Jianne Carlo Serie Guerreros Vikingos 5 – El Seductor Argumento



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Capítulo 3
Jarvik se apoyó sobre un codo y observó los exóticos rasgos de su esposa. Elaina tenía un brazo en el costado y el otro descansando sobre el corazón de él.
Cuando abrió los ojos, sorprendió a Jarvik mirándola y al moverse le golpeó accidentalmente la barbilla con su hombro.
– No volveré a hacerte daño otra vez, Elaina. – Dijo él frotandose la barbilla con la mano.
– Como mi madre me contó, esto es muy extraño.
– ¿Qué parte es extraña?
Cada descubrimiento de ella le fascinaba, sobre todo la pequeña marca de nacimiento en su sien. Rozó con los labios la pequeña mancha oscura, trazando la forma ovalada ligeramente irregular.
– Todo esto.
Cuando ella intentó retirar su mano, él se la apretó más fuerte contra su pecho.
– No, dulce. No voy a dejar que te escapes sin decírmelo. ¿Qué parte crees que es extraña?
Ella soltó un bufido.

– Creo que no deberian llamarte El Seductor, sino El Irritante.


– Puede ser. Aún así, quiero una respuesta.
Elaina fijó la mirada en su hombro, con el ceño fruncido.
– Es extraño lo que se siente cuando estás dentro de mi. Es extraño sentir tanto dolor y placer al mismo tiempo. Y es extraño que tú sepas lo de mis hermanastras.
– Ah, ya hemos llegado al meollo del asunto. – Comentó Jarvik, llevandose la palma de su mano a los labios y besándola. – Quieres respuestas a tus preguntas. No tengo inconveniente en contestarte a lo que quieras. Siempre cumplo mis promesas.
Un pequeño rayo de luna iluminaba el cuarto redondo. Una ligera brisa golpeaba las dos ventanas abiertas contra las paredes del castillo, perfumando el ambiente con el aroma de las flores de verano, los brotes de los árboles y la hierba fresca. Jarvik había encendido la chimenea para ahuyentar el frío del cuarto, pero las llamas se estaban apagando, convirtiéndolas en débiles llamaradas azules.

– No necesito tus respuestas. Deidra me traicionó. Es la única explicación. – Sus labios de color rubí se fruncieron y levantó su arrogante nariz.


Sentándose, Jarvik la acercó acomodando su voluptuoso cuerpo en su regazo mientras la envolvía con una manta.
– En el lago tú me preguntaste si me conocías.
Elaina levantó la cabeza. Sus grandes ojos verdes se ampliaron mientras movía la cabeza.
– Siento como si te conociera. Como si ya nos hubiéramos visto antes. El recuerdo está ahí, pero se me escapa. Es como tratar de atrapar un copo de nieve con la lengua. Sientes el frío, pero no hay nada allí.

Jarvik reprimió una sonrisa. ¿Como es que el legendario seductor había caído tan bajo?

Elaina era la única mujer cuya encantadora sonrisa seducía sus sueños. La única mujer, con sus maravillosos ojos verdes, que había conseguido atormentarlo durante varias estaciones. ¿Y ella sólo tenía un fugaz recuerdo de él?
– Estuve en el castillo de tu padre hace algunos inviernos. Yo era uno de los muchos hombres que entrenaban allí para ganar mi reconocimiento como guerrero. – Jarvik acarició un mechón del sedoso cabello de Elaina. – Tú me seguías como un perrito perdido.
Elaina arqueó las cejas y movió la cabeza, pasando un dedo por las esquinas de los ojos de Jarvik.
– Solo he visto una vez ojos con este increíble color azul.
Jarvik hizo una mueca.
– Si. Tú me pediste que mirara hacia el cielo, porque querías comparar los dos tonos de azul.

Ella le golpeó ligeramente el brazo.


