Jianne Carlo Serie Guerreros Vikingos 5 – El Seductor Argumento



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Capítulo 4
Jarvik casi se tragó la lengua. ¿Explotar en sus manos o en su boca? Que su nueva esposa, una virgen, le dijese esas cosas y lo tocase con tanta osadía fue su perdición.
Jarvik ya se había imaginado desde aquellos lejanos días de entrenamiento en el castillo del padre de Elaina, que ella sería una amante incomparable. En todo ese tiempo sólo la había besado una vez, el día que dejó la casa de su padre para servir al Rey Cnut. Pero el recuerdo de su sabor, la respuesta ansiosa a sus caricias y la sensual manera en que ella se frotó contra su cuerpo, nunca habían desaparecido de sus pensamientos.
Tenía muchas razones para pensar que Odin lo había bendecido al haberse casado con la hija de una concubina.
Él le levantó la barbilla haciendo que sus ojos se encontraran.
– Eso es un placer que los dos podemos disfrutar al mismo tiempo. Nuestras bocas, cada una en el cuerpo del otro.

Jarvik notó y dio la bienvenida, a los signos de excitación de Elaina, ya que su nariz tembló como una yegua en celo olfateando al semental que iba detrás de ella, listo para montarla. Ella combinaba lo mejor de Oriente y Occidente; el color bronceado de su piel, su exuberante boca con labios de color rubí y los ojos esmeralda brillando por el deseo.


Elaina se lamió los labios.
– Mi madre tenía un dibujo de una cosa así. Yo lo he mirado muchas veces mientras me daba placer a mi misma.
¿Placer a si misma? La sangre le rugía en los oídos, su polla creció y se endureció, y sus bolas se pusieron tan duras como piedras. Las palabras se le atascaron en la garganta, así que Jarvik se limitó a cogerla en brazos y en dos pasos llegó a la cama y la acostó. Señalando hacia la túnica que Elaina aun llevaba puesta, le dijo entre dientes.
– Quítatela.

¡Que Loki tuviera piedad de él! Elaina sonrió, y contorneándose se subió la túnica hasta los muslos, lanzándole una ardiente mirada mientras lo hacía. Los rizos de color caoba, húmedos y brillantes, le hicieron salivar cuando ella por fin se la levantó por encima de la cintura.


– No. – Él apretó los puños. – No podré detenerme y te poseeré, Elaina. Estoy ardiendo por ti.
– Eso me gustaría, Jarvik. Y aunque esté un poco dolorida, mi coño anhela tenerte dentro de mí.
¿Coño? Nunca había oído hablar a una mujer con tanta osadía, y con la voz ronca por el deseo. Jarvik se mordió el interior de la mejilla y se obligó a mirar hacia el techo de madera. Tenía que contenerse. Jarvik respiró profundamente antes de mirar de vuelta hacia la cama, lo que consiguió que su polla se endureciera todavía más por la imagen que presenció.

Elaina estaba completamente desnuda. La túnica se encontraba tirada en un lado, mostrando sus atrevidos pechos al aire y sus largas y delgadas piernas separadas. Los pliegues rosados de su esposa brillaban por la humedad. Jarvik cogió la túnica y agarrando las manos de ella con una de las suyas, le ató las muñecas.


Ella parpadeó y frunció el ceño, apretando los labios.
– ¿Qué pasa? ¿Por qué haces eso?
Jarvik siguió atando sus manos a la cabecera de la cama.
– Me vas a castrar, mi señora. Nunca he dejado de dar placer a una mujer y mi esposa no será la primera.
– No sé a que te refieres. – Elaina tiró de las ataduras. – ¿No quieres que te saboree?
Sus palabras lo iban a matar. Su polla tembló como un saco de arena ensartado por una lanza.
Entonces volvió a mostrar esa sonrisa de sirena de nuevo. Elaina sabía que la sola idea de probarlo excitaba a Jarvik.

Mi madre ya me lo advirtió cuando me contaba que un hombre puede arder con palabras dichas con osadía o mirando como se tocaba una mujer.

