Jianne Carlo Serie Guerreros Vikingos 5 – El Seductor Argumento



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Capítulo 2
Jarvik no se había imaginado que conseguiría tan fácilmente la aceptación de Elaina para su compromiso, y mucho menos había esperado que ella aceptara pronunciar los votos después de la cena. Realmente lo que había esperado era su resistencia y sus protestas, pero la verdad es que ella no había tenido otra elección. No si quería que las niñas estuviesen a salvo. Al final, los dos habían pronunciado sus votos y se habían casado. Ahora nadie podía separarlos.
Su diversión crecía cada vez que Elaina se retorcía las manos en el regazo, y cada vez que ella rehusaba mirarle y respondía a sus preguntas mirando hacia algún punto por encima de su hombro, pero nunca mirándole a él directamente. La arrogante muchacha hacia todo lo posible para congelarle las bolas, arrugando la nariz como si él apestase y retrocediendo bruscamente si su brazo rozaba su corpiño.
Deidra había insistido en que las mujeres se sentasen todas en el mismo lado, lo que había permitido a Jarvik y a Magnus hablar sobre los planes de su apresurado plan. Elaina se negó a comer más de un bocado o dos de los muchos platos presentados, incluso hasta de las bolas de cacao con especias, que Jarvik sabía que le había enseñado a preparar a Deidra. Elaina había conversado un poco con Deidra, pero permaneció pensativa la mayor parte del resto de la cena. Las dos mujeres eran totalmente diferentes.

Deidra, era alegre y animada y con un halo de rizos que reflejaban el resplandor del fuego, parecía un hermoso y radiante ángel. Elaina con sus grandes y deformes ropas, los pálidos labios, y las cejas pintadas con hollín le recordaban a la desaliñada y gruñona dueña de la taberna de la aldea. El abatimiento y la oscuridad parecían doblar sus hombros, estrechar sus ojos y provocar sus frecuentes bufidos y gruñidos.


Agradeció a Freya el haber descubierto su dulzura y su belleza oculta en el lago.
– ¿Qué te pasa, hermano?
Jarvik se volvió hacia Magnus.
– Parece que no tengo ninguna posibilidad esta noche de conseguir una sonrisa de mi novia.

– Yo no apostaría por eso. Tu señora parece un poco sombría.


– Si crees que estar sombría es tener los labios apretados y lanzarme afiladas miradas, frunciendo ferozmente sus teñidas cejas y entrecerrando los ojos, como si me estuviera apuntando con una flecha envenenada... Pues sí, ella está un poco sombría.
– Elaina se lo ha tomado muy bien. – Magnus se acarició la barbilla. – No esperaba que aceptara tan pronto el casarse contigo.
– Ha sido por Deidra. Si tu esposa no hubiese hablado con Elaina no sé si ella se habría casado conmigo.
Cuando Jarvik había presentado a Elaina al Rey, como su prometida, ella casi se había desmayado. Deidra había llegado rápidamente a su rescate y escoltado a Elaina a una alcoba donde las dos mujeres tuvieron una conversación que nadie más pudo oír.

– Vi su cara después de que Máel Coluim anunciara que había invitado al Rey Eogan a venir aquí. Creo que eso fue lo que la convenció. – Magnus pinchó un trozo de pescado. – O tal vez fue tu declaración al Rey de que las dos bebés que ella tiene, son tuyos. O igual pudo ser todo lo que le susurraste a Elaina cuando Deidra terminó de hablar con ella.


Jarvik ignoró el ceño fruncido de Magnus. No le revelaría la verdadera identidad de Elaina todavía.
– ¿Ya han partido los mensajeros?
– Si. Y les he ordenado que fuesen rápidamente y sin retrasarse. Les prometí una recompensa si lo hacían. ¿Tienes intenciones de tomarla esta noche?
– Esa es mi intención, Elaina ha estado sola durante mucho tiempo. – Jarvik expresó su mayor temor.
– Deidra jura que Elaina es virgen. Que ningún hombre la ha tocado.
– Ha hecho un largo viaje con un grupo de guerreros, desde Strathclyde hasta Laufsblað Fjóllóttr, sin la compañía de ni siquiera una criada. Eso me preocupaba a menudo. Y la verdad es que no sé que creer. Elaina habló con tu esposa acerca de los placeres de explorar el cuerpo de un guerrero. ¿Qué mujer virgen tiene ese conocimiento?