– ¡No! No puedes ser él. ¿Eres el hermano del Oso del Norte?
– Si, soy yo. El mismo al que buscabas para que te besara. – Jarvik supo el instante en que lo recordó todo, por el tono rosado que empezó a extenderse por su rostro. Un rayo de luna acariciaba sus hoyuelos y sus mejillas, iluminando más aun su rubor.
Ella gimió y se cubrió la cara.
– Yo sólo era una niña tonta.
– Eras una niña convirtiéndote en mujer. Abriéndote como una flor de verano en aquel invierno. Yo te observaba, pero el honor me impedía responder a tus demandas. – ¿Le había revelado demasiado? No quería que Elaina supiese lo cautivado que había estado y estaba con ella, hasta que no estuviese seguro de su afecto y lealtad.
– Fui una descarada y una frívola cuando rogaba por tus besos. ¡No puedo creer que ahora esté casada contigo! ¿Qué extraña broma del destino es esta?

Jarvik le apartó las manos de la cara, levantándole la barbilla con el puño.


– Ese invierno, después de que mi entrenamiento terminase, cuando regresé al castillo de mi hermano le pedí que organizara nuestro compromiso.
– ¿Compromiso? No sé nada de eso.
Jarvik comprobó el pulso de la garganta de Elaina, contento cuando encontró que palpitaba con fiereza.
– Tu madre enfermó ese invierno, y ni tú ni tu padre os apartasteis de su lado.
– ¿Qué es lo que quieres decir, mi señor?
– Que los acuerdos nunca fueron concluidos. Tu padre estaba... – Jarvik buscó las palabras adecuadas.
– Mi padre estaba loco de preocupación. Hizo que buscaran a todos los curanderos de las Highlands, para que encontraran una cura para ella. – Elaina se cubrió más con la manta. – Todo fue en vano.
– Vi lo que había entre tu padre, el Rey Crinán, y tu madre.
Jarvik rozó el cuello de Elaina, lamiendo su sensible piel y disfrutando al sentir como ella se estremecía ligeramente cuando su boca se deslizó hacia su oído.

– Mi madre, era la concubina del Califa. – Sus labios se crisparon. – Yo soy la hija de una concubina.


– Nunca había visto una cosa parecida entre un hombre y una mujer. Tu padre trataba a tu madre como a un igual. Buscaba su consejo en todos los asuntos. – Jarvik la abrazó más fuerte, compartiendo su calor con la esperanza de calentar sus miembros. – Conocí a tu madre. Yo la respetaba.
Las uñas de Elaina se clavaron en sus hombros, mientras parpadeaba rápidamente.
– ¿Tú respetabas a una concubina?¿La esclava de un harén? ¿A una mujer entrenada para dar placer a un solo hombre?
– Si. Ella me enseñó a jugar al ajedrez. Me ganó en más de una ocasión.
Una nube oscureció la luna. Elaina inclinó la cabeza y le susurró.
– Yo no tenía paciencia para ese juego. Mamá siempre me desesperaba al ganar todas las partidas.
La tristeza en su voz tocaba el corazón de Jarvik.
– Háblame de ella.

– Mi padre raptó a mi madre del harén del Califa de Constantinopla y se casó con ella a la manera cristiana. Las mujeres escocesas nunca la aceptaran como Reina, ni a mí como a una de ellas.


Jarvik conocía bien como de desdeñosas podían ser las nobles escocesas.
– Ahora que eres mi esposa toda la gente te mostrará el respeto que te mereces.
Una triste sonrisa curvó los labios de Elaina.
– No cambiará nada. Eso no es algo que pueda ser ordenado o forzado.
– Deidra es tu amiga.
– No. – Elaina negó con la cabeza. – Me ha traicionado. – Contestó mirándole fijamente.
– Es tu amiga. Fue solo cuando nos enteramos de que tu tío había enviado a sus hombres para darte caza a ti y a las bebés, que Deidra me dijo dónde encontrarte. Pero yo ya te estaba buscando desde la muerte de tu padre.
– Desde el asesinato de mi padre. – Elaina escupió esas palabras con fiereza. – Y también el de mi madre.
– Ya sospechaba que los dos habían sido asesinados.

A Elaina le temblaban los labios, respirando como si estuviera recuperándose de una cabalgada larga y dura. Mordisqueándose el labio inferior dejó vagar la mirada de la ventana al hombro de Jarvik, para después desviarla a la escalera de piedra.


