Jianne Carlo Serie Guerreros Vikingos 5 – El Seductor Argumento



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Jianne Carlo

Serie Guerreros Vikingos

5 – El Seductor



Argumento

Elaina, hija de una concubina, se ve obligada a huir y a esconderse con sus hermanas pequeñas para salvar sus vidas, después de que su tío Eogan haya asesinado a su padre para quitarle la corona. Pero cuando conoce a un alto y temerario vikingo conocido como El Seductor, descubre que el guerrero está decidido a conseguirla, incluso aunque tenga que recurrir al chantaje para lograrlo.


Preocupada por haber sido descubierta y desesperada por proteger a sus hermanas, Elaina accede a casarse con él después de que Jarvik amenace con revelar su identidad. Ella le ordena que sacie su lujuria rápidamente, pero Jarvik no aceptará otra cosa que la entrega total de Elaina. Su unión es explosiva y mágica, pero... ¿cómo puede confiar Elaina en un guerrero conocido como El Seductor? E incluso si es tan honorable como él dice, ¿podrá la maniobra política de unos Reyes rivales, obligar a Jarvik a abandonar a su nueva esposa a merced del hombre que la quiere muerta?

Capítulo 1
¡Por los dedos de Loki!
Jarvik reprimió una serie de maldiciones y agudizó los oídos, tratando de averiguar el peligro que se acercaba. Sus armas y sus ropas estaban tiradas en la orilla opuesta. El ruido sordo de botas pisando ramas secas y los murmullos de voces masculinas se hicieron más fuertes.
Había sido una estupidez detenerse para bañarse en el lago, pero había galopado durante varios días a un ritmo muy duro, con la vana esperanza de aplacar su agitado temperamento, y la tentación de un refrescante chapuzón le había resultado irresistible.
Altos pinos y rocas rodeaban la poza donde se encontraba. Jarvik nadó hacia un estrecho remanso y esperó sentado en las rocas que bordeaban el lecho del lago. El sol de la mañana brillaba, y una ligera brisa sacudía las ramas de los pinos detrás de la alta roca que estaba a su derecha.
De pronto, una mujer apareció en lo alto de la roca. Jarvik se olvidó de respirar al dejarse embriagar por la visión de su figura.

Ignorante de que estaba siendo observada, ella empezó a desnudarse, quitándose la toca, la capa, las botas y el vestido de color marrón claro que llevaba. Entonces la muchacha se despojó de un relleno de tela que la cubría desde la mitad de sus muslos hasta justo por encima de sus pechos. Jarvik tuvo que hacer un gran esfuerzo para detener el gruñido que intentaba brotar de su garganta. El relleno similar que envolvía su cuello fue lo siguiente, y por último se desprendió de la delgada camisa que aun le quedaba. En el espacio de un canto de pájaro por la mañana, la mujer se había convertido de una gorda y lenta oruga a una graciosa y elegante mariposa. Él sofocó una carcajada.


¡Por Freya! Nunca había visto tanta belleza. Y ella era toda suya. O lo sería dentro de una semana.
Sus piernas se asemejaban a las de una potra, largas, delgadas y fuertes, terminando en un descarado trasero que suplicaba por ser aprisionado entre sus manos. Los dedos de Jarvik se morían de ganas de medir su fina cintura, acercarla a él, y ajustar su vara a la V de entre sus muslos. Cuando ella respiró profundamente, sus voluminosos pechos se elevaron, haciendo que su pene, su vigoroso amigo, reaccionara irguiéndose.

En ese momento, el viento cambió de dirección haciendo balancear sus trenzas, de un fascinante color caoba, y apartándolas de su cintura, dándole un vistazo de los minúsculos rizos que protegían el tesoro que él anhelaba. Jarvik ahogó un gemido. El hambre se precipitó a su virilidad. La rígida excitación que se erguía en la helada agua le exigía a Jarvik acción. Levantándose con las manos cerradas en puños, luchó contra el impulso de actuar como un vikingo y el deseo de secuestrarla en ese mismo momento.


Ella cerró los ojos, levantó la barbilla y estirando los brazos se puso de puntillas, como si tratara de capturar cada rayo de ese sol del solsticio de verano. Como una mariposa recién salida de su capullo que secaba sus alas preparándose para echarse a volar.
Cuando ella levantó las manos sobre su cabeza, Jarvik se dio cuenta de sus intenciones y gritó.
– ¡No! ¡Es poco profundo, muchacha!
Asustada, ella se volvió a medias hacia él. Ese repentino movimiento hizo que perdiera el equilibrio y se le resbalara un pie.
Jarvik se sumergió nadando y observando como ella resbalaba por la pendiente, directa al agua.

