José Luis Olaizola Juana la Loca



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José Luis Olaizola
Juana la Loca

ÍNDICE


I. A la sombra de la Reina Católica

II. Camino de Flandes

III. Matrimonio de amor en el monasterio de Lierre

IV. Dona Juana, archiduquesa de Borgoña

V. Doña Juana, heredera de la corona de Castilla

VI. Doña Juana, prisionera de Castilla

VII. Doña Juana, reina de Castilla

VIII. Doña Juana, viuda enamorada

IX. Don Fernando en busca de un heredero para la corona de Aragón

X. Doña Juana en Tordesillas

XI. El caballero Hernán Duque, ángel tutelar de doña Juana

XII. Carlos I, hijo de doña Juana, rey de España

XIII. El encuentro de Tordesillas

XIV El alzamiento de los comuneros

XV Epílogo en Tordesillas

CAPÍTULO PRIMERO

ALA SOMBRA DE LA REINA CATÓLICA

El cronista se asoma con prudencia a la vida de una reina de Castilla de quien dicen que de tal sólo tuvo el nombre, pues habiendo perdido el juicio por culpa de un mal de amores, ciñó corona, pero no gobernó como reina; se asoma con prudencia, pero no por eso menos dispuesto a hurgar en los entresijos de una locura que, por afectar a personaje tan principal, había de tener sonadas consecuencias para toda la cristiandad.

El pueblo llano la tituló «doña Juana la Loca de amor» y en eso no acertó el saber popular, pues siendo cierto que hay locuras de amor, éstas suelen ser de suyo gozosas ya que, aun penando, disfruta quien pierde el seso por tal motivo. Por contra, doña Juana la Loca fue en extremo desgraciada en este mundo, que para ella resultó valle de lágrimas amarguísimas, ya que le tocó apurar el cáliz hasta las heces.

Por estirpe y por las prendas naturales con que Dios la dotó al nacer, estaba llamada a ser la más dichosa de las criaturas; hija de los Reyes Católicos, fue educada con tal esmero que no sin justicia se dijo que era la princesa más instruida del Renacimiento. Se daba especial gracia para las artes musicales, y guardando el decoro que exigía la corte castellana, desde muy niña llamaba la atención por su encanto tanto en tañer el laúd, como en trenzar pasos de baile. De humanidades andaba sobrada, pues su madre se había cuidado de traer de Italia los mejores maestros, de manera que se expresaba en latín mejor que muchos canónigos. Pero por encima de todo destacaba por su hermosura, que apenas podía disimular la severidad en el vestir que impuso la reina Isabel en la corte, que exigía que los trajes fueran de paño de lana, hasta en los rigores del verano, y de color negro por ser éste más sufrido.

A los dieciséis años, siendo todavía doncella, en todo tenía el aire de una mujer, bien proporcionada, el rostro ovalado, con la frente muy despejada, el cabello recogido y trenzado, sobre la nuca, el cuello airoso, fino y alargado, y el busto bien dotado y poco recatado, según la costumbre de la época que vedaba a los caballeros el lucirlo, mas no así a las mujeres, pues como razonaba fray Hernando de Talavera, confesor que fuera de la Reina Católica, «verdad es que las mujeres que crían deben traer los pechos ligeros de sacar».

Los Reyes Católicos tuvieron cuatro hijas, más un hijo varón, pero así como éste salió en todo muy poco agraciado, escaso de luces, torpe en el hablar y con el labio inferior caído, las hijas fueron muy hermosas, estando concordes quienes las conocieron que, sobre todas, destacaba Juana, y a continuación Catalina, la que casó con Enrique VIII de Inglaterra, que enamoró a todos los ingleses y a su mismo y temible marido, que si más tarde se perdió fue por la concupiscencia de la carne, mal de la época en las testas coronadas, como habrá ocasión de comprobar. De ahí que la primera injusticia que cometa la historia con esta desgraciada reina sea titular a su egregio esposo como Felipe el Hermoso, cuando la verdaderamente hermosa fue ella.

