador.

 – ¿Mi señor?

Bettina se aclaró la garganta y Njal juraría que había soltado un bufido. Vagamente se dio cuenta de que ella esperaba una respuesta. ¿Qué era lo que su prometida le había preguntado? Confundido todavía, la vio girarse e iniciar una conversación con uno de los invitados.

– El sacerdote ya ha llegado, Njal. – Informó Magnus dándole un codazo en el costado.

Njal sacudió la cabeza, pero eso no consiguió despejar el deseo que aun le enturbiaba la mente.

– Cierra ya la boca, Njal. Y si fuera tú, ocultaría esa erección que tienes con la espada. – Le susurró Magnus dándole otro golpe, esta vez en las costillas.

– Eso es Magnus. Haz que recobre el sentido común mientras saludo a la novia. – Se burló Jarvik volviéndose. – Lady Bettina, es maravilloso cómo ha conseguido preparar este banquete en tan poco tiempo.

Disimuladamente Njal se ajustó la túnica y la espada, mientras se esforzaba por oír la conversación de Jarvik con Bettina.

– Querida hermana, ¿puedo decirte que esta noche estás radiante? Njal resopló cuando Jarvik cogió las manos de Bettina y se las llevo a los labios, una detrás de otra.

Nunca he visto tanta belleza, ni tanta gracia. Bajaste las escaleras como una reina. – Continuó Jarvik

– Es cierto, señora. – Magnus se inclinó. – No puedo decir las bonitas palabras de mis hermanos, pero te ves muy bien esta noche.

Con las mejillas encendidas, Bettina se inclinó en una reverencia hacia los dos guerreros, mostrando una sonrisa deslumbrante.

– Gracias, mis señores.

– Ahora somos hermanos, Bettina. Para ti soy Jarvik.

– Y yo Magnus.

– ¿Queréis dejar ya toda esa charla? – La irritación se notaba en el tono de Njal, mientras miraba entrecerrando los ojos, a sus hermanos. Si ellos continuaban mirando de esa manera los pechos de Bettina, golpearía la cara de los dos. – ¿Dónde está el cura? Vamos a hacer los votos.

– ¿Quieres que busque a tu madre, Bettina? Estoy seguro de que deseas que esté a tu lado.

– Gracias por tu amabilidad, Magnus. Creo que ella fue a darle las instrucciones de última hora a la cocinera. – Un hoyuelo apareció en su mejilla derecha cuando ella dirigió a Magnus una brillante sonrisa.

Njal ahogó un gruñido. Su novia pronto aprendería a reservar esas sonrisas para él y sólo para él.

– Hay una pequeña capilla a la derecha del salón. Haremos los votos allí. Seguidme, por favor. – Bettina se volvió haciendo que el cinturón que llevaba tintinease.

Njal no se movió, se quedó inmóvil observando su fina cintura, sus redondeadas caderas y sus largas, muy largas piernas.

– ¿Mi señor? – Bettina se volvió con una ceja arqueada. – ¿Continuamos?

Los votos. Si. Una vez que ellos los dijesen, Bettina sería suya.

Él extendió un brazo y ella puso su mano encima. La multitud se apartó mientras caminaban.

Los años de negociaciones y pacificación, trabajando para conseguir un objetivo en primer lugar, y luego otro, le ayudaron ahora a Njal a ordenar sus pensamientos y sus acciones.

– ¿Cómo está tu tobillo?

– Ha mejorado mucho. Agradezco tus consejos. Aunque no es agradable poner paños helados, la hinchazón ha disminuido. ¿Es una práctica que aprendiste en los campos de batallas?

– No. En las tierras orientales. En Constantinopla tienen un gran conocimiento del cuerpo y su curación. – El cabello de Bettina olía a agua de rosas y avellanas, y los rizos sueltos caían por debajo de sus voluptuosas caderas. – Aprendí mucho con los escribas y los físicos en esa gran ciudad. Ellos creen en el poder del tacto para curar los malos humores ocultos, masajeando con aceites el cuerpo para disolver las hinchazones.

Volviendo la cabeza hacia él, Bettina lo miró, con el rostro rápidamente alerta y los ojos muy abiertos.

