La argentina imperial editorial sudamericana buenos aires



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DANIEL LARRIQUETA


LA ARGENTINA IMPERIAL

EDITORIAL SUDAMERICANA

BUENOS AIRES

IMPRESO EN LA ARGENTINA

Queda hecho el depósito que previene la ley l l 723 © 1996 Editorial Sudamericana S.A.. Humberto Iº531, Buenos Aires.

ISBN 9500712032

Prólogo

"La historia es explicación"


La Argentina es un sistema formado por dos estructuras.

El aserto es neto y seco. Para llegar a una fórmula tan despojada he debido rumiar mis ideas durante dieciocho años y escribir dos libros. Pero las consecuencias que derivan de tan escueta sentencia son riquísimas, fecundantes. Creo que es una partícula de pensamiento argentino que aunque parezca diminuta tiene valor de clave.

Las dos estructuras integrantes de la sociedad argentina son descubrimiento colectivo y antiguo. Los protagonistas de la Independencia y los precursores de la organización nacional ya conocían la existencia del "otro" y sentían el desafío de inventar una política para aniquilarlo, integrarlo o neutralizarlo. Esto, tanto de un lado como del contrario.

Alberdi y Sarmiento, dos hombres de linajuda raíz indiana pero convertidos a la modernidad "ilustrada", nos han dejado muchos testimonios de su mirada bicolor, conscientemente bi­color. La pasión modernizante y ""civilizadora" de estos dos pro­tagonistas se entiende mejor si se recuerda que por sus oríge­nes conocían muy bien no sólo los defectos sino también la persistencia de esa cultura, la "americana", la indiana, la tucumanesa1, la antiliberal, la conservadora. En sus escritos ya denuncian, con cabal conciencia, el accionar de las dos estruc­turas.

En el siglo XIX y en la mayor parte de éste, todo el pensa­miento argentino, y el pensamiento político en particular, ha lidiado con id cuestión de las dos estructuras como un padeci­miento. La doble existencia estaba siempre presente, pero cada uno miraba el par desde su costado, quejándose o combatien­do al otro. Y ha sido frecuente que se nos planteasen opciones de aspecto existencial: ¿cuál es la música popular argentina, el tango o el folklore?

La doble identidad nos ha acompañado siempre, en todos los terrenos. Entonces, ¿para qué escribo estos libros?

La Historia es la ciencia del tiempo. Pero el tiempo no es un material inerte; por su solo transcurso va produciendo he­chos nuevos. La persistencia de dos estructuras antitéticas, autorreferentes y agresivas, libradas a su propia suerte desde el fin del tutelaje español y ocupando un espacio acotado y común durante casi doscientos años, empieza a ser un resultado histó­rico en si mismo. Hoy debemos comprobar y aceptar que esas dos estructuras no se aniquilaron, que no se partió el espacio común y que tampoco se emulsionaron hasta perder cada una su identidad. O sea que se alcanzó un modo de convivencia, más aún, de interacción. Esa convivencia y esa interacción son el sistema argentino. Y algo más. son la Argentina misma.

¿Pudimos haber sido de otra manera? No. Seriamos otra cosa. Al norte de la Argentina vive una nación que recibió la herencia peruano-tucumanesa en estado puro y ha formado con ella su identidad. Bolivia. Al este vive otra que es hija exclusiva de la cultura rioplatense y atlántica, el Uruguay. Y sucede que nosotros no somos una mezcla de Bolivia y Uruguay, sino un fruto de la interacción de esas dos culturas a lo largo de mucho tiempo. En todo caso —y para seguir con el juego de las analo­gías, que es siempre divertido y peligroso— nosotros hemos aprendido a ser algo nuevo, a partir de aquellos elementos ini­ciales. Éste es nuestro secreto nacional, ésta es nuestra identi­dad, nada menos.

' Se me dirá que estas reflexiones tan distendidas sólo las podía hacer un hombre de mi tiempo, de estos finales del si­glo XX cuando la Argentina de las dos estructuras parece poder vivir en paz consigo misma. Claro que sí.