En el 1492 se sucedieron tal cúmulo de acontecimientos en España, que el cronista no puede por menos de estremecerse al recordarlos. Los Reyes Católicos pusieron fin a la dominación árabe en la Península, haciéndose con su último reducto, el reino de Granada, lo cual permitió respirar a Europa entera y mirar hacia los inmensos territorios del continente africano, que tantas riquezas encerraban, al tiempo que almas que conquistar para la verdadera fe. Por la mar atlántica, un genovés visionario, gracias a la intuición femenina de la misma Reina Católica, descubre un mundo ignoto del que lo único que se sabía es que estaba habitado por unos seres primitivos, también necesitados de cristianización, que no tenían en estima los yacimientos de oro de sus tierras que tan útiles eran para las guerras entre cristianos a las que tan dados eran los monarcas en aquellos tiempos.

Conseguida la unidad de España, en las personas de los reyes de Castilla y Aragón, fueron tales los bienes que se derivaron en orden a la paz en los campos y la prosperidad en las ciudades, que sus católicas majestades tentaron en ese mismo año de reforzar la unidad mediante la uniformidad de las conciencias. A tal fin todas habían de convertirse a la religión católica, la única verdadera, de manera que en los territorios del reino todos los súbditos habían de ser católicos, bien por nacimiento, bien por conversión. Como colofón, en la misma Alhambra de Granada, el 30 de marzo de 1492, firmaron ambos monarcas el decreto de expulsión de los judíos que se negaron a bautizarse.

Admira al cronista que reina tan sesuda no atendiera en cuestión tan capital a las razones que le daban los teólogos de la Universidad de Salamanca, sapientísimos y de buena doctrina, que bien que le advertían cuán poco agradaban al Señor las violencias que se cometieran con las personas, so pretexto de convertirlas al cristianismo. Pero se hizo y de ello se derivaron no pocos males para España, ya que los judíos, pese a ser de suyo codiciosos de riquezas, con tal acierto sabían manejar los dineros que al tiempo que se lucraban ellos, beneficiaban a aquellos a quienes servían. Otro gallo le cantara al imperio español si hubieran sido judíos los que administraran las inmensas riquezas que llegaban allende los mares cuando reinaron los Habsburgo -a no mucho tardar-, que con una mano las cogían y con la otra las hacían llegar a Flandes, Nápoles o Sicilia, por un quítame allá estas pajas, de un linde de fronteras, que parecía que les iba la vida a los monarcas que estuvieran una cuarta más aquí o más allá, y pasados los siglos Francia sigue donde estaba, y lo mismo puede decirse de Alemania, Nápoles o Sicilia, por no citar las islas del otro lado del canal de la Mancha. Mientras tanto muchas madres se quedaban sin sus hijos, muchas esposas sin maridos, muchas doncellas sin honra, y muchas almas penando en el purgatorio o quién sabe si en los infiernos, pues habiendo dineros, guerras, mercenarios, saqueos, motines y violaciones, el demonio tiene grandes oportunidades de lucirse llevando a su redil a quienes en la sinrazón del combate olvidan toda justicia y caridad.

Por ser tiempos en los que los asuntos más capitales se resolvían, bien en los campos de batalla, bien en tálamos regios, los Reyes Católicos, deseosos de conseguir para Europa el fruto ya logrado para España, comenzaron a concertar matrimonios con los que soñaban obtener la unidad de los principales príncipes cristianos.

Al único hijo varón heredero de las coronas de Aragón y Castilla, se apresuraron a desposarlo a la temprana edad de dieciocho años con Margarita de Austria, hija del emperador Maximiliano, y casarse y morirse todo fue uno. Su maestro, el famoso dominico fray Diego de Deza, advirtió a la Reina Católica que si bien entendía oportuno el matrimonio por razones de estado, consideraba prudente dilatar su consumación, dado que el joven príncipe era de salud muy precaria. Pero la reina, bien por no separar lo que Dios había unido, bien por propiciar cuanto antes el nacimiento de un heredero que en su día ciñera la corona de ambos imperios, no consintió en la separación. Decidida la consumación, todos se aplicaron para que fuera fructífera y su ayo, Juan de Zapata, dispuso que se alimentara el príncipe de carne de tortuga por ser fama las virtudes de estos quelonios en orden a la procreación.

