JoaquíN Álvarez barrientos bartolomé josé gallardo (1776- 1852) y miguel de cervantes



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JOAQUÍN ÁLVAREZ BARRIENTOS

BARTOLOMÉ JOSÉ GALLARDO (1776- 1852) Y MIGUEL DE CERVANTES



Gallardo y el falso Buscapié cervantino

El episodio más conocido de las relaciones entre Miguel de Cervantes y Bartolomé José Gallardo es el que se refiere a su participación en la falsificación que llevó a cabo en 1848 Adolfo de Castro, autor de El Buscapié, la supuesta obra cervantina que el joven gaditano habría encontrado en una almoneda. El papel de Gallardo en este episodio consistió en desencadenar las dudas acerca de la autenticidad del hallazgo y en participar en la polémica a que dio lugar la publicación de la superchería.



El Buscapié se publicó en 1848 y en seguida conoció traducciones, reediciones y críticas. Es un caso de extraordinaria recepción de una obra de erudición en el mundo de la filología, como no podía ser de otra forma tratándose de Cervantes. En la polémica participaron importantes figuras del momento –desde Ticknor, Hartzenbusch y Cayetano de la Barrera, a Estébanez Calderón y Cañete--, y dio al joven Adolfo de Castro una fama mundial de la que supo aprovecharse. Pero, si Adolfo de Castro fue quien sacó la mejor tajada de esta ficción erudita, puede decirse con cierta razón que el impulsor de la mixtificación fue el mismo Bartolomé José Gallardo. Los motivos para perpetrar una falsificación son muchos y nunca baladíes, y menos aún si se refieren a la cultura. Requieren mucha preparación, mucho saber y gran paciencia, en este caso, para presentar un texto que se ajuste a las características internas y externas de otros similares del autor traicionado (u homenajeado). Adolfo de Castro se lanzó a imitar las maneras cervantinas, pero, como se adelantó, fue Gallardo el detonante. Durante la subsiguiente polémica recordaría que, en una conversación con amigos entre los que estaba el falsario, en 1844 y en Cádiz, se trató acerca de la existencia o no de la obra y entonces confesó que alguna vez, para burlar a los que se fascinan con “paparruchas literarias”, quiso componerlo para después, cuando se hubiese aceptado su autenticidad, quitarse la máscara y desautorizar a “los páparos i fazilitones” (1851, pp. 72- 73. Mantengo la ortografía del autor).

No fue Gallardo quien lo perpetró y sí, finalmente, Castro, aunque no para desengañar, y sí para añadirse a la larga lista de falsarios, así como para hacer realidad una leyenda que se arrastraba al menos desde 1759, cuando el conde de Saceda, supuestamente, muestra a Antonio de Ruidíaz el libro. Los testimonios dieciochescos se suceden, aunque con escasez, pero permiten trazar su secuencia hasta comienzos del XIX. En 1775, mientras prepara su Análisis del Quijote, que vería la luz en 1780 junto con la edición de la Academia, Vicente de los Ríos pide información a Ruidíaz acerca de la existencia o no de El Buscapié; y solo recibe una vaga contestación. Y en 1807, también en el marco de los trabajos de erudición que se llevaban entorno a Cervantes y su obra, Agustín García de Arrieta se entera de que en la biblioteca del conde de Fernán Núñez existió un ejemplar, comprado en Portugal según recordaba la condesa, que desapareció junto con otros libros, quemados por mandato de la Inquisición (Castro, 2005; también Santiago Páez, 2006).

Si Gallardo desencadenó la falsificación, fue después uno de los más activos desveladotes de la misma, aportando datos y argumentos que desmontaban las respuestas de Adolfo de Castro, todo ello reunido en Zapatazo a Zapatilla. Aunque El Buscapié se publicó durante todo el siglo XIX junto con el Quijote, el engaño acerca de la autoría cervantina terminó cuando Castro reconoció su papel en la ficción y no fue capaz de proporcionar el testimonio que todos le pedían, es decir, el original de Cervantes. Como les sucede a todos los falsificadores, perdió cuando le pidieron las pruebas. Gallardo quiso zanjar el asunto de ese modo; el único posible, por otro lado:

Ecshiba-le su publicador ante la Autoridad competente, para qe su letra, papel i contecsto sean examinados por Peritos Legales, con sujezión a los reparos críticos i observaziones paleográficas qe yo presentaré en su vista. [Y después] una Comision Docta compuesta de Individuos de las dos Academias Nazionales, de la Lengua, i de la Historia, dé justificadamente el fallo qe mas comvenga al honor de las Letras, al decoro Nazional, i al buen nombre de ZERVANTES. La cuestion es Europëa.

