Jianne Carlo Serie Guerreros Vikingos 3- el Pacificador Argumento



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Capítulo 5

– Voy a matarlo. – Bettina dio una patada en el suelo con tanta fuerza que sus huesos amenazaron con romperse. – Le sacaré los ojos y le cortaré la lengua.

– Ni una palabra más, Bettina. – El gruñido áspero en la voz de Njal la hizo callar inmediatamente. Antes de que ella pudiera ocultar sus intenciones, él la agarró del codo y la guió por las escaleras hasta su cuarto.

Una vez que cerró la puerta, Njal se volvió hacia ella.

– Dime que no tienes nada que ver con el robo de los valiosos cerdos de Mordred.

Bettina se tropezó con sus propios pies y se sentó en el suelo pesadamente, con la falda revoloteando como las hojas agitadas por el viento.



¿Cómo lo había adivinado?

Bettina decidió atacar en vez de defenderse.

– Mordred ha persuadido al Rey Máel Coluim para que le entregué a mamá como esposa.

El enfado encendió el rostro bronceado de Njal. – Mírame, esposa. Mírame a los ojos. Me gustaría que recordaras tu promesa de anoche.



¡Dios mío! Me va a golpear.

Njal se pellizcó el puente de la nariz.

– ¿Dónde está tu ballesta? ¿Y dónde están los cerdos?

Bettina tenía la garganta tan seca que no le salía la voz. Se humedeció los labios secos.

– No los encontraran.

– ¿Quién más, además de ti, está involucrado en esta traición? – Bettina tuvo que esforzarse para oírlo, Njal hablaba en voz muy baja. – Habla ya. Dímelo todo. No dejes que mi rabia se convierta en furia.

Bettina nunca sudaba, incluso después de una dura cabalgada, pero ahora mismo se encontraba bañada en una pátina de sudor. Le contó todo, lo de los cerdos, el carro, Brock, Luca y las recaudaciones robadas.

– Tengo que saberlo todo desde el principio, todo lo que has hecho. Quítate el vestido y cuéntame todos los crímenes que has cometido.

Sin atreverse a moverse, Bettina observaba fascinada como él dejaba sus armas encima de la mesa y se sacaba la túnica por la cabeza, deteniéndose para desatar sus botas. Con un pie en la cama, levantó una ceja.

– Tendrás tu castigo por no obedecer mis órdenes. Desnúdate, esposa.

¿Castigo? ¿Desnuda?

Un delicioso escalofrío corrió por su espalda y Bettina inmediatamente quiso golpearse la cabeza contra la mesa para tratar de ordenar sus ideas.

¿Cómo podían sus partes femeninas calentarse y palpitar ahora? ¡Debería estar pensando en su madre!

Decidiendo que era mejor complacer a su marido, a pesar de que sus acciones y palabras no tuviesen ningún sentido, ella desató sus cordones, se encogió de hombros y dejó caer el vestido, formando un montón de tela azul en el suelo.

– En el tercer piso hay una sala donde guardo mi arco y las flechas. Y los pantalones. Los cerdos fueron llevados al carnicero de un pueblo cerca de la costa. – Ella desató la cinta del cuello de su camisa y un gélido estremecimiento golpeó la parte posterior de sus muslos, cuando el transparente tejido cayó al suelo de piedra. – El dinero que he robado de los recaudadores de Mordred, lo dejé en un nicho en la iglesia de la Abadía, cerca de Shelbourne.

Njal sostuvo su barbilla.

Bettina se encontró con su mirada. Estaba de pie delante de él sólo con sus medias, zapatillas, ligas, y nada más.

– Ya me he quitado la ropa, mi señor. – Dijo ella clavandose las uñas en sus palmas.

– Me quita el aliento mirarte, esposa, usando nada más que lo que una mujer debe usar delante de su marido.

Bettina hizo una mueca cuando Njal cogió una cuerda y vio como se le acercaba por detrás.

– Njal. – Gritó ella mientras él la empujaba suavemente hacia la cama. El colchón cedió bajo su peso y Bettina se estremeció, debido a que en la chimenea sólo quedaban cenizas. – Hace frío.

– Luego avivaré el fuego y conseguiré un ladrillo para calentarte los pies. – Le dijo sentándose a horcajadas sobre ella y atándole las manos a ambos lados del cabecero de la cama.

– Njal… No sé lo que pretendes…

– Tengo una esposa que es cazadora. Una esposa que roba a un conde. Una esposa que podría ser ahorcada por traición. Una esposa que pone en peligro la vida del herrero de la aldea y de un niño inocente. Una esposa que no se detendrá nunca. ¿Qué debo hacer para cambiarla? – Njal estaba tan cerca de su cara, tan furioso, que Bettina tembló y permaneció en silencio. Esperaba que él creyera que en cualquier momento daría su último suspiro. – Si te mueves, aunque sea sólo un pelo, te prometo que tu penitencia será larga y no te mostraré ninguna piedad.

– ¿Esto es misericordioso? – Contestó Bettina mirando sus manos atadas.

Agarrando su barbilla entre sus dedos, Njal besó su nariz y el arco de su ceja.

– Cuando haya terminado, enviaré por tu madre. Será su decisión si continúas atada o libre. Pero escucha bien, tus acciones pesarán sobre este castillo. Desobedece, pon un pie fuera de estas murallas, y todos serán castigados.

Bettina no podía respirar. Adivinaba todo su enojo por la forma en que sus fosas nasales se dilataban. Mordred y Darwent bramaban y se enfurecían cuando se les provocaba. El conde a menudo lanzaba todo lo que tenía en sus manos cuando estaba enojado. Su marido, Njal, el Pacificador, parecía más controlado cuando su temperamento se encendía.

