L. sprague de camp los relojes de iraz



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L. SPRAGUE DE CAMP

LOS RELOJES DE IRAZ

Segundo volumen de EL REY RELUCTANTE



ICARO / FANTASÍA

Título del original

THE CLOCKS OF IRAZ

Traducido por: FRANCISCO ARELLANO

Asesor literario de la colección: ALBERTO SANTOS CASTILLO

© 1971, L. Sprague de Camp © 1991, de la traducción, Editorial EDAF, S.A. © 1991, Editorial EDAF, S.A. Jorge Juan, 30. Madrid.

© Para la edición en español por acuerdo con SPECTRUM LITERARY AGENCY.

N. YORK. USA.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento infor

mático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier media, ya sea electrónico,

mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por

escrito de los titulares del Copyright.


Depósito legal: M-15X7-1991 ISBN: 84-7640-453-0 PRINTED IN SPAIN

IMPRESO EN ESPAÑA Polígono Industrial Calfersa. Fuenlabrada


Para John y Ann Ashmead
NOTA DEL AUTOR

Aunque el lector puede, naturalmente, pronunciar los nombres de esta historia como mejor le parezca, en lo relativo a los nombres penembianos he mantenido en la memoria las siguientes anotaciones: ue y oe como en alemán; ui (apagado) como en la palabra inglesa «biscuit»; las demás vocales más o menos como en español y las consonantes como en inglés. De tal modo, Ayuir rima con la palabra inglesa «fire»; Chaluish, con «demolish»; Chuivir, con «severe». La h de Sahmet y Fahramak se pronuncia: «sah-h'm-met», etcétera. El esquema se basa en la fonética del idioma turco.


ÍNDICE


I
EL MAMUT ESCARLATA 6

II
EL PEZ VOLADOR 17

III
LA TORRE DE KUMASHAR 28

IV
RELOJERO MAYOR 37

V
EL TÚNEL DE HOSHCHA 45

VI
EL GENERAL GOLEM 56

VII
EL ASEDIO DE IRAZ 69

VIII
EL SALVADOR BÁRBARO 78

IX
LA MUJER DE CERA 86

X
LA CORONA DE PENEMBEI 92




LOS RELOJES DE IRAZ

Lyon Sprague de Camp nació el 17 de noviembre de 1907 en la ciudad de Nueva York. Sus primeras décadas las aprovechó siendo un buen estudiante e interesado por la Ciencia. Se diplomó en el Instituto Tecnológico de California (1930) y en el Stevens de Nueva Yersey (1933). Sus primeras labores las desarrolló como ingeniero, instructor y director de la Escuela de Invención y Patentes. El siguiente trabajo como editor y periodista (1937-38) le hace irse aproximando al campo de las letras. El primer relato que vende profesionalmente es «The Isolin-guals», en septiembre de 1937, para «Ástounding Stories». Su vida se encamina a ser escritor «free-lance» para las revistas de la época, hasta que la Guerra Mundial trunca sus planes, donde desempeña una labor de experto para la Marina de los Estados Unidos. Licenciado con el grado de comandante, vuelve por sus fueros como escritor, realizando, también, una labor de periodista y colaborador de una agencia publicitaria en Filadelphia (1956).

L. Sprague de Camp es fundamentalmente conocido en España por sus colaboraciones con R. E. Howard y Lin Cárter en la saga de «Conan», al igual que como especialista americano en la «Heroic Fantasy». Pero su faceta, fundamental versa en torno a un «SpaceOpera» picaresco y a una «Fantasía» de clara tendencia humorística. La. «serie de Krishna» o «serie de Viagens Interplanetarias» es una mezcla de aventura a lo Edgar Rice Burroughs y de intrigas maquiavélicas, destacando unos personajes «simpáticos» para el lector, antihéroes que les mueve el interés práctico. Dentro de este ciclo sobresalen las siguientes novelas: «La Torre de Zanid» (1958), «The Searchfor Zei» (1962) y «The Hand of Zei» (1963).

«El Rey Reluctante» se trata de una trilogía donde persisten los grandes temas del autor: una «imaginería» de tipo humorístico, con referencias medievales y haciendo hincapié en la aventura; un carácter «urbano» y sociológico, cuestionando el lugar que uno ocupa en una sociedad cuando algo lo perturba, y la utilización del esfuerzo del héroe para construir un nuevo estado de cosas. También el uso de la tecnología mágica, aplicada a los fines de una razón práctica. La obra está compuesta por las siguientes novelas: «La Torre Encantada» (1968), «Los Relojes de Iraz» (1971) y «El rey que salvó su cabeza» (1983). En base al éxito de estas narraciones, De Camp escribió una nueva secuela: «The Honorable Barbarían» (1989).

Alberto Santos Castillo Junio 1990


I
EL MAMUT ESCARLATA

ERA la hora del chivo, del decimotercer día del Mes del Unicornio, en la república de Ir, una de las doce ciudades estado de Novaría.

En la taberna llamada el Mamut Escarlata, en la ciudad de Orynx, un delgado y bien vestido joven jugueteaba ausentemente con una copa de vino sin dejar de observar la puerta. Aunque el hombre vestía con harapos novananos, daba cierta impresión de exotismo. Su piel era más oscura que la de los novarianos, aunque éstos fuesen un pueblo principalmente moreno. Lo que es más, sus ornamentos resultaban más chillones que los de la tierra de las Doce Ciudades.

En la vulgar sala se sentaba también un hombre mayor: un tipo fornido de mediana edad, con un rostro franco e indescriptible, ataviado de sobrio negro. Si el primer hombre parecía presuntuoso, el segundo aparentaba ostensiblemente austeridad.