El príncipe Juan cumplió lo que se esperaba de él logrando dejar en estado de buena esperanza a su joven y encantadora esposa, pero falleció a los pocos días de unas fiebres muy súbitas, que poco tenían que ver con las del amor. No obstante, los cronistas de la época tejieron la leyenda de su pasión que ha llegado a nuestros días, por ser muy del gusto de poetas y juglares el escribir endechas sobre «un príncipe que murió de amor»; voces más autorizadas entienden que el mal estuvo en alimentación tan inadecuada, como fuera la de los citados quelonios. El caso es que murió, fue enterrado en el convento de los dominicos de Santo Tomás de Ávila, y poco después, muy cerca de él, recibió sepultura su ayo Juan de Zapata, que con tan buena intención tan mal le aconsejó.

La Reina Católica quedó sumida en el más profundo dolor ante la pérdida de su único hijo varón, con el solo consuelo del fruto concebido en las entrañas de la princesa Margarita, que poco le duró pues a los tres meses sufría el aborto de un feto varón.

Fallecido el príncipe de Asturias, sin herederos, la sucesión recaía en su hermana Isabel, hermosa como todas las hermanas, a la sazón casada con el rey Manuel 1 de Portugal. Esta joven princesa ya había estado casada con el infante Alfonso, también de Portugal, tan enamorada que, cuando el infante murió prematuramente, sintió tal desconsuelo que hizo el firme propósito de profesar en religión, pues ya no quería otro esposo que no fuera Nuestro Señor Jesucristo. Pero su madre no se lo consintió advirtiéndole que «no nos podemos permitir tales deleites las que hemos nacido para ser reinas». Casó, por tanto, con Manuel el Bueno por las mismas fechas en las que fallecía su hermano Juan, y en su momento la Reina Católica recibió la buena nueva de que Isabel estaba encinta, ya de meses mayores, dando a luz el 24 de agosto del 1498 a un varón, al que bautizaron con el nombre de Miguel, pero falleciendo la princesa reina ese mismo día a causa de un mal parto.

Ante desgracia tan seguida la Reina Católica quedó sumida en un dolor reconcentrado, muy aferrada a la cruz de Cristo y repitiendo una y otra vez la frase de la Escritura: «Dios me lo dio, Dios me lo ha quitado.» Su marido, el Rey Católico, pronto le hizo ver cómo era su obligación, pese a tanta adversidad, consolidar cuanto habían hecho por la unidad de España, extendiéndola a toda la península ibérica, en la persona del infante Miguel, y cómo convenía que fuera educado en Castilla quien estaba llamado a ceñir la corona de los inmensos territorios que, españoles por un lado y portugueses por el otro, estaban descubriendo para la cristiandad. Vino el infante a España, fue reconocido como príncipe heredero por castellanos y aragoneses, pero la adversa fortuna se cebó una vez más en tan preciaras majestades y el 20 de julio del año 1500, sin haber cumplido todavía los dos años, fallecía el príncipe Miguel en la ciudad de Granada. Cuenta Pedro Mártir de Anglería, notable humanista de la época, que la Reina Católica ante este nuevo lanzazo sólo acertó a decir, traspasada de dolor: «Cómo había de imaginar que ciudad que tan dichosa me hizo cuando entré en ella por vez primera había de ocasionarme pena tan acerba.»

Así se arruinaron sus esperanzas de proyectar un imperio desde la península ibérica, y se dio paso a la dinastía de los Habsburgo en la persona de doña Juana la Loca, casada en el 1496 con el archiduque de Borgoña, don Felipe el Hermoso.

Cuando se concertó este matrimonio todavía no se habían concitado tantas desgracias sobre los Reyes Católicos que, ufanos como estaban de sus logros en los campos de batalla, querían ahora roturar el camino hacia Europa casando a sus hijas con los más principales monarcas, salvado el rey de Francia, cristianísimo como ellos, pero con intereses encontrados desde que en el 1483 los franceses se apoderaran del reino de Nápoles; no podía consentir el Rey Católico semejante desmán ya que el citado reino pertenecía a la dinastía aragonesa, por lo que no cejó hasta recuperarlo dos años después, gracias al talento militar de don Gonzalo Fernández de Córdoba, a quien desde entonces se le conoció con el sobrenombre del Gran Capitán. Entre eso y los piques de fronteras que se traían, unas veces por la parte del Rosellón, otras por las de Fuenterrabía, las guerras entre ambos países se sucedieron durante generaciones y hay quien piensa que por tal motivo franceses y españoles siguen mirándose, hoy en día, con mal disimulado recelo.

