Jianne Carlo Serie Guerreros Vikingos 3- el Pacificador Argumento



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Capítulo 3
Pasó algún tiempo antes de que Bettina recuperase sus sentidos. Su cuerpo subía y bajaba con la respiración jadeante de Njal, con un ritmo que la sumía en un profundo letargo. Sus miembros estaban flojos y sus piernas se negaban a moverse. Su sexo aun sentía la deliciosa sensación de su gruesa masculinidad, llenando sus temblorosas paredes.

Njal se movió debajo de ella, y con un rápido movimiento, sin salirse de su interior, la depositó en la cama, cubriendo con las pieles sus cuerpos desnudos. Njal deslizó sus brazos bajo el calor de las pieles y ahuecó con una mano su trasero, mientras que con la otra le acariciaba la espalda.

De repente, Bettina comprendió por que los gatos ronroneaban y se estiraban cuando eran acariciados. Esa calmante sensación la dejaba somnolienta. No estaba molesta por ser un ganso atrapado por un zorro, no después de tanta felicidad.

–  ¿Quién ha ganado, esposa?

Su pregunta merecía una respuesta que les llevaría a pelearse e insultarse, y Bettina deseaba mantener la magia de su unión en su corazón por unos minutos más. Para apartar la necesidad de darle una respuesta inadecuada, ella volvió la cabeza y le besó el pecho, un beso como el que le había dado él en la palma de su mano, sonriendo cuando notó que su pene se retorció en su interior. Nunca se había sentido tan feliz, tan cálida y segura. Tan femenina.

– ¿Bettina?

Frunciendo el ceño, cuando él la agarró del mentón, obligándola a dejar el acogedor nido de vello de su pecho, ella parpadeó y se las arregló para decir dos palabras que no la comprometieran.

– Estoy somnolienta.

Las duras líneas de su rostro se suavizaron. Cuando Njal sonreía, la luz de las velas reflejaba el oro de sus ojos azules, se veían brillantes como si estuviese pensando en algo gracioso.

– Parece que me he casado con una mujer que no tiene necesidad de charlas después del amor.

La tentación de preguntarle por que lo llamaba amor, en vez de copular o follar, hizo que se mordiera la lengua y poniéndole las manos sobre el pecho apoyó su barbilla en ellas.

– ¿Es obligatorio hacer eso?

– No – Contestó tocándole la punta de la nariz. – Es tu primera vez. Me preguntaba si tenías alguna pregunta.

Muchas, pero no se atrevió a hacer ninguna. ¿Él era el zorro y ella el ganso? ¿Se la comería y luego escupiría los huesos?

– ¿Esta es la manera en que se juega al Zorro y al Ganso en la corte del rey? – Preguntó Bettina estrechando los ojos, pero sin dejar de mirarlo.

– No, allí se juega con dinero, no con besos. – Njal se enroscó un mechón de su cabello entre los dedos.

– Tú tenías toda la intención de perder. – Protestó ella golpeando la mano que acariciaba su hombro.

– ¿Crees que he perdido, dulzura? Sólo por ver la magia de tu placer, perdería una y otra vez.

Sus palabras golpearon el muro de frialdad que había levantado después de que su padre muriese, apartando todos sus sentimientos femeninos, suaves y vulnerables, y obligando a su mente a concentrarse sólo en lo que tenía que hacer para proteger a su madre y al castillo. Que él la hubiera derrotado cuando no llevaba su armadura emocional, hizo crecer su temor y su rabia.

Las manos de Njal ahuecaron su rostro apartándose un poco para mirarla mejor. Su polla se deslizó fuera de ella y la pérdida de esta conexión la dejó vacía. Una corriente de aire frío pasó por su brazo desnudo estremeciéndola.

– Vamos a hablar claramente, Bettina. Ahora somos marido y mujer. Me gustaría hacer un trato.

Bettina no había conocido a ningún hombre que cumpliera su palabra, excepto a su padre.

– Quiero confianza y lealtad entre nosotros.

Muéstrate de acuerdo con él. No digas nada más. Él partirá para la corte del rey pronto.

– ¿Le darías tu confianza a una campesina ruda, inculta y simple? – Ella se apartó de su abrazo. – No, mi señor. No me fío de tu palabra, y tengo razones para ello.

Njal tenía los labios apretados. – Ya te he dicho que me arrepiento de esas palabras y que estaba equivocado. ¿Qué más quieres de mí? ¿Sangre?

Ningún hombre que ella conocía, había admitido estar equivocado, pero siguió manteniéndose firme en ese asunto. Respirando profundamente, lo miró a los ojos y dijo. – Yo honro mi palabra, mi señor. ¿Siempre me dirás la verdad?

– Siempre, Bettina, y me gustaría que me llamases Njal. – Respondió cogiendo un rizo que cubria uno de sus pechos y enredándolo en sus dedos.

Una oleada de calor la recorrió de la cabeza a los pies, las llamas lamían sus pliegues y dejaban sus pezones tiesos y duros.

–  ¿Empezamos por aceptar ser sinceros el uno con el otro?

Su mano ahuecó su pecho y Njal jugó con el pezón, haciendo que su rebelde cuerpo reaccionase y la punta se endureciera con su toque.

¿Cómo podía una simple caricia afectarla tanto? Le resultaba difícil respirar y sólo podía recordar vagamente lo que él le había pedido. Parecía que tenía mariposas revoloteando en su estómago y se sentía totalmente excitada.

