Jorge luis borges & adolfo bioy casares libro del cielo y del infierno (1960)



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JORGE LUIS BORGES & ADOLFO BIOY CASARES
LIBRO DEL CIELO Y DEL INFIERNO (1960)
Io non Enea, io non Paolo sono

Me degno a ciò, nè iò, ne altri crede.

Infierno, II


POR UN AMOR DESINTERESADO

San Luis el Rey mandó a Ivo, obispo de Chartres, en embajada, y éste le refirió que en el camino encontró a una matrona grave y airosa, con una antorcha en una mano y un cántaro en la otra; y notando que su aspecto era melancólico, religioso y fantástico, le preguntó qué significaban esos símbolos y qué se proponía hacer con su fuego y su agua. Replicó: El agua es para apagar el Infierno; el fuego, para incendiar el Paraíso. Quiero que los hombres amen a Dios por el amor de Dios.

Jeremy Taylor (1613 1667).

SONETO


No me mueve, mi Dios, para quererte

El cielo que me tienes prometido,

Ni me mueve el infierno tan temido

Para dejar por eso de ofenderte.


Tú me mueves, Señor; muéveme el verte

Clavado en una cruz y escarnecido;

Muéveme ver tu cuerpo tan herido;

Muévenme tus afrentas y tu muerte.


Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera

Que aunque no hubiera cielo yo te amara

Y aunque no hubiera infierno te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera;

Pues aunque lo que espero no esperara,

Lo mismo que te quiero te quisiera.

Anónimo (siglo XVI)

PLEGARIA DE UNA SANTA

Señor, si te adoro por temor del Infierno, quémame en el Infierno, y si te adoro por esperanza del Paraíso,

exclúyeme del Paraíso; pero si te adoro por ti mismo, no me niegues tu imperecedera hermosura.

Attar, Memorias de los santos (siglo XII)

EL SOBORNO DEL CIELO

Me he librado del soborno del cielo. Cumplamos la obra de Dios por ella misma; la obra para cuya ejecución nos creó, porque sólo pueden ejecutarla hombres y mujeres vivientes. Cuando me muera, que el deudor sea Dios y no yo.

Bernard Shaw, Major Barbara (1905).

EL CIELO DE UN VALIENTE

Luego se dijo que al señor Valiente por la verdad le habían entregado una citación, con esta marca de que era cierta: Que su cántaro se había quebrado sobre la fuente. Cuando la recibió, llamó a sus amigos para informarlos. Entonces dijo: Voy a juntarme con mis padres, y aunque con mucha dificultad he llegado aquí no me arrepiento de todo el trabajo que me ha costado. Dejo mi espada a quien me suceda en la peregrinación; mi coraje y mi destreza, a quien los alcance. Llevo conmigo mis cicatrices, para que sean un testimonio de que he peleado las batallas de Aquel que ahora me premiará.

Cuando le llegó la hora, muchos lo acompañaron hasta la orilla, y al entrar en el río, dijo: ¿Muerte, dónde está tu aguijón? Y al avanzar en lo más hondo: ¿Tumba, dónde está tu victoria? Así lo vadeó, y en la otra orilla resonaron por él todos los clarines.

John Bunyan, The Pilgrim's Progress (1678).

HABLA UN SOLDADO

En el cielo, me gustaría participar a veces en una guerra, en una batalla.

Detlev von Liliencron, Aus Marsch und Geest (1904).

