Jose maria alonso, S. J



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San Ignacio del Masparro, 23 de Abril de 1984

R.P.


JOSE MARIA ALONSO, S.J.

Tudela.

Mi recordado P. Alonso:

Los muchachos te recuerdan. Dicen: "Sería chéve­re, que viniera el P. Alonso". Tú sabes que yo, desde que te conocí, por recomendación del H. Sánchez, de­seé que vinieras a trabajar con Fe y Alegría.

Te escribo desde este ya recién nacido San Ignacio del Masparro, que quiere llegar a ser un eficiente Ins­tituto Agropecuario - Forestal y también Agro-Industrial.

Quiere llegar a ser pronto, porque quiere crecer con rapidez, para que sea ejemplo a otros que vendrán tras él. Por ahora es solamente una enramada de venas de palma que forman las paredes y un techo, en el que hemos puesto provisionalmente las láminas de acero­lit, que serán después el techo definitivo de la casa de los Fundadores. Estos serán graduados de San Javier del Valle Grande. Estoy seguro que te sentirás muy bien con ellos.

San Ignacio del Masparro tiene hoy dos cobertizos de Palmas. Uno es la cocina y almacén de cemento. El otro es el dormitorio. Ninguno de los dos tiene puer­tas, aunque están a la orilla de un camino por un lado y a la orilla del río por otro. Cualquiera que quisiera robarnos, nos podría encañonar con su escopeta o su revólver, antes de que despertáramos. Pero aquí la gente parece tranquila y bastante respetuosa de lo ajeno. No­sotros no tenemos ni un arma de fuego.

En nuestra choza-dormitorio hay unas cuantas ca­mas, algunas hamacas, herramientas, carretillas, mo­tosierras, tronquitos que nos sirven de sillas y unos pi­potes de plástico que hacen de despensa. Es al mis­mo tiempo comedor. También ha servido ya varias ve­ces de recibidor a campesinos y a familias de Dolores, que han venido a conocernos y preguntar, cuándo va a funcionar el Colegio.

Durante el día hace calor, sobre todo desde las once de la mañana hasta las ocho de la noche. Después y sobre todo en la madrugada refresca y hay que echar­se algo de ropa, pues nosotros que estamos ya tropi­calizados sentimos verdadero frío. Por eso se duerme muy bien.

Tengo una gran ilusión de que vayamos levantando un Centro Educativo Cristiano, que transforme con el tiempo el modo de vida de la población rural de estos contornos.

Creo que vamos a lograr un buen equipo de Direc­tor, Animadores y Técnicos, que sepan impulsar aquí un desarrollo orgánico y humanístico. Una Comuni­dad de Hermanas será alma y vida, para que San Ig­nacio del Masparro se convierta en un oasis de fe, de cultura y de vitalidad emprendedora. ¿Tú crees que las Reverendas de la Compañía de María están ya tan vie­jas y gastadas que les falte aliento, para enviarnos tres o cuatro Marías, que fueran levantando un Belén­-Nazareth, para cuidar tantos Hermanillos y Hermani­llas de Jesús que casi sólo cuidan el sol y el viento...?

Cuando mi hermana Marichu era alumna de la En­señanza de Tudela, oía hablar de la M. Leona. No sé si la saludé alguna vez, pero su sólo nombre me inspi­raba respeto y santa veneración. Yo también tuve una tía abuela paterna que se llamaba Leona. Mi tía Leo­na le regaló a mi padre una vez tres onzas de oro, cuan­do fue a Chile, a fin del siglo pasado. Este hecho fue muy respetado en la familia. Mi abuela paterna lleva­ba el poderoso nombre de Doña Bárbara. Si yo hubie­ra sido niña, mi padre ya me tenía preparado este so­noro nombre. Presumo que algo, al menos, de mi sim­patía por la vida salvaje y por los hombres primitivos, me viene por esta línea hereditaria.

Mi querido P. Alonso, hoy lunes de Resurrección es­tamos solos aquí Mauro y yo. Sin duda te acuerdas de Mauro, que fue contigo en la expedición, que tu diri­giste hasta el Orinoco y sus factorías siderúrgicas. El te manda afectuosos saludos y se suma al voto de los que quieren que vengas por estos Llanos.

