La casa del crepúsculo



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La casa del crepúsculo – © Laura Gallego García

LA CASA DEL CREPÚSCULO



PRÓLOGO: 1837
El ama de llaves entró en el salón, pálida y muy alterada.

-¡No está en su habitación!

El anciano alzó la cabeza y miró al hombre joven que estaba de pie junto a la chimenea.

-¿Has oído? -dijo.

El joven le devolvió la mirada, muy serio. Era alto y bien parecido, y su perfil expresaba determinación.

Al anciano se le empañaron los ojos.

-Has sido muy duro con ella.

-Sólo dije la verdad -replicó él-. Usted sabe tan bien como yo qué es lo que ha pasado en esta casa, desde que vine a vivir aquí. Si es inocente, ¿por qué huye?

-Porque está enferma, hijo.

-Razón de más para internarla, señor.

El anciano bajó la cabeza.

Hubo un largo silencio en la habitación. El ama de llaves se retorcía las manos, muy nerviosa. Finalmente, no pudo aguantar más, y dijo:

-¡Por el amor de Dios! ¿Es que no van a hacer nada?

El estruendo de un trueno ahogó sus palabras.

El joven ignoró a la mujer, y le dio la espalda para asomarse al ventanal. Fuera era de noche, y no había luna: el cielo estaba completamente encapotado. Dejó vagar su mirada por las oscuras sombras de las copas de los árboles, pero entonces un relámpago iluminó el jardín, y el joven dio un respingo: una forma blanca se movía entre los árboles, hacia el estanque.

-¡Allí! -gritó.

El anciano se sobresaltó, y el ama de llaves ahogó un grito. El joven cogió la levita y se la puso apresuradamente.

-La he visto corriendo hacia el estanque -explicó, muy pálido-. No está en su sano juicio; temo que intente hacer algo terrible.

-¡No! -gritó el ama-. ¡Impídaselo, señor!

El joven salió corriendo de la habitación.

-Asómate a la ventana y dime qué ves -suplicó el anciano, que no podía moverse.

El ama obedeció, y miró hacia fuera.

-No los veo, señor; está oscuro.

En aquel momento, un relámpago iluminó el cielo, y la mujer distinguió la sombra del joven corriendo entre los árboles, en pos de una figura vestida de blanco que se dirigía hacia el estanque.

-¡Señorita! -susurró la buena mujer, asustada-. ¡Vuelva con nosotros, se lo ruego!

-¿Qué hay? ¿Qué hay? -preguntó el anciano desde su sillón.

La oscuridad había vuelto a adueñarse del jardín.

-El señor intenta alcanzarla -murmuró el ama de llaves-. Roguemos a Dios que llegue hasta ella antes de que sea demasiado tarde.

Retumbó un trueno.

I
La casa estaba allí, esperándole.

Lázaro cambió el peso de un pie al otro y se quedó mirándola. No era la primera vez que la veía, pero siempre le causaba la misma impresión; aquel edificio tenía algo diferente, una especie de aura misteriosa.

Lázaro cruzó la calle de las Acacias para acercarse a la enorme verja de hierro, y se asomó, colocando la cara entre los barrotes. La casa era antigua, pero estaba muy bien conservada, aunque allí no vivía nadie. Frente a ella había un amplio jardín sembrado de blancas estatuas clásicas. La niebla serpenteaba entre los setos, de trazado laberíntico; Lázaro sabía que podría perderse en aquel jardín y esconderse en los recodos de los senderos durante horas… si pudiese entrar, claro. Y entraría, sin duda. Algún día, se prometió a sí mismo por enésima vez, entraría.

Alzó la mirada hacia el edificio y se estremeció. Allí había algo, algo que no podía explicar, pero que lo tenía hipnotizado.

A Lázaro le apasionaban los enigmas y las cosas sin explicación, especialmente si tenían que ver con lo sobrenatural. Sus películas, libros y cómics favoritos siempre trataban temas paranormales y, en general, le interesaba más bien poco todo aquello que se pudiera tocar. Siempre había creído que en el mundo había otra realidad, además de la cotidiana, visible y evidente. y soñaba con enfrentarse a ella algún día. Por eso se sentía atraído por los lugares extraños, solitarios, misteriosos… como aquella casa.

-Cualquiera diría que te está mirando, ¿verdad? -dijo una voz a su espalda.

Lázaro se volvió. Tras él había una chica un poco mayor que él, de pelo corto y con el rostro lleno de pecas. Sus ojos castaños lo miraban divertidos.

-¿Qué haces aquí? Vas a llegar tarde al colegio.

Lázaro se encogió de hombros.

-Me da igual. Hoy es el último día de clase.

-Mira que se lo voy a decir a tu madre.

-¿Y qué? Si te lo pasas bien haciendo de chivata, adelante. Sabes que las riñas me resbalan, Sara.