– ¿En serio? Nunca había oído hablar de eso. Tenemos muchos ancianos en el castillo que tienen dolores y están débiles. Tal vez esos masajes y el aceite podrían aliviar su dolor. Me gustaría aprender esa habilidad contigo, mi señor, si me enseñas como hacerlo.

Njal apenas podía caminar, de tan apretado que sentía su saco. Con cada paso, sentía que su pene ardía quemando la fina lana de sus pantalones. Tenía la cabeza llena de imágenes de ella tendida boca abajo desnuda, y él con sus manos y su boca masajeaba su cuerpo explorando ese dulce punto detrás de sus rodillas. Cuando Bettina se detuvo, Njal parpadeó rápidamente para despejar su mente. Enseguida percibió que estaba delante de un altar de madera debajo de un arco, y que había un sacerdote vestido con los colores de la corte del rey Cnut, dorado y un profundo carmesí.

La ceremonia se inició después de que Magnus, Jarvik, y la madre de Bettina, Lady Gwen, ocuparan sus lugares detrás de la novia y de él mismo. La concentración de Njal vagaba durante los votos cristianos, en los que él no creía pero tampoco condenaba, llegando a esa convicción después de pasar un tiempo en tierras orientales, donde se pensaba que la creencia en un sólo Dios o en varios, apenas importaba cuando lo que se quiere es vivir en paz y no inmerso en una batalla por ese motivo.

Dos de los nobles locales llamaron su atención, ya que ambos estaban vestidos como para ir a la Corte, y no recordaba haber visto allí a ninguno de ellos. El que estaba de pie era alto y delgado y había visto muchos veranos y…muchas batallas, a juzgar por las cicatrices y las arrugas formadas en la boca y en los ojos. El otro parecía más joven, tal vez unos veinte años o más, y tenía el aspecto de un hombre elegante, con el rostro agraciado, los dedos llenos de anillos y el cuerpo robusto pero musculoso.

Después de que dijeron los votos, todos volvieron al gran salón para la fiesta, y Njal advirtió que los dos nobles competían por la atención de Lady Gwen. Apretó los dedos de Bettina, mientras caminaban para llamar la atención de ella que miraba hacia un montón de niños que estaban bailando y jugando con las hojas del acebo.

– ¿Quiénes son esos dos que están hablando con tu madre?

– El mas bajo es Hal, El Heraldo, el hijo de Conde Mordred. El más alto es nuestro vecino más cercano y un aliado y amigo de mi padre, el Conde de Berna Umbría, Leofric, El León.

Su tono era ansioso y esperanzador mientras hablaba. Por el modo de contárselo, Njal dedujo que a Bettina no le gustaba Hal, pero aprobaba al conde. Njal miró a ambos hombres sentados en la mesa principal con Lady Gwen situada entre ellos y decidió que se enteraría de algo más sobre los dos.

En el momento en que Njal y Bettina tomaron sus lugares de honor en el centro de la mesa principal, los platos de comida que llegaban desde la cocina fueron servidos por los sirvientes. Los pajes mantenían las tres chimeneas encendidas, la cerveza fluía libremente, el murmullo de las conversaciones se interrumpía de vez en cuando por las risas y las carcajadas. Los niños jugaban chillando, y los rugidos ocasionales unidos a las divertidas discusiones se extendían por todo el salón.

– La fortaleza funciona muy bien. – Comentó Njal ofreciendo a Bettina su copa. – Seguro que el mérito es tuyo y de tu madre, aplaudo vuestros logros.

Bettina abrió la boca, parpadeó una vez, dos veces, con el rostro enrojecido en un profundo tono rosa, y al final dirigió su mirada a su regazo.

– Mi señora, ¿te gustaría una copa de hidromiel?

Njal le tocó hombro con la punta de un dedo. Se sentía tan duro como el tronco de un roble. Su cerebro funcionaba con la única gota de sangre que no había bajado hasta su ingle, pero conocía muy bien el juego de la seducción, y esta noche no apartaría la atención de su novia, ni siquiera por un momento.

– No me gusta el sabor empalagoso del hidromiel, mi señor. – Contestó ella mirando todavía las manos en su regazo.

– ¿Cerveza, entonces? – Njal agarró otra copa y una jarra de cerveza.

Ella levantó la vista y le dedicó una sonrisa torcida.

