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La aplicación de criterios heterogéneos en la

(Reconstrucción, reforma y conservación)

durante el transcurso de la evolución histórica de la Colegiata de San Isidoro de León y su transformación estilística y de significado.



Por: Leandro Gutiérrez Cariñanos.

«Salva a su alma de la perdición, como él salvó a esta iglesia de la ruina».

Epitáfico de Luis Menéndez-Pidal y Álvarez 



Introducción.

La basílica románica de San Isidoro, es un verdadero puzzle por las múltiples fases constructivas y los estilos variados que se reconocen en su arquitectura debido a estas diferentes intervenciones de reconstrucción a las que ha sido sometido el templo desde su primer levantamiento como monasterio y su paso a iglesia palatina en donde se da cobijo al cementerio real, nos encontramos con un edificio que ha ido pasando por aspectos y funciones muy diferentes a las que hoy en día se conoce.


En este trabajo pretendo desvelar, utilizando un método cronológico e historiográfico, las distintas etapas evolutivas del templo de San Isidoro de León, señalando los diferentes criterios utilizados en las sucesivas reformas, restauraciones e intervenciones hasta llegar a las actuales medidas de conservación que se vienen aplicando a este edificio tan emblemático, que ha llegado a ser considerado como el primer templo románico conocido dentro del reino de Castilla y León1, al encontrarse en uno de los emplazamientos más emblemáticos y simbólicos dentro del panorama arquitectónico hispánico y por haber estado vinculado a la familia real castellano-leonesa.

 

Estos planes de Patrimonio tendrían, como bien dice Francisco Rodríguez Llamazares, actual abad de la Colegiata "la responsabilidad de proteger este monumento y así poderlo ofrecer a las generaciones futuras"2.



La primera construcción. Sancho I el Craso.
El edificio primigenio del actual complejo isidoriano se construyó por ocupación en el ángulo noroccidental del campamento romano de la Legio VII Gemina al cobijo de la muralla campamental, donde se alojaba el ala de la caballería auxiliar legionaria3, cuando estos abandonaron estas tierras, dejando tras de sí numerosos vestigios que así lo atestiguan como son los ciento-veinte metros de la muralla romana que aún hoy se conservan junto con sus cinco torres y el amplio adarve, que flanquean el complejo, las aras votivas, láteres con el sello de la Legión fundadora que se conservan hoy en el museo así como la terra sigillata o los gruesos muros soterrados de ladrillo además de los indicios de la existencia de un hipocausto.
Uno de los misterios que esconde esta iglesia para los arqueólogos e historiadores, que aún hoy no han podido desentrañar, es si San Isidoro se erigió sobre los cimientos de un primitivo templo romano dedicado al dios Mercurio, ya que era costumbre según las recomendaciones que Gregorio Magno en 595 pedía a sus misioneros, destruir los antiguos ídolos pero no los templos, ya que preferían que se produjese un fenómeno de continuidad, ya que las personas que tenían asociado acudir a un determinado espacio para entrar en contacto con su divinidad, seguían acudiendo a ese espacio de culto si este lugar se conservaba, aunque se cambiase a la divinidad.
Lo que si es sabido es que seguramente se utilizaran todos los materiales que tenían a mano de origen romano, desde la muralla para apoyar el monasterio, ahorrándose construir uno de los muros exteriores, como así lo atestiguan también la utilización de elementos constructivos de expolio tan variados como las columnas de mármol de origen romano, sillares o medallones que se descubrieron durante el año 2008, tras la intervención de limpieza de piedra en el interior templo y que permanecía oculta tras una capa de hollín producto del incendio del templo en 1811 y también por el humo que producían las velas y la calefacción de carbón.
Según historiadores como Gómez Moreno atribuyen al rey Sancho I el Craso (956- 966), hijo de Ramiro II, la construcción de un monasterio para albergar los restos del niño mártir de Córdoba, tomando el nombre de Monasterio de San Pelayo4. La hermana de Sancho, la monja Elvira Ramírez, se traslada con su comunidad al nuevo cenobio desde el antiguo monasterio de Palat de Rey, y con ella, la célebre institución del Infantado, dote de las infantas solteras, consistente en el dominio sobre varios monasterios y abundantes posesiones, junto a el se levanto otra iglesia dedicada a San Juan Bautista, constituida en bautisterio5. Este templo va creciendo, ampliándose sobre el terreno de las antiguas ruinas romanas a medida que este adquiere nuevos usos, produciéndose así una “Damnatio memoriae” al practicar un borrado de la huella de la anterior civilización romana para elevar sobre esta la gloria del nuevo reinado visigótico.
Paradójicamente a finales del siglo X, los ejércitos de Almanzor, arrasan el monasterio leonés de San Pelayo y la iglesia de San Juan Bautista, huyendo las monjas con las reliquias de San Pelayo a Asturias, junto con toda la ciudad que sufre de nuevo un acto de “Damnatio memoriae” por parte de los nuevos conquistadores.
La primera reconstrucción. Alfonso V.
Alfonso V (999-1027) a comienzos del siglo XI, tras la devastación de la ciudad por Almanzor, aún no se sabe a ciencia cierta si edifica de nuevo o reconstruye el templo, utilizando para ello materiales pobres, como el barro y el ladrillo. Aunque a este monarca la principal obra que se le debe atribuir es la restauración de la ciudad no sólo a un nivel arqueológico, si no a nivel de recuperación de la urbe regia que había sido anteriormente, otorgándola fueros y construyendo iglesias a la vez que combatía contra los musulmanes6.
Por lo tanto en lo relativo a la actuación de Alfonso V en la obras de la basílica de S. Isidoro el único dato que se conserva es una inscripción que dice: “Et fecit Eclessiam hanc de luto, et latere”, con lo que no es posible deducir si se trataría de una iglesia de nueva construcción dedicada a S. Juan Bautista y añadida al monasterio ya existente, como afirma Julio Pérez Llamazares basándose en el significado de la palabra “fecit” mientras que al hablar del