Ella suspiró, y miró a Lázaro con reprobación. Aún no había cumplido los trece años, pero ya era el rebelde de la familia. Sus modales descarados y su forma de vestir escandalizaban a su abuela y a su tía Clara, aunque a la madre de Lázaro parecía no importarle.

Sara se colocó a su lado, junto a la verja.

-No te gusta este pueblo, ¿verdad?

-Muy aguda. ¿Cómo lo has adivinado?

-No hace falta ser Sherlock Holmes para darse cuenta. ¿Tampoco te gusta el colegio? Fermín dice que siempre llegas tarde, y que a veces, ni apareces.

-No es asunto tuyo.

-Claro que lo es. Eres mi primo, ¿no?

Lázaro no contestó.

Hacía poco que se había ido a vivir con su madre al pueblo donde vivía su familia. Lo conocía, porque solía pasar allí las vacaciones de verano. Pero una cosa era veranear, y otra, muy distinta, vivir. Tras el divorcio de sus padres, a su madre no se le había ocurrido otra cosa mejor que mudarse a un piso junto a la casa de su familia.

Allí, Lázaro tenía abuelos, tíos y primos; pero no tenía amigos. Aquél había sido el curso más difícil de su vida.

-No te gusta el pueblo, ni te gusta el colegio -dijo Sara-. Pero, en cambio, parece que sí te gusta la casa de los Valbuena.

Lázaro se volvió, interesado.

-¿Los Valbuena? -repitió-. ¿Son los dueños de la casa?

Sara asintió.

-¿Y por qué no viven aquí?

-No pueden. La familia está dividida desde hace generaciones. Se pelean por esa casa en los tribunales, y, hasta que no se dicte sentencia, nadie puede vivir en ella. Pero se encargan de mantenerla limpia y cuidada. Es el legado familiar.

Lázaro asintió, sombrío. Sabía bastante acerca de familias que se rompían.

-¿Cómo sabes todo eso? -le preguntó a su prima-. ¿Es otro cotilleo de pueblo?

Ella pasó por alto la pulla; a menudo, Lázaro tendía a creerse superior, sólo porque se había criado en una ciudad. Pero su abuela decía que ya se le pasaría la tontería.

-Estoy preparando un reportaje para la revista del instituto -le explicó-. Éste es el edificio más antiguo que tenemos en el pueblo, después de la iglesia. Bueno -rectificó-, quizá haya otras casas más viejas, pero no tan señoriales ni tan bien conservadas. Ésta se construyó en 1806. ¡Qué de cosas habrán visto sus muros!

Lázaro suspiró con impaciencia. A veces, Sara podía llegar a ser realmente cargante.

-¿Has visto el jardín inglés? -le preguntó ella.

-No. ¿Qué es eso?

-Es el jardín trasero de la casa. Es de un estilo distinto al de la parte delantera, porque lo construyeron más tarde, en 1833. Las modas habían cambiado, incluso para los jardines.

-Qué bien.

-Bueno, veo que te mueres de ganas de ir al colegio -dijo Sara con ironía-, así que no te entretengo más.

Lázaro miró la hora y vio que ya llegaba veinte minutos tarde. De mala gana, se despidió de su prima, se alejó de la casa y echó a andar hacia el colegio.

No prestó mucha atención a las clases: sus pensamientos vagaban por entre los setos de la casa decimonónica, y no deseaba otra cosa que oír el timbre que anunciaba la salida, para volver a la casa y encontrar algún modo de ver aquel jardín inglés del que le había hablado Sara.

La mañana fue larga, pero, finalmente, el sonido del timbre se oyó por todos los pasillos del colegio. Todos los chavales vaciaron sus pupitres y se marcharon a casa corriendo, riendo y jugando a lanzarse globos de agua unos a otros. Las vacaciones de verano acababan de empezar.

Lázaro recorrió el pueblo con paso ligero, y pronto estuvo de nuevo ante la enorme verja de la casa de la calle de las Acacias. Llevaba mucho tiempo queriendo entrar en aquel sitio y, ahora que tenía ante sí un largo y caluroso verano, que sería, presumiblemente, tan aburrido y carente de emoción como todos los que pasaba en el pueblo, decidió que no pararía hasta conseguirlo.

Se asomó de nuevo para observar el laberinto que formaban los setos, cuidadosamente recortados. Los rosales estaban en flor, y su colorido contrastaba con el blanco marmóreo de las estatuas.

Lázaro se separó de la verja y echó a andar, siguiendo el muro que rodeaba la casa. A menudo se había quedado mirando aquel muro, preguntándose su podría trepar por él, pero nunca lo había intentado.

Tampoco había rodeado la casa para ver qué había detrás.

Se sorprendió del tamaño de la propiedad. El perímetro era amplísimo. Al otro lado, Lázaro podía distinguir las copas de los árboles de lo que parecía un bosquecillo. “El jardín inglés”, pensó, y sintió vivos deseos de verlo. Apresuró el paso para seguir rodeando la casa en busca de un lugar por donde entrar.