– Admito que disfruto de una cerveza fría después de un viaje largo y difícil.

Una vez más una inusual irritación le hizo apretar los labios. A Njal no le gustaba la idea de que Bettina cabalgara sola y duramente, a menos que…ella lo montara a él. ¡Por los dedos de Odin!, su polla se agrandó con esa idea, pinchando la lana de sus pantalones.

Sosteniendo la copa en los labios de ella, Bettina tomó un sorbo y cuando sus ojos se encontraron, él decidió renunciar al resto de las festividades tan pronto como fuera posible. Girando la copa, Njal bebió por el mismo lugar por donde ella había bebido.

Bettina pinchó un trozo de cerdo asado del plato que compartían y se lo ofreció a él, poniendo una mano bajo el pedazo para que no goteara. Njal aceptó la carne manteniendo su mirada fija en la de ella. El color de sus mejillas se profundizó todavía más, sus senos subían y bajaban rápidamente, y con cada movimiento, su polla palpitaba mientras que sus bolas estaban tan tensas como una ballesta lista para disparar.

Mientras comían de esa manera, entre cada sorbo de vino o cada pedazo de comida, Njal intentaba mantener la suficiente lucidez para elogiarla, y consiguió tocarla tan a menudo que Bettina dejó de estar tan nerviosa y asustada. No sintió que fuese ninguna obligación hablar con su nueva esposa, ya que ella le demostró tener conocimientos en una amplia serie de temas, incluso aquellos que normalmente estaban relegados exclusivamente a los hombres.

Cuando los sirvientes comenzaron a retirar los platos de las mesas, Njal se inclinó hacia Bettina, permitiendo que sus labios rozaran el lóbulo de su oreja.

– Podríamos evitar el ritual de bodas de ser desvestidos por la gente. ¿Qué piensas, mi señora?

Él la oyó jadear haciendo que Bettina dejara de limpiar su cuchillo con un trapo.

– Estaría en deuda contigo, mi señor. Pero, ¿cómo?

– He hablado con Lady Gwen antes. Ella te llamará por cualquier tema de la cocina. Puedes llegar a nuestra habitación a través del acceso de los servidores. Nadie te verá. Dejaré que te prepares y acudiré poco después. Me reuniré contigo enseguida, mi señora. Espérame allí.

Capítulo 2
Bettina no podía decidirse.

¿Vestida o desnuda? ¿Borracha o sobria? ¿Con el cabello trenzado o suelto? ¿Bajo las pieles de la cama o sentada en una silla?

A pesar del llameante fuego que calentaba el ambiente, un escalofrío helado le contrajo los dedos de las manos y de los pies. Por un momento, las paredes ondularon y parecieron que se acercaban. Ella se encontró jadeando, notando que estaba un poco alterada y confundida.

Respira, respira hondo y deja salir el aire lentamente. Y date prisa en decidirte.

Bettina deseaba que él lo hiciera rápidamente. Deseaba que no hubiera sido su primera vez.

Se quitó el vestido de seda, acariciando con los dedos la suave tela, a pesar de que le temblaban incontrolablemente. Agradeciendo a Dios y a su madre por el vestido que se ataba en el frente, se encogió de hombros y el material se deslizó, dejando caer el tejido escarlata al suelo. La camisa fue la siguiente, luego las ligas, las zapatillas y las medias y lo amontonó todo en un banco al lado de la ventana.

Su corazón latía fuertemente cuando oyó la voz profunda Njal rugiendo una serie de maldiciones nórdicas. Palabras que ella entendía, aunque no debería de saber ni comprender.

Sentía las piernas tambaleantes como las de un potro recién nacido tratando de ponerse en pie por primera vez. Bettina tropezó con la cama golpeándose el pie, pero ignorando el dolor se metió bajo las pieles de la cama subiéndoselas hasta la nariz.

Las viejas bisagras de la puerta chirriaron cuando se abrió. Bettina entrecerró los ojos cuando reparó en que todas las velas y las lámparas de la pared seguían ardiendo intensamente. Había planeado dejar el cuarto tan oscuro que él no pudiera ver sus reacciones.

Njal se deslizó a través de la estrecha abertura, la miró, y el vientre de Bettina se agitó como si tuviese un enjambre de mariposas dentro. Él tenía una expresión sombría, con los ojos entrecerrados y los labios apretados.