Mientras el alto y delgado joven vigilaba la puerta, el hombre fornido, yendo y viniendo de vez en cuando a por una copa de cuero llena de ale, observaba al joven. El sudor corría abundantemente por las frentes de ambos hombres, pues el tiempo era cálido e impropio de la estación.

La puerta se abrió. En su marco aparecieron seis rudos individuos de tosco aspecto, cubiertos de sudor y polvo y maldiciendo el calor. Se sentaron en la mesa más grande de la sala y empezaron a golpearla. El hombre más alto, fuerte y rudo, con profundos ojos oscuros bajo espesas cejas negras y barba recortada, gritó:

— ¡Eh, Theudus! ¿Pueden echar un trago unos trabajadores cuyas gargantas están llenas de un polvo tan espeso que se podría plantar en él?

—Voy, voy, maese Nikko, pero dejad ese infernal alboroto —refunfuñó el tabernero, apareciendo con las manos llenas de jarras de ale, pasando un dedo por cada asa. Al tiempo que dejaba las jarras en la mesa, preguntó—: ¿Es este el último día que trabajáis fuera de Orynx?

—Así es —dijo el hombre, a lo largo de cuya cara el filo de una espada dejó una cicatriz que le retorció la nariz—. Por la mañana, iremos a Eyrodium. Tenemos órdenes de seguir con el acueducto hacia el sur, siguiendo las tierras altas, antes de alcanzar la ciudad de Ir.

—Pensé que cortaríais directamente hacia Ir —dijo Theudus— para que fuese más corto.

—Así es, pero el Sindicato tendría que pagar por un arco de varias millas de largo, y ya sabes cómo son con el dinero; serían capaces de decir que un glaciar da calor. Cuando se haya terminado, reconocerán, indudablemente, que las gradas son muy bajas y que el canal se desborda por arriba. Se lo he advertido, pero no me han hecho caso. Sin que importe la ruta que tracemos, los topógrafos siempre nos llevamos la peor parte.

—Hace años que hablan de este proyecto —dijo el tabernero.

—Sí. Podrían haberlo construido hace años, pero supongo que confiaban en que Zevatas no tendría lluvia suficiente como para llenar el viejo acueducto. No se han decidido hasta que el agua ha escaseado tanto que han tenido

que racionar los baños. ¡Tendrías que oler la ciudad subterránea! Podrían cortarlo y emplearlo como fertilizante. Bueno, ¿qué hay de cena?

Mientras los hombres ordenaban la comida, el joven delgado se acercó a la mesa que ocupaban los topógrafos. Sentándose tras el hombre alto, le dio un toque en el hombro con un perentorio índice. Al tiempo que el jefe de los topógrafos le miraba, el joven, hablando en novariano con acento, dijo:

—¿No sois Jorian de Ardamai?

Los ojos del hombre se entornaron, aunque su rostro no se alteró ni su voz se alzó.

—Nunca he oído hablar de él. Me llamo Nikko de Kortoli, y mis compañeros podrán confirmarlo.

—Pero... bien, acompañadme a mi mesa; allí podremos hablar.

—Cierto, mi desconocido amigo —dijo el topógrafo con voz de pocos amigos—. Llevándose consigo la cerveza, se levantó y siguió al otro hasta la mesa. Se sentó ante el joven y apoyó la mano en la daga que llevaba al cinto—. Ahora, señor, decidme, ¿qué puedo hacer por vos?

El otro lanzó una risotada.

—Vamos, señor. Todo el mundo ha oído hablar de Jonan de Ardamai, quien fuera rey de Xylar, que se libró de la decapitación y que se escondió... ¡ow!

—Tranquilo —murmuró el hombre alto, pasando un brazo alrededor de la cintura del joven mientras, con la otra mano, sacaba el cuchillo y lo apretaba suavemente en la piel del vientre del otro.

— ¡Cómo... cómo os atrevéis! —exclamó el joven delgado—. ¡No podéis darme órdenes! ¡No os atreváis a hacer daño a alguien de mi rango!

— ¿Queréis verlo? Si hacéis exactamente lo que os diga, no ensuciaréis el limpio suelo de Theudus con vuestros intestinos.

— ¡Pe... Pero, mi querido Jorian, os conozco! El doctor Karadur dijo que Nikko de Kortoli era uno de vuestros

nombres falsos y así es como he dado con vos... ow, dejad eso!

—¡En ese caso, cerrad la boca, idiota! ¿Qué tiene que ver Karadur en todo esto? ¡Y hablad en voz baja!

—Me dio una carta para vos...

— ¿Quién sois?

—Me llamo Zerlik, hijo de Doerumik, hijo de...

—El nombre más vulgar que he oído. ¿De dónde venís? ¿Penembei?

—Exactamente, señor. De la gran ciudad de Iraz. Ahora...

— ¿Está Karadur en Iraz?

—Sí, maese Jorian ¡ow!

—La próxima vez que digáis ese nombre en voz alta, os lo clavaré hasta la empuñadura. Enseñadme esa carta.

Zerlik miró su larga, aguileña y curva nariz.

—Realmente, señor, un caballero como yo no está acostumbrado a recibir un trato tan detestable...

—La carta, su señoría, a menos que queráis sentir el acero en las tripas. ¿Os contrató Karadur como mensajero?

—¡Basta ya, señor! Personas de mi alcurnia no trabajan por dinero. Nuestro deber es servir a la corte, y mi tarea la desempeño como mensajero real. Cuando Su Majestad, conocedor de mi manejo del idioma novariano, me ordenó entregar la misiva de Karadur...

Mientras hablaba, el hombre más alto rompió el sello de la carta y desdobló la hoja de papel de caña. Enarcó el ceño al ver la retorcida escritura que se leía en la crujiente y dorada superficie; pidió:

— ¡Theudus! Una vela, por favor.

