La cuarta vez



Descargar 1.23 Mb.
Página1/15
Fecha de conversión01.07.2017
Tamaño1.23 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   15


Isaac Asimov

presenta

Los premios Hugo

1970-1972



.

La cuarta vez


Permítanme, Amables Lectores, explicarles un par de cosas acerca de estas antologías, con lo que les haré depositarios de mis confidencias (según mi costumbre), sin ocultarles nada. Observa­rán que los volúmenes de Los premios Hugo se han publicado muy espaciadamente. ¿Por qué no se publican volúmenes anuales, como se hace, por ejemplo, con los que ganan el premio Nebula? Existen varias explicaciones.1

1. Ni a mi editor ni a un servidor se nos ocurrió hacerlo. Al principio no soñábamos que el apetito de los lectores por las anto­logías fuese tal que nos viésemos obligados a editar una cada año, especialmente a causa de que, a fin de engrosar el volumen, no ten­dríamos más remedio que incluir obras presentadas y no premia­das, como sucede en el caso de los premios Nebula.

2. Los Nebula son editados cada año por un editor distinto. (Yo edité el volumen octavo en 1973.) Esto significa que ningún editor necesita ser mutilado intelectualmente o destrozado literaria­mente más de una vez. (¿Saben lo difícil que resulta tratar con los autores premiados? Ninguno de ellos es tan blando y amable como yo.) Para las antologías de los premios Hugo, sin embargo, no es posible pensar en ningún otro editor, aparte de mí (al menos, no se me ocurre ninguno), por lo que debo racionarme cuidadosamente. Como yo (a pesar de las apariencias) no soy un superhombre, úni­camente puedo realizar la edición de cuando en cuando.

3. Además, así funciona. Como los volúmenes de los ganado­res del Hugo aparecen sólo muy esporádicamente, el público, loco, pirrado por ellos, los adquiere en grandes cantidades durante un largo período de tiempo. Ni mi editor, ni un servidor, ni los au­tores presentados en estos volúmenes estamos interesados en com­pensaciones financieras, ya que estamos muy por encima de esas mezquindades, pero sí obtenemos un gran placer espiritual al satis­facer las apetencias del Amable Lector.
Vamos a un segundo punto. Cuando edité el primer volumen me hallé ante la obligación de escribir introducciones a cada una de las narraciones y a los volúmenes en su conjunto. La norma usual de tales introducciones ha sido siempre escribir un fragmento filo­sófico como prólogo general y otros servilmente aduladores, ala­bando cada relato, como introducciones especiales.

Yo no podía obrar de este modo. Por un lado, no era yo sino el lector quien seleccionaba las narraciones, por lo que no puedo ni debo alabarlas. Esto es aún más cierto cuando no estoy de acuerdo con las decisiones de los lectores... si no resulta premiado uno de mis relatos. En esos casos debo portarme deportivamente y fingir que no experimento el menor desprecio por la flagrante falta de justicia, cosa que sólo puedo hacer si no hablo en absoluto de una narración.

Tampoco me siento inclinado a alabar a los autores, puesto que cuando este asunto empezó yo no había ganado ningún Hugo, por lo que me hallaba justamente indignado contra todos los que ha­bían perpetuado esta injusticia aceptando tales premios. Así que, en cambio, aproveché la oportunidad que me brindaban las intro­ducciones generales para denunciar a la Administración, y usé las introducciones particulares para insultar a los autores.

Esto funcionó, e hizo que me sintiera mucho mejor.

Continué de este modo en el segundo y tercer volúmenes, si bien con mucha más dificultad.

En los viejos tiempos, yo estaba completamente inmerso en la ciencia ficción, que era un campo literario más bien pequeño. Esto significaba que yo conocía personalmente a todos los autores; to­dos éramos compañeros de convención; todos nos emborrachába­mos juntos (no, yo no me emborrachaba porque no lo necesito: ya nací borracho). Por tanto, cuando tenía que escribir una introduc­ción para uno de esos queridos amigos, poseía ya terribles dardos y degradantes anécdotas acerca de ellos.

Lamentablemente, las cosas han cambiado.

