Jianne Carlo Serie Guerreros Vikingos 3- el Pacificador Argumento



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Capítulo 7
Ya había pasado una semana desde que Bettina se había hecho cargo del castillo de Arbroath, centrada en su restauración y en recuperar su antigua gloria. Njal le proporcionó el dinero suficiente para todas las reparaciones necesarias y una multitud constante de comerciantes y trabajadores atestaron el castillo.

Los carpinteros iban y venían, llevándose las mesas y los bancos desgastados y volviendo con muebles brillantes sin surcos ni manchas. Hombres y mujeres fregaban los suelos, extendiendo el olor de la sosa cáustica que usaban para limpiar el hollín adherido en las piedras. Cada día un nuevo trozo de las paredes del gran salón era reparado y encalado. El golpeteo de los martillos resonaba constantemente y pronto las goteras en el techo y en las vigas desaparecieron.

Njal salía por la mañana y volvía mucho después de que el sol se pusiera, a tiempo para asistir a la cena. Bettina ya no cazaba. La carne de todo tipo, de jabalí, de ciervo, y hasta de un ocasional cerdo se reponía frecuentemente. Como se acercaba el invierno, las mujeres se sumieron en un torbellino de actividades, salando carnes, haciendo conservas de verduras, y frasco tras frasco de jaleas y compotas.

Las partidas en la cama llenaban las noches de Bettina. Y a menudo, solo paraban de amarse cuando el amanecer dominaba el cielo.

Pero casi al final de la semana, Njal se empezó a sentir algo inquieto, ya que el sexo entre ellos había disminuido, hasta limitarse a una vez por noche.

Es cierto que el exceso de trabajo en el castillo la cansaba más de lo normal, pero Bettina sabía que parte de su agotamiento se debía a que ya no podía pasar el tiempo en el bosque, sintiendo el viento y el sol en el rostro. Ya no tenía tiempo para pasear y reflexionar sobre sí misma.

Njal le había prohibido salir del castillo sin estar protegida por una considerable escolta, y ella había optado por no ir para no tener que lidiar con los guerreros, quienes le ordenaban por donde caminar, donde ir, donde pisar cuando estaba cerca del rió, o le sugerían que no caminara demasiado cerca del precipicio. Por sus conversaciones en la cama, Bettina se enteró que Njal trabajaba de sol a sol para mejorar las granjas, la aldea y las defensas. Ella pensaba que eso era mucho más de lo que un Lord haría por sus tierras, pero se negaba a acribillarlo con preguntas. Era el momento de aceptar su destino en la vida como una mujer, por lo que cada día que pasaba, su frustración crecía cada vez más. Y echaba mucho de menos a su madre.

Algunas mañanas, Bettina subía hasta el tercer piso y vistiéndose con los pantalones, la túnica y las botas, se dirigía a la ventana, mirando en dirección a las tierras de Berna Umbría. La tentación, su peor enemigo, se convirtió en una serpiente enorme, creciendo dentro de su cabeza. Sería un viaje de media mañana a caballo hasta Berna Umbría, tal vez menos, visitaría a su madre y se aseguraría que todo iba bien. Si no fuera por el hecho de que Njal siempre dejaba a uno de sus hermanos en el castillo, ella habría visitado a su madre el primer día.

Njal visitaba a Leofric por lo menos una vez a la semana, regresando con una misiva de Gwen. Bettina también le escribía, y respetuosamente le daba esos pergaminos a su marido para que se los entregase, pero esas restricciones la irritaban.

– Tengo buenas noticias, esposa. – Njal se giró hacia ella en la mesa principal, cuando terminó su desayuno.

Bettina, que estaba masticando un pedazo de pan, arqueó las cejas.

Él se echó a reír.