Entendieron los Reyes Católicos que el camino de la paz pasaba por tener bien cercado a tan poderoso enemigo como era el rey de Francia, a la sazón Luis XII, hombre de mediano talento, pero monarca de un país tan rico, que siempre disponía de caudales para organizar ejércitos mercenarios, bien de suizos, bien de alemanes, que hicieron de su reinado una guerra sin fin. Fue monarca muy del agrado del pueblo por su benevolencia y sentido de la justicia, y si no consiguió mayor prosperidad para él fue por entender que por encima de todo estaba el honor de Francia que no consentía que resultara empeñado en los campos de batalla. En tal sentido mucho le hizo padecer el denominado Gran Capitán.

A tal fin, casaron los Reyes Católicos a su hija Juana con el archiduque y heredero del imperio de los Habsburgo, don Felipe el Hermoso, vecino de Francia por el linde norte, y a su hija Catalina con el rey de Inglaterra, Enrique VIII, vecino por la parte del canal de la Mancha. Pero en tanto tenían sus buenas relaciones con el imperio alemán que el enlace que concertaron fue doble: el citado entre Juana y Felipe el Hermoso, y el también ya mencionado, de infausto recuerdo, del príncipe Juan y la princesa Margarita. Y convinieron en que una armada de Castilla se desplazara a Flandes, llevando a la princesa que había de casar con el archiduque de Borgoña, y que a su regreso traería a la princesa Margarita para casar con el infortunado príncipe de Asturias.

Eso sucedía en el verano del 1495 y la Reina Católica, pese a su austero sentido de la vida, armó la expedición naval más fastuosa de la historia, para que tomaran conciencia todos los países ribereños del mar del Norte de cómo un oscuro condado de la altiplanicie castellana podía convertirse en dueño de los mares. Convenía tal alarde porque el reino de España no estaba todavía demasiado considerado por el resto de naciones europeas, ya que su población rondaba los ocho millones de habitantes, frente a los veinte que tenía Francia. En cuanto a sus ciudades eran tenidas por las más pequeñas de Europa, ya que la más principal, Valladolid, que hacía las veces de sede de la Corona, justo alcanzaba los veinticinco mil habitantes. No obstante, las riquezas que comenzaban a llegar de América pronto harían cambiar las cosas, aunque no todas ellas se emplearon como mejor convenía para el reino.

Dispuso la Reina Católica que todos los astilleros del Cantábrico y todas las ferrerías de Guipúzcoa se pusieran a trabajar para armar la que, sin exceso, acabó siendo calificada de ciudad flotante. Previsto inicialmente que la armada se compondría de doce barcos, fueron finalmente veintidós, todos muy bien dotados de artillería y gente de armas para que ni por mientes se le pasara al rey de Francia el interceptar convoy que tan en contra de sus intereses navegaba cerca de sus costas. Hasta el famoso almirante Cristóbal Colón fue requerido para que emitiese su juicio sobre las condiciones de la navegación por mares tan procelosos.

En el mes de agosto del citado verano la armada surta entre la peña de Santoña y la hermosa playa de Laredo. Se componía de dos carracas genovesas, barcos de buen calado, de navegar muy plácido, en una de las cuales, al mando de Juan Pérez, había de viajar la princesa Juana; más quince naos de las denominadas vizcaínas, gobernadas por pilotos de esa costa, todas ellas muy veleras, y cinco carabelas que habrían dé cerrar la marcha del convoy. La dotación de armamento era de cuatrocientos cañones, con sus correspondientes artilleros, no menos de tres por pieza, más doscientos escopeteros, quinientos ballesteros y tres mil lanceros. Las gentes de la costa no se cansaban de admirar tanto esplendor, y hasta el embajador del papa se desplazó a Laredo para comprobar con sus propios ojos lo que contaban y no acababan sobre aquella armada.

El armador principal era un tal Juan de Arbolancha, de quien no consta su procedencia, pero sí su condición de marinero audaz y aprovechado, con ribetes de corsario, ya que sí consta que sus hermanos, que en todo le estaban sujetos, asaltaban a los mercantes ingleses que se salían de su ruta. Esto bien lo sabía el Rey Católico, pero había de consentirlo por ser mal de la época la afición que tenían al botín cuantos andaban en empresas de armas.

