José L. Caravias sj Vivencias cristológicas



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José L. Caravias sj
Vivencias cristológicas

Última redacción: junio 2013



"Las fechas reales de la vida de un hombre

son los días y las horas en que le ha sido dado

adquirir una nueva idea de Dios"

(Unamuno, Diario íntimo).


Índice

Introducción: Época de grandes cambios

Cambios tecnológicos

Cambios de costumbres

Cambios religiosos

Barómetro de cambios


1. El rescoldo familiar

2. Mis primeras rebeldías

3. Mi primera formación jesuítica

4. Los gitanos me rescatan

5. Sacerdote de Jesucristo

6. Las Ligas Agrarias me reclutan

7. Trabajos comunitarios

8. Triunfa la solidaridad

9. La fortaleza de pechos maternos

10. Arturo Bernal, mártir del servicio

11. Secuestro violento

12. Los motivos de mi secuestro policial

13. Sindicato de hacheros

14. Seducción en el cementerio

15. Opción por la vida religiosa

16. Corrido de Argentina

17. Monseñor Proaño me desacompleja

18. Desconfianzas radicales

19. Cartas dolorosas

20. “Ingeniero de aguas”

21. “Especialista en capulíes”

22. Las alturas de Guairapungo

23. ¿Niñito Jesús indígena?

24. Borracho en honor del Señor de los Milagros

25. La hermana Elvira confiesa mejor que yo

26. Zoilita, la ciega que ve

27. Una muerte redentora

28. En los “bañados” de Asunción

29. Los niños no son basura

30. Jesús no tiene escuela

31. Jesús no tiene dónde plantar su casa

32. El contraste: niños mimados…

33. Milagros en los Bañados

34. El duelo de Ña Pancha

35. Suicidios juveniles

36. Acompañando a dar el último paso

37. “Las fronteras son de ellos”

38. Diálogos con fundamentalistas

39. Catequesis terroristas

40. Amigo de ateos y agnósticos

41. Homosexuales en búsqueda de Dios

42. Nuevo amor, fuera de la Ley, dentro del Espíritu

43. Matrimonio y sacerdocio

44. Heridos en la infancia

45. La hora de los laicos

46. Acompañante de parejas

47. Ejercicios Espirituales para laicos

48. Cine y espiritualidad

49. Alegrías y dolores eclesiales

50. Teología de la Liberación

51. Intuiciones de futuro

52. Posibilidades humanas

53. El credo y el anti-credo que dan sentido a mi vida

54. Recordando a mis hijos

55. El espíritu de mi madre

56. Mis gozos de anciano

57. Bergoglio Papa

58. Antología de un matrimonio eterno

59. La estación terminal

60. Chau, por ahora

61. Gracias por la vida

62. Retrato para el recuerdo



Introducción

Época de grandes cambios
Mi vida va siendo larga. Estoy pasando el hito de los 78. A veces siento como si hubiera vivido varias vidas. Es que mi generación ha soportado profundos cambios. Como en caballo desbocado he atravesado épocas muy diversas, siempre cuesta arriba, con precipicios profundos a los lados. He visto despeñarse a compañeros. Mis riñones están doloridos de tanto traqueteo. Pero sigo adelante…

Mirando mi historia y la de mi entorno, me asombra lo mucho que ha pasado ante mí y dentro de mí. Y, por supuesto, alrededor mío.

Ni yo mismo me creo a veces lo que he vivido. No sé distinguir con exactitud lo que realmente ocurrió. A lo largo de los años mi imaginación ha ido redondeando aristas y coloreando negritudes.

No pretendo redactar una biografía; sino anécdotas de mi vida, reales o imaginarias, tal como las siento hoy. No se puede contar todo; tengo derecho a guardar ciertos aspectos de mi intimidad, en lo bueno y en lo malo. Tampoco quiero ofender a nadie. Lo que pretendo es sopesar lo que estas experiencias han forjado de positivo en mi vida. Y lo que me han dejado de experiencia progresiva de Dios.


Cambios tecnológicos

Quiero comenzar recordando los cambios tecnológicos que he experimentado en mi vida, pues siempre me ha obsesionado la técnica.