– Y pensar que la noche que nos casamos, rogué para que tuvieses buenos modales en la mesa y hoy descubro que tus delicados hábitos alimenticios podrían hacer que la Reina Emma pareciese un bárbaro. –Negando con la cabeza continuó. – Esta mañana Magnus y yo cabalgaremos hasta la costa. Ahora tenemos un rebaño de reses, cuarenta ovejas, y hemos negociado con Valan, el jefe Highlander, para adquirir un semental.

– Es una noticia maravillosa, Njal. – Bettina extendió la mano para alcanzar su copa, con la cabeza llena de ideas. – He oído hablar de los famosos caballos de los Highlanders. Y aquí en Arbroath tenemos unos cuarenta para que puedan criar. Eso ha sido realmente una proeza. ¿Alguna vez has montado a un animal de esos? Dicen que son más rápidos que un ciervo, y que pueden llevar a un caballero con una armadura como si fuese un niño, sin perder esa rapidez.

– Mi esposa guerrera ha vuelto. – Él sonrió y le guiñó un ojo arrugando la nariz, casi haciéndola derramar el líquido de la copa que tenía en la mano. – Una mujer corriente pensaría en mantequilla fresca, leche batida o crema de leche de vaca, o tal vez en las prendas tejidas con la lana de las ovejas. Pero no, mi esposa no. Ella piensa en la guerra.

Si la copa fuese de vidrio en lugar de bronce, la base se habría roto de tan apretada que la tenía Bettina. El genio de ella explotó en una ráfaga.

– Entonces, tal vez deberías de haber tomado una esposa de la corte, mi señor.

– Bettina, dulce hermana…

Ella se puso de pie. – Por favor, perdonadme, Lord Jarvik, Lord Magnus, y mi señor marido, porque hoy tengo muchos deberes que llevar a cabo como una mujer.

Prácticamente tiró la copa encima de la mesa, indiferente a la cerveza que se derramaba mientras se volcaba. Bettina se giró y salió disparada hacia la cocina. Las criadas, cocineras y pinches le concedieron un amplio espacio, mientras ella desahogaba su ira contra la suciedad incrustada en la olla de hierro fundido.

El tronar de los cascos de los caballos ahogó su voz antes de que pudiera terminar la planificación de la cena con la cocinera del castillo.

Bettina salió al patio, sorprendiéndose por la calidez de ese día de otoño. Levantó la cara hacia el sol y deseó estar montada en un caballo, galopando a través del bosque, escuchando el canto de los pájaros, aspirando el aroma de los pinos y de la tierra y escuchando el crujir de las hojas aplastadas cuando galopaba a través de los árboles.

Su caminar la llevó a los establos, deteniéndose con sorpresa en la puerta. A pesar de que había un buen número de caballos en el establo, los tres sementales pertenecientes a Njal y a sus hermanos no estaban allí.

La tentación era irresistible.



Solo será una rápida visita a mamá ¿Quién se va a enterar?

Apartando las interminables advertencias de Njal sobre no abandonar el castillo sola, ella voló al cuarto del tercer piso. Minutos más tarde, armada y vestida para montar, entró en el establo, ensilló su montura y galopó a través del campo hasta llegar a la cobertura del bosque.

Era un día glorioso, con viento, pero el calor del sol penetraba en el aire helado. Inclinándose hacia delante espoleó a su caballo a un galope rápido. En menos de una hora, llegó al límite de los campos entre Berna Umbría y Arbroath. Su corazón latía acelerado, por la emoción casi incontrolable de ver a su madre, pero tirando de las riendas frenó el galope y disfrutó de la vista que tenía por delante.

Las alondras se elevaban por encima del bosque esmeralda, lleno de pinos frondosos. Ramilletes de trigo maduro y dorado se balanceaban por la fresca brisa que recorría el campo. A lo lejos, vio los nudosos troncos de los robles que marcaban la frontera entre las dos propiedades.



¿Mamá será feliz con Leofric?

Bettina recordó lo que su madre le había susurrado al oído la noche del banquete que Mordred dio en honor al rey.



Es mi elección, hija.