Finalmente, lo vio: un enorme árbol crecía justo al lado del muro. No sería difícil trepar por él, y echar una miradita, así que dejó la mochila apoyada contra el muro y empezó a subir. Se arañó una rodilla, pero su esfuerzo se vio recompensado: había una larga rama que se proyectaba hacia la parte superior del muro.

Lázaro apoyó los pies en las ramas más bajas y se dio impulso hacia arriba para seguir subiendo, hasta alcanzarla. Entonces avanzó, tanteando. La rama se movía mucho y no parecía segura, así que se detuvo a medio metro del muro.

-Bueno, no hace falta que entre -se dijo a media voz-; o, al menos, no ahora.

Se aferró bien a la rama y estiró el cuello para ver mejor.

Vio el jardín inglés, y comprendió entonces lo que había dicho Sara sobre estilos diferentes.

Si el jardín delantero era clásico, geométrico, los setos estaban perfectamente recortados y la pequeña fuente invitaba a la calma y la tranquilidad, el jardín inglés era salvaje e inquietante. En lugar de la fuente, había un enorme estanque con nenúfares, oscuro y profundo. Los árboles (cipreses, abetos y otras variedades que Lázaro no conocía), se alzaban sobre una hierba aparentemente descuidada, creando espacios de luces y sombras. La naturaleza crecía de forma desbordada, como en un pequeño bosque, como si por allí no hubiese pasado la mano del hombre.

Pero, observando con atención, Lázaro comprendió que el jardín estaba hecho así a propósito.

Y le gustó mucho más que el jardín delantero, con sus estatuas y sus rosales.

Suspiró, y miró la hora; su madre le estaría esperando en casa para comer. De mala gana, bajó del árbol.

En cuanto sus pies tocaron el suelo, una mano aferró su hombro, sobresaltándole.



II
Lázaro se volvió lentamente, imaginando que iba a recibir una buena bronca por trepar a los árboles para espiar en casas ajenas.

Pero no. Tras él había un chaval de su edad, bajito y con el pelo oscuro casi tapándole los ojos.

-Oye, tú -dijo el chico.

Lázaro lo conocía: iba a su clase, y se llamaba Lucas.

-Me llamo Lázaro -replicó, sorprendido, aliviado y molesto, todo a la vez.

-Oye, tú -repitió Lucas-. ¿Sabes ya lo de esta noche?

-No. -Lázaro fue a coger su mochila, dándole la espalda. Pero Lucas le siguió.

-Necesitamos gente -dijo.

-Pues qué bien.

Lázaro ya no estaba sorprendido ni aliviado; sólo molesto.

-Peña está con una pierna escayolada -siguió explicando Lucas-, y a Soriano lo han castigado sin salir. Los Castillo se van de vacaciones esta tarde…

-No contéis conmigo -cortó Lázaro, aunque aún no sabía de qué le estaba hablando Lucas.

-Es que nos hemos quedado siete, nada más -protestó Lucas-. Cinco tíos y dos tías. Estaría bien que fuésemos pares…

-Pues buscaos a otro.

Lucas se encogió de hombros.

-Vale, allá tú.

Y dio media vuelta para marcharse. Lázaro lo siguió con la mirada, suspiró y, cogiendo su mochila, echó a andar hacia su casa.

Estaba terminando de comer cuando llamaron a la puerta, y tuvo que levantarse para abrir.

Fuera estaba su primo Fermín. Fermín era hermano de Sara, e iba a la misma clase que Lázaro. Aun así, no solían ir mucho juntos.

-Hola -saludó Fermín, un poco cortado.

-Hola. ¿Querías algo?

-Sí, mira, es que me ha dicho el Lucas que no quieres venir esta noche con nosotros.

-Pues te ha dicho bien. No me apetece salir.

Fermín lo miró con desaprobación.

-Pues cuando eras pequeño te morías por participar. Pero ni a ti ni a mí nos dejaban, porque éramos muy críos. ¿No te acuerdas?

No, Lázaro no se acordaba, pero empezaba a picarle la curiosidad.

-Pero, vamos a ver, ¿de qué me estás hablando?

Fermín se quedó con la boca abierta.

-¡Pero… pero si Lucas me ha dicho que había hablado contigo!

-Pues no se habrá explicado bien -gruñó Lázaro; la conversación empezaba a ser demasiado larga para su gusto, y el postre aún le esperaba sobre la mesa.

-¡Pero si es tradicional! -Fermín le dirigió una mirada dolida-. El primer día de vacaciones nos reunimos todos por la noche para jugar a polis y cacos por todo el pueblo.

Lázaro parpadeó, perplejo.

-¿Polis y cacos? -repitió.

-Claro. Verás, llevamos linternas. La plaza mayor es la comisaría. Los cacos corren a esconderse y los polis cuentan hasta cien y…

-Vale, vale, sé cómo se juega a polis y cacos. Pero el caso es que no tengo ganas, ¿sabes?

-Pues yo creo que deberías ir -dijo una voz a sus espaldas.

