Jianne Carlo Serie Guerreros Vikingos 5 – El Seductor Argumento



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Capítulo 5
– ¿Qué pasa ahora? – Jarvik se quitó las botas y comenzó a desatarse los pantalones.
Magnus había construido su cabaña de baños a medida de sus gigantescas proporciones. La estructura de madera y piedra tenía cinco metros y medio de alto, y la piscina que estaba excavada en el suelo era dos veces más larga, ancha y profunda que una normal. Las piedras calientes del foso, lanzaban nubes de vapor perfumado alrededor de la cámara.
– El Rey Eogan llega mañana. – Torsten, ya desnudo y en el agua, apoyó la cabeza en sus manos. – Va a reclamar a las hermanastras de Elaina.
– ¿Cómo sabes eso? – Jarvik se desprendió de su túnica.
– El Rey Cnut decidió apoyar al primo del Rey Eogan, Habren, en su lucha por el Reino de Strathclyde. Valan, La Víbora, el jefe Highlander, tiene espías entre los hombres de Eogan.
Njal sumergió una jarra en el agua.
– Valan me ha enviado una carta para avisarme.
Ruard se zambulló en el lado más profundo y salió entre Torsten y una esquina.

– Es una suerte que Eogan, el muy bastardo, no dejara testigos cuando asesinó al Rey Crinán y a su familia.


– Es verdad, él no puede probar que las niñas no son de Elaina. O tuyas. – Magnus, desnudo como el día en que nació, encendió una lámpara que colgaba. – Y es una maldita suerte que mi Deidra descubriera las sábanas manchadas, antes de que nadie más en el castillo las viera. Tú reclamaste a las niñas la pasada noche, pero eso no será suficiente. Debes alegar que eres su padre.
Un atisbo de remordimiento sacudió el pecho de Jarvik. No se había dado cuenta del nivel de su obsesión por Elaina. Realmente había querido que todos supieran que ella era virgen y no la concubina de la que todos hablaban.
– Todo el mundo sabe que el Rey Crinán se casó con Maude y ella le dio dos bebés.

– Si. Pero nadie de los que vieron a las niñas sigue vivo. – Njal vertió una jarra de agua sobre las piedras calientes. El denso vapor siseó y se elevó formando lentas espirales, hacia el techo de madera. – Y Elaina no se ha dejado ver desde hace dos veranos. ¿Quién negará que reclames a las niñas como tuyas? Has podido estar buscando todo ese tiempo a Elaina. La encontraste en dos ocasiones y la poseíste. Ella no se quería casar con un vikingo y huyó.


– ¿Ya has extendido esa historia, hermano? – Jarvik estudió minuciosamente el estoico rostro de Njal. Era imposible adivinar los pensamientos de su hermano, lo que le volvía tan exitoso en su cometido como Pacificador del Rey
– Si, la extendimos todos. Y también se la he contado hoy a Máel Coluim. No apoyará a Habren, existe mucha enemistad entre los dos hombres. Y Cnut no apoyará a ningún otro que no sea Habren. – Njal se pasó las manos por su largo cabello negro que le llegaba hasta los hombros. – Me temo que en este asunto, ninguno de los dos está de acuerdo en nada.
Jarvik se apoyó contra una suave piedra y dejó que el agua caliente acariciara sus hombros.
– ¿Y si no pasa nada? Es solo una idea siniestra. ¿Pero... y si tanto Habren como Eogan fueran asesinados por los Normandos?

Sus cuatro hermanos lo miraron y Jarvik tuvo que contener un gemido. Era raro que él tomara la iniciativa en la elaboración de un plan. No solía ver los fallos de sus intrigas.


– Sería la oportunidad que Máel Coluim está esperando. Y a Cnut, El Grande, no le gustan las invasiones de los Normandos por el sur de la frontera. – Torsten se frotó la barbilla. – Njal, Magnus, Ruard, ¿tenéis alguna reserva con este plan?
– A menos que te refieras a que eso significa que no dormiremos esta noche. No. – Contestó Magnus sacudiendo su cabello mojado y echando agua por todas partes. – ¿Quién se quedará para mantener ocupados a los Reyes?
– Tú eres el anfitrión, así que tienes que quedarte.
– Estoy de acuerdo con Njal. – Torsten cogió una toalla y se secó la cara. – La suerte realmente nos sonríe. Cnut viaja con su codiciosa esposa, Aelfgifu. Y a ella le gusta Ainslin. He aprendido a no subestimar la influencia de una mujer sobre su esposo.
– No he oído nada más cierto desde que pronuncié mis votos. – Ruard dejó escapar un largo suspiro.
– Yo tampoco. – Concordó Magnus también, apoyando la cabeza en sus manos. – ¡Lo juro! Deidra y sus mascotas serán mi muerte. ¿Os habéis dado cuenta de que mi cabello es más débil? Es por arrancármelos de raíz.