¿Qué había hecho ella para transformarlo de un encantador y seductor pacificador, a un ejecutor a punto de saltar a través de las tablas del suelo hacia ella? ¿O tal vez el disgusto que había visto en su rostro el día anterior había regresado?

La rabia amenazaba con poner a prueba su determinación para complacerlo. Si sólo Petalia no le hubiera repetido las palabras que ella había oído que Njal les dijo a sus hermanos. Bettina odiaba esas palabras, odiaba que una misma palabra pudiera significar algo diferente en otras circunstancias.

Pero haría caso omiso de esas palabras y cumpliría con su deber. Tenía que tragarse su orgullo, alejar su amargura, consumar el matrimonio, y sellar los votos.

Entrecerrando los ojos lo vio cerrar la puerta, girarse y llegar en tres zancadas hasta la silla. Se sentó y desató sus botas de caña alta. Inevitablemente y debido al incómodo silencio, los latidos de su corazón se aceleraron y ella contuvo la respiración llegando ese sonido a los oídos de Njal. Bettina luchó contra el impulso de enterrar la cabeza bajo la ropa de la cama como un tímido conejo. En su lugar, abrió los ojos y apretó los labios. Bettina le demostraría que no tenía miedo.

– ¿Sabes lo que va a suceder esta noche, Bettina?

Njal se movía como el caballito del diablo. Con la misma rapidez y potencia, que esa elegante libélula.

Bettina se había encontrado con sus ojos por un momento. ¿Cómo se las había arreglado para llegar tan rápido a su lado, sin túnica, ni botas ni pantalones? Dado que su padre había muerto y Bettina había asumido sus deberes sobre esa tierra cada vez más, había visto el pecho desnudo de muchos hombres, pero ninguno con la piel tan bronceada y los músculos marcando su poderoso torso. Un extraño mareo la afligió cuando el colchón de paja se hundió al sentarse él.

– ¿Lo sabes?

El aire escapó de sus pulmones cuando ella levantó la barbilla y lo miró a los ojos.

– Nos vamos a cruzar…

Njal cerró los ojos y sus labios casi desaparecieron de tan apretados que lo tenía.

Tal vez a él no le gustara esa palabra, pero era el término que usaba la gente común, y eso es lo que iban a hacer. La incomodidad de Njal aumentó su enfado. –  Copular –  Sugirió esta vez.

Las cejas de Njal se juntaron como nubes oscuras, listas para crear rayos y lanzarlos hacia ella.

– ¿Fornicar? ¿Joder? ¿Yacer? – Con el rostro rojo, Njal negaba todos los términos que ella conocía para nombrar el acto.

– Aparearnos…

La mano de Njal cubrió su boca. Sus ojos ya no tenían el azul profundo que ella había admirado durante toda la comida, y su caliente respiración salía entrecortada.

–  Cállate ya. ¿Dónde has oído tantas vulgaridades?

– En todos lados. –  Pero la explicación le salió ahogada por la presión de su fuerte mano en su boca.

Bettina le agarró la mano y retirándosela de la boca, lo miró.

Njal negó con la cabeza mientras su pulgar acariciaba suavemente el labio inferior de Bettina. – ¿Alguna vez has oído referirse a eso como a hacer el amor?

Distraída por el hormigueo que sentía en el labio y por el vello reciente de su barba, Bettina agarró su dedo errante. – No puedo pensar cuando haces eso.

La sonrisa que curvó los labios de Njal la deslumbró.

– Perfecto… – Susurró él reclamando su boca, logrando que todos los pensamientos de Bettina huyeran de su cerebro.

¡Dios mío! 

La conmoción que sintió Bettina cuando la lengua de Njal tocó sus labios, como si estuviera memorizando su gusto y su tacto, hacía que su cabeza girase.

Él la cubrió con su cuerpo.

¡Dios mío!

A ella le gustó la sensación de tener encima a Njal, el peso de su cuerpo, la presión de sus caderas, su dureza rozando sus partes íntimas. Inconscientemente se arqueó contra el duro acero de su virilidad, casi desmayándose por la increíble fricción de su cuerpo contra el de él.