– ¿Y si ella no es virgen? ¿Marcaría eso alguna diferencia? – Preguntó Magnus levantando una ceja.


– No. Elaina es mía. Pero podría haber una diferencia en la manera en que yo la trate. Una virgen merece un tratamiento especial.
– Sólo hay una forma de averiguarlo. – Señaló Magnus tocando el hombro de Jarvik. – Las mujeres ya se están levantando. Es hora de retiraros. Lo mejor que puedes hacer ahora es escaparte con tu novia. Voy a hacerles la señal a mis hombres.
– De acuerdo.
Jarvik se puso de pie ofreciendo su mano a Elaina.
– Mi señora, ¿ puedo conducirte hasta las escaleras?
Por primera vez esa noche, Elaina se encontró con su mirada. Apretó los labios pero dejó que sus dedos rozaran su mano, y se levantó.
Jarvik decidió empezar a derrumbar los muros que ella había erigido por su causa.
– Ya has oído al Rey declarar que todos puedan testimoniar la consumación. ¿Quieres eso o no?
Elaina clavó las uñas en la mano de Jarvik y tragó.
– No.

– Camina más despacio. Sonríeme y háblame. Cuando de la señal, mis hombres vigilaran mientras subimos las escaleras y nos dirigimos a la torre.


– ¿Y qué dirá el Rey? – Dijo ella bajando la cabeza. – Es traición desobedecer una orden del Rey
– Ah, ¿pero era una orden? Piensa en las palabras exactas. ¿No dijo que todos podían testimoniar la consumación?
Ella frunció el ceño, haciendo que el polvo seco del hollín le cayera en una mejilla. Él pensó por un momento llevarla al lago y lavar lo que la muchacha se había hecho para parecer desagradable.

– Si eso es lo que ha dicho. – Respondió mordiéndose el labio inferior. – Pero hay mucha gente aquí.


– El castillo es de mi hermano. Sus hombres y los míos superan a los del Rey y él está jugando conmigo. Me está desafiando si quieres llamarlo así. – Jarvik miró por encima del hombro para ver si todos sus hombres y los de Magnus estaban ya en posición. Al ver que todo estaba en orden se relajó.
Máel Coluim había echado un vistazo a la novia de Jarvik y no pudo dejar de reírse en silencio durante los votos matrimoniales. Jarvik no conseguía recordar todas las bromas picantes que había dicho el Rey. Todos los comentarios del monarca estaban relacionados con el nombre que le habían dado a él muchas mujeres de la Corte, Jarvik, El Seductor.
– Sigo sin entender como y porque ha sido arreglado este compromiso.
Jarvik miró la boca de Elaina. ¿Se había oscurecido dos dientes?
– Te lo explicaré todo más tarde. Date prisa.
– No vamos a poder escaparnos. – Elaina se detuvo y se volvió hacia el salón. – Todos los guerreros del Rey están rodeando las mesas y los bancos y se dirigen hacia nosotros.

– Confía en mi, Elaina. – Jarvik aprovechó que ella estaba parada para levantarla en brazos, acercarla a su pecho y comenzar a correr a grandes zancadas subiendo las escaleras de dos en dos. Nada lo excitaba más que un desafío.


Elaina le pasó las piernas alrededor de su cintura y los brazos alrededor de su cuello. Jarvik perdió el ritmo de sus pasos y se apretó contra una pared para asegurarla bien y que no se cayese. Esa situación acercó sus senos a su nariz, haciendo arder su virilidad al recordar que ya había visto esos orgullosos pechos, cuando ella arqueó la espalda antes de caer en el lago.
– Tus hombres están bloqueando las escaleras. Déjame en el suelo, puedo correr. – Ella empujó su pecho y dejó que sus piernas y sus pies bajaran al suelo.

