La catalana prólogo Será en off y oscuro total. Emisión radial. Locutor



Descargar 246.14 Kb.
Página1/3
Fecha de conversión03.07.2017
Tamaño246.14 Kb.
  1   2   3

Lidia de Gonzalo


LA CATALANA

Prólogo

Será en off y oscuro total. Emisión radial.

Locutor: LOR Radio Argentina en el año inaugural de la radio difusión en la Argentina y para todo Buenos Aires y la provincia de Córdoba, estamos trasmitiendo en vivo desde el Teatro Avenida. Continuamos ofreciendo el recital de la afamada cantante española Carmen Reyes, quien ha sabido conquistar desde tan joven al exigente público local. Con ustedes entonces, La Catalana, acompañada por el maestro Alberto Fontán, interpreta la copla “Y sin embargo te quiero” de los grandes autores Antonio Quintero, Rafael de León y Manuel Quiroga.

Me lo dijeron mil veces,

mas yo nunca quise poner atención.

Cuando vinieron los llantos

ya estabas muy dentro de mi corazón.

Te esperaba hasta muy tarde,

ningún reproche te hacía;

lo más que te preguntaba

era que si me querías.

Y, bajo tus besos,

en la madrugá,

sin que tú notaras la cruz de mi angustia

solía cantar:

Te quiero más que a mis ojos,

te quiero más que a mi vida,

más que al aire que respiro

y más que a la madre mía.

Que se me paren los pulsos

si te dejo de querer,

que las campanas me doblen

si te falto alguna vez.

Eres mi vida y mi muerte,

te lo juro, compañero;

no debía de quererte,

no debía de quererte

y sin embargo te quiero.

Terminada la copla se escucha el aplauso cerrado del público.

Escena I

1945. Inquilinato en un primer piso del barrio de Monserrat. Estancia pequeña, no tiene ventanas. A cada costado sendas camas con respaldo de hierro. Debajo de cada cama se atisba una bacinilla. Al fondo una cómoda antigua con espejo, sobre la que hay un velador que da la única luz mortecina del ambiente. Pegada a la cómoda, un sillón desvencijado que ocupa parte de la puerta de entrada (mitad madera, mitad vidrio) con cortina de bolillos para que no se vea el interior, desde afuera. Al lado de la cama de la izquierda, un maniquí con una bata de cola blanca con lunares negros bastante usada, cruzada por un mantón de manila y un clavel blanco de tela pinchado sobre el mismo. De pie en el centro de la habitación está Ramón, de aproximadamente cincuenta y cinco años. Viste pantalón y camisa gastada y arrugada, calza alpargatas, tiene barba de varios días y el pelo revuelto. Habla con el Sr. Cejis, de aproximadamente setenta años, peinado a la gomina, con bigote finito, de traje beige claro y sombrero en la mano.
Cejis: Ramón…, Alberto murió. (Pausa)

Ramón: ¿Qué pasó?

Cejis: Cirrosis.

Ramón: ¿Tomaba mucho?

Cejis: Mucho es poco. Vivía borracho.

Ramón: ¿No trabajaba?

Cejis: Ya no podía tocar… Sus manos estaban deformes, sus dedos parecían garras. Ni siquiera podía sostener la guitarra.

Ramón: Pobre Alberto… (Pausa) Por favor, no le diga nada a Carmen.

Cejis: Descuidá, no pienso decírselo. (Pausa)

Ramón: Tiene que encontrarle algo, señor Cejis.

Cejis: Estoy tratando, Ramón.

Ramón: Seis años sin Alberto y cinco más sin trabajar…

Cejis: Lo sé, pero no es fácil.

Ramón: Una gala en el Avenida, sería maravilloso. Se imagina, otra vez la marquesina con su nombre y su foto en las puertas del teatro. (Hace el gesto de grandioso abriendo los brazos) La Catalana.

Cejis: No sueñes, Ramón. Carmen ya no es joven.