Cuando le entregaron la vela, el hombre alto leyó la siguiente epístola:

Saludos de Karadur el mulvaniano a su fuerte compañero de la aventura del Kist de Avien.

Si queréis rescatar a vuestra pequeña Estriláis, y recordáis lo suficiente de vuestros viejos conocimiento de relojería y deseáis arreglar los relojes de la Torre de Kumashar, venid a Iraz con maese Zerlik. La tarea no será difícil, pues he oído mencionar que dichos relojes fueron montados por su señoría. Adiós.

Jorian de Ardamai murmuró:

—El viejo amigo tiene más sentido que vos, Zerlik, muchacho. Habréis visto que no menciona nombres...

Se detuvo cuando un movimiento al otro lado de la sala llamó su atención. El hombre vestido de sencillo color oscuro dejó una moneda en la mesa, se levantó y echó a andar lentamente. Jorian pudo ver un destello de su perfil en el cielo que se oscurecía antes de que la puerta se cerrase a espaldas del hombre.

— ¡Theudus! —llamó Jorian.

— ¿Sí, maese Nikko?

— ¿Quién era el que acaba de salir?

El tabernero se encogió de hombros.

—No lo sé. Ha estado ahí sentado toda la tarde, dándole vueltas a una cerveza pequeña.

— ¿Podrías saber de dónde es por su forma de hablar?

—Dijo pocas cosas, aunque lo que dijo fue, aparentemente, con acento del sur.

Jorian gruñó.

—Con esas ropas y acento sureño es como si llevara la palabra «Xylar» escrita o el reloj de arena escarlata bordado en la túnica.

— ¿No estáis llegando a conclusiones con tan escasa evidencia? —preguntó Zerlik.

—Es posible, pero, en mi posición, uno se vuelve muy sensible a estas cosas. Si le hace feliz, maese Zerlik, sabed que no sois el único estúpido de la habitación. Me di cuenta de todo en cuanto llegué, pero tenía otras cosas en la cabeza.

— ¿Significa esto que los xylarianos quieren todavía cortaros la cabeza para elegir a su siguiente rey? Siempre he pensado que es una costumbre muy brutal.

—Incluso os parecería más brutal si se tratase de vuestra cabeza. Bueno, de momento, aceptaré la invitación de Karadur. Pero viajar cuesta dinero, y por ahora tengo muy poco material de ese precioso tipo.

—Está arreglado. El doctor Karadur me confió una suma adecuada para ese propósito.

—Estupendo. ¿Cómo habéis llegado?

—En carroza —respondió Zerlik.

— ¿Habéis conducido durante todo el camino desde Iraz? No sabía que la carretera de la costa fuese adecuada para el tráfico rodado.

—No lo es. Mi hombre y yo tuvimos que bajarnos cien veces para subir el aparato por encima de las piedras y sacarlo de los agujeros. Pero lo conseguimos.

— ¿Dónde se encuentra vuestro hombre?

—Ayuir está en la cocina. No esperaríais que cenase con su amo, ¿verdad?

Jorian se encogió de hombros. Tras una pausa, Zerlik continuó:

—Bien, señor, ¿qué hacemos ahora?

—Estoy pensando. Quizá contemos con media hora antes de que el Mamut Escarlata se llene con una escuadra de la Guardia Real de Xylar con redes y lazos. ¿Os alojáis aquí?

—Sí. Tengo una habitación privada. Pero, seguramente, no querréis salir de aquí esta misma noche, ¿no?

—Sí. Y cuanto antes, mejor.

— ¿Y mi cena? —gritó Zerlik.

—Al infierno vuestra cena; los cadáveres no tienen apetito. Si no hubieseis chismorreado mi nombre... De todos modos, ordenad a vuestro ayudante que apareje la carroza mientras nosotros nos equipamos. ¿Tenéis idea de adonde hemos de dirigirnos?

—Por el camino que seguí para venir... a través de Xylar y a lo largo de la carretera de la costa, a los pies de los Lograms, bajando por la orilla del mar hasta Penembei e Iraz.

Jorian sacudió la cabeza amargamente. - —No me veréis nunca en Xylar... No mientras sigan queriendo cortarme la cabeza.

—Entonces, ¿cómo vamos? ¿Yendo hacia el este hasta Vindium y rodeando el otro extremo de los Lograms?

—No es práctico. Nos llevaría meses y el valle de Jhukna es agreste y sin caminos. Pienso que es indispensable que viajemos por mar.

— ¡Por mar! —La voz de Zerlik era casi un alarido—. Odio el mar. Además, ¿qué iba a pasar con mi hermosa carroza?

—Vuestro hombre y vos podéis usarla para volver por el camino que vinisteis. Me encontraré con vosotros en Iraz en cuanto pueda encontrar un barco.

—Por lo que he oído, no hay mucha navegación costera, pues los piratas de Algarth asolan las costas. Además, he recibido órdenes de acompañaros, para prestaros ayuda y asistencia.

Jorian pensó que si alguien pedía ayuda sería el mimado petimetre antes que nadie. Pero se limitó a decir:

—Acompañadme mientras vuestro criado se ocupa de la carroza. Si no podemos embarcar en algún mercante costeño, tendremos que fletar nuestro propio barco, para lo que harán falta dos personas por lo menos.

— ¡Ayuir podría robarme la carroza y marcharse con ella!

—Eso, joven señor, es vuestro problema.

—No se puede considerar el que yo tenga que ir dando vueltas por el mundo sin ningún criado, como si fuera un mugriento vagabundo...