Jarvik la agarró de la mano y tiró de ella.


– ¡Corre, mi señora!
La débil luz desapareció, y él solo pudo echar una ojeada a su horrible toca, su tez pálida y su nariz arrogante, antes de que las sombras ocultasen por completo las facciones de Elaina. Había esperado una eternidad para reclamarla, o al menos eso le parecía a él. Ella olía al lago y a los cerezos en flor que crecían alrededor de las orillas del agua. A primavera. Ella era su suerte, su destino, porque Elaina era suya y sólo suya. Esa era la razón por la que Jarvik había llamado Skjebne a sus nuevas tierras, la palabra nórdica que significaba “Destino”.
Después de doblar una esquina, llegaron a la puerta de la torre y abriéndola, entraron rápidamente los dos.
– Ya estamos a salvo. ¿Necesitas un momento para recuperar la respiración?
– No, no hace falta. Solo quiero poner distancia entre el Rey y yo. Vamos. Estoy lista.
Después de asegurar la puerta con la barra de hierro, Jarvik apuntó hacia la estrecha escalera.
– Después de ti.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, Jarvik pudo ver el contorno de la cabeza de Elaina. Sintió también la profunda respiración que tomó y el aire moviéndose cuando ella se dio la vuelta. Jarvik tanteó con la mano el principio de la escalera circular de piedra, y sujetó torpemente la muñeca de Elaina, sin dejar de tocar la pared de ladrillos.


– Hay una larga subida hasta arriba. Por favor, ve tú delante. Mantén los brazos apoyados en las paredes. Yo iré detrás de ti por si tropiezas, así podré agarrarte antes de que te caigas.
– No me caeré. Soy como una cabra montesa. – Dijo ella avanzando lentamente, mientras él le ponía una mano en la parte baja de su espalda.
Elaina subió un peldaño.

Jarvik pensó que lo mejor sería despojarla de su molesto e incomodo disfraz antes de llegar a la torre. El velo oscuro de la toca rozaba la parte de atrás de sus piernas, y él aprovechó para agarrar los extremos de la tela, y tirar.


– ¡Ay!
La toca cayó al suelo, haciendo que su suave y largo cabello se deslizara por su espalda y se enredara en el brazo de Jarvik. Una oleada de lavanda se extendió por el aire enrarecido que flotaba en la torre de piedra. Jarvik inhaló profundamente, disfrutando de la forma en que el aroma de ella apartaba el olor a humedad y moho.
Elaina se volvió hacia él, con las manos cerradas en puños.
– ¿Por qué has hecho eso?
– Me gusta más verte como estabas en el lago. – Contestó él pasando un brazo alrededor de su cintura y desatando su vestido con una facilidad sorprendente, debido a las incontables victorias de sus muchos encuentros lujuriosos.
El suspiro de Elaina rompió el lúgubre silencio.
– No lo entiendo. ¿Cómo has podido reconocerme?
– Por Deidra.
– Ella no me traicionaría. – Su cálido aliento olía a menta y él se moría por saborear su dulce boca.

– El nuevo Rey de Strathclyde os está buscando a ti y a las pequeñas.


Ella se encogió, y Jarvik acunó su espalda abrazándola firmemente.
– No. Él piensa que estamos muertas.
– Ya no lo pensará más. Esa es la razón por la que nos hemos casado esta noche. Para protegerte a ti y a las bebés.
– ¿Por qué? ¿Por eso te has casado conmigo? ¿Para proteger a mis niñas?
– Te he deseado durante muchas estaciones, Elaina.
– La lujuria no es una razón para casarse, mi señor. – Ella no se inmutó ni se retorció, se quedó inmóvil, aunque su respiración acelerada delataba su nerviosismo.
Él se echó a reír.

– Es verdad. Pero eso hace el matrimonio más atractivo. Yo te tendré en mi cama y tú y las niñas tendreis mi protección. ¿Estamos de acuerdo?