¡Por Odin! Ella abrió las piernas y arqueó las caderas. Los labios de su monte capturaron la luz del alba, como el rocío sobre los pétalos de una rosa que enmarcaban su corazón. Su vara empezó a gotear y a humedecerse. Jarvik se dejó caer al suelo de rodillas. El golpe contra la dura piedra y el fuerte dolor que le provocó le permitió recuperar algo de control.
Agarrando sus muslos y subiéndoselos en sus hombros, Jarvik se dio un festín con su excitante sexo. Nunca había probado nada tan delicioso y eso que había probado a muchas mujeres. Era un placer que apreciaba, disfrutar de una mujer y cubrir su rostro con su miel, pero ni una sola de ellas lo había afectado nunca de ese modo. Observarla así y el vago recuerdo de su sabor en su lengua, lo excitó todavía más.
Jarvik bajó la cabeza y rozó con su boca su resbaladizo coño, aspirando la dulzura picante de su deseo. La amó lentamente, con largas lamidas, dejando que sus labios jugasen con el botón que ocultaban sus pliegues y que su lengua se hundiese en su centro. El sexo de Elaina se contrajo alrededor de su lengua y Jarvik sintió que su bolsa se endurecía aun más, volviéndose caliente y pesada.

Las mujeres del harén le habían enseñado un movimiento que las llevaba a rozar el límite. Y también había aprendido que un pellizco en el botón, combinado con la oscilación de la lengua, podía provocar varias veces el clímax a una mujer hasta que ella casi se desmayara. Elaina gritó cuando él la tocó de esa manera. Jarvik sonrió contra su húmedo sexo cuando ella gimió su nombre.


Volvió a excitarla, esta vez con suavidad, dejando que sus manos encontraran la hendidura que la hacía temblar y gemir. Metió dos dedos en su anhelante coño, introduciendo un tercero rápidamente al sentir la humedad que goteaba de su sexo. Moviendo su dedo pulgar sobre el botón, al mismo tiempo que chupaba ese pequeño capullo, consiguió que Elaina cerrara sus piernas alrededor de su cuello cuando las oleadas de placer recorrieron su cuerpo violentamente.
Jarvik bajó las piernas de Elaina a la cama y desató sus manos y acostándose a su lado, la acercó a su pecho. Sus pezones rozaron su torso, mientras que los jadeos de Elaina se calmaban hasta respirar de nuevo con normalidad.
Ella apoyó la barbilla encima de él y le acarició la barba con su mejilla.
– Ahora es mi turno.

Y sin esperar su contestación, ella agarró con las manos su erección. Elaina rodó hacia un lado y se sentó apoyando su trasero en los talones, sonriendo de nuevo, con esa sonrisa de sirena que hizo que su vara se moviera impaciente.


– Es diferente a como me la imaginaba. – Dijo ella pasándole la mano por el vientre y bajando a continuación, hasta que sus dedos se detuvieron en su rígida virilidad y se enredaron en los rizos dorados de su pene.
Jarvik ahogó un gemido cuando sintió que sus bolas se contraían.
– Tan caliente. – Susurró ella besándole la húmeda hendidura. – ¿Cómo puede una simple caricia encenderme así? Tu olor provoca que mi coño se apriete. No me imaginaba el placer que se conseguiría al tocar a alguien de esta manera o al probarlo.
Cuando ella se inclinó hacia delante y tomó la punta entre sus labios, Jarvik silbó agarrándose fuertemente a la cabecera de la cama. Elaina lo lamió suavemente, como una gatita chupando un plato de leche, moviendo la cabeza alrededor de su vara sin dejar de darle golpecitos con su rosada lengua.
– Tiene un sabor salado y cremoso.

Jarvik sentía como su caliente aliento dejaba un rastro húmedo en la cabeza de su polla. Rayos incendiaron su ingle, drenándole toda la sangre de su cuerpo y dirigiéndola directamente a su vara. Cuando la boca de Elaina cubrió completamente su pene, Jarvik echó hacia atrás la cabeza y rugió el éxtasis que le partía en pedazos mientras su semilla salía en chorros pulsantes. No podía respirar. La madera de la cama se clavaba en sus manos y ese agudo dolor incrementaba su placer. Clavando los talones en la cama dejó que lo atravesaran los temblores.


Con la mente en blanco y los huesos derretidos ya no pudo soportar su peso sobre los codos, pero la necesidad de abrazar y acariciar a Elaina era tan fuerte que con un último estallido de energía, Jarvik tiró de ella y abrazó su cuerpo con fuerza.
– Ha sido increíble.
La boca de Elaina se movía por su piel, haciendo que cada roce creara chispas, sacudiendo su polla medio erguida.

– No pensaba que me gustara tanto esto. Ni que me haría sentir vacía y necesitada de nuevo. ¿Siempre es así?