Cuando la cabeza de Njal bajó y chupó su palpitante pezón, metiéndolo en su boca y acariciando la punta con su lengua, un maravilloso escalofrío se deslizó por su espalda, trazando un camino hasta su cabeza.

Njal apartó su boca y Bettina gimió de frustración, encogiéndose para no pedir más.

– Soy un hombre codicioso. – Dijo Njal besando el hueco entre sus pechos. – Y tú tienes sueño y estás cansada. Ven, esposa.

Envolviéndola, se sentó, acomodando las almohadas de la cama y abrazándola suavemente, le apretó la cabeza contra su pecho.

– Eres mi esposa y mi deber es cuidar de ti y mantenerte a salvo. Te hago el juramento de que te seré fiel. Ninguna otra mujer compartirá mi cama. ¿Te comprometes a hacer lo mismo por mí?

Cuando Njal le prometió eso, Bettina se sintió estúpida e irracional por su anterior negativa a confiar en él. Apoyando la palma de la mano sobre su pecho, se volvió para mirar a su esposo.

– Nunca seré una vergüenza para ti, mi señor. Te doy mi palabra. Ningún otro hombre me conocerá de esta forma. – Su mirada bajó hacia su mano.

– Pregunta. Puedo ver por tu expresión que tienes una pregunta. – Njal enterró la mano en su largo cabello.

– No se si debo – Dijo Bettina mordiendose el labio.

– Pregúntamelo. Di… Njal… – Se interrumpió trazándole con un dedo el arco de la ceja. – Llámame por mi nombre, Bettina, y pregunta lo que quieras.

Mirando el vello de su pecho, fascinada por la forma en que los rizos rodeaban su pequeño pezón oscuro y erecto, ella le preguntó al final.

– ¿Siempre serás sincero, tanto en la corte del rey como aquí?

– En ambos. – Contestó, alzándole la barbilla. – ¿Me crees?

  Ella se encontró con su mirada y lo que vio allí disipó cualquier duda que pudiera tener. Bettina asintió con la cabeza.

– Entonces… Tenemos un trato, esposa. ¿Lealtad y confianza para los dos?

– Tienes mi lealtad. – Ella respiró hondo y añadió. – Njal.

La sonrisa con que él la recompensó, agitó el cosquilleo que le provocaban las mariposas revoloteando en su interior.

– ¿Y la confianza?

– Voy a trabajar en eso. – Respondió Bettina.

– Eso es más de lo que me esperaba, Bettina. – Contestó él llevándose la mano a su boca y besándole cada dedo por separado. – Llevas una gran carga sobre tus hombros desde que tu padre murió. Pero ya no será necesario, ahora que estoy aquí. He planeado una reunión con tu administrador para mañana.

– ¿Con Darwent? – Bettina se sentó, sacudiendo la mano fuera de su alcance. – Luca tiene más talento para administrar nuestro dinero que ese inútil.

– ¿Y entonces por qué Darwent es tu administrador?

– El Conde Mordred lo nombró después de que mi padre falleciera. Mordred es mi tío por matrimonio y mi tutor.

– Era, esposa. Era. Ahora ya no lo es más.

Bettina bajó la mirada hacia las pieles dispersas sobre la cama, no queriendo que él viera la alegría en sus ojos. Por fin, por fin, ella vería a Mordred por última vez. Ya no tendría que perder el tiempo pensando en algún plan para mantener a salvo a su madre de sus indeseadas atenciones.

Porque ahora ella le pertenecía a Njal.

– He quedado con Darwent mañana. Después de eso, tú y yo decidiremos cómo proceder. ¿Es así como lo prefieres, Bettina?



¿Los dos? ¿Decidir juntos cómo proceder? ¿Y le preguntaba si eso era lo que ella prefería?

Apenas pudo contener las ganas de echarle los brazos al cuello y besarle la nariz, la barbilla, las mejillas mientras le murmuraba su agradecimiento. Tuvo que morderse los labios hasta que notó el sabor de su propia sangre. Encontrando su mirada, Bettina repitió las palabras que Njal había dicho antes.

– Eso es más de lo que me esperaba, Njal.
***

Njal dejó a su novia dormida, con órdenes de que nadie perturbara su descanso. Había sido incapaz de resistirse a tomarla de nuevo y esa era su manera de minimizar su culpabilidad por usarla tan dura y frecuentemente. No es que ella no hubiese mostrado ningún entusiasmo por el sexo. En absoluto, Odin lo había bendecido con una compañera más apasionada, que las famosas odaliscas de los harenes pertenecientes al Califa de Constantinopla.

Tal vez debería abandonar la idea de domesticar a Bettina.

Silbando una alegre melodía, se dirigió a los establos, con la intención de buscar a sus hermanos y visitar sus nuevas tierras.

La mañana era fría pero sin nubes. La luz del sol se filtraba por las ventanas del castillo y Njal se detuvo al pie de la escalera, impactado por la maldad que los rayos de luz revelaban. Las grietas y hendiduras se extendían alrededor de la gran chimenea, donde antes debería de haber sido un magnifico punto de reunión del salón. Al menos, la mitad de las chimeneas estaban dañadas o tenían los cantos muy irregulares como para soportar un pesado caldero, y mucho menos una pierna de venado. Una rápida ojeada al techo le reveló manchas de humedad y goteras.