– Al menos tu esposa supervisa sus obligaciones femeninas. Bettina huye a cazar jabalíes. Mi esposa es una bruja. Bettina tardó tres lunas en decirme que llevaba en su vientre a Saxski. Si ahora no contara los días entre sus periodos, juro que no me habría dicho nada sobre el nuevo bebé hasta que se le notase el vientre redondo. – Njal meneó la cabeza. – Las canas en mi cabello crecen más con cada nuevo amanecer.


– ¿Cuentas los días de Bettina? – Jarvik miró a su hermano mayor. – No es muy viril para un guerrero admitir eso.
– Ya aprenderás. – Ruard rodó los ojos. – Solo llevas casado un día y una noche. Y si Elaina es tan terca como Catriona... Te compadezco, hermano. Prefiero luchar contra mil guerreros que pasar nueve lunas con Catriona embarazada.
Jarvik no podía creer que sus hermanos se hubieran convertido en esclavos de sus mujeres. – El deber de una mujer es tener hijos. No veo cual es el problema. Una vez que la simiente de un guerrero echa raíces no hay nada que él pueda hacer. El resto depende de la mujer.

Risas, carcajadas y más risas rebotaron en las paredes de piedra.


– Te voy a decir algo... – Njal movió la cabeza pacientemente.
El rostro bronceado de Ruard palideció.
– No se lo digas. Ni una palabra, Njal.
– ¿Crees que Catriona no se lo contará a Elaina? Todas las mujeres siempre lo saben todo. Es casi imposible mantener un sólo secreto entre hombres. – Njal resopló. – Cuando Catriona está embarazada, le apetecen tartas de manzana. Y desde que intentaron envenenar a Ruard, él no puede soportar el olor de las manzanas asadas.
Con la mención de las manzanas, Ruard realmente se puso tan verde como un hombre dispuesto a vaciar el estómago.
– ¿Tienen que ser tartas? – Preguntó Jarvik. – Ella puede comerse las manzanas frescas en vez de asadas.
– Ya aprenderá. – Volvió a repetir Njal mirando a Torsten, Ruard, y Magnus. – En realidad, voy a disfrutar mucho viendo como al Seductor le dan su merecido.

A diferencia de vosotros, yo tengo a Elaina comiendo de la palma de mi mano.


Los abucheos, silbidos, gritos y rugidos de sus hermanos casi levantaron las vigas del techo. Jarvik se prometió mostrarles lo fácil que había sido entrenar a Elaina. Esta noche, ella lo alimentaría eligiendo las mejores carnes, lo elogiaría y se lo agradecería y sonreiría dulcemente a todos.
Torsten se ofreció a informar de sus planes a las mujeres, mientras que Jarvik, Njal, y Magnus se reunían con los dos Reyes.

***

Los tres hermanos esperaban a los monarcas en una cámara adyacente al gran salón, que habían elegido por sus gruesos muros y la falta de muebles. Para Njal era el sitio más adecuado para las negociaciones, ya que era un lugar propicio para defenderse en caso de que lo necesitasen.
La preocupación tensaba los músculos del cuello de Jarvik, incluso después de una larga inmersión en la cabaña de baños.
– Pacificador. – Cnut el Grande, atravesó la puerta, a grandes zancadas con sus largas y poderosas piernas hasta que estuvo cerca de Njal. – Cazador de Dragones, Seductor. No te he visto desde hace muchas lunas. ¿Dónde está El Oso?
– Supervisando la visita de tu Reina. – Njal y Torsten habían planeado conspirar con la egoísta esposa de Cnut, para que sirviera de distracción al Rey.

– A Aelfgifu le gusta Ainslin. Estoy satisfecho con la decisión adoptada por el Oso de ocupar su propiedad en Cumbria. Eso ayudará a proteger la frontera. – Cnut se balanceó sobre los talones. – Acércate Malcolm.