– Abre – Murmuró Njal con los labios todavía pegados a la boca de ella. Su aliento perfumado de miel le llegó a la nariz. Bettina le obedeció al instante, y cayó de espaldas contra el colchón de la cama cuando la punta de su lengua tocó sus dientes. Las manos de él se deslizaron bajo su espalda, levantando y sentando a Bettina encima de su regazo, haciendo que ella se agarrara a sus hombros. Era como si Njal quisiera saborear cada roce de su lengua, reclamándola por entero.

Bettina se sentía flotar, sentía que estaba ardiendo. Los movimientos de su boca y de su lengua acariciándola, eran algo mágico, una locura. El corazón le latía acelerado y casi se le sale del pecho, cuando él agarró su labio inferior entre sus dientes y lo mordió suavemente. Su sexo se contraía y se cerraba, dejándola inquieta y húmeda. Apretó los muslos juntos, pero eso sólo consiguió que su botón palpitara, hormigueando y picando como el aguijón de una abeja.

Njal levantó la cabeza y las manos de ella aflojaron el agarre en sus hombros. Bettina jadeaba como si hubiera corrido por toda la amplitud de la pradera que rodeaba las murallas del castillo. Sus labios estaban ardiendo, hinchados y húmedos, y el rostro de Njal se le desdibujaba a causa de su turbada visión.

– Sí, esposa. De la manera en que empecemos este matrimonio, es la manera en que lo continuaremos. – Murmuró Njal.

Bettina parpadeó y el rostro de su esposo volvió a enfocarse nítidamente.

– Aquí comienza tu domesticación, mi novia guerrera.

Njal tenía una sonrisa de satisfacción en su cara, que hizo que las palmas de las manos le picasen por la necesidad de borrársela de la cara. Esa necesidad aumentó cuando comprendió el significado de sus palabras. – Tendrás que hacer algo más que darme un beso para domar a esta novia guerrera.

Echando la cabeza hacia atrás, Bettina se encontró con su feroz mirada, y pese al temblor de sus manos, le dijo manteniendo la voz baja. – Ya me acuerdo del término correcto, mi señor. Creo que lo que estamos haciendo ahora es follar.

Njal se apartó ligeramente y sólo entonces Bettina se dio cuenta de que estaba sentada en su regazo, con las sábanas enredadas alrededor de su cintura y sus pechos desnudos ocultos por su largo cabello.

Se estremeció mientras él echaba la cabeza hacia atrás y se reía.

– ¿Te divierto, mi señor?

– Es mejor que me ría a que te muestre la diferencia entre follar y hacer el amor. – Contestó Njal con los ojos fijos en ella. – ¿Por qué quieres provocar mi furia?

– Esta campesina salvaje, inculta y simple, no quiere provocar nada en ti. – Ahora era el turno de Bettina de sonreír mientras el rostro de Njal enrojecía al oír sus propias palabras arrojadas a su cara.

Eso era lo que les había dicho a sus hermanos esta noche, antes de que ella llegara. La furia se apoderó de sus acciones cuando Bettina retiró las sábanas, rodó y tumbándose en la cama, abrió las piernas.

– Hazlo ya.

– Bruja – Rugió Njal saliendo de la cama. – Si quieres que te follen, eso es lo que vas a conseguir.

Él se bajó los pantalones y Bettina sintió que el pánico aumentaba en su interior ante la visión de su enorme, gruesa y erguida virilidad. Ahogando un gemido, respiró profundamente, cerró los ojos y apretó las manos en las sábanas, rezando como nunca lo había hecho antes.

Cuando pasó un momento bastante largo y aun no había sucedido nada, Bettina intentó escuchar algo, pero sólo se oía el crepitar del fuego.

Abriendo un ojo, Bettina miró alrededor, pero no pudo encontrar a Njal. Se mordió el labio sintiendo que el miedo le robaba el aliento. Moviéndose tan lenta y silenciosamente como le era posible, se levantó sobre sus codos y se fijó en que su esposo estaba sentado en una silla, de espaldas a ella, con una pierna estirada a lado del fuego.

– Esta noche, en la mesa principal, parecía que te gustaban mis atenciones. – En la voz profunda de Njal ya no había ningún rastro de enojo.

¡Mi maldito temperamento! Bettina no podía fallarles a su madre y a su pueblo.