Monasterio de S. Pelayo dice que lo restauró “restauravit”7, o como apunta Ambrosio de Morales, Alfonso V se dedico a restaurar el monasterio ya existente, cambiándolo al mismo tiempo de advocación8. En todo caso fue construida con materiales pobres de “luto et letare” barro y ladrillo tapial, de la que no se ha conservado ningún vestigio, aunque lo más seguro es que se actuara utilizando criterios económicos, desescombrando el terreno de todo lo devastado y reutilizando los antiguos cimientos y materiales que se pudiesen reutilizar, para que le resultase más económico, pues se desprende de la citada inscripción que no hicieron gala de riquezas para su construcción.


Y es que siendo conocido Alfonso V como reconstructor de la ciudad manteniendo el antiguo aspecto regio que poseía antes de la destrucción, ¿qué motivos le llevan a utilizar tan pobres materiales en la reconstrucción de un noble y emblemático edificio? y ¿por qué reconoce el uso de esos pobres materiales grabándolo en una inscripción en piedra?. Se me ocurren dos hipotéticas respuestas, una es que le urgiera la necesidad de poner el templo en funcionamiento cuanto antes, debido a que este era un icono de la urbe y sobretodo de la reinante dinastía visigótica, siendo lo más práctico utilizar el tapial para su ejecución, pues así el culto y uso de estas dependencias se vería resuelto en un tiempo más perentorio que utilizando materiales más nobles como la piedra, pues estas obras se hubiesen dilatado en el tiempo muchísimo más, ahorrando así tiempo hasta que se pudiera construir otro templo con mejores y más duraderos materiales, y la segunda hipótesis podría ser que debido a algún tipo de voto de pobreza y austeridad de la orden que lo regentaba decidiesen elegir esos materiales tan humildes.
Lo que si se sabe es que convivieron al mismo tiempo una comunidad de monjes que atendían la iglesia de San Juan Bautista y otra de monjas dedicadas al monasterio de San Pelayo, ambas bajo la gobierno de la infanta Teresa hermana de Alfonso V y según algunas fuentes viuda de Almanzor9, que decide al regreso de su cautiverio enclaustrarse como monja. Así este edificio debería de ser lo bastante grande para poseer al menos dependencias duplicadas y diferenciadas que pudieran ser habitadas por las personas de diferentes sexos que componían ambas comunidades.