Debería de ser feliz.

El sol brillaba, pleno y centelleante. Las espigas de una cosecha tardía, subían y bajaban en una danza furiosa, cuando el viento las agitaba. El caballo Bettina vaciló, dio un salto y sacudiendo la cabeza relinchó una protesta por su breve detención.

Durante una semana, había tratado de ser la mujer que Njal merecía, pero su naturaleza rebelde era más fuerte. Perdida en sus pensamientos, no se dio cuenta de una bandada de gorriones que levantaron el vuelo desde el refugio de los árboles, ni del graznido repentino de las alondras de los campos.

– Que bien que nos encontremos de nuevo, Bettina.

El corazón de Bettina parecía que iba a salirse por su garganta. Apretando sus rodillas en el caballo lo giró. El miedo se deslizó por su espalda, enviándole escalofríos hasta los hombros cuando su mirada se posó en el hombre que estaba delante, Hal, El Heraldo, vestido con cota de malla y armado con espada, dagas, y una ballesta.

¿Por qué estaría Hal allí?

Bettina no sabía quien le gustaba menos, si su falso tío Mordred, o su hijo Hal.

Consciente de los consejos de Njal para actuar como una gentil esposa, ella colocó una sonrisa en su cara.

– Buenos días, Lord Hal. ¿Qué estás haciendo aquí?

– Yo me pregunto lo mismo, Bettina.

Su mano se moría de ganas de abofetear la expresión satisfecha de su rostro. Antes de que pudiera pronunciar una respuesta cortés, pero rotunda, el sonido atronador de cascos de caballos capturó su atención. Bettina miró por encima del enorme cuerpo de Hal, y sintió un vuelco en el estómago cuando divisó a una docena o más de hombres armados galopando en su dirección, que hizo que apretara las riendas con fuerza.

– Deberías de haber sido mía, mía para domar, Bettina. – Hal miró sus pechos. – Debería de haber sido mi polla la que rompiera tu virginidad. Te arrepentirás por haberme negado ese placer.

Su corazón latía cada vez más fuerte en sus oídos. Bettina examinó la extensión de la llanura, mientras ponía la mano encima de la ballesta atada a la silla, pero dudó durante un momento muy largo.

Los guerreros formaron un círculo alrededor de Hal y ella con los caballos resoplando y jadeando, golpeando con los cascos en protesta por la parada. Ella echo una rápida ojeada a los hombres, pero no reconoció ni una sola cara.

Mercenarios.

No podía hacer nada más que intentar tratarlo con desafío.

–  ¿Me vas a escoltar hasta la propiedad de Lord Leofric? Qué encantador y galante, Lord Hal.

–  Desarmarla, atarla y ponerla sobre un caballo. -– Hal descubrió sus dientes manchados y mellados en una sonrisa siniestra. – Tu Pacificador ya no existe. Hoy, mi padre y yo, y una legión de hombres de Moray, vamos a prenderte a ti y a Lady Gwen. Las dos seréis viudas el mismo día y las dos os casareis al siguiente.

Bettina tenía un cuchillo en su bota y prefería hundir la hoja afilada en su corazón, que tener las manos de Hal sobre ella. Bettina mantuvo su expresión rígida y no luchó cuando los hombres la arrastraron del caballo.

Njal no puede estar muerto.

Cerrando los ojos rogó a Dios para que se la llevara en su lugar.


***
– ¿Cómo que no? ¿Qué quieres decir con que no la has visto? – Rugió Njal.

– Fuiste tú quien dijo que su promesa la mantendría en el castillo. – Jarvik se pasó la mano por el pelo. – Solo he estado fuera un momento. ¿Querías que no atendiera a Luca?

Njal negó con la cabeza, tratando de disipar el pánico creciente, y montó en su caballo de batalla.

– No. Había que liberar al muchacho de la rueda de agua. ¿Y su pierna?