– ¿Deidra te lo contó?
– Si.

Elaina trató de alejarse, pero Jarvik la sujetó y la colocó entre sus piernas. – Si tengo que protegerte a ti y a tus hermanas, necesito que me lo cuentes todo, esposa.


Ella lo miró a los ojos y no dijo nada durante un largo rato. Jarvik sabía que estaba evaluando la situación y decidiendo hasta donde le podía contar. Se había casado con una mujer muy inteligente. Cuando Jarvik estuvo en el castillo de su padre, se quedó muy sorprendido por el número de tutores que dedicaba a su hija. El Rey Crinán había hecho traer a las Highlands a varios estudiosos procedentes de tierras lejanas para que enseñaran a Elaina.
– En el espacio de un invierno, mamá pasó de estar sana a ponerse enferma. Yo sólo era una niña de trece veranos y estaba... fascinada por ti. No me di cuenta de lo que le pasaba hasta que su cabello se le empezó a caer. Teníamos la misma largura y color.

– Si. – Jarvik peinó sus rizos con los dedos. – Es glorioso. Ahora sé porque te ponías esa horrible toca. Ningún hombre podría olvidar la visión de tu cabello suelto. Por favor, continúa.


– Mi padre convocó a todos los curanderos del Reino. – Su voz se quebró y apartó la mirada para fijarla en la pared del fondo. – Si yo no hubiera sido una niña tan frívola, malcriada y egoísta, tal vez podría haber evitado su muerte.
– No. No trates de culparte. Tú no hiciste nada malo. ¿Fue veneno? – Jarvik la consoló limpiando las lágrimas que rodaban por sus mejillas.
– El último curandero creía que sí, pero nunca se pudo probar. Después de la muerte de mi madre, mi padre estaba cada vez más débil, delgado y triste. Se debilitaba día a día, como si estuviese en medio de la niebla cuando sale el sol. Se negó a convocar encuentros de entrenamientos de guerreros. Al final, estallaron luchas en el Reino, pero él no hizo nada para resolver las disputas. Y sus consejeros y yo acabamos animándolo para que volviera a casarse. – Elaina tenía la mandíbula apretada.

– Con la Reina Maude. – Dijo Jarvik.


Ella soltó un bufido.

– Le dio mis dos hermanastras a mi padre. Maude y yo no nos llevábamos bien, y llegué a odiar la vida en el castillo. Le pedí a mi padre que me dejara aprender con nuestra curandera y cuando accedió, me fui a vivir a su cabaña en el bosque del castillo.


– Así es como te convertiste en una sanadora. – Su polla estaba empezando a reaccionar al roce de su suave piel, pero él no hizo caso a su molesto compañero. – ¿Estabas allí durante la invasión nórdica, cuando asesinaron a tu padre y a Maude?
– ¿Qué ataque nórdico? ¡Maldito sea, Satanás! – Ella puso los ojos en blanco. – Fueron mi tío y sus hijos. Me había llevado a las niñas a la cabaña sin que nadie lo supiera. A Maude no le gustaba que yo pasara tiempo con ellas, así que a menudo me escapaba con las bebés fuera del castillo. Nuestro administrador envió a su hijo para avisarme. Yo sabía que mi tío nos mataría si nos encontraba, así que cogí a las niñas y huí.
Jarvik agarró su túnica pidiéndole a Elaina.
– Levanta los brazos, dulzura. Estás temblando.
– Puedo ir a buscar mi vestido.
– No. Es mi deber y mi placer cuidarte y protegerte a ti y a nuestros descendientes. – Le contestó pasando la túnica por su cabeza y ayudandola con las mangas.
– Estás realmente encantadora, una novia vestida con nada más que mi túnica.
Elaina se sacó el cabello de dentro de la ropa de Jarvik y comenzó a atarse los cordones. Jarvik le sujetó las manos.
– No. Yo me ocuparé de ti. Voy a calentar un poco de agua para limpiar la sangre de tu virginidad en tus muslos y en mi polla.
– Es mi deber hacerlo yo, mi señor. – Ella se arregló la túnica e intentó levantarse.
– Yo soy tu Lord, ¿no es así? – Jarvik besó la punta de su nariz y la acarició, manteniéndola quieta a su lado.
– Si. – Respondió ella frunciendo el ceño.
Él cubrió su pecho con una mano y acarició su pezón.
– Pues entonces, voy a informarte de tus deberes. Y tu deber en este momento es dejar que cuide de ti.