Este Juan de Arbolancha fue quien tuvo la idea de que para que la armada luciera más en todo, habían de incorporarse al convoy todos los barcos laneros que hacían la ruta de Flandes, obligándoles a esperar a la marea más propicia para la armada real. Esto trajo retrasos y no pocos problemas, pues no todo lo que porteaban los mercantes eran lanas, ya que también llevaban frutas y otras materias perecederas y a la Corona le tocó soportar esas pérdidas.

Admira que para casar á una hija se mostraran sus majestades católicas tan desprendidas en el gasto, en comparación con las miserias que hubieron de pasar los que armaron las tres carabelas que dieron gloria imperecedera a la Corona de Castilla con el descubrimiento de América. Bien es cierto que si lleváramos un profeta en ancas, en todo acertaríamos, pero ni siquiera los reyes gozan de ese privilegio, como a la vista está en el caso de sus majestades católicas, los reyes Fernando e Isabel. Si la armada que queda descrita, tan dotada de soldados, como de sabios, teólogos, y demás gente principal -baste considerar que sólo la corte al servicio de la princesa Juana la componían 4 160 personajes-, en lugar de enviarla a un pequeño país de Europa, la hubieran mandado a las inmensidades descubiertas allende la mar atlántica, a éstas fechas es posible que todas aquellas tierras, desde Terranova hasta la Tierra del Fuego, hablasen español, incluida la ciudad de Nueva York.

Si en eso no acertaron sus majestades católicas, menos gracia tuvieron en los matrimonios de sus hijos. A los dos mayores, Juan e Isabel, les costó la vida, como queda dicho: al primero por casar demasiado pronto, y a la segunda por no dejarla profesar en religión. En cuanto a Catalina, por casar con Enrique VIII de Inglaterra, mucho hubo de sufrir, y a la postre el mayor daño fue para toda la cristiandad, pues por culpa de monarca tan venal como lujurioso se perdieron sus reinos para la catolicidad. De los cinco hijos que tuvieron los Reyes Católicos, sólo María alcanzó la felicidad en el matrimonio, y no por méritos de sus reales padres, que sólo miraban al casarla por sus intereses con el país vecino, sino porque su marido, Manuel I de Portugal -viudo de su hermana Isabel-, resultó tan justo y benéfico que mereció el sobrenombre unas veces de Manuel el Bueno y otras el Afortunado, pues ambos títulos se merecía. Es natural que quien supo hacer feliz a su pueblo, también hiciera dichosa a su joven y encantadora esposa. En cuanto a Juana ya se verá lo que tuvo de positivo su matrimonio con Felipe el Hermoso, y los daños que de ello se derivaron.

Esta obsesión de arreglar los reinos mediante matrimonios dinásticos era común a todos los monarcas cristianos, hasta el punto de que un teólogo de Salamanca, de nombre Bartolomé Márquez, de la orden de Predicadores, se atrevió a decir a la Reina Católica que mirase bien lo que hacía, pues Nuestro Señor Jesucristo había dispuesto el sacramento del matrimonio para fines que poco tenían que ver con tales arreglos; y que los Padres de la iglesia eran unánimes en determinar que matrimonio celebrado sin libertad ni consentimiento de los contrayentes, de tal sólo tenía la apariencia, pues «quod ab initio nullum est non potest tractus tempore convalescere», que era tanto como decir que eran nulos. ¿Y qué libertad podía haber en príncipes que se casaban tan forzadamente? La Reina Católica dicen que le escuchó con el respeto que le merecían los teólogos de tan ilustre universidad y prometió que les razonaría a sus hijos para que se casaran de grado, y no por fuerza. Ahora bien, qué es lo que entendía reina tan católica por casarse de buen grado, es algo que quedaba al fuero de su conciencia.

CAPÍTULO II

CAMINO DE FLANDES
En el caso de la princesa Juana no parece que se planteara tal cuestión, pues hasta Castilla había llegado la fama de galán que tenía el príncipe llamado a ser su marido, de manera que todas las damas de la corte la felicitaban por su buena suerte, y le gastaban bromas sobre los goces que le depararía matrimonio tan bien concertado.