– Ya está hecho. No tengo otra opción. Y mis niñas tampoco. – Su orgullosa barbilla se levantó despues de que ella asintiera con la cabeza. – Estoy de acuerdo. Terminemos rápidamente con este asunto de la consumación.
Y levantando las manos, se soltó el vestido y lo dejó caer por los hombros. Tardó un poco más en pasar el vestido por su cintura y sus caderas debido al relleno.

La boca de Jarvik se secó cuando Elaina empezó a quitarse el relleno de algodón que cubría sus esbeltas curvas.


Jarvik recogía los rellenos mientras ella se los iba quitando, ya que no quería dejar ninguna evidencia del disfraz de Elaina. Ya sería bastante cuestionado al día siguiente, por haber engañado a todos en la sala, evitando que testimoniasen la consumación.
Elaina se paró delante de él con nada más que una camisa transparente con pequeñas margaritas bordadas, decorando el amplio escote.
Jarvik estaba rígido y dolorido desde el lago y verla así, con los pezones marcados y los orgullosos pechos erguidos, endureció aún más sus bolas. Un paso más y estaría perdido.

– ¿Ya has acabado? – Le preguntó Elaina con los hombros echados hacia atrás y devolviéndole la mirada sin pestañear.


– Sí. Ya he acabado. Es un peso muy grande para llevar todos los días. – Comentó él levantando el relleno que le había retirado.
– Pero es muy caliente en los meses fríos del invierno. – Ella le dirigió una mirada de soslayo, el dorado de sus ojos verdes se destacaba más en las sombras. – ¿No tienes ninguna pregunta?
– Muchas. Pero eso puede esperar. Voy a hacerte mía esta noche, Elaina. Es la única manera de mantenerte a salvo. – Jarvik se cruzó de brazos y se apoyó contra la fría pared de piedra. – Puedo ver por el fuego de tus ojos que tú también tienes muchas preguntas. Y que también estás muy enfadada conmigo.

– Tú obtienes todos los beneficios en esta unión.


Él acarició su esbelto cuello asombrado por la suavidad de su piel.
– ¿No te ha asegurado Deidra que todo va a estar bien?
Ella le enseñó los dientes en un gruñido.
– Por favor, perdóname por no querer depender de otros para la seguridad de mis bebés. No te conozco de nada. Y ahora te pertenezco.
– ¿Te has oscurecido los dientes? – Preguntó Jarvik frotando el hollín de los dos primeros. – Lo sé todo, Elaina. El asesinato de tu padre. Tu fuga con sus hijas, que en realidad son tus hermanastras...
– No. – El aullido resonó en la torre. Ella siseó y empujó su pecho con una violencia que él no pudo prever. – ¿Cómo? ¿Cómo lo sabes? Deidra juró que nunca revelaría nada.
– Lo sé. He reclamado a las niñas como mías, para que todos sepan que están bajo mi protección. Nadie, ni siquiera el Rey de Escocia o el nuevo Rey de Strathclyde, pueden hacer nada contra eso. – Jarvik escuchó su ahogado suspiro y sonriendo la cogió del brazo. – Estarás más cómoda en la torre. Por favor, continúa, mi señora.

Durante un buen rato se miraron el uno al otro.


– Quiero saberlo todo ahora.
– No. Tendremos una larga charla, pero más tarde. Te lo contaré todo después y tú, mi señora, podrás preguntarme lo que desees, y yo responderé a todas tus dudas. – Prometió Jarvik cuidadosamente.
Su respiración acelerada rompía el silencio. Contando hasta tres, Elaina dijo con los dientes apretados.
– De acuerdo.
Y continuaron el ascenso por las escaleras.
El silencio opresivo se mezclaba con los sonidos de sus respiraciones, el suave deslizamiento de las zapatillas de Elaina y el crujido de las botas de Jarvik mientras seguían subiendo la escalera de piedra.