Por un lado, aunque he mantenido mi contacto con la ciencia ficción, aunque escribo relatos y artículos para revistas e incluso he fundado una nueva, titulada Isaac Asimov's Science Fiction Ma­gazine (editada por Davis Publications y supervisada por George Scithers), debo reconocer que otras actividades ocupan gran parte de mi tiempo. Por otro lado, el número de nuevos escritores de ta­lento aumenta año tras año, y la mayoría de ellos son completa­mente desconocidos para mí.

No puedo zaherir salvajemente a los extraños. Para eso ya es­tán los amigos.

Temo, por consiguiente, que en algunos casos me hallarán de­susadamente amable con un autor. Tal vez llegue a hablar de otro tema y no de su narración. Incluso, totalmente desesperado, puedo llegar a violar mi bien conocida modestia y hablar de mí mismo.

ISAAC ASIMOV



1970 28ª Convención Heidelberg




El tiempo considerado como una espiral de piedras semipreciosas

Samuel R. Delany


Samuel R. Delany lleva ya algunos años publicando ciencia fic­ción, y en lugar de pasar por un aprendizaje decente (yo fui casi un esclavo durante tropecientos años antes de que alguien tropezara conmigo y exclamase: «¿Qué es esto?»), empezó inmediatamente a llamar la atención.

Eso es suficiente para despertar el odio de cualquier persona in­competente, decente y muy trabajadora.

¿Qué más puedo decir de él? Posee unas facciones finamente cinceladas, y ocasionalmente se deja barba. No quiero decir una barba; quiero decir una barba. Deja que le crezca por todas partes sin previo aviso. Un día no lleva barba y está tan recién afeitado como un héroe de anuncio; y al día siguiente semeja el interior de un colchón relleno de pelo de caballo.

Asegura que la barba le mantiene la cara caliente en invierno. Asimismo, no hay que llamarle Sam. No responde por Sam. Si alguien le llama Sam, puede volverse Sam Moskowitz y entonces ese alguien lo sentiría. A Samuel R. Delany hay que llamarle «Chip». Por favor, no me pregunten por qué, pues no lo sé.

De todos modos, hay algo que me resulta penoso, si bien deseo mencionarlo. Durante años, los escritores de ciencia ficción hemos formado bandas de hermanos y hermanas; hemos penetrado en ese campo literario como en el de nuestra especialidad. Era «lo nues­tro», lo que hacíamos nosotros. A menudo, si poseíamos bastante impulso, nos graduábamos en campos más amplios, pero incluso así (como es mi caso), tardábamos lo suficiente como para saber que la ciencia ficción era nuestro hogar, nuestro único hogar litera­rio, por más que deambulásemos por otros palacios dorados.

Sin embargo, ha llegado el día en que los escritores, sin experi­mentar necesariamente una identificación con ese campo, se dedi­can a escribir ciencia ficción a causa de la libertad que les concede, así como por la oportunidad de especular y experimentar más allá de lo que es posible en otro género.

¿Se consideran a sí mismos escritores de ciencia ficción? ¿Es éste su hogar... o sólo una habitación de hotel?

Por ejemplo, me lo pregunto acerca de Chip. Llegó a la cumbre con tanta facilidad que tal vez no ha tenido la sensación de subir. La próxima vez que le vea le preguntaré si...
Establezcan un sistema de coordenadas en el siglo. Luego se­leccionen un cuadrante. El tercero, si son tan amables, ya que nací en el cincuenta, y estamos en el setenta y cinco.

A la edad de dieciséis años pude por fin abandonar el orfana­to. Arrastrando el nombre que me habían adjudicado, Harold Clancy Everet (yo era apenas un muchacho; cuántos apodos he tenido desde entonces...), sobre las colinas de East Vermont, tomé una decisión.

Yo y Pa Michaels, quien me había dado a regañadientes un empleo a petición del Documento oficial con el que el orfanato despacha a sus pupilos, atendíamos la granja de Pa Michaels: tre­ce mil trescientas sesenta y dos Guernseys moteadas, todas dor­midas en sus inmaculados ataúdes, alimentadas y drogadas me­diante un líquido rosado que fluía por unos tubos de plástico transparente (esa porquería era muy pegajosa, y ensuciaba las manos). A fin de que no se atrofiaran, hacíamos vibrar sus mús­culos mediante unos pulsadores eléctricos, y en cuanto a la leche, iba a parar a unas grandes cisternas de acero inoxidable.