Ramón: Pero todavía puede cantar.

Cejis: Aun así, Ramón. La gente va al teatro a ver artistas jóvenes. A veces no importa qué tan bien cantan.

Ramón: Pero si la adoraban.

Cejis: Tiempo pasado. (Pausa) Sin ir más lejos apareció una nueva figura, Carmen Toledo, muy joven ella y con una voz aceptable. Llena el teatro.

Ramón (Con amargura): Hasta el nombre se copió.

Cejis: No, Ramón. Ese es su nombre. Ya casi nadie recuerda a Carmen Reyes.

Ramón: Por favor, señor Cejis.

Cejis: Ya veré que puedo hacer. (Saca un sobre del interior del saco y se lo tiende a Ramón, que lo toma y lo guarda en el primer cajón de la cómoda) Mientras tanto aquí te dejo…

Ramón: Gracias señor Cejis. No sé qué haríamos sin su ayuda.

Cejis: Son regalías, Ramón.

Ramón: Mejor le vendría un trabajo.

Cejis: Dame un poco más de tiempo.

Ramón: Es que ya no sé cómo conformarla. (Pausa)

Cejis: A propósito, me encantaría conocer a ese bomboncito que anda por ahí.

Ramón: ¿Quién?

Cejis: Esa muñeca de porcelana que vive en la pieza de al lado.

Ramón: ¿Hortensia?

Cejis: ¿Así se llama?

Ramón: Sí.

Cejis: En fin, me gustaría que me la presentaras.

Ramón: ¿Ahora?

Cejis: Sí, por supuesto.

Ramón (Sorteando el sillón y abriendo la puerta): Ya se la busco.
Se oye a Ramón golpear una puerta y un murmullo ininteligible, mientras el señor Cejis mira a su alrededor con cierto disgusto. Vuelve Ramón seguido de Hortensia, de unos veinticinco años, cabellos teñidos, recogidos en un rodete. Va maquillada, uñas y labios pintados de rojo. Viste pantalones y camisa a la moda.
Ramón: Pasá, Hortensia.

Hortensia (Con falsa modestia): Permiso.

Cejis: Buenos días señorita Hortensia.

Hortensia (Tendiéndole la mano): Buenos días señor…

Cejis (Tomándole la mano y demorándose más de la cuenta): Cejis.

Hortensia: Buenos días señor Cejis.

Ramón (Ofreciendo la cama): Si quieren tomar asiento…

Cejis: No, gracias… Tenía muchas ganas de conocerla. La he visto por ahí, un par de veces.

Hortensia (Rescatando su mano): Yo también lo he visto pasar y tenía curiosidad.

Cejis: Y, ¿por qué no me habló?

Hortensia (Bajando la vista): Las señoritas bien, no hacen eso.

Cejis: Y, ¿a qué se dedica, la señorita?

Hortensia: Actriz.

Cejis: ¡Qué casualidad! Yo soy representante. Tendríamos que reunirnos para charlar sobre su carrera.
Ramón, que no sabe qué hacer, comienza a abrir y cerrar cajones de la cómoda, saca algunas prendas, las dobla y las vuelve a guardar.
Hortensia: Me encantaría.

Cejis: Podríamos cenar una de estas noches. Quizás “Pedemonte” sea el lugar indicado. Tranquilo y discreto.

Hortensia: ¿Queda lejos?

Cejis: No tiene que preocuparse. Vendrá mi chofer a buscarla.

Hortensia (Con sus ojos abiertos como platos): ¿Su chofer?

Cejis: Si prefiere tomar un taxi…

Hortensia (Casi interrumpiendo): De ninguna manera.

Cejis (Sacando una tarjeta de la billetera): Le dejo mi tarjeta, me llama y nos ponemos de acuerdo. Cuanto antes, mejor. Quizás mañana en la noche…

Hortensia: Seguro, gracias señor Cejis. Ahora si me disculpa, dejé una clienta con la tintura puesta.