Pero yo empecé a trabajar en estas tesis en 1978, buscan­do explicar, justamente, por qué la Argentina no podía vivir en paz y marchaba camino de la catástrofe. ¿Qué es verdad, lo de 1978 o lo de 1996? Desde el punto de vista de las estructuras, es lo mismo, porque dieciocho años es nada en términos de cambios de largo plazo. Lo que no es lo mismo es lo que articula esas dos estructuras, el sistema. El sistema, la interacción de las dos estructuras, trabajaba en 1978 contra su consolidación. En 1996 el sistema funciona hacia la convergencia, ha cambiado de sentido. La interacción es positiva.

Lo diferente entre 1978 y 1996 es la democracia. Lo que define la orientación hacia la convergencia o hacia el estallido del sistema es la democracia por ser el único modo de organiza­ción política capaz de incluir las diferencias y tolerar y hasta fomentar los cambios, la interacción. Sólo cuando la dirigencia pudo consensuar y establecer una organización democrática de la sociedad, la larga guerra entre las dos estructuras que en­

sangrentó nuestro siglo XIX dio paso a un estilo convivencial y habilitó un camino de convergencia de largo plazo. Ese pacto y esa normativa están legislados en lo que se llama, no sin razón, la parte "pétrea" de la Constitución de 1853.

La afirmación precedente es fortísima. Porque implica sos­tener que la deformación o la interrupción de la democracia invierte el sentido del sistema, volviéndolo divergente, lo que implica, a mediano plazo, destruir la Argentina. Por lo mismo que soy un hombre de mi tiempo y he vivido con los ojos abier­tos en esta segunda mitad de nuestro siglo XX, no tengo la menor duda de que es así: si la democracia se deteriora, el sistema argentino se destruye. Y la Argentina es el sistema. No se puede ser hoy tucumanés o rioplatense, no hay un "patriotis­mo" de las estructuras fundantes.

Lo único que debe diferenciarse es que el sistema argenti­no tomó de la cultura rioplatense su secreto instrumental: la democracia. Éste es un atributo de la herencia "ilustrada" que se nacionalizó, se hizo obligatorio para todos. Debe reconocerse que el sistema se ha creado y ha logrado sobrevivir hasta aquí —luego de terribles tormentas— cuando se afirma la vida demo­crática y gracias a ella. Esto significa sostener que para cual­quier argentino de hoy, defender la libertad y la democracia ya no es hacer referencia a los fundadores rioplatenses, sino asu­mir un mandato existencial de nuestra sociedad.

Lo nuevo de mi propuesta es, así, esta concepción sistémica de la civilización argentina y un estudio de las dos estructu­ras desde el presente, suponiendo que su convergencia es la condición de la nacionalidad. Es más, creo que el sistema ar­gentino es la base de nuestra identidad. A diferencia de otros países —la inmensa mayoría de los iberoamericanos— nosotros no tenemos una identidad estructural, sino una identidad sistémica. Ser argentino significa reconocer y vivir en la interac­ción de las dos estructuras. Y ser patriota es defender e impul­sar lo que trabaje para la convergencia de las estructuras. Por eso me parece imposible un patriotismo al margen de la demo­cracia.

Claro está que un largo lapso de convergencia puede modi­ficar esencialmente las estructuras fundadoras. Este sistema interactivo puede convertirse, de a poco, en una nueva estruc­tura, que incluya los restos de las otras dos, superándolas. Lo ideal sería poder decir, cabalmente, que la Argentina es un sistema formado por dos estructuras que tienden a la conver­gencia.

Pero esa convergencia no es automática ni está determina­da. Los testimonios del estallido divergente están a menos de veinte años y no podemos perder de vista esa realidad. Creo que una etapa afortunada del sistema argentino recomenzó en 1983,

pero su solidez depende de la voluntad de nosotros, sus inte­grantes, sus participantes, sus pensantes. Pareciera que los grandes dolores del pasado inmediato nos han equipado para ser menos rígidos, menos tremendistas, menos frívolos a la hora de defender la libertad y la democracia. Pero sólo el tiem­po, el material noble y privilegiado de la Historia, justamente, nos dirá, hacia adelante, sí este recomienzo es el bueno.