Respecto a la Decisión..., una tarde, mientras me hallaba en el campo, agotado tras tres horas de duro trabajo físico y contem­plando la maquinaria del universo a través de la niebla de fatiga, se me ocurrió que, con toda la Tierra, y Marte, y los Satélites Ex­teriores, llenos de gente y de muchas cosas, tenía que haber algo más que lo que yo estaba viviendo. Y decidí obtener algo de aquello.

De modo que robé un par de tarjetas de crédito de Pa, uno de sus helicópteros y una botella de aguardiente blanco que fabrica­ba el propio granjero, y me largué. ¿Han intentado alguna vez

aterrizar sobre el tejado de la Pan Am con un helicóptero robado y completamente borrachos? La cárcel y algunos golpes realmen­te duros me enseñaron a vivir. Pero no olviden que hace menos de diez años trabajaba honradamente tres horas diarias en una granja. Y que desde entonces nadie ha vuelto a llamarme Harold Clancy Everet.


Hank Culafroy Eckles (pelirrojo, de aspecto algo indefinido, y metro ochenta y cinco de estatura) salió del cuarto de equipajes del espaciopuerto llevando un montón de cosas que no eran suyas en un pequeño maletín.

A su lado, el Hombre de Negocios estaba diciendo:

-Ustedes, los jóvenes, me desconciertan. Regrese a Bellona, digo yo. Por el simple hecho de haber tenido dificultades con aquella rubia no creo que haya motivo para ir saltando de un mundo a otro. ¡Renunciar a su empleo!

Hank se detuvo y sonrió débilmente.

-Bueno... -empezó.

-Admito que ustedes, los jóvenes, tienen sus necesidades, que tal vez los viejos no acabemos de comprender, pero de todos modos hay que tener cierto sentido de la responsabilidad... -Se

dio cuenta de que Hank se había detenido ante una puerta con la indicación de CABALLEROS-. ¡Oh! Bien, me ha alegrado mucho conocerle, Hank. Siempre es agradable encontrar a alguien con quien vale la pena hablar: ¡Hasta la vista!

Por aquella misma puerta, diez minutos más tarde, salió Har­mony C. Eventide, metro ochenta de estatura (uno de los tacones postizos estaba rajado, de modo que oculté los dos debajo de un montón de toallas de papel), pelo castaño (ni siquiera mi pelu­quero me reconocería, desde luego), muy apuesto y muy de su época, ataviado con el mal gusto que resultaba de tan buen gusto. Un tipo de hombre con el que ningún Hombre de Negocios inicia­ría una conversación. Tomó el helicóptero desde el espaciopuerto hasta la Gran Estación Central, y echó a andar a lo largo de la ca­lle Cuarenta y Dos en dirección a la Octava Avenida, con un montón de cosas que no eran suyas en un pequeño maletín.


El atardecer estaba cincelado de luz.

Crucé el pavimento de plastiplex del Gran Camino Blanco -pensaba que la gente tenía un aspecto muy raro, con toda aquella luz blanca debajo de sus barbillas-, codeándome con la multitud que subía en los ascensores del Metro, del sub-Metro y del sub­-sub-Metro (a los dieciocho años, al salir de la cárcel, había anda­do por aquí, birlándole cosas a la gente, con mucha limpieza, eso sí), abriéndome paso por entre un grupo de muchachas ataviadas con blusas de plástico transparente. Las muchachas eran muy jó­venes, y no pude evitar pensar que cuando yo tenía su edad esta­ba en una maldita granja...

La cinta de luces en lo alto de la estructura triangular de Com­munication, Inc., explicaba en inglés básico que la Senadora Re­gina Abolafia se disponía a iniciar su investigación sobre el Crimen Organizado en la Ciudad. Por mi parte, no sabría expresar lo feliz que me sentía al estar tan desorganizado.

Cerca de la Novena Avenida entré con mi maletín en un bar amplio y atestado. Hacía dos años que no había estado en Nueva York, pero en mi último viaje solía encontrar en aquel local a un hombre que tenía verdadero talento para disponer de un modo provechoso y seguro de cosas que no eran mías. Ignoraba qué po­sibilidades había de que le encontrara. Me abrí paso por entre un grupo de individuos que bebían cerveza. Humo y ruido. No me gustaba aquel tipo de sitios. Los clientes más jóvenes que yo eran todos drogados o imbéciles. Los más viejos sólo deseaban que lle­garan muchos más jóvenes. Me acerqué al mostrador y traté de llamar la atención de uno de los camareros.