—Aprenderéis, amiguito. Os sorprenderá la de cosas que puede hacer uno cuando se empeña. —Jorian se levantó—. De todos modos, no nos podemos pasar toda la noche charlando. Voy a hacer las maletas y me encontraré aquí con vos dentro de un cuarto de hora. Decidle a vuestro ayudante que se prepare para conducirnos río abajo hacia Chemms. —Rodeó la mesa y tocó a uno de los topógrafos

en el brazo—. Sube conmigo un momento al dormitorio, Ikadion.

Frunciendo el ceño sorprendido, el otro siguió a Jonan por las crujientes escaleras. En el dormitorio, Jorian sacó de debajo de la cama su ropa, espada y otras posesiones. Se colgó la vaina y metió a empellones las otras cosas en una resistente bolsa de lona. Mientras actuaba, dijo:

—Me temo que tengo que dejarte, como le dice el leopardo a la leona cuando vuelve el león a casa.

— ¿Quieres decir... quieres decir que abandonas el grupo?

—Sí. Quedas convertido en topógrafo en jefe. El Sindicato me debe el trabajo que he hecho hasta ahora. Coge mi paga y guárdamela hasta que vuelva.

— ¿Cuándo será eso, Nikko?

—No lo sé. Quizá dentro de un par de semanas, quizá dentro de un año.

— ¿Dónde vas? ¿Por qué tanta prisa y misterio?

—Porque me dan miedo los vientos del invierno y el chip chip chip de la lluvia. Cuando vuelva, te buscaré y te lo contaré todo... y recogeré mi paga.

—Los chicos lamentarán que te vayas. Eres bastante duro, pero también un buen jefe.

—Muchas gracias. Estoy seguro de que cumplirás bien con mi trabajo.

—Cierto, pero nunca podré hacerlo como tú. ¿Me equivoco si digo que tu amigo extranjero te llamó Jorian?

—No. Pero es que me ha confundido con otro hombre.

Se echó el saco al hombre y empezó a subir la escalera, seguido por Ikadion. Mirando hacia la sala que había a sus pies, bramó:

— ¿Dónde está ese maldito Zerlik? —volvió sobre sus pasos y llamó a la puerta de la habitación privada que ocupaba el iraziano.

— ¡Ya voy, ya voy! —gritó este último.

— ¡Date prisa! ¿Habéis enviado a vuestro sirviente a preparar el carruaje?

—No. Ayuir está aquí para ayudarme. ¿Pensáis que iba a hacerme las maletas yo mismo?

Jorian bufó entre dientes.

—Yo acabo de hacerme las mías y no me he muerto. ¿Qué más queréis, un huevo en la cerveza? Mandadle fuera, no tenemos tiempo que perder.

La puerta se abrió violentamente.

—Querido señor —dijo Zerlik—, si pensáis que voy a ocupar mis manos en tareas tan bajas como las de cualquier patán, simplemente para divertiros...

Jorian adquirió un peligroso tono púrpura. En aquel mismo instante, el criado de Zerlik, un hombrecillo moreno, dijo tímidamente algunas palabras en su propio idioma. Zerlik replicó brevemente, Ayuir alzó la pesada caja de madera y salió de la alcoba.

—Un instante —pidió Zerlik—. Debo echar un último vistazo para verificar que no me olvido nada.

Jorian esperó mientras el criado se tambaleaba al descender por la escalera con el pesado baúl, que depositó junto a la puerta antes de salir.

Zerlik se reunió con Jorian e Ikadion y empezaron a bajar. En aquel momento, cinco hombre sobriamente vestidos de negro penetraron en el salón del Mamut Escarlata. A su cabeza se encontraba el hombre rechoncho que, señalando a Jorian con el dedo, exclamó:

— ¡Ahí está muchachos! ¡Atrapadle! ¡Rey Jorian, en nombre del reino de Xylar, os ordeno que os rindáis!

Los cinco se precipitaron hacia adelante y rodearon la mesa a la que se sentaban los sorprendidos topógrafos. Uno de los adversarios enfiló hacia la escalera; Jorian hizo girar el saco que llevaba al hombro y se lo arrojó. El proyectil derribó al hombre, y el que le seguía tropezó en el caído.

Sin darles tiempo para recuperarse, Jorian desenvainó la espada. Saltó por encima de los hombres abatidos y su hoja cayó silbando sobre el hombro del adversario más próximo, que empezó a aullar. Gravemente herido, se deslizó en un pantano de sangre que crecía rápidamente.

Otro hombre de negro lanzó una red sobre la cabeza de Jorian, que empezó a debatirse lanzando estocadas, pero sin conseguir incrustar la hoja entre las mallas de la red. Intentó liberarse pero, con mano experta, su enemigo empezó a apretar mientras otro se fue acercando por detrás armado con una cachiporra.

— ¡A mí, topógrafos! —Gritó Jorian—. ¡Ayuda! ¡Zerlik, echad una mano! ¡Theudus!

Saliendo de su estupor, los topógrafos se levantaron y se lanzaron contra los hombres de negro. Tres de estos últimos sacaron cortas espadas. Los topógrafos no tenían otra cosa que dagas, pero uno de ellos se hizo con un taburete y asestó un violento golpe en la cabeza del xylariano más próximo.

Theudus apareció armado con un mazo. Tras un momento de duda, para descubrir quién atacaba a quién, se puso de parte de los topógrafos. Zerlik, pataleando de impaciencia antes de enzarzarse en la riña, corrió hasta su baúl, se entretuvo en la cerradura antes de abrirlo, y sacó una ligera cimitarra.

Asaltados desde todas partes, los xylarianos abandonaron a Jorian, encerrado en la red, para poder defenderse. Jorian se aprovecho de la circunstancia para cortarla y soltarse y se lanzó contra el enemigo. Jorian era, sin duda, el más fuerte de todos los ocupantes de la habitación, y como también era la mejor espada, su entrada en la barahúnda desequilibró la relación de fuerzas.