Lázaro se giró. Una mujer alta, esbelta y elegante le miraba con desaprobación desde la puerta del salón.

-Pero, mamá…

-Ni mamá ni historias -cortó ella-. Ya estoy harta de que estés todo el día en casa de morros. Si pensabas quedarte aquí encerrado todo el verano, lo tienes claro. También las madres tenemos que descansar, ¿no te parece?

Lázaro hizo un gesto de fastidio. Su madre le consentía muchas cosas, pero, si alguna vez se empeñaba en algo, no había nada que hacer.

-Además… -se atrevió a añadir Fermín-, pensábamos que a ti te gustaría eso de recorrer el pueblo de noche, a oscuras. Como eres tan…

Fermín no completó la frase, pero a Lázaro se le ocurrieron al punto varios adjetivos: “noctámbulo”, “extravagante”, “raro”, “solitario”, “siniestro”, “excéntrico”… la mayoría de ellos se los había aplicado, sin piedad, su siempre juiciosa prima Sara.

Un poco a su pesar, Lázaro tuvo que reconocer que Fermín tenía razón: la noche, el misterio, la soledad… le fascinaban. Y recorrer el pueblo bajo las estrellas jugando a perseguir o ser perseguido reunía los tres factores.

-Oye, ¿te decides, o qué? -protestó Fermín.

-Anda, Lázaro, di que sí… -metió baza su madre.

Lázaro iba a decir que no, a pesar de todo, cuando se le ocurrió una idea.

-¿Por todo el pueblo, has dicho?

-Bueno, hay algunos límites, claro…

-¿También por la parte antigua?

-Sí, claro…

-Entonces, me apunto.

Horas después, un grupo de siete “cacos”, entre los que se contaban Lázaro y Sara, salía corriendo de la Plaza Mayor, ante la mirada impaciente de los “polis” , que tenían que esperar un rato hasta poder echar a correr tras ellos para darles caza.

Al principio, Lázaro siguió a los otros; pero pronto, al doblar una esquina, se quedó atrás deliberadamente… y se escabulló entre las sombras, alejándose de sus compañeros.

No tardó en llegar a la finca Valbuena. La rodeó, en busca del árbol al que había subido aquella mañana para ver el jardín. Cuando lo encontró, miró a su alrededor antes de comenzar a trepar por él: no había nadie por los alrededores.

Apenas unos instantes después, hacía equilibrios sobre la rama que sobrepasaba el muro del jardín inglés.

Recapacitó. Podía quedarse allí, pero la rama se movía demasiado, y, además, cualquiera que pasase por allí lo descubriría. La única razón por la que había aceptado unirse al juego era la posibilidad de poder entrar en el jardín sin que nadie lo viese, camuflado por la oscuridad.

Por otro lado, parecía difícil alcanzar el muro desde allí. Y la altura no era despreciable. Si se caía…

Lázaro oyó voces cerca de allí, y reconoció la de Lucas, que era “poli”. No tenía mucho tiempo. Avanzó lentamente por la rama, aferrándose con brazos y piernas, hasta que vio que no podía moverse más hacia adelante, porque podría quebrarse. Miró el muro: no estaba demasiado lejos. Dándose impulso, se lanzó hacia él, y sus manos lograron agarrarse a la parte superior.

Lázaro respiró hondo. Aún se aferraba a la rama con las piernas, pero los brazos le temblaban. Ahora o nunca.

Saltó. La rama volvió a su lugar, con un susurro de hojas. Lázaro quedó colgado del muro, en precario equilibrio. Hizo un esfuerzo más, y por fin logró subir a lo alto, quedándose a horcajadas sobre el muro.

Se asomó al interior del jardín. Estaba oscuro, pero él había visto aquella mañana que justo debajo había unos mullidos matorrales que amortiguarían su caída.

No lo pensó más: saltó.

Aterrizó suavemente dentro del jardín trasero de la casa de los Valbuena.

Se quedó un momento decidiendo qué iba a hacer a continuación… y se dio cuenta, de pronto, de que, si pretendía volver a salir, no podría hacerlo por el lugar por donde había entrado.

Intentó no dejarse dominar por el pánico. Seguro que podría salir de allí, de alguna manera.

De momento, había algo más urgente: ¡explorar el jardín!

La luna y las estrellas brillaban allí con más claridad que en el cielo de la ciudad, y Lázaro podía recorrer el jardín sin muchos problemas. La luna se reflejaba en el estanque, bordeado de nenúfares, y la brisa removía las oscuras copas de los árboles. Entre los matorrales había pequeños senderos de tierra, y Lázaro se perdió por ellos, seguro de que no había ningún peligro, porque estaba completamente solo en la propiedad Valbuena.

Se le pasó el tiempo sin sentir. Cuando se cansó de explorar el jardín inglés, decidió ir a la parte delantera de la casa, ver el jardín de los setos y las estatuas blancas y, de paso, comprobar si podía trepar por la verja desde dentro para salir de allí.