Nadie, excepto el Rey Cnut, se atrevía a llamar al Rey Máel Coluim por su nombre.
– Cnut, El Grande. No es frecuente verte viajar por la frontera. – Máel Coluim, al igual que Cnut no llevaba armas, ni tampoco ninguno de los demás hombres que se encontraban allí.
– El Pacificador cree que vamos a tener problemas con los Normandos.
El Rey escocés se detuvo. Su ceño se frunció cuando apretó los labios.
– Me gustaría escuchar eso después de haber cenado. Y después de saludar a tu esposa con quien te casaste la pasada noche, Seductor.
Jarvik peleó junto al Rey Máel Coluim durante un invierno, por eso conocía bien las señales que mostraban que el monarca estaba furioso. ¿De qué se habría enterado el Rey?

– Sugiero que vayamos al gran salón. – Cnut acarició su perilla. – He aprendido que es mejor no arriesgarse a la ira de mi Reina. Está muy satisfecha con la novia del Seductor. También he oído comentarios acerca de la joven, y me gustaría saber la verdad de esta historia.


Cada vello del cuerpo de Jarvik se erizó. No podía arriesgarse a la ira de los dos, tanto de su Lord feudal como del Rey Máel Coluim. Tal vez debería haber permitido que Elaina continuase con su disfraz.
Los hermanos intercambiaron miradas desconfiadas, pero no tenían nada que ganar y mucho que perder si se negaban a cumplir la orden de un Rey.

Jarvik escudriñó el abarrotado salón, notando que todo estaba en orden. Acompañó a los monarcas y a sus hermanos a la mesa principal, y con el ánimo sombrío ocupó su lugar. Las mujeres aún no habían llegado y los hombres empezaron a hablar de nuevas armas, tácticas de batalla, y de los Normandos. La conversación en voz baja en la mesa contrastaba con el murmullo del salón lleno de hombres. Ninguna de las mujeres estaba a la vista. Incluso las sirvientas de la cocina habían desaparecido.

Los muchachos de la cocina dejaban en las mesas las cestas de pan que llevaban. El hambre agravado por el aroma del pan recién horneado, competía con el olor a pino que fluía de los juncos del suelo.
Magnus examinó el salón.
– ¿Dónde están las mujeres?
– Tal vez la Reina las ha retrasado mientras conversa con Elaina.
Jarvik ya había visto a Aelfgifu retrasar a la Corte durante muchas horas.
– No tiene importancia.
– Eso no es verdad. Los pelos de la nuca se me están erizando como un gato delante de una manada de lobos. – Magnus se frotó la parte de atrás del cuello. – Siempre tiene mucha importancia el que todas las mujeres desaparezcan al mismo tiempo.
– ¡Por Odin! – Njal dejó su copa sobre la mesa con tanta fuerza que el vino se derramó. – ¡Te envidio, hermano!
– ¿Qué? – La cabeza de Jarvik se volvió hacia la dirección de la mirada de Njal. Su vara se hinchó ferozmente.
Magnus y Njal agarraron a Jarvik de cada brazo.
– ¡Quédate sentado!

– ¡Por Odin! Mañana voy a taparla de la cabeza a los pies, después de que le haya zurrado el trasero. – La piel de Jarvik estaba muy caliente y las gotas de sudor le brotaban de las sienes deslizándose por el rostro.


Elaina estaba vestida como una concubina árabe. Llevaba un corpiño, corto y estrecho que mostraba sus magníficos pechos a la perfección. Su ombligo descubierto tenía incrustado un rubí. Jarvik apretó los puños.
Después de que la mandíbula del Rey Cnut volviera a su posición normal, se tocó la perilla y preguntó.
– ¿Qué tenemos aquí?
Elaina se acercó hasta el estrado para quedarse frente a Cnut y a Máel Coluim, con Ainslin en un lado y la Reina Aelfgifu en el otro.
El ruidoso salón se había quedado en silencio. Ningún perro gruñía, ni un solo gato maullaba. Incluso las crepitantes llamas de la chimenea parecía que habían cesado de hacer cualquier sonido.
Las tres mujeres se inclinaron en una reverencia y fue entonces cuando Jarvik pudo apreciar las curvas de las caderas de Elaina enfundadas en sus pantalones de harén, marcando su trasero e insinuando sus largas piernas en la fina tela que se sujetaba a los tobillos con unas cadenas de oro. Las campanillas en sus pies sonaron cuando ella se movió, después de que el Rey hiciera un gesto para permitir a las mujeres que se levantasen.