Los combatientes se abalanzaban lanzando estocadas, puñetazos, luchando cuerpo a cuerpo, cayendo, levantándose, empleando los platos como proyectiles, tajando y golpeando sin reposo. Los gritos, el estrépito de los muebles caídos, de la vajilla rota, llenaban la habitación. La sangre corría por el suelo y empapaba la ropa. El Mamut Escarlata temblaba bajo el terrible pataleo. Desde la calle, se oía el estrépito de gritos, juramentos, amenazas, aullidos, de modo que algunos oryncianos se reunieron ante la puerta.

Aplastados por el número, los asaltantes no tardaron en verse en dificultades. Jorian ensartó a uno de los xylananos que luchaba con Zerlik. El hombre se derrumbó y, al verlo, uno de los cuatro que quedaban gritó:

— ¡Huyamos! ¡Sálvese quien pueda!

Evitaron a sus adversarios y se lanzaron al exterior. Dos de ellos cogieron a uno de sus hombres, medio aturdido por un mazazo de Theudus, y se lo llevaron. Las ropas de los tres xylarianos que quedaban ilesos se veían rasgadas y cubiertas de sangre. Dos de ellos mostraban grandes heridas en la cabeza y sus rostros parecían sangrientas máscaras. Al ver el revoloteo de las armas, los espectadores huyeron y el cuarteto se desvaneció en la naciente oscuridad.

En el interior, dos topógrafos vendaban las heridas, mientras Ikadion, sentado, con la cabeza entre las manos, se preocupaba por un chichón en la frente, producto de un golpe xylariano, que crecía a simple vista. El primer hombre al que golpeó Jorian estaba muerto; el otro escupía sangre.

— ¡Mi bella taberna! —se lamentaba Theudus, contemplando el desastre.

—No lo hemos hecho porque hayamos querido, maese Theudus —dijo Jorian, apoyado en la espada y recuperando el aliento—. Ayúdanos a limpiar, Floro. Tú también, Vileras. Haz una estimación de los gastos, Theudus, y maese Zerlik te pagará.

— ¿Qué? —exclamó Zerlik.

—Sacadlo de lo que Karadur os dio para mí.

— ¿Eres realmente el rey fugitivo de Xylar? —preguntó uno de los topógrafos con voz llena de respeto.

Jorian ignoró la pregunta y se volvió hacia Theudus, que se inclinaba sobre el xylariano herido.

—Este tipo —dijo el tabernero— puede durar horas, pero me sorprendería que escapase. Alguien debería ir a buscar a un oficial de policía; sin duda, habrá una investigación acerca de los muertos.

—Que hagan todas las investigaciones que quieran, pero sin mí. Me voy con maese Zerlik.

Theudus inclinó la cabeza.

—No es legal salir de la ciudad antes de quedar libre de la justicia. Quizá os persigan.

—Lo siento. Soy muy respetuoso con la ley, pero no puedo esperar a que otro grupo enemigo me eche la mano encima mientras los leguleyos deliberan gravemente. Pagad a maese Theudus, Zerlik.

Mientras Zerlik rebuscaba en la bolsa, Jorian se puso el sombrero y se echó el saco al hombro.

— ¡Y, ahora, vámonos!

— ¡Pero, maese Jorian —dijo Zerlik—, es totalmente de noche!

—Tanto mejor.

—Nos perderemos y volcaremos el carro...

—No temáis, yo conduciré. Hay luna y conozco los alrededores.

Pesadamente cargado con los tres hombres y sus equipajes, el carruaje de Zerlik, tirado por un par de magníficos caballos blancos de Fedirun, alcanzó la aldea de Evrodium alrededor de la medianoche. Zerlik descendió tembloroso y dijo:

—He creído que había llegado mi hora más de cien veces, maese Jorian. ¿Dónde aprendisteis a conducir tan bien?

—Soy capaz de hacer muchas cosas, algunas bastante bien y otras no tanto —contestó Jorian, riendo—. Probablemente, soy el único aventurero que está bien entrenado para el empleo.

Cuando se sintieron seguros, Zerlik le pidió a Jorian que le explicase aquella última observación. Después de cenar, Jorian, a quien perdía la conversación, le contó:

—Entré en la carrera real por puro azar. Tendría más o menos vuestra edad y había aprendido varios oficios, como relojero y tapicero, incluso fui mercenario en la armada de Othomae. Después de aquello, me dirigí a Xylar, un poco a la aventura. Llegué al campo de maniobras, ante las puertas de la ciudad de Xylar, el día de la celebración del Sorteo de Imbal, cuando se decapita al antiguo rey y se arroja su cabeza a la multitud.

»Por entonces, no conocía aquella extraña costumbre, y cuando vi que aquella cosa negra y redonda volaba hacia mí, la atrapé instintivamente. Horrorizado, me di cuenta de que era el nuevo rey de Xylar, pues había agarrado la cabeza ensangrentada de mi predecesor.

»En cuanto me enteré de que yo correría la misma suerte en cuanto pasaran cinco años, busqué un modo de escapar. Intenté huir, corromper a los guardias, persuadir a los xylarianos de que cambiaran su maldito sistema, incluso emborracharme hasta casi morir, sin ningún resultado.

»En aquel momento fue cuando el doctor Karadur me propuso un trato. Tenía una posibilidad de permitirme escapar empleando un encantamiento si, a cambio, yo le prestaba un servicio. No obstante, yo también sabía que, si triunfaba, los xylarianos me perseguirían hasta los confines del mundo, pues sus leyes no permiten que se elija un nuevo rey con un método que no sea el que ya os he descrito y, en consecuencia, intentarían atraparme fuese como fuese para seguir adelante con la costumbre rota por mi huida, permitiendo de ese modo que los asuntos públicos continuasen su curso.»*

— ¿Qué pasa si el rey muere durante su reinado? —Preguntó Zerlik—. ¿Qué os pasará a vos si morís antes de que os capturen?