– ¡Dios mío! – Gritó ella mientras sus dedos buscaban algo a lo que aferrarse, sin encontrar nada más que la piedra lisa.


Jarvik nadó más fuerte y rápido, observando como ella caía bruscamente y rebotaba sobre la dura piedra, provocando que se impulsara todavía más velozmente a través de las gélidas aguas. ¡Por Odin! No podía perderla ahora.
La fuerza del impacto lanzó a la joven por el aire, mientras agitaba sus manos y caía como un faisán derribado. Acercándose con el torso fuera del agua, Jarvik abrió los brazos y llegó a tiempo para detener la caída de la muchacha.

Ella aterrizó pesadamente, golpeando el hombro de Jarvik con el trasero y propinándole un rodillazo en la nariz mientras seguía cayendo. Los dedos de la joven se aferraron con fuerza al cabello de él, consiguiendo que el dolor se extendiera en el cuero cabelludo de Jarvik. Ella se retorció e intentó apartarse de él, casi a punto de caer al agua, por lo que Jarvik tuvo que sujetarla fuertemente, cogiéndola en brazos. La muchacha se agarró con fuerza a su cabello otra vez y él tuvo que ahogar una maldición. Al parecer, A su polla no le importaba el dolor lacerante de su cabeza, ya que estaba respondiendo intensamente a la sedosa piel de la muchacha, endureciéndose más que la hoja de su espada.


– Mi señora, ¿estás tratando de arrancar todos los cabellos de mi cabeza? – Preguntó él deleitandose con la deliciosa visión del paquete que tenía entre los brazos, con su alta frente, su nariz arrogante, su carnosa boca y acabando en una barbilla obstinada. Un pezón oscuro apareció entre sus mechones mojados, mientras que el otro pezón se escondía entre su cabello y el agua.

La tentación era demasiado fuerte, y Jarvik no pudo hacer nada más que rendirse. Antes de que sus labios pudieran acercarse a los de ella, una flecha cortó el agua a su izquierda, seguida de una más en rápida sucesión. Cada nueva flecha caía más y más cerca de sus cuerpos.


Moviéndose furiosamente, él se volvió de espaldas para protegerla. La muchacha se retorció para mirar por encima del hombro del caballero, consiguiendo que sus pezones rozaran su pecho. La cabeza de Jarvik se levantó rápidamente, al igual que su polla, que se movía y empujaba contra el trasero de la mujer.
Sus uñas se clavaron en la espalda de él, cuando ella se encogió y movió el trasero para apartarlo de su virilidad.
– ¡Para ya!. No quiero tus atenciones, idiota.
¿Idiota? ¿Le estaba llamando idiota?

Ignorándola y sabiendo que la tenía protegida entre sus brazos, Jarvik dirigió la mirada hacia la orilla. Allí vio a tres gigantes con sus arcos apuntados hacia él.


– ¡Deja que se vaya! – El grito de uno de ellos provocó que las golondrinas y los estorninos alzaran el vuelo, alborotando en una furiosa protesta. – ¡Elaina! ¿Puedes nadar hasta la orilla?
Elaina. La curandera de la aldea, la hija de una concubina, y la enemiga del nuevo Rey de Strathclyde.
– Si, si este bruto me suelta de una vez. – Ella frunció el ceño. Incluso con las cejas fruncidas se la veía muy hermosa. – Deja de frotarte contra mi trasero y de manosear mis intimidades, bandido. Y mantén los ojos alejados de mi cuerpo.