Desde la carbonilla que se metía en mis ojos infantiles en el traqueteado tren en el que viajaba de Coín a Málaga, hasta los asépticos olores de los jet por los que recorro Latinoamérica, hay abismos de distancia. Del humo de la leña de la cocina de mi infancia, hasta la limpieza misteriosa del microondas... Del candil y el petromax, a los fluorescentes de bajo consumo… De mis primeras letras escritas con pizarrín, hasta mi actual súper computadora... Mi generación ha recorrido distancias tecnológicas inimaginables desde que iniciamos la aventura de la vida.

De pequeño me obsesionaba ver funcionar en mi pueblo el telégrafo de puntitos y rayas; hoy me deslumbran las noticias vistas al instante en Internet. De los lentos correos de estampillas, he ido pasando al fax y a los emails, hasta los chateos, los Facebook, los Twitter y las conversaciones por Skype, cara a cara.

Siempre me he esforzado por estar al día en audiovisuales, asimilando nuevas técnicas, poco antes ni soñadas. A los diez años construí mi primera radio-galena. A los quince hice con ilusión un curso de “radiotécnico” por correspondencia. A los cuarenta, en un pueblito andino sin electricidad, me empeñaba en estar al día escuchando mi Sony a pilas de nueve bandas. A los sesenta me esforcé sucesivamente por aprender a pasar los casetes a CD, el sonido WAR a MP3, los videos de cinta a discos DVD, las músicas a un MP4 de bolsillo… Y siento que siempre estoy atrasado…

De niño usé gramófonos a cuerda con discos de vinilo. Las cintas magnetofónicas y después los casetes nos parecieron maravillosos. Pero pronto fueron arrinconados por los DVDs, con contenidos que creíamos inmensos… Ahora diminutos Pen Drive nos dejan boquiabiertos con sus inmensas capacidades. Y no digamos los pequeños discos externos de dos teras…

Las películas antiguas, en rollos de celuloide, sólo se podían ver en grandes salones especializadas. Luego vinieron máquinas más pequeñas, de 16 mm., que aprendí a manejar enseguida. Pero los videos me obligaron pronto a arrinconar las máquinas de cine, con películas primero en Beta, luego en VHS. Hoy día, por poca plata, se consiguen buenas películas en DVD… Y las películas que siempre soñé ver, como “El acorazado Potenkin” por ejemplo, las bajo con facilidad de Internet en formato avi, o las intercambio con amigos…

En mi juventud usé grabadoras de hilo. Enseguida pasamos a las de cinta magnetofónica. Luego vinieron los casetes. Hoy todo ello es caduco: sólo interesa lo digitalizado. Los medios de comunicación tradicionales pierden terreno frente a los blogs, el chat, mensajes de texto y otras nuevas formas de intercomunicación.

He participado en el nacimiento y crecimiento de las computadoras. Usé discos flexibles de 5¼, con capacidad de 160 Kb. Luego vinieron los discos de 3½, creciendo poco a poco, de 400, a 800 hasta 1.400 Kb. Y luego los CD inmensos, y los DVD, cada vez mayores. Y diminutos Pen Drive de 32 Gigas. Y los discos duros externos de 2 Teras. Y vienen los discos duros híbridos… Cada seis meses nos esperan nuevas sorpresas, que nos dejan anticuados…

Me resulta ya pesado leer libros de papel; busco con afán los digitalizados. En ellos encuentro mucho más rápido lo que busco. Y uso con frecuencia esa gran biblioteca del mundo, ágil y cercana, depositada sobre mi mesa a través de Google.

Hablo de experiencias personales. Listas parecidas se podrían hacer en el mundo de la medicina, de la ingeniería, de la agricultura, la genética, la astronomía…

Muchísimos cambios en el corto espacio de una vida humana, cambios que influyen muy a fondo en nuestra cultura e inciden seriamente los contenidos y las fronteras de la fe.


Cambios de costumbres

Pero los cambios no son sólo tecnológicos. La técnica es como la cáscara de afuera. Observo a los jóvenes y me admiran cómo han cambiado sus gustos…

El peor castigo que podía hacerse a un chico en los años 70 era cortarle el pelo a rape o ponerle aretes. Hoy el castigo es impedírselo.

Cuando yo era niño era mal visto el hombre que no usaba sombrero. Hoy sería vergonzoso usar un sombrero de paja-toquilla en día de calor. Quizás un kepi con la visera hacia atrás…

Viste mucho pedir Coca-Cola zero, café descafeinado, leche descremada, mermeladas dietéticas, ¿cerveza sin alcohol?… La palabra “ligh” o “cero” encandila…

Los championes de marca, el celular o un MP4 dan personalidad. Si no los tienes, no eres nadie.