MEJOR QUE EL CIELO

No bastan las metáforas para endulzar el amargo trago de la muerte. Me niego a ser llevado por la marea que suavemente conduce la vida humana a la inmortalidad y me desagrada el inevitable curso del destino. Estoy enamorado de esta verde tierra; del rostro de la ciudad y del rostro de los campos; de las inefables soledades rurales y de la dulce protección de las calles. Levantaría aquí mi tabernáculo. Me gustaría detenerme en la edad que tengo; perpetuarnos, yo y mis amigos; no ser más jóvenes, ni más ricos, ni más apuestos. No quiero caer en la tumba como un fruto maduro. Toda alteración en este mundo mío me desconcierta y me confunde. Mis dioses lares están terriblemente fijos y no se los desarraiga sin sangre. Toda situación nueva me asusta. El sol y el cielo y la brisa y las caminatas solitarias y las vacaciones veraniegas y el verdor de los campos y los deliciosos jugos de las carnes y de los pescados y los amigos y la copa cordial y la luz de las velas y las conversaciones junto al fuego y las inocentes vanidades y las bromas y la ironía misma, ¿todo esto se va con la vida? ¡Y vosotros, mis placeres de medianoche, mis infolios! ¿Habré de renunciar al intenso deleite de abrazaros? ¿Me llegará el conocimiento, si es que me llega, por un incómodo ejercicio de intuición y no ya por esta querida costumbre de la lectura?

Charles Lamb, Elia (1823)

MI CIELO


Días de ayer que en procesión de olvido

lleváis a las estrellas mi tesoro

¿no formaréis en el celeste coro

que ha de cantar sobre mi eterno nido?


Oh Señor de la vida, no te pido

sino que ese pasado porque lloro

al cabo en rolde a mí vuelto sonoro

me dé el consuelo de mi bien perdido.


Es revivir lo que viví mi anhelo,

y no vivir de nuevo nueva vida

hacia un eterno ayer haz que mi vuelo
emprenda sin llegar a la partida,

porque, Señor, no tienes otro cielo

que de mi dicha llene la medida.

Miguel de Unamuno, Rosario de sonetos líricos (1911).

UN PALADIN ENTRA EN EL PARAISO

Rolando siente que lo apresa la muerte, y que de la cabeza le baja al corazón. Se ha tendido debajo de un pino, el rostro sobre la verde yerba; debajo de él ha puesto el clarín y la espada y miró de frente al ejército pagano. Lo hizo porque realmente quiere que Carlomagno y todos los suyos digan que el noble conde ha muerto como un vencedor. Largamente se golpea el pecho, y por sus culpas tiende a Dios el guante.

Rolando siente que se le acaba el tiempo. Está en un alto cerro que mira a España, y se golpea el pecho con la mano: «Dios, con tus virtudes borra mis culpas, las grandes y las chicas, todas las cometidas desde mi nacimiento hasta ahora que yazgo aquí.» Ha tendido al Señor su guante derecho. Los Angeles del Cielo bajan a él.

El conde Rolando yace bajo un pino, el rostro vuelto hacia España. De muchas cosas la memoria le llega, de tantos países que ha conquistado su valor, de la dulce Francia, de los hombres de su linaje, de Carlomagno, su señor, que lo alimentaba. No contiene los suspiros y el llanto. Pero no quiere olvidar su alma, confiesa las culpas y pide a Dios perdón: «Padre verídico, que no has mentido nunca, que resucitaste de la muerte a San Lázaro y salvaste a Daniel de los dientes de los leones, defiende mi alma del peligro de los pecados cometidos en mi vida.» Ha tendido al Señor su guante derecho, y San Gabriel con su propia mano lo acepta. Inclinó la cabeza sobre el brazo, y partió a su fin con las manos juntas. Dios le mandó a su Angel Querubín y a San Miguel del Peligro; con ellos bajó también San Gabriel y se llevan el alma del conde al Paraíso.

De La Chanson de Roland (c. 1100).

EL CIELO BELICOSO

En los cantares de la Edda Mayor hay repetidas referencias a la Valhala (Valhöll) o paraíso de Odín. Snorri Sturluson, a principios del siglo XIII, la describe como una casa de oro; espadas y no lámparas la iluminan; tiene quinientas puertas y por cada puerta saldrán, el último día, ochocientos hombres; van a dar ahí los guerreros que murieron en la batalla; cada mañana se arman, combaten, se dan muerte y renacen; luego se embriagan de aguamiel y comen la carne de un jabalí inmortal. Hay paraísos contemplativos, paraísos voluptuosos, paraísos que tienen la forma del cuerpo humano (Swedenborg), pero no hay otro paraíso guerrero, no hay otro paraíso cuya delicia esté en el combate. Muchas veces lo han invocado para probar el temple viril de las viejas tribus germánicas.