I resultando, como resultará indefectiblemente, ser suplantado el Buscapié, declare-se a la faz del mundo la supercherïa del falsificador; i en desagravio del ilustre MIGUEL DE ZERVANTES, como debido holocausto a sus manes ofendidos, los ejemplares del supuesto Buscapié sean quemados ante su estatua, i las zenizas esparzidas al viento (1851, p. 88).

El erudito y bibliógrafo extremeño había querido realizar la falsificación para desengañar y para asegurar los instrumentos de control de la República Literaria; el trabajo de Castro fue en sentido contrario: se sirvió de los medios filológicos e históricos para socavar las seguridades de la empresa filológica, como, por ejemplo, había hecho también José Marchena con su Fragmentum Petronii (2007). Por otro lado, Gallardo, como los contrarios a las falsificaciones, ve la implicación nacional de los hechos, la dimensión de Cervantes como emblema de lo español y cómo la cultura del país se jugaba su respetabilidad en Europa: “la cuestión es europea”. Por lo mismo pide que se solucione en seguida el entuerto y se tomen las medidas disciplinarias pertinentes, inquisitoriales, purificadoras: quemar los libros ante la estatua de Cervantes, que se había levantado en 1836 a petición de Mesonero Romanos y como parte del proceso de conversión del alcalaíno en escritor nacional (Álvarez Barrientos, 2007).

Detrás de esa actitud y de la polémica está su consideración de que Cervantes es el mayor representante de la cultura española y de que la falsificación se encuadra en la construcción de la Historia de la cultura. Aunque utilice fórmulas lúdicas, propias de la sátira y de la polémica, le interesa dejar claro, desde un punto de vista de historiador, lo que es auténtico patrimonio y lo que no, y salvaguardar a los verdaderos profesionales de los que sólo son advenedizos. En realidad, muestra la tensión entre dos actitudes frecuentes en muchos eruditos: la tentación de manipular y falsificar, apelando a la credulidad de los colegas, y la exhibición de rigor en la investigación, como muestra de valía. En cualquier caso, el rigor es necesario, tanto sise quiere fabricar una falsificación coherente y duradera, como si se quiere ofrecer un trabajo de investigación. Gallardo apuntó en su momento su intención de falsificar, pero cuando aparece El Buscapié se pasa al otro bando, o asume el otro personaje, el de erudito preocupado por la cultura nacional, y se reviste de los atributos necesarios para dotarse de autoridad y credibilidad. Los ataques que lanza a Castro para desprestigiarle y hacerle aparecer como alguien sin los suficientes conocimientos se anulan, conocidos los importantes trabajos que éste llevó a cabo, dentro y fuera del campo de la Historia literaria, algunos de ellos, directamente relacionados con el esclarecimiento de falsificaciones y atribuciones equivocadas, como la aclaración del autor de la Epístola moral a Fabio y del Centón epistolario del Bachiller de Cibdareal (Vallejo Márquez, 1997; Ravina Martín, 1999).
Gallardo y la obra cervantina antes de la polémica con Adolfo de Castro

La polémica sobre El Buscapié, si pudo tener cierta importancia en lo personal para Gallardo --a fin de cuentas le involucró como otras veces en una denuncia con juicio posterior--, no fue relevante en su trayectoria como cervantista y erudito. Frente a sus trabajos anteriores, es una anécdota. Por lo demás, moriría en 1852, un año después de publicar la colección de cartas a sus amigos que forma el Zapatazo a Zapatilla, sin haber dado a luz ninguno de sus proyectos cervantinos. Esos y otros trabajos habrían desaparecido el 13 de junio de 1823, día de San Antonio, mientras huían las Cortes a Cádiz. Al parecer la multitud saqueó su equipaje y, junto a valiosos libros antiguos, perdió importantes trabajos filológicos Rodríguez- Moñino, 1955, 1957, 1957b). Hubo quien puso en duda que hubiera realizado y perdido ese día tantas obras como señalaba, e incluso quien pensó que él mismo creó ese bulo para justificar su silencio y sus trabajos breves y acumulativos. Pedro Sainz Rodríguez (1989, pp. 197- 220) hizo un balance de su labor erudita, y comenta que Rodríguez- Moñino “se tomó muy a pecho” corregir los bulos y leyendas acerca de “la de San Antonio”.