—Han previsto tales casos, pero no me conciernen, pues ni todavía estoy muerto ni tengo ningunas ganas de

* Ver el volumen 11 de esta misma colección, primer tomo de la trilogía de «El Rey Reluctante», La Torre Encantada.

Hacerlo. En resumen, sabiendo que estaba virtualmente condenado —en caso de que mi evasión saliese bien— a llevar la vida de un aventurero, decidí prepararme en consecuencia, y seguí un duro entrenamiento de actor, ladrón, prestidigitador, estafador, así como diversas técnicas de lucha. Tuve por profesores a los canallas más desagradables de las Doce Ciudades, pero algunas de sus lecciones me han sido muy provechosas.

— ¿Os gusta una vida tan irregular?

—No. Mi única ambición es convertirme en un honesto artesano, o comerciante —topógrafo, pongo por caso—, ganándome la vida correctamente, manteniendo una familia, haciendo frente a mis obligaciones sin molestar a nadie. Una vida tranquila y burguesa me vendría muy bien, pero, como el arco iris, tal ideal me parece un milagro lejos de mi alcance.

—Si sabíais que los xylarianos os perseguían, ¿por qué vinisteis a instalaros en Ir, tan cerca de Xylar? ¿Por qué no buscasteis trabajo más lejos, por ejemplo en Zolon, o en Tarxia?

—Porque los xylarianos tienen algo que todavía quiero: a mi mujer. Por eso rondo su frontera, intentando sacarla de allí.

— ¿Se trata de esa tal Estrildis que menciona Karadur en su carta?

Jorian miró a Zerlik torvamente.

— ¡Por las pelotas de bronce de Imbal! ¡Joven, me parece que os habéis tomado muchas libertades con mi correspondencia personal!

¡Oh! ¡En fin, Jorian! El doctor Karadur me pidió que aprendiera el mensaje de memoria por si se daba el caso de que la carta fuese destruida o se perdiese.

— ¡Ah, bueno, eso lo cambia todo! Sí, se trata de ella.

—He oído decir que los novananos tenéis unas ideas muy románticas acerca de las mujeres. Cuando se tienen varias, como es mi caso, uno se las toma mucho menos en serio.

—Yo también tuve varias mujeres cuando fui rey. De hecho, cinco; los xylariarios aceptan que el rey tenga varias mujeres, aunque sus subditos no tengan derecho. Supongo que será debido a la influencia meridional de los mulvanianos o los penembianos. Pero Estrildis fue la última, la única a la que elegí personalmente.

— ¿De verdad? —Zerlik ahogó un bostezo—. Me resulta difícil imaginar que se corran tantos riesgos y molestias por una sola mujer. Después de todo, ¿no son todas ellas fundamentalmente idénticas?

—No soy de esa opinión.

Zerlik se encogió de hombros.

—Me cuesta trabajo seguiros. Sin embargo, no estáis condenado al celibato, aunque no la encontréis, pues la moral novariana no tiene prohibiciones muy estrictas con respecto al adulterio y la fornicación, como pasa, por lo que he oído decir, entre los mulvanianos. Esa mujer, ¿acaso es muy rica y deseáis sus bienes?

—En lo más mínimo. Es hija de un granjero de Kortoli.

— ¿Es extraordinariamente bella?

—Ni siquiera eso. Es una hermosa muñeca, rubia como una shvenita, pero escasa de fineza y con los tobillos demasiado gruesos para un verdadero amante de la belleza femenina. No, Zerlik, es, sencillamente, eso que llamamos amor.

— ¡Oh! ¡También nosotros conocemos ese «amor»! En nuestro caso, sin embargo, enamorarse está considerado como una desgracia... una especie de locura que empuja a los hombres a enlazarse con mujeres que no les convienen, cosa que es causa de grandes problemas y desagrados. Generalmente, nuestros padres nos eligen esposas, con bastante cuidado y atención, recurriendo a veces a comadres profesionales, considerando los consejos de astrólogos y adivinos.

—Eso no me parece que sea amor, joven. Todo lo que puedo decir es que la compañía de Estrildis me complace más que la de cualquier otra y que espero ardientemente seguir disfrutando de ella, antes de que la muerte nos separe.

—Bien, os deseo que la volváis a ver. Pero, ¿no termina uno de hartarse de una sola mujer?

—Eso depende. He probado vuestro sistema y, de todos modos, no creo en él. -¿Y eso? —Conozco un poema que lo explica:



Tened compasión del hombre con varias esposas. Cuando se alteran, él las quema en calma, Y todos sus esfuerzos son en vano, estalla la riña, Y se lían a gritos, golpes e, incluso, navajazos. Casi es maravilloso que sobreviva a tales dramas.

Llorad por el pobre dueño de tantas amantes, Pues, cuando están en paz, charlotean sin cesar; Para saciar sus deseos, abusan de su debilidad Y todas le colman de caricias Para que al fin se incline y vencido se rinda.

Apiadaos del pobre polígamo

Que todas las noches debe probar su llama

Y elegir en todo su harén una mujer,

A la que encantar y satisfacer en cuerpo y alma,

Si quiere que su familia viva en calma.

— ¿Quién compuso ese poema?

—Un oscuro juglar llamado Jorian, hijo de Evor. De todos modos, me basta una mujer cada vez. Cuando encuentre a la mía, me contentaré con una esposa, una casa y un oficio honesto. —Jorian bostezó—. Si queremos estar en pie antes del alba, hemos de acostarnos.

—Apenas nos quedan cuatro horas de sueño.