La segunda reconstrucción. Fernando I y Doña Sancha.
Tras la muerte de Alfonso V, y durante el reinado de su hija, la infanta doña Sancha junto con su esposo, el rey Fernando I (1037-1065), se produce en el territorio castellano-leonés una renovación de la cultura de sus estados, dando paso a las nuevas formas del románico, las cuales fueron entrando gracias a la importación de objetos suntuarios, que propiciaba la entrada de artistas extranjeros y que trabajaban de acuerdo a la “modernidad”. Pero sobre todo se debió a la alianza que mantenía el monarca Fernando I, procedente del reino de Navarra, con la abadía de Cluny, interviniendo en los edificios más característicos de su nuevo reino, en un principio ampliándolos y remodelándolos de acuerdo a esas nuevas formas10. Consiguiendo así elevar el monasterio a una más alta dignidad. Sustituyeron el templo de tápiales por otro de piedra adecuándose así a la “modernidad” y la novedad de la sillería románica. Alardeando Fernando I y Doña Sancha de su poder económico al demostrar la capacidad de su reino al construir un templo enteramente de piedra.
La hipotética reconstrucción de este edificio de piedra se ha realizado a través del estudio de la iglesia atribuida a Fernando I, cuyos cimientos se encontraron bajo el suelo de la actual iglesia tras unas excavaciones llevadas a cabo por el arquitecto Torbado a principios del siglo XX. Se sabía de la existencia de este templo por el epitafio del rey Fernando I, donde se especifica “Fecit ecclesiam hanc lapideam que olim fuit lutea” hice esta iglesia de piedra que una vez fue de barro. Las excavaciones sacaron a la luz una iglesia de tres naves y cabecera tripartita de testeros rectos y escalonados, por tanto se trata de una iglesia de clara tradición asturiana, cuyo precedente más próximo se ha visto en la iglesia de San Salvador de Valdediós en Oviedo, este criterio de utilizar para reconstruir la iglesia no los patrones de modernidad que se le atribuían sino remontarse a la tradición del linaje asturiano parece ser que se debe más a la influencia de su esposa Doña Sancha, de estirpe asturiana, además también de seguir la costumbre de la época de reutilizar el edificio ya construido, sobre todo los cimientos de la iglesia de Alfonso V, aunque no se descarta que tuviese un alzado de tipo románico, quedando la iglesia integrada dentro de la mentalidad artística que se le atribuye a Fernando I, quedando encuadrada dentro de las topologías híbridas, planta asturiana y alzado románico, de las que habla el profesor Bango, y que tanto se abundaban en ese tiempo11.
Nuevamente se estableció allí una comunidad de monjas que cuidaban el cementerio real a donde el rey había trasladado los huesos de sus antecesores, los reyes leoneses, dispersos por distintas iglesias del reino, entre ellos, los de los padres y el hermano de Doña Sancha, Vermudo II, Alfonso V y Elvira.
Ya terminada su iglesia palatina, y consagrada el día 21 de diciembre de 1063, Fernando I y Doña Sancha la dignificaron con las reliquias de San Isidoro desde Sevilla, y el de San Vicente desde Ávila ya que las reliquias de San Pelayo quedaron en Asturias cuando tuvieron que protegerlas de su posible destrucción por parte de Almanzor, este hecho produjo un aumento de popularidad y devoción sobre todo por la visita a los restos del santo San Isidoro.
Este tipo de reliquias contenían una gran carga apotropaica, ya que existía una verdadera obcecación por parte de los regentes por conseguir restos de santos. Esto se debía a la creencia de que los restos de santos protegerían a la ciudad de nuevas invasiones o desgracias naturales, apoyándose para ello en hechos milagrosos, por eso también poseen un poder taumatúrgico.
La decisión de traer los restos de San Isidoro estuvo planificada por Doña Sancha y sus obispos de tradición Hispano-visigótica mucho antes de partir a por ellos, en clara controversia con las creencias de su consorte Fernando I, que eran más adecuadas a los valores que se propagaban desde Cluny. Esta idea vendría determinada principalmente por el valor que poseían estas reliquias como símbolo de virtud y por el deseo de Sancha de continuar en León con la tradición hispano-visigótica, ya que S. Isidoro era de origen visigodo y ejerció gran influencia en la conversión de los visigodos al catolicismo, abandonando así sus creencias arrianas, pero además fue un escritor muy prolífico y un infatigable compilador y recopilador, conocido en toda la cristiandad y que por eso atraería a multitud de peregrinos de toda Europa, que recorrían el Camino de Santiago, a acercase al monasterio a venerar sus restos.
También se sabe que en la iglesia de S. Juan Bautista bajo el altar de S. Martín se enterraban los restos de los eclesiásticos y que un cuerpo occidental fue dedicado a la construcción de un cementerio real cuya función no era sólo para demostrar la estabilidad y continuidad del reino sino que también estaba implícita la intención de demostrar ante el pueblo la procedencia del linaje de los reyes visigodos de Toledo.
En cuanto a la atribución de la construcción del panteón de los reyes se duda entre los que creen, como los investigadores Valdez del Álamo y el profesor Bango, que fue construido por Doña Sancha y Fernando I, apoyándose para ello la inscripción que se encontraba originalmente en uno de los pilares del porche del panteón con la leyenda.”Sancia Regina Deo dicata peregit”12 así como los argumentos del profesor Bango en los que asegura que la intervención de Doña Urraca en el panteón construido por sus padres Fernando I y Doña Sancha sería básicamente una mera transformación, añadiendo motivos escultóricos en capiteles y cornisas, pero la opinión más generalizada y sobre todo la del profesor Williams, J., que participó en las excavaciones de la basílica los años 1969 y 1971, es la de los que piensan que fue Doña Urraca quien lo construyó, justificando está interpretación por dos razones, una es la inscripción que aparece en su epitafio en el que se puede leer “Haec ampliavit ecclesiam Istam” en donde se ha deducido que la palabra “ampliavit” se refiere a la ampliación de la iglesia de sus padres y la construcción del cementerio real13, y la otra mas evidente es la diferencia estilística que existe entre la iglesia de Fernando I de estilo tradicional asturiano y el panteón de nuevo estilo románico, de este modo Williams afirma que el pórtico o panteón fue construido después y anexionado a la fachada de la iglesia fechándolo a finales del siglo XI, por otra parte historiadores como el profesor Bango afirman que el hecho de tener un trazado planimétrico de tipo asturiano no implica necesariamente un desarrollo en altura con los mismos principios constructivos, en su opinión son numerosos los edificios prerrománicos cuyos muros son cortados a cierta altura para después edificar sobre ellos con un léxico ya románico14, en cuanto a la función de este espacio los investigadores se dividen entre los que piensan que pudo ser un nártex o pórtico de entrada y los que defienden la realización de un panteón siguiendo la tradición hispánica.