Cejis: ¿También es peluquera?

Hortensia (Descubierta en una mentira): ¡No!... Bueno, de vez en cuando le hago el favor a alguna amiga y le tiño el pelo.

Cejis (Tomándole la mano y besándosela): Espero su llamado…

Hortensia: Lo llamo… Adiós. (Sale contoneándose con exageración tratando de sortear el sillón y sin cerrar la puerta). Pausa.

Cejis (Mirando la puerta por donde salió Hortensia): ¡Es un bombón!
En ese preciso momento entra Esperanza. Lo hace de costado porque el sillón le impide la entrada franca. Es la encargada del inquilinato, tiene unos sesenta años, algo pasada de peso y descuidada en su persona. Viste batón floreado gastado por el uso y chancletas. Al ver al Sr. Cejis su gesto adusto se vuelve meloso pensando que el piropo es para ella.
Esperanza (Extendiendo su mano que limpia previamente en el batón): Señor Cejis, muchas gracias por el hermoso piropo. Qué agradable sorpresa. Lo estábamos extrañando.

Cejis (Tocándole apenas la mano): ¿Cómo va, Doña Esperanza?

Esperanza: Acá me ve, como siempre, cuidando de este lugar, aunque algunos (con intención, mirando a Ramón) me lo ponen complicado.

Cejis: Muy loable su esfuerzo.

Esperanza: Gracias, muy amable. Esto sería un chiquero si dejara de ocuparme.

Cejis: No me cabe ninguna duda.

Esperanza: ¿A qué debemos el honor de su visita?

Cejis: Charlar con el amigo, Ramón.

Esperanza (Con gesto desdeñoso hacia Ramón): ¡Ah!

Ramón (Cortando la situación): ¿Qué necesita, Doña Esperanza?

Esperanza: Hablar con usted.

Ramón: Bueno, ahora estoy ocupado. En un rato la veo.

Esperanza: Está bien, pero que sea rápido. No tengo todo el tiempo del mundo para atenderlo. (A Cejis) Lo espero para un licorcito, antes que se vaya.

Cejis: Gracias, Doña Esperanza, pero tendrá que ser la próxima.

Esperanza: Me hacía ilusión que nos sentáramos a charlar un ratito.

Cejis: Hoy no puedo.

Esperanza: ¿Alguna urgencia?

Cejis: Asuntos pendientes.

Esperanza: ¡Qué pena! Vuelva pronto. (Sale golpeando el sillón con la puerta)

Ramón: ¿No se queda un rato más? A Carmen le va a encantar verlo.

Cejis: Sólo unos minutos.

Ramón: Prométame que va a buscarle algún trabajito. Aunque sea en un cabaret.

Cejis: Ya te dije Ramón…
La conversación es interrumpida por la entrada de Carmen, de unos cincuenta años, cabello entrecano y largo, envuelto en una toalla. Viste camisón y una bata con cuello de marabú un tanto desplumado; trae chinelas con taco y pompón en el empeine. Al abrir la puerta lo hace con cuidado para no golpear el sillón.
Carmen (Entra hablando sin mirar): El agua estaba helada. Qué coño pretende esta puñetera… (Se interrumpe al ver a Cejis) Señor Cejis, perdóneme, por favor… Disculpe mi traza.

Cejis: Querida Carmen, ¿cómo estás?

Carmen: Aquí me ve, como pollo mojado, pero con mucha alegría de verlo.

Cejis: Ni lo digas. Estás linda como siempre.

Carmen: Muy majo, muchas gracias.

Ramón: Abrigáte, Carmen. No quiero que te enfermes.

Carmen: Deja de cuidarme tanto, ¿vale?

Ramón: Si te da un catarro, no vas a poder cantar.

Carmen (Mirando a Cejis con ilusión): ¿Es que me ha conseguido…?

Cejis (Interrumpiendo): No todavía, Carmen.

Carmen (Desilusionada): Claro, está difícil, ¿verdad?