Elaina observaba cada movimiento de Jarvik cuando se levantó de la cama, sin poder reprimir una sonrisa mientras sus ojos se fijaban en su trasero, desviándose después a su hinchada vara y a sus bolas. Sonriendo él se acercó lentamente hacia la ventana, sabiendo que dentro de poco su esposa pensaría en un plan para huir de él.

Elaina era suya, y nunca la dejaría escapar.
La noche estaba muy oscura, ya que la luna había renunciado a su posición dominante para ser cubierta por densas nubes. Arqueándose, Jarvik se frotó la parte baja de la espalda y se asomó por la ventana. El aire se sentía pesado, lo que presagiaba una fuerte tormenta. Un leve olor a azufre le dijo que Thor iba a lanzar violentos rayos y truenos, que ahuyentarían la placidez del verano.
Jarvik se agachó y cogió el cuenco de agua que estaba al lado de las llamas.
– No. – Ella se levantó sobre los codos. – Usa un paño, por favor. Ten cuidado no te quemes las manos.
– Mis manos son tan resistentes como el cuero, pero agradezco tu preocupación.

Siguiendo su consejo, agarró el cuenco con un paño y lo llevó al lado de la cama. Jarvik deseaba que la habitación estuviese más iluminada, para poder pasar las horas grabándose la imagen del cuerpo de Elaina en su mente, y saboreando la miel y la canela de sus pezones.


Pero lugar de eso, humedeció un paño y levantando las mantas lo puso sobre el sexo de su esposa.
Elaina suspiró y Jarvik levantó la vista para mirar cada centímetro de su cuerpo. La boca se le hizo agua cuando vio que un pezón se escapaba a través de los cordones sueltos de la túnica. Elaina sintió que sus labios temblaban mientras escondía su jugoso y rosado pezón de la vista de Jarvik y desviaba la mirada.
– ¿Qué pasa, mi señora? Crees que esto es pecado. ¿Es eso? ¿Crees que es indecente saborear la miel más dulce que un hombre puede disfrutar? ¿O qué yo admire tu monte como si fuera el tesoro más preciado que existe?
– Mi madre hablaba de eso con frecuencia. – Contestó Elaina mordiéndose el labio con sus blancos dientes. – Pero ella nunca se convirtió a la fe cristiana, como yo hice. Mi padre insistió en que aprendiera no sólo con mis tutores extranjeros, sino también con un sacerdote.
– El sacerdote decía que este era el acto más inmundo y perverso que existía. Pero no es verdad, es maravilloso.

Jarvik reprimió una sonrisa y retorció el paño. Elaina pensaba que hacer el amor era un acto perverso y maravilloso. Tal vez pensaría lo mismo acerca de chupar su miembro. Su esperanzada vara tembló con anticipación.


– Me han dicho que el Papa mantiene una amante en cada puerto y que tiene docenas de bastardos en cada ciudad. ¿Eres una fanática, Elaina? ¿No te importa nada más que lo que la iglesia predica?
– La iglesia me llama puta, una esclava con un sucio linaje. No, no me importa lo que los sacerdotes predican. Aunque no soy una hereje, no me importa lo que ellos digan.
– La herejía es un delito grave. ¿Alguien te ha acusado de ser una hereje?
– No. Pero hay comentarios.
Ella no se resistió cuando él la atrajo hacia su regazo, la acomodó entre sus muslos, y le colocó las piernas a cada lado de su cintura.
– Ya no los habrá. Cualquier persona que hable mal de ti, acabará con la hoja de mi espada en su garganta. No quiero ver a ningún hombre, mujer o niño ofender a mi esposa y a sus hermanas.
Levantando la barbilla, Elaina forcejeó con la túnica que llevaba.
Te lo agradezco, mi señor.