Tenemos sólo tres peones trabajando en el bosque, cortando mil venas de palma, para hacer un caney so­bre la barranca del río. Los que nos van a hacer el po­zo, no han aparecido en toda la mañana. Tampoco han llegado todavía los que esperamos de Mérida. Estos se quedarán con nosotros al menos toda la semana.

La casa de los Fundadores todavía no sale del sue­lo, hasta que venga la madera que va a sostener las pa­redes prefabricadas, que formarán las paredes. Si em­pieza a llover seguido, dentro de dos o tres semanas nos vamos a mojar por unos días.

Parece, que como en el Invierno a veces amanece llo­viendo y anochece lloviendo, la temperatura se hace más fresca. Son cosas que oímos y que no sabemos de modo experimental.

Te estoy escribiendo a dos metros de la orilla del agua. Aquí llega la brisa más refrigerada, por el lomo del río. Enfrente hay varios árboles silenciosos, que a ratos se alborotan con un clamor como de centenares de gallinas. Es un dormidero de chenchenas. También enfrente, un poco a la izquierda hay una playa de are­na en arco como de cien metros. Los monos rojos ba­jan a beber agua. Un monito pequeño de color gris blanquecino que se asoma a la barranca y hace algo en el suelo que no alcanzo a adivinar, mira después con recelo a un lado y a otro y sube otra vez la cuesta de la barranca, para desaparecer en el bosque.

Este es muy frondoso en la orilla izquierda. Espero explorarlo con cierta detención cuando tengamos una lancha, para conocer su capacidad maderera, averiguar quiénes son los dueños y quizá, con el tiempo iniciar gestiones de compra, al menos de una parte.

El río y los bosques de las orillas, me sugieren mul­titud de cosas, que no puedo llamar planes todavía, pero que contienen muchos gérmenes que pueden ser fecundos. Esto no es soñar despierto sino examinar rea­lidades tangibles: Tierra, mucha tierra cultivable, agua, masas de agua en movimiento, con las que al menos se puede regar y quizá obtener energía. Bosque, ma­dera en abundancia, árboles que podemos ayudar, me­jorar y multiplicar. Viento, buen viento, frente al cual podremos levantar trabajadores molinos, para obtener electricidad y bombeo directo del agua.

Yo creo que Dios nos ha puesto aquí para desarro­llar la curiosidad creadora, la generalización de mu­chas técnicas sencillas en favor de estos campesinos, el ímpetu juvenil de ser útiles a muchos y de poner al mismo tiempo luz de Cristo en tantos corazones.

Te estoy escribiendo literalmente debajo de una en­redadera de flores moradas de tono pálido, color lila. Hay varias subidas en los árboles que asoman sobre el río. Por eso la corriente pasa trayendo flores, por­que el viento las lleva al agua. Huelen muy bien. Las llaman canilla de venado.

El cielo se está encapotando. No son las tres y me­dia de la tarde y ha disminuido mucho la luminosidad. Quiera Dios que llueva algo sin viento tempestuoso, para que nuestros dos cobertizos no se inunden y para que la yuca que ya hemos sembrado, empiece a germinar.

Sobre las once hectáreas y media que hemos prepa­rado con tractor y rastras, está brotando uniformemen­te un pasto que parece fino. Tendremos que aplicar un herbicida, para que no se nos vuelva un pajonal.

No me asusta empezar a ser agricultor tropical a los setenta y tres años. Estoy seguro de que tendremos mu­chos fracasos y tropezones, pero saldremos adelante. Quizá también tengamos algunos sustos. Ahora por ejemplo, Mauro acaba de traer una culebra Mapanare Terciopelo, Cuatro narices. Así la llaman. La hemos medido: Un metro treinta y tres centímetros. Su peli­grosidad no es su tamaño, sino lo activo de su veneno. El peón que la mató iba a dar el paso sobre ella cuan­do se dio cuenta de que la iba a pisar. En vez de eso, le propinó un machetazo en la mera cabeza, como di­cen los mexicanos. En Venezuela, de una persona que está enfurecida se dice: estaba hecha una mapanare. Por algo será. Su piel es preciosa. Donde una vez más hay que decir: que a veces las apariencias engañan.

De noche, con la luz de la luna o con una linterna, miro la pared de hojas de palma, que está a medio me­tro de mi cama, imaginando que a lo mejor podría es­tar entreverada en ella una bonita mapanare. Pero es­to todavía no me ha quitado un minuto de sueño. ¡¡¡Gra­cias a Dios...!!!