La ausencia de ruido detrás de mí me impulsó a volver la cabe­za...

Ella llevaba un vestido de gasa cerrado en el cuello y en las muñecas con enormes broches de latón (de un buen gusto que ro­zaba las fronteras del mal gusto); su brazo izquierdo estaba des­nudo; el derecho aparecía cubierto de gasa color vino. Un atuen­do completamente fuera de lugar en aquel local. La gente lo esta­ba pasando en grande haciendo como que no veía nada.

La mujer señaló su muñeca, apuntando con una uña color san­gre a un fragmento amarilloanaranjado en el cierre de su brazale­te de latón.

-¿Sabe usted lo que es esto, señor Eldrich? -preguntó.

A1 mismo tiempo, se entreabrió el velo que le cubría el rostro; sus ojos eran de hielo; sus cejas, negras.

-¿Jaspe? -inquirí.

Ella esperó que yo dijera algo más; yo esperé que ella me die­ra motivo para decir que sabía lo que ella estaba esperando. (Cuando estaba en la cárcel, mi autor preferido era Henry James. De veras.)

-Jaspe -confirmó ella.

-Jaspe... -repetí, abriendo de nuevo la ambigüedad que ella había tratado de cerrar.

-Jaspe...

Pero ella tartamudeaba ya, sospechando que yo sospechaba de ella.

-De acuerdo. Jaspe.

Sin embargo, por la cara que puso, supe que había visto en la mía una expresión que le había revelado finalmente que yo sabía que ella sabía que yo sabía.

-¿Con quién me ha confundido usted, señora?

Jaspe, este mes, es la Palabra.

Jaspe es la consigna en clave que los Cantantes de las Ciuda­des (los cuales, el mes pasado, cantaban Ópalo; en Marte oí la Pa­labra y la utilicé tres veces, para afirmar la posesión de algo que en realidad no era mío; e incluso aquí estudio a los Cantantes y a sus canciones) hacen circular en beneficio de la hermandad de granujas con la cual he estado involucrado (bajo diversos disfra­ces) estos nueve años. La Palabra es cambiada cada treinta días, y al cabo de unas horas todos los hermanos la conocen, en más de media docena de mundos. Por regla general te la susurra el tipo empapado en sangre que se tambalea en tus brazos y que ha sali­do de un portal oscuro; te la murmuran cuando pasas por una ca­lle en sombras; o aparece garabateada en un papel que te deja en la mano alguien que se mueve con demasiada rapidez por entre la multitud. Y este mes la Palabra era Jaspe.

Aquí van algunas de las posibles traducciones:

¡Socorro!

o

¡Necesito ayuda!



o

¡Yo puedo ayudarte!

o

¡Te están vigilando!



o

¡Ahora no te vigilan: huye!

Punto final de sintaxis: si la palabra es utilizada adecuadamen­te, uno no tiene que pensar nunca dos veces lo que significa en una determinada situación. Advertencia final: no hay que confiar nunca en alguien que la utilice de un modo inadecuado.

Esperé a que la mujer terminara de esperar. Entonces, ella abrió una cartera delante de mí.

-Jefe del Departamento de Servicios Especiales Maudline Hinkle -leyó, sin mirar lo que decía debajo del emblema plateado.

-Me parece muy bien, Maud. -Luego fruncí el entrecejo-. ¿Hinkle?

-Soy yo.

-Sé que no va a creer esto, Maud. Parece usted una mujer que no tiene paciencia con sus propios errores. Pero mi nombre es Eventide, no Eldrich. Harmony C. Eventide. ¿No es una suer­te para todos que la Palabra cambie esta noche?

Tal como iban las cosas, la Palabra no era ningún secreto para los polizontes. Pero yo me he encontrado con policías que una se­mana después del cambio no estaban enterados.

-De acuerdo, Harmony. Quiero hablar con usted.

Levanté una ceja.

Ella levantó otra y dijo:

-Mire, si desea que le llamen Henrietta, a mí no me importa. Pero debe escucharme.

-¿De qué quiere hablarme?

-Del Crimen, señor...

-Eventide. Voy a llamarla a usted Maud, de modo que pue­de llamarme Harmony. Es mi verdadero nombre.