Njal se dio la vuelta y se quitó los pantalones. Su pene estaba erecto, púrpura y grueso, las venas parecían a punto de estallar. Ella frunció el ceño y lo miró, con los ojos medio cerrados. ¿Tenía la intención de forzarla?

Agarrando otra vez su barbilla, Njal se arrastró entre sus piernas abiertas.

– ¿Crees que después de anoche y lo de esta mañana pretendo violarte?

Bettina bajó la barbilla, evitando su mirada, sintiendo que sus mejillas ardían.

– No. Sé que estás enfadado, pero creo que valoras tu honor por encima de todo. Sólo fue un instante de pánico. Sé que no lo harías.

Njal cerró sus ojos azules hasta formar una fina línea, negando con la cabeza.  

– Tienes toda la diplomacia de un mensajero del rey. Estoy muy orgulloso de tenerte a mi lado. – La tranquilizó lamiéndole el contorno de su boca. – Pero no me convencerás para que te deje ir, esposa. Hace unos momentos, Mordred ha dejado muy claras sus sospechas, y yo no hubiera podido haber hecho nada para impedírselo, si hubiese puesto su espada sobre ti en mi propia casa.

– Njal.


– No – La interrumpió poniéndole dos dedos en la boca. –¿Recuerdas lo que te dije después de que hiciéramos el amor por primera vez?

– ¿Lo de confiar el uno en el otro? – Su voz sonaba tímida y débil.

– Sí, cuando me vaya, piensa en ello. – Dijo Njal acercando su boca a la de ella y besándola sin piedad. Su lengua trabajaba mágicamente, arrojando fuego y chispas, que le recorrían desde los labios hasta los pechos, dejando sus pezones duros y contrayendo los músculos tensos de su coño. Pero él se negaba a permitirle que ella le devolviera las caricias. Recorrió con sus labios su barbilla subiendo hasta su tierno labio inferior, sin concederle ninguna tregua.

Bettina se excitó más allá de los límites, retorciéndose y arqueando sus caderas para encontrarse con su rígida masculinidad, sentir la placentera fricción que aliviaría al punzante botón escondido entre sus pliegues. Cuando él volvió su atención a sus pechos, lamiendo y mordiendo, pasando sus dientes por un pezón y luego por el otro, dejando las puntas húmedas y palpitantes, un sollozo brotó de su boca.

– Te lo ruego. – Susurró ella – Por favor, Njal. No me tortures así.

Njal la cubrió con el peso de sus poderosos músculos, aplastándola con firmeza, haciéndola retorcerse frenéticamente y su boca se deslizó hasta su vientre. Le lamió el ombligo besando su cuerpo tembloroso. De repente él se puso de pie con el pecho jadeante, como si hubiera luchado con un feroz enemigo, y la miró.

– Anoche descubrí que cuando mi esposa encuentra su placer, también encuentra el mío. Ya es hora de que te des cuenta de que tus acciones tienen consecuencias. Nunca hubiera creído que arriesgarías tu vida, la de tu madre, la de Brock, y la de Luca, por un pequeño momento de satisfacción. Piensa en ello, Bettina.

Demasiado aturdida para decir una palabra, Bettina observó a través de sus ojos nublados como Njal se volvía a vestir y a armar, con la espada envainada, las dagas en el forro de sus botas, y dos cuchillos siniestros, de un tipo que nunca había visto antes, atados en diagonal en su espalda. Sólo la promesa de una feroz batalla haría que un hombre conocido como el Pacificador se armara hasta los dientes. Fue doloroso verlo partir, observar sus movimientos estudiados y mirarlo a los ojos mientras cerraba la puerta con cuidado para que nadie supiera que había salido de la cámara principal.

Gotas de sudor le corrían por el rostro.

¿Cómo podía reparar su error? No había nada que hacer. Tendría que ir ante el rey y confesarle todo. Pero primero, debía llevar a su madre a la abadía.

– ¿Bettina? – La puerta se abrió y su madre entró en la recalentada habitación ya que Njal había avivado el fuego y la había cubierto con las pieles de la cama.

– ¡Mamá! – Bettina pateó las pieles. – Rápido. ¡Desátame!

Su madre negó moviendo la cabeza.

– Tenemos que darnos prisa. – Bettina rodó hacia un lado. – ¿Qué estás haciendo? Libérame.

– No. Seguirás así hasta que Lord Njal regrese.

– El Rey Máel Coluim tiene la intención de casarte con Mordred. Tenemos que irnos a la abadía de inmediato.

– Eres muy terca, Bettina. Tienes que aprender a pensar antes de actuar. ¿Crees que soy estúpida? ¿Qué no tengo armas contra Mordred?

– Mordred te golpeó. Y tal vez te hizo algo peor que eso. No voy a dejar que el rey te fuerce…

– Cometí un terrible error contigo. Me encerré en mi tristeza por la muerte repentina de tu padre y permití una completa libertad a mi hija. – Su madre la miró sentandose en la cama. – ¿Cuántas veces te he dicho que me dejes a Mordred a mi?

– Te golpeó. Vi los moretones.

– Sí, Mordred me golpeó. Una vez. En cierto modo fue una buena cosa, porque eso me despertó de mi melancolía. Era como si viviera en una nube de tristeza, sin pensar en tu futuro o en el mío. – Lady Gwen le acarició la mejilla a Bettina. – Fue solamente una vez.

– ¿Y qué pasa con Darwent? ¿Por qué dejaste que lo trajera Mordred?

Lady Gwen se encogió de hombros. – Fue un mal menor. Todo lo que Darwent hacía era robar nuestro dinero.