Tanto afán por tener hijos gorditos se estrelló en adolescentes con bulimia, anorexia o dietas de lo más originales, con tal de mantener “la línea”…

Tanto querer “guardarlo todo” degeneró en “usar y tirar”. Está de moda todo lo desechable…

Después de tanto tabú sobre el sexo, ahora reina un “destape” general.

Pelos de punta contra los pelos engomados del tiempo de Gardel, “cinturas de avispa” contra sus padres pipones, pantalones rotos contra los “figurines” de antaño…

Muchas de las actuales “rebeldías juveniles” son explosiones contra multitud de cuadriculamientos del pasado… Cada niño, cada joven, es él mismo, con su propia personalidad, distinta a la de sus procreadores y sus educadores. Demasiado se les quiso meter a todos por el mismo aro. Antes debían mimetizar la sociedad y la cultura de sus padres. Entrar todos en el mismo molde. Hoy los jóvenes patalean por no entrar donde se amoldaron sus progenitores quizás sin pestañear.

Los jóvenes de hoy, en medio de su maraña, son más auténticos, más sinceros, más realistas, más ellos mismos. Técnicamente mucho mejor preparados.

Buscan experiencias más que enseñanzas. No sermones, sino vivencias…

Son menos machistas, menos racistas, más abiertos, más en búsqueda…

Se trata de brotes nuevos, que germinan con fuerza, capaces de romper lentamente los cementos armados del pasado.
Cambios religiosos

Esta revolución llega también a la vivencia de la fe. Los retiros espirituales que yo recibía cuando era estudiante secundario no tienen nada que ver con los que realizamos hoy día. Entonces se insistía machaconamente en los castigos divinos a toda falta contra la “castidad”. En el aprendizaje memorístico del catecismo. En teorías sumamente abstractas, con “dogmas” misteriosos, imposibles de comprender. Lo importante era obedecer ciegamente a multitud de pequeñas prescripciones legales… Pululaban enfoques fundamentalistas, machistas y elitistas…

Muchas de esas corrientes traspasaron, como rayo ardiente, todo mi ser… Graves dudas de fe, en estados febriles, me sacudieron con fuerza.

Hoy en día multitud de jóvenes han echado por tierra tantas creencias necias que les quisieron hacer tragar a la fuerza. Tanto dios del palo alzado, tantas teorías incomprensibles, tantos preceptos minuciosos, tantas prohibiciones…, fueron arrojadas a la basura.

Pero en medio de tanto arrancar y destruir nuevos brotes comenzaron a germinar. Están en marcha nuevos despertares religioso. Hay quienes buscan caminos nuevos de espiritualidad tipo oriental. Otros se anclan en guetos fundamentalistas. Y hay grupos que buscan con afán enfoques serios de su fe cristiana, que les ilumine su palpitante realidad y les dé fuerzas para caminar hacia adelante por los caminos ardientes del futuro. En esta oleada de esperanza hace tiempo que me encuentro enrolado.

Germinan impulsos nuevos para conocer y vivir en serio la Palabra de Dios. La figura de Jesús va creciendo como eje de nuestro rodar. La experiencia de cultivar amistades sinceras en grupos… La cercanía y compromiso por los empobrecidos… Los voluntariados… La construcción de una nueva política, de veras al servicio del bien común… Mujeres que asumen nuevos roles en la sociedad y en las Iglesias…

Vibro, emocionado, con estas tendencias, brocas que lentamente van horadando el cemento del futuro…
Barómetro de cambios

Contactos íntimos, directos, con el pueblo, han hecho ósmosis en mí. Las rebeldías y las búsquedas… Han ido calando profundo en mi ser.

De joven estudiante jesuita puse en letras grandes frente a mi mesa una frase de mi querido P. Arrupe: “Temo que vayamos a repetir las respuestas del ayer para enfrentarnos con los problemas del mañana; y hablemos de forma que los hombres y mujeres ya no nos entiendan”.

Siempre me ha encantado aquello de que los jesuitas debemos ser “caballería ligera”, “punta de lanza”, en búsqueda de soluciones nuevas para tiempos nuevos.