Pero, de pronto, vio algo, y se quedó quieto, semioculto entre los árboles, con el corazón latiéndole con fuerza.

Una figura de blanco avanzaba por el jardín, hacia el gran estanque. Lázaro se quedó mirándola, muy sorprendido. Parecía una mujer con un vestido largo. Estaba de espaldas, así que no parecía haberle visto.

¿Quién era ella? ¿Qué hacía allí?

El primer impulso de Lázaro habría sido marcharse de allí cuanto antes; pero ahora sentía curiosidad, así que se acercó a la mujer de blanco, ocultándose entre los matorrales y sin hacer ruido, para que ella no lo descubriera.

Cuando estuvo lo bastante cerca, se asomó de nuevo, echó un vistazo… y tuvo que contenerse para no lanzar una exclamación de sorpresa.

La joven deambulaba sin rumbo junto al estanque; daba la sensación de que no sabía muy bien qué hacer, o a dónde ir. Pero sus pies flotaban en el aire, unos centímetros por encima del suelo, y su figura estaba rodeada por un aura blanca muy tenue, y, lo más sorprendente… Lázaro podía ver a través de ella. Parpadeó, pero supo enseguida que no se debía a un efecto óptico, ni a la neblina nocturna.

La chica del vestido blanco era un fantasma.

Lázaro no se asustó. Siguió allí, fascinado, sin acabar de creer su buena suerte. Llevaba mucho tiempo deseando con toda su alma que pasara algo extraordinario en su vida, algo que le demostrara que el mundo era mucho más de lo que parecía, y ahí tenía la prueba.

De modo que se quedó mirándola en silencio, sobrecogido.

La aparición vestía un traje sencillo, pero indudablemente de otra época. Llevaba el pelo suelo, una melena negra, larga y rebelde. Hubo un momento en que ella se volvió, y Lázaro pudo verle la cara por fin; se quedó sin respiración.

La chica tendría unos dieciséis o diecisiete años, pero su expresión de infinita tristeza no parecía propia de una joven de su edad. Sus ojos, grandes y oscuros, estaban húmedos y cercados por profundas ojeras. La extraordinaria palidez de su piel contrastaba vivamente con su largo pelo negro.

Lázaro sólo le había visto el rostro durante un breve instante, pero se sintió inmediatamente fascinado y conmovido a la vez. La joven parecía profundamente atormentada por alguna secreta tristeza, y Lázaro estuvo tentado por un momento de acercarse y preguntarle qué le ocurría. No lo hizo, pero no por miedo, sino porque no quería asustarla y que desapareciera en el aire.

Entonces, los hombros del fantasma se convulsionaron, y Lázaro supo que estaba llorando. La vio caer de rodillas junto al estanque y agachar la cabeza, para luego alzar la mirada hacia las estrellas con un prolongado lamento.

De pronto, alguien lo agarró del brazo, y Lázaro soltó un grito.

-¡Eh, calla! -le dijo una voz conocida-. ¡Que soy yo!

Junto a él estaba su prima Sara. Aún temblando, Lázaro miró de nuevo hacia el estanque, pero la muchacha de blanco se había esfumado.

-¿Qué haces tú aquí? -gruñó, de mal humor; estaba convencido de que Sara había asustado al fantasma.

-¿Cómo que qué hago? Pues te he visto hacer acrobacias sobre el árbol, como un mono, y te he seguido…

-Pues qué bien. Ahora estamos los dos atrapados.

Ante su sorpresa, Sara se rió de él, y Lázaro se sintió molesto.

-Y ahora, ¿qué pasa? No me digas que les vas a pedir amablemente al fantasma que nos abra la puerta principal.

-¿Qué fantasma…? ¡Ah, es otra de tus bromas macabras! Fermín me ha dicho que crees que todas las casas viejas están encantadas.

-Eso no es verdad -protestó Lázaro, mortificado-. Yo no he dicho eso. Sólo comenté que algunas casas viejas tienen fantasmas.

Pero decidió no volver a insistir sobre el tema. Era la historia de siempre. No podía

hablar con nadie de cosas extraordinarias, porque se reían de él, y sobre todo allí, en el pueblo. Pero era frustrante: Lázaro sabía positivamente que acababa de ver un fantasma, su primer fantasma, y no podía contárselo a nadie: nadie le creería.

-¿Me has seguido para cogerme? -le preguntó a su prima, recordando oportunamente que estaban jugando a policías y ladrones.

-No, yo soy caco, como tú. Pero los polis han cogido a todos los demás, y sólo quedamos nosotros dos. Hay que ir a buscarlos. Vamos, sígueme.

Lázaro obedeció, aunque en el fondo se resistía a abandonar aquel misterioso jardín y a su habitante incorpórea. Antes de alejarse, echó una última mirada al estanque, para ver si la veía por última vez.

Ni rastro de ella.