Sin embargo, el juego del sistema con sus estructuras debe ser útil en el presente y en el diseño de ese futuro. Ni afirmo ni niego que esta construcción tenga capacidad predictiva, pero estoy seguro de que es imposible descifrar las fuerzas profun­das de la sociedad, su política y su cultura sin este recurso. Es en tal sentido que mi trabajo sirve al apotegma de Fernand Braudel: "La historia es explicación'".
Había prometido a mis lectores de La Argentina renegada desarrollar todo el enfoque en tres libros de elaboración y publi­cación sucesivas. He modificado ese plan original, porque pien­so que lo posible es presentar las dos estructuras y sugerir su articulación, pero dejando todas esas posibilidades casi infini­tas a cargo de quienes puedan utilizar la fórmula en sus distin­tos desarrollos.

O sea que a La Argentina renegada que debía explicar los elementos y la proyección al presente de nuestra raíz tucumanesa. acompaña ahora este La Argentina imperial que intenta realizar el mismo trabajo para la raíz rioplatense. Él tercer li­bro, que habría recogido algo del sistema y su funcionamiento, lo dejo librado a la creatividad de ustedes, lectores-usuarios. El sistema somos nosotros, somos hoy. somos todo. Y aunque es posible exponer su funcionamiento en un libro, los ejemplos y matices son tantos que la simple selección de unos podría des­calificar equivocadamente a los que se descarten...


Este libro es, pues, el estudio de la segunda estructura, la raíz rioplatense de la Argentina. Forzosamente, se transforma en la historia genética de una ciudad, ciudad de entre las pocas elegidas por el destino para ser el polo de un proceso civilizatorio en la escala grande del mundo. Una "ciudad universal" en el sentido que da Domínguez Ortiz a la definición. Es la historia de Buenos Aires.

A medida que lo escribía, fui tomando conciencia del signi­ficado capital que Buenos Aires tiene para la civilización argen­tina. Y me enamoré perdidamente de ella, con la misma ansie­dad fragilizante de los enamorados. Me apena que no sepamos honrar sus virtudes históricas y me asusta que bajemos las ban­deras

de su pensamiento liberal, transgresor, insumiso, frente a la sombra amenazante del conservadurismo tucumanés que acampa en los suburbios y predican los censores, con o sin mitra.

También me convencí de que contar su historia, poner en evidencia la larga y azarosa gestación de su personalidad era un modo eficaz de servir a su causa, de proteger su lugar en la herencia argentina. Después de haberme inclinado con sincera admiración ante la herencia tucumanesa, era ahora el tiempo de honrar la civilización rioplatense que la contrapesa.

Como en todo trabajo ensayístico, abordé la cuestión con las grandes líneas preconcebidas, pero abierto a los descubri­mientos que me aportase la marcha. El resultado ha sido un viaje por el País de las Maravillas. Declaro que nunca pensé que tantas cosas nuevas se harían presentes, y que he tenido mo­mentos en que las sorpresas me aturdían, lo que acaso se tras­luzca, contra mi voluntad ordenadora, en el texto definitivo.

Los mayores de mis descubrimientos inesperados son tres: lo atlántico, lo portugués y lo previrreinal de Buenos Aires. Los tres florecen, además, en el siglo XVII1, la época peor estudiada de nuestra historia porque incomoda al mito de la independen­cia, repugna al pensamiento católico enemigo de la Ilustración y escandaliza al nacionalismo criollo que le tiene horror vampírico al sol cosmopolita del Atlántico. Esos tres descubrimientos definen, aproximadamente, el plan del libro.