El mobiliario y la decoración del salón no poseían las riquezas que él esperaba de una propiedad tan grande y renombrada como el castillo de Arbroath. Cada banco o mesa, que notaba necesitaban ser reparados. La limpieza del castillo no podía ser criticada, pero no era la rica propiedad que le habían hecho creer. Njal examinó las paredes y frunció el ceño cuando notó los rectángulos de color más claros, donde la luz del sol había descolorido las tapicerías. A excepción de los ramos sobre las mesas, que quedaban de la fiesta de bodas, sólo se veía en el salón un deterioro completo.

Viendo a sus hermanos sentados con un grupo de hombres en una mesa enfrente de la chimenea, Njal cambió de dirección y se dirigió hacia ellos.

– Saludos hermano. – Saludó Magnus limpiándose la espuma de cerveza de la boca. –- ¿Cómo te encuentras en esta hermosa mañana?

El olor humeante a pan recién hecho precedió a una de las criadas de la cocina que lo llevaba en una cesta. El estómago de Njal gruñó. Sentándose en un banco, agarró un caliente y crujiente pan. Mirando a los hombres que estaban sentados delante de él, inclinó la cabeza y partió el pan en dos.

– Buenos días, caballeros.

– Saludos hermano – Saludo Jarvik sirviendo cerveza en el cuerno medio vacío de Magnus y dejando la jarra sobre la mesa. – Me imagino que habrás pasado una noche tranquila.

Magnus rodó los ojos y señaló a los hombres sentados en el banco de enfrente.

– Este es Fordor, un agricultor de trigo y cebada que abastece al castillo de Arbroath. A su derecha está el herrero de la aldea, Brock. Y a su lado el administrador, Darwent.

¿Así que este era el hombre que Bettina tenía que aguantar contra su voluntad? Por la expresión del hombre, este debía de haber estado bebiendo o vinagre o cerveza con sabor a orina. Njal saludó a todo el mundo con la cabeza y cogió un tazón de mantequilla.

– ¿Qué es lo que siembras Fordor?

Su intención era calmar al administrador centrándose en los otros hombres.

– Trigo y cebada, mi señor. – Fordor tenía la cara redonda y brillante, ojos rasgados de color esmeralda y tres papadas en su flácido cuello. – Es la harina de mis campos la que la cocinera utiliza.

La mantequilla parecía rancia, por lo que Njal puso en su pan una cantidad muy pequeña y mordiendo un extremo, parpadeó. El pan era delicioso, dulce y aromatizado con canela. La boca se le hizo agua y masticó rápidamente, cerrando los ojos en éxtasis.

– Muy buena harina de hecho, Fordor. No había probado un pan mejor, incluso en la corte del rey.

El granjero se sonrojó y parecía que iba a estallar en llamas, su tez estaba cada vez más rojiza.

–  Ha sido una buena cosecha la de este año, mi señor, una de los mejores. Ni el castillo ni la aldea se quedaran sin granos.

– Mis agradecimientos por tu duro trabajo, Fordor. – Njal cogió otro pan. – Mis hombres llegarán pronto, Brock. Habrá muchos sementales y yeguas que necesitaran herraduras.

– Será un honor servir a su ejército, mi señor. – Brock dobló sus enormes brazos musculosos y se echó hacia atrás. El castaño cabello que empezaba a salir en su cabeza afeitada, le crecía en ángulos extraños. Él le envió un guiño a Darwent con los ojos entrecerrados.

– Si es necesario, sé de muchas granjas de caballos bien cuidados por Highlanders. Son hombres salvajes, pero con ganas de negociar y crían buenas manadas. Su jefe, Valan, está ansioso por forjar una tregua entre Cnut, el Gran Rey y los escoceses.

– Es bueno saberlo. He oído hablar de las granjas de caballos en el norte. Muchos nobles de la corte pagarían muy caros los magníficos sementales escoceses, para cruzarlos con sus yeguas. – Njal asintió hacia el hombre. – El rey Cnut da la bienvenida a las alianzas con los escoceses. No conozco a ese jefe, pero me reuniré con él para hablar.

Darwent se removió en el banquillo.

– El conde no negocia con los Highlanders y su jefe Valan, La Víbora, no es de su agrado. El último corcel que Brock calzó para el Conde Mordred era cojo.

– No fue culpa de mi trabajo. – Brock se levantó y colocó las manos sobre la mesa.

– Brock, siéntate. – Fordor tiró al hombre del antebrazo. – Perdone, mi señor. El conde es nuevo en estas tierras y prudente en sus relaciones con la aldea.

Y el herrero también es prudente, supuso Njal. Sabía que el conde Mordred había heredado recientemente las propiedades de su padre. También conocía la reputación del hombre de maltratar a sus animales y a las personas. Pero no era la intención de Njal sacudir un nido de avispas, hasta que estuviese seguro de a quien podía llamar amigo y a quien enemigo.

– ¿Quieres otro pedazo de pan, Brock? – Njal parpadeó cuando al mirar la cesta vio que estaba vacía. – Parece que he acabado con todo. Tendremos que esperar una nueva hornada.

– Es la tercera cesta de pan que traen de la cocina. – Magnus se recostó hacia atrás en su silla y cruzó los brazos sobre su vientre. – Ni siquiera en la corte de Cnut, el Grande, he comido uno tan sabroso.

– Y bien que puedes dar fe de eso, hermano. – Cuando Njal levantó una ceja, Jarvik añadió. – Magnus se ha comido la primera cesta el solo.