La ampliación de Doña Urraca.
La hija de Fernando I y Sancha, la infanta doña Urraca Fernández, según Williams amplio la iglesia de su padre con el panteón y la galería norte además de la tribuna y la parte baja de la torre, así como la ampliación de la iglesia por la cabecera como era habitual, y el comienzo del transepto.
Según la investigadora Susan Caldwell la infanta Urraca amplio la iglesia de sus padres en anchura manteniendo los muros norte y oeste, alargando las naves y construyendo una cabecera de tres ábsides semicirculares cuyos cimientos fueron descubiertos bajo el actual transepto. Esto se debería principalmente a que una vez finalizadas las obras y debido a la gran afluencia de peregrinos que pasaban por León en su camino hacia Santiago la iglesia se fue quedando pequeña, por lo que se procedió a desmantelar la cabecera para alargar las naves y construir un transepto terminado en ábsides, este cambio de proyecto está atribuido a la infanta Urraca y su finalización lo data sobre mediados del siglo XII15 .
En este periodo se produce una interesante visón de las virtudes doctrinales de las imágenes, aunque se producen diferentes procesos con enormes altibajos, el poder de las reliquias se trasladará también a las imágenes, como poder de intercesión con la divinidad. El Segundo Concilio de Nicea (787), habla de la importancia de las imágenes y paulatinamente se les traslada el valor como reliquias. Doña Urraca enriquece la iglesia con donaciones muy ricas como el cáliz de ágata y oro y el crucifijo de oro y marfil, con la efigie de la donante, joya que recibió los mayores elogios de cuantos la contemplaron, hoy desgraciadamente desaparecida16, pero que indudablemente en su tiempo, incluso hoy atraerían la atención de los visitantes al templo.
Las modificaciones de Doña Sancha Raimúndez y el emperador Alfonso VII.
Otra infanta leonesa, doña Sancha Raimúndez, con su hermano el emperador Alfonso VII, continuó la obra de la nueva iglesia, iniciada por su tía abuela, la infanta doña Urraca, encargádsela al arquitecto D. Pedro Deustambem, y la hicieron consagrar en 1149. Un año antes habían sustituido la comunidad femenina de monjas benedictinas por un Cabildo de Canónigos Regulares que rigieron el templo y la abadía hasta 1956, este cambio provocaría también modificaciones de adaptación de uso en las obras del templo, concluyendo este arquitecto el edificio con la cubrición de las bóvedas de piedra ya que la anterior debió de ser de madera porque fue necesario practicar un reforzamiento de los soportes de las naves, con la incorporación de pequeñas columnillas tanto en los pilares como en los muros laterales y responsiciones, que incluso en algunos puntos llegaron a tapar el espacio de las ventanas17. Este tipo de actuaciones, sin respetar la antigua construcción, derribando y añadiendo elementos sin ningún remordimiento, estaban totalmente justificados en aras de un mejor uso del espacio destinado al templo así como su adaptación a los nuevos criterios estilísticos, que conferían tanto al templo como a su comitente un porte más moderno, así como a la ciudad y el espacio que ocupaba, aplicando para ello las últimas técnicas constructivas.