Elaina se detuvo de repente, causando que la nariz de él chocase con el trasero de ella. Jarvik agarró la empuñadura de su espada con ambas manos, la tentación de envolver sus brazos alrededor de su cintura, levantar su camisa y probarla, era tan fuerte como el canto de las sirenas llamando a los barcos hacia las rocas. El rígido movimiento de los hombros de Elaina mostraba su enojo.


– ¿Puedo pedirte que te des prisa y sacies tu deseo rápidamente una vez que lleguemos a la torre? Me gustaría resolver esa obligación tan pronto como sea posible. No necesito palabras dulces ni besos.
¿Con qué tipo de mujer se había casado? Vírgenes, amantes, esposas... A todas las mujeres les gustaba besar. Y, de hecho, él disfrutaba de los dulces preliminares, de los temblores y de empezar a descubrir el placer en una nueva amante, buscando el toque inesperado que la dejase suspirando y retorciéndose.
Elaina disfrutaría de su primer beso, Jarvik lo sabía con absoluta seguridad. Alargando la mano hacia sus hombros, la giró hacia él y encontró su boca.

Ella se puso rígida y le golpeó la espalda.


Negándose a dejarse intimidar, Jarvik acarició su columna, rozándole con sus labios las comisuras de su boca y explorando el hoyuelo que Elaina tenía en la barbilla.
Jarvik continuó besándola con movimientos suaves, tentándola para abrirse más. La espalda rígida de Elaina se suavizó, y él aprovechó ese momento para tocar la punta de su lengua con la suya. Incapaz de resistirse, le agarró un pecho y jugó con su pezón. Elaina se estremeció y abrió los labios. Jarvik disimuló su sorpresa, poseyéndola y saboreando profundamente su boca.
Ella se dejó llevar, arrullando como una paloma mientras se acercaba a su virilidad. Las piernas le temblaban y Jarvik, notándolo le pasó un brazo alrededor de su cintura. Elaina se frotó contra él, dejando que volviera a entrar en su boca. Sus manos se deslizaron alrededor de su cuello. Él acarició su lengua y Elaina no pudo evitar agarrar la túnica de Jarvik, mientras un dulce y suave gemido salía de sus labios unidos.

Lentamente, Jarvik la liberó del beso, dándole el último en la punta de la nariz. Luego envolvió sus brazos alrededor de su espalda.


– Puede que tú no necesites dulces palabras ni besos, Elaina, pero yo sí. ¿Ya has descansado lo suficiente para continuar?
Jarvik escuchó como rechinaba los dientes y sonriendo, la soltó. El fuego que ella manifestaba, significaba que los dos tendrían una ardiente pasión en la cama.
Ella se alisó la camisa. – No necesito descansar. Subiré hasta arriba sin parar.
– Ten piedad de mí, mi señora, porque yo voy a necesitar definitivamente recuperar el aliento al principio de cada rellano.
Elaina prácticamente corrió hacia la torre, y Jarvik tuvo que acelerar sus pasos temiendo que ella se enredase los pies con el dobladillo de la camisa, por eso acercándose deprisa, la abrazó por detrás.
Elaina intentó darle un codazo pero él apretó su abrazo.

– ¿Y tú, dulce esposa? Me gustaría saberlo ahora. Has estado sin la protección de un hombre durante algún tiempo. ¿Alguien te ha poseído a la fuerza? – La inmovilizó contra la pared suavemente, mientras olía su cabello y pasaba un dedo por su clavícula. – ¿Eres virgen? Si o no. No hace falta que me digas nada más.