Sus trabajos relacionados con Cervantes se enmarcan en una gran labor de construcción de la Historia literaria española. Como Menéndez Pelayo después (González Millán, 2006), él no escribiría esa Historia, pero sí acumularía los materiales y daría trabajos parciales suficientes para elaborarla y preparar el canon español, tanto como contribuciones relacionadas con diferentes aspectos de la lengua española. Por otro lado, con José Marchena y con Leandro Fernández de Moratín, Gallardo es de los pocos historiadores de la literatura que tienen una visión política de la misma y que la trasladan a sus trabajos. Iniciaron algo que también hizo Menéndez Pelayo, si bien su óptica era distinta. En una obra de Gallardo, publicada precisamente en 1848, cuando apareció la falsificación de Castro, hacía un catálogo de sus trabajos desaparecidos aquel fatídico día de San Antonio. Refiere los siguientes: una Historia de la crítica del ingenio español (en seis tomos); un Romancero y un cancionero, con disertaciones y más de cuatro mil romances; una Colección de poesías antiguas y modernas (diez o doce tomos); una Historia crítica del teatro, que dice haber empezado antes de la de Moratín; un Diccionario autorizado de la Lengua castellana (de unas ciento cincuenta mil cédulas); un Vocabulario americano; un Tesoro de voces y frases de la lengua española con autoridades clásicas; una Filosofía de la Lengua Castellana; una Prosodia, y diversos trabajos cervantinos.

Rodríguez- Moñino comenta que desde su juventud fue un apasionado de Cervantes y que tenía reunidas muchas noticias para escribir su biografía. En ello estaba cuando en 1809 Isidoro Antillón, liberal como él que acababa de ser nombrado archivero en el de Indias, descubrió, y se la pasó, la “Información de la vida y costumbres de Miguel de Cervantes”. Tras la Guerra de la Independencia tuvo que huir a Londres y allí le hicieron llegar copia de esa “Información”, como él mismo cuenta en el primer número de El Criticón. Durante el exilio se dedicó a preparar una edición nueva del Quijote que iría precedida por una Vida de Cervantes. Además de ofrecer un texto depurado y bien anotado, que aún se necesitaba, y de proporcionar esa biografía que contaría con novedosas informaciones, deseaba ilustrar el libro. Para ello quiso contar con la colaboración de Goya, cuyos dibujos para la edición de la Real Academia Española en 1780 no habían sido utilizados porque no gustaron. El Quijote londinense no se imprimió, de lo contrario habría sido otro ejemplo de colaboración hispano inglesa con relación a Cervantes, como en el caso de Mayans y lord Cartered en 1737. No se imprimió, en parte porque, entre tanto, Martín Fernández de Navarrete había publicado una nueva biografía de Cervantes empleando los datos del Archivo de Indias, y en gran medida porque el mismo Goya no quiso colaborar:

Tratando de publicar yo el Qijote ilustrado por los años de 1818 le escribí desde Londres por manos de Mr. J. Wétherel, suplicando-le me hiziese unos dibujos para las nuevas estampas qe pensaba poner a la obra; i me contesto qe aunque años antes había él ya pensado mucho sobre el Qijote i tenia fantaseados unos caprichos de Visiones de D. Qijote, sus años i zircunstanzias no le dejaban ya terminos hábiles (cit. por Rodríguez- Moñino, 1957, p. 43).
En el primer número de El Criticón (1835), dedicado a La tía fingida y a otros asuntos cervantinos, escribe a este respecto que esos caprichos habían de pintar las fantasías del caballero “por nuevo estilo […]. Solo el pensamiento éste de Goya es ya una creación artística, propia de su travesura” (1978, p. 176). Este trabajo de preparación de la edición lo perdió Gallardo en 1823, cuando “vinieron los sarracenos”, es decir, cuando entraron los Cien Mil Hijos de San Luis, terminó el Trienio Liberal y las Cortes tuvieron que salir huyendo. La Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, escrita e ilustrada con varias noticias y documentos inéditos pertenecientes a la historia y literatura de su tiempo, de Martín Fernández de Navarrete, había aparecido en 1819. Ya se dijo que utilizaba los mismos documentos que quiso trabajar Gallardo. Según cuenta él mismo en El Criticón y explica Rodríguez- Moñino, Fernández de Navarrete supo por el duque de San Carlos, director de la Real Academia entonces, que el extremeño preparaba un trabajo similar, y se adelantó. A su vez, al duque se lo comunicó el embajador en Londres, el conde de Fernán Núñez, que también había estado implicado en el asunto de El Buscapié, como se recordará. Espiaba a los exiliados en Londres y tenía controlado a Gallardo, hasta el punto de saber qué ocupaciones literarias le entretenían: un libro sobre Le retour de la Espagne vers le Barbarisme, otro que quizá sea el mismo, sobre La España o el Despotismo y sus trabajos sobre el Quijote. El embajador le vigilaba tan de cerca que tenía a su espía en el cuarto de al lado del de Gallardo (AHN, Estado, leg. 5219/ 8; Rodríguez- Moñino, La de San Antonio de 1823, cit., p. 45).