Reformas de estilo gótico hispano-flamenco.
Para ampliar la iglesia, en 1513, y a lo largo de todo el siglo XV se acometen diferentes obras de “modernización” del templo, atendiendo, por supuesto, al gusto estilístico de los responsables de estas intervenciones, es así como por orden del abad D. Juan de Cusanza, se derriba el ábside central románico sustituyéndolo por la Capilla Mayor, de estilo gótico cubierta con bóveda de crucería con terceletes, la cual albergaba unas mayores proporciones tal como hoy podemos contemplar, el exterior entonces cambia su aspecto por el de fortaleza o torre almenada, estas obras son atribuidas a Juan de Badajoz, el Viejo, al que también se le atribuye la construcción de la capilla gótica de Santo Martino, en el costado del brazo norte del crucero.
El arzobispo Fonseca, Juan Rodríguez, que fue abad de San Isidoro desde 1519 a 1524, mandó construir el claustro gótico, que fue llamado claustro de Fonseca, emparedando tras un muro de ladrillo la antigua galería románica del siglo XI.  Las distintas capillas del claustro se dedicaron a capillas mortuorias de las familias que tomaban el patronazgo, como fue la de Pedro Suárez de Quiñones, comendador de San Isidoro y gobernador de la provincia que transformó la sala capitular para construir su propia capilla fúnebre.
Otro abad de la Colegiata, Don Simón Álvarez, manda empotrar la tribuna gótica entre las tres primeras arcadas de la nave, lo más seguro es que se viera obligado a hacer esta obra, aunque para ello tuviese que romper la unidad arquitectónica del templo, pues urgía acodarlo para impedir su ruina, amenaza que se cernía de atrás por los empujes de la bóveda18. De todos modos en la mentalidad de la época nadie se planteaba al iniciar una obra, que hubiesen demasiadas razones de peso que obligaran a sopesar a favor de conservar un estilo arquitectónico caduco y que no cumplía las nuevas funciones exigidas del templo, frente a un estilo que se consideraba mucho más moderno, estilístico y funcional que además poseía un arraigo que irradiaba el sentimiento español. El templo adquiere así una espaciosidad y luminosidad que nos sugiere más el nuevo espíritu renacentista que los viejos ideales medievales.