Jarvik logró levantar los párpados. El cabello de Elaina extendido sobre su pecho le confirmó que era tan suave como se lo había imaginado, y nuevamente el deseo inundó su virilidad.
Nunca había visto a una mujer tan hermosa como ella. Incluso el arco de las cejas sobre esos ojos rasgados del color de las esmeraldas, lo seducían.
– Nunca he sentido nada parecido. Solo contigo.
– Pero... tú has estado con muchas mujeres. – Dijo ella vacilante.

– Sólo te deseaba a ti. – Él acunó su rostro. – Desde ese primer beso en los establos, el día que me fui del castillo de tu padre.

– ¿Rechazaste a las otras mujeres? – Sus cejas se fruncieron.
– No. Sólo soy un hombre, Elaina. Un hombre viril. – Jarvik la miró a los ojos. – Pero ahora tú eres mi esposa. No voy a acostarme con otra a partir de hoy. Mi polla solo conocerá un coño. El tuyo.
– ¿Y si las mujeres te buscan y te incitan? – Unos repentinos celos la invadieron.
El pene de Jarvik se hinchó de nuevo.
– No deseo a ninguna otra. Sólo a ti.
Y volvió a demostrarle que lo que decía era verdad.

***


Ya era muy entrada la mañana cuando salieron de la torre.
– Tengo que ir a ver a las niñas. – Elaina se detuvo cuando llegaron a las escaleras.

– No están aquí, mi esposa. Magnus y yo nos pusimos de acuerdo para que las niñas se quedaran hoy con Deidra. Las presentaremos al Rey Cnut y al Rey Máel Coluim esta noche durante la cena.


Elaina se retorció las manos y lanzó una mirada nerviosa hacia el pasillo.
Jarvik la atrajo hacia él y acariciándole el cuello le levantó la barbilla para que lo mirara.
– Estarán bien. Las protegen muchos guerreros.
– Me echarán de menos.
Jarvik deseó apartar las sombras de sus ojos y las líneas de preocupación que crispaba sus labios.
– Hay trovadores en la aldea. Las niñas podrán disfrutar de sus juegos. Yo protejo lo que es mío hasta la muerte, Elaina. Y tú y las niñas sois mías. Reserva este día sólo para nosotros.
Ella lo miró fijamente a los ojos, pero después de un largo momento una leve sonrisa floreció en su rostro.
– ¿Nosotros?
– Si. Para nosotros. Mañana, nos las llevaremos a Skjebne. Pero hoy es nuestro día. – Jarvik deslizó las manos en su hombro y esperó.

– Entonces me rindo a tu sabiduría, esposo. – Respondió Elaina poniendose de puntillas y besándole la barbilla. – Parece que me he casado con un hombre que tiene todo planeado.


Sofocando un grito de victoria, Jarvik sonrió pidiéndole que bajara las escaleras. Para cuando fueran a su castillo, él ya la habría entrenado como un maestro entrenaba a un halcón y la tendría comiendo de su mano.
Garek los esperaba en el vacío salón.
– Mi señor, todo está listo. Los caballos están preparados.
– Buenos días. Elaina, este es mi capitán, Garek. Los dos juntos hemos servido al Rey Cnut durante muchos inviernos. – Jarvik golpeó el hombro de su capitán.
– Mi señora. – Garek se inclinó en una reverencia.
– Encantada de conocerte, Garek. – Cuando Garek fue a coger la mano de Elaina para besársela, Jarvik gruñó y agarró su muñeca.
Maldita sea, su esposa le estaba mostrando a Garek su famosa sonrisa.

– ¿Podemos pedir torta de avena a la cocinera para apresurar nuestra partida? – Le preguntó Jarvik.


Garek sonrió.
– Ya está hecho, mi señor. – Jarvik reconoció la sonrisa de Garek. Ahora, tanto él como Elaina se habían dado cuenta de sus celos.
– Quita esa sonrisa de tu cara. La última vez que me llamaste “mi señor” fue cuando el Rey Cnut me concedió mis tierras.
– Nunca está de buen humor por la mañana. – Le dijo Garek a Elaina ofreciéndole el brazo. – ¿Puedo llevarte hasta tu montura?
– Tócala y sentirás el filo de mi espada. – Jarvik pasó la mano alrededor de la cintura de Elaina y entrelazó los dedos con los de ella. – Tal vez deberías ir conmigo, dulzura. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que montaste a caballo?
– Hace tiempo, mi señor.
Dirigiendo a Elaina, la llevó afuera a través del salón, donde tres caballos estaban ensillados. Jarvik bajó la voz.
– No quiero que hoy sientas molestias por montar en una dura silla.
– ¿Tu caballo podrá con los dos?

