Joveret de Historia del Pueblo Judío



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Experimentos Milgram


En 1960, S. Milgram realizó una serie de experimentos para abordar el conflicto entre la conciencia personal y la obediencia de una figura externa de autoridad. Encontró que cuando se ordenaba a las personas a que actuaran en contra de sus conciecias, algunas entraban en “estado agéntico”. Es decir, se consideraban simples instrumentos (agentes) de la figura de autoridad y no sentían responsabilidad por sus actos.

En los experimentos de Yale, como se conocen ahora, Milgram pidió a una muestra aleatoria de habitantes de New Haven (excluyendo a estudiantes) que participaran en un experimento. Les dijo que estaba averiguando si las personas aprenden mejor mediante los refuerzos positivos o negativos. Les pedía a los voluntarios que fingieran ser maestros, indicándoles que otro sujeto sería el aprendiz. El maestro tenía que leer una serie de pares de palabras al aprendiz y después repetirle al aprendiz la primera palabra de cada uno de los pares.

Si el aprendiz respondía correctamente con la segunda palabra del par, el profesor pasaba a otra serie. Sin embargo, si el aprendiz respondía indebidamente, el maestro debía propinarle al aprendiz una descarga eléctrica. La fuerza de descarga aumentaba con cada respuesta equivocada.

Un investigador (que actuaba de figura de autoridad) permanecía en la habitación con el profesor mientras este leía los pares de palabras y “castigaba” al aprendiz.

En realidad, no había ninguna descarga eléctrica. El aprendiz era, en realiad, un actor que, conforme iba pasando el tiempo, simulaba estar sufriendo un gran dolor y pedía retirarse del experimento.

El "maestro" cree que está dando descargas al "alumno" cuando en realidad todo es una simulación. El "alumno" ha sido previamente aleccionado por el investigador para que vaya simulando los efectos de las sucesivas descargas. Así, a medida que el nivel de descarga aumenta, el "alumno" comienza a golpear en el vidrio que lo separa del "maestro" y se queja de su condición de enfermo del corazón, luego aullará de dolor, pedirá el fin del experimento, y finalmente, al alcanzarse los 270 voltios, gritará de agonía. Lo que el participante “profesor” escucha es en realidad un grabación de gemidos y gritos de dolor. Si el nivel de supuesto dolor alcanza los 300 voltios, el "alumno" dejará de responder a las preguntas y se producirán estertores previos al coma.

Por lo general, cuando los "maestros" alcanzaban los 75 voltios, se ponían nerviosos ante las quejas de dolor de sus "alumnos" y deseaban parar el experimento, pero la férrea autoridad del investigador les hacía continuar. Al llegar a los 135 voltios, muchos de los "maestros" se detenían y se preguntaban el propósito del experimento. Cierto número continuaba asegurando que ellos no se hacían responsables de las posibles consecuencias. Algunos participantes incluso comenzaban a reír nerviosos al oír los gritos de dolor provenientes de su "alumno".

Si el "maestro" expresaba al investigador su deseo de no continuar, éste le indicaba imperativamente y según el grado:



  • Continúe, por favor.

  • El experimento requiere que usted continúe.

  • Es absolutamente esencial que usted continúe.

  • Usted no tiene opción alguna. Debe continuar.

Milgram quería saber cuántos sujetos terminarían el experimento y descargaróan hasta 450 voltios de “electricidad” en un extraño. En el experimento básico, dependiendo de la proximidad del profesor y el aprendiz, entre 30 y 65% de los sujetos obedecieron al experimentador hasta el final de la prueba.

En otras variantes del experimento, Milgram aplicó pruebas para medir cómo la presión de compañeros, el sexo del sujeto, la claridad de las órdenes en el experimentardo y la afiliación del experimentador con la universidad, afectaban los resultados. El único factor que tendía a hacer que el “profesor” detuviera el experimento era la ausencia de la figura de autoridad o investigador que lo presiona para continuar.



Justos entre las naciones

Quién salva una sola vida, es como si salvara un universo entero"



(La Mishná, tratado Sanhedrín 4:5)

En un mundo de debacle moral generalizada, hubo una pequeña minoría que supo desplegar un extraordinario coraje para mantener los valores humanos en pie. Ellos fueron los Justos de las Naciones, que remaron contra la corriente general de indiferencia y hostilidad que prevaleció durante el Holocausto. Contrariamente a la tendencia generalizada, estos salvadores veían a los judíos como seres humanos comunes y corrientes, incluidos dentro de su universo de obligaciones.

La mayoría de los salvadores comenzaron como observadores pasivos. En muchos casos el cambio ocurría cuando eran confrontados con la deportación o la matanza de judíos. Algunos habían permanecido indiferentes en las etapas tempranas de la persecución, cuando los derechos de los judíos eran restringidos y sus propiedades confiscadas, pero llegó un punto en el que decidieron actuar, una barrera que no estaban dispuestos a cruzar. A diferencia de otros, ya no pudieron consentir con las crecientes medidas que afectaban a los judíos.