– Quebrada, pero se recuperará. – Jarvik montó en su caballo, sacudiendo las riendas, mientras esperaba que Magnus se preparase. –Un mozo de cuadra la vio entrar en el bosque, hacia el este. Iba en dirección a Berna Umbría.

– Hacia Lady Gwen. No ha sido una coincidencia que no encontráramos a Hal en Laufsblað Fjllóttr. – Njal clavó los talones en los flancos del caballo en el momento en que Magnus metía los pies en los estribos. – Él morirá hoy.

–Petalia ha traicionado a Bettina. – Informó Magnus que cabalgaba junto a Njal. – Es lo mismo en el campo que en la corte. Las sirvientas son engañadas por los jóvenes nobles para traicionar a sus damas. Nunca entenderé cómo una mujer puede ser tan tonta de pensar que un caballero se case con una criada. Los hombres se casan por las tierras, y ¿que tierras posee una criada?

– Olvídalo, Magnus. Quiero a mi esposa sana y salva. – Njal no dijo nada más pensando en que la iba a tener desnuda y amarrada a la cama por siempre, para que no se aventurara a salir si él en su vida. Rezó a Odin para que no hubiese sido herida o violada. Por que si le habían hecho algún daño, Hal, El Heraldo, sería Hal, El Ganso Castrado, antes de dar su último aliento. Njal apretó la mandíbula.

Detuvieron la marcha en el límite del campo. Era obvio que Hal y sus hombres habían encontrado allí a Bettina. Un rápido examen de las huellas y de la hierba pisoteada, les mostró el destino del secuestrador.

– Van hacia la costa. ¿Crees que él tiene un barco?

Njal enfrentó la mirada de Jarvik.

– Si, lo creo. Ellos han forjado una alianza con Moray.

Sin decir una palabra más, los hermanos se volvieron hacia el este y alentaron a sus caballos a un galope furioso. Una densa niebla luchaba con las nubes oscuras que bloqueaban el sol, mientras cabalgaban por los sombríos bosques.

El bosque de pinos se estrechó para revelar un gran campo de hierba. Momentos antes de que el cielo se derrumbara, todo se quedó en silencio. La tormenta estalló en una cacofonía de truenos, relámpagos y el rugido de la lluvia torrencial, con gotas pesadas que castigaban la piel.

Incapaces de mantener el ritmo, pusieron a sus monturas a un trote lento. La cortina de lluvia solo les permitía ver a corta distancia, y el torrente del diluvio que caía, ahogaba todos los otros sonidos.

Sin poder hacer nada más, Njal pensó en como encontraría la muerte Hal, por eso no notó cuando Magnus tiró de las riendas de su corcel y pronunció una maldición por encima de sus hombros. Fue el grito de su hermano, el que alejó a Njal de sus oscuras divagaciones. Levantó la vista y escudriñó el horizonte.

Jarvik estaba junto a Njal señalando hacia la izquierda.

– ¿Eso es una cabaña?

– Sí, y hay una docena de caballos o más atados al abrigo.

– Estamos a sólo una milla de la aldea de la costa. – Magnus estudió la cabaña. –- Si yo fuera Hal, hubiera seguido con Bettina. Sus hombres son mercenarios. Es posible que se hayan negado a continuar. Tal vez sería mejor que nos separásemos.

– ¿Magnus, conoces a algún capitán de barco que se lanzaría al mar con esta tempestad? Independientemente de cuántas monedas se le ofrezcan, no creo que haya ninguno. – Contestó Njal inspeccionando el tejado de paja de la cabaña y las ramas de los árboles que colgaban encima de ella. – Bettina está allí y han encendido un fuego. Huelo a turba quemándose.

– Njal tiene razón, hermano. Puedo ver el brillo de las llamas a través de los orificios de la paja. – Dijo Jarvik protegiéndose los ojos de la constante lluvia.