¿Idiota? ¿Bruto? ¿Bandido? Jarvik la movió un poco. ¿Pero, es que ella no había notado su cabello dorado? ¿Ni sus ojos azules? ¿Ni la anchura de sus hombros?
– No. Tal vez te suelte, ¿pero quitar mis ojos de tanta dulzura? Nunca. – Le dijo Jarvik dirigiéndole una sonrisa que provocaba los suspiros de todas las mujeres que conocía, mientras la miraba fijamente a los ojos.
Jarvik escuchó el familiar silbido de una flecha disparada en el aire. Pero absolutamente nada, ni los largos años pasados ​​en el campo de batalla, ni sus instintos aprendidos día tras día desde que comenzó su entrenamiento como guerrero, podían conseguir que desviara su atención de los grandes ojos de la joven, de un seductor color verde similar a los frondosos matorrales que cubrían el bosque. Un leve tono dorado brillaba junto con el color de las esmeraldas. Sintió que el deseo se concentraba en su pene y sus bolas se tensaron ferozmente.
– ¡Jarvik, eres un imbecil! – La flecha cayó todavía más cerca. – ¡Suéltala ya! – El rugido de esa voz lo sacó del estupor con el que la lujuria había adormecido su mente. Miró hacia la orilla para ver que uno de los hermanos Ferguson se quitaba el manto en lo alto de una roca y empezaba a desatarse las botas.
– ¡Quieto! – Gritó Jarvik, antes de volver su atención a Elaina. – ¿Sabes nadar?

– Mejor que tú. – Contestó ella estremeciéndose y golpeándole el brazo, para acto seguido retorcerse como un gusano intentando escapar del pico de una golondrina.


– ¿Estás mareada? ¿Te has golpeado la cabeza con la piedra? – Preguntó Jarvik moviendola un poco y sujetandola con un brazo mientras exploraba suavemente la cabeza de Elaina con la mano libre.
Elaina se calmó y le lanzó una mirada severa agarrando su muñeca.
– Estoy ilesa.
– ¿Estás segura?
Con la cabeza inclinada, Elaina lo recorrió con la mirada desde los ojos hasta la barbilla.
– Tengo algunos cortes y rasguños, pero estoy bien. ¿Te conozco, guerrero?
Elaina movió la cabeza para examinarlo mejor, pero sus ojos verdes seguían sin mostrar señales de miedo. Jarvik no se sorprendió. Anteriormente ya había sido testigo de su coraje y determinación. Y el hecho de que ella no se retorciera en sus brazos con pánico era una bendición que no esperaba. Tal vez no hubiera sido violada o golpeada como él se había temido.

– Deja que me vaya. – Esas palabras, pronunciadas en un tono calmado y tranquilo camuflaban el repentino temblor que la asaltó. La muchacha comenzó a golpearle con fuerza en el pecho y en los hombros, con movimientos frenéticos.


Jarvik la dejó ir. En realidad, Elaina nadaba como un pez, cortando el agua con una lánguida y suave gracia y flexionando sus caderas delicadamente. ¡Por Odin! Su polla ardía tanto que casi podría hacer hervir el agua de todo el lago.
Jarvik, absorto por la visión de su trasero, no se dio cuenta de la situación hasta que ella se puso de pie en el agua a una buena distancia de la orilla. Los idiotas de los Ferguson estaban entre ella y su ropa.
– ¡Nos vemos en el campamento, Ferguson! ¿No podéis dejar a Elaina mantener su modestia?

– ¿Y tú qué, vikingo? – Preguntó Patrick, el mayor de los Ferguson, cruzándose de brazos. – Nos iremos cuando tú salgas.


– ¿Vais hacia Laufsblað Fjóllóttr? – Jarvik ya sabía la respuesta de Patrick, ya que les había seguido la pista a los hermanos Ferguson, esperando el momento adecuado para conocer a su novia, y planificando su seducción. Que los Ferguson y Elaina hubiesen conseguido desbaratar sus planes y tomarlo por sorpresa le frustraba inmensamente.
– ¿Y qué si vamos hacia allí? – Patrick Ferguson no ocultaba su antipatía por Jarvik.
– Es el castillo de mi hermano. Tengo permiso para ir por toda su propiedad. ¿Habéis traído a la curandera para el parto de Deidra? – Jarvik ocultó una sonrisa. Había sido sugerencia suya que la esposa de su hermano mandara a los Ferguson a buscar a Elaina, la curandera de la aldea.
– ¿Y a ti que te importa? Y quita tus ojos de Elaina, Jarvik. Ella está bajo nuestra protección.
Jarvik reprimió una carcajada por esas palabras. El destino de Elaina había sido decidido desde el momento en que comenzó su viaje hacia Laufsblað Fjóllóttr.