Cejis: Si, Carmen. Está difícil. Ya le decía eso a Ramón.

Carmen (Casi con enojo): Bueno, es cuestión de ocuparse un poco más…

Ramón (Tratando de apaciguar): Pero no hay que perder las esperanzas.

Cejis: Bueno, claro.

Ramón: Ves, Carmen, no lo digo yo, lo dice el señor Cejis.

Carmen: Gracias, señor Cejis. (Pausa) Ramón, fíjate si dejé mi cepillo en el baño.

Ramón (Con un gesto de ternura): Qué cabeza de chorlito. (Sale)

Carmen: Señor Cejis, necesito un favor.

Cejis: Decíme.

Carmen: Quiero que lo busque.

Cejis: ¿Otra vez con eso, Carmen?

Carmen: Sí, se lo suplico.

Cejis: Pasó tanto tiempo…

Carmen: Para mí, fue ayer.

Cejis: Sabés que es complicado.

Carmen: ¿Cómo voy a cantar si él no me acompaña?

Cejis: Vamos, Carmen, Alberto no es el único músico.

Carmen: Lo sé.

Cejis: ¿Entonces?

Carmen: Me vuelve loca, no saber de él.

Cejis: ¡Qué berretín!

Carmen: Tengo que verlo.

Cejis: ¿Para qué?
Carmen va a contestar pero se interrumpe con la entrada de Ramón.
Ramón: No estaba en el baño.

Carmen: Pues no sé dónde lo he dejado.

Ramón (Mirando alrededor): Pero si está arriba de la cómoda.

Carmen: Vaya, qué distraída, perdona.

Ramón: No pasa nada.

Cejis: Bueno, ya me voy…

Carmen: ¿Tan pronto?

Cejis: Sí, tengo algunos asuntos que atender.

Carmen (Dándole la mano): Recuerde, por favor…

Cejis: Sí, Carmen.

Ramón (Extendiendo su mano): Gracias por todo.

Cejis (Saliendo y tratando de esquivar el sillón): Nos vemos. (Pausa)

Carmen: Espero que se ocupe de conseguirme algo pronto.

Ramón: Ya lo escuchaste, está difícil.

Carmen: En vez de andar mariposeando detrás de las jóvenes cantantes, que haga su trabajo, que para eso cobra.

Ramón: Carmen…

Carmen: Es mi representante, hombre. Tiene obligaciones. Ha vivido muy bien gracias a mí. De lo contrario, habrá que despedirlo.

Ramón: ¡Carmen! ¿Cómo se te ocurre? El hombre hace lo que puede.

Carmen: No hace bastante.

Ramón (Tratando de apaciguar): Hablando de otra cosa, ¿qué tiene que recordar Cejis?

Carmen: Son cosas mías, Ramón.

Ramón: Mías también.

Carmen: Pues, no.

Ramón (Imitándola): Pues, sí.

Carmen (Tomando el cepillo y peinándose): No eres mi madre, no eres mi padre.

Ramón: Como si lo fuera.

Carmen: Ya deja de perseguirme.

Ramón (Sacándole el cepillo y cepillándole el pelo): Si yo no te persigo, sólo te cuido.

Carmen: Deja de cuidarme.

Ramón: No puedo. Le prometí a tu madre, en su lecho de muerte, que jamás te dejaría sola.

Carmen (Sacándole el cepillo): Pero entonces tenía veinte años.

Ramón (Sentándose en la cama): Y, ¿qué?

Carmen: Que tengo casi cincuenta.

Ramón: Yo mantengo mis promesas.

Carmen (Tirando el cepillo sobre la cómoda): Eres imposible.

Ramón: Y vos…

Carmen: Yo, ¿qué?