– Si. Este es Haski. – Jarvik saludó al enérgico semental. El animal bufó y pateó la tierra.


– ¿Haski?
– Significa Peligro en nórdico. – Respondió mirando del caballo a Elaina. – Montaré primero y despues te ayudare a subir.
– Es una belleza. – Ella extendió la mano para acariciar el cuello del caballo.
– No. – Jarvik le agarró la mano. – Muerde. Es por eso que le di ese nombre. Es peligroso tanto para acariciarlo como para cabalgar con él.
El caballo relinchó y levantó la cabeza.
– Aléjate un paso. – Jarvik se interpuso entre el semental y Elaina, saltó sobre la silla y metió los pies en los estribos. – Pon tu pie en mi bota y coge mi mano.
Elaina obedeció y enseguida estuvo sentada de lado en su regazo.
– Creo que me gusta mucho tenerte en mis brazos, esposa. Estoy pensando en detenernos para bañarnos en una ensenada que descubrí en los límites de mis tierras. Me gustaría que tú me montases en la orilla.

¡Por Odin! Los ojos verdes de Elaina se estrecharon y bajó la cabeza para mirar el lugar donde su trasero descansaba encima de su erección.


Jarvik saboreó la sensual sonrisa que se asomó en los labios de Elaina, y su pene se endureció como el acero.
– Garek. – Jarvik no podía dejar de mirarla. – Quédate justo detrás de nosotros durante el viaje. Y vete por otra ruta cuando nos acerquemos a la costa.
– Como quieras, mi señor. – Contestó Garek sin intentar ocultar la risa.

***
– Yo no lo llamaría un modesto castillo. – Elaina examinó el enorme castillo en el borde de los escarpados peñascos negros. – Tiene seis torres. ¿Cuántas bocas tenemos que alimentar?

– Muchas. Pero las granjas son enormes, y las tres aldeas que están alrededor son prósperas. No os faltara de nada a ti y a las niñas. – Sacudiendo las riendas detuvo a Haski. El caballo meneó la cola, echó la cabeza atrás, hacia la bota izquierda de Jarvik, y enseñó sus grandes dientes. Sólo la rápida reacción de Jarvik lo salvó de un mordisco.
Elaina no pudo reprimir una risita.
– No puedo entender por qué toleras un caballo tan gruñón. Ya te ha mordido dos veces esta mañana cuando estábamos en la cala, y casi te derriba cuando paseábamos por la playa.
– Es cierto. – Jarvik desmontó levantando los brazos hacia ella. Frunciendo la boca le hizo una mueca a la gran cabeza de su caballo. – Vive para atormentarme y sin embargo es todo dulzura y suavidad contigo. No consigo que coma en mi mano y tampoco puedo dejar un arma cerca de sus pezuñas. Ya he perdido dos espadas muy valiosas para sus cascos. Pero en la batalla, no hay un semental mejor que él.
Se le veía tan irritado y afligido que Elaina no pudo evitar reírse.
– Parece que prefiere el suave toque de una mujer.
Elaina pasó las manos por el cuello de Jarvik y sonrió.

¿Cómo podía haberse convertido Jarvik en alguien tan importante para ella si sólo había pasado una noche y medio día? La había tomado dos veces en la ensenada, una vez en las cálidas aguas con las olas chocando contra sus cuerpos. Y luego otra vez a la orilla de la cala con el calor abrasador del sol sobre sus cuerpos desnudos.


– Gracias, Jarvik. Por este día. Por la playa.
Elaina sostuvo su barbilla, trazó la línea de su boca, y depositó allí un suave beso.
Estaba sorprendida de que no hubiera comprobado ni una sola vez, si alguien la seguía. Ni una sola vez había saltado con un ruido repentino, y lo mejor de todo, se había quedado dormida en sus brazos. Un sueño profundo sin pesadillas, que había renovado su espíritu.
– Soy yo quien debería de agradecértelo, dulzura. – Jarvik le acarició el rostro. – Me temo que no podemos quedarnos más que un poco en el castillo. Te he retenido mucho tiempo amándote en la cala. Nos reuniremos con el administrador, visitaremos el castillo y nos apresuraremos para regresar a tiempo para la cena. Si todo va bien, mañana veremos a las niñas.