Hilda Roderick Ellis, en la obra The Road to Hell (Cambridge, 1945), mantiene que Snorri simplificó, en gracia del rigor y de la coherencia, la doctrina de las fuentes originales, que datan del siglo VIII o del siglo IX, y que la noción de una batalla eterna es antigua, pero no de carácter paradisíaco. Así la Historia Danica de Saxo Gramático habla de un hombre a quien una mujer misteriosa conduce bajo tierra; ven ahí una batalla; la mujer dice que los combatientes son hombres que perecieron en las guerras del mundo y que su conflicto es eterno. En la Saga de Thorstein Uxatótr, el héroe penetra en un túmulo; dentro hay bancos laterales; a la derecha hay doce hombres bizarros, de traje rojo; a la izquierda, doce hombres abominables, de traje negro; se miran con hostilidad; luego pelean y se infieren crueles heridas, pero no logran darse muerte... El examen de los textos tiende a probar que la noción de una batalla sin fin no fue jamás una esperanza de los hombres. Fue una cambiante y nebulosa leyenda, quizá más infernal que paradisíaca. Friedrich Panzer la juzga de origen celta; la séptima narración de los Mabinogion, serie de leyendas galesas, habla de dos guerreros que, años tras años, se batirán por una princesa, el primer día de mayo, hasta que los separe el juicio Final.

J.L.Borges y Delia Ingenieros, Antiguas literaturas germánicas (1951).

LO PEOR DE TODO

No aumentéis el Infierno con horrores imaginarios: la Escritura nos habla de nostalgias por la dicha perdida, de los dolores de un suplicio sin fin, del olvido de Dios. ¡Qué débiles son los monstruos de la fantasía ante esa terrible veracidad!

El padre Bandeville.

JUSTO CASTIGO

Los demonios me contaron que hay un infierno para los sentimentales y las pedantes. Ahí los abandonan en un interminable palacio, más vacío que lleno, y sin ventanas. Los condenados lo recorren como si buscaran algo, y, ya se sabe, al rato empiezan a decir que el mayor tormento consiste en no participar de la visión de Dios, que el dolor moral es más vivo que el físico, etcétera. Entonces los demonios los echan al mar de fuego, de donde nadie los sacará nunca.

Adolfo Bioy Casares, Guirnalda con amores (1959).

LA DOCTRINA DE LA IGLESIA

Exceptuando la tierra, cielo significa todo el mundo creado, es decir, el firmamento y el mundo de los astros, y también la morada de Dios y de los elegidos, de los ángeles y de los santos. Ninguna revelación tenemos sobre la naturaleza de la morada de Dios y de los bienaventurados y lo que sobre ella se nos ha revelado, se confunde con el mismo estado de los santos.

El cielo es, de toda eternidad, la morada de la Santísima Trinidad y la de todos los ángeles; desde la creación fue también, hasta el momento de su caída, la de los ángeles caídos. Los hombres perfectos, desde su perfección por medio de la Redención, los justos de los tiempos antiguos, los Patriarcas, los Profetas, etc., etc., esperaban, en el limbo la venida del Salvador, es decir, en un lugar inferior porque sus pecados no se habían destruido todavía y porque nada impuro puede penetrar en el Cielo. Esperaban con ardor el día del Salvador, le vieron y se llenaron de alegría1. «Después de su muerte, el Salvador bajó a los infiernos a predicar a los espíritus que se hallaban aprisionados2, y a anunciarles su próxima libertad.»

Después de la Ascención del Salvador, empezó la de los justos de la Antigua Alianza y la de los hijos del Nuevo Reino del Cielo sobre la Tierra. Estos últimos, que procediesen del paganismo o del judaísmo, que hubieren o no nacido de padres cristianos fueron al Cielo, si habían salido del mundo después del bautismo y sin haber cometido ningún pecado.