Tan sumido estaba en sus pensamientos que tardó un poco en darse cuenta de que Sara lo guiaba lejos del lugar por donde él había entrado.

-¡Eh, espera! ¿A dónde me llevas?

-Pues a la salida.

Lázaro miró hacia delante, pero sólo vio un enorme matorral que crecía junto al muro. Sin embargo, cuando iba a preguntar algo más, su prima lo agarró del brazo y tiró de él, internándose entre las hojas del arbusto.

Y, antes de que pudiera darse cuenta, Lázaro estaba en la calle, envuelto en un perfume aromático que en aquel momento no logró identificar.

-¿Cómo…? -empezó, pero Sara lo hizo callar, y le señaló la esquina. La voz de Fermín y el haz luminoso de una linterna indicaban que dos “polis” se acercaban a ellos.

Lázaro y Sara se internaron en silencio por las calles del pueblo, perdiéndose en la oscuridad.



III
El sol de la mañana, que entraba a raudales en la habitación y le daba a Lázaro en plena cara, le obligó a taparse con la sábana mientras se despejaba un poco.

Bostezó y se frotó un ojo, estirando una mano para correr un poco la cortina.

La noche anterior habían vuelto a casa tarde, porque el juego se había prolongado hasta la madrugada. Lázaro no quería reconocerlo, pero el caso es que se lo había pasado mejor de lo que esperaba.

Había estado bien el experimento, pero aquella mañana tenía otras cosas en qué pensar.

Había soñado con ella, con la chica de blanco, con su rostro desesperado y sus lágrimas sobre sus pálidas mejillas, con su desordenada melena negra.

La había visto la noche anterior, en el jardín de la finca Valbuena, y sabía perfectamente que no se lo había imaginado. Había sufrido tantas decepciones que se tomaba sus precauciones antes de dar por cierto lo que en principio le parecía algo fuera de lo normal. Y en esta ocasión estaba completamente convencido de que lo que había visto era real.

¿Quién era la chica de blanco? O, mejor dicho, ¿quién había sido en vida? ¿Por qué parecía tan desgraciada?

Eran demasiadas preguntas sin respuesta.

Reflexionó un poco más, mientras se levantaba y se vestía. Ya estaba de vacaciones, y tenía todo el día libre. Podía intentar averiguar más cosas como, por ejemplo, cómo habían salido de la finca él y Sara la noche anterior.

Porque, si podía salir con tanta facilidad… probablemente podría también entrar sin problemas, siempre que quisiera.

Salió de su casa rápidamente, casi sin desayunar, y fue enseguida a llamar a la puerta de al lado.

Le abrió una mujer de unos cuarenta años, de cabello castaño recogido en una trenza, y mirada sagaz. Vestía una bata estampada, y una chanclas que dejaban ver las uñas de los pies, pintadas de color lila.

-Hola, tía Clara -saludó Lázaro.

-¿Buscas a Fermín? Está durmiendo aún.

-En realidad, no. -Lázaro cambiaba el peso de una pierna a otra, como le pasaba siempre que estaba nervioso-. Venía a ver a Sara.

-No ha acabado de desayunar.

-Da igual, esperaré.

-Bueno, pasa.

La tía Clara se hizo a un lado para dejarlo entrar, mientras lo observaba de arriba a abajo.

-Vas hecho un pordiosero, Lázaro…

Lázaro se miró a sí mismo: unos vaqueros desgastados y agujereados en las rodillas, una camiseta de Expediente X y el pelo negro demasiado largo y casi sin peinar.

-Voy como siempre.

La tía Clara suspiró.

-No sé cómo tu madre te deja salir así a la calle. Desde luego, si por mí fuera…

La tía Clara siguió hablando. Lázaro había dejado de escucharla: siempre decía lo mismo, y siempre con buena intención. En el fondo Lázaro la quería mucho, aunque siempre quisiera opinar sobre su forma de ser y de comportarse. Su madre decía que eso era porque la tía Clara había tenido que criar a muchos hijos, y, para controlarlos a todos, se había vuelto algo mandona.

La tía Clara y la madre de Lázaro eran hermanas, pero eran muy diferentes.

Lázaro siguió avanzando por el pasillo, con su tía parloteando tras él. Finalmente llegó a la cocina, donde estaban desayunando Sara y otros tres primos más.

-¡Hola! -saludó Lázaro-. Sara, necesito hablar contigo.

-¡Qué modales! -protestó la tía Clara-. ¿No ves que tu prima no ha acabado de desayunar?

-Bueno, cuando acabes -añadió Lázaro rápidamente, encogiéndose de hombros.

La tía Clara le revolvió el pelo con la mano.

-¡En fin, qué le vamos a hacer! -dijo-. Te lo paso porque eres mi ahijado. Pero… ¡ay de ti si no te portas bien!

Lázaro le sonrió, y la tía Clara se fue, dejándolos solos.

Sara se terminó las tostadas, le limpió los mocos al más pequeño de la familia, recogió las cosas del desayuno y fue a cambiarse de ropa y a peinarse, apremiada por su primo.