La reina Isabel, que al tiempo que casaba a su hija Juana quería mostrar el nuevo poderío de Castilla y Aragón al mundo entero, cuidó mucho los detalles de aquella magna expedición naval y, pese a no andar sobrada de salud, acompañó a su hija hasta la rada de Laredo, en lo más recio dei verano. Era la Reina Católica muy andariega y dada a la corte itinerante, cuidando de estar presente allá donde su real persona fuese necesaria, no rehuyendo siquiera los campos de batalla, como demostró en el sitio de la ciudad de Granada; y estando sus hijas llamadas a ser reinas a no mucho tardar, procuraba tenerlas cerca de sí para que la tomaran como modelo, no porque ella fuera orgullosa o se tuviera en más que otras majestades, sino por lo mucho que se había visto obligada a padecer, que es tanto como decir aprender, para conseguir hacer un país unido de lo que antaño fuera reino de taifas y señores feudales. Esa ciencia es la que quería transmitir a sus hijas, al extremo de ahormarlas a su persona, para que no se desperdiciara sabiduría conseguida con tantas lágrimas y penares.

Todas las hijas le eran muy devotas, pero consta que, salvado el príncipe de Asturias, Juana era la preferida de su corazón, pues al atractivo de su excepcional belleza se unía una dulzura de carácter y una suavidad en el decir, que prendían en el corazón de los que la trataban. De ahí el asombro que produjo su posterior locura, pues los que la habían conocido siendo doncella no alcanzaban a comprender que criatura tan risueña, se tornara en sombría y arrebatada apenas alcanzó la madurez. Tal fue el caso del almirante de Castilla, don Fadrique Enríquez, nobilísimo, que presidió la corte de la princesa en su viaje a Flandes, y fue de los que más se resistió a admitir la locura de su princesa venerada.

El día 20 de agosto de 1496 madre e hija subieron a bordo de la carraca de Juan Pérez, ilusionadas por lo que representaba aquella magna empresa, pero con el corazón dolorido ya que si los acontecimientos hubieran seguido el curso marcado por los hombres, hubiera sido aquélla la última oportunidad que tenían de estar juntas en este mundo. Juana marchaba a Flandes para ser archiduquesa de Borgoña, de por vida, lo que significaba no retornar nunca a Castilla. Por eso la Reina Católica se pasó un día y una noche en la carraca, dándole ánimos y consejos a su hija, y encareciéndole que no se cansara de dar gracias al Supremo Hacedor que había dispuesto que su enlace matrimonial se celebrara en tan favorables circunstancias.

Para que tomara buena conciencia de ello le contó con todo detalle cuán diferente había sido su boda con el rey Fernando, ella acosada por los cuatro costados por el partido de Juana la Beltraneja, que quería desposeerla de sus derechos a la corona, y su regio prometido peleando en Cataluña contra los nobles alzados en rebelión. Pero confiando en que el matrimonio convenido podría remediar tanto desorden, dispusieron que se celebrara en secreto, para que nadie pudiera impedir enlace que tanto bien había de traer al reino; y el rey Fernando se vio obligado a disfrazarse de arriero para así poder cruzar las líneas enemigas en compañía de unos pocos leales, que fueron los mismos que le fiaron el dinero para la sencilla ceremonia, que se celebró en un modesto castillo perteneciente a un hidalgo de la parte de Medina del Campo.

«Si de tan poco salió tanto, con la gracia de Dios -le razonó la Reina Católica a su hija-, de tanto, no faltando la misma gracia, ha de salir más.»

Y así la historia nos muestra, una vez más, que lo que los hombres discurren no sin fundamento las más de las veces no se cumple, sin que alcancemos a conocer las razones.

En la noche del 21 al 22 de agosto se levantó un viento favorable y el almirante de la armada, el famoso marino Sancho de Bazán, dio orden de levar anclas. El cronista Bernáldez cuenta que, gracias a las mañas del mencionado Juan de Arbolancha, los navíos que emprendieron aquella primera singladura no bajaban de los ciento treinta, cifra nunca vista por aquellos mares.