Apoyándose en las manos, se sentó.

– Entonces yo no sabía nada de lo que pensabas acerca de mí.

– Ah.


Njal no podía creer lo cerca que había estado de tomar a Bettina mientras estaba furioso. Si los nobles de la Corte pudieran ver al Pacificador ahora, los rumores se extenderían y les horrorizarían más rápido, que las olas del mar del Norte en una tormenta provocada por la furia de Thor. Y el error era suyo y sólo suyo.

Reprimiendo un suspiro, se levantó y acercándose a la mesa sirvió dos copas de vino. Cogiéndolas, se dirigió a un lado de la cama y le ofreció una a Bettina.

– Es vino. Sé que no es lo que te gusta, pero me niego a pedir una jarra de cerveza en este momento.

– Gracias. – Agradeció ella cerrando sus dedos alrededor de la copa de latón y manteniendo los ojos fijos en ella. – Sólo es el hidromiel lo que no me gusta. Es muy dulce.

Él estudió su cara. – Vístete, Bettina.

 Bettina levantó la cabeza y él pudo leer su angustia en sus ojos agrandados.

– Me gustaría hablar un poco. – Intentó calmarla Njal.

Ella asintió con la cabeza y sus oscuras pestañas revolotearon sobre sus ojos como las alas de una mariposa.

Sin desearlo, el pene que minutos antes se había quedado flojo, volvió a erguirse en toda su extensión.

– No tendría que haberte irritado. Te ruego que me perdones.

– Y yo no debería de haberte insultado y juzgado sin haberte conocido antes.

– ¿Mi señor?

Ella levantó el rostro y al mirarla, el pecho le dolió al verla confusa, con arrugas de ansiedad marcando su frente y reteniendo las lágrimas que aparecieron en las esquinas de sus ojos. Era virgen, pero su temperamento era feroz.

–  ¿Me estás dejando?

Ella poseía un gran coraje y espíritu.

– No, yo nunca haría eso, Bettina. Pero creo que es conveniente para nosotros comenzar nuestra noche de bodas de nuevo. ¿Qué te parece?

La boca de Bettina se abrió y sus ojos se ampliaron hasta que dominaron toda su cara.

– ¿En serio?

– Sí. Vístete y hablemos.

– Tienes todo el derecho a pegarme por mi rebelión.

– Esa no es la manera correcta. – La honestidad le obligó a Njal a añadir. – Y no es mi costumbre.

Cuando Bettina desapareció detrás del biombo en un lado del cuarto, Njal se subió los pantalones. Entonces recordó el popular juego de Northumbria, el Zorro y el Ganso, uno de los muchos que él solía utilizar para conseguir alguna ventaja cuando negociaba.

Sintió que ella se le acercaba, aunque sus pies descalzos hiciesen poco ruido en el suelo de piedra.

– ¿Conoces el juego del Zorro y el Ganso?

– Sí, papá y yo lo jugábamos a menudo.

Sentado en la silla, Njal se apoderó de sus manos, y cuando sus ojos se encontraron con los de ella, le sonrió.

– ¿Qué te parece si jugamos?

Ella no se resistió cuando él la puso en su regazo, pero con el ceño fruncido miró hacia la mesa en la que había un tablero de madera pintado y unas piezas.

– ¿Quieres jugar al Zorro y al Ganso?

– Sí. ¿Qué vamos a apostarnos?

– No tengo ninguna moneda. – Contestó Bettina.

Sonriendo al ver su confusión, que causó que ella frunciera levemente la punta de su nariz, Njal dijo. – Entonces, nos apostaremos besos.

El suspiro de ella le hizo sonreír más ampliamente.

– Elige, Bettina… ¿zorro o gansos?

Mirándole de reojo, con una astuta mirada en sus ojos entrecerrados, ella le preguntó. – ¿Me dejas escoger?

– Sí


– Pues entonces elijo el zorro. – Sus fosas nasales se dilataron y sus labios temblaron cuando Bettina le dedicó una sonrisa triunfante. – ¿Quién empieza?

– Un guerrero siempre cede el puesto ante una dama.

En dos movimientos, Bettina ya había capturado a uno de sus gansos. Sus ojos brillaron, y toda la tensión entre ellos desapareció cuando ella se dio la vuelta en su regazo y le dijo. – El primero de muchos.