Maud sonrió. No era una mujer joven. Creo que incluso le lle­vaba unos años al Hombre de Negocios. Pero utilizaba el maqui­llaje mejor que él.

-Probablemente sé más acerca del crimen que usted -dijo ella-. En realidad, no me sorprendería que ni siquiera hubiese oído hablar de mi rama del departamento de policía. ¿Qué signifi­can para usted los Servicios Especiales?

-Está usted en lo cierto, nunca he oído hablar de ellos.

-Durante los últimos siete años ha estado usted eludiendo alegremente al Servicio Ordinario.

-¡Oh, Maud! En realidad...

-Los Servicios Especiales están reservados para los indivi­duos cuya curva de peligrosidad ha experimentado un brusco as­censo..., lo suficientemente brusco como para que nuestras luce­citas empiecen a parpadear.

-Seguro que no he hecho nada tan terrible como para justifi­car...

-Nosotros no miramos lo que usted hace, una computadora nos ahorra ese trabajo. Nos limitamos a revisar continuamente la curva que lleva su número. Y está ascendiendo peligrosamente.

-Ni siquiera la dignidad de un hombre...

-Somos el departamento más eficiente de la Organización Policial. Tómelo como una bravata, si quiere. O como una simple información.

-Bueno, bueno -dije, conciliador-. ¿Un trago?

El hombre de la chaqueta blanca nos sirvió dos. Pareció algo intrigado ante el aspecto finolis de Maud, pero pasó a atender a otros clientes.

-Gracias. -Maud vació la mitad de su vaso como alguien más robusto de lo que aquella muñeca daba a entender-. No vale la pena perseguir a la mayoría de los delincuentes. Los gran­des chantajistas, por ejemplo, tales como Farnesworth, El Hal­cón, Blavatskia... Y los pequeños carteristas, revientapuertas o viceempresarios. Situados en lo más alto y en lo más bajo de la es­cala, sus ingresos son bastante estables. No representan un verda­dero trastorno para la nave social. El Servicio Ordinario les ma­neja bien. Ellos creen que hacen un buen trabajo. Y nosotros no queremos discutir. Pero supongamos que un modesto carterista empieza a convertirse en un gran estafador; eso plantea proble­mas con desagradables repercusiones sociales. Y ahí es donde en­tran en escena los Servicios Especiales. Tenemos un par de técni­cas que funcionan muy bien.

-Va usted a hablarme de ellas, ¿no es cierto?

-Desde luego -dijo Maud-. Por ejemplo, están los archi­vos de información holográfica. ¿Sabe usted lo que ocurre cuan­do se corta por la mitad una placa holográfica?

-Supongo que la imagen tridimensional queda cortada por la mitad.

Maud meneó la cabeza.

-Nada de eso. Se obtiene la imagen entera, sólo que más bo­rrosa, ligeramente desenfocada.

-No lo sabía...

-Y si vuelve a cortarse por la mitad, queda un poco más bo­rrosa, simplemente. Pero aunque sólo quede un centímetro cuadrado del holograma original, se tiene la imagen completa, desfi­gurada pero completa.

Emití un murmullo admirativo.

-Cada uno de los puntos de emulsión fotográfica sobre una placa holográfica, al contrario de lo que ocurre con una fotogra­fía, proporciona información sobre toda la escena holografiada. Por analogía, el archivo de información holográfica significa sen­cillamente que cada uno de los fragmentos de información que poseemos, acerca de usted, por ejemplo, se refiere a toda su ca­rrera, a su situación general, a la serie completa de tensiones exis­tentes entre usted y su entorno. Dejamos para el Servicio Ordina­rio los hechos específicos acerca de delitos específicos. Pero cuan­do disponemos de datos suficientes, nuestro método es mucho más eficaz para averiguar, e incluso predecir, dónde está usted o qué puede estar haciendo.

-Fascinante -dije-. Uno de los síndromes paranoicos más asombrosos que me he echado nunca a la cara. Me refiero a ini­ciar una conversación con alguien en un bar. A menudo me he tropezado con desconocidos...

-En su pasado -afirmó Maud fríamente- veo vacas y heli­cópteros. En su futuro, no muy lejano, hay helicópteros y halco­nes.

-Y dígame, oh, Buena Bruja del Oeste, ¿cómo...?

