La colegialidad episcopal en los pronunciamientos recientes de la Santa Sede. Especial referencia a las Conferencias episcopales



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La colegialidad episcopal en los pronunciamientos recientes de la Santa Sede. Especial referencia a las Conferencias episcopales


Alejandro W. Bunge

Sumario: Introducción. I.- La colegialidad episcopal en el Concilio Vaticano II. 1. La colegialidad episcopal. 2. La colegialidad en las Conferencias episcopales. II.- Aportes posteriores al Concilio Vaticano II. 1. Las Asambleas extraordinarias del Sínodo de los Obispos. 2. Comunión y colegialidad. III.- Pronunciamientos recientes de la Santa Sede. 1. Motu proprio Apostolos Suos. 2. Exhortación apostólica postsinodal Pastores Gregis. 3. Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos Apostolorum Successores. IV.- Avances y precisiones; las Conferencias episcopales. Conclusión.

Introducción


El tema de la colegialidad episcopal, así como el de la comunión, considerada la clave eclesiológica del Concilio Vaticano II, fue ampliamente discutido en el aula conciliar, en la que se intentó completar la reflexión del Concilio Vaticano I sobre el primado del sucesor de Pedro con la reflexión sobre el colegio episcopal, sucesor del colegio apostólico.

Las motivaciones eran no sólo teóricas sino también prácticas, gracias a la expresa intención de bucear en los fundamentos teológicos de institutos nuevos, como las Conferencias episcopales, análogos aunque no iguales a los fundamentos teológicos de institutos muchos más antiguos, que se remontan a los primeros tiempos, como los Concilios particulares.

El encuentro y la fricción entre posiciones distintas no se resolvieron en el Concilio, que optó por soluciones de compromiso, que reclamaban posteriores precisiones. Los autores expusieron sus propias posiciones, pero en la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, convocada por Juan Pablo II para analizar los frutos de la aplicación del Concilio Vaticano II a veinte años de su finalización, y reunida del 24 de noviembre al 8 de diciembre de 1985, exhortó a profundizar las precisiones doctrinales sobre los fundamentos de las Conferencias episcopales1.

En este trabajo nos proponemos analizar los aportes que han realizado a esta profundización los últimos pronunciamientos de la Santa Sede sobre tema general de la colegialidad episcopal, con especial referencia a su aplicación a los fundamentos teológicos de las Conferencias episcopales.

Será útil, para comenzar, partir de un breve resumen de las principales afirmaciones del Concilio Vaticano II sobre la colegialidad episcopal (I.1), y su relación con los fundamentos teológicos de las Conferencias episcopales (I.2).

Será conveniente también, antes de presentar los aportes a nuestro tema realizados por los pronunciamientos que hemos señalado, tener en cuenta las reflexiones realizadas sobre esta materia en las dos Asambleas extraordinarias del Sínodo de los Obispos (II.1), así como también dos discursos de Juan Pablo II y una Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe a los Obispos, que se refieren a la colegialidad desde la perspectiva de la categoría teológica de la comunión (II.2).

Después de estos pasos preparatorios, podremos abordar los documentos recientes de la Santa Sede que abordan el tema de la colegialidad episcopal, y en especial su relación con las Conferencias episcopales. Nos detendremos particularmente en tres de ellos, que son de naturaleza diversa, pero complementarios entre sí. En primer lugar consideraremos el motu proprio Apostolos Suos, de Juan Pablo II, del 21 de mayo de 1998, que consta de una extensa introducción de carácter doctrinal y de un complemento normativo sobre el magisterio de las Conferencias episcopales (III.1). En segundo lugar abordaremos la Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Gregis, del 16 de octubre de 2003, con la que Juan Pablo II asume las proposiciones de la X Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos (III.2). Finalmente haremos referencia al Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos Apostolorum Successores, de la Congregación para los Obispos, del 22 de febrero de 2004 (III.3).

Por último presentaremos los avances y las precisiones que, a nuestro juicio, realizan estos pronunciamientos recientes de la Santa Sede sobre la materia abordada, junto con nuestras propias reflexiones, en especial en lo que se refiere a la relación de las Conferencias episcopales con la colegialidad, y la luz que esta relación pone sobre la importancia y la función de estos instrumentos para el ejercicio del ministerio episcopal en nuestro tiempo (IV).


I.- La colegialidad episcopal en el Concilio Vaticano II


Este Concilio se propuso seguir las huellas del Concilio Vaticano I que, por razones ajenas a sus proyectos, quedó a mitad de camino en su intento de expresar la teología de la Iglesia2. Asumiendo las afirmaciones del Concilio precedente sobre el lugar del Papa, Sucesor de Pedro, como Vicario de Cristo en la tierra y Cabeza visible de la Iglesia, el Concilio Vaticano II desarrolló el tema del Colegio episcopal, sucesor del Colegio apostólico3. Resumiremos primero las afirmaciones del Concilio sobre la colegialidad en general, y después específicamente el tratamiento de la colegialidad con relación a las Conferencias episcopales.

1. La colegialidad episcopal


Afirma el Concilio que Jesús eligió libremente a los Apóstoles y los llamó a modo de Colegio, es decir, de grupo estable, poniendo al frente de ellos a Pedro, tomado de entre ellos mismos, para enviarlos a predicar el Reino de Dios, hacer discípulos suyos a todos los pueblos, santificarlos y gobernarlos, todos los días hasta la consumación de los siglos. La Nota explicativa praevia4 de la Lumen gentium, explica por qué se dice “a modo de Colegio”: el de los Apóstoles no es estrictamente un Colegio, ya que no son todos pares5. Uno de los miembros del Colegio tiene una función especial dentro del mismo: Pedro, que es su Cabeza6.