La felicidad de Elaina crecía a cada momento que pasaba. Le encantaba Skjebne. La brisa del mar soplaba en la propiedad, su aroma fresco y salado impregnaba todas las habitaciones. El administrador y la cocinera estaban deseosos de servir a su nuevo Lord y Lady. Todos los siervos parecían contentos, y el castillo era un hervidero de actividad. Jarvik preguntaba su opinión acerca de todo; por la calidad y la cantidad de los tarros de especias, sobre la lana y los telares, incluso de los tapices de las paredes.


Los cautivó a todos, desde los caballeros hasta los ayudantes de cocina y las sirvientas. También la tocaba todo el tiempo; apoyando su brazo sobre los hombros de Elaina, colocando la mano en su espalda para animarla a continuar, y si estaban solos, aprovechaba para pedirle que le robara un beso. Elaina se volvía más audaz con cada beso, fundiéndose en sus brazos cuando Jarvik chupaba su lengua, y sintiendo que su coño se humedecía cuando él le susurraba lo que pretendía hacer esa noche.

Era la más dulce tortura que Elaina había sufrido. Y nunca se había sentido más hermosa, más segura y más dispuesta a vivir la vida. Al final del día, mientras viajaban a través de las colinas, no sólo se había acostumbrado a su tacto sino que lo anhelaba, y a su vez ella necesitaba acariciarlo también.


Cuando se acercaban al castillo de Magnus, Elaina volvió a sentir la tensión.
– ¿Qué te preocupa, esposa? – Jarvik tiró suavemente de las riendas, haciendo que Haski fuera a un medio galope al cruzar el foso de entrada a Laufsblað Fjóllóttr.
Elaina se irguió y se alisó la falda. Se sentía desnuda sin sus rellenos y la toca.
– Me da miedo la reacción del Rey Máel Coluim cuando vea mi actual aspecto.
– Deja de fruncir el ceño. ¿Cuántas veces tengo que decirte que todo va a salir bien? – Jarvik apretó su hombro. – Ha llegado el momento de que conozcas a mis hermanos y a sus esposas. El Rey tendrá que esperar.
Elaina parpadeó y se volvió hacia la dirección que él miraba. Su boca se abrió al ver a la multitud que los esperaba en las escaleras del castillo.
– Ya puedo ver por que todo el mundo lo llama El Oso del Norte. Es él, ¿no? ¿El del medio?

– Si. Ese es Torsten, El Oso. Es mi hermano mayor.


– ¡Tío Jarvik! – Llegó el grito de una pequeña niña con cara de duende y unos rizos sueltos y dorados. Su cabello ondeaba en la brisa mientras corría hacia ellos.
– No Gaierla. ¡Párate! – Jarvik saltó del caballo, lo que Haski aprovechó rápidamente para morderle en el trasero. Puso una mano en el muslo de Elaina y se agachó para recoger a la niña en brazos.
– ¿Tú eres mi nueva tía? – La joven rodeó con sus largas y delgadas piernas la cintura de Jarvik y miró a Elaina. – ¿Qué debo hacer ahora? Todos mis Thors se han casado. Me tienes que buscar otro prometido, tío. Ya tengo más de diez veranos y todavía no tengo novio.
La cabeza de Elaina le daba vueltas. ¿Thors? ¿Prometido?
Una mujer se les acercó.
– Tú debes ser Elaina. Ayúdala a desmontar, Jarvik. No te quedes ahí con la boca abierta. Tenemos mucho que hacer. Soy Catriona, la esposa de Ruard, El Cazador de Dragones. La mocosa que está acribillando a Jarvik con preguntas y besos, es mi hermana, Gaierla.

Elaina nunca había visto un cabello como aquel, del color del fuego, ni tanta belleza en una mujer. Menos mal que ella ya no llevaba puesto el relleno ni la cara embadurnada de manteca de cerdo. Elaina saltó del caballo.