– Vendió nuestro ganado y robó nuestro oro, al igual que todos los tapices. – Bettina continuó mientras su madre desataba las cuerdas.

– Dejó a los aldeanos que se murieran de hambre. Si no fuera por mi caza…

– Admito que pudimos alimentarnos con eso, pero ya no hay necesidad de que corras esos riesgos. Leofric nos hubiera ayudado y tú lo sabes.

– ¿Y como somos débiles mujeres, debemos confiar en los hombres para darnos de comer y vestirnos? Eso es lo que pasa si naces mujer. Papá me enseñó a cazar y a pescar. ¿Por qué debo negar mis habilidades cuando mi pueblo pasa necesidades? – Bettina se frotó las muñecas. Aunque Njal había atado las cuerdas suavemente todavía se notaban las marcas.

– Vístete, niña. Y mientras lo haces, piensa en esto. ¿Vas a sacrificarlo todo por tu estúpido orgullo? ¿Quieres tener un bebé? ¿Un niño? ¿Un marido? ¿O vas a entrar en un convento? Esas son las únicas opciones que tenemos como mujeres.

Las preguntas de su madre perforaron y quemaron como un veneno en su cerebro. Bettina ató su vestido, pero sólo veía niños de todas las edades y aspectos, niños sonrientes y bebés regordetes. ¿Una vida en un convento, o las maravillas de la cama y una familia? ¿Qué es lo que quería?
***
– ¿Lo has encontrado? – Njal se levantó de la tina de madera. El agua se escurría por su piel, sintiendo el calor del fuego de la chimenea contrastando con el frío líquido. – Mañana empezaremos a esbozar los planes para una cabaña de baños. Te juro que no voy a pasar todo un invierno en esta cosa.

Magnus miró la ovalada tina, más apropiada para un niño que para un guerrero adulto.

– Por eso yo elegí el río. Y sí. Brock está de vuelta en la herrería. Los cerdos fueron descuartizados y vendidos en la costa. No hay nada que podamos hacer al respecto.

– ¿Y tú, Jarvik? – Pasandose la toalla por la espalda, Njal dirigió la mirada hacia su hermano más joven. – ¿Cnut lo aprueba?

–  Sí – Las llamas ardiendo detrás de Jarvik hacían que su cabello brillara como el oro bruñido. – Tengo el pergamino sellado para mañana. ¿Y tú?

Njal sonrió y miró a su alrededor buscando sus pantalones y su túnica.

– Todo va de acuerdo con el plan. El Pacificador gana de nuevo.

– Cnut, el Grande, está muy satisfecho con tu plan. No confía en Mordred. – Jarvik agarró un pesado tronco ​​de una pila de leña al lado de la chimenea. – ¿Y Lady Gwen?

Atándose el cordón de los pantalones, Njal respondió. – Reconoce que mi propuesta es conveniente y me ha pedido esta noche para decidirse.

– ¿Algo más? – Preguntó Jarvik arrojando el tronco en el fuego haciendo que la madera pareciese que silbaba en señal de protesta.

– ¿Quiénes vendrán con nosotros, mañana? – Magnus, siempre el guardián, no iría al castillo de un enemigo sin medios para derrotarlos a todos, y en esta ocasión Njal aceptaba la sabiduría que ocasionaba su preocupación.

– A todos los que llegaran mañana los conozco, vendrán completamente armados. – Njal apretó fuertemente su mano izquierda. – Dejaremos creer a Mordred que apenas tenemos una tercera parte de nuestras fuerzas. A mí me parece un cobarde, pero no es estúpido.

– Jarvik y yo, buscaremos lugares donde escondernos con la tropa. Estaremos preparados. – Dijo Magnus. – Y creo que si el chisme de la cocina es cierto, debes ir a ver a tu señora.

– Todo el mundo sabe lo que hiciste. – Comentó Jarvik utilizando el atizador para avivar las llamas. – Nunca pensé que Njal, El Pacificador, sería capaz de atar a su mujer desnuda en una cama.

La furia recorrió a Njal. – ¡Basta! Mi esposa es problema mío. Haz que todos sepan que su Lord no va a tolerar ningún chisme sobre su esposa. Que todos lo tengan bien presente. – Cuando Jarvik abrió la boca, Njal gritó. – No. Ni una palabra más.

Su mal humor era tan intenso que sintió la tentación de romper la tina de roble en pedazos. Njal salió de la habitación sin ponerse las botas. Subió las escaleras, con los pies descalzos pisando las frías piedras, y con su mente centrada en Bettina. Durante todo el día, mientras montaba a caballo o persuadiendo a otros acerca de su plan, su esposa ​​había permanecido en todos sus pensamientos.

Ninguna otra mujer lo había confundido nunca tanto, pero ella lo había conseguido desde el principio.

Nunca su temperamento había triunfado sobre su sensatez. Únicamente con su esposa.

Desde el momento en que vio a Bettina y al jabalí, su mente estaba ofuscada. Ciento cincuenta kilos de bestia furiosa corriendo hacia ella, mientras estaba de rodillas en el suelo del bosque con un tobillo torcido, habían provocado esto. Su pecho casi explotó de puro terror. Y después de verla fijar su mirada en los ojos del animal, rugir como una guerrera, saltar por encima y enterrar su lanza en el pecho de la criatura, su mente se desvaneció, y sintió una angustia tan absoluta como nunca hubiera creído ser capaz de sentir aunque hubiera sido llamado al Valhalla.

En este momento, su corazón estaba totalmente en las manos de Bettina.