Poco después, ambos paseaban por las calles del pueblo.

-¿Qué era eso tan importante que tenías que decirme? -preguntó ella, intrigada.

-Necesito saber cómo salimos anoche de la casa de los Valbuena.

Sara lo miró, sorprendida.

-¿Y para eso tantas prisas?

Lázaro no pensaba hablarle de la aparición vestida de blanco, así que tardó un poco en contestar.

-Quiero volver -dijo finalmente-. Me encanta esa casa, y me gustaría poder entrar en el jardín sin tener que trepar a los árboles.

-No puedo decírtelo. Si la gente entrara y saliera del recinto sin control, tanto la casa como el jardín terminarían por quedar hechos una pena.

-¡Pero yo no soy cualquiera! Prometo cuidarlo todo y no decir nada a nadie.

Sara seguía sin ceder. Lázaro le insistió, le rogó, le suplicó, pero ella continuó en sus trece: no le contaría cómo entrar en la casa de la calle de las Acacias. Si pretendía colarse de nuevo, Lázaro tendría que volver a jugársela trepando al árbol otra vez.

-No me des la lata, Lázaro -concluyó su prima-. No voy a dejarte entrar.

Sara dio media vuelta para marcharse. Lázaro se quedó mirándola. Tenía que pensar algo, y rápido.

-Por favor -dijo-. Es muy importante que vuelva ahí dentro. Se me cayó algo anoche… y, si mi madre se entera de que lo he perdido, me matará.

Sara se volvió para mirarle.

-No me tomes el pelo. ¿Te crees que soy tonta?

-No te estoy tomando el pelo.

Respiró hondo y vaciló, como si le costase hablar del tema. En realidad, cuando quería, era un magnífico actor.

-He perdido la medalla del abuelo -mintió.

Sara se sobresaltó, y lo miró, muy preocupada.

Aquella medalla era la joya más antigua de la familia. El abuelo de Lázaro y Sara la había heredado de su abuelo, y la había llevado encima hasta poco antes de su muerte; tenía cuatro hijos y quince nietos, pero, entre todos, había elegido a Lázaro para regalársela.

La realidad era que el chico nunca la llevaba puesta; pero sabía que, si Sara o cualquiera de sus hermanos hubiese heredado la medalla, la tía Clara no le habría dejado quitársela para nada.

Por eso, cuando Sara miró a Lázaro y vio que, efectivamente, no llevaba ninguna cadena al cuello, no se le ocurrió pensar que nunca se la ponía.

-Ostras, es verdad. ¿Seguro que la perdiste ahí dentro?

-Estoy casi convencido.

-¿Y por qué no lo habías dicho antes?

-Porque no quería que se lo dijeras a mi madre, o a la tía Clara.

Sara estaba muy nerviosa. Para ella, perder la medalla del abuelo era una de las peores cosas que se podían hacer. Su primo se había metido en un buen lío.

-De acuerdo -accedió-. Sígueme.

Lázaro obedeció, intentando fingir que estaba tan nervioso como ella. En realidad, la medalla del abuelo estaba bien guardada en el joyero de su madre, prácticamente desde el día en que Lázaro la había heredado, pero eso no tenía por qué saberlo Sara.

Juntos recorrieron el pueblo hasta la casa de los Valbuena. Por el camino, Sara no paraba de parlotear de manera parecida a como lo hacía la tía Clara.

-Mira que eres desastre, Lázaro. ¡Como se entere tu madre…! Pero, ¿cómo se te ocurre?

-Eh, para ya. Ni que lo hubiese hecho a propósito.

Sara se detuvo frente al muro de la propiedad Valbuena, justo delante de una enorme mata de jazmín. Lázaro aspiró el aroma y lo reconoció entonces: aquél era el lugar por donde había salido del recinto la noche anterior.

Sara miró hacia todos lados y, tras comprobar que no se acercaba nadie, agarró a Lázaro de la mano y se metió en el jazmín, por un lugar donde las ramas se abrían un poco. Detrás sólo estaba el muro, pero, mirando hacia la derecha, Lázaro descubrió que entre la planta y la pared había un hueco lo bastante ancho como para que una persona pudiese pasar. Sara se internó por él, y Lázaro la siguió. Recorrieron unos metros ocultos entre la pared y la mata de jazmín, hasta que Sara le indicó con un gesto una amplia grieta en el muro. Lázaro se coló por ella y fue a parar al arbusto que había atravesado la noche anterior para salir. Avanzó un poco más y se encontró en el jardín inglés.

Se dio la vuelta para mirar a Sara, que entraba tras él.

-Buen truco -comentó.

Ella asintió, sacudiéndose las hojas de los pantalones.

-El agujero no se ve desde fuera, porque lo tapa el jazmín -dijo-, pero tampoco desde dentro, porque está este matorral delante. Bueno -añadió, frunciendo el ceño-, empecemos a buscar.