– Es un gran placer conocerte, Catriona.
– Yo no soy una mocosa. – Gaierla se retorció para que Jarvik la soltara. – Esta noche voy a ser presentada a dos Reyes. Y tengo un vestido nuevo. ¿Crees que alguno de los Reyes encontrará un esposo para mí?
– Gaierla, debes parar con esa obsesión con el matrimonio. No es todo como parece, cariño. – Una mujer alta, con el cabello negro y suelto, que le llegaba más abajo de su trasero, se acercó a ellos con un bebé en los brazos. Detrás de ella, un guerrero vestido con una cota de malla la acompañaba. – Soy Bettina. Estoy casada con Njal, El Pacificador, es el hermano mediano. Y éste es nuestro hijo, Saxski.
– ¿Así que, el matrimonio no es todo lo que parece, esposa? Soy Njal. – El guerrero pasó un brazo alrededor de la cintura de Bettina, pellizcó la nariz del bebé, e inclinó la cabeza para inspeccionar a Elaina.

– El salón es un hervidero de chismes acerca de ti, Lady Elaina. Todo el mundo tiene curiosidad por ver a la mujer que ha hechizado a Jarvik, El Seductor.


Elaina levantó la cabeza para ver mejor a Njal e hizo una reverencia.
– Lord Njal.
– No. Ahora somos hermano y hermana. Para ti soy Njal, Elaina. – Dijo cociéndole la mano y besándosela.
– ¡Suéltala! – Jarvik retiró la mano de Elaina de las garras de Njal. – ¿Dónde está Magnus?
– Intentando convencer a Deidra para que meta sus gatos en los establos.
Elaina se giró para mirar a otra delicada mujer, con piel de porcelana, enormes ojos verdes, y la más suave y dulce voz que había oído nunca.
– Soy Ainslin y estoy casada con Torsten, El Oso del Norte. Esta es Inga. ¿Qué se dice, hija?
La niña de al lado de Ainslin se quitó el pulgar de la boca y le susurró.
– ¿Tienes una manzana?
– Hermano. – Torsten, El Oso se acercó a ellos. – Veo que Haski todavía quiere arrancarte trozos de tu cuerpo.

El corazón de Elaina dio un vuelco. Nunca había visto a un hombre que irradiara tanto peligro y poder. Retrocedió un paso, para protegerse con el fuerte cuerpo de Jarvik. Él le apretó el hombro para calmarla.


– Tranquila, esposa. Sí, el semental que me diste cuando gané mi propiedad aun me muerde cada vez que tiene una oportunidad. El porque lo entrenaste para hacer eso, todavía es algo que no puedo entender.
Torsten se agachó para recoger a Inga.
– Aquí está tu manzana, querida. No necesitas robar más de la cocina. Ainslin, ¿por qué estás aquí? ¿No estuvimos de acuerdo en que no deberías estar en el aire frío de la noche?
Ainslin rodó los ojos.
– No. No estuvimos de acuerdo. Tú lo ordenaste.
– Fue una sugerencia, elska. Estoy preocupado por ti y el bebé.
– ¿Por qué no estás supervisando a Rob y Brom en su entrenamiento? – Con las manos en las caderas y la barbilla levantada hacia adelante, Ainslin dio una patada en el suelo. Ver a una mujer desafiando a un peligroso guerrero, conocido en muchos países, sorprendió a Elaina.

– Dejé a nuestros hijos en las buenas manos de Magnus cuando descubrí que la esposa que yo pensaba que estaba descansando, decidió ayudar a la tabernera con los sacos de lúpulo. Ainslin, se razonable. Está embarazada. No puedes levantar un carrete de lana y mucho menos sacos de lúpulo.


– ¡Que fastidio ! ¡Que nos salven de todos los guerreros y esposos estúpidos! Y ni una palabra, Njal. ¿Te lo puedes creer? Él no me deja montar. Te juro que la próxima vez que esté esperando un hijo, no lo sabrá hasta el día del parto. – Dijo Bettina entrecerrando los ojos.
Njal cogió a su hijo, Saxski, de los brazos de Bettina.
– Sabes bien lo que pasará si te encuentro montada en un semental. Si fuera tú, yo ataría a Ainslin a la cama, Torsten.

– ¡Levantando sacos de lúpulo! – Njal soltó un bufido. – ¿Llevamos a nuestras esposas e hijos a sus habitaciones?