Me encanta mirar horizontes amplios. A lo lejos vislumbro un mundo sorprendentemente nuevo…

Me gusta cabalgar en la cresta de las olas. Su fuerza me ha revolcado con frecuencia. Me ha dado duro contra la arena pedregosa de la vida. Y me ha dejado mal herido varias veces. Pero muchas, con el goce íntimo de la aventura…

Los golpes me han provocado serias crisis, ideológicas, políticas, afectivas, religiosas… Fuertes rebeldías contra toda injusticia, toda hipocresía y todo conservadurismo cuadriculado… Me duelen actitudes ridículamente conservadoras de gente de Iglesia…

Siento que tantos problemas debieran haberme matado, en diversos sentidos, hace ya rato. Pasé peligros reales de muerte violenta. Y presiones muy duras para que abandonara mi compromiso con el pueblo. Serias dudas de fe… Influencias anarquistas y marxistas… Posibles escapes hacia una vida aburguesada…

¿Por qué no dejé el sacerdocio? ¿Por qué no me casé? ¿Por qué no me dediqué a la política? ¿Por qué no lo tiré todo y me acurruqué en una vida cómoda?... Todo ello, en diversos momentos, estuvo al alcance de mi mano. Muchos antiguos compañeros lo hicieron, ¿por qué yo no?

Mi vida parece un milagro. Después de tantas experiencias traumáticas, hoy me dedico a acompañar a diversos tipos de personas en la aventura maravillosa de los Ejercicios Espirituales Ignacianos. ¿Cómo llegué hasta acá? Repasando mis años encuentro hitos de experiencias de Dios, muy clavados en la realidad convulsionada de mi vida. Ahí estaba Él, esperándome donde yo menos lo sospechaba, escondido en la médula de los problemas.

Quizás por eso detecto hoy las vibraciones de rebeldes brotes que van resquebrajando antiguos muros clericales. Del interior caldeado de este humus brotan nuevos estilos de sinceridad, de autenticidad, de fraternidad… Ahí actúa Dios, germinando sus semillas. El Dios siempre nuevo y asombroso, que con ansias pretendo detectar.

Me encanta descubrir pimpollos de un mundo nuevo, y ayudarlos a crecer sanos, sin tener que trasplantarlos al pasado. Vino nuevo en odres nuevos… Semillas eternas del Evangelio sembradas en el humus de nuestro mundo. La semilla es la misma, pero intento adaptarla a las nuevas tierras y a los nuevos climas de hoy.

En mi largo acompañar a laicos sinceros, detecto tensiones acuciantes, que esbozan el nacimiento de nuevas esperanzas: búsqueda de amor auténtico, justicia eficaz, belleza integral, identidad cultural, interés por los otros: por lo autóctono, la mujer, lo ecológico…

Reseco de tanto materialismo, nuestro mundo tiene sed de nuevas experiencias espirituales. Buscamos experimentar vitalmente a Dios. Sentir al Dios vivo, escupiendo como veneno sus imágenes terroristas.

Muchos queremos aprender a caminar con corazón abierto, en búsqueda del Dios de vida, siempre a favor de la vida. Sin fanatismos, ni guetos. Dios que goza con la dignificación y el progreso de todos sus hijos… Dios que acompaña los adelantos humanizantes de la ciencia…

Búsqueda del Dios siempre mayor, mayor que nuestros sueños, que nos pide ser más personas, más unidos, más prósperos… Dios que exige más respeto entre sus hijos; que nos complementemos a fondo; que repartamos mejor sus bienes… Más calidad de vida, formación más integral, trabajos mejor realizados… Globalización para todos, a todos los niveles… Que lo conozcamos mejor y que nos relacionemos más vitalmente con él y, por consiguiente, con todos sus hijos.

Dios encarnado. Dios exigente. Dios provocativo…

De estas experiencias de Dios, las mías y las de mis amigos, es de lo que quiero contarles, subrayando cómo el pueblo, los laicos, han sido y son mis verdaderos maestros…




1. El rescoldo familiar

Recibí de mis padres lo primero que un niño tiene que recibir ya desde el vientre materno: amor, mucho amor. Gracias a ellos siento latente dentro de mí una capacidad afectiva maravillosa. Amo mucho, a mucha gente, “in crescendo”, sin fin, cada vez más limpio, en busca siempre de más Amor.

Lo que más agradezco hoy es el testimonio de amor mutuo que papá y mamá nos dieron a sus diez hijos. Los recuerdo enamorados, ya mayores, sentados frente a la tele agarrados de la mano. Se besaban frente a nosotros, con nuestro consiguiente regocijo. Jamás los vi pelear entre sí, o levantar la voz o faltarse al respeto.