Nunca había considerado una mujer guerrera como una compañera adecuada. Todas las mujeres con las que él se había acostado, y habían sido innumerables durante las estaciones pasadas en diferentes cortes, eran del mismo tipo; de una belleza exquisita y muy versadas en las artes de la seducción y de la diplomacia. Todas lo habían seducido, y él no tuvo ningún reparo en fijar su mirada en un rostro bonito o sonreído más de una vez para tenerlas en su cama.

Nunca había tenido una mujer que despidiera fuego y chispas… y evitase sus atenciones. Ninguna lo había desafiado. Ni una sola mujer había penetrado nunca el muro que había construido alrededor de sus sentimientos. Pero de alguna manera, desde aquel primer momento, cuando se la imaginó herida y en pedazos, Bettina lo había logrado.

Por muchas estaciones, él había repetido los poemas de amor, sobre una sola flecha de Cupido que golpeaba a un hombre, y jamás había creído una palabra de las que pronunciaba. Era simplemente un medio para seducir, nada más. Atrapado en su propia trampa, Njal el Pacificador, estaba listo y dispuesto a matar, precipitándose a una guerra para mantener a su esposa a salvo.

Cuando se detuvo frente a la puerta de la recámara principal, Njal dudó. No tenía ningún plan, ni ninguna estrategia que seguir. Las bisagras chirriaron.

– ¿Cómo sabías que me dirigía hacia aquí?

La piel perfecta y cremosa de Bettina se ruborizó. Las comisuras de sus labios se curvaron mientras ella levantaba la barbilla y se encontraba su mirada sin vacilar ni moverse. –  Dejé la puerta un poco abierta y esperé, mi señor. Olí tu aroma a jabón.

Bettina señaló la puerta y dio un paso atrás, subiéndose el vestido verde esmeralda hasta los tobillos cuando le hizo una reverencia.

– Te doy la bienvenida, mi señor.

Los ojos de Bettina tan oscuros e insondables, tan grandes que parecían salirse de su rostro, lo miraron fijamente.

– ¿Estás herido, mi señor?

– No, Bettina. – Njal entró en el cuarto, cerrando la puerta antes de girarse hacia su esposa. Sintió como si un puño gigante le machacara las costillas, cuando al mirarla la vio tan perdida, retorciéndose las manos y con la vista clavada en el suelo, haciendo un surco con su zapatilla rosa y con los labios fruncidos como si estuviera intentando buscar lo que le iba a decir, pero no pudiese encontrar las palabras. No le gustaba verla tan insegura y cautelosa. Enmarcándole el rostro con sus manos, le besó la punta de la nariz, y pasó el dedo por su temblorosa boca. – Tengo que…

Bettina le puso los dedos en sus labios para callarlo.

– No, yo si tengo que decirte algo. Mis pantalones, ballesta, carcaj y flechas están preparados para que las quemes, Njal.

Njal sintió una opresión en el pecho, cuando la voz de Bettina se quebró. Trató de hablar, pero la suave presión de sus dedos en su boca aumentó.

– Hice lo que me dijiste y estuve pensando en todo esto. Fue una equivocación por mi parte poner en peligro a mamá, Brock, Luca, y a todos del castillo. Sobre todo fue un error enorme matar a esos cerdos la mañana después de la boda. Te he deshonrado. Tú eres un vikingo y sé muy bien que un vikingo saludaría alegremente al Valhalla para proteger lo que es suyo...

Njal la apretó contra su pecho. Olió la esencia de avellana de su cabello, y enterró su nariz en la seda de sus rizos.

– Ah, Bettina, me complaces enormemente. Soy muy afortunado por haber encontrado una esposa como tú.

Njal ardía por la necesidad de estar dentro de ella para estar cada vez más unidos. Levantándola del suelo la llevó a la cama. Se desnudaron mutuamente, y cuando Njal observó a su esposa acostada en la cama, totalmente desnuda y con el cabello negro esparcido por la almohada y las sábanas blancas, esa visión le produjo una oleada de ternura inmensa.

– Desearía tenerte en nuestra cama así de entregada esposa, esta noche y cada noche por el resto de nuestras vidas. – Entonces Njal rodó con ella, poniéndola encima de él. – Me gustaría que me tuvieras el debido respeto en público, pero aquí en nuestra habitación, y cuando estemos solos, no quiero otra cosa que no sea mi apasionada esposa guerrera. La mujer que lanza fuego por los ojos, porque su marido, que es un guerrero estúpido, le dijo que era una simple campesina. La mujer que cuando gana al Zorro y al Ganso, ofrece devolver dos gansos a cambio de una recompensa de besos y mucho más.

¡Por Odin! El adoraba la forma en que todos sus pensamientos se reflejaban en su rostro, como el ligero aumento de sus ojos y la marcada elevación de sus cejas al oír las palabras esposa guerrera. O su boca curvándose cuando él la describió lanzando fuego por los ojos, o la manera en que Bettina no pudo contener una sonrisa y una mirada lasciva cuando Njal dijo lo del juego del Zorro y el Ganso.

Cuando Bettina parpadeó, la oscura sombra de sus pestañas tocó ligeramente su cremosa piel. Levantando la cabeza, Bettina lo miró de reojo.

– ¿Vas a quemar mis pantalones, mi arco y mis armas?

Njal supo en ese momento, que iba a ganar muy pocas discusiones con su esposa. La certeza de eso le hizo sonreír. Esta sería su estrategia en este matrimonio; sólo ganaría las batallas cruciales para mantener segura a Bettina.

– No, dulzura. No, si me prometes que sólo cazarás cuando yo esté a tu lado.

La hermosa sonrisa de Bettina lo deslumbró, duplicando su polla de tamaño endureciéndola aun más, y contrayendo sus testículos con la expectativa del próximo y explosivo alivio.