Ramón (Bajando la cabeza): Nada.
Carmen pasa al lado del maniquí, acaricia apenas el vestido y se tira en la cama. Ramón le pone una manta por encima y le acaricia la frente. Luego se pone un saco que tiene sobre su cama, abre el primer cajón de la cómoda y saca una estola de piel, un tanto raída, que esconde entre sus ropas y un billete del sobre que le entregara el Sr. Cejis.
Ramón (Apenas dándose vuelta hacia Carmen): Salgo. No me esperes despierta.
Apaga la luz y cuando sale se tropieza con el sillón.
Ramón (En voz baja): Sillón de mierda.

Carmen: ¿Qué?

Ramón: Nada, dormí. (Sale y cierra la puerta)

Escena II



La misma habitación. Sentada en una de las camas está Hortensia. En el sillón, está Carmen, con el pelo suelto, un vestido pasado de moda, pero con brillo en la pechera y zapatos gastados. Hortensia come una galletita.
Hortensia: Mostráme una foto.

Carmen: Por Dios, Hortensia, hoy te ha dado por averiguar. Mira que eres entrometida.

Hortensia: Dale galleguita, mostráme una foto.

Carmen: Que no soy gallega, Hortensia. Soy catalana.

Hortensia: Los que vienen de España son todos gallegos.

Carmen: Eres imposible.
Carmen se levanta y va hasta la cómoda, abre el segundo cajón y saca una foto que le tiende a Hortensia.
Hortensia: ¡Qué lindo era!

Carmen: Es, Hortensia.

Hortensia: Qué sabés, por ahí está viejo, panzón y pelado.

Carmen: No digas eso.

Hortensia: Vos también estás linda. ¿Cuánto tiempo pasó?

Carmen: Mucho.

Hortensia: Y, ¿qué te hace pensar que va a estar igual? Vos cambiaste…

Carmen: (Sacándole la foto y guardándola nuevamente) Y tú no sabes de que hablas. Lo vi por última vez hace once y estaba igual.

Hortensia: ¿Y por qué no lo viste más?

Carmen: Cosas de la vida… Quizás vuelva a verlo muy pronto…
Se hace una pausa tensa, pero Hortensia retoma como si nada.
Hortensia: ¿No tenés más fotos? Mostráme otra, dale.

Carmen (Sacando un par de fotos del cajón): Mira estas.

Hortensia (Tomando las fotos): ¡Qué gente pituca, che!

Carmen: ¿Sabes quién es el que está sentado en el sillón?

Hortensia: La cara me suena (Mira la foto con más atención). No, no tengo idea.

Carmen: Es Hipólito Yrigoyen, mujer. Fue presidente del país. ¿Cómo es posible que no lo conozcas?

Hortensia: No conozco a todo el mundo.

Carmen: No puedo creerlo. Y, ¿sabes quién es el que está junto a mí?

Hortensia (Vuelve a mirar la foto): A este sí que lo juno. Es el Morocho del Abasto.

Carmen: En esa época todavía no cantaba tango. Hicimos juntos una canción, con mucho éxito.

Hortensia: Dale… No me macanees… ¿Vos y Gardel? ¡Ja!

Carmen: Que tú no lo hayas visto, no quiere decir que no fue como te lo digo.
Se hace una nueva pausa, donde Hortensia hace algunas muecas como pidiendo perdón.
Hortensia: ¿Dónde vivías, cuando bajaste del barco?

Carmen: En un hotel.

Hortensia: ¿Como esta pensión?

Carmen (Sonríe): No, en el Alcázar.

Hortensia (Pega un silbido): Sí, que tenías vento.

Carmen: Vine con la compañía de María Guerrero como número vivo al Avenida y luego me contrataron y ya no dejé de trabajar.

Hortensia: Y, ¿cómo viniste a parar a esta pocilga?

Carmen: Es que en el Alcázar no me dejaban tranquila. La gente me reconocía y me pedía autógrafos. Mira, que no tenía paz. Entonces, Ramón me dijo que acá podríamos estar de incognito.

Hortensia: ¿Incon…, qué?