– Tendrías que haber estado más atento. – Replicó Magnus encogiéndose de hombros.

– He hablado a menudo con la cocinera, por la cantidad de especias que malgasta para hacer un simple pan. – Darwent cogió un plato lleno de trozos de manzanas, cebollas y jabalí asado.

– Y también es tu tercer plato, Darwent. – Jarvik agarró su cuerno de cerveza y lo vació.

– Es un desperdicio no consumir lo que ya está preparado.

– ¿Cuánto tiempo hace que administras esta propiedad? – Njal sacó una manzana de un recipiente en la mesa y limpió la corteza de color rubí en su manga.

– El conde Mordred me empleó en noviembre.

Tomando nota del tono malhumorado y defensivo de Darwent, Njal dio un mordisco a la fruta, y miró directamente a los ojos del hombre, sin decir ni una sola palabra. Njal creía que el silencio provocaba inquietud y esa inquietud provocaba una infinidad de confesiones.

– He tratado infructuosamente de establecer medidas austeras para economizar. Ni la dueña del castillo ha puesto en práctica esas medidas. – El administrador se sirvió una enorme porción de compota de frutas y carne en un plato de madera cuadrada.

– Dime tus sugerencias. – Njal esperó hasta que Darwent tragara la comida antes de emitir su orden.

– Había muchas deudas acumuladas por el último Lord. – La nuez de Adán de Darwent se sacudió unas mil veces con cada palabra que pronunciaba. – Con la aprobación del Conde Mordred vendí el ganado y las ovejas, pero no fue suficiente para conseguir el dinero que se adeudaba.

Njal agarró el borde de la mesa con tanta fuerza que una astilla se le clavó debajo de la uña. El dolor no disminuyó el deseo de golpear la desagradable cara del hombre. – ¿A quién se le ocurre vender el ganado y las ovejas con la llegada del invierno?

– Déjalo hablar. – Susurró Jarvik en voz baja para que solo lo oyera Njal.

Njal tuvo que apretar la mandíbula para retener su furia creciente. Partiendo un pedazo de pan, lo untó en la mantequilla y probó un bocado. No estaba rancia, pero definitivamente no era mantequilla fresca debido a que el administrador había vendido todo el ganado del castillo.

– Darwent, me gustaría que me enseñases las cuentas del castillo. – Njal se limpió las palmas de las manos y levantándose se agarró al borde de la mesa. – Tengo que saludar a mis invitados de anoche, pero luego quiero verte en la sala de administración.

Sin molestarse en comprobar la reacción del hombre, Njal se dirigió a sus hermanos.

–  Mi esposa me ha informado que la biblioteca del castillo ha sido preparada para que yo la use. ¿Vamos para allí?

Magnus frunció los labios, pero contestó con toda solemnidad. – Lo que tú ordenes.

Una vez que todos se sentaron en las sillas frente a la chimenea recién construida, en el lugar que su esposa llamaba la biblioteca, a pesar de que no había libros ocupando los estantes que cubrían las paredes de la sala, Njal ordenó. –  Habla. Cuéntame todo lo que has descubierto.

Jarvik puso los pies encima de una mesa baja. – ¿Qué piensas de tu nuevo administrador?

–  Bettina lo habría despedido inmediatamente.

– Darwent es sólo una avispa en un nido de serpientes. – Magnus se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas flexionadas. – El Conde Mordred controla a todos en esta región.

– Y a mi me han ordenado negociar un tratado con él. – A Njal no le gustó la expresión de uno de sus hermanos. – Es un ladrón, pero puedo manejarlo. No es una novedad.

–  La venta del ganado vacuno y de las ovejas, sin conseguir dinero para devolverlo al castillo es sólo un pequeño robo. –  Magnus puso las botas de cuero desgastado en la repisa de la chimenea. –  Pero hacerlo cuando hay bocas hambrientas que alimentar y sólo tres lunas antes de que llegue el invierno, es una estupidez grave.

– No puedo negociar un tratado y acusar al conde de robo. – Njal se reclinó en su silla. –  Ahora ya he aclarado el asunto de por que mi esposa caza jabalíes, y por los dedos de Odin que voy a castigar a aquellos que la han puesto en peligro.

– Tal vez ese no sea el único castigo que debes tener en cuenta. – Jarvik se enderezó. –  Porque me temo que el conde ha abusado frecuentemente de la madre de tu esposa.

Njal sintió que le hervía la sangre. Fijó la mirada en Jarvik y dijo, con una voz suave, como la brisa susurrando sobre la hierba del prado.

– ¿Crees que el Conde Mordred tocó a mi esposa?



Capítulo 4
– Date prisa, Luca. – Tercamente, Bettina siguió el sinuoso camino hasta la colina, concentrándose en poner una bota delante de la otra. Las atenciones de su marido la noche pasada y esta mañana la habían dejado satisfecha, pero agotada. Sentía punzadas en partes del cuerpo que hasta ahora no había utilizado, que añadidas a su molestia en el tobillo, disminuían ligeramente su ritmo normal.

Tal vez no había sido una idea brillante cazar la mañana después de su boda, pero la idea de la humillación que le causaría al Conde Mordred durante la programada visita del rey a su castillo, era una gran tentación para que no se hubiese quedado en la cama.

Petalia tenía órdenes estrictas de no perturbar su descanso y Njal estaba reunido con Darwent.