La Reina Aelfgifu colocó su robusta figura frente a las otras dos mujeres.


– Escucha esta historia tan fascinante, esposo, Rey Máel Coluim. Os presento a la Princesa Elaina, hija del Rey Crinán de Strathclyde. Tengo las copias de las cartas enviadas hace muchos años por el Jarl Torsten, El Oso del Norte, al Rey Crinán para proponer el compromiso de su hermano con Elaina. Han pasado casi tres años desde que los invasores nórdicos destruyeron la fortaleza y el castillo de Strathclyde, matando a todos. Elaina pudo escapar de la masacre de la fortaleza. Estaba tan aterrorizada que huyó y se refugió con la Princesa Deidra.
– Seductor, ¿esta es la mujer con quien te casaste anoche? – El rugido del Rey Máel Coluim resonó estrepitosamente en el silencioso salón. – ¿Has engañado a tu Rey como si fuera un idiota?

– No. Mi hermano nunca se arriesgaría a tu ira, Majestad. – Torsten se levantó. – Estuvo buscando durante muchas temporadas a la Princesa. Las dos veces que la encontró, él la reclamo a la manera vikinga.


– ¿Violó a su prometida? – La indignación de la Reina fue evidente en sus ojos brillantes y por la manera en que puso las manos en sus anchas caderas.
El Rey Cnut se encogió de hombros.
– Eso es muy normal en los países nórdicos Aelfgifu, aunque nosotros no tuvimos que usar esa costumbre. ¿Qué es lo que quieres de mí, esposa?
– Me gustaría que pidieses al Papa que bendijese esta unión. Y también quería tu aprobación al matrimonio.
– ¿Y tú, Princesa Elaina? Te escapaste dos veces de este hombre, pero pronunciaste tus votos anoche. A los ojos de la Santa Iglesia estás casada. – El Rey Cnut arqueó una ceja y fijó sus ojos azules en Elaina.
Jarvik contuvo la respiración.

– Mi señor, Jarvik reclamó a nuestras hijas antes de la ceremonia de anoche. Eso es lo que yo quería y lo que él se había negado a hacer antes. Estoy de acuerdo con las palabras de la Reina. Desearía que Su Majestad y Su Santidad bendigan nuestra unión. – Las rodillas le temblaban y tuvo que apretar los puños con tanta fuerza, que los nudillos se le pusieron blancos.


– ¿Son tuyas las niñas que nos han sido presentadas antes, Seductor? – Preguntó Cnut gesticulando hacia Jarvik para que se pusiera delante de él.
– Si. – Él se apoyó en los hombros de sus hermanos y saltó sobre la mesa, derribando la copa de Njal. – ¡Elaina y las niñas son mías!
Jarvik se quedó entre Ainslin y Elaina. Ella escuchó su voz ronca, vio el brillo de sus ojos, y se estremeció.
– ¿Puedo pedirte permiso para llevar a mi esposa a nuestra cámara? – Preguntó Jarvik.
– ¡No! – Rugió el Rey escocés. – Tiene que explicar porque está vestida así.
Elaina enderezó los hombros.
– Porque soy la hija de una concubina.

– El Rey Crinán y su esposa se casaron delante de un sacerdote. – Gruñó Jarvik.


Elaina se estremeció.
– Tenía miedo de ser asesinada si alguien supiese o sospechara de mi identidad. Tuve que rellenar mi ropa, oscurecer mis cejas y dientes, y utilizar piedra caliza mezclada con manteca de cerdo para que mi piel pareciese pálida. A Jarvik no le importó mi apariencia, ni me tomó por la fuerza. Él es El Seductor. No sabía quién era al principio, pero cuando me enteré de que era un vikingo, me entró el pánico. – Su garganta estaba seca, y tuvo que tragar tres veces.
Jarvik la agarró del brazo.
– Mi esposa me honra, Alteza. Me estaba bañando en el lago y cuando la vi sin su disfraz, la deseé. No fue hasta que tomé su virginidad que no reconocí quien era ella.
Cnut se rió.
– Seductor, nunca dejas de sorprenderme. Robaste la virginidad que te pertenecía. Y aun así, ¿la dejaste escapar?
Jarvik apretó el brazo de Elaina con fuerza.
– Me ha causado muchos problemas, Alteza. Pasó una temporada completa antes de que sospechara que la curandera de la aldea era en realidad la sirena del lago.