Como ves, aquí lo primitivo se junta a veces con lo moderno. Hoy he estado observando a tres hombres, que han pasado caminando agua abajo con tres lar­gas lanzas, de hojas muy afiladas y brillantes. Iban con agua a menos de la rodilla, observando el movimiento de la corriente. Me hizo la impresión de que iban bus­cando babos o peces muy grandes, para acuchillarlos a cierta distancia.

Al mismo tiempo, como aquí la electricidad está a diez kilómetros de distancia, hemos estado hoy casi to­do el día adaptando un enfriador de kerosene, que nos permitirá, si funciona, tener hielo y agua fría, pues ésta se pone al clima, como si fuera sopa tibia.

La semana que viene, creo que podré contratar en Caracas, un tractor de orugas, para poder realizar una serie de trabajos de movimiento de tierras, que no po­dríamos hacer a mano, ni con centenares de hombres.

La razón por la que tenemos prisa en empezar, es la demostración de eficiencia, pues este ejemplo va a mover muchas personas y cosas en nuestro favor. Por otra parte estos terrenos estaban amenazados de ocu­pación. Así que utilizamos con rapidez el permiso y cesión de tierras que nos hizo la Municipalidad, con­tra el compromiso de nuestra parte de ir desarrollan­do aquí un Centro Educativo, de tipo Agro-Pecuario­-Forestal.

La casa que queremos construir para el Equipo Fun­dador, está todavía en el suelo, pero sobrepasadas al­gunas dificultades imprevistas, esperamos tenerla pron­to de pie. Ya el cielo sin nubes se ha terminado. Los días están bastante encapotados. Ahora están cayen­do unas gotas sueltas, que pudieran transformarse en un aguacero. Ojalá que sea un chubasquito refrescan­te y educado.

Pues así fue. Se mojó un poquito la tierra y pudi­mos comprobar, de qué lado sopla el viento que trae la lluvia moderada. Hoy ya tenemos trescientas venas de palma de las mil que pensábamos cortar para el ca­ney. Mañana serán quinientas.

Los hombres con lanzas pasaron por aquí de regre­so. Cada uno llevaba sus veinte kilos de pescado. Tie­nen para cenar hoy y para comer mañana. A esas lan­zas le llaman chuzos y ese tipo de pesca es: "Pescar chuceado".

Ya por fin llegaron los hombres que están haciendo el pozo de una manera bastante tosca. Usan una especie de taladro con cuatro dientes, que va haciendo una perfora­ción vertical de unas cuatro pulgadas, que son diez centí­metros de diámetro. Hacen girar la tubería de perforación a brazo y por el tubo de perforación introducen una corriente de agua impulsada por una bomba de gasolina, que ayuda a la broca a ir soltando el fondo que sale a la superficie, como barro. Claro que pueden perforar así, porque no hay en el subsuelo una sola piedra o capa ro­cosa. Si tropezaran con alguna de ellas, tendrían que abandonar lo hecho y empezar de nuevo.

Dicen que el hombre tropical es flojo, pero me pa­rece claro que sería difícil encontrar un europeo, que con este clima, se atreviera a realizar un trabajo tan rudo.