– Si.
Jarvik la besó en lo alto de la cabeza y le apretó el rostro contra su pecho.
– Esa es una bendición que no esperaba.
Un sonido ahogado escapó de los labios de Elaina.
– No sé por que dices eso.
Él la agarró por las muñecas, y volviendo sus manos, le besó primero una palma y luego la otra.
– Casarnos esta noche, ha sido como una buena jugada en un tablero para jugar al Zorro y al Ganso. Un movimiento que yo no había previsto.
– Y Máel Coluim está jugando con el Ganso perdedor. Yo, ¿no es así?
***
Cuando llegaron a la habitación circular que formaba la torre, Elaina se detuvo, deseando fingir timidez o saber como coquetear, pero esas no eran habilidades que alguna vez había querido aprender. El miedo le obstruía la garganta. Elaina fingió una calma que la sangre tronando a través de sus venas desmentía por completo. Un sabor amargo intentaba apartar el sabor a menta, que había estado masticando antes de entrar en el salón. La menta le daba valor y le aclaraba la mente. Ella necesitaría eso esta noche. Intentaría satisfacerlo cumpliendo su deber como esposa y luego trataría de escapar. Nadie sabía mejor que ella, como fingir ser una mujer ingenua.
– ¿Vino, mi señor? También hay cerveza.
– Lo que tu quieras estará bien.
Elaina examinó la cámara, y casi se desmayó. La cama contra la pared estaba en sombras. No se veía ni la luna ni ninguna estrella en el cielo nocturno. Ni siquiera ululaban los búhos. No había nada más que hacer que continuar con el asunto de su desfloración.

En la repisa de una ventana abierta, había un paño con una jarra de vino y otra de cerveza, dos copas y una bandeja llena de frutas, queso y un pan redondo. El olor penetrante del queso se superponía a la dulce fragancia de las manzanas y de las peras, y ese aroma perturba sus sentidos ya bastante alterados. Elaina pensó en retrasar la consumación, simulando que tenía hambre, pero no, era mejor hacerlo cuanto antes. Y contra más vino bebiera, mejor.


Mientras que su mente estaba deseando que la consumación sucediese de inmediato, una punzada de miedo le hacía evitar estar en cualquier lugar cerca de la cama. Elaina se sentó sobre la alfombra y puso las piernas hacia un lado.

Jarvik se sentó también apoyando la espalda contra la pared al lado de la ventana abierta y movió a Elaina de forma que ella quedara entre sus piernas extendidas y con la espalda apoyada en su pecho.

Elaina intentó no echarse a temblar cuando notó que el calor irradiaba de su cuerpo de guerrero, mientras sus muslos se tocaban y se obligaba a estirar las piernas a lo largo de las de Jarvik.
– Me gustaría ver tu rostro limpio, esposa. – Dijo Jarvik señalando hacia un cuenco y unos paños que había al lado de ellos. – Deidra dijo que ese jabón eliminaría el hollín y la grasa de tu cara y de tus labios.
Con las mejillas ardiendo rápidamente se lavó el hollín y el polvo, frotando la piel hasta enrojecerla.
– Suficiente. – Jarvik le agarró las manos, dejando caer el paño dentro del cuenco, y cogiendo otro le secó suavemente el rostro. – No has cambiado mucho, si acaso eres más hermosa de lo que ya eras.
¿Qué no había cambiado nada? ¿Más hermosa? ¿Qué quería decir con eso? Una punzada de pánico la hizo murmurar.
– El vino, mi señor. ¿Quieres vino?
– Si. – Respondió apoyándose contra la pared.
Soltando un suspiró, Elaina le sirvió vino y arrodillándose frente a él le dio la copa.
Sus cuerpos se rozaron.
– Ponme la copa en los labios.

A Elaina le temblaban las manos, pero sujetando firmemente la base de la copa, se la apoyó en la boca. Jarvik tomó un sorbo, y cogiendo la copa, la giró hacia ella y se la ofreció por el mismo lugar por donde él había bebido.


Elaina se estremeció bajo la intensidad de su mirada, y tragó un sorbo demasiado grande que la hizo atragantarse y toser.
Jarvik limpió con el pulgar una gota roja que le caía por la barbilla y bajó su boca hasta otra gota que tenía en su labio inferior, lamiéndola, al mismo tiempo que no permitía que su mirada se desviase de ella.

El calor subió por el cuello y el rostro de Elaina. El dedo de Jarvik se deslizó por su clavícula, metiéndolo después bajo su camisa para trazar la curva de sus pechos. Ella se agitó, sorprendida por las pequeñas brasas que sentía en todo su cuerpo con cada roce de su dedo.