– Y sin embargo, volviste a tomar lo que era tuyo. – La furia enrojecía las mejillas de Máel Coluim. Hundiéndose en su silla, tomó un sorbo de vino sin apartar su atención de Elaina, consiguiendo que ella deseara estar vestida con una camisa, un vestido y una toca, o cualquier otra ropa que no fuera la que llevaba puesta.


– Pensé que sería más fácil convencer a una mujer feliz que a una reacia, Majestad.
– Está la cuestión del Reino de Strathclyde. – El Rey Máel Coluim, miró a Jarvik y a Elaina de arriba a abajo. – Tu tío Eogan es el nuevo Rey. Por derecho, él debería de haber firmado los acuerdos del compromiso.
– Ya está hecho, Malcolm. Si el Seductor está seguro de que las niñas son suyas, yo no negaré la unión. Tendréis que renunciar los dos a cualquier derecho sobre Strathclyde. Y voy a querer tu voto de obediencia Jarvik, después de la misa de la mañana. – El Rey Cnut no permitió que nadie contradijese sus órdenes, pasando su mirada por cada hombre y mujer que estaban en el salón.

– ¿De acuerdo, Seductor? Te veré en el campo de entrenamiento de madrugada. – La malvada sonrisa del Rey Máel Coluim provocó escalofríos en la expuesta piel de Elaina. – Te doy permiso para que te lleves a tu esposa y regrese vestida normalmente.


– Como desees, Majestad. – Jarvik se inclinó y dio varios pasos hacia atrás, arrastrando a Elaina con él. Una vez que ya no podían ser oídos por los monarcas, Jarvik susurró irritado. – Sube las escaleras hasta nuestro cuarto, cámbiate de ropa y vuelve. Si no estás aquí antes de que los platos de carne estén sobre la mesa, te iré a buscar. Y Elaina... Mi búsqueda incluirá mi mano varias veces en tu tentador trasero.
El temor aceleró sus pasos y Elaina casi voló hasta su habitación para ponerse el vestido viejo que llevaba antes. Sus pechos habían aumentado durante su tiempo como curandera, y el corpiño revelaba mucho más de lo que a Jarvik le había gustado. ¡Virgen María! ¿Qué le haría él cuando estuvieran a solas?
La mirada de Jarvik mostró su irritación en el mismo instante en que ella entró en el salón. Él no entendía lo que era ser conocida sólo como la hija de una concubina. Ahora que había reclamado a Kateri y a Kitti como sus hijas, las niñas también podían ser insultadas como lo había sido Elaina. Jarvik creía que por haberse casado con Elaina, ella sería aceptada. Elaina sabía que eso no ocurriría.

Los susurros comenzaron cuando Elaina atravesó el salón para dirigirse al estrado. Levantando la barbilla apretó la mandíbula. Nadie tenía que notar como temblaba por dentro, o como el olor de la comida le producía nauseas, o como anhelaba golpear a los hombres que se reían mientras ella pasaba a su lado.


Jarvik se levantó cuando Elaina se acercó al banco y ayudándola a sentarse, pasó un brazo alrededor de su cintura y la atrajo hacia él.
– Me alegro de que te dejaras el cabello suelto esta noche. Es precioso. Pero tengo que terminar una discusión contigo, esposa.
Ella parpadeó y retorciendo los dedos bajó la cabeza.

¿Iba a discutir con ella en frente de todos esos nobles?
La mano de Jarvik levantó la barbilla de Elaina.

– No me has robado muchos besos hoy, así que me corresponde robártelos a ti esta noche.


Lágrimas retenidas nublaban la visión de Elaina.
– ¿Quieres que actúe como la hija de una concubina?
– No. Quiero que cada hombre, mujer y niño en este salón sepan que Jarvik, El Seductor, no tiene ojos para nadie más que para su esposa. Mírame, dulce. – La mirada de Jarvik se clavó en la suya. Elaina sintió su agitación y supo que él estaba hirviendo de furia. – Quiero que sepan que El Seductor valora a la Princesa Elaina por encima de todo lo demás. Que él va a elegir los mejores manjares para ella y que no aplacará su hambre, hasta que ella no esté completamente satisfecha.
Elaina parpadeó y levantó la cabeza. Conmovida, le llevó unos momentos conseguir hablar.
– Te prometo que nunca te voy a dar una razón para que me dejes. Jamás pondré los ojos en otro hombre.
Jarvik le rozó los labios con los suyos. Y tal y como le había prometido, estuvo pendiente de Elaina durante toda la cena.
– Deidra me contó que le habías enseñado a sustituir la carne y el pollo, por otros alimentos.
– Yo como pollo, pero Deidra es reacia a comer cualquier animal. Sospecho que tendría que convencerla de que por lo menos comiera ostras, pescado o anguila. ¿Puedo ofrecerte un poco de comida, mi señor?