– Ya veremos. – Njal le dio el ganso pintado de amarillo. – Creo que te debo un beso.

– Oh – La alegría en su rostro se nubló.

– ¿Tienes sed? – Le preguntó Njal.

– Sí, un poco.

Él cogió su copa y bebió un sorbo de vino, luego la abrazó acercándola más. Bettina abrió la boca y Njal le pasó el vino. Su prometida se puso rígida, pero Njal le lamió el contorno de la boca, y ella tragó. Entonces la besó, provocándola, mordisqueando y chupando sus suaves labios.

Cuando rozó el contorno de su boca otra vez, ella se rindió y suspiró. Njal reprimió una sonrisa y dilató los ojos fingiendo confusión.

– ¿Hay algún problema?

– ¡Sí! ¡No! – Su barbilla se alzó hacia él. – Si hubiera hecho esto alguna vez, sabría lo que tengo que hacer.

– No, dulzura, es mejor aprenderlo lentamente. Es puro placer desear tu boca. – Él rozó su boca y le metió un dedo entre los labios. – Ahora, piensa en lo que deseas hacerme.

Su nariz se dilató por la idea y Bettina chupó su dedo y le mordisqueó con los dientes la punta.

Su caliente semilla se acumulaba en su pesado saco. Retirando su dedo, él capturó sus labios, premiando su confianza con lamidas largas y leves mordiscos, hasta que terminó haciendo una lenta y caliente exploración de su boca. La excitación dejó su polla palpitante y su sangre se agolpó en sus bolas. Incapaz de resistirse, Njal apartó el largo cabello de su esposa, admirando la forma en que los rizos sedosos se enroscaban en su pecho.

Cuando las manos de Bettina se entrelazaron detrás de su cabeza, él se apartó y besándola suavemente en el oído, le susurró. – ¿Mi señora está satisfecha con su premio?

¡Por Odin!

Ella respiró profundamente, con sus oscuros ojos nublados y sus labios rojos haciendo pucheros. Bettina parpadeó y él la ayudó a sentarse otra vez, manteniendo el brazo alrededor de su cintura. Njal cogió los dados y los tiró. La jugada hizo que cambiara un ganso de posición, de tal manera que Bettina pudo saltar y capturar dos piezas con su zorro.

Sus labios temblaron cuando Bettina se volvió hacia él, y apoyó las manos en sus hombros. Su pene se endureció como un yunque cuando ella le deslumbró con una sonrisa burbujeante y una suave risa.

– Creo mi señor, que he descubierto una nueva forma de jugar al Zorro y al Ganso.

Llevando una de sus manos a los labios, Njal le besó en la palma, lamiendo un pequeño círculo y mirándola a la cara todo el tiempo. Bettina se mordió el labio sintiendo que sus pechos se hinchaban.

– ¿Y cómo es, preciosa?

–  De la manera en que tu juegas, los dos vamos a ganar.

– Espero que sí, mi señora. Es tu turno. – Njal puso los dados en el centro de su pequeña mano y la cerró, luego besó y lamió cada dedo, antes de mirar hacia ella. – Para que te de suerte.

En el momento en que ella capturó su séptimo ganso, la mente de Njal estaba a punto de perder la batalla contra la lujuria de su rígido pene, y sus bolas amenazaban con empezar a arder.

Cuando él la estaba acercando para besarla, Bettina se levantó de su regazo antes de que se lo pudiera impedir, sonriéndole con descaro. Njal casi la agarra y la tira sobre la cama en ese momento. Entonces Bettina levantó una pierna y se puso a horcajadas sobre él, con su monte tocando su polla y su trasero en sus muslos.

– Ahora jugaremos a mi manera. El zorro devolverá dos gansos al juego, si yo soy la única que reclamará el premio. – A pesar de su audaz mirada, su voz se quebró al final.

Njal agrandó sus ojos. Agarrando su firme trasero, apretó una nalga con cada mano y gruñó. – ¡Trato hecho!