Capítulo 6
– Ahora, esposa, voy a terminar lo que empecé antes.

¿Alguna vez se acostumbraría Bettina a tenerlo así? Con su rostro casi tocando el de ella. Con su caliente aliento en su boca y en su piel, causándole escalofríos, hasta que lo único que quería era su lengua luchando con la de ella.

– Bettina, vuélveme a mostrar esa mirada de sirena una vez más, y mi control se esfumara y te tomaré duro y rápido. – Dijo Njal resoplando y cerrando los dientes con fuerza. – Había planeado hacerte el amor durante mucho tiempo.

Ella se sentía como una antorcha lista para ser encendida y apenas conseguía meter aire en sus pulmones.

– Te lo ruego Njal, mis partes femeninas están calientes y latiendo desde que te fuiste y me dejaste amarrada.

Njal echó la cabeza hacia atrás. Mechones de cabello negro cayeron por sus hombros y sus labios se abrieron para mostrar una fila de dientes blancos. En ese momento, a Bettina le vino a la mente la imagen de un enorme y salvaje gato montés que estaba agazapado y tenso, esperando.

– Estoy perdido, esposa. – El feroz rugido de Njal retumbó en la habitación, rompiendo el silencio. Sus manos grandes y cálidas agarraron las caderas de Bettina probando su entrada con su gruesa polla. Ella estaba tan hinchada, mojada y resbaladiza que el sonido de la unión de sus sexos llegó hasta sus oídos. Asegurando sus talones en el colchón, Bettina se arqueó y le clavó las uñas en los hombros en el mismo momento en que sintió la deliciosa presión de la penetración, mientras sus paredes se ampliaban para la invasión, que ahora ya reconocía como una dulce tortura.

– Njal.


– Córrete para mí.

Njal volvió a entrar en ella y Bettina explotó como una estrella fugaz, rindiéndose a la fricción de sus sexos. Njal cerró su boca sobre un pecho y lo chupó largamente, mientras la penetraba con feroces y salvajes embestidas, golpeando su saco contra su suave carne.

Bettina le mordió el cuello, hundiendo los dientes en su piel y lamiendo la sal de su sudor.

Una y otra vez sus paredes se cerraban sobre su gruesa y caliente erección, golpeándola tan duramente que Bettina no sabía dónde empezaba él o donde acababa ella. Levantándole una pierna a Bettina, Njal se la pasó por detrás de su espalda, mientras continuaba entrando y saliendo de su coño, consiguiendo que esa fricción tocara ese lugar que envió a su cuerpo a un frenesí de contracciones. Bettina gritó su nombre y se desplomó.

Njal continuó empujando en su interior, sus paredes continuaban contrayéndose y retorciéndose alrededor de su polla hasta que arqueó su espalda en un último empujón. Njal rugió, hundiendo la cara en la curva de su cuello.

Sus gritos sonaron como truenos sacudiendo la silenciosa habitación, presionándola profundamente en el colchón con su peso, él olió el aroma acre de su unión, el almizcle de su virilidad llenaba su nariz.

Bajo sus manos, ella pudo sentir los temblores en los músculos de su espalda y en sus muslos.

Bettina aun se encontraba flotando en una neblina, con la mente llena de pensamientos que se formaban y se disolvían sin orden, no queriendo pronunciarlos para no romper el hechizo en el que estaba inmersa, por eso se quedó en silencio. Cuando Njal intentó levantar la cabeza, ella enroscó los dedos en su pelo acariciándolo.

– Bettina. – Sus labios rozaron su rostro y su voz vibró profundamente, estremeciéndola.

Soltando un largo suspiro, Bettina aflojó el abrazo y colocó sus manos sobre sus anchos hombros, incapaz de resistirse a recorrer con la mano la capa de sudor que cubría su piel.

– Njal.

Apoyando el mentón cuadrado en su pecho, él la miró.



– ¿Qué tienes en contra de las palabras, esposa?

–  No me gusta el hecho de que leas mis pensamientos. – Protestó ella, arrugando la nariz y dibujando un pequeño círculo alrededor de su hombro, maravillada por la fuerza de sus músculos tensos.

– ¿No lees tú los míos? – Njal se dio la vuelta llevándola con él y la acostó encima de su pecho, con las piernas alrededor de sus caderas para mantenerse dentro de ella y prolongar su unión.

– No. – Bettina apoyó la mejilla en la fortaleza de su pacificador marido, acariciando con un dedo un mechón de vello negro que enmarcaba su pezón.

– Tú ya sabes que valoro el honor por encima de todo. – Dijo Njal pasandole la mano hacia arriba y hacia abajo por su espalda. – No te obligaría a que me lo contases todo por la fuerza.

Cubriendo una mano con la otra, Bettina apoyó la cabeza en ellas y lo miró a los ojos.

– Cuando quitaste ese jabalí de encima de mí, en ese momento, cuando te miré a los ojos, pensé que te conocía de toda la vida. ¿Es magia lo que hace el Pacificador?

Molesta por que él siempre sabía lo que pensaba y ella no, Bettina le sostuvo la mirada.

Las manos de Njal enmarcaron su rostro. – ¿Crees que eres la única que siente esto? No. Esto es mágico. Es magia entre nosotros. ¿Lo crees? ¿Puedes creerlo?

Ciertamente, un duende invisible había apretado su garganta porque ella sólo podía sacudir su cabeza y parpadear, intentando contener las lágrimas que amenazaban con salir.

– Ahora, esposa, tenemos que trabajar con la confianza. ¿Estás de acuerdo conmigo?