Los santos de Dios sobre la tierra entran sin demora en el Cielo al dejar la vida del cuerpo. Otros que han muerto en estado de gracia, pero que tienen todavía que expiar la pena de ciertos pecados, o que borrar ciertas manchas, pasan primero por el fuego durante un tiempo marcado. Este fuego del Purgatorio3, siendo intermediario y temporal, dejará de existir el día del juicio. A la cuestión sobre el lugar de purificación de los justos que puedan vivir todavía cuando se acabe el mundo, y que para entonces no estuvieren perfectamente purificados, los teólogos contestan diciendo que esta purificación debe efectuarse por medio del fuego que ha de consumir el mundo4.

Que hayan adquirido su perfección sobre la tierra o por el fuego del purgatorio, los espíritus de los justos perfectos, entran desde luego en el pleno goce de la beatitud. Este goce no empieza, por consiguiente, después de la resurrección de los cuerpos o del juicio final en que el reino de Dios será perfecto «y en que el Hijo será sometido a aquel que le habrá sometido todas las cosas con el fin de que Dios esté en todos.»5

Tienen el pleno goce de la beatitud6, poseen también por consiguiente la certeza de su eterna salvación7. Sin embargo, hay grados o diferencias en los goces de los espíritus bienaventurados, grados que están determinados por el mérito moral que cada uno ha adquirido y según la medida de las gracias que le fueron concedidas. Pero estas diferencias son de tal naturaleza que cada santo recibe en su grado la plenitud de la beatitud de que es capaz y que por lo tanto no aspira a un grado superior de felicidad, pues si pudiese esperar algo más, se puede decir que no habría alcanzado el Cielo.

Entre otros Concilios, así se pronuncia el decreto de unión del Concilio de Florencia8: «Declaramos que las almas de los que después del bautismo no se han manchado ya con ningún pecado y que las que después de haberse manchado se han purificado, sea en esta vida, sea después de haber abandonado su cuerpo, entrarán inmediatamente en el Cielo y verán sin velo a la Santísima Trinidad, tal como es, empero, los unos más perfectamente que los otros, según la diversidad de sus méritos: meritorum tamen diversitate, alius alio perfectius.»

El estado de los bienaventurados en el cielo consiste negativamente en verse libre de todos los males imaginables y positivamente en la contemplación de Dios; esta libertad y goce son eternos. Respecto de este particular, el Catecismo romano se expresa en los siguientes términos: «Se necesita, sobre todo, detenerse en esta diferencia (del estado de los bienaventurados) que nos ha sido enseñada por los teólogos más expertos y que admite dos clases de bienes, una perteneciente a la beatitud, y siendo la otra el resultado de ésta. Por este motivo la primera fue llamada de bienes esenciales, y la segunda de bienes accesorios (accesoria9. Según esto, el Cielo, llamado también vida eterna, es el reino de Dios, el reino eterno, el reino o la casa del Padre, la corona de justicia, la alegría del Señor, la gloria, el eterno patrimonio, el nuevo Cielo, el Cielo de los cielos, la nueva Jerusalén, etc., la herencia en la cual nada puede destruirse, corromperse ni marchitarse10. Los bienaventurados no pueden pecar porque no lo quieren, y no lo quieren porque ya no lo pueden, puesto que la posibilidad del pecado reconoce por origen un estado imperfecto y ellos son perfectos. Se hallan en la completa posesión de todos los dones divinos, del don de la perseverancia. Están libres de todos los sufrimientos; como se hallan libres del pecado, están también exentos de todos sus resultados. La muerte y todo lo corruptible quedará lejos de ellos11. No habrá ya ni muerte, ni gemidos, ni dolor12. Para ellos no existirá ni el hambre ni la sed, no estarán ya incomodados por el hambre ni la sed, ni por ningún aire abrasador; y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos13.

Desde el punto de vista positivo, el Cielo es la contemplación directa de Dios14. Pero si los bienaventurados ven a Dios tal como es, es necesario que su ser haya cambiado hasta el punto de que sean capaces de esta contemplación. Sólo el espíritu de Dios puede penetrar las profundidades de la divinidad, y es por lo tanto necesario que los espíritus perfectos sean en cierta manera llevados a la altura de Dios, y que estén transformados en su imagen. Cuando contemplemos la gloria del Señor, estaremos transformados en la misma imagen, adelantándonos de claridad en claridad, como por la iluminación del espíritu del Señor15.