– Más tarde. En nuestra cámara. – Contestó abriendo una ostra. – Me gustaría que después me alimentaras con las bolas de cacao que a Magnus le gustan tanto.


Inmediatamente Elaina sintió que su sexo se preparaba para recibir su vara, para las deliciosas embestidas que alimentarían su placer. Sus palabras y el ardiente deseo en los ojos de Jarvik encendieron un fuego en el vientre de Elaina, un fuego que se extendió por todo su cuerpo al mismo tiempo, irradiando desde sus pies enfundados en delicadas zapatillas hasta su cabeza, para concentrase finalmente en sus pliegues.
– Te ruborizas de una manera encantadora. Tengo hambre de ti, esposa. – Dijo cogiendo un trozo de puerro y cubriéndolo de crema de mantequilla, acercando después el pedazo a los labios de Elaina. – Tal vez podamos llevarnos un poco de crema de leche y algo de fruta cuando nos vayamos del salón.
¿Cuántas mujeres habrían recibido las mismas atenciones por parte de su marido? Elaina lo observó mientras preparaba un trozo de pescado con un pedazo de nabo.

– Cuéntamelo, esposa.


Elaina curvó sus labios mientras sus ojos se encontraban.
– ¿El qué mi señor?
– El pensamiento que ha ensombrecido tu sonrisa deslumbrante. – Dijo él cogiendo su mano y besándole el pulso de la muñeca, con una clara inquietud brillando en sus ojos azules.
– No es nada. Solo un pensamiento estúpido.
– Eso no es verdad. Estabas pensando en el pasado del Seductor, puedo verlo en tus ojos. Piénsalo de esta manera; es un pasado que te proporcionará un gran placer. Y en el que he pasado los días desde que dejé el castillo de tu padre, preparándome para ti y solo para ti.
– ¿Quieres que me crea que ha sido como un entrenamiento?
– Sí, puedes estar segura de eso, esposa.
¿Cómo podía ser la sonrisa de alguien tan perversa, tan tentadora y tan llena de promesas y de calor? Elaina no supo si resoplar, golpear el suelo con el pie o besarlo. Tan distraída estaba por los suaves labios que le habían dado tanto placer, que tardó en notar los suspiros, gritos y los silbidos que se extendieron por el gran salón.

– Creo que mañana voy a tener que pasar el día entero en el campo de entrenamiento. Mira hacia allí, Elaina. – Jarvik hizo un gesto con la cabeza hacia las escaleras.


Elaina se dio la vuelta en su asiento y se le cayó la mandíbula. Ainslin, Catriona, Bettina, Deidra y Gaierla, caminaban hacia los dos monarcas vestidas como Elaina lo había estado antes, como concubinas de un harén; con pantalones, corpiños apretados y el ombligo enjoyado al descubierto. Elaina se llevó las manos a la boca, pero fue en vano. No pudo reprimir la risa que brotó de su boca.
Jarvik se levantó, pero no pronunció ni una palabra ni hizo ningún movimiento, sólo observó a sus hermanos, que miraban en su dirección, y entonces toda la furia del infierno estalló.
Torsten saltó sobre la mesa, haciendo que los platos de comida volasen por el aire.

Magnus rugió. – ¡Deidra!


Ruard golpeó la cabeza contra la mesa. Una vez. Dos veces. Tres veces.
Njal saltó del banco y persiguió a su esposa.

Un gran alboroto estalló en el gran salón. Los gatos maullaron cuando los muchachos de la cocina, sirvientas y caballeros se empezaron a incorporar y a mover por la sala, mientras que los dos monarcas se levantaban.