Cervantes, como objeto de estudio, padeció varias veces estas escaramuzas eruditas o los deseos de protagonismo de quienes se dedicaban a estudiar su vida y obra. Cabe recordar, respecto del descubrimiento de su partida de bautismo –que significaba situar correctamente su nacimiento--, la actitud de personajes tan respetados en nuestra historiografía, como Juan Iriarte, Mayans, Sarmiento, Martínez Pingarrón, Montiano y Luyando (Mestre, 1975, pp. lxxvii- lxxxi; Álvarez Barrientos, 2006).

Esta historia de encuentros y desencuentros con las obras de Cervantes continuó. Cuando regresó de Londres, en 1820, consiguió el manuscrito parcial de la Floresta de Porras de la Cámara, que contenía las novelas de El celoso extremeño, Rinconete y Cortadillo y La tía fingida. La copia de Porras se había utilizado en el XVIII y las dos primeras novelas se publicaron en el Gabinete de lectura española de Isidoro Bosarte; García de Arrieta dio a las prensas en 1814 La tía fingida. En el debate sobre si era o no de Cervantes, colaboró Gallardo con un largo artículo escrito en 1832 con el título de “La tía fingida, ¿es novela de Cervántes?”, que publicó en 1835 en el primer número de El Criticón, mostrándose a favor de su autoría, donde despliega sus conocimientos históricos, filológicos y de ecdótica para inclinarse en ese sentido. Le defendía también de las acusaciones de plagiario, cuando el plagio es elemento “constitutivo” de la creación literaria, amparándose en su grandeza de espíritu y en que alguien con sus talentos no necesitaba acudir a ese recurso para escribir, insistiendo en un tópico que difundió el siglo XVIII.

Por otro lado, y ya que no había podido realizar su edición anotada y limpia del Quijote, pretendió hacer eso mismo con las Novelas ejemplares. Había estado trabajando sobre la de 1821, realizada en la Imprenta de Burgos, que tenía anotada. Cuando recuerda estos hechos en el artículo sobre La tía fingida, aún señala la necesidad de ese cuidado filológico en los textos cervantinos pues, el Quijote, por ejemplo, todavía acumula “incorrecciones chocantes, y se leen desleidos en la prosa como prosa algunos versos”, a pesar de los esfuerzos beneméritos de Bowle, Ríos, Pellicer y Navarrete. Y se hacía tanto más urgente la fijación del texto, cuanto que se trataba de un “libro clásico en todas las naciones (y que lo será en todos los siglos)” (Gallardo, 1978, p. 173). De nuevo la consideración política y patriótica de la cultura, en este caso de la obra que representaba a la nación española frente al mundo.

Merece destacarse que la edición de las Novelas ejemplares iba a ir adornada con los dibujos que Luis Paret había hecho para la que en tamaño folio quiso publicar Antonio Sancha, y que los reveses editoriales de otros grandes proyectos, como la edición de la Enciclopedia y las obras de Lope de Vega, hicieron imposible (AA.VV., 1997). Gallardo los había conseguido del hijo del impresor, como detalla en el mismo número de El Criticón. Ceán Bermúdez ponderó en su Diccionario el talento de Paret, pero sobre todo “unos dibujos que hizo de algunos pasajes de las novelas de Cervantes para grabar por encargo de D. Gabriel Sancha, que aún no se han grabado” (1800, p. 53), aunque en 1810 Albuerne grabó nueve, dos Rafael Esteve y una Salvador Carmona, según indica Rodríguez- Moñino (1957, p. 48), que comenta poseer “uno de aquellos rarísimos juegos de pruebas”, que ahora deben de parar en la Real Academia Española. Todo lo que trabajó en este proyecto, como lo ya señalado antes, se perdió también en el saqueo que padeció durante el traslado de las Cortes en 1823.

El cervantismo de Gallardo aparece hoy como una relación de fracasos, pues no pudo llevar a las prensas ninguno de sus proyectos, salvo el artículo sobre La tía fingida, donde relata muchas de sus desdichas cervantinas. Sin embargo, por lo que se sabe de los mismos, de haberlos realizado habrían sido valiosas aportaciones a la Historia de la literatura española, a la construcción erudita de la figura de Cervantes y al conocimiento de sus obras, proceso investigador que se había despertado en el siglo XVIII, que dejó importantes trabajos, y del que su labor es heredera. La accidentada vida de Gallardo, junto a la no menos convulsa época que le tocó vivir, hacía difícil llevar a cabo proyectos de semejante envergadura, que necesitaban unas condiciones mínimas de concentración y continuidad, y una infraestructura técnica e institucional básica. Por otro lado, su opción política tampoco le facilitó la tarea. Sus fracasos y sus éxitos investigadores se suman a los de otros muchos que tuvieron que realizar su labor sin apoyo y a menudo en circunstancias adversas, como el mismo Cervantes.


BIBLIOGRAFÍA

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J.A.B.— CONSEJO SUPERIOR DE INVESTIGACIONES CIENTÍFICAS.






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