Nadie se daría cuenta de su ausencia, ni se imaginaría que la novia se había ido de caza.

Bettina se agachó entre dos grandes bloques de piedra en la cima de la colina. Tal vez no había sido muy sensato incluir a Brock en el plan, pero no podía cargar ella sola con tres grandes cerdos.

– ¿Qué vamos a cazar hoy, mi señora? – Luca se movió detrás de ella, escalando la brecha natural creada por el tronco de un roble podrido y por la irregular piedra.

–  Hoy atraparemos tres cerdos castrados del Conde Mordred. Lleva engordando esos cerdos desde la primavera, y su cocinera me dijo que planea asarlos cuando el rey Máel Coluim llegue mañana a su castillo, para la firma del tratado.

Bettina sacó una flecha del carcaj y cargó su ballesta. – Me gustaría ver su cara cuando se entere de que alguien se ha llevado sus cerdos.

Luca sonrió sin decir nada girándose en la dirección por la que había llegado, protegiéndose los ojos.

– Brock está en la cima de la colina. Ha sido una buena decisión usar su carro, mi señora. Creo que el carro del castillo no hubiera podido soportar esa carga.

–  Es cierto. Uno de esos cerdos tiene el doble de tamaño que el jabalí que cazamos hace dos días. – Bettina se curvó y apuntó.

Los cerdos cayeron uno detrás de otro, pero no eran ni de lejos una amenaza como podía haberlo sido un jabalí. Bettina había aprendido mucho en las tres últimas estaciones.

Brock llegó antes de que los animales dieran su último aliento.

Bettina desarmó su ballesta y saludó al robusto hombre, un amigo de la infancia y un enemigo declarado del conde.

– Tenga cuidado, mi señora. El Conde Mordred está de vuelta en su castillo. – Avisó Brock limpiándose con la manga el sudor que le goteaba. Cargar los animales hasta el carro, les había costado un considerable trabajo.

– No lo sabía. – El estómago de Bettina se apretó debido a que era una traición robar a un noble. – Nadie mencionó su regreso. No asistió a la ceremonia de anoche.

La bilis le subió hasta la garganta.

– Ha sido muy afortunada de que sus hombres no estuvieran de patrulla esta mañana. El destino la favorece, mi señora. – Brock sonrió. – Cuando haga el recuento de sus animales, el conde se va a enfadar mucho. Lo único que lamento es no poder ver su cara cuando descubra el robo.

Bettina le sonrió aunque el miedo le revolvía el estómago.

– Eso es lo que acabo de decirle a Luca. Es un pecado que no podamos quedarnos con esta carne, pero no podemos correr el riesgo de que nos descubran y recibir un castigo. Además me temo que el conde registrará toda la aldea en busca del cazador furtivo. No quería cargarte con este problema, Brock. Debes darte prisa en ir a la costa y venderlos. – Bettina se frotó el hombro dolorido. – Envíame un mensaje cuando regreses.

– No se preocupe, mi señora. Todo el mundo sabe que a menudo hago negocios con los escandinavos que recorren la costa. Volveré pronto y le enviaré un mensaje a través de la lavandera.

– Que Dios te acompañe, Brock.

– Y a usted, mi señora.

– Milady, el sol está alto en el cielo. – Luca la avisó tirándole de la manga. – No podemos quedarnos aquí.

Bettina miró hacia el horizonte azul sin nubes, el globo brillante surgía rápidamente deshaciendo la aridez del paisaje. Tenía que apresurarse para regresar inmediatamente al castillo.

Junto con Luca, entraron deprisa por la cocina separándose al pie de las escaleras de los sirvientes. Su respiración no volvió a la normalidad hasta que llegó a la habitación del tercer piso. Era el cuarto donde Bettina escondía los pantalones masculinos y la túnica que usaba cuando cazaba o robaba a alguno de los recaudadores del Conde Mordred.

Después de lavarse a toda prisa, Bettina se puso uno de los vestidos nuevos que su madre le había confeccionado, se trenzó el cabello y ató los extremos con una cinta azul a juego con el vestido. No le costaría mucho tiempo llegar al salón principal. Abrió la puerta mientras se dirigía a recoger sus zapatillas que estaban en el montón de ropa de la esquina.

– ¿Dónde has estado?

Bettina dio un salto y se volvió hacia la puerta.

Aunque el fuego de la chimenea estaba casi apagado, Bettina sintió que sus mejillas se acaloraban violentamente.

– Contéstame, niña. ¿Dónde has estado?

Su madre sólo la llamaba “niña” cuando estaba enfadada.

– Estoy esperando tu respuesta. – Lady Gwen se puso una mano en la cadera y golpeó el suelo con el pie, como si fuera un Highlander golpeando su tambor de guerra.

Agachando la cabeza para recobrar la compostura, Bettina miró hacia sus zapatillas de tela y forzó una sonrisa que murió cuando notó el ceño enfadado de su madre.

– No me gusta cuando te levantas tan temprano.

– Estás evitando mi pregunta, Bettina. – Lady Gwen estaba pálida y demacrada, y tenía círculos oscuros bajo los ojos. La semana pasada, su salud parecía haber mejorado, y anoche estaba definitivamente radiante.

Bettina apretó la mandíbula.

– ¿El Conde está de visita?