En muchos casos eran los judíos los que se dirigían a los gentiles en busca de ayuda. No sólo los salvadores manifestaron ingenio y coraje, sino también los judíos luchaban por su supervivencia. Wolfgang Benz, quien realizara una exhaustiva investigación sobre el rescate de judíos durante el Holocausto, sostiene que, al escuchar las historias de salvataje, las personas rescatadas pueden ser vistas como meros objetos de cuidado y caridad. Sin embargo, “el intento de sobrevivir en la clandestinidad era, antes que nada, un acto de autoafirmación y un acto de resistencia judía contra el régimen nazi. Sólo unos pocos tuvieron éxito en dicha resistencia”.

En el encuentro con judíos llamando a sus puertas, los observadores pasivos debían tomar una decisión inmediata. Ésta era a menudo un gesto humano instintivo, un impulso irreflexivo, seguido sólo después por una elección moral. Frecuentemente se trataba de un proceso gradual, en el que los salvadores se involucraban de modo creciente en la ayuda a los judíos perseguidos. El consentimiento a ocultar a alguien durante una redada – proveyendo refugio por un día o dos hasta encontrar otro lugar- podía convertirse en un rescate de meses e incluso años.

El precio que los salvadores debían pagar por su acción difería de un país a otro. En Europa Oriental, los alemanes ejecutaban no sólo a las personas que ocultaban judíos, sino también a toda su familia. Los nazis colocaban por doquier avisos de advertencia contra la ayuda a judíos. En general, el castigo era menos severo en Europa Occidental, aunque también allí las consecuencias podían resultar terribles, y algunos de los Justos de las Naciones fueron encarcelados y asesinados en campos de concentración.

Además, a la luz del trato brutal dado a los judíos y la determinación de parte de los perpetradores de dar caza hasta al último de los judíos, las personas debían temer grandes sufrimientos si intentaban ayudar a los perseguidos. En consecuencia, los salvadores y sus protegidos vivían en constante temor de ser apresados; existía el continuo peligro de ser denunciados por vecinos o colaboracionistas. Esto incrementaba el riesgo y dificultaba a las personas del común el desafiar las convenciones y las reglas. Aquellos que decidían dar refugio a judíos debían sacrificar sus vidas normales y emprender una existencia clandestina -a menudo contra las normas aceptadas por la sociedad en que vivían, temiendo a sus vecinos y amigos- y aceptar una vida regida por el pavor a la denuncia y la captura.

La mayoría de los salvadores eran personas corrientes. Algunos actuaban por convicción política, ideológica o religiosa; otros no eran idealistas, sino meros seres humanos a los que les importaba la gente a su alrededor. En muchos casos nunca planearon convertirse en salvadores, y no estaban en absoluto preparados para el momento en el que debieron tomar una decisión de tan largo alcance. Eran seres humanos comunes, y es precisamente su humanidad la que nos conmueve y la que debiera servir de modelo. Hasta ahora, Yad Vashem ha reconocido a Justos de 44 países y nacionalidades; hay entre ellos cristianos de todas las denominaciones e iglesias, musulmanes y agnósticos, hombres y mujeres de todas las edades; provenientes de todos los estilos de vida; altamente educados, así como campesinos analfabetos; figuras públicas y marginales; citadinos y granjeros de los más remotos rincones de Europa; profesores universitarios, maestros, médicos, clérigos, enfermeras, diplomáticos, trabajadores no calificados, sirvientes, miembros de la resistencia, policías, pescadores, un director de zoológico, el propietario de un circo, y muchos más.

Los investigadores han intentado rastrear las características que estos Justos comparten y de identificar quién sería aquel que se convertiría en salvador de judíos o a de una persona perseguida. Algunos sostienen que los Justos son un grupo diverso y que el único común denominador es la humanidad y el coraje que pusieran en juego en la defensa de sus principios morales. Samuel P. Oliner y Pearl M. Oliner han definido la personalidad altruista. Al comparar y contrastar a los salvadores con los observadores pasivos durante el Holocausto, señalaron que aquellos que decidieron actuar compartían características tales como la empatía y un gran sentido de conexión con los demás. Nehama Tec, quien también estudiara diversos casos de Justos, halló un conjunto de características y condiciones comunes, relativas a su aislamiento, individualismo y marginalidad. Su independencia les permitía actuar contra las convenciones y creencias aceptadas.

Ser observador pasivo era la regla; rescatar era la excepción. Por más difícil y atemorizador que fuese, el hecho de que algunos hubieran hallado el coraje para convertirse en salvadores demuestra la existencia de cierta libertad de elección, y que el salvataje de judíos no estaba fuera de la capacidad de las personas comunes a lo largo de la Europa ocupada. Los Justos de las Naciones nos enseñan que cada persona puede marcar la diferencia.

Existían distintos grados de ayuda: algunos daban alimentos a los judíos, deslizando una manzana en sus bolsillos o dejando comida donde estaban por pasar de camino a su trabajo. Otros derivaban a los judíos a personas que pudieran ayudarlos; algunos les daban refugio por una noche y les decían que tendrían que partir por la mañana. Sólo unos pocos asumían la total responsabilidad por la supervivencia de los judíos. Son los miembros de este último grupo, en particular, los que cumplen los requisitos para el título de Justo de las Naciones.