Lo atlántico está mirado en el "Cuadernillo del mundo" que procura dar un marco internacional a nuestro estudio haciendo centro en la metamorfosis con que España supo digerir los cambios mundiales. Pero en todo el libro está señalado lo esen­cia): la Argentina existe porque en un momento de la vida de Occidente el Atlántico se volvió protagonista.

Lo portugués es un viaje dentro del viaje. El "Cuadernillo portugués" ocupa la mitad del libro. Ya cuando en La Argentina renegada presté atención minuciosa a la frustración portuguesa de Juan de Garay y al nuevo destino de su fundación, Félix Luna me alentó a profundizar la búsqueda. Mi interés por el tema portugués-Brasileño brotó a partir de una pregunta fun­damental para mi tesis: ¿qué es lo diferente de Buenos Aires dentro del conjunto argentino? Además, la explicación de la política española como una réplica a la iniciativa portuguesa me fue revelada por los estupendos trabajos de Octavio Gil Munilla que cito más adelante.

De mi paso por el gobierno de Raúl Alfonsín recogí otro episodio que me sonó en la cabeza como campanada. Cuando Alfonsín y el presidente Sarney acordaron el reciproco levanta­miento de los secretos atómicos, el brillante y prestigioso emba­lador Brasileño en Buenos Aires. Francisco Thompson Flores, me dijo con naturalidad: "Ahora sí que se termina la confronta­ción

de cuatrocientos años". Sentí el extraño privilegio de poder tocar con la punta de mis dedos el nexo entre el pasado y el presente. Y éste era un nexo muy portugués.

He escrito las cien páginas del "Cuadernillo portugués" con la conciencia de hacer un trabajo nuevo en el pensamiento argentino: mirar la historia de Portugal y del Brasil desde el punto de vista del surgimiento de la civilización argentina. Es la única manera de recorrer una raíz y confirmarla aun a riesgo de que pueda resultar algo trabajoso para un lector que sólo bus­que las grandes líneas. Pero tratándose de temas nuevos para la historiografía argentina me debía y debía a los críticos estas precisiones.

Un subproducto involuntario de ese cuadernillo es que en la nueva necesidad de escribir una "historia de los pueblos del Mercosur" el material y el enfoque que expongo puede resultar de una gran utilidad. En verdad, no concibo otra manera de escribir una historia común que mirando las historias nacio­nales ya elaboradas desde el nuevo lugar integrador. Seria estú­pido e infértil confundir una historia común con la simple su­ma de las historias nacionales. Hay que rehacerlas explorando los nexos y creo que en ese sentido mi contribución puede valer.

El "Cuadernillo argentino" es el territorio de las conclusio­nes donde la estructura rioplatense aparece radiografiada. Para el lector que me dé crédito en la demostración de los puntos de partida y sus desarrollos, la lectura de este cuadernillo puede ser suficiente porque en él está la caracterización de lo específi­camente argentino.

Allí germina lo previrreinal de Buenos Aires: los rasgos mayores de esta ciudad fueron gestados antes de su capitalidad política. Aunque no está dicho en el texto me parece que surge con claridad que la emergencia de Buenos Aires a mediados del siglo XVIII es uno de los hechos no prenunciados y no planifica­dos de nuestra evolución. La ciudad fue fundada por volunta­des concretas, pero se inventó a sí misma, espontáneamente, contingentemente. No era lo habitual en el Imperio español y en el mundo indiano con su sólida y previsora burocracia. Ya en eso Buenos Aires fue distinta.

En los últimos capítulos y en especial en "La República Atlántica" me he adelantado hasta el presente con los nuevos elementos interpretativos. No quería internarme en el funciona­miento del sistema, pero me pareció indispensable develar algu­nas de las grandes incógnitas del siglo XIX como es el caso de la inmigración europea. Y dejo anotadas ciertas claves para el pentagrama de este final del siglo XX.

Las embajadas de Portugal y del Brasil en la Argentina y el Centro de Estudios Brasileiros de Buenos Aires me han presta­do un sólido apoyo en mis búsquedas luso-Brasileñas.