Me estoy congelando, mis señores. – Elaina golpeó su mano en la superficie del agua, estornudando cuando el agua le salpicó. – Y mi genio no es ni siquiera un poco dulce. Laird Patrick, tú y tus hermanos volver rápidamente al campamento. Pero primero, acompañar al niño de la sonrisa falsa hasta la orilla opuesta. Y si una flecha atravesara su dura piel, no estaría nada mal.


¿Niño? ¿Le había llamado niño?

Jarvik iba a follarla tan a menudo y con tanta energía que a esa muchacha nunca más se le ocurriría referirse a él como “niño”.

Ignorando su sarcasmo, la observó cuando ella salió del río para ir a recoger sus ropas. Ni siquiera lo miró. ¡Bruja!
Seguro que sabía que Jarvik no le quitaba los ojos de encima. Él esperó en el agua hasta que Elaina recuperó su ropa y los extraños rellenos que llevaba debajo, desapareciendo en el interior del bosque de pinos.

Un ruido sordo recorrió las montañas que rodeaban el estrecho valle y una fuerte ráfaga de aire hizo ondular la superficie lisa del lago. Densas nubes empujadas por el viento, avanzaban a través del cielo.


Sólo era cuestión de minutos antes de que estallara la tormenta, tal era la naturaleza inestable del clima a lo largo de la frontera entre Escocia y Cumbria. Las volátiles alianzas de muchos reinos que ocupaban estas tierras, se reflejaban en su clima.
Jarvik no tenía tiempo que perder si quería llegar antes que los Ferguson y Elaina. Con las prisas se olvidó por un momento de la cautela habitual que debía de tener con su semental, Haski. El malhumorado caballo se aprovechó de esa distracción para marcar sus grandes dientes en el brazo de Jarvik. Murmurando maldiciones en voz baja, montó al poderoso caballo, e instigó al obstinado animal para ir al galope.

Jarvik conocía la zona como la palma de su mano, y por eso se dirigió hacia un atajo peligrosamente elevado que le llevaría al siguiente valle y al castillo de su hermano, antes de la media tarde. Tardando menos tiempo de lo esperado, subió un grupo de colinas y se detuvo. Su caballo se encabritó en lo alto del pico mientras él inspeccionaba el amplio valle de abajo. Caprichoso como siempre, el tiempo había cambiado de nuevo, y el globo dorado de sol en medio del cielo iluminaba los campos maduros de cebada con un brillo cegador.


Cuando llegó al fondo del valle, Jarvik instigó al semental. Inclinándose en el cuello del caballo, Jarvik sujetó sus pies fuertemente en los estribos y manteniendo su atención en las distantes torres blancas del castillo, no aminoró su galope hasta que se aproximó a las puertas de Laufsblað Fjóllóttr.

La ligera melodía de una flauta flotando en el aire, llevaba el olor de la tierra y de la madreselva. Jarvik maldijo al ver a lo lejos, un gran contingente de guerreros que montaba un campamento en las afueras del castillo.


Su hermano Magnus, no tenía una guardia personal de guerreros que lo protegiesen dentro de los muros de su castillo. Pero esa regla no se aplicaba a los guerreros de los Reyes, y Jarvik podía reconocer perfectamente los blasones que los soldados llevaban en sus hombros.
Eran guerreros del Rey Máel Coluim.
Solo fue por pura suerte, que la última primavera Jarvik descubriera el paradero de Elaina, y se marchó en su búsqueda para poder formalizar los votos matrimoniales. Había planeado una boda, una cama y un bebé en el vientre de Elaina, antes de enfrentarse con el Rey de Escocia.
Y es que se había enterado de que Máel Coluim tenía la intención de firmar un nuevo tratado con el Rey de Strathclyde, Eogan y esto podría echar por tierra todos los planes de Jarvik. Apretó los dientes y agarrando las riendas con firmeza, clavó los talones en los flancos de su caballo.
***
Elaina frunció los labios.
Las murallas del castillo estaban abarrotadas de gente. Las hogueras lanzaban nubes de humo, y hombres, mujeres y niños se paseaban entre las tiendas, caballos, y una gran cantidad de escudos brillantes. El ruido de bebés llorando, mujeres hablando y guerreros gritando, todos al mismo tiempo, provocaba un barullo ensordecedor que dañaba sus oídos. El olor a plumas quemadas de aves y a carnes asadas le daban ganas de vomitar. Frunció la nariz contra el hedor y respiró ligeramente por la boca. El olor y los sonidos de una fortaleza habitada, antes familiares y agradables, ahora le provocaban náuseas.