– Si. Creo que todas son igual de obstinadas y poco razonables. – Torsten miró a su esposa. – ¿Vas a ir andando o tengo que cargar contigo?
Elaina no se sorprendería si viese llamas salir de los ojos de Ainslin cuando ella miró a su marido. El silencio invadió el patio. Elaina contuvo la respiración convencida de que El Oso iba a explotar.
Pero en vez de eso Torsten dejó escapar un profundo suspiro.
– Vete con mamá, Inga.
Ainslin parpadeó pero cogió a Inga de los brazos de Torsten, entonces él las levantó a las dos.
– Ni lo pienses. Voy a ir andando, Njal. – Bettina resopló su afirmación.
– Hermana. – Gaierla tiró de la manga de Catriona. – ¿Puedo ir a ver a los gatos? ¿Por qué quiere el tío Njal que el tío Torsten ate a la tía Ainslin a la cama?
– Te lo contaré cuando crezcas, Gaierla. Y si que puedes ir a ver a los gatos, pero te quiero de vuelta antes de que el sol se ponga. – Cuando Gaierla se giró, Catriona la agarró de su vestido marrón. – ¿Y tus modales?

– Lo siento, tío Jarvik, tía Elaina, hermana. – Gaierla se inclinó en una elegante reverencia. – Os pido permiso para retirarme.


Todos observaron cuando Gaierla dio dos pasos recatados, pero el tercero se convirtió en un paso más amplio antes de que se echara a correr. Catriona movió la cabeza.
– Tantas preguntas y tanta vitalidad. Me temo que nos mantendrá siempre alerta a Ruard y a mí.
– ¿Ya no te preocupa que tenga recuerdos de las mazmorras? – Preguntó Jarvik.
Catriona se volvió y sacudió la cabeza.
– Estás confusa por lo que ha preguntado Jarvik, puedo verlo claramente, Elaina. Mi hermana fue encerrada por un Conde durante un breve período de tiempo. Njal la rescató y la mimó terriblemente en el viaje de regreso a nuestro castillo. Estoy segura de que escucharás esa historia frecuentemente, Elaina. Además, Gaierla cree que es nórdica.
Catriona puso los ojos en blanco y sonrió. – Y las historias del dios Thor le causan una gran fascinación. Ella tenía la esperanza de casarse con Thor, luego cambió a Njal, y una vez que conoció a Jarvik, decidió que él sería su esposo.
Ah, eso explica las quejas de la niña. Elaina no pudo dejar de sonreír.
– Con tu permiso, me gustaría que Gaierla conociera a mis niñas, Kateri y Kitti. Hemos vivido aisladas y creo que necesitan pasar tiempo con otros niños.
– Es una idea brillante, Elaina. Gaierla va a saltar de alegría ante la idea de hacer de madre de dos bebés. Se siente muy molesta por el hecho de que Brom y Rob sean mayores y la mitad de una cabeza más altos que ella. Me aseguraré de que todos los niños pasen la mañana en el mirador. Tenemos un cuarto de juegos allí.
A Elaina le gustó Catriona. Era sencilla, miraba directamente a los ojos con sinceridad.
– Me gustaría conocer a los otros niños también y pasar algo de tiempo con ellos. – Dijo Elaina.

– Te puedo asegurar que no voy a perder la oportunidad de que conozcas a mi hijo, Finn. Pero primero tenemos que prepararnos para la cena. Jarvik, escolta a Elaina a la cámara de Deidra. – Las mujeres fueron hacia el salón donde los hombres estaban sentados para la cena. – Necesito encontrar a Ruard y a Magnus. Nos vemos pronto, Elaina, Jarvik.


Con eso Catriona, se volvió y se dirigió hacia la cocina. Elaina pensó en lo que había escuchado.
– ¿Es normal que los maridos noruegos aten a sus esposas a la cama?
Él se echó a reír.
– No te he oído quejarte esta mañana, dulzura.
– ¿Y puede una esposa atar al marido? – La idea la atraía enormemente.

Jarvik gimió.


– Tal vez... si yo pudiese verte antes darte placer a ti misma.
Ella se volvió, apoyó las manos contra su fuerte pecho y reuniendo su coraje susurró.
–  Me gustaría ver como tú también te das placer. Me encanta tu polla y me encantaría descubrir todos tus secretos.
– ¡Freya, ayúdame! – Él la aplastó contra él. – No cambies nunca, esposa. Nunca.

– Jarvik. – Una profunda voz masculina lo llamó. Cuando Elaina trató de levantar la cabeza, Jarvik la apretó más.


– Es mi hermano, Ruard. El Cazador de Dragones. ¿Qué pasa?
– Lleva enseguida a tu esposa a su cuarto y luego reúnete con nosotros, antes de presentarte al Rey Cnut. ¡Date prisa! Llegan problemas.
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