– Ahora mismo está con Lord Njal y sus hermanos. – Contestó su madre frunciendo la boca. – No he dicho ni una sola palabra durante todo este tiempo y nunca te he preguntado nada sobre el jabalí asado o la carne de venado, incluso de los faisanes y las perdices. Pero esto no puede continuar, Bettina. Tienes que dejarlo inmediatamente. Piensa en tu nuevo marido. ¿Quieres verlo furioso?

El cuarto le daba vueltas y sintió que sus rodillas se doblaban. Bettina agarró el respaldo de una silla y se enderezó. No se atrevía a encontrarse con la mirada de su madre.



¡Ayúdame, Dios mío! Su madre sabía que ella salía a cazar. Tal vez no supiese lo de las rentas que había robado…

– ¿Cuánto tiempo hace que lo sabes?

–  Bastante. El conde no volverá a tocarme de nuevo. No ahora que Lord Njal está en nuestra residencia. Tienes que detener esta venganza.

Bettina ahogó un sollozo. Las lágrimas en sus pestañas nublaban su visión.

– ¿Desde cuándo, mamá? ¿Hace cuanto tiempo, desde que murió papá, que el Conde Mordred lleva abusando de ti?

– Eso no tiene ninguna importancia ahora. – Lady Gwen le agarró las manos, apretándoselas levemente. – Se acabó, Bettina. He hecho los arreglos necesarios para retirarme a la Abadía de Shelbourne dentro de siete noches.

– ¡No! – Bettina abrazó la frágil figura de su madre. – No puedo dejarte ir. Por favor, mamá, ahora no.

– Lady Gwen, Bettina. – La voz profunda de Lord Njal hizo que se apartaran las dos.

Con los miembros temblorosos, Bettina se giró para encontrarse a su marido en la puerta del cuarto.

Volviéndose de nuevo de espaldas, Bettina se limpió la humedad de su rostro antes de girarse otra vez.

– ¡Mi señor!. Buenos días.

– ¿Ocurre algo malo? – Los ojos de Njal la estudiaron cuidadosamente antes de dirigirse hacia su madre.

– No, mi señor. – Bettina intentó poner una sonrisa en su rostro, pero sus labios no lo conseguían. – Sólo estábamos discutiendo asuntos del castillo.

Njal levantó una ceja. – Me gustaría recordarte nuestro pacto, esposa.

¿Qué debía hacer? ¿Confesar la traición? ¿Contarle el sufrimiento de su madre a Njal? ¿Qué Mordred podría haber violado a su madre? No podía contarle la verdad.

– Mamá no se encuentra bien esta mañana, mi señor. Ella insiste en dar la bienvenida a nuestros visitantes y estoy intentando convencerla para que descanse.

Njal volvió la mirada hacia la madre de Bettina.

– Está muy pálida esta mañana, Lady Gwen. Creo que debería seguir el consejo de su hija. Mi esposa y yo saludaremos al Conde Mordred y le transmitiremos sus deseos de bienvenida.

Si esperas un momento, mi señor, iré a buscar a Petalia para que cuide de mamá, y luego me reuniré contigo en el salón. – Bettina cogió la mano de su madre. – Vamos. Deja que te lleve a tu habitación.

Aunque por lo general era bastante audaz, en ese momento Bettina no pudo mirar a Njal a los ojos. Su hombro rozó el brazo de Njal mientras ella y su madre salían por la puerta. Ese ligero toque la calentó, y respirando profundamente olió su aroma, a cuero y a hombre, envolviéndola completamente.

La cabeza de Bettina no dejaba de dar vueltas a todo, mientras recorría el pasillo después de haber instalado a su madre en su cuarto. Cada vez más, las palabras de Njal se repetían en su mente; lealtad y confianza…confianza y lealtad. Sentía la cabeza a punto de estallar. Si pudiera se arrojaría al suelo pataleando y gritaría su rabia y su frustración.

Siguiendo con la mirada las grietas y hendiduras del suelo de piedra, chocó con un muro que parecía una pared muy dura, pero cuando levantó lentamente la cabeza, el muro se convirtió en el pecho de Njal. Sus ojos recorrieron el suave vello ondulado de su pecho que sus manos habían acariciado por la noche y esta mañana, hasta llegar a su pecaminosa boca que tanto había disfrutado y saboreado.

Él le levantó la barbilla para que sus ojos se encontraran.

– Averiguaré la verdad más tarde, esposa. No sólo lo de tus lágrimas y las de Lady Gwen, sino también tu ausencia del castillo esta mañana.

Las rodillas de Bettina se doblaron y tuvo que agarrarse a los brazos de Njal para apoyarse.

– ¡Por los dedos de Odin! – Él la levantó acercándola contra su pecho. – ¿Qué es lo que te pasa? Te has puesto tan pálida como el fantasma de Thor. – Sacudiendo la cabeza, Njal añadió. – Mordred puede tratar con mis hermanos. Vamos a arreglar esto ahora.

Ella le golpeó en el pecho suavemente.

– ¡No! ¡No! Njal, te lo ruego. Debo saludar al Conde Mordred. Te doy mi palabra de que te lo contaré todo después de que él se vaya.



Ya pensaré en algo para evitarlo. Como hago siempre.

Pensándolo un momento, al final Njal se apartó. Bettina deseó que la creyera cuando sus ojos se encontraron.

– ¿Tengo tu juramento? ¿Toda la verdad?

Tal vez mamá y yo podamos retirarnos juntas a la abadía. Porque cuando Njal descubra la verdad, me dejará inmediatamente.