Bajando la boca hasta su oreja, Jarvik la recorrió saboreando con su caliente lengua y mordisqueando con sus dientes su tierno lóbulo. Los dedos de los pies de Elaina se curvaron dentro de sus zapatillas.

Cuando los labios de Jarvik se deslizaron trazando un sendero hasta el cuello, Elaina gimió. Sentía la misma sensación que si tuviera chispas saltando en su piel, o extrañas olas recorriéndola provocándole un verdadero éxtasis. Esa excitación que prometía un gran placer, le causaba un gran ardor entre los muslos que pedía a gritos ser apagado. Una extraña pesadez en los brazos y en las piernas la dejaron insólitamente lánguida.


Cuando la palma caliente de Jarvik cubrió su monte, ya no se le pasó por la cabeza ningún deseo de escapar. Su necesidad era tan intensa, que deseó presionarse firmemente contra su mano... presionarse contra él.
– Dame tu boca. – Jarvik rozó sus labios y Elaina se rindió a su lengua. Él sabía a vino y la sorprendió con su aroma masculino a cuero, humo, jabón, y al fuerte olor del lago.
Elaina le ayudó a desatar su camisa y agachó la cabeza, soltando un largo suspiro, cuando él abarcó sus senos con las manos. El aire se precipitó sobre sus pechos descubiertos, y sus pezones, ya duros y doloridos, se irguieron más cuando ella sintió la ráfaga fría.
– Canela y olor a trébol. Estoy en el Valhalla.

Elaina apenas tuvo tiempo de saborear todo el placer y las intensas sensaciones que la atormentaban y frustraban, una detrás de otra alterando sus nervios, hasta que todo su cuerpo ardió y una fina capa de sudor cubrió su piel. La habitación se sentía demasiado caliente. Con todo el cuerpo ruborizado, cerró las manos y abrió los ojos para encontrar que Jarvik la observaba.


– Dime como te sientes.
– Esto es tan poderoso. Lo necesito. Lo deseo.
Jarvik bajó sus manos hacia su trasero, provocando que ella se arquease, lo que aprovechó para levantarse con ella en brazos y llevarla hasta la cama. Cuando la acostó sobre su espalda le pidió.
– Quítate la camisa. Ahora.

Ella vaciló un instante para al final sacarse la camisa por la cabeza. Elaina sabía lo que iba a pasar. Ahora Jarvik tomaría su virginidad. Su corazón latía en su pecho como las alas de un halcón batiendo en el cielo. Los ojos se le abrieron como platos, cuando él enterró su rostro entre sus pliegues y empezó a lamerlos. Elaina separó las piernas sin darse cuenta. La magia de su lengua era demasiado poderosa como para no responder a ella con una embriagadora entrega. La boca de Jarvik se deleitaba en su sexo, como si estuviera recubierto del cacao dulce que le gustaba tanto, chupando y lamiendo y causando que su coño se contrajese con temblores.

Suavemente, Jarvik la abrió con los dedos acariciando su botón al mismo tiempo.
Elaina gimió, agarrando las sábanas fuertemente con las manos, notando como se flexionaban los dedos de sus pies. Las paredes de su coño se contrajeron mientras Jarvik seguía lamiéndola con la lengua y mordisqueando su botón con los dientes. El placer la recorrió como un torbellino mientras sentía una convulsión detrás de otra. Elaina cayó sobre la cama, jadeando, luchando para inhalar el helador aire que se sentía en el cuarto.
Muy confusa y desconcertada como para hacer otra cosa que no fuese recuperar el aliento, Elaina observaba los movimientos de Jarvik como si estuviera en un sueño, viendo como se despojaba de sus botas y de sus armas. La manera en que dobló su túnica la hizo sonreír. Pero la sonrisa desapareció cuando lo observó de perfil; un guerrero vikingo en su mejor momento y el más deseado amante y seductor de todo el reino. Y ahora era su marido, el hombre al que pertenecía.