– Estarán reunidos alrededor del fuego, y si tenemos suerte, casi borrachos. – Njal gesticuló. – Vosotros controlar la ventana y la puerta. Yo me quedo con el tejado. Estarán preparados para un posible ataque por esos lugares, pero no por el techo.

– ¿Quieres que quede alguno con vida? – Jarvik apuntó con su espada.

– No. Son mercenarios. – Njal tiró de las riendas y girando a su caballo anunció. – Y Hal es mío.

A pesar de la lluvia constante, Njal vio claramente a sus dos hermanos, poniendo los ojos en blanco y moviendo la cabeza. Esperaba con impaciencia el día en que cada uno tomase una esposa, sólo entonces entenderían su necesidad de venganza.

La emboscada ocurrió como habían planeado. Jarvik, Magnus y Njal mataron a todos los hombres con un único golpe de espada, excepto a Hal. Cuando Njal descubrió a una mojada e irritada Bettina, atada y amordazada en un taburete bajo, mandó a Magnus para que la soltara y la protegiera antes de volverse hacia Hal, quien había resultado herido en la lucha. A pesar del deseo que tenía de matar al hombre en ese momento, esperó hasta que Hal confesó que no había contratado todavía a un capitán de barco y que no tenía otros guerreros que le seguían. Cuando acabó de contar todo, Njal le clavó la espada y lo mató.

La única manta disponible apestaba, pero estaba seca y resguardaría el cuerpo de su esposa de la lluvia. Envolviéndola en la sucia lana, la sentó delante de él y se dirigió a Arbroath.

Njal había estado muy satisfecho cuando terminaron la cabaña de baños tres días atrás, y él y sus hermanos habían pasado cada noche probándola y haciendo pequeños cambios. Fordor el agricultor había localizado las piedras lisas necesarias para calentar el lugar y Jarvik había negociado en la aldea de la costa los aceites perfumados que se utilizaban para los masajes.

Njal llevó allí a su esposa después de pedirle a Jarvik que enviara a alguien con ropa seca, alimentos y bebidas. Njal no tenía ninguna intención de dejar la estructura de piedra, que habían construido a una milla de Arbroath, hasta que hubiesen hablado y hecho el amor hasta el agotamiento.

– ¿Qué es esto? – Bettina se quitó la apestosa manta y miró a su alrededor. –  ¿Es la cabaña de baños de la que hablaba Jarvik?

– Si. Tu nariz está de color azul y estás temblando como una ramita en medio de una tormenta. – Dijo Njal desatándole la túnica.

– Estás enfadado, lo sé, y con razón. – Ella levantó los brazos para que pudiera tirar de la túnica por encima de su cabeza. Cuando él se arrodilló para ayudarle a quitarse las botas, Bettina apoyó las manos sobre sus hombros.

– No, no estoy enfadado. Estoy furioso. – Tirando las botas en una esquina, desató la cuerda de su pantalón y bajándoselos la llevo hacia el agua, mientras ella trataba de apartarlos con los pies.

– ¿Estás herida?

– No. Njal. – Ella tembló y dejó de hablar cuando el se acercó a la piscina humeante. –Oh, está tan maravillosamente caliente.

Cuando ella se intentó apartar de él, Njal apretó los brazos automáticamente, pero Bettina se resbaló cayendo al agua. Él sabía que ella nadaba como un pez, pero retuvo la respiración y no movió ni un músculo sin dejar de mirar el lugar donde había caído, hasta que ella salió con los brazos extendidos y salpicando agua por todas partes.

– Te aseguro que nunca voy a volver usar la tina pequeña para bañarme otra vez. – Levantándose Bettina puso sus brazos alrededor de su cintura. – Debes enseñar a Leofric a construirla. Te juro que mamá se desmayará de felicidad.

Su guerrera estaba de vuelta.

Confundido, él sonrió tontamente. Y desde luego que parecía un idiota, allí de pie, vestido con armadura y botas.