Empezó a deslizarse fuera de ella pero Bettina lo agarró por las caderas temiendo perder la conexión física y dejar que la discusión arruinara la frágil tregua entre ellos.

– Quédate tranquila, dulzura. – Su maliciosa sonrisa consiguió que su vientre se agitara de nuevo. – Sólo es un pequeño descanso, ya que mi lujurioso compañero tiene previstas muchas escaramuzas para hoy.

Bettina miró hacia su miembro, abriendo mucho la boca, cuando observó que su pene crecía y se retorcía. Una sonrisa curvó la boca de su marido dirigiéndole un pícaro guiño. En ese momento, ella se derritió completamente. Cuando Njal la miraba así con las cejas levantadas en una sugerencia lasciva, el zafiro de sus ojos brillantes y sus hoyuelos suavizando las líneas duras de su cara, él podía proclamar su victoria, dominarla, y ella se rendiría sin la menor vacilación.


***
– Me parece que prefieres perder para ganar. – Le acusó ella después de hacer el amor varias veces de nuevo.

La luz del amanecer se filtraba por las ventanas.

Njal cogió un ganso amarillo del tablero de juego y apoyó su barbilla en la mano.

– Te reto a que me demuestres que he perdido alguna vez esta noche. Fuiste tú quien pidió misericordia hace un momento.

Ella le dio una palmada en el hombro.

– Me refería al Zorro y al Ganso. Has perdido todas las partidas.

– Y ganado tu placer todas las veces. – Contestó Njal pellizcándole la nariz.

Realmente era un momento mágico, Bettina nunca se había sentido así de bien. Estaban tumbados desnudos en la cama, con el tablero de juego entre ellos, hablando y bromeando y amándose cuando una simple mirada se volvía demasiado caliente. La timidez de Bettina todavía se mostraba en momentos inesperados y sus mejillas aún se ruborizaban cuando Njal le describía, con una voz ronca y profunda, como iba a saborear, lamer o chupar esa parte tan íntima de su cuerpo, que ella llegaba a ahogarse con sus sugerencias.

– No hemos hablado de las consecuencias de que cazara a esos cerdos. – Bettina se incorporó hasta quedar sentada, cubriéndose los hombros con las pieles de la cama para protegerse del frío.

–  Eso es cierto. –  Njal se sentó también, poniéndola en su regazo, haciendo que el tablero y las piezas cayeran al suelo. – Y tendría que ser yo el que te cubriera en la cama como una de las pieles, esposa.

Acurrucándose en su pecho, ella le besó el mentón, incapaz de resistir el impulso de lamer la pelusa que le había crecido durante la noche. Una mano de Njal la agarró del hombro y con la otra le levantó la barbilla.

– Mírame, esposa.

Su voz le había enseñado durante la noche que era muchos hombres a la vez; amante, marido, guerrero, maestro, compañero, pero ahora ese cambio de tono le indicaba que se había convertido en el Pacificador.

Ella tragó saliva y se encontró con sus ojos.

Sintió que pasaba una eternidad antes de que él empezase a hablar. Con cada chasquido y crepitar del fuego, su corazón latía cada vez más fuerte.

– Todo está bien. Ya está todo arreglado. Mañana partiremos hacia el castillo de Mordred.

– Mamá… – Bettina se agarró el pecho, convencida de que si no lo hacía, su corazón se escaparía de su cuerpo. – Njal…

La decepción la hizo temblar levemente, ocultándole los ojos. Njal no dijo ni una sola palabra, simplemente se limitó a mirarla.

Bettina tragó. – Confío en ti. Eres un vikingo y no necesitas que yo proteja a nadie más, por que sé que mientras respires todos estarán protegidos.

Sus párpados revolotearon haciendo brillar sus hermosos ojos azules. – Eso es lo que quería que te dieras cuenta, mi esposa guerrera. Pero tú eres mi compañera, ninguna otra, y no tomaré a nadie más que a ti.

A pesar de que Bettina cerró fuertemente la boca y parpadeó rápidamente, una lágrima se le escapó a la que siguió otra y otra, hasta que terminaron corriendo libremente por su rostro. Bettina se las limpió rápidamente mientras Njal se reía y la abrazaba con fuerza, acercándola tanto a él que ella hizo una mueca.

Njal se apartó un poco. – Ahora debo probar la confianza que me acabas de dar, Bettina. Nos vamos a Laufsblað Fjllóttr esta tarde. Tengo que asegurarme de tus reacciones cuando Mordred esté en el banquete con el rey, y me temo que no sabes disimular tus sentimientos. Así que te pido que creas que tú y todos los que amas no sufrirán ningún daño… No te pido más que eso.

Ella no lo dudó.  – Así lo haré.
***
– El rey Highlander será un formidable aliado. – Magnus se sentaba a la izquierda de Njal, Bettina a su derecha, Lady Gwen a su lado, y Leofric a continuación. – Ha sido una sabia elección.

–  Sí, es verdad –Njal inspeccionó el salón de Laufsblað Fjllóttr, satisfecho con los preparativos.

Sesenta de sus hombres se mezclaban con los de Mordred y los del Rey Máel Coluim. Y más de cuarenta guerreros enviados por su hermano, Ruard, estaban de camino a las tierras de Mordred.

Laufsblað Fjllóttr ostentaba una gran cantidad de oro, copas y platos de bronce, y decenas de tapices bordados. Los bancos y las mesas talladas mostraban la riqueza que había. Llameantes chimeneas, tres o más, calentaban el ambiente, pero estaban obstruidas y el olor a cuerpos sucios, dominaba al débil aroma de pino y juncos que se mezclaba también con el olor de las aves que se asaban. Los labios de Njal se curvaron divertidos, aves y perdices no eran carnes que un señor feudal debería servir en una fiesta para impresionar a su rey.