Principales formas de ayuda ofrecida por los Justos de las Naciones:


  • Ocultamiento de judíos en los hogares de los rescatadores o en sus propiedades

En las áreas rurales de Europa Oriental eran cavados guaridas o “bunkers“, como se los llamaba, debajo de casas, tambos o establos, donde los judíos pudieran ocultarse. Además de la amenaza de muerte que pendía sobre las cabezas de los judíos, las condiciones físicas en lugares tan oscuros, fríos, faltos de aire y hacinados durante largos períodos de tiempo eran difíciles de soportar. Los salvadores, también ellos aterrorizados, tomaban a su cargo las tareas de proveerles alimentos –una hazaña nada fácil para familias pobres en tiempos de guerra- retirar los excrementos y atender todas sus necesidades. Los judíos eran ocultos también en áticos, escondites en los bosques y en cualquier lugar que les pudiera ofrecer refugio, tales como cementerios, cloacas, jaulas de animales en zoológicos, etc. A veces, los judíos ocultos eran presentados como no judíos, como parientes o niños adoptados. También se ocultaban en apartamentos en ciudades, y los niños eran ubicados en conventos, donde las monjas ocultaban su verdadera identidad. En Europa Occidental, los judíos eran ocultos mayormente en hogares, granjas o conventos.
  • Falsificación de documentos e identidades

Con el fin de asumir la identidad de no judíos, quienes huían necesitaban documentos falsos y asistencia para establecer una existencia bajo una nueva identidad. Los salvadores en este caso eran falsificadores, o funcionarios que emitían documentos falsificados, clérigos que fraguaban certificados de bautismo, y algunos diplomáticos extranjeros que emitían visados o pasaportes, contrariando las instrucciones y la política de sus países. A fines de 1944, diplomáticos en Budapest emitieron salvoconductos e izaron sus banderas en edificios enteros, de modo de poner a los judíos bajo la inmunidad diplomática de sus países. Algunos salvadores alemanes, como Oskar Schindler, utilizaron falsos pretextos para protejer a sus trabajadores de la deportación, argumentando que los judíos en cuestión eran requeridos por el ejército para el esfuerzo de guerra.
  • Traslado clandestino y asistencia para la fuga

Algunos salvadores ayudaron a los judíos a salir de una zona de especial peligro hacia un lugar menos riesgoso. Sacaban a los judíos de guetos y prisiones, los ayudaban a cruzar fronteras hacia países no ocupados o a áreas donde la persecución era menos intensa, por ejemplo a la Suiza neutral, a zonas controladas por los italianos desde las cuales no se producían deportaciones, o a Hungría antes de la ocupación alemana en marzo de 1944.
  • El rescate de niños

Los padres enfrentaban desgarrantes dilemas a la hora de separarse de sus hijos y entregarlos a manos ajenas, en la esperanza de aumentar sus posibilidades de supervivencia. A veces, los niños abandonados luego que sus padres fueran asesinados, eran amparados por familias o conventos. En muchos casos eran individuos particulares los que decidían amparar a un niño; en otros, y en algunos países, en especial en Polonia, Bélgica, Holanda y Francia, existían organizaciones clandestinas dedicadas a hallar hogares para los niños, proveían fondos, alimentos y atención médica, y se aseguraban de que fueran bien atendidos.

Mecanismo de reconocimiento

Desde 1963, una comisión presidida por un juez del Tribunal Supremo de Israel es la encargada del proceso de reconocimiento de una persona a la distinción de "Justo".

La comisión sigue un protocolo en aplicación de diversos criterios que regulan el método de información y documentación si bien, es en base a los testimonios directos y entrevistas con testigos directos que se fundamenta principalmente el dossier de reconocimiento en el que a término se debe poder confirmar:


  • El hecho de haber aportado la ayuda a la persona judía si esta se encontraba en una situación de imposibilidad, amenazada de deportación hacia un campo o en peligro de muerte.

  • El hecho de que aportando esa ayuda de manera deliberada, el "Justo" era consciente de poner en peligro su seguridad, libertad individual o incluso vida, ya que la asistencia a los judíos era penada como crimen por las autoridades nazis.

  • El hecho haber actuado de manera altruista, sin buscar recompensa o compensación alguna por la ayuda prestada.8

Una vez que la persona es reconocida como "Justa" se le entrega a ella o a sus representantes una medalla y certificado en una ceremonia pública a la que asisten las autoridades y representantes de las personas a las que le prestó ayuda. El nombre del "Justo" es después grabado en el muro de honor del "Jardín de los Justos" que se encuentra en las dependencias del memorial Yad Vashem aunque inicialmente, se procedía a la plantación de un árbol costumbre que tuvo que abandonarse por falta de espacio. Cada "Justo" recibe una pensión económica equivalente al salario medio de Israel mientras que sus parientes pueden beneficiarse de las ayudas sociales y sanitarias del Estado.

Estadísticas de cantidad de justos:

http://www1.yadvashem.org/yv/es/righteous/statistics.asp



Historias personales:

http://www1.yadvashem.org/yv/es/righteous/stories/index.asp



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