–  Njal. – Le dio una palmada en el hombro – Tu cota de malla se arruinará, tienes que quitártela. Te ayudaré como si fuera tu escudero. Pero eres demasiado alto y no llego hasta arriba.

Y ella se veía tan pequeña y tan preciosa.

– Allí. –  Dijo Bettina señalando una piedra baja que se elevaba por encima de la superficie del agua. – Siéntate.

Él obedeció su orden y Bettina se arrodilló para desatar sus botas.

– Lo intenté. De verdad que lo intenté. Ha pasado más de una semana y no he hecho ni una sola pregunta. Esperé y esperé. Y esperé mucho más. – Quitándole la bota, ella lo miró. – No puedo ser así. – Lanzando la bota al suelo, comenzó a desatar la otra. – Sólo soy una mujer de campo a la que tú no puedes llevar a la corte. Porque no tengo paciencia cuando quiero saber algo y no puedo preguntarlo.

La boca de Njal se curvó hacia arriba mientras ella lanzaba la otra bota y fruncía sus hermosos labios.

–  No quiero vivir en un monasterio o en un convento. – Bettina se deslizó entre sus muslos y le tocó la cota. Su pelo olía a avellanas mezclado con un aroma ácido. – Quiero un bebé, tal vez no una niña. Un niño o varios niños.

Él no aguantó más, y la sentó en su regazo, sosteniéndole la barbilla.

– ¿Vas a llevarme siempre la contraria, esposa? Por que realmente deseo una niña guerrera. Una que me hará arrancarme los cabellos, que me preocupará hasta llevarme a una muerte prematura, y que será tan atrevida, inteligente y tan ferozmente hermosa como su madre.

Su estómago se apretó cuando las lágrimas de su esposa empezaron a correr por sus mejillas, formando líneas sobre el barro que aún cubría su piel.

– Creo que te amé desde el principio, pero no es fácil decir esas palabras.

– Resulta más fácil cada vez que se dice. Te amo, mi esposa guerrera, y te quiero exactamente como eres. Acribíllame a preguntas, enfádate conmigo, desafíame. – Njal la besó en la nariz. – Y ahora, esposa, necesito estar dentro de ti.

Bettina le ayudó a quitarse el resto de la ropa y al poco rato nadaban desnudos y limpios en la pequeña piscina.

–  Ven. – Le pidió él señalando con el dedo hacia la roca donde había estado sentado. – Siéntate.

– Pero si no tengo ropa que quitarme. – Protestó ella, pero se sentó en la piedra.

– Ah, pero yo no quiero quitarte la ropa, sino satisfacer mi hambre. – Él la ayudó a recostarse sobre la piedra y le separó los muslos.

Bettina se quedó sin respiración cuando observó su maliciosa media sonrisa que hablaba de placer. Acariciando su vientre, Njal pasó la punta de sus dedos levemente sobre su suave y húmeda piel, observando como cambiaba su expresión.

Entonces Njal se puso de rodillas mirando fijamente sus pliegues e inhalando el olor de su sexo, antes de lamer su clítoris. Ella suspiró y gritó su nombre cuando su boca se cerró sobre su botón.

Bettina sabía a miel, crema y especias, y en el momento en que él pasó su lengua por su centro, ella cerró sus muslos alrededor de su cabeza.

¡Por Odin! Njal no se cansaba de su coño, hundiendo la nariz en sus pliegues, lamiendo sus jugos, oliendo su aroma de mujer, y emborrachándose con su gusto.

Bettina tuvo un orgasmo y empezó a suplicar. – Njal, por favor, te lo ruego. Lléname.

Tirando de su cabello, Bettina intentó atraerlo hacia su cuerpo. Cuando él se resistió, ella puso sus piernas alrededor de su espalda y murmuró.

– Pon tu polla dentro de mí, esposo.

El control de Njal se desvaneció, y levantándose la cubrió con su cuerpo y la penetró.