– En realidad, si estás realmente agradecida, me gustaría que me hicieras dos favores, Elaina. – Dijo Jarvik acariciandole con un dedo sus pechos y subiéndolo hasta la clavícula mientras la miraba a los ojos. – Llámame por mi nombre.


– Eso es fácil de hacer, mi señor. – Ella sonrió y se tapó la boca. – Jarvik.
– Me gustaría que me mostrases esa sonrisa deslumbrante tuya más a menudo.
Elaina se puso seria y curvó ligeramente sus apretados labios.
– No soy propensa a la risa, mi... Jarvik. Pero lo intentaré.
– Eso es todo lo que espero de ti. Que lo intentes. Pero todavía tengo que pedirte mi segundo favor.
Cuando el ceño de Elaina se profundizó, él se lo alisó con los dedos.
– Consideraré tus sonrisas como un premio. Mi segundo favor son varios besos todos los días. Cuando tú quieras. Puedes robarme besos como un lobo roba ovejas. Por ejemplo, uno para recordarme, otro cuando me vaya a dormir y otro cuando la luz del fuego haga que tu cuerpo parezca dorado. Como ahora. Bésame, Elaina.

Cada músculo del cuerpo de Elaina se tensó, pero inclinándose hacia delante, le rozó los labios con su boca. Fue una leve caricia, un simple toque, pero un enorme deseo recorrió las venas de Jarvik. Él saboreó el momento, observando su valentía y la firme determinación de su rostro, y se sintió muy feliz al no haberse casado con una arpía.


Elaina ahogó un bostezo tapándose la boca con una mano.
– Estás agotada. Descansa. – Jarvik le apretó suavemente el rostro contra su pecho, explorando su cara con los dedos, acariciando la línea de su columna, y acostumbrándola a su tacto, a su olor y a la sensación de su cuerpo desnudo bajo el de ella.
– Me gustaría saber que planes tienes, mi señor.

Jarvik suspiró. Le iba a costar un poco más de lo que había pensado ganarse su confianza.


– Dime lo que te preocupa.
– ¿Dónde viviremos mis hermanas y yo?
Skjebne.
¿Skjebne?
– En nórdico significa Destino. Así es como he llamado a las tierras que el Rey Cnut me concedió. Es un modesto castillo, a medio día a caballo de aquí.

Elaina no se atrevió a mostrar la esperanza que corría por sus venas.


Un castillo propio. Un lugar para criar a sus hermanas.
Pero, ¿qué pasaría al día siguiente? Cuando el Rey la viese, ¿qué ocurriría entonces? ¿Y cuando todo el mundo se enterase de que ella era la hija del Rey Crinán?
¿Y qué pasaría con este hombre, su nuevo marido, el mismo que ahora la sujetaba con tanta suavidad?
¿Se atrevería a confiar en él?
El guerrero al que todos llamaban Forfører, El Seductor. El que había demostrado su coraje esta noche y del que decían que había pasado cuatro temporadas completas en los harenes de Oriente. Las mujeres lloraban y se lamentaban cuando él se marchaba de un harén para irse a otro. También contaban que ninguna mujer que hubiera compartido su cama quedaba insatisfecha. Todos hablaban de su capacidad para dar placer. No habían mentido.

– ¿Estás feliz de tener a Deidra cerca? – Él parecía que necesitaba acariciarla constantemente, besando sus sienes o tocando su trasero. Y era casi imposible ignorar la manera en que su piel ardía bajo sus caricias. Elaina se quedó sin aliento cuando él jugó con un pezón, sin poder pensar en nada mientras su marido le mordisqueaba el lóbulo de la oreja.