Me interrumpí, sobresaltado, porque nadie podía estar ente­rado de mi asunto con Pa Michaels. Ni siquiera los agentes del Servicio Ordinario que me detuvieron en el tejado del edificio de la Pan Am habían conseguido arrancarme una sola palabra. Cuando vi que me esperaban me tragué las tarjetas de crédito, y los números de serie habían sido borrados de todos los lugares que podían llevar un número de serie, por alguien más competen­te que yo: Pa Michaels se había jactado delante de mí, una noche que estaba borracho, de que en New Hampshire le habían «arre­glado» el helicóptero de modo que nadie pudiera identificarlo.

-Pero ¿por qué me está diciendo todo esto? -inquirí tratan­do de disimular mi ansiedad.

Maud sonrió, y su sonrisa quedó difuminada detrás de su velo. -La información sólo tiene significado cuando es compartida -dijo una voz que era la suya desde el lugar que ocupaba su ros­tro.

-Mire, yo...

-Usted puede recibir muy pronto una buena suma de dinero. Si puedo calcular correctamente, tendré un helicóptero prepara­do para llevármelo a usted en el momento en que vaya a recibirlo. Esto es una pequeña información...

-¡Oiga, Maud!

-Haga el uso que quiera de ella.


El bar estaba atestado, de modo que moverse rápidamente su­ponía crearse enemigos. El caso es que perdí a Maud y me creé enemigos. Había algunos personajes raros, con cabellos grasien­tos que colgaban en trenzas; tres de ellos tenían dragones tatua­dos en sus huesudos hombros, otro llevaba un parche en un ojo, y otro esgrimía unas uñas negras que dejaron su huella en mi meji­lla; algunas de las mujeres estaban gritando. Embestí y golpeé, y luego el tono del barullo cambió. Alguien cantó «¡Jaspe!» en la forma correcta. Y eso significaba que el «calor» (el Servicio Ordi­nario al que yo había estado eludiendo los últimos siete años) es­taba en camino. Me escabullí como pude, sin más heridas que las que podía haberme producido al afeitarme. La lucha se había de­sintegrado en varios grupos. Salí de uno para tropezar contra otro que, como pude comprobar un momento después, no era más que un anillo de gente alrededor de un tipo que al parecer había resul­tado seriamente lesionado.

Alguien estaba echando a la gente hacia atrás. Otro estaba volviendo al herido boca arriba.

Enroscado en un charco de sangre se hallaba el hombre al que no había visto en dos años y que me ayudaba a librarme de las co­sas que no eran mías.

Procurando no golpear a la gente con mi maletín, me abrí paso a codazos. Al ver al primer polizonte ordinario, fingí que me había acercado al grupo para curiosear simplemente.

Dio resultado.

Salí a la Novena Avenida y eché a andar con un paso que re­sultaba rápido sin llamar la atención.

-¡Eh, un momento! ¡Espera!

Reconocí la voz (incluso al cabo de dos años, la reconocí), pero continué mi marcha.

-¡Espera! ¡Soy yo, Halcón!

Me detuve.

Ustedes no han oído su nombre todavía en este relato. Maud había mencionado a El Halcón, un gángster multimillonario que opera en un sector de Marte en el cual no he estado nunca (aun­que extiende sus tentáculos en operaciones ilegales por todo el sistema). Aquel tipo era alguien completamente distinto. Retrocedí tres pasos en dirección al portal.


Catálogo: VALENZANI%20POR%20ORGANIZAR -> ORDENADO -> 1OTROS%20DOCUMENTOS -> ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca]
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Fronteras II Índice de autores
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> De venus lucky Starr/3 Isaac Asimov
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> La Formación De Inglaterra Historia Universal de Asimov
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Isaac Asimov Luces En El Cielo
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Las corrientes del espacio
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Índice Antes De Colón Los Indios Los Griegos y Los Fenicios Los Irlandeses y Los Vikingos Los Mongoles y Los Venecianos
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Momentos Estelares de la Ciencia
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Órbita de alucinación I. Asimov, C. Waugh y M. Greenberg
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Traductores: Carlos Caranci y Carmen Sáez
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Obras maestras de la ciencia ficción Sam Moskowitz (Recopilador) Título original: Modern master pieces of science fiction Índice


Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   15


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2019
enviar mensaje

    Página principal