El ex embajador de Portugal, brillante escritor y analista político, José Fernandes Fafe, fue mi verdadero tutor en la reco­rrida por el mundo portugués: me orientó, discutió mis aproxi­maciones sucesivas, me facilitó material y finalmente me abrió las puertas de los historiadores portugueses contemporáneos. En ese intercambio intenso, José y María Virginia se hicieron mis amigos y me seduce pensar que su amistad es uno de los grandes frutos de este libro.

En octubre de 1995 viajé a Portugal para intercambiar opiniones con los pensadores lusitanos. Tuve el privilegio de una larga conversación con Vitorino Magalhaes Godinho, cuyo pensamiento ya me era familiar por sus eminentes libros. Y todas mis expectativas fueron colmadas y aun desbordadas por la erudición, la claridad y el espíritu activísimo del ya veterano maestro.

En ese viaje fui recibido con similar cordialidad y ánimo cooperante por el presidente de la Academia Portuguesa de la Historia, profesor Joaquim Verissimo Serráo, y el director del Archivo Nacional, profesor Jorge Borges de Macedo, máximo biógrafo del marqués de Pombal. En el majestuoso recinto de la Universidad de Coimbra tuve una fecundísima reunión con Luis Ferrand de Almeida. acaso la mayor autoridad en la historia portuguesa del Rio de la Plata.

Mis pacientes lectores y críticos fueron María Sáenz Quesada, Nicolás Shumway y Ricardo Lesser, de quienes soy deu­dor.

Empecé la escritura de este libro en Punta Ballena, Uru­guay, en diciembre de 1993, y lo he terminado en Buenos Aires en agosto de 1996.

Cuadernillo del mundo

1. España y su metamorfosis
La Argentina existe porque en un momento de la vida de Occidente el Atlántico se volvió protagonista. ¿Por qué y cuán­do?

Octavio Gil Munilla dice que el siglo XVI fue el de las guerras ideológicas, el XVII el de las territoriales y el XVIII el de las económicas. La trilogía es apta para mostrar la evolución del mundo desde el poder de las dinastías al de las naciones y, finalmente, el de los grandes espacios internacionales. Y para explicar, en el marco de la "gran historia", el cambio de priori­dades de las potencias que han tenido la iniciativa política en cada uno de esos periodos.

La España superpotencia y el Imperio Universal de Felipe II, Felipe III y Felipe IV se construyeron sobre una matriz ideológi­ca concreta y densa: los "descubridores", conquistadores y colo­nizadores de América eran portadores de "la cristiandad", con­siderada por ellos una civilización benemérita con títulos morales y políticos suficientes para extenderse por todo el pla­neta. La ocupación de América era, pues, una guerra ideológica, de la misma calidad que la batalla de Lepanto, su contemporá­nea.

Pero aquellos impulsos provocaron cambios colosales. Cas­tellanos y portugueses le dieron a la especie el regalo de un mundo completo, que podía ser recorrido en todos los sentidos, no albergaba ninguno de los monstruos terribles del imaginario antiguo, y ofrecía horizontes inmensos aunque finitos. Y al ha­cerlo también abrieron a la iniciativa del hombre, y en especial del hombre europeo, tierras, pueblos, culturas, ideas, mares y climas que darían un gigantesco empujón a todas las formas del quehacer humano, desde la economía a las ideas más abs­tractas.

El impacto que experimentó Europa fue tan grande que todavía estamos demasiado cerca en el tiempo para entenderlo con claridad. Pero es seguro que todo, absolutamente todo, fue revolucionado por estos descubrimientos. Y en el campo de la política —esa vitrina de la inteligencia humana que con razón regocija a los historiadores— las consecuencias no se hicieron esperar. Los europeos colocados en la cúspide del poder debían organizar sus sociedades e impulsar los ajustes económicos y

sociales tomando nota de los cambios traídos por los descubri­mientos. Era una tarea desconocida y tan delicada que cada gesto se volvía fundador. Pequeños aciertos y errores políticos de los siglos XVI y XVII modificaron la estructura del mundo hasta nosotros. Luis XIV decidía si la América del Norte iba a hablar en inglés o en francés y el fracaso de Felipe IV en recon­quistar Portugal transformaba al Rio de la Plata en frontera de naciones enemigas...