Recibí también de ellos el don de la fe. El Dios de mis padres era siempre sensato. Nunca me amenazaron con un posible castigo divino. Se trataba de un Dios presente en todo, pero no obsesivo, ni impositivo, sino amable, respetuoso, cariñoso…

Es un legado invalorable heredar de los padres la fe en un Dios Amor. Y ello dentro de un caldeado clima de cariño. Ese tesoro, debidamente cultivado, se convierte después en luz y energía para superar cantidad de momentos oscuros y tensos de la vida. Puede ser el secreto del éxito o del fracaso.

Recuerdo con gusto cuando papá nos hacía ir al “cierre” de cristales para admirar las tormentas, muy frecuentes en la serranía de Ronda donde vivíamos. Cada trazado zigzagueante de rayo y cada trueno sonoro eran ponderados por él como hermosura y poder de Dios. Tanto que, hasta hoy, al escuchar el trallazo de un trueno se me alegra instintivamente el corazón. Nada de huir y escondernos bajo las cobijas, sino capacidad de admirar con los ojos bien abiertos lo hermoso de cada realidad.

Ellos me desarrollaron de forma especial el respeto y cariño hacia los pobres, empezando por los empleados de la casa. Esto influiría mucho en mi vida futura.

Capacidad de amor, caldeada por la fe en el Dios Amor, encierran dentro de sí maravillosas fuerzas creativas. Reconozco, agradecido, que mis padres supieron desarrollar en mí deseos constantes de superación. La presión de sus exigencias era suavemente estimulante:



  • “Tú puedes más, lo puedes hacer mejor, mira más arriba…”

Nunca nos consintieron lloriqueos, blandenguerías o mimos… Si alguno de nosotros iba lloriqueando en busca de mimos de mamá, ella nos increpaba:

- A ver, ¿se te ha salido alguna tripa? ¿No? Entonces a jugar…

Fui muy querido, pero jamás mimado. Si despreciaba una comida, al día siguiente me encontraba el mismo plato en la mesa. Si nos enojábamos dos hermanos, no teníamos derechos hasta que nos reconciliáramos. Jamás quedaba una falta sin castigo, pero siempre papá nos hacía entender con cariño el por qué de sus correcciones.

Mi imaginación fue alimentada de chiquito por sus cuentos populares; por los “tebeos” -los comics-, que nos compraban en abundancia, desde que aprendimos a leer; por los cursos por correspondencia desde la pre adolescencia. ¡Con qué gusto fabriqué mi primera radio-galena! Y con qué ilusión abría los paquetes de mi curso de radiotécnico…

Aprendí a ser ordenado confeccionando al detalle un buen álbum de estampillas de correos.

Aquello del dominio de la Creación lo aprendí de mi papá viéndolo injertar rosales y frutales, y cómo cada tarde iba a gozar con el crecimiento de sus injertos. Y disfruté de los veranos bañándonos locamente todas las tardes en la alberca de riego de la casa o yendo a comer directamente del árbol sabrosos “higos-reina”.

Me encantaba construir “casitas”, con barro -¡quería ser arquitecto!; cavaba canales para el riego de mis plantitas; inventaba cualquier tipo de entretenimiento, con tierra y hojas, con cualquier cosa. Aprendí a jugar junto con mis hermanos, pero solo también. ¡Nunca me aburría!

Mis padres me trasmitieron seguridad en mí mismo. Fe en mis posibilidades. Me enseñaron a exigirme y a dominarme.

De escuelero fui bastante tartamudo. No recuerdo que jamás mis padres me retaran o acomplejaran por ello. A los 18 años lo supe enfrentar y superar con éxito. Nos dieron fe en nosotros mismos. Por eso cada uno de los nueve hermanos que vivimos hemos desarrollado una personalidad muy definida, distintas, pero exitosas.


2. Mis primeras rebeldías
Mi papá era un hombre rígidamente religioso. Muchos buenos ideales se los debo a él. Pero también mis primeras rebeldías.

Yo pienso ahora, en mi vejez, que es bueno que los preadolescentes desarrollen rebeldías como pasos necesarios para afianzar su personalidad, distinta a la de sus padres y educadores. Las mías eran ingenuas, pero mías…

Los domingos íbamos toda la familia, muy numerosa, a escuchar Misa. Nos poníamos en sillas al comienzo de la nave izquierda de la parroquia de Coín, pueblito campesino, de hermosos huertos frutales, en las serranías de Málaga.