– Sí. Toda. – Dijo ella ahogando un suspiro, mientras Njal la bajaba y la volvía a poner sobre sus pies.

El arrepentimiento y los remordimientos que había sentido al matar a los tres cerdos, no fue nada comparado con el sentimiento de pérdida que pesaba sobre sus hombros al pensar que Njal pudiese abandonarla. Nunca más volvería a sentir otra vez su palpitante virilidad dentro de ella, nunca más olería su aroma, nunca más probaría su sabor… Esa lúgubre idea hizo que le temblaran los labios y que necias lágrimas nublaran sus ojos.

El suspiro de Njal pasó por el cabello de Bettina haciéndole cosquillas en la nuca. Ella miró a su marido.

– Eres un confuso rompecabezas, esposa. ¿Por qué tienes los hombros caídos, el ceño fruncido y tu boca está haciendo una mueca? – Le preguntó Njal acariciando su boca.

Bettina le contestó con el primer pensamiento que le vino a la mente.

– Me temo que no estoy destinada para estar en un convento.

Si no pareciese tan abatida, Njal habría soltado una carcajada porque Bettina nunca había dicho algo tan cierto. No entendía como funcionaba la mente de su esposa. ¿Por qué estaba pensando en conventos?

– A pesar de que me muero de curiosidad por tu comentario, este no es el momento ni el lugar para discutir eso. – Njal le pasó los dedos por las mejillas, maravillándose una vez más por su piel tan suave. Las sedas y telas de Oriente no podían compararse con la suavidad del cuerpo de Bettina. – Darwent está con el conde.

Ella resopló y puso los ojos en blanco.

– No dejes que nuestras preocupaciones se reflejen en tu rostro, Bettina. Actúa como una buena anfitriona.

– Claro, mi señor. – Ella jugaba con su cinta del pelo mientras seguía con la mirada baja.

– Es aconsejable no dejar que ninguno de ellos conozca tus debilidades, y menos un enemigo. Confía en mí sobre esto, esposa.

Bettina frunció los labios, desanimada, preocupando a Njal que no deseaba que su esposa se sintiese indefensa. Sus lágrimas le hacían sentirse impotente.

– ¿Crees que podría desafiar al Conde Mordred a jugar al Zorro y al Ganso? – Preguntó Bettina echándose la trenza sobre el hombro. – No te inquietes. Fingiré que me divierto y sonreiré todo el rato, como hace una doncella de cabeza hueca.

Njal reprimió una sonrisa al ver que volvía parte de su rebeldía.

– Tú te comerías todos sus gansos en dos tiradas de los dados.

– ¿Jugaremos otra vez al Zorro y al Ganso esta noche, mi señor? 

– Njal. – Incapaz de resistirse, él se acercó lo suficiente como para rozar su oreja con la lengua y cuando ella gimió, le chupó el lóbulo de la oreja, susurrándole. – Di mi nombre.

– Njal. – Su susurro la dejó sin aliento y el rubor apareció en su rostro.

¡Por los dedos de Odin! El rubor de su rostro hizo que su polla se hinchara y su saco se apretara. Agarrándola del codo la condujo hacia las escaleras. En voz baja, le preguntó. – ¿Cómo están tus partes femeninas esta mañana, dulzura?

Bettina lo miró a través de sus ojos medio cerrados, con una pícara sonrisa en la esquina de su boca, que envió rayos de lujuria a su agitado pene.

– Todas mis partes femeninas están palpitando, Njal.

¡Por el martillo de Thor!

Bettina miró hacia el bulto de sus pantalones y se pasó la lengua por el contorno de su boca mientras hablaba, lo que consiguió que Njal se distrajera y acabara tropezando al bajar el primer escalón.

Las elevadas voces llegaron a los oídos de Njal antes de que estuviera a mitad de la escalera. Examinando el salón divisó a un grupo de hombres que estaban con el Conde Mordred.

– ¡Buscad en cada cabaña, cada choza y cada granja! – Ordenó gritando el Conde Mordred, quien tenía a sus hombres saltando a causa de sus gritos y asintiendo en voz alta.

– Nuestro conde parece perturbado. – Njal olió el suave cabello de su esposa y sonrió cuando el ya familiar olor de avellanas y agua de rosas llenó sus pulmones. Era extrañamente cálido y delicioso, y le recordó el aroma a cacao espolvoreado con avellanas tostadas que le sirvieron en la corte danesa.

– Creo que puede haber perdido una fortuna.

Su tono burlón le llamó la atención y Njal frunció el ceño ante la sonrisa del tipo “el gato que se comió al canario”, que ella mostraba.

Bettina advirtiendo que él la observaba, se enderezó y frunció los labios. Njal sintió que una inquietud le subía por la columna, como si una araña estuviera tejiendo su tela. ¿Cuál era el juego de Bettina? ¿Porque ella tenía ese aire de satisfacción, reflejado por el arco acentuado de sus cejas?

Atravesando el salón se acercaron al conde, sus guerreros, Darwent y los hermanos de Njal.

– Lord Njal – El Conde Mordred tenía los ojos oblicuos de un armiño y la nariz, un poco grande, separaba sus iris de un color oscuro como el lecho de un río. No eran castaños, ni de color avellana, más bien eran como del color del barro.

 – Mordred – Njal asintió. – Pareces molesto. ¿Algo va mal?