El miedo hizo que a Elaina le temblaran los dedos, sujetando fuertemente las riendas de cuero hasta que se quedaron marcadas en las palmas de sus manos. Percibiendo su miedo, el caballo relinchó y se encabritó sobre sus patas traseras. No debería de haber venido, a pesar de la seguridad que Deidra le estaba ofreciendo. La atención de Elaina se desvió al carro que iba junto a su caballo y dejó escapar un largo y aliviado suspiro. Kateri y Kitti, estaban profundamente dormidas, envueltas en unas mantas y acurrucadas en un rincón, sin que les molestase ni un poco todo el alboroto a su alrededor.

Rezaba al Señor por que no hubiese traído a las niñas para que corrieran ningún peligro, pero la sensación de peligro que pesaba sobre sus hombros y los escalofríos en la nuca, le decían todo lo contrario.
– Elaina, Deidra ha enviado a esta muchacha para ayudarte a cuidar a los bebes. Permíteme ayudarte a bajar.
Ella no había notado que Lord Patrick había desmontado, ni siquiera se había dado cuenta de que ya habían llegado al patio.
– Gracias, mi señor.
Sus piernas temblaban cuando sus pies se posaron en el suelo al desmontar del caballo, pero recomponiéndose enseguida se volvió para saludar a la angelical muchacha que estaba frente a los escalones del castillo.
–  Yo seré su sirvienta mientras esté aquí, mi señora. Mi nombre es Frieda. ¿La puedo ayudar con las bebés?
– Te estaría muy agradecida, Frieda. – Cansada hasta el agotamiento, Elaina sólo quería instalar a las niñas y desplomarse en una cama. – Muy agradecida.

La noche ya había caído sobre el valle antes de que Elaina y Frieda hubieran alimentado, bañado y tapado con una manta de lana a las niñas, que ya estaban tendidas en una cama. Elaina nunca dejaba de sorprenderse de lo rápido que ellas pasaban de un balbuceo continuo a un tranquilo sueño. Ella no había conseguido dormir tan fácil y profundamente desde hacía mucho tiempo. Y seguro que eso no iba a cambiar esta noche.


– Tiene que prepararse, mi señora. La cena será servida muy pronto y la señora debe estar en el gran salón antes de la llegada del Rey. Ya deshice su baúl. Sus vestidos están en la habitación de al lado. Por favor, déjeme ayudarla con su baño. – Le informó Frieda señalando la pequeña alcoba de la derecha.

Elaina se había inventado todas las excusas que se le habían ocurrido para no asistir a la cena de esta noche, pero no le habían servido de nada. Parecía que toda la gente, incluyendo las criadas, los pajes, e incluso los ayudantes de cocina, tenía que asistir al banquete que se daba en honor del Rey Máel Coluim. Frieda incluso había insistido en que las niñas también debían estar allí, pero Elaina no quiso ni oír hablar de eso.


Rezando para que la cena terminase pronto, Elaina dijo.
– No necesito un baño, sólo necesito lavarme un poco. Gracias por tu ayuda, Frieda. Ya puedes irte, estás libre el resto de la noche.
No puedo, mi señora. Tengo que acompañarla hasta el salón. – Contestó Frieda, por lo que Elaina tuvo que aceptar su ayuda para no ofenderla.
Minutos más tarde, Elaina siguió a Frieda a través de los muchos pasillos y escaleras que había, antes de llegar al salón de Lord Magnus, donde la esperaba Lord Patrick. Cuando llegaron a las puertas del gran salón la sirvienta le dio las buenas noches y se marchó.
– Mi hermana te recibirá en la mesa principal. – Dijo Lord Patrick ofreciéndole el brazo a Elaina.

Elaina sintió que su estómago se apretaba. La mesa principal. Ella dirigió la mirada hacia la enorme chimenea de piedra en el centro de la sala y a la mesa del estrado que ocupaba casi la mitad del salón. Tal vez pudiera sentarse en un extremo y esconderse entre los altos guerreros.


Después de su huida, Elaina se ponía rellenos debajo de su vestido y escondía su cabello debajo de una gran toca con un velo oscuro que tapaba la mayor parte de su rostro. También aumentaba sus cejas con una pasta oscura de hollín y trituraba piedra caliza mezclándola con manteca de cerdo para palidecer sus labios color rubí y su rostro. Nadie, excepto Deidra, había visto como era sin ese disfraz desde hacia varias estaciones.