Pronto estuvieron los dos inspeccionando el suelo por los senderos del jardín. Lázaro miraba de reojo el estanque y las zonas umbrías, pero no vio al fantasma de la chica de blanco por ninguna parte.

Una hora después, Sara sudaba a chorros y se había cansado de buscar la medalla del abuelo. Lázaro también sudaba, y, además, se aburría como una ostra. Había llegado a la conclusión de que debía volver de noche para ver de nuevo a la misteriosa aparición fantasmal. Y, ahora que sabía que podía entrar cuando quisiera, no tenía ningún interés en quedarse.

-Volvamos a casa -dijo.

Sara lo miró, dudosa.

-Quizá deberíamos mirar en el jardín francés.

-¿El jardín francés? -repitió Lázaro-. ¿Te refieres al delantero?

-Sí. Se llama así porque…

-Déjalo, déjalo, no me lo expliques. De todas formas, no vale la pena ir a buscar la medalla allí: anoche no lo pisé para nada.

-Entonces, ¿quieres que volvamos a casa ya? ¿Y qué vas a hacer sin la medalla del abuelo?

-La buscaré allí. Quizá se me cayera mientras dormía.

-La habrías visto al hacerte la cama esta mañana.

-No me he hecho la cama esta mañana.

Sara hizo una mueca de disgusto, y Lázaro sonrió para sí. Su prima era una chica inteligente, independiente, extrovertida, resuelta y activa, pero en muchos aspectos se notaba que era hija de tía Clara.

Logró convencerla de que abandonaran la búsqueda, y por la tarde pasó a decirle que había encontrado la medalla en el cuarto de baño, donde la había dejado al quitársela para ducharse.

-Entonces, ¿por qué no la llevas puesta?

-Para no perderla otra vez.

Sara le dirigió una mirada penetrante, y Lázaro supo que ella había adivinado que la había engañado.

Pero eso ahora no le importaba: ya había averiguado lo que quería.

Poco antes del anochecer estaba vagando de nuevo por el jardín inglés.

Todavía era de día, porque no había podido esperar más tiempo; y los minutos se le hacían eternos esperando el crepúsculo. Decidió entonces dar una vuelta por el jardín delantero.

Rodeó el edificio y encontró una arcada recortada en un altísimo seto. La cruzó; era la puerta que comunicaba los dos jardines.

Se quedó un rato caminando por entre los rosales y las estatuas, procurando no pasar cerca de la verja delantera, para que nadie lo viera desde la calle. Cuando le pareció que era casi de noche, dio media vuelta para regresar a la parte trasera de la casa.

Pero, de pronto, un sonido lo detuvo: una risa alegre, pura y cristalina. Parecía que venía del otro lado del seto, pero había también algo en ella, como un eco remoto, que daba la sensación de proceder de muy lejos, de otros lugares, otros tiempos.

El corazón del chico empezó a latir apresuradamente. ¿Quién más, aparte de él, podía estar en la casa? Con cautela, avanzó unos pasos. Una voz femenina cantaba una canción sin palabras, sencilla, feliz, casi infantil. Aún oculto tras el pie de una enorme estatua de mármol, Lázaro se asomó un poco… y se quedó de piedra.

Era la joven de blanco.

No cabía duda: los mismos rasgos hermosos, suaves y elegantes; los mismos ojos oscuros, la misma melena negra, la misma apariencia de inmaterialidad…

Pero se había operado en ella un cambio evidente: reía y cantaba mientras recorría el jardín con paso ligero, y su rostro irradiaba paz y felicidad. Llevaba el pelo recogido cuidadosamente tras la cabeza, y sus ojos brillaban de pura alegría.

Lázaro la vio alejarse, etérea, vaporosa, como una nube, y supo que no podía dejarla marchar. La siguió por el laberíntico jardín, entre la neblina del crepúsculo, bajo la atenta mirada de las estatuas de mármol. La siguió, estudiando con atención todos los movimientos de su figura incorpórea, sin acabar de creerse que estaba viendo un fantasma; pero, sobre todo, preguntándose quién era ella, o quién había sido.

-¡Espera! -la llamó, pero ella no pareció escucharle.

Lázaro notó que apretaba el paso, y se apresuró a seguirla para no perderla.

Pero, de pronto, la aparición giró un recodo… y desapareció entre la niebla.

Lázaro se quedó parado, desconcertado, mirando a todos lados. Ni rastro de la joven de blanco.

Respiró hondo y cerró los ojos. Se sentía… ¿cómo explicarlo? Intrigado por aquel misterio, pero también orgulloso de que su intuición acerca de la casa de la calle de las Acacias hubiera sido acertada… y, sobre todo, exultante de felicidad.

Había otra realidad. Sabía que no estaba loco, ni se lo había imaginado.

Un fantasma.

Lázaro se estremeció. Tenía la piel de gallina. El sol ya se había ocultado tras el horizonte, y ante él se alzaba la arcada que daba paso al jardín inglés.


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