Cnut, El Grande, se palmeó el muslo y dando otra palmada sobre la mesa, se echó a reír. Pero su alegría terminó con un grito cuando vio que la Reina Aelfgifu seguía discretamente a las esposas de los guerreros vikingos, vestida de la misma manera.
Todas las mujeres se pararon delante del estrado, donde estaban los dos Reyes.
Máel Coluim, que no tenía que preocuparse por una esposa, se sentó de golpe en el banco con lágrimas resbalando por su rostro, y sujetándose el vientre, riéndose a carcajadas.
– ¡Esposa! – El grito estridente de Cnut resonó en el salón. – ¿Qué broma es esta?
– No culpe a su esposa, Alteza. – La musical voz de Ainslin y su suave manera de hablar, calmó el ruido de la multitud. – La Princesa Elaina ahora es una hermana para mí, para todas las demás mujeres de este castillo y para cualquier persona que desee la paz. Quiero que todos sepan que será tomado como un insulto personal hacia mí, hacia mi marido, El Oso del Norte, y hacia todos sus hermanos y esposas, el que una sola persona hable mal o insulte a la hija de una concubina.

– Toda la gente sabe que Elaina se refugió en la propiedad de mi padre y que era nuestra curandera. El Seductor tomó su virginidad allí, y yo guardé la evidencia. – Deidra señaló hacia las escaleras, donde dos muchachos estaban esperando. – Colgad la sábana. Ahí está la prueba de la virginidad de Elaina. Ella llegó virgen a Jarvik y desde este día en adelante, será conocida como Elaina, La Virtuosa.


Mientras Deidra hablaba, cada guerrero vikingo se había ido colocando detrás de su respectiva esposa. Elaina estaba maravillada por el hecho de que todos estaban controlados y ninguno de ellos había perdido la paciencia. ¿Sus cuñadas creían que eso funcionaría? Ella negó con la cabeza pensando que solo podría contar con las cuatro mujeres, o mejor dicho, cinco, ya que la Reina también se había convertido en su aliada.
El silencio reinó por unos momentos. Entonces, Máel Coluim, que ya se había calmado y se le había pasado el ataque de risa, se levantó cuando Cnut habló.
– ¡Un brindis! ¡Por estas mujeres y por una Reina que sabe corregir errores! ¡Y también por las mujeres vikingas y su valor! ¡Alabado sea el Señor por haberme concedido a una buena Lady escocesa como Reina!

– No estás sorprendido. – Elaina observó el rostro sonriente de su esposo. – Esa fue la razón por la que no te pusiste furioso antes, cuando yo iba vestida así.


Jarvik le agarró la mano y tiró de ella para levantarla.
– Ese no es cierto, esposa. Me puse muy furioso, pero Ainslin ya lo había decidido. Te castigaré más tarde por no haberme advertido de tus intenciones. Ven. Vamos a acercarnos a mis hermanos y a sus esposas.
La situación no duró más que otro brindis del Rey Cnut. Elaina trató de no reírse cuando El Oso trató de lanzar a su esposa sobre su hombro. Ainslin ahuecó la mano en el oído de su marido y le susurró algo. Dos círculos de color rojo marcaron el rostro del Oso.
Y lo mismo sucedió con cada uno de los hermanos. Elaina solo pudo mirar sorprendida e incrédula, cuando cada guerrero envolvió a su esposa en una manta, para a continuación salir del salón en diferentes direcciones.
– Vamos a la torre. – Jarvik la empujó hacia delante, apoyando su mano en la parte inferior de su espalda.
– El Rey aun no ha salido del salón. – Elaina aceleró el paso para seguir Jarvik.

– Apuesto a que Cnut se llevará enseguida a su Reina a su cuarto. Es un hombre vigoroso, y ella sólo tiene que sonreír de cierta manera para que desaparezcan. – Jarvik se detuvo en lo alto de las escaleras. – Magnus y Deidra han dispuesto una cámara para Cnut. Ellos se irán a la cabaña de baños. Torsten siempre ha preferido la intimidad de una de las cabañas que hay en la propiedad y allí es donde se dirige con Ainslin. Njal y Bettina ocupan una torre, y Ruard y Catriona están en la otra.


– ¿Y el Rey Malcolm?
Jarvik entrelazó sus dedos con los de Elaina.
– Él nunca duerme dentro de un castillo. Se queda en una tienda que ha montado en la colina. No es que espere que se vaya a dormir enseguida. Conozco a los dos monarcas desde hace tiempo y sé que Máel Coluim también saciara sus apetitos con alguna mujer, y cuando amanezca se reunirá con Cnut para completar las negociaciones.
– ¿Y tú, mi señor... Jarvik? ¿Pretendes pegarme?
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