Nadie, excepto el idiota al que Lord Patrick había llamado Jarvik.


Cuando ella miró a los ojos del guerrero del lago, un vago recuerdo la había inquietado. Esos sorprendentes ojos azules con reflejos de oro le habían parecido tan familiares... tan seguros. Una leve inquietud se añadió a la pesada carga que le erizaba la nuca y hacía que le pesaran los hombros.
¡Dios Mío! Ella ni siquiera había intentado escapar al principio, ya que en sus brazos se había sentido como en el paraíso. Elaina tropezó.

Eres una estúpida, una idiota.

No podía confiar en nadie. En estas tierras, ni ella ni las niñas estaban seguras.


El silencio se adueñó del salón, lo que hizo que Elaina apartara esos oscuros pensamientos de su mente.
Lord Patrick le llamó la atención con un leve toque en la mano.
– Date prisa, el Rey acaba de llegar. Solo son unos cuantos pasos más.
Elaina bajó la cabeza sintiéndose culpable, pero satisfecha. También había añadido a su disfraz una ligera cojera, e incluso se había comprado un bastón para usarlo ocasionalmente y que pareciera más real.

Nadie prestó atención a la robusta matrona que tomó asiento en la esquina de la mesa principal. Elaina se sentó en el banco entre un monje, alto, fuerte y calvo y una mujer igualmente alta, vieja y vestida con un vestido rojo de fino terciopelo. Con alivio, Elaina fue relajando gradualmente la rigidez de su espalda. Nadie, ni siquiera los niños, le prestaban la más mínima atención.


En medio de una gran aclamación, con el sonido de un tambor y una trompeta tocando, el Rey Máel Coluim hizo su aparición y ocupó su lugar en el centro de la mesa del estrado. Elaina mantuvo su mirada fija en las finas líneas que estaban talladas en la superficie de la mesa y se levantó, al igual que toda la multitud que se amontonaba en el salón, rezando en todo momento para que nadie la reconociera. No podía descuidar su vigilancia, sobre todo con todos los que estaban sentados en el estrado de la mesa principal.

Deidra estaba sentada dos lugares a la derecha del Rey, al lado de un gigantesco hombre, con el cabello del color de las doradas y rojas llamas de una hoguera, que sólo podía ser Magnus, El Destructor, el guerrero vikingo con el que se había casado el año pasado. El Rey Máel Coluim estaba sentado en la silla que le correspondía a Magnus, pero este se la había cedido al monarca al ser el invitado de honor. El Rey escocés tenía una estatura similar a la de Magnus, pero su cabello era del color de la noche, salpicado con hebras plateadas.


Elaina no reconoció ni una sola cara, al recorrer con la vista a los invitados desde donde estaba sentada Deidra hasta el monje, y suspiró con alivio bebiendo un trago de la copa de vino que tenía en frente. La comida transcurrió sin ningún desagradable incidente. Sentía que estaba recuperando el apetito que había perdido durante todo el día, debido a la preocupación por las niñas y al miedo a poder ser descubierta a pesar de su disfraz. Antes de que se sirvieran los últimos platos, Elaina ya estaba satisfecha y un poco mareada por haber bebido demasiado vino.

Con los ojos cerrados, puso los codos en la mesa y apoyó la barbilla en sus manos. El murmullo constante del salón se suavizó, y de repente la imagen del guerrero dorado llenó su mente. Era como si Dios hubiera decidido dotar a Jarvik con todas las bendiciones que le podía ofrecer. Piel dorada, un abundante cabello del color del oro, y unos ojos azules tan luminosos que rivalizaban con el cielo más brillante que ella hubiera visto en toda su vida. Dios también le había concedido unos enormes brazos con esculpidos músculos y un órgano masculino de un tamaño tan grande, que ella pensaba que sería el doble al de un hombre normal, incluso hasta el de cualquier otro vikingo.


En ese momento sintió que alguien le daba un codazo.
Sacudiendo la cabeza abrió los ojos... para quedarse con la boca abierta.
– Mi señora.

Allí estaba él. El guerrero del lago. Y estaba parado delante de ella. El que le había acariciado el trasero, cubierto su monte con la mano, y que casi había amamantado sus pechos. ¿Qué broma le estaba gastando Satanás? ¿Qué perversa jugada le estaba deparando ahora su destino?


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