Carmen: Que aquí nadie nos reconocería, ¿entiendes?

Hortensia: ¡Ah! (Pausa) ¿Siempre estuviste con Ramón?

Carmen: Pero mira que eres averigua vida.

Hortensia (Suplica cómicamente): Dale, gallega, contáme.

Carmen: Pues no. Vine con mi madre. Ramón era parte del mobiliario del teatro. Estaba siempre detrás de los artistas, ayudando en lo que fuere. En fin, hizo migas con mi madre y cuando ella enfermó, Ramón pasó a atenderme con exclusividad.

Hortensia: Está muerto con vos.

Carmen: No, qué va.

Hortensia: No me mientas, gallega.

Carmen: ¡Me ofendes! Yo no miento.

Hortensia: ¡Uh! La gallega se calentó.

Carmen: ¿De qué hablas?

Hortensia: Nada, ¿te enojaste?

Carmen: A veces me sacas de las casillas, mujer.

Hortensia: Entonces, nunca un besito, una tocadita.

Carmen: Qué mente más enferma.

Hortensia: Bueno, viven juntos. ¿Cómo tengo que pensar?

Carmen: Mira, para que sepas, él tuvo un gran amor, que dejó por cuidarme a mí. Era cantante, como yo.

Hortensia: ¡Qué idiota!

Carmen: ¡Hortensia! ¿Cómo dices eso?

Hortensia: ¿Qué tipo en su sano juicio deja a su gran amor para cuidar a alguien con la que ni siquiera se acuesta?

Carmen (Enojada): Alguien como Ramón, que es un sol.

Hortensia: ¡Ah!, ya entiendo… Un sucio enfermito con los pies para atrás.

Carmen: Ya, basta. Eres insufrible. Deja de curiosear en la vida de la gente.

Hortensia (Tratando de componer la situación): Está bien, está bien. (Pausa larga. Mira hacia todos lados) Cantáme algo.

Carmen: ¿Has perdido la chaveta?

Hortensia: Dale, no te hagás rogar.

Carmen: ¿Así, sin música?

Hortensia: Sí, por favor. Nunca te escuché cantar.

Carmen: Es que tengo las cuerdas vocales en frío.

Hortensia: Ponéte una bufanda y cantáme.

Carmen (Riendo): Así no se calientan.

Hortensia: ¿Querés que te lo pida de rodillas?

Carmen: Está bien, pero sólo un poquito.
Carmen toma el mantón de manila que está sobre el maniquí, se lo coloca con gracia y canta el estribillo de “Sólo vivo pa quererte” de León / Quintero / Quiroga

Te quiero de noche y día,

te quiero de madrugá;

con pena y con alegría,

tranquila y desesperada.

Sólo vivo pa quererte,

y me tienen sin cuidado

ni la vida ni la muerte,

ni el presente ni el pasado.
En la última frase Carmen desafina un tanto y pierde la voz.

Hortensia (Aplaudiendo entusiasmada): ¡Bravo, gallega!

Carmen (haciendo una reverencia): Gracias.

Hortensia: Al final, ¿desafinaste un poco, no?

Carmen (Ofendida): ¿Cómo se te ocurre, mujer? Yo no desafino.

Hortensia: Me pareció…

Carmen: Pues te pareció mal. Así es la copla.

Hortensia: ¡Ah! (Pausa) ¿Por qué dejaste de cantar?

Carmen (Sacándose el mantón y colocándolo con cuidado sobre el maniquí. Le da la espalda a Hortensia): No he dejado. Hace un año hice una gala en el teatro Roma de Avellaneda, con mucho éxito y aún pasan mis discos por la radio.

Hortensia: Yo nunca te escuché.

Carmen (Enfrentándola nuevamente): Porque tú sólo escuchas radioteatros y vas al biógrafo. Nada de teatro ni de cultura musical. Deberías cultivarte un poco más.



Compartir con tus amigos:
  1   2   3


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2019
enviar mensaje

    Página principal