¿Qué le había preguntado? Elaina inclinó la cabeza dejando expuesta su garganta para que se la acariciase. Su coño palpitó, preparándose para su invasión. La humedad bañaba los pliegues entre sus muslos. La lengua de Jarvik causaba estragos en sus sentidos y la sangre le rugía fuertemente en los oídos. Elaina apretó las manos e intentó decir algo coherente.
– ¿Dejarás que Deidra nos visite?
Jarvik se echó a reír.
– ¿Crees que podría evitar tal cosa? Magnus pondría mi cabeza en una pica, si lo intento. ¿Sabes montar a caballo, Elaina?
Por un momento una profunda tristeza embargó sus pensamientos, haciéndola tragar fuerte.
– No tengo caballo.

– Eso no es lo que te he preguntado. – Respondió Jarvik acariciandole el cabello. Elaina se giró hacia su caricia.


– Si. Se montar, mi señor.
– Jarvik, Elaina. Tendré que besarte o lamerte cada vez que te olvides de llamarme por mi nombre. – Él le guiñó un ojo y bajó su boca hasta su pecho, succionando fuertemente el pezón que se endureció bajo el ataque de su lengua. Fue un placer tan arrebatador y tan poderoso, que Elaina se estremeció y acercó más la cabeza de él contra sus senos.
Jarvik no se opuso y hundió el rostro entre sus pechos.
– Estoy ardiendo por ti, dulzura, pero es demasiado pronto. Mi pene es insaciable, un vigoroso compañero, y tú aun estás muy sensible. Viajaremos mañana a Skjebne. Todavía tengo que explorar el castillo y las tierras, porque he pasado mucho tiempo intentando encontrar, casarme y acostarme con mi novia.
– Pero dijiste que los acuerdos no se llegaron a firmar, así que yo nunca he sido tu novia.
Él se rió y le guiñó un ojo.

– ¿Quién va a negar mi palabra? ¿El Oso del Norte? No puedo esperar a ver la cara del Rey Máel Coluim cuando te vea mañana... Él realmente piensa que me he casado con una bruja.


Elaina sintió deseos de golpearle.
– ¿Prefieres que todos sepan que te has casado con la hija de una concubina en lugar de una bruja?
– Es un pobre intento de humor, esposa, para que me concedas una de tus deslumbrantes sonrisas. – Jarvik acarició su cuello y rozó la punta de su nariz con los labios. – ¿No? ¿Ninguna deslumbrante sonrisa para el esposo que te ha dado placer esta noche? Tal vez podamos cambiar el castigo... En vez de besos, podría saborear tu miel antes de marcharnos de viaje.
El miedo recorrió el cuerpo de Elaina.
– Juegas y te burlas de los castigos, pero me temo que vamos a sufrir muchos por todo esto. ¿Qué pasará cuando mi tío Eogan, descubra que seguimos vivas y nos hemos establecido en Skjebne?
– No te preocupes por eso, esposa.
El terror hizo que Elaina casi tartamudeara al intentar hablar.

– Eogan nos matará a mi y a las bebés, y a todos los que nos defiendan. No quiero que Deidra resulte herida. Piensa en su hijo que está en camino. Te lo ruego, deja que siga disfrazándome, sé que Eogan tiene muchos enemigos. He oído que su primo intentó conquistar el castillo de mi padre, si esperamos un poco, tal vez lo maten ellos.


– Shh, dulzura. – Contestó Jarvik moviendose y ayudándola a ponerse de pie. – No hables más del tema. Sé que muchas alianzas se forjan y se rompen todo el tiempo. Sólo te pido que pongas tu destino en mis manos. Dame otros cinco días para resolverlo todo.
Ella negó con la cabeza.
– Eogan es el nuevo Rey de Strathclyde y es el tío de las niñas. Puede separarlas de mí.
– No. Yo las he reclamado y el Rey Máel Coluim ha validado mi petición.
– ¿No estará el Rey furioso por nuestro matrimonio? – Elaina deseaba no haber salido nunca de su pequeña cabaña en el bosque.
– Esa es la razón por la que nos iremos a visitar Skjebne esta mañana. – Jarvik le metió un mechón detrás de la oreja. – Cuando regresemos, ya estará todo preparado para que mis hermanos y sus esposas acudan allí. Vamos a difundir la historia de que utilizaste un disfraz para probar mi amor por ti.

Elaina resopló.