—Sí, pero tendremos que hacer un duro viaje si queremos llegar a Chemnis antes de que caiga la noche.

— ¿Queréis llegar a Chemnis en una sola jornada?

—Naturalmente. Cuatro de aquellos truhanes escaparon, y los xylarianos no tardarán en volver a encontrar mi pista.

— ¡Vais a reventar a mis pobres caballos!

—No lo creo, pero, si así fuera, un caballero como vos podría conseguir un nuevo par fácilmente.

Pasado Evrodium, el camino se desviaba hacia el norte para llegar a confluir en el que enlazaba directamente con la villa de Ir, en Chemnis, el puerto principal de la República, situado en la desembocadura del Kyamos. Cuando el carruaje de Zerlik empezó a recorrer el camino que, corriendo paralelo al río, descendía hasta Chemnis, situada en las orillas del estuario, un bosque de mástiles y vergas apareció por encima de los tejados, destacando sobre el mar. Numerosos navios estaban listos para el invierno, antes que de costumbre, a causa de las incursiones de los piratas de Algarth, que frenaban el tráfico marítimo.

Al día siguiente al de su llegada a Chemnis, Jonan y sus compañeros se dirigieron al muelle a primera hora. Zerlik aún se dolía de las sacudidas de la víspera y su paso no era muy seguro. Jorian protestó:

—Cuando yo era rey, estos filibusteros ni siquiera asomaban la nariz. Creé una marina real, de la que yo era almirante. Entre nosotros al sur y la flota de Zolon al norte, no se veía ni la sombra de una vela en toda la costa oeste de Novaria. Pero, desde que partí, sólo se ocupan de los barcos los gusanos, y el nuevo almirante de Zolon está más interesado por los uniformes de gala que por las salidas a mar abierto.

Zerlik parecía cada vez más preocupado. Al fin dijo:

—Maese Jorian, me parece que cuando Su Majestad me confió esta misión, no tenía intención alguna de que los piratas me rebanaran el cuello.

— ¿Tenéis miedo?

— ¡Maldición, un hombre de mi condición no tolera tales insultos!

—Guardad la daga, joven. Sólo era una pregunta.

—He blandido la cimitarra a vuestro lado para enfrentarme a vuestros enemigos. Pero me parece que es mera locura embarcarnos solos en una cáscara de nuez. Si esos malditos canallas nos capturan, ¿qué oportunidades tendremos?

Jorian frunció el ceño.

—Actualmente, no hay ningún navío que asegure un servicio regular hasta Iraz; podemos elegir entre comprar o alquilar un navio o no movernos de aquí. No es muy interesante alquilarlo, pues el propietario nos pediría una fianza tan grande que nos traería más cuenta comprar el barco. Y, no obstante, lo que decís no es totalmente carente de sentido.

» ¡Lo he encontrado! Seremos dos pobres pescadores que han tenido mala suerte con la pesca.»

Llegaron al puerto, y Jorian consultó una lista de embarcaciones en venta.

—Veamos, el Divrunia debe estar por allí, el Pez Volador un poco más allá, y el Psaanius en la otra dirección...

Jorian partió en busca de un corredor marítimo cuyo nombre le facilitaron. El corredor les guió por el puerto, y Jorian pudo examinar los barcos durante toda la mañana. En la taberna en que comían, Jorian le dijo a Zerlik:

—Creo que el Pez Volador nos vendrá a la perfección, si es que maese Gatorix acepta vendérnoslo por un precio razonable.

— ¿Qué? —Preguntó Zerlik—. ¡Es una birria! ¿Por qué...?

—Olvidáis, joven, que somos unos miserables pescadores. Un navio como el Divrunia, tan brillante como un yate real, no nos conviene en lo más mínimo. Debemos prestar mucha atención a los detalles.

— ¡No cabe duda de que el Pez Volador apesta a pescado! ¿Por qué no buscamos un navio de guerra... por ejemplo, alguno de esos birremes irinianos anclados allí? Con una tripulación bien armada, no tendríamos nada que temer de los filibusteros.

—Primero, esas galeras pertenecen a la República de Ir, y nada nos autoriza a pensar que el Sindicato esté dispuesto a vender ninguna. Segundo, tal asunto requeriría, al menos, varios meses de negociaciones y, entretanto, los xylarianos me pondrían la mano encima. Tercero, ¿contáis con cien mil marcos, que es lo que vale ese navio? ¿Y otros tantos para contratar la tripulación?

—Nnnno... pero mi ropa...

—Tenemos que vestirnos como pescadores, de modo que no temáis por vuestras ropas de ceremonias. Iremos con harapos, y apestaremos.

-¡Puagh!


—Además, el casco del Pez Volador es bueno, y el aparejo está en buen estado. A causa de su bao es un poco lento, pero nos llevará, de todos modos, adonde queremos ir. Acabad la comida y vayamos a buscar a maese Gatorix.

Encontraron al corredor y Jorian le dijo:

—Nos gustaría echar otro vistazo al Pez Volador; pero no hay ni que mencionar los mil marcos; por ese precio podría comprar un trirreme zolomano...

Tras dos horas de regateos, Jorian hizo bajar el precio a seiscientos cincuenta marcos.

—Creo —dijo entonces— que podemos cerrar el trato, maese Gatorix. Naturalmente, nos proporcionaréis un reloj solar, un mapa y un astrolabio...

Negociaron un poco aquel punto y, a continuación, Jorian empezó a interrogar al corredor sobre distancias, vientos y corrientes entre Chemms e Iraz. Gatorix le dijo que, aun con el tiempo favorable, el viaje duraría, por lo menos, ocho días. Jorian hizo sus cálculos y envió a Zerlik y a Ayuir a comprar provisiones. Cuando volvieron, seguidos de unos porteadores cargados de sacos de galletas, carne salada, manzanas, pescado, sal, junto con una red, cabos, anzuelos y ajadas ropas de pescadores, encontraron de nuevo a Jorian discutiendo con Gatorix.