Esta transformación en su imagen es la unión más íntima con Dios; es en cierto modo, la divinización de alma humana como decimos en la Misa: «Dignaos hacernos participantes de la divinidad de Aquel que se ha dignado participar de nuestra humanidad.» Esta participación de los bienaventurados, de los ángeles como de los hombres, en la naturaleza de Dios, de ninguna manera consiste en la absorción de la naturaleza humana en Dios; la naturaleza humana o angelical queda inmutable aunque se transforme en Dios16.

Así es como se confunden el conocimiento perfecto e intuitivo de Dios, intuitiva, la contemplación de Dios frente a frente, la transformación en Dios o la divinización, la posesión y el goce entero de Dios. Este estado constituye las delicias, la felicidad y la beatitud del Cielo; el conocimiento y el amor de Dios forman la vida eterna, la alegría del señor17. Pero los bienaventurados no ven al Señor con los ojos del cuerpo; pues como Dios es espíritu18 lo ven en espíritu. Su contemplación es infinita, puesto que Dios es incomprensible al pensamiento, es decir, al espíritu finito19.

Dice San Agustín que es ya una gran beatitud el poder bajo ciertos conceptos, alcanzar a Dios con nuestro espíritu; abarcarle y concebirle es absolutamente imposible, pues si se concibiera ya no sería Dios. El espíritu creado ve al Ser divino pero a su manera, es decir, de un modo finito20.

A la beatitud de la contemplación divina vienen a juntarse la honra o glorificación del Señor, la gloria de los santos, la comunión con el innumerable ejército compuesto de todas las naciones, todas las tribus, todos los pueblos, todas las lenguas que están en pie ante el trono y ante el Cordero21.

Esta beatitud del Cielo, negativa y positiva, es inmutable y por este motivo se llama también la vida eterna, la imperecedera corona de la gloria en que se ve a Dios sin fin, se le ama sin pensar y se le alaba sin cansancio22; «donde descansaremos contemplando, donde contemplaremos amando y donde amaremos alabando. Y esto es lo que se verificará en el término que no tiene término».

Lo que precede hace comprender el error de Orígenes y sus partidarios sobre el estado de los bienaventurados, cuando dice que en el Cielo progresarán como los hombres en la tierra, progresos que podrían hasta causar una nueva caída. Orígenes cree que la mayor parte de los santos serán primero destinados a un lugar de la tierra a donde serán purificados e instruidos de todo lo que ignoren, luego que serán transportados a los espacios etéreos y a esferas aun más sublimes y que, en fin, serán elevados por cima del Cielo hasta Cristo en quien podrán contemplar los últimos principios de todas las cosas. Allí, dice, están San Pablo y todos los que, siendo perfectos, lo ven todo en Dios23. La Iglesia se ha pronunciado contra este error en el segundo Concilio de Constantinopla24 que condena la teoría del progreso en el Cielo como un error y no como una doctrina dudosa, dubia.

Este desvarío origenista destruye la idea de la beatitud cuya esencia consiste en la perfeccción. La plena satisfacción que aniquila todo deseo de un progreso nuevo, puesto que habiéndolo obtenido todo, ya no puede adquirir nada y que siendo una vez perfecta ya no puede perfeccionarse. Esta opinión es contraria a la bondad de Dios que lo da todo, y que se da por completo a los bienaventurados, libertados para siempre de toda caída posible.

El Testamento apócrifo de los doce patriarcas reconoce siete Cielos. El primero, es decir, el que es para ellos el Cielo inferior, es el espacio situado entre la tierra y las nubes. En el segundo moran las nubes, el agua, la piedra y los demonios. En el tercero, que es mucho más alto y más brillante, habitan los ejércitos celestiales que en el día del juicio han de castigar a los malos ángeles. En el cuarto están los ángeles; en el quinto los ángeles que interceden en favor de los pecados de los justos; en el sexto, los ángeles que llevan las contestaciones a los ángeles que han intercedido con sus ruegos; y en fin, en el séptimo están los ángeles que alaban al Señor sin cesar.