Su coño le apretó el miembro como un guante, succionando su pene, contrayéndose y relajándose cuando Bettina volvió a sentir su liberación una vez más. En ese mismo instante, su simiente quemó y sus bolas se apretaron cuando él explotó dentro de ella. La sangre se agolpó en su ingle, incapaz de contener la creciente explosión y él gritó su nombre mientras se corría. Su semilla brotó y brotó dentro de ella, caliente y continua, mientras que su vagina lo ordeñaba, apretando y contrayéndose y manteniendo su polla dura como una espada de acero.

Njal se zambulló en el agua poco profunda junto a la roca, sosteniéndola para que ella lo montase a horcajadas, y poder disfrutar mejor de los temblores persistentes que aun los recorrían. Njal nunca se había sentido tan feliz, tan completo como ahora, saboreando la forma en que ella lo rodeaba, y sin poder dejar de acariciar su espalda, besar sus hombros, su rostro y mordisquear su oreja.

– Njal. – Ella pasó un dedo sobre sus bíceps. – Te quiero.

Cada músculo del cuerpo de Njal se tensó.

– Me gusta sobre todo tu parte masculina.

– Antes la llamaste polla. – Su pene había latido cuando la había oído pronunciar esa palabra.

– No es una palabra que una dama debe usar. – Sus dedos se deslizaron por su vientre y él se arqueó cuando la punta de su dedo dibujo círculos en su ombligo

– Es una de las palabras que una mujer guerrera debería decir a menudo. – Él mordió su hombro lamiendo después el mordisco.

Bettina se apartó de su pecho y lo miró a los ojos.

– Yo creo, Pacificador, que tu polla todavía no está satisfecha. Por favor, dime, ¿una mujer guerrera puede chupar la polla de su marido? Parece una retribución justa.

Había amanecido antes de que se quedasen dormidos, exhaustos, con la piel arrugada por permanecer tanto rato en el agua, pero Njal había previsto eso y tenía varias pieles amontonadas cerca de las rocas. Debajo de las pieles, Bettina estaba acostada encima de él, su pene medio duro todavía dentro de ella. Él la besó en la frente y le dijo.

– ¿No me preguntas por qué me puse tan furioso?

– ¿Por qué te desobedecí? – Bettina frunció la nariz y lo miró. – Eso es obvio.

– No fue por eso. Te exigí algo imposible. – Njal la sintió tensarse y le acarició la espalda hasta notar que volvía a relajarse. – Es normal que estuvieras preocupada por tu madre. Debería de haberte llevado a verla para que desapareciera tu preocupación. En lugar de prohibirte salir de Arbroath, tendría que haberte explicado que hasta que derrotáramos a Mordred, tú estarías en peligro. Y lo más grave de mis acciones es que nunca debería haber permitido que no me hicieras preguntas.

Bettina apoyó la barbilla en su pecho. – ¿Qué estás diciendo, Njal?

– Te estoy diciendo que cometí un error. – Él trazó su ceja. – Que no quiero que haya ninguna prohibición entre nosotros. Que siempre nos hablaremos con claridad, y que cuando nos peleemos lo solucionaremos conversando.

– Si hubiera sabido que sería tan agradable casarme con un pacificador, lo habría hecho mucho antes.

– Tienes que saber todo lo que ha pasado. – Njal le contó su acuerdo con el rey Máel Coluim.

– Eso es lo que hiciste ayer.

– Sí, pero no sabíamos que Petalia avisaría a Hal. Es un error que no volverá a repetirse. Tú y yo vamos a hablar con todos los que viven en el castillo. Si es necesario, llevaremos a cabo un juramento formal y una fiesta.


– ¿Qué va a pasar con el castillo de Mordred?
– Me parece que Máel Coluim ya ha decidido a quien regalar Laufsblað Fjllóttr. – Njal se encogió de hombros. – Él me ha pedido que le diga lo que opino de su decisión.
– ¿Y qué le vas a decir?

Njal solo sonrío.


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