Esperamos pues tener pronto agua y mandar a ana­lizarla. Hoy fuimos al Pueblo un Profesor italiano y yo, para traer agua filtrada y para bañarnos en la Ca­sa Cural. Fracaso doble: Todas las casas estaban sin agua. Tenemos que volver por la tarde, pues espera­mos que ya les hayan arreglado el acueducto. El Pro­fesor Italiano viene para dirigir en Mérida, el Taller de Joyería. Es de Vicenza, cerca de Venecia, viene can­sado de la desilusión y del consumismo europeo. Aun­que yo voy mañana a Mérida, Eugenio Vaccarotto, que así se llama nuestro Joyero, ha querido conocer el lu­gar donde estamos trabajando en la Fundación de San Ignacio del Masparro. No está fuera de proyecto, que aquí además de que formemos agricultores y ganade­ros como finalidad principal podamos también ense­ñar Profesiones Artísticas. Creo que un Pintor, un Es­cultor o a lo mejor un Joyero, sean como modo bási­co de sustentación, hombres que tengan una Hacien­da y que, asegurado el condumio diario suyo y de su familia, puedan ser en su Profesión preferida Artistas o Literatos. Cerca de Mérida hay un vallecito donde viven de la agricultura y la ganadería unos cincuenta matrimonios con sus hijos. Son Profesionales Univer­sitarios jóvenes que aburridos de la vida falsa de las ciudades, se han ido al monte a vivir de modo más sa­no, en comunión con la naturaleza. Conozco a uno de ellos, arquitecto, que vive de lo que le dan sus vacas. Al año presenta una exposición de acuarelas en alguna ciudad. Su sustento depende de sus vacas lecheras y de la venta de sus acuarelas. Yo quise contratarlo co­mo Profesor de Pintura. El hombre me mantuvo la es­peranza de que iba a aceptar, pero se le impuso el mie­do de caer en la atracción de la ciudad de Mérida y así poner en peligro su soberana libertad, conseguida en la austeridad del campo. Creo como ves, que hay un regreso a la Tebaida, en la que San Pacomio podrá ser hoy un ganadero, que cría cerdos, en una buena gran­ja porcina y al mismo tiempo trabaja en escultura ro­mánica. ¿Y por qué no ...? En lo raro que nos suenan estos conceptos, tenemos una medida de cuán sumer­gidos estamos en las vanidades de la sociedad de con­sumo y cuán poca identidad y originalidad tenemos en nuestras mismas concepciones pastorales.

Llegó un jeep de Mérida trayendo algunas cosas y a dos obreros, para que viviendo aquí con nosotros, tenga Mauro mejores ayudantes. Voy mañana a Méri­da. Vuelvo con Eugenio Vaccarotto, para que prepare­mos una lista de materiales y pequeñas maquinitas, pa­ra darle un impulso más vigoroso a nuestro taller de joyería. Vaccarotto está muy admirado de la austeri­dad con que estamos iniciando San Ignacio del Mas­parro. También lo impactó mucho la naturaleza po­tente de la Comarca y la pobreza de la gente. Sobre todo lo primitivo de las casitas o más bien chozas de los pobladores. Lo llevé a ver una casa de gente relati­vamente acomodada, pues tiene gran extensión de tierra y tres tractores que valen buenos centavos. Se apelli­dan Quintana. Son un familión. Pero la casa nueva que estaban levantando, salvo las columnas de cemento; era toda de estructura de madera, y cubierta con venas de palma. Creo que en vez de piso de tierra pisada, le pon­drán a la nueva, suelo de cemento.

Los utensilios y la cocina son sencillísimos. El fo­gón está bajo un techo separado de la habitación prin­cipal. Es elemental: una mesa de madera tosca sobre la que hay una capa de tierra de un palmo de grosor, como a islante de la madera, y como soporte de unas piedras en las que apoyan las sartenes y calderos. Los más avanzados tienen encima de la mesa de tierra, una parrilla larga de hierro, con tres lados tapados con ar­cilla y uno libre para meter la leña.

Nosotros tenemos que pensar qué formas de éstas, en casa y utensilios vamos a adoptar y cuáles son las que vamos a modificar con maneras más modernas. Cómo van a ser al principio todas las cosas, para lo­grar más baratura y adaptación y cómo irán cambian­do o mejor dicho mejorando a medida que San Igna­cio del Masparro vaya teniendo recursos y mejores resultados. Pero pensando que un buen resultado será aceptar el mayor número de elementos locales que po­niendo a salvo la salud y las buenas costumbres, nos permitan mantener criterios de austeridad, que forti­fiquen la eficacia, el ahorro creativo y la velocidad ejemplar en el crecimiento cualitativo y cuantitativo de la Educación. Esa ejemplaridad en el éxito, es para Fe y Alegría el principal motor, para obtener nuevas ayu­das de los particulares y para ir ganando la confianza oficial.

Bueno, mi querido padre Alonso, pronto tendrás que venir, al menos a hacernos una visita y para que lleves argumentos, para persuadir a las Hermanas de la Com­pañía de María, a que vengan aquí a fin de ayudar a San José, que no trabaja para un solo Niño Jesús, si­no para millares de ellos.

Un fuerte y fraterno abrazo.

Tuyo.


P. José María Vélaz S.J.







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