– Los hombres de Mordred son soldados a sueldo, y no les han pagado desde Samhain. – Jarvik se inclinó hacia Magnus para asegurarse de que no le oyera nadie. – Brock y Fordor me informaron que muchos están dispuestos a cambiar su lealtad a un Lord que les pague cuando se les prometa.

– En Samhain fue cuando Mordred envió a Darwent a Arbroath. Es como me lo imaginaba.

Njal espió al Rey Máel Coluim que miraba desde las puertas de entrada del castillo. Su mirada se encontró con la del monarca y Njal se inclinó. El rey le habló a uno de los guerreros junto a él.

Los susurros en el salón se silenciaron.

Mordred aguardaba al rey al pie del estrado, su forma corpulenta envuelta en una capa carmesí adornada con joyas que caía hasta los juncos.

Una procesión de nobles acompañados por sus esposas seguía al rey. La esposa de Mordred se levantó, así como todas las mujeres de la mesa principal. Todos los hombres se pusieron de pie y esperaron pacientemente a que las mujeres descendieran los escalones para presentar sus respetos a los recién llegados.


***
– ¿Vas a irte ahora? – La mano de Magnus le tocó el brazo y maldijo. –Maldita esa ley que dicta que sólo los hombres del rey pueden llevar armas en los banquetes.

– Sí, me voy ahora. El rey ya ha conseguido escaparse y me estará esperando. Mantén a Mordred distraído. No dejes que se acerque a mi esposa. Volveré antes de que empiece el banquete. – Njal dio la orden disimulando como si estuviera bebiendo de una copa, siguiendo con la mirada a Bettina. Las damas estaban en frente unas de otras, haciéndose reverencias y llenando el salón de saludos femeninos, murmullos de reconocimiento y conversaciones. Mientras tanto, Njal se deslizó detrás del estrado, silenciosamente por los vacíos corredores, y se abrió paso a través de la enorme cocina donde reinaba la confusión.

Njal se camufló entre el velo de oscuridad que había pasado años adquiriendo durante sus estancias en las hostiles cortes. Nadie reparó en él caminando a través de los oscuros rincones, para después salir por la puerta abierta de la cocina. Njal se paró en las sombras, esperando a que su visión se adaptase a la absoluta oscuridad. Ninguna estrella brillaba en el cielo. El olor a humedad dominaba el lugar, y él inhaló la dulzura del aire fresco.

Una multitud se aglomeraba en el patio del castillo; hombres, mujeres, guerreros, cocineros, y todas las personas necesarias para satisfacer las necesidades del viaje de un monarca. El hombre a quien el rey había hablado momentos antes estaba con otros veinte guerreros, cerca de una tienda montada recientemente, dando los últimos toques de acabado al suelo fangoso, en medio de muchos gritos y juramentos.

– Su majestad le está esperando. – Murmuró cuando Njal se detuvo en la puerta de la tienda.

Njal se inclinó para entrar bajo la lona pesada.

– Pacificador. – El Rey Máel Coluim, hijo de Cináed del clan Máel Coluim, el hombre conocido como el Rey Kenneth II de Escocia, estaba frotándose las manos en el calor que salía de un brasero de bronce calentado con turba. – Nos encontramos de nuevo.

– Su Majestad. – Njal se puso de rodillas y besó el anillo de oro del dedo medio del rey. Esperó hasta que el rey le tocó el hombro antes de levantarse.

– Date prisa, Pacificador. Me esperan en el salón.

– Majestad, el Rey Cnut, el Grande, me ordenó entregarle este mensaje. Njal sacó el pergamino de un bolsillo en el forro de su capa, e inclinando la cabeza se lo ofreció al monarca.

A diferencia de muchos reyes escoceses, Máel Coluim sabía leer y escribir y no necesitaba que los escribas se lo tradujeran. El rey le dirigió una mirada para analizarlo, pero Njal mantuvo los ojos bajos estudiando los pies del monarca. Al comienzo de sus días como negociador, él había aprendido el truco de observar todo sin que lo pareciera, por eso ahora estudiaba las sombras de la tienda, mientras que el monarca leía el mensaje del rey Cnut.

Aunque Magnus había dicho que Cnut estaba de acuerdo con los planes de Njal, él había aprendido a no confiar en la palabra hablada, sólo en la escrita. Contuvo el aliento, sabiendo que una mala interpretación había acabado muchas veces con todas las buenas intenciones de manera muy rápida.

El perfil del rey se inclinó hacia Njal, haciendo que mantuviera el rostro rígido e inexpresivo, sin mover ni un músculo, ni siquiera un dedo.

– Puedo ver tu mano en esta misiva, Pacificador.

– Mordred viajó dos veces a Moray en el festival de Samhain, al comienzo del invierno pasado, y a mitad de primavera. Sus arcas, que estaban vacías, se llenaron mucho antes de que desapareciesen las riquezas de Arbroath. Sus hombres no han visto una moneda desde entonces. – Njal mantuvo respetuosamente la mirada baja, nunca pasando del pecho del monarca. Percibió el momento en que Máel Coluim comprendió su sutil sugerencia de una alianza entre Mordred y Gillie Coemgáin, el gobernante del reino de Moray, el rival al trono más peligroso de Máel Coluim.

– Mírame, Pacificador.

Fue entonces cuando Njal se encontró con la mirada del monarca.

– Estoy de acuerdo con la alianza con una condición. La eliminación del linaje que ahora posee Laufsblað Fjllóttr. Cuando todo esté terminado, consideraré tus sugerencias en cuanto a quien destinar el castillo y las tierras de Mordred.