El párroco, don Telesforo, era duro y cuadriculado. Recuerdo el día en el que rompió las carteleras del único cine del pueblo, el Salón Faura, porque anunciaban la película “Gilda”, un famoso drama pasional.

Ninguna mujer podía asistir a su misa si no llevaba mangas largas y escote cerrado, aun en el calor sofocante del verano. A la salida del templo, al son de fuertes resoplos, se realizaba el “destape”, que me encantaba contemplar.

Mi padre, durante la Misa, nos exigía estar siempre mirando de frente al altar. Si mirábamos al público enseguida nos caían sobre la cabeza sus duros nudillos:

- ¡Niño, mira adelante!

En la parte alta del retablo del altar había una imagen del Padre Dios, calvo, con larga barba blanca y la bola del mundo en la mano. Llegué a odiar a aquella imagen. Había que mirarla fijamente, como hipnotizado, porque si no, recibías enseguida un “coscorrón”. Después de sesenta años he vuelto allá y he verificado si realmente existía esa imagen del Padre Dios a la que tanto repudié; y sí, allá sigue.


Una temporada, después de comer, sentados todos a la entrada de la casa, teníamos que rezar el rosario. Mi padre lo dirigía siempre, paseándose entre nosotros, en una mano el rosario y en la otra una correa. Cuando alguno cabeceábamos –era la hora de la siesta- le espabilaba enseguida un correazo:

- Niño, no te duermas.

Desde entonces, asistir al rezo de un rosario es algo que me espeluzna. Es una repulsión instintiva, muy difícil de superar…

Pero reconozco que la vida fue haciendo cambiar a mi padre. Poco a poco, desde el amor a su familia y desde su honradez, se fue abriendo a nuevos enfoques de la fe.


Me rebelaban las supersticiones de la gente. La empleada de casa, Isabel, me contó un día que dar vueltas a una silla traía mala suerte. Desde ese día delante de ella inclinaba con frecuencia una silla sobre una pata y le daba vueltas con la otra mano. Ella asustada me amenazaba con los castigos que podía mandar Dios sobre mi familia por culpa mía. Y yo tozudamente daba más y más vueltas a la silla repitiendo:

- No nos ha de castigar, no nos ha de castigar…


En la catequesis y en el colegio me hicieron aprender de memoria el catecismo de Astete, cuadriculado y retrógrado, sumamente seco. Las narraciones ilustradas de las Historias Sagradas tenían enfoques fundamentalistas y elitistas, pero sin nada de mensaje. Mi catequesis parroquial no recuerdo que me diera ningún tipo de experiencia de Dios.

Pero eso sí, me insuflaron a presión obsesión por la sexualidad, mezclada con una fuerte dosis de ignorancia. Era el gran tema tabú, morbosamente masturbado… Me machacaban con la prédica de un Dios que me podía mandar al infierno por un solo pecado de pensamiento contra la castidad, pues en esto –repetían- no hay “parvedad de materia”…

Me hacían realizar sacrificios necios “por la conversión de los chinitos”, como meterme piedritas en los zapatos, por ejemplo. ¡Qué andares tendría!

La preocupación más grande en mi primera comunión fue que la hostia no se pegara al paladar… Y la única ilusión, el hermoso traje, y los regalos. Pero no recuerdo ningún tipo de experiencia religiosa.

En la catequesis parroquial insistían en que Jesusito estaba llorando encerrado en el sagrario y debíamos ir a consolarlo… “Vamos niños al sagrario que Jesús llorando está…”. Un Niño Jesús llorón, que nosotros, los niños buenos, teníamos que ir a animar…

En la escuela pública –franquista-, nos hacían cantar aquello de “fuera, fuera protestantes, fuera fuera de la nación, que queremos ser amantes del Sagrado Corazón”… Y nos llevaban en filas a corearlo delante de las casas de las dos únicas familias protestantes que había entonces a la salida del pueblo.

Me costó desenmarañarme de aquella religiosidad cuadriculada, tan embrollada, tan angustiante, cultivada por mis catequistas parroquiales. Aquella catequesis ahogaba y angustiaba las sanas enseñanzas de mis padres…

Ciertamente lo más válido de mi niñez fue el calor de la vida familiar: el cariño comprensivo de mi madre, las exigencias razonadas de mi padre y la amistad alegre y traviesa de mis hermanos.



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