—Intento hacerle incluir este catalejo en el trato —explicó Jorian—. Quiere cien marcos más.

— ¡Por el gran Ughroluk! —Gritó Zerlik—. ¡En Iraz se consiguen de mejor calidad por mucho menos!

—Naturalmente —replicó Gatorix—, pues fuisteis los irazianos los que inventasteis el procedimiento y quienes los fabrican, por eso son más baratos allí que aquí.

Jorian, para probar el instrumento, miraba maquinal-mente hacia el este. Sin decir palabra, se detuvo durante un instante; acto seguido, cerrando el catalejo con un golpe seco, dijo con voz alterada:

—Pagadle a Gatorix esos cien marcos, Zerlik.

-Pero...


—No hay peros que valgan. Nos llevamos el catalejo sin discusiones.

—Pero...


—Y ayudadme a subir todo esto a bordo... y deprisa.

—Vamos, señores —dijo Gatorix—, ¿no iréis a zarpar tan tarde?

—No queda otra —replicó Jorian—. Deprisa, Ayuir; y también vos, Zerlik.

De un cuarto de hora a media hora más tarde, el Pez Volador, aparejado, descendía por el estuario. Era un barco de dos mástiles de velas latinas, con el casco azul y el velamen amarillo. A proa se alzaba una vela mayor y, a popa, una cangreja. Sentados a ambos lados de la cabina, Jorian y Zerlik se ocupaban cada uno de un remo. Jorian no podía emplear toda su fuerza si quería que el navio avanzase en línea recta. Era más fuerte que Zerlik, tanto que, si se hubiera empleado a fondo, el Pez Volador habría empezado a girar en redondo.

Mientras se alejaban a exasperante lentitud, Ayuir, en el muelle, les despedía efusivamente; poco después desapareció rumbo al albergue. El Pez Volador se alzaba y saltaba sobre las olas, empujado por el estuario por un fuerte viento del oeste. El sol aún estaba alto y ardiente en un cielo azul claro.

—Espero que todo le vaya bien hasta Penembei —opinó Zerlik con voz preocupada. (El joven iraziano estaba verdoso.)—. Apenas habla unas cuantas palabras de novariano.

— ¡Pobre muchacho! Le tendría que haber dado algunas lecciones.

— ¡Oh! ¡No es él el que me preocupa, sino mi espléndido carruaje y todo mi equipaje! Me resultará fácil conseguir otro criado.

Jorian masculló entre dientes.

—Perdonadme —pidió Zerlik—. He oído hablar de esas extrañas ideas que se han difundido por Novaría sobre el respeto que se debe a las clases inferiores, y creo que será mejor que controle mis opiniones. ¿Por qué no ponemos ya las velas?

—Antes, debemos alejarnos de la orilla, si no queremos que la brisa del mar nos empuje hasta ella y nos aplaste contra las rocas.

Remaron en silencio durante un tiempo hasta que Zerlik pidió:

—Dejadme descansar unos instantes. Estoy agotado.

—Muy bien. ¿Qué lengua habláis en Penembei?

—El penembiano, claro.

— ¿Se parece al fediruniano? Hablo bastante bien el fediruniano, así como el mulvaniano y el shvénico.

—No. El penembiano no se parece a ninguna otra lengua —de esta parte del mundo, al menos—, aunque tiene bastantes palabras de origen fediruniano y mulvaniano. Nuestra dinastía es de origen fediruniano, como ya sabréis, pero eso ocurrió hace mucho tiempo. El rey Juktar era un jefe nómada de Fedirun. Pero antes de eso, un aventurero novariano ya había fundado la ciudad y una dinastía. El penembiano es un idioma mucho más preciso y lógico que los dialectos novarianos. Casi todos nosotros hablamos un poco fediruniano, pues es la lengua de culto de nuestro gran dios Ughroluk.

—Tendréis que enseñarme el penembiano.

—Con mucho gusto. Al menos no tendré la mente ocupada constantemente en este maloliente olor a pescado. Decidme, ¿por qué aceptasteis el exorbitante precio que os pidió Gatorix por ese anteojo? ¿Por qué aquella súbita prisa?

Jorian se rió entre dientes.

—Miraba cómo descendía el Kyamos con el catalejo cuando observé a un escuadrón que bajaba por el camino que bordea el río. Apenas veía unos puntitos, pero tuve la impresión de que se trataba de guardias xylarianos... ¡Echemos un vistazo!

Jorian se dirigió a la cabina para tomar el catalejo. Empezó a escrutar la costa.

— ¡Por las tetas de marfil de Astis! ¡Esos canallas están en el muelle!

—Pasadme el catalejo —dijo Zerhk.

En el aparato se podía ver en el muelle a un grupo de hombres vestidos de negro; uno de ellos sujetaba los caballos mientras los demás discutían con algunos chemnitas. Incluso se les veía gesticular.

—Esperemos que no consigan embarcación con la que perseguirnos por mar —murmuró Jorian—. Siendo ocho contra dos, nos cogerían en muy poco tiempo. ¡Remad más fuerte!

Tras unos momentos, Zerlik preguntó:

—¿No podríamos alzar las velas ahora?

—Podríamos, pero no contéis mucho con ellas. Con este viento que nos empuja hacia la costa, tendremos que barloventear hasta que lleguemos a mar abierto, y no sé cómo se comportará nuestra barca. Pasadme el catalejo. ¡Veinte mil demonios! ¡Han encontrado una embarcación y la están aparejando! ¡Estamos listos!




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