La luz de la luna acariciaba su cuerpo desnudo, resaltando los poderosos músculos de su espalda con rayas plateadas y lanzando sombras sobre su torso y sus enormes hombros. Jarvik se acomodó entre sus muslos con su palpitante polla brillando humedecida y sus apretadas bolas plenas y redondas.


Su aroma masculino llenó sus pulmones, aturdiendo su cerebro. Elaina rezó para que él se diera prisa y acabara pronto. El miedo hacia que le temblasen las manos y cuando Jarvik se arrodilló, Elaina apretó los puños obligándose a mantener las piernas abiertas.
– Cálmate, dulzura. – La tranquilizó él, rozándole los labios. – Ábrete para mí. Sigue mi movimiento de esta manera. – La lengua de Jarvik entró en su boca y volvió a salir. Tímidamente ella imitó su acción, rozando sus labios y deslizando su lengua. El fuego y el hielo que sentía con cada contacto de él, le causaba una insoportable presión entre sus muslos, sensibilizando sus pezones todavía más con cada roce de su poderoso torso.

Perdida en esas sensaciones, agarró fuertemente a Jarvik por los hombros cuando él frotó su miembro contra sus resbaladizos pliegues. Su boca cubrió ansiosamente la de ella, y Elaina, ávida de la magia de su lengua, lo agarró de la cabeza acercándolo más.


Las manos de Jarvik agarraron su trasero y levantándolo entró en ella.
Elaina se congeló de repente. El fuerte dolor la sorprendió.
– Se pasará pronto. – La calmó Jarvik.
Sus ojos se encontraron.
– Te lo prometo. No volveré a hacerte daño nunca más.
– Creo que no puedes cumplir esa promesa. No puedo acomodarte, mi señor. Seguramente me romperás en dos. – Elaina se sentía completamente llena, estirada hasta casi el punto de dolor, y su polla parecía crecer todavía más en su interior. – ¿No puedes reducir el tamaño?
La potente risa de Jarvik sólo sirvió para profundizar la penetración y el agudo dolor.
Ella le dio un manotazo en el brazo.

– Lo digo en serio. No creo que sea el momento de reírse, mi señor.


– Mi nombre es Jarvik, Elaina. Estoy enterrado profundamente dentro de ti. Me gustaría que dijeras mi nombre en este momento. – Él le mordisqueó el lóbulo de la oreja.
Ella se estremeció.
–  ¿Jarvik, puedes hacer que tu miembro se vuelva más pequeño?
– ¡Ah, dulzura! Mi pene aumenta cuando saluda a tu coño, y si empiezas a hablar sobre el tamaño de mi vigoroso compañero, sólo conseguirás que crezca todavía más. – Jarvik rozó sus labios en el hombro de Elaina y metió la mano entre sus cuerpos para presionar el dolorido botón escondido entre sus pliegues. – Estás caliente y preparada y yo me muero de ganas de moverme y deslizarme dentro y fuera de ti, sintiendo como tu coño ciñe mi polla.

Sus palabras provocaron una oleada de humedad en su coño. Su estómago se apretó y su varonil olor provocó que ya no pudiera pensar en nada más. Elaina parpadeó intentando aclarar la nube que empañaba su vista al fijarse en las doradas hebras de su incipiente barba. Cuando él retiró su polla hasta la entrada de su coño, su sexo se apretó alrededor de su hinchado miembro. Ella agarró sus hombros, indefensa y necesitada a la vez de algo que ni siquiera sabía lo que era.


Jarvik se movió hacia adelante, empujando más profundamente, llenándola todavía más. Un ligero y delicioso calor aumentó el fuego de su virilidad, cuando el excitado sexo de Elaina respondió apretando su rígida erección. Embistiendo firmemente en su interior, mientras un temblor la recorría entera, Jarvik presionó su botón haciéndola arder de necesidad.
De repente un espasmo salvaje se apoderó de ella. Elaina no podía respirar, no podía concentrarse en otra cosa que no fuese en los movimientos de Jarvik dentro de ella, una y otra vez, hasta que él echó la cabeza hacía atrás y rugió su placer.
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