El multicolor de tantas banderolas como adornaban los navíos producía la sensación de un gigantesco dragón desperezándose a la salida del sol. Pasó toda la noche, y gran parte del día siguiente, y todavía seguían saliendo naves por la bocana del puerto, y al atardecer aún se divisaban velas desde las atalayas costeras.

Dispuso el almirante que se navegara en conserva, los navíos emparejados para que se pudieran ayudar los unos a los otros, cada pareja siguiendo la estela de la precedente, cuidando los más veleros de no tomar ventaja para que ninguno se quedara rezagado. La carraca de la princesa navegaba en el centro del convoy, a resguardo de cualquier peligro, y en este su primer viaje por el mar abierto, demostró la buena disposición de su naturaleza en lo que a salud se refiere, salvada la de la mente, pues en ningún momento sintió mareo, y procuró siempre que el tiempo lo permitía estar en cubierta, muy atenta a las explicaciones que le daba el presidente de su corte, el almirante Enríquez, sobre las circunstancias de la navegación.

Era también la primera vez que salía al mar abierto de la vida sin el resguardo de su egregia madre, y aun sin perder su natural sencillo se le puso el aire de quien es consciente de ser personaje principal en medio de tanto fasto, a quien todos deben reverencia. Durante la primera semana se sucedieron singladuras muy plácidas, bajo un cielo azul, con un mar verde claro, y blanco espumoso bajo las quillas de las naves, entre las que jugueteaban los delfines como lebreles chicos con su dueño, hasta que al noveno día saltó un viento austral y traicionero, que acabó en tormenta tan alborotada que obligó a la armada a entrar en el puerto inglés de Portsmouth, de arribada forzosa, el día 31 de agosto.

Eran los ingleses, a la sazón, gente ruda, de costumbres poco refinadas, labradores y guerreros, muy encerrados en sus castillos a los que todavía no habían llegado los efluvios humanistas del Renacimiento europeo. De ahí el asombro que mostraron ante el esplendor de aquella expedición naval y, advertidos de quién viajaba en ella, se apresuraran a rendirle pleitesía los principales caballeros de la corte. La princesa Juana mostró en todo las maneras que aprendiera de su madre, siendo de admirar que tan núbil criatura recibiera el homenaje que por alcurnia le era debido, como si no hubiera hecho otra cosa en toda su vida. Edmond Blot, cronista inglés de la época, cuenta que tanto en la tripulación como en el pasaje se notaban los efectos de tres días de borrasca, excepto en la princesa, que lucía hermosos colores en sus mejillas, desprendiéndose de toda su persona una sensación de frescura y serenidad que hablaba mucho en su favor. También les admiró el que no consintiera en recibir ningún homenaje, sin antes rendírselo ella a quien está por encima de los hombres, disponiendo que se celebrara un tedéum de acción de gracias por haber salido con bien de la tormenta, en la principal iglesia de la ciudad de Portsmouth, a la que se encaminó por su propio pie, sin querer valerse de ningún carruaje.

Tanto alabaron al monarca inglés, Enrique VII, los encantos de la princesa española que, según nos cuenta el mismo Edmond Blot, se las ingenió para desplazarse hasta el puerto de Portsmouth y poder verla de manera oculta, pues el protocolo no permitía que un rey saliera al encuentro de una princesa de no mediar razones de estado. Su curiosidad en parte estaba justificada ya que por aquellos días andaba negociando el matrimonio de su hijo primogénito con Catalina de Aragón y a la vista de la princesa, y de lo que de ella le contaban, dijo: «Si su hermana Catalina en algo se le parece, no creo que hagamos mal negocio haciéndola nuestra reina, pues si el cuerpo es el estuche del alma, no es de suponer que estuche tan precioso contenga un mísero interior.»

Quedó tan prendado de aquella hermosura que pasados los años, siendo ambos viudos, y pese a que ella ya traía fama de estar loca, la pidió en matrimonio a su padre, el Rey Católico, quien no quiso dársela por las causas que se verán en su momento, si procede. Duró aquella primera estancia de la princesa en Inglaterra solamente dos días, ya que en cuanto se calmó el mar reembarcaron rumbo a Flandes, adonde arribaron el día 9 de setiembre. La recepción de la corte flamenca fue muy cálida, aunque con el contratiempo de que su prometido, Felipe el Hermoso, duque de Borgoña, no pudo salir a recibirla por encontrarse en Lindau, a orillas del lago Constanza, presidiendo la dieta en nombre de su padre, el emperador Maximiliano de Austria.