Diccionario enciclopédico de la Teología Católica, tomo V (1867).

UN PRIVILEGIADO

El réprobo que calza pantuflas de fuego y cuya cabeza está engalanada con un gorro de llamas, imagina que nadie es tan castigado como él. En verdad es el que menos sufre en el infierno.

Tradiciones del Profeta.

LA DICHA ETERNA

F. W. H. Myers, a quien el espiritismo había convencido de la realidad de una vida futura, interrogó a una mujer que acababa de perder a su hija sobre el destino que, según ella, le habría tocado a su alma. La madre contestó:

 Bueno, sin duda estará gozando de una dicha eterna, pero no sé por qué usted se empeña en hablar de temas tan desagradables.

Bertrand Russell, An Outline of Intelectual Rubbish (1943).

CORRESPONDENCIAS ARCANAS

Quienes se han deleitado en secretas y pérfidas conjuraciones, buscan en el mundo de los espíritus grutas abiertas en la roca y frecuentan habitáculos tan oscuros que ni siquiera se ven la cara, y susurran en los rincones.

Quienes han estudiado las ciencias por mero orgullo y han almacenado muchos hechos en la memoria, buscan lugares arenosos y los prefieren a los prados y a los jardines.

Quienes han fatigado su entendimiento con doctrinas teológicas, pero sin aplicarlas a la vida, eligen lugares rocosos y viven entre montones de piedras. Quienes por varias artes se han elevado a sitiales de honor y han adquirido riquezas, se dedican en la otra vida al estudio de la magia, y en ella encuentran el más alto deleite.

Quienes han anhelado la venganza y han adquirido así una naturaleza cruel y salvaje, buscan sustancias cadavéricas y se alojan en los infiernos que las producen.

Emanuel Swedenborg, De Coelo et Inferno, párrafo 488 (1758).

CAMINOS DE LA CULPA

Cada falta es un calabozo que se abre. Los malvados, ignorando a qué misterio están sometidos, las criaturas del furor, de la sangre y de la traición, construyen su cárcel con sus actos; el bandido, cuando la muerte le toca el hombro y lo despierta, vuelve desesperado a encontrarse en la prisión, que su delito, arrastrándose detrás de él, edificó. Tiberio está encerrado en una roca y Sejano es una serpiente. El hombre camina sin saber lo que hace, en el abismo. El asesino palidecería si viera a su víctima: es él. Al golpear sin lástima sobre todos, el opresor vil, el tirano loco y sombrío, forja el clavo que lo clavará en la sombra, en el fondo de la materia... Todo malvado engendra, al morir, el monstruo que su vida compuso. El horror sigue al horror. Nemrod ruge encerrado en la montaña escarpada. Cuando Dalila baja a la tumba, un áspid sale de los pliegues de la mortaja, con el alma traidora; el escorpión que duerme bajo una piedra, es Clitemnestra en brazos de Egisto, su amante... El monstruo está encerrado en su horror viviente; por más que quiera despojarse del espanto, seguirá siendo horrible y castigado. ¡Qué misterio! Tal vez el tigre tiene lástima. El tigre lleva sobre el lomo la sombra de los barrotes de la jaula eterna. Un hilo invisible ata al negro patíbulo el negro cuervo, cuyas alas tienen la forma de la hoz.

Víctor Hugo, Les Contemplations (1856).

UN HOMBRE A UNA MUJER

En un tiempo te conocí, pero si nos encontramos en el Paraíso, seguiré mi camino y no daré vuelta la cara.

Robert Browning: The Worst of it (1864).

EL LUGAR DEL HIJO

¿Qué puede importarme mi salvación si mi hijo está en el fuego?

Tennyson, Rizpah (1880).

EL LUGAR DEL PADRE

Dichoso el hijo que tiene a su padre en el Infierno.

Proverbio genovés (citado por Mateo Alemán, en el Guzmán de Alfarache).

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