– Sí –Gruñó Mordred – Unos ladrones han robado mis preciados cerdos castrados.

– ¿Eran muy valiosos? – Njal no tenía ni la menor idea de lo que podía costar un cerdo capado.

– Son cerdos muy apreciados, hermano. Castrados para engordar rápidamente. – Magnus consiguió aclararle las dudas con esa explicación. – La carne es muy sabrosa cuando se asa o se guisa.

– Igual que el jabalí. – La sonrisa de Jarvik no se reflejaba en sus ojos azules. –  ¿No es así, hermana?

– La carne de jabalí es muy sabrosa, Jarvik, pero yo prefiero la carne de cerdo asada. – Respondió Bettina batiendo sus pestañas –  Tal vez sus animales se han perdido, Conde Mordred. Sus nuevas tierras son muy extensas. ¿No será que las pequeñas bestias están vagando por la colina?

Njal trató de no mirar a su esposa. Nunca hubiera creído que pudiera sonreír tan falsamente, pero la realidad era que ahora lo estaba haciendo.

Los pequeños ojos del conde se estrecharan aun más.

– Mis hombres están buscando en cada choza de la aldea. Cualquier aldeano que atrapemos con la carne de los cerdos será ahorcado mañana.

–  ¿Se unirá a nosotros para la comida del mediodía, mi señor? Es una comida sencilla, aves, pan y queso. – Bettina hizo señas a un ayudante de cocina. – ¿Puedo ofrecerle un cuerno de cerveza, mi señor?

Magnus y Jarvik miraban a Bettina como si hubiera crecido seis metros. Igual que la hubiera mirado Njal, si este no hubiera notado un repentino brillo apareciendo en los ojos del conde. ¿Qué había dicho su esposa que había llamado tanto la atención del conde?

–  Te agradezco la oferta, pero tengo que descubrir quien se ha llevado a mis cerdos. ¿Dónde está tu madre? Tengo que consultarle sobre un tema en particular. – El Conde Mordred dirigió la mirada hacia el amplio arco que daba a la cocina.

A su lado, Bettina se puso rígida y sus manos se cerraron en apretados puños.

– Lady Gwen está exhausta a causa de los preparativos de nuestros votos de anoche.

Njal cogió una de las manos de Bettina y le pasó el pulgar por encima de los nudillos. – Es una lástima que no pudieras asistir, Mordred, sin embargo, estuvimos muy felices de tener a Hal, El Heraldo, en calidad de testigo.

– El rey me necesitaba. – Comentó el Conde Mordred fijando sus ojos de alimaña en Bettina. – Es la tercera vez en las últimas semanas que Lady Gwen está en la cama. Cuando vuelva a mi castillo mandaré a mi médico para atender a Milady.

– Mi madre está cansada, Conde Mordred, y usted sabe que le tiene horror a los curanderos. Por favor, no lo envíe, no sería bien recibido. Toda la diversión anterior se había evaporado del rostro de Bettina.

Las abultadas mejillas de Mordred enrojecieron y se hincharon más.

– Como tu señor y tutor, yo decidiré el mejor tratamiento para tu madre.

– Tú ya no eres responsable de Lady Bettina o su madre – Señaló Njal en voz baja y uniforme. – A pesar de apreciar tu preocupación por la salud de Lady Gwen, ya no es tu deber cuidar de su bienestar.

La nariz larga de Mordred resopló, como si fuera un fuelle avivando una llama. Él inclinó la cabeza.

– Perdóname, Lord Njal. Bettina y Gwen han sido mi preocupación durante muchas estaciones. Gwen se quedó muy abatida por la repentina muerte de Lord Arbroath. De hecho, si no fuera por la supervisión de mi administrador, Darwent, todo el castillo podría haber tenido un horrible destino con las consecuencias del pillaje de los nórdicos.

Las manos de Magnus y Jarvik se posaron en las empuñaduras de sus espadas por esa deliberada provocación. Njal les envió una penetrante mirada y sacudió la cabeza casi imperceptiblemente.

– Darwent me informó que posees una notable habilidad con la ballesta, Lady Bettina. – La astuta mirada de Mordred le causó a Njal un hormigueo en la nuca.

Cuando el rostro de Bettina perdió todo el color y se estremeció, Njal le pasó un brazo por la cintura y la atrajo con fuerza a su lado.

– Mi esposa es muy hábil, pero su arma es una aguja, no una ballesta.

Corrigió Njal con una sonrisa en la cara. – Tu administrador ha sido muy valioso para el castillo de Arbroath, pero sus servicios ya no son necesarios. De hecho, es muy oportuna tu visita, ya que así él puede regresar a tu castillo contigo y con tus hombres.

Un pesado silencio cayó sobre el gran salón. Los gatitos atigrados que se paseaban por allí dejaron de maullar, los murmullos de la cocina se detuvieron, e incluso la respiración de los hombres pareció paralizarse.

– Magnus, Jarvik, por favor, proteger al conde y a sus hombres en su viaje hasta el límite de mis tierras. Jarvik haz que el administrador del conde reciba una generosa suma por su devoción a mis damas.

– El Rey Máel Coluim llegará mañana a mi castillo. Él ha solicitado la presencia de tu familia, incluyendo a Lady Gwen. – Mordred se balanceó en sus botas con un pulgar enganchado en su cinturón.

– Creo que la noticia que el rey dará mañana, es muy importante para Lady Gwen.


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