El rey quería a Mordred y a sus parientes muertos. Njal reprimió un suspiro de alivio. Ese era el resultado que deseaba.

– Gracias, Su Majestad.

Njal consiguió llegar al salón principal, después de que el rey volviese y antes de que las mujeres ocupasen sus asientos en la mesa principal. Bettina y Lady Gwen y algunas de las esposas e hijas de varios nobles, custodiadas por Leofric, Magnus, Jarvik, y varios de sus hombres, estaban conversando en un rincón del salón.

Magnus encontró su mirada y levantó una ceja.

Njal asintió con una leve inclinación de su cabeza.

Bettina le regaló una sonrisa deslumbrante cuando él la ayudó a subir los escalones de la mesa principal. El vestido de cuello alto que llevaba ondeaba alrededor de sus piernas. Fue una repetición de su fiesta de bodas. Njal saboreó cada toque furtivo, apoyando la mano en su muslo, ofreciéndole jugosos trozos de carne, y susurrando sus planes para su regreso al día siguiente.

Cuando la comida terminó, el rubor llenaba sus mejillas y él estaba tan distraído por la mueca traviesa de la boca de su esposa, que cuando el sacerdote apareció en frente de la mesa no notó su presencia.

– ¿Pasa algo malo? – Bettina le tocó el hombro.

– No, mi señora. – Debajo de la mesa, él le apretó la mano con la suya.

Mordred se levantó, con una mano sobre la mesa, mirando fijamente al monarca.

El Rey Máel Coluim también se puso en pie.

El silencio barrió el gran salón hasta que los únicos sonidos que se oían eran las llamas y las chispas que crepitaban en las chimeneas, imitando el sonido de las olas rompiendo en la arena.

– Esta noche, dos grandes reyes se convertirán en aliados y dos grandes linajes se unirán. Concedo la mano de Lady Gwen de Arbroath a Leofric, el León, Conde de Berna Umbría.

Njal sonrió por el suspiro de Bettina.

Los susurros y murmullos frenéticos se extendieron por el salón y Mordred emitió un rugido sofocado.

Lady Gwen se apoyó en el hombro de su hija y le susurró algo al oído.

Leofric, el León se levantó y le ofreció su brazo a Lady Gwen.

Bettina se volvió hacia ella.

– ¿Mama? – Bettina no estaba realmente haciendo una pregunta, pero Njal sabía que necesitaba la certeza de la conformidad de su madre.

– No es una sorpresa para tu madre. Fue una sugerencia mía y de Leofric, pero la elección es suya. – Njal le apretó la mano.

Los labios color rubí de Bettina se abrieron para revelar sus blancos dientes, y Njal se sintió fascinado por el brillo de sus ojos, el brillo de sus lágrimas que relucían a la luz de las centelleantes antorchas de la habitación.

– Njal… –Ella se interrumpió cuando él le apretó otra vez la mano.

Njal hizo un gesto a Luca, quien corrió hacia la parte trasera del estrado y tiró de la manga de Bettina.

– ¿Luca? – Bettina frunció el ceño cuando él colocó un ramo de flores en su regazo. – Para Lady Gwen de los habitantes de la fortaleza.

Una lágrima escapó de sus ojos y rodó por su rostro cuando besó la mejilla de Luca.

– Dáselo a ella. Le va a gustar mucho.

La ceremonia y los discursos transcurrieron lentamente. Njal era muy consciente del poco éxito que estaba teniendo Bettina tratando de sofocar sus sollozos… y aclarándose la garganta frecuentemente como si estuviera disfrutando de la derrota de Mordred. Mientras esperaban que el rey y su séquito se marchasen, él se volvió y sin importarle lo que pensaran los demás, la acercó con fuerza contra él, y le pasó el brazo por encima de los hombros. Si no fuera por que estaban en territorio enemigo, se la habría llevado a la cama en el mismo instante que Leofric y Gwen abandonaron el salón.

Bettina no protestó, ni vaciló en ningún momento, cuando al final la condujo por la entrada principal del castillo. En ningún momento su esposa preguntó su destino durante el corto paseo por el puente levadizo. Fue sólo después de que cerró la solapa de la tienda de lona que sus hombres habían erigido sobre una colina sin árboles, que Bettina habló al final. – Te doy mi corazón, Njal. Y toda mi confianza. Nunca podré agradecerte lo suficiente lo que hiciste esta noche.

Con cuidado de ocultar su decepción ya que ella no había dicho las dos palabras que él tanto anhelaba escuchar, Njal intentó persuadirla con su lengua, sus labios, sus manos, y haciéndole el amor suave y tiernamente. Su respuesta apasionada disparó su excitación más rápido de lo que él planeaba.

Njal había ordenado que se colocasen pieles extra en la cama, teniendo en cuenta lo gélido que estaba el suelo, pero descubrió que prefería calentar el cuerpo de ella con el suyo para que no sintiera el frío. Bettina parecía agotada. Njal todavía estaba preocupado mucho después de que ella se hubiese quedado dormida. ¿Por qué ella no le había hecho una pregunta tras otra, como era su costumbre?

Su cuerpo se negaba a ceder al sueño. Enterrando la nariz en su cabello, absorbió la fragancia a avellanas profundamente en sus pulmones, saboreando el calor y la seda de su piel. Bettina nunca se había separado de su madre y él conocía lo protectora que era ella con Lady Gwen. Él había creído que Bettina sería muy feliz al saber que Lady Gwen residiría cerca, apenas a medio día de viaje.

Entonces… ¿en que se había equivocado? ¿Qué más preocupaba a su esposa?


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