– Nadie se va a creer esa historia.
– Todos se lo creerán. – Le contradijo Jarvik con la sonrisa más encantadora, enseñando sus perfectos dientes blancos. – Cnut, El Grande, y Máel Coluim juegan una partida del Zorro y El Ganso con las tierras de la frontera. Cada uno busca tener una ventaja sobre el otro y aun así siguen siendo aliados. Con nuestra boda, tanto Cnut como Máel Coluim pueden reclamar las tierras de las Highlands del Rey Crinán. Será beneficioso para Cnut y sus negociaciones para un nuevo tratado de paz. Confía en mí, Máel Coluim prefiere tener la lealtad de los guerreros vikingos de Cnut que la de Eogan, tu asesino tío.
Lo que decía tenía sentido. Las Highlands estaban llenas de las historias de la crueldad de Eogan y su codicia. Elaina presionó dos dedos en sus sienes, sintiendo una repentina punzada.
– Te duele la cabeza. – Jarvik la atrajo hacia su pecho moviéndose hasta que quedaron delante de la ventana abierta, y empezó a masajearle el cuero cabelludo. – No te preocupes más. Ven, vamos a disfrutar del amanecer de un nuevo día.

Elaina se recostó contra su musculoso cuerpo. La tentación de dejarlo todo en sus manos era irresistible. ¿Qué daño podría hacerle disfrutar de este momento? Todas las preocupaciones todavía seguirían allí al día siguiente. Elaina había negado durante mucho tiempo cualquier placer a cambio de su seguridad. Había estado tan orgullosa y tan decidida a mantener su virginidad para que nadie pudiera insultarla diciéndole que era una concubina, que no había permitido que ningún hombre se le acercase.


Una vez que Elaina se impuso esa regla, su madre le había enseñado a darse placer a sí misma. Su madre había insistido en que no se trataba de un acto vergonzoso tal y como proclamaba la Iglesia. Elaina había pasado mucho tiempo despreciando muchas de las enseñanzas de los sacerdotes, después de que le dijeran que ella no podría alcanzar el cielo cristiano porque era la hija de una concubina. ¿Qué clase de Dios condenaba a un niño nada más nacer? Elaina reprimió una sonrisa. Era muy gratificante hacer aquello que la iglesia creía que era pecado.

Jarvik deslizó sus cálidas manos por debajo de la túnica, para cubrir sus pechos. Su marido irradiaba calor y olía a primavera y al cuero de la cota de malla que se había quitado antes. Elaina recordó que había probado el sabor de su propio sexo cuando Jarvik la besó después de saborearla, y se excitó al pensar en ese perverso acto. ¿Sería igual de excitante para él probar su sabor de los labios de ella?


Cuando los pulgares de Jarvik jugaron con sus pezones, su coño ardió. Su pene se hinchó contra su trasero y la tentación de deslizar sus manos por detrás de la espalda y tocarlo se volvió irresistible.
Jarvik gruñó.
– No. Elaina. No animes a mi vigoroso compañero. Vi el dolor en tu rostro cuando te quite la virginidad. Y me prometí que te dejaría en paz, por lo menos hoy.
Elaina se volvió explorando con sus manos la abultada vara y se concentró en el espesor de la rígida y palpitante erección que tenía a su alcance.
– ¿Es así como llamas a tu polla? ¿Tú vigoroso compañero? Es como terciopelo y hierro. – Una gota viscosa escapó de la punta de la hendidura. Elaina miró fijamente la estrecha abertura, maravillándose de las gotas que salían de la hinchada cabeza. – ¿De ahí sale tu simiente?

Jarvik la agarró por los hombros con la suficiente fuerza como para hacerle daño si quisiera. Elaina levantó la cabeza y detuvo su respiración. Jarvik personificaba la imagen de un Berserker vikingo, enseñando los dientes y con la cabeza echada hacia atrás. Las venas de su grueso cuello palpitaban y gotas de sudor salpicaban el vello dorado de su incipiente barba. Sus mandíbula estaba apretada y los poderosos músculos de su pecho tensos.


– Tu vigoroso compañero puede explotar en mis manos igual que en mi boca, ¿no?

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