Ya que esta misión recibida por los Apóstoles debe durar hasta el fin de los tiempos, ellos tuvieron la precaución no sólo de nombrar algunos colaboradores para su tarea, sino también de establecer sus sucesores, con la orden de establecer también ellos antes de su muerte quienes se hicieran cargo de este ministerio. Así aparecen desde el comienzo los Obispos como aquellos a quienes a modo de testamento se les confiaron la misión y la potestad. Y así como el oficio de Pedro, primero entre los Apóstoles, permanece en el Papa, su sucesor, enseña el Concilio que también por institución divina el oficio de los Apóstoles permanece en los Obispos, pastores de la Iglesia7.

Así como Pedro y los apóstoles forman un solo Colegio apostólico, sigue el Concilio, de modo análogo se unen el Papa y los Obispos. Este carácter colegial del orden episcopal se pone de manifiesto en los vínculos de comunión entre el Papa y los Obispos y en la larga historia de los Conci­lios, así como en la costum­bre de llamar a varios Obispos para tomar parte en la consagración de un nuevo elegido para este ministerio. No existe el Colegio sin su Cabeza, el Papa. Al Papa le corresponde la potestad plena, suprema y universal de la Iglesia, que ejerce siempre libremente. Quedando siempre a salvo el poder primacial del Romano Pontífice, sobre todos los fieles y los pastores, al Colegio episcopal le corresponde la potestad plena, suprema y universal sobre la Iglesia universal, junto con su Cabeza, el Papa, y nunca sin ella, que ejerce siempre en comunión con el Papa, ya sea en los Concilios ecumé­nicos o con los Obispos dispersos por todo el mundo8.

Cada Obispo que está al frente de una Iglesia particular ejerce su gobierno pastoral sobre los fieles que se le han confiado, no sobre los otros fieles de las otras Iglesias particulares, ni sobre la Iglesia universal. Sin embargo, como miembro del Colegio episcopal, mantiene una solicitud por la Iglesia universal, que no se ejerce por un acto de jurisdicción. Como miembro del Colegio episcopal, pesa sobre él un mandato que corresponde a todos sus miembros en común, de predicar el Evangelio en todo el mundo. En virtud de este mandato está obligado a colaborar con los otros Obispos y con el Papa, prestando la ayuda posible a las otras Iglesias, especialmente a las más cercanas y más pobres. Y por esta razón han surgido reuniones estables de Iglesias particulares, orgánicamente unidas, como por ejemplo las antiguas Iglesias patriarcales, y de manera análoga actualmente las Conferencias episcopales, como una aplicación concreta del affectus collegialis con el que los Obispos son llamados a vivir su ministerio9.


2. La colegialidad en las Conferencias episcopales


El Concilio Vaticano II tuvo que tratar necesariamente el tema de las Conferencias episcopales, que existían prácticamente en casi todo el mundo, y para las que urgía la necesidad de una disciplina universal, que no fue fácil alcanzar10. Muchos Obispos se interesaron en proponer como tema del Concilio los fundamentos teológicos y jurídicos de estas Conferencias, en el marco de la colegialidad episcopal. Aunque otros se oponían, por el temor a la posible intromisión de una autoridad intermedia entre el Obispo y el Papa, y al posible recorte de la autoridad de cada Obispo en su diócesis11.

La discusión sobre los fundamentos teológicos o doctrinales de las Conferencias episcopales apareció en el Concilio con el debate sobre la colegialidad episcopal, al tratar el esquema De Ecclesia. Hubo una clara oposición al intento de poner esta colegialidad como el fundamento de las Conferencias episcopales, ya que, por una parte, las mismas no podían ser consideradas de derecho divino, como la colegialidad, y por otra parte, muchos padres consideraban que el tema de la colegialidad no estaba todavía suficientemente clarificado12. Sin embargo, tampoco se puede decir que se haya prescindido del todo de la colegialidad al hablar de las Conferencias episcopales, ya que en la Lumen gentium, en el último párrafo del número 23, se afirma que éstas hoy en día pueden desarrollar una obra múltiple y fecunda, a fin de que el afecto colegial tenga una aplicación concreta, de modo análogo a los vínculos de las Iglesias patriarcales de oriente con aquéllas a las que engendraron y con las que mantienen vínculos más estrechos de caridad en la vida sacramental y en la mutua observancia de derechos y deberes13. Lo cierto es que la opción del Concilio fue prescindir de una decisión explícita sobre los fundamentos teológicos de las Conferencias episcopales, tanto en el decreto Christus Dominus como en la constitución dogmática Lumen gentium, aún con la importancia que esto tenía a la hora de definir la potestad y la competencia de las mismas.

Resumiendo los resultados del debate conciliar, se puede decir que se trató de salvar el “máximo común denominador” de todas las posiciones presentadas. Las Conferencias episcopales aparecen como instituciones oportunas que, desarrollando una obra múltiple y fecunda, permiten hoy una aplicación concreta del affectus collegialis. En los tiempos modernos no es raro que los Obispos no puedan cumplir en la forma debida y fructíferamente su oficio, si no se unen cada día más estrechamente con los otros Obispos. Las Conferencias episcopales han dado pruebas de un apostolado más fecundo, por lo que conviene que en toda la tierra los Obispos de la misma nación o región se agrupen de esa manera, para comunicarse las luces de la prudencia y la experiencia, deliberar entre sí y formar una conspiración de fuerzas para el bien común de las Iglesias. Y las Conferencias episcopales deben entenderse como una asamblea de los Obispos de una nación o territorio que ejercen conjuntamente su oficio pastoral, para promover el bien que la Iglesia procura a los hombres, a través de formas y modos de apostolado adaptados a las circunstancias del tiempo14.

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