Como no hay mal que por bien no venga, tal contratiempo permitió a la princesa ir conociendo su nueva patria, sus costumbres, tan distintas de las de Castilla y, lo que es más importante, el idioma. Estaba convenido que ambos príncipes habían de entenderse en latín, pero pronto advirtieron a doña Juana que todo lo que tenía su prometido de ducho en toda clase de ejercicios físicos, bien de caza, de juegos de pelota, y no digamos de danzas y correrías, lo tenía de remiso para las humanidades, estando, por tanto, muy poco instruido en la lengua de Cicerón. Juana, que ya había estudiado el francés con su maestro políglota, Pedro Mártir de Anglería, se aplicó a él con tal devoción que los flamencos que se incorporaban a su cortejo se admiraban de ver cómo mejoraba su expresión, de día en día.

Cortejo fue, y de los más triunfales, ya que a su paso por las poblaciones era tal el afán que tenían sus habitantes de conocer a su futura soberana, que doña Juana se veía precisada a dejar su carruaje y entrar en ellas amazona sobre una mula ricamente enjaezada, para que pudiera ser bien vista de todos. Y, según corría la noticia de su belleza y encanto, hasta en los caminos se agolpaban las gentes para verla pasar. La futura archiduquesa recibía las aclamaciones con gran sencillez, procurando tener palabras de agradecimiento para todos los señores principales que salían a recibirla. En esto mucho le servía el consejo del almirante Enríquez, que no se separaba de ella. Las jornadas que precedieron a su entrada en Amberes, las tuvo que hacer sobre la mula pues durante todo el trayecto había gentes enfervorizadas que no cesaban de aclamarla. Fue de admirar que sus caballeros del cortejo no podían aguantar jornadas tan prolongadas, y debían turnarse, mientras que la princesa, grácil y sonriente, nunca parecía mostrar fatiga.

Acompañaban a doña Juana sus damas de honor, jóvenes también, y las más de ellas muy agraciadas, pues era política del rey Fernando el Católico el que casaran con nobles flamencos, siempre con el pío de que en las alcobas conyugales se reforzasen los lazos políticos entre ambos reinos. Bodas hubo entre flamencos y castellanas, pero no consta que por ello cambiasen de su sitio las fronteras.

A los holandeses les admiraba el talle de las españolas y sus rostros ovalados, muy distintos de los de las flamencas, abundantes en carnes y en colores, y, por la novedad, las ensalzaban poniéndolas como ejemplo de suma belleza, dando lugar a no pocos piques con las nativas. Por uno o por otro motivo aquel cortejo se convirtió en un acontecimiento, teniendo cada día noticias de él Felipe el Hermoso, que ardía en impaciencia de conocer a prometida que tanto le loaban, pero sin que pudiera apresurar su viaje, retenido como estaba en Lindau, presidiendo una dieta de la que se esperaban obtener fondos para las arcas siempre exhaustas del emperador.

Para compensar su ausencia, y siguiendo el consejo de su preceptor, Francisco de Buxleiden, arzobispo de Besançon, comenzó a enviarle por correos especiales, misivas de su puño y letra, con tales lindezas y ternuras que Juana no salía de su pasmo ante el talante poético de su regio prometido del que nadie le había hablado. El secreto estaba en que si bien la letra era del archiduque, la poesía se la dictaba un juglar de la corte, de nombre De Very, famoso en todas las justas poéticas. Juana aprovechaba los mismos correos de vuelta para enviarle misivas no menos rendidas y amorosas, por lo que no cabe dudar que ambos jóvenes llegaron a amarse sin conocerse.

Juana vivía como en un sueño, agasajada por donde pasaba, y siendo la envidia de todas las damas de la corte flamenca, que no se cansaban de decirle que se iba a casar con el soberano más hermoso del orbe, al tiempo que más cumplido galán, más diestro bailarín, más bravo jinete, amén de excelente conversador. Es de admirar que amores que comenzaban bajo tan buenos auspicios estuvieran llamados a terminar de manera tan infausta.


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