Era la más dulce de las torturas y el más doloroso suplicio que él había sufrido alguna vez, el dejar que ella llevara la iniciativa. Su pene saltaba cada vez que ella lamía suavemente su boca. Sus pequeños dientes mordisqueando sus labios, mandaban a su feroz y caliente erección, al cielo y al infierno juntos. Él gimió mientras ella chupaba su lengua. Sus manos se apretaron en su trasero mientras Bettina se frotaba arriba y abajo, engrosando todavía más su erección, que ya parecía una piedra.

Ella le mordió el labio inferior y Njal casi se cayó de la silla. Sus manos ahuecaron su barbilla, su lengua la acariciaba dentro de su boca, y en ese momento Bettina envolvió sus piernas alrededor de la cintura de su esposo.

Njal se levantó con ella en brazos y se tambaleó hasta la cama. Sujetándola con una mano, le quitó el vestido con la otra. Cayendo los dos sobre el colchón, él le arrancó la camisa, rasgando el fino tejido, y sus pechos llenos y redondos, aquellas maravillas, aparecieron ante sus ojos.

– Cacao – Murmuró Njal antes de besar su rígido y duro pezón. Njal le lamió uno de los picos, haciendo rodar el otro entre sus dedos, cambiando su boca de pecho para descubrir la suavidad de su forma y su contorno, antes de volver otra vez al anterior.

Bettina gimió su nombre poniendo su mano detrás de la cabeza y deseándolo con ardor.

Njal chupó más fuerte, tirando del pezón entre los dientes una y otra vez, hasta que ella se arqueó debajo de él, rozándole el pene con la pierna. Mordiendo el erguido pezón, Njal miró a Bettina cuando ella se tensó estremeciéndose.

Sabiendo que su control no aguantaría mucho más, se quitó los pantalones y subió su falda hasta su cintura, acomodándose entre sus muslos. Extendiendo su mano hasta su suave monte, sus dedos lo encontraron húmedo y preparado para él y guió su polla hasta la entrada de su coño, mirándola fijamente. Mientras los ojos de Bettina se abrían lentamente, Njal frotó la punta de su miembro arriba y abajo de sus pliegues.

Bettina le envió una pequeña sonrisa y dejó de respirar cuando empezó a entrar en ella. Su cabeza cayó hacia atrás sobre la almohada, levantando las cejas cuando él empujó más su polla en su palpitante coño.

Njal se retiró y la penetró con más fuerza, ganando un terreno precioso. Ella era tan apretada, tan caliente. Su mandíbula se tensó y las gotas de sudor brotaron en sus sienes, cuando sintió que sus paredes le ceñían como un guante. Bettina gimió su nombre.

Sus bolas se hincharon, apretándose firmemente. Ella se arqueó y Njal empujó más profundo, sintiendo su saco golpear en sus pliegues y la sensación de su semilla próxima a estallar como una erupción, mientras penetraba otro centímetro en su resbaladizo canal. Con otro empujón más profundo, Njal rompió la membrana de su virginidad y tensó todos los músculos de su cuerpo debido al esfuerzo que hizo para mantenerse inmóvil, sabiendo que Bettina necesitaba algo de tiempo para adaptarse a su grosor.

Mechones del cabello de Bettina se enredaban en su rostro y Njal hundió la nariz en la fresca fragancia de rosas. Su pene se inflamó todavía más y sus piernas temblaban en su lucha por no moverse y golpear en su dulce calor.

Ella se retorció debajo de él y Njal gruñó, implorando la misericordia de Freya, apretando los dientes para aguantar sus impulsos.

La mano de Bettina le acarició el hombro y curvándose le lamió antes de morderle con fuerza.

Ese gesto logró que su polla declarase la victoria y sosteniendo sus caderas empezó a golpear en su sexo, dentro y fuera, disfrutando del suave sonido que se producía cuando su coño no le permitía retirarse.

Las uñas de Bettina le arañaron la espalda cuando sintió los primeros espasmos de su orgasmo recorriendo su cuerpo. Njal apenas registró en su mente el dolor de los rasguños, ya que en ese mismo momento su simiente comenzó a surgir a través de su polla.

– ¡Por el Valhalla! – Rugió estremeciéndose cuando su semilla salió disparada, un chorro detrás de otro, hasta que se desplomó agotado. Sin querer aplastarla, rodó sobre su espalda y con ella encima, la abrazó apretándola contra su pecho.

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