En esta época se estaba desarrollando la nueva cultura del Renacimiento en Italia, que se caracteriza por su desprecio hacia el Gótico y la consideración de la Antigüedad como modelo ideal, pero aquí en España, el gótico hispano-flamenco, aún gozaba de gran prestancia y prestigio entre los comitentes de los más relevantes edificios de la urbe y es que el arte gótico alcanza su plenitud, tanto en las construcciones religiosas como en las civiles, en buena medida suscitado por la necesidad de las coronas de afirmar su dominio territorial, y sobre todo a partir del último tercio del siglo, cuando los Reyes Católicos pretenden crear un estado moderno unificado, potenciando el nacimiento de un arte que pudiera representar la unidad de las coronas. De otra parte, la presencia de numerosos artistas provenientes de Flandes determinan el nacimiento de una serie de escuelas artísticas regionales que introducen los nuevos gustos europeos. Estas construcciones góticas coinciden en el tiempo con las primeras renacentistas, superponiéndose y utilizándose de manera aleatoria los dos estilos, los dos eran validos y novedosos, puesto que en la regeneración del gótico de la época de los Reyes Católicos se entiende que hay un abandono en las formas tradicionales, y se presenta como una expresión del pensamiento humanista, por ello es imposible entender el Renacimiento español sin este gótico final.



Las reformas Renacentistas y Barrocas.
Del mismo modo y utilizando el mismo criterio reformista, en 1534 Juan de Badajoz, el Mozo construye la biblioteca con la primera bóveda elíptica del renacimiento español, demoliendo los palacios reales románicos. Estas obras se debieron principalmente a la necesidad de ampliar el espacio de la biblioteca por cuestiones prácticas ya que el conjunto de volúmenes había aumentado mucho por la acumulación de libros impresos provenientes tanto de los tórculos españoles como de los ultrapirinaicos, además el abad D. Luis Coronel lego a la basílica su esplendida biblioteca19.
Para el acceso a la Biblioteca Juan de Badajoz diseñó una puerta renacentista que comunicó con la antigua tribuna románica transformada en sala capitular, en el muro norte, que como atestigua Antonio Viñayo, para ennoblecer su obra, envileció otra mucho más antigua y venerable.
Ante la necesidad de iniciar una obra que mejorara la fachada de la Colegiata, dotándola de una escalera monumental y edificar de nueva planta las dependencias priorales se le encarga en 1574 al arquitecto Juan del Rivero construir la escalera principal del claustro, donde plasma su sensibilidad renacentista de ascendencia italiana, se conoce también que la fuente de inspiración de los medallones de piedra que se encuentran en el vano de embocadura, el intradós de los dos tramos de bóvedas y el del rellano, fueron los libros de medallas del siglo XVI que aparecen en la biblioteca del arquitecto, la finalidad de este vasto programa icnográfico era poner de relieve las virtudes del Cabildo Isidoriano20.
La moda del barroco también llega a San Isidoro y como obras más destacables nos quedan los dos claustros las bóvedas del refectorio y el retablo de la capilla de San Martino.
En el siglo XVIII se rehicieron las fachadas del claustro que quedaron tal y como se ven en la actualidad, salvo la que ocultaba la galería románica porque el maestro Durán que llevaba las obras no se atrevió a derribarla a la vista de los desplomes y empujes de la nave central de la iglesia. Estos desplomes se venían conteniendo gracias precisamente al grueso muro que mandó construir el arzobispo Fonseca en el claustro gótico, pero que según Antonio Viñayo era tan feo el conjunto que los canónigos ya en 1728, habían derribado las alas norte y poniente, y tenían levantadas en piedra las del barroco que sustituían a aquellas21. Como podemos comprobar triunfa la influencia del gusto estilístico del que ordena la reforma en detrimento de lo denostado, que suele ser aquello que considera viejo, este ideal es el que marca como se ira conformando el edificio a la nueva imagen de la ciudad.
El 30 de diciembre 1808 la Colegiata de San Isidoro fue ocupada por las tropas napoleónicas hasta 1812, expulsando del templo a los canónicos para convertirlo en un cuartel, pajar y cuadra para la caballería, saqueando e inutilizando muchos de sus elementos arquitectónicos y decorativos, hasta que finalmente durante la retirada incendian la iglesia, dejándola en un estado ruinoso. Aunque los franceses, durante la Revolución Francesa, aportaron los principios de conservación de los monumentos, con la máxima: “Vosotros no sois más que los depositarios de un bien del cual la gran familia tiene el derecho de pediros cuentas, los bárbaros y los esclavos detestan las ciencias y destruyen los monumentos del arte, los hombres libres los aman y los conservan”, parece ser que olvidaron aplicar en este templo sus sabios consejos.
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