Los pueblos navegantes, directamente implicados en los descubrimientos, los viajes y las consecuentes sorpresas, te­nían las mejores aptitudes para combinar los nuevos hechos con las nuevas acciones. A la cabeza de esa versatilidad esta­rían Castilla. Portugal, Holanda e Inglaterra, todos países de importancia menor en la Europa del siglo XV.

Los pueblos continentales, habituados a los grandes force­jeos territoriales de Europa y con la vista fija en las fronteras secas, despertarán muy tarde a las transformaciones y perde­rán gran parte del peso específico que tuvieron en el pasado. Polonia, Turquía y Austria son buenos ejemplos de ese destino.

Mención aparte merecen Francia y España como tales. Francia porque debido a su potencia, su variable condición con­tinental y marítima y su vanguardismo tiene una identidad mixta. España porque de su doble herencia aragonesa y caste­llana más los compromisos europeos de la casa de Habsburgo también tendrá un pie en cada lado. Francia y España se pare­cen en esto; no nos debe extrañar verlas actuando juntas cuan­do llegue el momento.

Cumplido el periodo original de los viajes y descubrimien­tos, Europa se atarea en digerir los logros. Podemos ubicar ese período liminar entre los trabajos portugueses de la primera mitad del siglo XV y el éxito español en establecer el cruce regular del Pacífico en la segunda mitad del siglo siguiente: de Enrique el Navegante atacando Ceuta en 1415 hasta Miguel Ló­pez de Legazpi fundando Manila en 1571. Los viajeros de ese largo siglo y medio no sólo descubren mundos y abren rutas de tierra y mar sino que a su regreso descargan en los puertos de Europa un verdadero alud de datos, riquezas, curiosidades, etnias. vegetales, animales, costumbres, religiones y preguntas. Y todos estos descubrimientos materiales y culturales van de a poco internándose en aquel centro del mundo para sacudir y fertilizar la filosofía, la cosmografía, la teología, la náutica, la medicina, las artes, la nutrición. Hoy podemos columbrar la magnitud de esos ventarrones, pero sus huellas están metidas dentro de la historia de cada disciplina, sin que aun la historio­grafía mundial haya trazado un balance de conjunto.

Lo que aparece inarticulado para nosotros era invisible para los contemporáneos, porque nadie puede ver el contorno

de un huracán cuando está metido en el medio. Pero las cabe­zas sobresalientes de la época, en todas las especialidades, per­cibían que los cambios eran colosales. Y de esta percepción nacería la certeza de que el progreso era la ley de la época y acaso la ley de la historia.

La clase política, órgano hipersensible de toda sociedad moderna, enseguida entendió que la digestión de las novedades implicaba una modificación en las relaciones de fuerza en el mismo centro del mundo. Y trabajó para esas modificaciones con la paz y con la guerra.

A mi juicio, dos grandes guerras definen el periodo de aco­modamiento a continuación de los descubrimientos originales. La Europa post-descubrimientos se rediseña a sí misma —y nos prediseña a nosotros— entre la Guerra de los Treinta Años (16181648) y la Guerra de la Sucesión de España (17001715).

Para lo que a nosotros nos interesa ahora, la diferencia fundamental entre ambos conflictos es que el primero tiene al mundo como escenario, pero a los ajustes territoriales europeos como botín principal, mientras que en la guerra española es del reparto del mundo de que se trata. Los plenipotenciarios que sellaron en la paz de Westfalia (1648) el nuevo equilibrio casi no discutieron de asuntos extraeuropeos, mientras que los nego­ciadores de Utrecht (1713) tuvieron sobre la mesa todo el espacio del mundo.




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